III.

Y aquí abre mi memoria un oasis fresco, umbroso y apacible en el árido y enmarañado desierto de mis recuerdos; en él se levanta y por él corre, y su abrasada atmósfera templa y oréa una brisa vital, salubre y perfumada que envia mi corazon amante á mi descarriada fantasía. ¿Por qué no he de sentarme á reposar un punto á la sombra de este oasis? ¿Por qué no he de aspirar esta brisa á la luz del único rayo de esperanza que ilumina la lóbrega y tempestuosa atmósfera de mis recuerdos, y el turbio y estéril arenal de mi inútil existencia? ¿Qué son estos mis Recuerdos del tiempo viejo más que las aspiraciones íntimas de mi alma, los suspiros de mi corazon y los latidos de mi conciencia? Surja, pues, de las aguas azules del pintoresco lago de la poesía el vapor puro de los suspiros del alma; revélese el hombre en la faz del poeta, y véase el corazon de aquel á través de las cuerdas de la lira de éste.

Por aquel tiempo vino á Madrid mi pobre madre, á quien yo no habia visto y de quien nada habia sabido desde aquella desventurada noche en que abandoné mi paterno hogar.

Dos figuras bellísimas, dos imágenes tan queridas como nunca olvidadas, resaltan en este cuadro de mis recuerdos: la de mi madre y la de Paco Luis de Vallejo, corregidor de Lerma en 1835, á quien dediqué mi D. Juan Tenorio en 1844. Volvamos un instante la vista al mes de Julio de 1835 para posarla despues en el de 1844.

A la llegada á Madrid de la Reina María Cristina, era mi padre superintendente general de policía del reino: el duque de San Cárlos y Arjona, que para traerle hasta tan importante puesto le habian hecho pasar por la Chancillería de Valladolid, la Audiencia de Sevilla y la Sala de Alcaldes de casa y corte, se le habian propuesto á Fernando VII como un partidario fiel de la causa realista, como un íntegro magistrado y un hombre de carácter enérgico, á propósito para limpiar á Madrid de los ladrones y vagos que pululaban en 1827 por las mal empedradas calles y peor alumbrados callejones de la villa y corte de entónces, de la cual dan tan exacta idea las Memorias de Mesonero Romanos. Al instalarse mi padre en la superintendencia, en la casa de la calle del Príncipe que hoy habita el duque de Santoña, tenia ya montada una policía, que acabó en cuarenta dias con todos los ladrones, de la manera que tal vez diré en algun artículo posterior. Bástame, por hoy, indicar el principio tan bárbaro como exacto de que su justicia partia, y era este: «Los séres humanos, que faltos de educacion moral y religiosa, y viviendo en guerra con la sociedad, creen que el robo es una profesion, y el asesinato necesario para cometer y encubrir el robo, no tienen más que un miedo: el de la muerte.» En consecuencia de cuyo principio, y conociendo el modo lento y embrollado con que la justicia ha solido caminar siempre en España, anunció que «los ladrones quedaban sujetos á una comision militar, asesorada por un alcalde de casa y corte y un escribano del crímen;» instalóse la tal comision; y ladron cogido, ladron ahorcado. Bárbaro era tal vez el principio, pero necesario y eficaz fué el procedimiento; los únicos tres años que Madrid ha estado completamente libre de ladrones de profesion, fueron los de 28, 29 y 30. Otro dia hablaremos de esto: no manchemos hoy con tan repugnantes memorias la purísima de mi madre y la alegre y caballeresca del apuesto garçon corregidor de Lerma, Paco Vallejo.

Mi padre fué el primer dignatario de la situacion realista depuesto por la influencia liberal de la Reina Cristina: cayó como los vencidos que capitulan, y salió con armas y bagajes: las condiciones de su destitucion no fueron más que la de salir de Madrid y sitios reales en el término de ocho dias. Fué, pues, á refugiarse á un pueblecillo de la provincia de Búrgos, en donde un hermano de mi madre era cabeza de una numerosa familia, y á cuyo otro hermano, capellan de aquel pueblo, habia nombrado canónigo de la colegiata de Lerma el duque del Infantado, patrono de aquella iglesia y heredero del duque de Lerma, su fundador. El cólera del 34, que introdujo la muerte y la division en la familia, nos obligó á abandonar aquel pueblecillo tan pequeño, oculto y desconocido, que su nombre no se halla en los mapas; y miéntras yo pasaba las temporadas del curso escolar en las Universidades de Toledo y Valladolid, mis padres vivian en un tranquilo destierro en casa de mi tio el canónigo de Lerma. Allí fué de corregidor mi inolvidable Vallejo.

Su llegada fué un acontecimiento para el partido que iba á gobernar, y un justo motivo de sobresalto para mi padre; quien no habiendo aprobado el levantamiento carlista, en cuyo éxito no creia, habia rechazado las sugestiones de los amigos y de los agentes del levantamiento, resuelto á no mezclarse en él por voluntad propia; pero hombre importante y conocido de la pasada situacion, no podia ménos de ser sospechoso al nuevo gobierno, y se dió tal vez por perdido al ver llegar á Lerma un corregidor modelado en un molde tan distinto del en que él habia concebido que debian vaciarse los corregidores. Paco Vallejo era un mozo de veintisiete años, que vestia con elegancia, que marchaba con soltura, que fumaba ricos habanos que de Madrid le remitian, que bebia Jerez, y, ¡cosa inconcebible para mi padre! que se presentó á tomar posesion de su corregimiento con el uniforme de nacional de caballería de Madrid, con el chacó en la cabeza, el baston en la derecha y el sable á la cintura. Paco Vallejo era uno de los calaveras de buen tono de aquella edad de calaveras, que volvieron del revés á España como un sastre la manga de una levita, á la cual hay que poner forros nuevos: un Don Juan de la clase media, que podia presentarse y bravear en el salon más aristocrático: un abogado jóven lleno de audacia y de talento, tan agudo de ingenio como seductor de modales, á quien era preciso tener un par de años en un corregimiento para hacerle llegar á una toga en la audiencia de la Habana: y á quien mi padre y yo tuvimos la fortuna de que nos enviara á Lerma D. Cláudio Anton de Luzuriaga.

