IV

¡Qué hermosas son las noches de Granada!

¡Cuánto placer la atmósfera respira!

¡Con qué rumor tan grato perfumada

Susurra el aura que en sus huertos gira!

Su misteriosa soledad, poblada

De árabes genios, languidez inspira,

Y no encierran los senos de su sombra

El vago miedo que en la noche asombra.

El canto de los pájaros canoros

Que anidan en sus bosques embebece;

El ruido de sus árboles sonoros

Y de sus frescas aguas adormece;

De la brisa en los pliegues incoloros

Extasiado el espíritu se mece:

Todo reposa allí bajo el imperio

De un oriental incógnito misterio.

Encantada ciudad, cuyas historias

Piden del Rey profeta el arpa de oro;

Sultana del Genil, cuyas memorias

Evoco á solas y en silencio adoro;

Alcázar oriental, de cuyas glorias

Envidioso está el mundo: bien el Moro

Dijo al decir que la mansión divina

Está sobre tu tierra peregrina.

Tras el cendal da tu estrellado cielo

Se ve la faz de Dios que centellea;

No hay quien detrás de tu flotante velo

La omnipotencia de su Sér no vea;

No hay quien escrita en tu fecundo suelo

La realidad de su poder no lea;

No hay quien contemple tu nocturna calma

Sin alzarte un altar dentro del alma.

¡Tierra de bendición! ¿Quién no te adora?

¡Tierra de amor, en que el placer se anida,

En tus dulces recuerdos se atesora

Toda la gloria de mi inquieta vida!

¿Quién de ti, si te ve, no se enamora?

¿Quién tus noches espléndidas olvida?

Bien hizo el que á tus pies por no perderte

Peleando tenaz buscó la muerte.

Es una noche azul de primavera:

Millones de lucientes luminares

Dan tibia luz á la terrestre esfera;

De flores aromáticas millares

Alfombran ya la tierra, y la ligera

Brisa en la regia estancia de Comares

Introduce sus vírgenes olores

Á través de los áureos miradores.

Sobre cojín morisco reclinada,

Los pies doblados sobre escasa alfombra,

Yace la que de la árabe Granada

Al fin Sultana sin rival se nombra.

Rico dosel de seda cairelada

Da á su lánguida faz templada sombra,

Y pantalla chinesca en su penumbra

Guarda el mechero que el salón alumbra.

Es la azucena pálida de Loja;

Es de Aly-Athár la tímida gacela;

Es la mujer, que trémula cual hoja

De triste sauce, duda, ama y recela:

Moraima es, cuyo ánimo acongoja

Pesar secreto que la tiene en vela.

Es la Sultana de cabellos de oro,

Que el alma hechiza del Monarca moro.

Käel, su negro y perspicaz Nubiano,

Yace á sus pies con languidez tendido;

La frente apoya sobre la ancha mano

Fatigado tal vez, tal vez dormido;

Mas la mirada fija del enano

Y la abierta nariz y atento oído,

Al que su instinto y lealtad comprende

Advierten que sagaz á todo atiende.

En el obscuro camarín, formado

Por la maciza fábrica del muro,

Y en donde se abre el ajimez dorado

Que da aire y luz al aposento obscuro

Al estilo de Oriente fabricado,

Contempla el cielo otra mujer; su duro

Contorno sobre el cielo se destaca,

Pues fuera del balcón el cuerpo saca.

Es Aixa, la despótica Sultana,

El genio protector del Islamismo,

Que desde aquella arábiga ventana

Mide del porvenir el hondo abismo.

Genio tenaz, encarnación humana

De la fe, del valor y el heroísmo,

Genio que, á aparecer en otra era,

Mentir á los horóscopos hiciera.

Con el rumor del bosque confundidos

Que sombrea la torre de Comares,

Trae el aura fugaz á sus oídos

Del bullicioso pueblo los cantares.

Á sus vasallos quiere entretenidos

Tener el nuevo Rey en sus hogares,

Y el mal que sus horóscopos predicen

Cantando olvidan y á su Rey bendicen.

Pero Aixa, que jamás en ilusiones

Se adormeció y á quien la edad avisa

De que las populares ovaciones

Tan efímeras son como la brisa

Que su murmullo trae á sus balcones,

Con desdeñosa y lúgubre sonrisa

Su són escucha, que al rayar el día

Ser puede amotinada vocería.

Todo en la regia cámara reposa:

Ajenos al turbión de los placeres

De la morisca corte voluptuosa,

Aquellos tres tan diferentes seres

Tristes meditan. Á la fin la esposa,

La más inquieta de las dos mujeres,

Dando sin duda al pensamiento giro

Distinto, débil exhaló un suspiro.

