II.

Del 43 al 44, Lombía solo, sin Romea, pero con Matilde, Guzman, Latorre, Sobrado, Pizarroso, Azcona, las Lamadrid y la Sampelayo, sostuvo la competencia contra las compañías del Circo con la mejor de verso que tal vez se ha reunido, y una de ópera de primo cartello (hasta el 45) con Moriani, Guasco y otros célebres cantantes. En estos dos años se pusieron en escena en la Cruz La lámpara maravillosa, fantástica y maravillosamente decorada por Aranda, El triunfo de la Cruz y La Encantadora, y en el Príncipe La Sílfide y Hernan-Cortés, varios dramas de Hartzenbusch y García Gutierrez, el Don Alfonso el Casto y la Doña Mencía, el Alfonso Munio y El Príncipe de Viana, de Gertrudis Avellaneda, y muchas comedias de Breton, que dieron prez al arte escénico y dinero á la administracion. El Circo, al fin, amparado por Narvaez, Salamanca y otros personajes de valia, se llevó la atencion con la competencia de la Fuoco y la Guy, á quienes se presentaban gigantescos ramos de flores conducidos en brazos de servidores con librea, en azafates y jarrones de plata y porcelana de china, y hasta en un carro que apenas cabia por la calle del centro de las butacas.

Yo no sé lo que el arte ganó con aquel frenesí y aquellos delirios; pero el público se hartó de gritar por uno ú otro partido, y de divertirse con las excéntricas locuras de ambos; y se vieron en la escena de los tres teatros las más costosas decoraciones, los más lujosos trajes, las más cortas y transparentes enaguas, y las bailarinas más correctamente empernadas y de más ricas formas de los cuatro reinos de Andalucía y de la antigua coronilla de Aragon.

Por fin perdimos nosotros los de la Cruz, que estuvimos á pique de ser crucificados. En Diciembre del 45 Lombía tuvo que prescindir de Cárlos Latorre, que se fué á Granada, y yo á mi casa á contentarme con saber que en Granada se aplaudia á Cárlos; sin el cual abrió Lombía el teatro del Instituto, con Caltañazor, las hermanas Flores, la Pámias, la Carrasco, la Concha Ruiz, Lumbreras, etc. En esta temporada, y ántes de abandonar la Cruz, se hicieron las zarzuelas El Sacristan de San Lorenzo, La Venganza de Alifonso y La pradera del Canal, parodias de la Lucia y la Lucrecia, escritas por Azcona, el más inteligente y entendido de nuestros actores de entónces, excepto Pedro Mate: cuadros de costumbres concienzudamente estudiados y con maravillosa exactitud copiados del natural.

En Junio del 46 fuí yo á Francia, de donde regresé en Enero el 47, por el fallecimiento de mi madre: á mi vuelta hallé instalada en el Instituto la compañía andaluza de Calvo y Dardalla, donde estos dos actores representaban de una manera tan incomparable como encantadora Los celos del tio Macaco y La flor de la canela. Pepe Calvo, padre de Rafael, hacia un tio Macaco tan indescriptible y característico, un gitano tan picaresco y atruhanado, tan anguloso, descaderado y zancudo, que no le produjeron más espirrabao ni Triana en Sevilla, ni el Perchel en Málaga.

Del 48 al 49. El Ayuntamiento se encargó del teatro y se fundó el Español, con una compañía completa compuesta de Romea, Valero, Arjona, Matilde, Bárbara, Teodora y Osorio, etc. Catalina no aceptó su puesto en ella por razones personales, y Carceller con un asociado tomó para Catalina el viejo teatro de Variedades, con la Manuela Ramos, la Juana Samaniego, Juan Catalina, Cortés el buen gracioso, Manuel Gimenez y otros. Al fin de temporada contrataron á Salas, Adela Latorre, al tenor Gonzalez, etc., con quienes pasaron al teatro de los Basilios, miéntras que Harpa, propietario de Variedades, remodernaba su sala y escenario, dejándolos como estaban aún el año pasado de 79.

Y aquí acaban mis recuerdos de los teatros que conocí ántes de mi expatriacion, y salvas algunas inexactitudes de fechas, y alguna confusion de ajuste de actores, esta es la historia de los teatros de Madrid desde el 40 al 49: tan ligeramente apuntada como lo permite el ligero espíritu de estos recuerdos á vuela pluma, y tan en confuso cuadro como se conservan amontonados en mi turbia memoria todos aquellos empresarios tan activos y batalladores, todos aquellos actores tan bien vestidos y todas aquellas bailarinas tan bien desnudas.

Pálidas, dispersas y móviles siluetas, recuerdos desperdigados de la memoria del muchacho, que aún bailan en sueños una diabólica danza Macabra por el ya frio, desierto y nebuloso campo de la imaginacion del viejo poeta.