Cuando Vallejo llegó á Lerma, acababa yo de volver, concluido el curso de la Universidad de Valladolid. Dimos uno con otro, él bajando y yo subiendo la calle Mayor; llamé yo su atencion por mi traje y porte más cortesano del de la gente del país: encaróse conmigo, plantémele yo delante cediéndole la derecha, pero sin bajar mis ojos á su investigadora mirada, y preguntóme:—¿Quién es V., caballerito, que no tiene trazas de ser de esta tierra?

Decliné yo mi nombre y el de mi padre, y esperé, sombrero en mano, á que tomara mi filiacion en unos instantes de silencio y bajo el poder de una escrutadora mirada, ante la cual no creí conveniente bajar la mia.

—Está bien—me dijo, concluido su exámen—tendré mucho gusto en conocer al padre de tal hijo. ¿Dónde le ha educado á V. su señor padre?

—En el Real Seminario de nobles de Madrid—respondí.

—¡Hola! ¿es V. discípulo de los jesuitas?

—Sí, señor; pero no les hago mucho honor, porque he sido siempre muy desaplicado.

—No habrá sido en la cátedra de la lengua castellana.

—Ni en la de otras.

—¿Conoce V. muchas lenguas extranjeras?

—Tengo rudimentos de tres y rompo en ellas la conversacion.

—Espero tener ocasion de hablar con V. en alguna; tal vez en las tres.

—Estoy á la disposicion de usía.

—Y mi corregimiento á la de su señor padre: hagáselo V. presente de mi parte.

Siguió su camino el corregidor, y apreté yo el paso hácia mi casa para advertir á mi padre de que creia que acababa de cometer una torpeza, que podia muy bien habernos puesto en mal con el miliciano corregidor.

Frunció mi padre el entrecejo escuchando mi narracion, pero no desplegó sus labios, y ántes de anochecer fué á visitar á Vallejo, dejando á mi madre y á su hermano el canónigo en angustiosa incertidumbre; era para ellos evidente que yo habia traido á mi padre la órden de presentarse inmediatamente ante aquella extraña autoridad.

Al volver mi padre de su visita, respondió á la interrogadora mirada de mi madre con estas palabras:—«Es un hombre atentísimo y no temo doblez en él; pero no puedo comprender sus intenciones.

Yo no puedo visitar á V.; me ha dicho al despedirme; pero envíeme V. á su hijo: no sé comer solo, soy algo hablador y me ha parecido que su hijo de V. no tiene pelos en la lengua.—¡Dios ponga tiento en ella! exclamó mi padre volviéndose á mí. Mañana irás al alojamiento de ese botarate, y sereis dos: si te invita á comer, acepta; pero no bebas. Habla poco, si puedes, y escucha bien lo que te diga, porque probablemente te lo dirá para que me lo repitas.»

Maldita la gracia que me hizo la posicion en que el nuevo corregidor me colocaba entre él y mi padre: pero despues de una noche no muy tranquila para ninguno de los tres que componíamos la familia, á las cuatro en punto de la tarde pasaba yo un poco receloso los umbrales de la casa en que se alojaba D. Francisco Luis de Vallejo, á quien desde aquella tarde consagré un cariño fraternal y un agradecimiento que no se extinguirá sinó con la vida.

Llegué hasta el aposento del corregidor sin tropezar con portero ni alguacil, pues habian ya pasado las horas del despacho; y como, aunque no las llevaba todas conmigo, no queria yo que miedo ni empacho en mí conociera, dí resueltamente dos golpes en la puerta con los nudillos, y al «adelante» con que desde dentro me autorizaban á penetrar en aquel sancta sanctorum de la justicia lermeña, me presenté con tanta resolucion aparente como desconfianza real ante la primera autoridad del partido. Leia Vallejo, tendido en un sillon de cuero, un libro encuadernado en vetusto y amarillento pergamino; los piés tenia con botas y espuelas puestos en dos sillas y el codo izquierdo en la esquina de una mesa de piés salomónicos, que sobre su tablero sustentaban por el momento, y en vez de legajos de papel sellado, un gran plato de nueces frescas, muy pulcramente peladas, y un pichel de aquella agradable bebida compuesta de limonada y vino que se llamaba sangría en aquel tiempo viejo, y con la cual templaba el corregidor el ardiente efecto del oleoso fruto del nogal. Soltó el libro y levantóse para recibirme; é hízolo con tan atractivos modales y con tan afectuosas palabras, que al cabo de media hora, uno en frente de otro, dábamos cuenta de la última nuez y de la gota postrera de sangría, en medio de la más alegre conversacion de estudiantes y de la más franca y espontánea amistad de muchachos.

Esta rápida é inconcebible union de dos tan distintos individuos, la habia operado en pocos minutos el libro que Vallejo leia: las coplas del marqués de Santillana y de Jorge Manrique, manuscritas y encuadernadas en la edicion gótica de Sevilla de las trescientas de Juan de Mena.

Si en lugar de escribir estos recuerdos en las columnas de un periódico los escribiese en las páginas de un libro, llenarian algunas los pormenores de esta escena. Paco Vallejo era originalísimo en sus opiniones, excéntrico en sus ideas, y tan picante como ameno en su conversacion. Venia de la corte impregnado en el espíritu de todos los gérmenes políticos, económicos, artísticos y literarios de la revolucion.