Llamó de Aixa la atención el eco

De aquella exhalación enamorada,

Y del balcón dejando el fondo hueco

Fijó en Moraima su glacial mirada;

Y con el tono desabrido y seco

De su voz, á mandar acostumbrada,

La dijo: «Afrenta de las Reinas moras,

Espíritu cobarde, ¿por qué lloras?»

No lloraba Moraima todavía,

Mas tan duras palabras la preñaron

De lágrimas los ojos. Muda, fría,

Aixa las vió cuando á la faz brotaron

De la débil mujer que las vertía.

Las vió, mas conmoverla no lograron,

Y con regio desdén, á paso lento

Comenzó á atravesar el aposento.

Mas al llegar del arco á los umbrales,

De la alberca en el patio embaldosado

Anunciaron los roncos atabales

Al Rey por las Sultanas esperado.

Seguido de sus deudos más leales

Llegó Abdilá para el combate armado:

Sonrió al verle con su arnés más bello

Aixa, y Moraima se abrazó á su cuello.

—«¡Tan pronto! dijo la afligida esposa.

—Ya tarda, dijo la valiente madre.

—¡Aláh te vuelva!... murmuró la hermosa:

—Mas si no vences: volverá tu padre,

Añadió la Africana vigorosa.

—¡Antes cristiana lanza me taladre!»

Dijo el mancebo rebosando enojos,

Y un rayo de rencor brilló en sus ojos.

Entonces la Sultana:—«En paz os dejo:

(Añadió con voz grave) despedíos

Á solas, pero ved que no me alejo;

No me le quites con tu amor los bríos

Que necesita.» Y, torvo el entrecejo,

Se sumió en los tortuosos y sombríos

Corredores, dejándoles á solas

Del mar de su aflicción entre las olas.

En silencio abrazados los esposos

Largo espacio quedaron: el exceso

De su dolor en ayes angustiosos

Exhalaba Moraima, mientras preso

Mantenía en sus brazos cariñosos

Á Abú-Abdil: dióla él un tierno beso

De su cariño en la efusión sincera,

Diciéndose los dos de esta manera:

BU-ABDIL.

No llores, alma mía: cobra aliento:

Llevo todo mi ejército conmigo.

MORAIMA.

Abdil, tengo el fatal presentimiento

De que no has de volver: yo te lo digo.

He soñado, mi bien, tu vencimiento,

Y mi sueño es lëal. Mi dulce amigo,

Manda tus capitanes á la guerra:

Tú eres el Rey; no salgas de tu tierra.

BU-ABDIL.

Moraima de mi vida, ¿no comprendes

Que tu congoja mi valor me quita?

Esta salida que evitar pretendes

Es nuestra salvación. Se necesita

Que el pueblo crea en mi valor ¿entiendes?

El Rey ha de ser Rey. Ve á la mezquita

Á orar; mas oye ¡oh flor de mis amores!

Delante de mi madre nunca llores.

Mi madre es una Reina verdadera,

Cuyo orgullo jamás ha concebido

Que un Rey pueda llorar. Tu amor modera

Ante ella y muestra del dolor olvido:

Porque ella, aunque á sus pies morir nos viera,

No exhalara, Moraima, ni un gemido;

Matar sobre nosotros se dejara,

Mas creyera infamarse si llorara.

MORAIMA.

¿Qué culpa tengo yo de que Aláh Santo

Débil mujer me hiciera y no Sultana

Feroz como ella? Contener mi llanto

No sabré yo ni tarde ni mañana,

Y soñaré de noche con espanto

Que muerto yaces ó en prisión cristiana,

Sin mí llorando ó demandando á voces

El fin de tus horóscopos atroces.

BU-ABDIL.

¡Calla, Moraima calla: me estremeces!

Creo que tu exaltada fantasía

En la locura te despeña á veces.

Déjale al vulgo que la suerte mía

Juzgue fatal al Árabe, y tus preces

Dirige á Aláh, para que llegue un día

En que contra ellos la victoria arguya

Y el triunfo mis horóscopos destruya.

¡Adiós! yo parto á pelear ahora;

Mas cálmate, bien mío, porque creo

Que en esta correría asoladora

Voy sólo á dar un militar paseo

Y á recoger botín. ¡Adiós! que es hora

Ya de partir y á la Sultana veo.

MORAIMA.

¡Aláh te guíe!

BU-ABDIL.

Hasta volver contigo.

MORAIMA.

¡Ay! que no volverás, yo te lo digo.

Esta fué la siniestra despedida

De Moraima y Abdil. Muda y serena

Aixa del corredor á la salida

Se presentó, y á impulso de su pena

Mortal se desplomó desvanecida

Moraima. Partió el Rey para Lucena

Y fué su madre á despedirle al muro,

Fiando á Dios el porvenir obscuro.