Era un índice vivo de cuantos libros y periódicos iban publicados en aquella primera, modesta y recelosa libertad de imprenta; sabia de memoria las principales escenas del Edipo, de Martinez de la Rosa; del Macías, de Larra; de la Marcela, de Breton, y los chistes, de Ventura, y los Cantos de Espronceda, que acababa Ochoa de publicar en El Artista, y podia decir al dedillo la historia de todas las cantantes, desde la Albini, la Cesari y la Lorenzani, y de todas las bailarinas, desde la Sichero y la Volet; recitóme veinte canciones italianas, para mí desconocidas, y encantóme con la de Zanotti, que lleva por estribillo aquel famoso ¡oh giuramenti predda de' venti! Recítele yo mi Dueña de la negra toca y mi Canto de Elvira, con los versos á una Catalina, la moza más garrida que por entónces vivia en Lerma; pidióme y díle noticias y narréle lo que de las muchachas de la comarca se susurraba; díjome y díjele, contéle y contóme tantos versos tan ingeniosos como subidos de color, y tantas historias tan gratas de recordar como imposibles de repetir; y cuando la dueña de la casa se decidió á avisarnos que la sopa estaba en la mesa, así nos acordábamos, como por los cerros de Ubeda, ni él de que era corregidor, ni yo de que era el hijo de mi padre.

Aquellas tan frescas como excitantes nueces nos habian hecho acabar con el pichel de sangría; y aunque el vinillo ágrio de Lerma, segun decia mi tio el canónigo, no era bueno más que para echar lavativas á galgos, nos habia abierto tanto el apetito como alegrado el corazon y calentado la cabeza—borrando los diez años de diferencia que entre mis diez y siete y los veintisiete del corregidor mediaban. Comimos como dos condiscípulos que á hallarse juntos volvieran tras diez años de separacion, y éramos á los postres tan amigos y tan iguales como si de veras condiscípulos hubiéramos sido desde la escuela de primeras letras. Y así llegamos á las nueve de la noche, y oí yo con asombro, y casi con espanto, las campanas de la Colegiata, que tocaban á las Animas: era la primera vez que tal hora me cogia fuera de la casa de mi padre, era la en que se rezaba el rosario en ella, y era yo el encargado de guiarle.

Conoció Vallejo que algo me angustiaba; preguntóme qué, y reveléselo yo: entónces, tomando una de las dos luces que habian alumbrado nuestro festin, y volviendo á llevarme al aposento en donde le hallé, escribió una carta de media página á mi padre; llamó al alguacil de renda y le mandó que á mi casa me acompañara; dióme por despedida lo escrito cerrado en un sobre, y díjome al oido: «dí á tu padre que queme ese papel en cuanto le lea, y que no deje de enviar á su hijo de cuando en cuando á comer con el corregidor.»

Entré yo en mi casa con los carrillos muy encendidos y los ojos muy alegres: aguardábame ya impaciente mi familia, y recibióme mi padre con el ceño un poco fruncido y en un silencio muy poco á propósito para infundirme ánimo; pero yo, sin decir palabra ni darle tiempo de pronunciar una, púsele en las manos la carta de Vallejo, con lo cual obligándole á fijar su atencion en la misiva, logré que la apartara del portador.

Leyó mi padre y quedóse un punto suspenso, contemplando lo escrito como si no lo comprendiera; y aprovechando la posicion en que, inclinado hácia adelante, tenia la carta y la cabeza cerca de la luz, díjele al oido como Vallejo me lo habia dicho: «Que queme V. ese papel en cuanto le lea.»

Quitó mi padre sus ojos del papel para fijarlos en los mios, y preguntóme: «¿Te lo ha leido él á tí?»

No, contesté con la firmeza de quien decia verdad; y en silencio mi padre quemó el papel, quedando de él no más que el pico, por el cual entre su pulgar y su índice lo tuvo miéntras ardió. Tiró despues del cordon de la campanilla y mandó que sirvieran la cena: «Tú habrás comido muy tarde, me dijo: nosotros hemos rezado ya el rosario, y tendrás ganas de acostarte: toma tu luz, y te dejaremos en tu cuarto;» y miéntras todos bajaban al comedor, que estaba en el entresuelo, me dijo mi padre al dejarme en mi dormitorio, que tenia su puerta en el arranque de la escalera:

«Mañana irás á decir á Vallejo lo que me has visto hacer con su carta y le darás las gracias,» y añadiendo entre dientes y como quien habla consigo mismo: «¡si tuviera la cabeza tan sana como el corazon..!» me cerró la puerta y me acosté tan satisfecho de haber salido tan bien librado como curioso de saber lo que decia aquella carta, que tan bien me habia escudado del justo mal humor de mi padre.

Vallejo tenia suficiente juicio para no fiar al chico lo que corriera riesgo de su insensata locuacidad: el corregidor fué con el padre un caballero de la tabla redonda y un muchacho desatalentado con el hijo futuro autor del Tenorio, y único sér con quien el noble calavera madrileño, á quien debia aquel drama ser dedicado, podia tener afinidad en aquel país.

El corregidor liberal, el apuesto y caballeroso garzon, arriesgó su favor y su empleo por amparar al magistrado en desgracia y fué el primero que auguró al hijo un porvenir tan brillante como inútil para uno y otro.

Ocho años despues, supe por mi madre que la carta de Vallejo, que de su parte llevé yo á mi padre, decia: «Traigo órden de vigilar á V. y de no dejarle respirar, pero puede V. dormir tranquilo miéntras yo sea corregidor de Lerma; y cuando tenga V. que emprender algun viaje, avísemelo V. con tiempo para que pueda usted partir sin despedirse de mí, miéntras esté yo de expedicion por mi ínsula Barataria; pero no deje usted de enviarme al chico; que tendrá siempre tan buen lugar en mi mesa, como creo que le tiene en el porvenir que abre en España á las letras la revolucion que se desarrolla.»

¡Oh, bueno y leal Paco Vallejo! Pocos meses despues tenias que consolar á mi pobre madre y desvanecer las sospechas del receloso y severo juez, que tal vez creyeron por un momento que podias tener parte con tus consejos en el crímen con que el hijo se abrió las puertas del porvenir famoso que tú le habias predicho, y que sólo valió al padre, á la madre y al hijo pesadumbres y desengaños.

Mi madre, harta de vivir escondida en un pueblucho de una sierra, en donde nieva desde Noviembre hasta Febrero, y en el cual, incomunicada y sin noticias del mundo, habia vivido cinco años sin saber lo que en el mundo pasaba, vino por fin á llamar á las puertas de la casa del hijo ingrato, cuyo amor filial creia extinguido por la vanidad de unos triunfos que no la habian producido más que ruido y coronas de papel dorado. Un viejo eclesiástico, que la habia servido de protector, se presentó al hijo con la desconfianza de un católico que tuviera necesidad del amparo de un hereje; que era, y es aún lo que se cree en algunos pueblos de Castilla de los que usamos perilla y bigote; pero no bien el anciano sacerdote comenzó á tantear los sentimientos del hijo, cuando éste se echó en sus brazos deshecho en lágrimas, clamando ansioso por abrazar á su infeliz madre; trajímosla á nuestra casa, y una nueva luz, una nueva vida y una nueva inspiracion entraron en ella. Habia yo vivido poquísimo tiempo con mi madre; á los ocho años me habia metido mi padre en un colegio de Sevilla; á los diez me puso en el de nobles de Madrid, y sólo dos veranos, durante las vacaciones del 34 y 35, habíamos vivido bajo el mismo techo, pero entre el miedo y los pesares del destierro y en la escasez de expansiva confianza de los que se conocen mal y no se aprecian bien; resultado inevitable de la educacion fuera de la familia: se pierde uno para ésta tanto cuanto se gana para la sociedad; yo me gané para el mundo y me perdí para mi familia, no nos tratamos y no nos conocimos. Vino, pues, mi madre á mi casa, y yo no sabia ser su hijo; la trataba como á hija mia. Yo la mimaba, yo la peinaba, yo la dormia; sentia que no fuese una niña de tres años, para poderla tener todo el dia sobre mis rodillas y velarla de noche el sueño, colocada en mis brazos su cabeza. A la luz de sus ojos, al calor de su cariño, al influjo de su presencia, produje yo en tres meses los tres tomos de mis Cantos del Trovador; y un libro del P. Nierenberg, en que ella leia, me sugirió la idea de mi Margarita la tornera; y en aquel D. Juan que tan mal estudia en la Universidad,

Sintiéndose el alma seca

de hablar de legislacion

y con la mala intencion

de quemar la biblioteca,

y que vuelve por fin despechado y pobre á aquella casita solitaria, hay algo de mi historia y de la de mi casa; y en aquel altar enflorado, y en aquella despedida de la monjita en el altar arrinconado del cláustro, y en aquella narracion rebosando fé sincera, inspiracion juvenil, frescura de selva vírgen, y aroma de rosas de Mayo y poesía nacional y cristiana, está encerrado el espíritu religioso de mi devota madre; está derramada á manos llenas la esencia del amor filial, la poesía del corazon amante del hijo que escribió aquellos versos ante la sonrisa de la madre adorada... y por eso es Margarita la tornera la única produccion que me ha conquistado el derecho de llamarme poeta legendario, y creo que el poeta que la escribió no merece ser olvidado en su patria; y cuando veo que la fama eleva en sus alas á otros poetas contemporáneos, no tengo envidia de sus merecidos triunfos ni de las justas alabanzas de sus modernas obras, y me digo á mí mismo callandito, sin orgullo, modestamente, pero con conciencia de mí mismo: «yo tambien soy poeta; yo tambien he escrito mi Margarita la tornera

Pero, ¿qué diablos importan todos estos recuerdos íntimos y personales á los lectores de El Imparcial? Mi pobre madre, que tenia mucho miedo á mi padre, se fué de mi casa... y murió sin que yo la volviera á ver; mi Margarita la tornera, inspirada por la presencia de mi madre, es el sudario en que puedo envolver mi memoria póstuma para que se conserve más tiempo sobre la tierra; puede servirme de confesion á la hora de mi muerte, si la Providencia me hace morir inconfeso, ¡y quién sabe si podrá abonarme ante el tribunal de Dios, cuando mi alma sea por Él llamada á juicio!

Paco Vallejo volvió de la Habana, y yo le dediqué mi D. Juan Tenorio, para que su nombre viviera con el mio unos cuantos dias más despues de nuestra muerte; que es lo ménos que en nombre mio y de mi padre debo á la memoria del amigo leal y del caballeroso amparador.

Volvamos ahora al teatro, para el cual habia dejado de escribir de los de Madrid en ausencia de Cárlos Latorre; y veamos cómo y por qué fué mi Traidor, inconfeso y mártir, el único drama que yo escribí para Julian Romea, y el único que estoy satisfecho de haber escrito.


XX.
DE CÓMO SE ESCRIBIÓ Y SE REPRESENTÓ
Traidor, inconfeso y mártir.

Siete años de asíduo trabajo habian atraido sobre mí la atencion del público; llevaba ya escritas veinte obras dramáticas, más ó ménos aplaudidas, pero ninguna rechazada, y tres ó cuatro que eran ya de repertorio en todos los teatros de España; ocho tomos de versos, que habian merecido el honor de la reimpresion, y los tres de los Cantos del Trovador, publicados por Ignacio Boix, habian hecho mi nombre popular, y mi exhibicion contínua como lector en los salones del palacio de Villahermosa, donde se instaló primero y resucitó despues el Liceo, habian puesto en evidencia mi exígua personalidad.

Pero á pesar de que del teatro y del Liceo habian salido todos mis compañeros á diputados, gobernadores, ministros plenipotenciarios, y los más modestos á bibliotecarios, cuando ménos, yo me habia quedado poeta á secas, esquivo á la sociedad, extraño á la política y sin influencia con los gobiernos.

El último año de la brillante y efímera existencia del Liceo, su Junta directiva, agradecida, segun dijo, á lo que con mi constante trabajo habia contribuido al lucimiento de sus sesiones y á los disgustos que me habian ocasionado sus juegos florales, en los que yo habia sido juez, presidente, y yo no recuerdo que más, acordó que se diese una funcion en obsequio mio, y se representó por los sócios mi Cada cual con su razon, y se me colocó en preferente sitio en un gran sillon, en el cual se notaba más mi pequeñez, y se me ofrecieron una magnífica corona y un rico álbum, cuya primera hoja habia escrito y firmado S. M. la Reina doña Isabel II; y cargado de papeles y de flores, y ensordecido por los aplausos, me volví á mi piso tercero de la plazuela de Matute, agradecido y contento, pero no desvanecido por el humo aromado y embriagador de la gloria mundana, y volví al dia siguiente á ser el poeta del dia anterior, y á vivir al dia con el producto de mis leyendas. ¿Por qué?

¿Habia algo en mi vida por lo cual se me mostraran esquivos los gobiernos y la sociedad de aquel tiempo viejo? No: yo era quien, esquivo á la sociedad y á los gobernantes, me encastillé en mi hogar doméstico á vivir con los legendarios personajes de mi fantástica poesía: yo era el poeta del tiempo viejo; y fiado solamente en el pueblo, y esperando mi recompensa de un solo hombre, desdeñé todo lo que de aquel hombre no viniera; y la fortuna loca llamó mil veces á las puertas de mi casa; y yo la cerré mis puertas y mis ventanas, dejándola pasar como si no la oyese y derramar sobre otros las venturas que para mí destinadas traia. Ya hablaremos tal vez más de esto en el último capítulo de estos RECUERDOS.

El exceso del trabajo, la profunda y perpétua inquietud que me roia el corazon, y las malas aguas que el municipio hacia beber por aquellos tiempos á los habitantes de Madrid, me procuraban todos los veranos una debilidad de estómago y una inflamacion de las vísceras abdominales, que el bueno del Dr. Codorníu, médico del regente Espartero, queria curarme á fuerza de sanguijuelas, cáusticos y demás excesos de la ciencia, que está hace siglos empeñada en atacar al enfermo para librarle de la enfermedad. Entre la mia y mi médico el Dr. Codorníu, que me queria como á sus propios hijos, me tenian en cama hacia ya cuarenta dias, al fin de los cuales vino una noche á verme Julian Romea. En ocasion de los juegos florales del Liceo, y en otra que á nadie importa, le habia yo probado mi amistad, y no podia Julian dudar de ella. Pero era una extraña amistad la mia con Julian: no iba jamás á su teatro del Príncipe más que para aplaudirle á él y á su mujer; pero jamás subia á su cuarto ni al de Matilde, ni habia nunca escrito un verso para ellos. Cárlos Latorre andaba por las provincias, y yo escribia libros, pero no comedias. Y el teatro de Julian habia encadenado á la fortuna en su vestíbulo, y la fama hacia resonar perpétuamente su bocina desde el balcon del saloncillo en el cual tenia Romea su corte y su cuarto de vestir, y todos los poetas iban á quemar incienso en aquella sucursal del Parnaso y en aquel peristilo del templo de la gloria.

Yo he sido siempre tenaz en mis opiniones, porque siempre son éstas hijas legítimas de mis convicciones, y las mias y las de Julian estaban en completa contradiccion en el teatro. Que yo era su amigo, no podia dudarlo un hombre por quien no habia vacilado en arriesgar mi reputacion y mi pellejo; que admiraba al actor no podia tampoco dudarlo el que por mí se veia constantemente aplaudido; pero ni el amigo ni el actor venian al poeta más que en la ocasion extrema; y Julian vino á verme in extremis, porque despues de cuarenta dias de cama, un poeta tan débil y tan chiquito como yo, debia de hallarse casi in artículo mortis. Hallóme efectivamente Julian reducido á lo que de mí habian dejado las sanguijuelas de Codorníu envuelto en los trapos de sus cataplasmas; pero con el ojo siempre avizor y el espíritu vivo dentro de la frágil carne—es decir, de la piel y los huesos, porque mi escasa carne se la habian ya comido las sanguijuelas y la calentura.—Abrazóme Romea y enteróse cariñosamente de mi situacion; distrajo la melancólica influencia de la enfermedad y del aislamiento con el relato de la crónica no muy edificativa de bastidores; ponderóme la boga de su amigo el Dr. Larios, quien segun él, hacia maravillas, y dejándome alegre y esperanzado, se despidió hasta el dia siguiente. A las once de la mañana de este volvió con el Dr. Larios, quien me desenterró de entre la infinidad de trapos en que Codorníu me tenia sepultado; metiéronme entre él y Julian en un baño, y á los dos dias, limpio y renovado, me llevaron en un coche al Pardo; donde con el cambio de aguas y de temperatura, las emanaciones salubres del arbolado y la proximidad del otoño, retoñó en mí la salud y la fuerza; y un dia me dijo Romea, trayendo á la realidad mi pasado y mi porvenir: «¿Por qué no me escribes un drama? Matilde y yo lo haríamos con el alma.»—«Pensaré en ello, le respondí; y si en estos dias de convalecencia doy con un argumento á propósito para tí, te lo consultaré y haré lo que sepa. Pero...

—Pero ¿qué?—me preguntó receloso Julian.

—Nada—repuse;—ya hablaremos.—No me atreví á darle más explicaciones sobre aquel «pero» que se me habia escapado.

Convalecí y cazé, y me repuse, y volví á Madrid. Mi editor Delgado habia ya muerto: Boix, sin ideas ni rumbo fijo en el comercio de libros, no me habia hecho trato alguno en que poder fiar, y Julian habia dado á mi mujer, prohibiéndola que me lo dijera, seis mil reales que habian subvenido á los gastos de mi enfermedad. Era forzoso trabajar: el editor Gullon se me habia ofrecido en lugar del difunto Delgado, y no podia rehusar á Romea una obra que él y un nuevo editor me pedian á un tiempo. Pensé en un argumento, en el cual sin salirme de mi terrorífico romanticismo, pudiera colocar un personaje característico adecuado á la escuela exclusiva y al género personal de representacion de Romea; y habiéndome procurado Salustiano Olózaga la causa original de El pastelero de Madrigal, amasé, amoldé y emprendí mi Traidor, inconfeso y mártir. Tenia yo desde que era estudiante un inmenso cariño á este personaje tradicional, y siempre habia pensado hacer de él una leyenda; pero el Ni Rey ni Roque de Escosura habia puesto una insuperable valla ante mi pensamiento. Al ocurrírseme hacer del Rey Don Sebastian y del pastelero de Madrigal uno sólo, concebí que aquel personaje legendario podia transformarse en otro altamente dramático y profundamente misterioso.

Estudié su historia y su tradicion, dormí y soñé con la accion y sus personajes, y cuando la ví clara en mi imaginacion comencé á tenderla sobre el papel: y aquella es mi única obra dramática pensada, coordinada y hecha, segun las reglas del arte: sus dos primeros actos están confeccionados maestramente, y tengo para mí que por ellos tengo derecho á que mi nombre figure entre los de los dramáticos de mi siglo.

Miéntras yo viva no faltará quien me alabe; pero tampoco quien acuse mejor los defectos y la incompletez de sus obras. Váyase lo uno por lo otro; y sea dicho en paz de los que no reconocen en las suyas los defectos de que carecen las mias.

En cuanto tuve escritos mis dos primeros actos, los copié y los cosí, seguro de no tener que variar nada en ellos para concluir el drama: llamé á Julian y se los leí; escuchómelos atentamente, asombróle su forma, enamoróse del carácter del protagonista, que para él destinaba; expliquéle cómo pensaba desarrollar el tercer acto, y prometíselo concluido para la semana siguiente. Entreguéle los dos primeros para que mandara sacar los papeles, y díjome al partir, llevándoselos en el bolsillo:

—Creo, Pepe, que es lo mejor que has hecho.

—Yo tambien lo creo—le respondí—pero...

—Pero ¿qué?

—Nada, nada—le dije—sin atreverme todavía á revelarle mi pensamiento. Miróme un momento sin comprenderme, llevóse los dos actos, desconfiando por el «pero» de que yo concluyera la obra, y yo la emprendí con el tercer acto, del cual no levanté mano hasta darle fin. Volví á llamarle, y tornó Julian á mi despacho; leíle la conclusion, pagóse mucho de su papel, y paguéme yo no poco de que fuera tan de su gusto mi trabajo: entreguésele grandemente satisfecho de lo escrito, y dispusóse él á llevárselo con gran contentamiento y muy lisonjeras esperanzas; pero... detúvele yo, concluyendo nuestra entrevista con este diálogo:

Yo.—¿Vas convencido de que he hecho en conciencia todo lo que he podido?

Julian.—Completamente; y puedes tú quedarlo de que en la representacion haremos cuanto podamos: y si de mi empeño sólo dependiera el éxito...

Yo.—Perdona que te ataje; pero el éxito de este drama no será grande.

Julian.—¿Por qué?

Yo.—Porque tú y yo, como actor y poeta, no somos el uno para el otro. No te amostaces. ¿Crees, ó no, que yo soy tu amigo?

Julian.—Aunque no tuviera más pruebas de tu amistad que esta obra que ya está en mi poder, no podria racionalmente dudarlo.

Yo.—Pues bien, por ser tan tu amigo, te debo la verdad. Creo que no has de salir airoso del papel de Don Sebastian.

Romea era orgulloso y tenia en su talento disculpa suficiente para serlo: al oir estas palabras, áun de su mejor amigo, frunció el entrecejo y encapotó con él su mirada.—Escucha,—seguí yo diciéndole, sin darme por entendido de su gesto ni de su cambiado color—escucha: tú crees que la verdad de la naturaleza cabe seca, real y desnuda en el campo del arte, más claro, en la escena: yo creo que en la escena no cabe más que la verdad artística. Desde el momento en que hay que convenir en que la luz de la batería es la del sol; en que la decoracion es el palacio ó la prision del rey Don Sebastian; en que el jubon, el traje y hasta la camisa del actor son los del personaje que representa, no puede haber en medio de todas estas verdades convencionales del arte y dentro del vestido de la creacion poética, un hombre real, una verdad positiva de la naturaleza, sinó otra verdad convencional y artística; un personaje dramático, detrás y dentro del cual desaparezca la fisonomía, el nombre, el recuerdo, la personalidad, en fin, del actor.

—¿Y qué?—me dijo desabrida y desdeñosamente Julian.

—Que tú eres el actor inimitable de la verdad de la naturaleza: que tú has creado la comedia de levita, que se ha dado en llamar de costumbres: que puedes presentarte, y te presentas á veces en escena, conforme te apeas del caballo de vuelta del Prado, sin más que quitarte el polvo y sin polvos ni colorete en el rostro: pero en estas escenas copiadas de nuestra vida de hoy, dialogadas por personajes que son á veces copias de personas conocidas, que entre nosotros andan, que con nosotros viven y hablan, tú que con ellos vives y que eres de ellos conocido, no estorbas y no pareces intruso. Tú eres Julian Romea y puedes serlo en la comedia actual: pero el drama es un cuadro, es un paisaje, cuyas veladuras, que son el tiempo y la distancia, se entonan de una manera ideal y poética, en cuyo campo jura y se tira á los ojos la verdad de la naturaleza, la realidad de una personalidad: yo necesito un personaje para el papel de mi rey D. Sebastian.

—Y le tendrás, Pepe, le tendrás:—esclamó Julian.—¡Qué diablos de autores! A vosotros os toca escribir y á nosotros representar.

—Eso, eso quiero; que representes, no que te presentes.

—¡Pepe, Pepe! Suum cuique. Porque tú alucinas á tus oyentes cuando lees tus versos, y porque yo mismo te he dado á leer los mios en el Liceo, para que me los luzcas, no creas que sabes mejor que yo lo que es la escena, sobre la cual estoy desde que me despuntó la barba.

—Y estás en ella con derechos de rey: porque eres uno de los de nuestra escena: pero...

—Déjate de peros, y fíate en mí—y partió Julian con el fin de mi drama en la mano: y se ensayó con cuidado, y los actores se encariñaron con sus papeles, y á los pocos dias, á las ocho de la noche de un viernes, para el beneficio de la incomparable Matilde, se alzó el telon sobre la primera escena de mi Traidor, inconfeso y mártir.

Ni la crítica hostil de eruditos apasionados, ni la mordacidad atrevida de medianías envidiosas, me han negado que esta obra me da derecho á tenerme por autor dramático, y el tiempo y la opinion pública han sancionado esta pretenciosa vanidad mia. La exposicion de este drama está confeccionada con todas las reglas del arte, y la presentacion del protagonista preparada con intencionada habilidad. El papel de Aurora estaba confiado á Matilde; yo, seguro de que Julian iba á dejar pálida la figura del rey D. Sebastian, de que no iba á pasar de Espinosa el pastelero, de que iba á seguir su fatal sistema de presentar en el drama la verdad de la naturaleza en lugar de la del arte, y de que iba, en fin, á representar un rey D. Sebastian de levita; y como encariñado y casi fanatizado yo con mi personaje fantástico, habia, prescindiendo á sabiendas de la verdad de la historia por la poesía de la tradicion, hecho del pastelero de Madrigal y del rey portugués una sola personalidad poética, necesitaba que la exuberancia del arte diese relieve á las medias tintas de la verdad de la naturaleza, que la luz de la poesía esclareciera y relevara la sombra que la maciza figura de la verdad iba á proyectar en el paisaje fantástico de la ficcion: y pensé en Matilde, la actriz más poética, sentimental y apasionada que hemos conocido en nuestro moderno teatro Español.

Yo tenia, y espero que se haya comprendido por lo que llevo dicho, mi razon de no escribir para Julian; pero debia satisfaccion á Matilde por no haber escrito para ella, que era la gloria, el sostén y la fortuna del teatro del Príncipe y de los autores que para él escribian. Matilde era la gracia, el sentimiento y la poesía personificadas sobre la escena; su voz de contralto, un poco parda, no vibraba con el sonido agudo, seco y metálico del tiple estridente, ni con el cortante y forzado sfogatto del soprano, sinó con el suave, duradero y pastoso són de la cuerda estirada que vuelve á su natural tension, exhalando la nota natural de la armonía en su vibracion encerrada. El arco del violin de Paganini, al pasar por sus cuerdas para dar el tono á la orquesta, despertaba la atencion del auditorio con un atractivo magnético que parecia que hacia estremecer y ondular las llamas de las candilejas: y la voz de Matilde tenia esta afinidad con el violin de Paganini: al romper á hablar se apoderaba de la atencion del público, heria las fibras del corazon al mismo tiempo que el aparato auditivo, y el público era esclavo de su voz, y la seguia por y hasta donde ella queria llevarle, con una pureza de pronunciacion que hacia percibir cada sílaba con valor propio, y la diferencia entre la c y la z, y la doble s final y primera de dos palabras unidas que en s concluyeran y empezaran. Matilde no se habia dejado seducir ni contaminar con el exagerado y revolucionario lirismo de la lectura y recitacion salmodiada, que Espronceda y yo dimos á nuestros versos, no; Matilde recitaba sencilla, clara y naturalmente, saliendo de su boca los períodos y estrofas como esculpidas en láminas invisibles de sonoro cristal, y los versos y las palabras como perlas arrojadas en un plato de oro.

Matilde hizo y dijo la escena XI del acto primero con la flexibilidad, el primor de pormenores y el raudal de gracia y de sentimiento de que apenas habrán podido dar idea á mis lectores mis antecedentes frases; y al retirarse acompañada de un aplauso general, dejó completa la exposicion, prevenido al público en favor de la obra y enflorada con una guirnalda de poesía la puerta del fondo, por la cual iba á presentarse el misterioso protagonista.

Por ella salió á escena Julian, perfectamente vestido, pintado y con su papel concienzudamente estudiado: pero salió Julian; presentó y no representó su personaje. Si yo hubiera podido evocar y resucitar al verdadero juez Santillana, hubiérase vuelto á apoderar de aquel verdadero Espinosa, confundiéndole con el que él hizo ahorcar; pero para el público tenia algo de la sombra; le faltaba voz, movimiento, fisonomía, relieve, poesía. Julian hizo sus escenas del primer acto con el capitan y con el alcalde con una exactitud, con un aplomo, con una verdad intachables para los palcos de proscenio y las dos primeras filas de butacas: la sala no pudo apreciar su perfecto trabajo escénico; y al caer el telon, no se oyeron mas que algunas palmadas sin consecuencia. Quedó en el público el recuerdo de Matilde y la curiosidad que habia excitado la exposicion.

En el segundo acto, un nuevo actor vino en refuerzo de Matilde: Barroso. Era éste un mozo sevillano, de los que vinieron á inocular en la corte la sávia andaluza de los Pachechos, los Saavedras y los Perez Hernandez con Bermudez de Castro, Tassara, Sartorius y otros buenos ingenios, cuyos hechos y escritos contribuyeron honrosamente al progreso literario y político de aquella época. Antonio Barroso era poeta; pero habiéndose presentado en el teatro privado del Liceo con Ventura, Marrací, el marqués de Palomares y demás sócios de la seccion de declamacion, concluyó por consagrar al teatro su talento nada vulgar, á consecuencia de los aplausos allí obtenidos y de la buena acogida que de Romea obtuvo. A Barroso habia yo, pues, confiado el ingrato y difícil papel del Alcalde Santillana; tan ganoso yo al dársele de probarle mi amistad y la estima en que le tenia, como él de abordar, estudiar y probarse en un carácter que podia colocarle en muy buen punto de partida para su carrera dramática, y muy alto en la consideracion del público si acertaba á desempeñarle con éxito. Era Barroso un mancebo de buena estatura, cenceño y nervioso, de cabeza pequeña y rubia, pero de aguileño perfil y límpidos ojos y correctamente colocada sobre los hombros.

Suelto de modales, como hombre bien educado, de buena memoria y comprension perspicaz como sevillano y confiado en el porvenir por esa esperanza inconsciente que hace atrevido á todo talento meridional, Barroso estudió, preparó y vistió su papel con tal esmero, que se identificó con el personaje que representaba. Con su toga y su golilla, sus vuelillos de encaje y su junco con cabos de plata, encuadró tan poéticamente su figura severa y su carácter odioso en contraposicion del sencillo y virginal del de la Matilde, que desde su primera escena resaltó como sombra negra é infernal de aquella blanca y celeste aparicion, entre cuyas dos figuras iba á pasar desde la hostería al patíbulo aquel otro vago, misterioso y casi indeciso fantasma del perpétuamente acusado y jamás reconocido soberano pastelero de Madrigal.

Barroso en la escena VI secundó y sirvió de apoyo á Julian con la atencion perpétua de su maestra ejecucion; desarrolló tan á tiempo y alternativamente su doble carácter de juez y de reo con el marqués de Tavira y con Espinosa, que preparada magistralmente la escena XI endecasílaba, pudo desplegar en ella Matilde toda la ternura de su corazon, toda la poesía de su amor recóndito, y toda la grandeza de su incondicional abnegacion; en un juego escénico tan infantil como apasionado, con un acento de castísima ingenuidad, con una declamacion tan impregnada de sentimiento y unas inflexiones de voz tan melódicas, tan suaves y tan variadas, que encantó, enterneció, fascinó y exaltó al público, arrancándome á mí las lágrimas: á mí, poeta entusiasta y satisfecho, que escuchaba por primera vez mis versos de su boca, como si estuviera oyendo arrullar á una paloma enamorada de un ruiseñor. El arte de Matilde reverberó con tal intensidad, rebosó tan profusamente sobre la verdad de Romea, que envuelta y arrebatada en la poesía de Aurora, concluyó la escena en universal aplauso.

En el acto tercero, Barroso tomó creces tan imprevistas ante la seguridad de su éxito y la esperanza de su porvenir, que comenzó desde la primera á dominar la escena con su atencion nunca distraida, su figura siempre en cuadro, su exactitud en las entradas, su creciente juego escénico segun sus pasiones; la supersticion, el miedo y la ira se iban desarrollando y apoderándose de su espíritu. La escena sétima entre Aurora y Santillana no tiene descripcion; el recuerdo de una ribera donde yo cogia

yerbezuelas y conchas, del rugiente

mar que sus ondas sin cesar mecia,

de un monasterio triste y solitario

fundado al pié de un monte, y vagamente

la memoria de un templo, con su coro

enverjado, sus techos con pinturas,

su altar lleno de flores, su sagrario

iluminado con mecheros de oro;

el recuerdo tambien, porque la daban

miedo aquellas inmóviles figuras

de mármol que tendidas reposaban

encima de sus anchas sepulturas,

es preciso habérsele visto y oido hacer y decir á Matilde; la creciente angustia del juez ante el tremendo exclarecedor relato de la ingénua y enamorada doncella... es preciso habérsela visto representar á Barroso en la noche del estreno; pero la escena novena volvió, no á enfriar, pero sí á descolorar la representacion.

Lo misterioso de la historia, lo terrorífico de la situacion, la calma heróica del rey mártir, la indecisa concentracion de las pasiones del juez, la inconsciencia de la realidad de la hija y de la amante, dieron por un momento á la verdad el dominio sobre la poesía y partió en silencio al patíbulo el incógnito é innominado protagonista. Quedó el teatro y el público en el silencio de la espectacion, y yo, en la duda del éxito y más convencido que nunca de que la verdad de la naturaleza no es la verdad del arte. Esta volvió á surgir en la escena al recobrar Aurora sus sentidos. Matilde, con la mirada extraviada, los movimientos inciertos, la voz perdida aún en la cavidad de la garganta, sin que el aliento pudiera aún extraerla de los pulmones, preguntó:

¿Qué sucede? ¡ay de mí! los pensamientos

no acierto á combinar en mi cabeza.

¿Y Gabriel?

y empezó á buscar á Gabriel y á sentir por la ventana el rumor de la plaza, y vió y escuchó, pero no concibió lo que oia ni lo que miraba, pero se lo hizo comprender al espectador y le estremeció. ¡Allí va! ¿A dónde se le llevan sin ella? ¿qué palos son aquellos? ¿qué le ponen al cuello? ¡es una soga! Una nube sangrienta la ofusca la mente. ¡Un sacerdote! y comprendiendo de repente, grita vuelta á Santillana:

pero vos, ¡miserable! que sois hombre,

gritad conmigo...

y el juez vencido invoca el nombre del rey; pero el grito, el aullido, el estertor, todo junto, que constituyó la exclamacion de Matilde ¡ay! ¡es ya tarde! no son para escritos.

Lo más á tiempo, lo mejor, que ha hecho y ha dicho Florencio en su vida es el decir á Santillana:

Tomad: sepamos la verdad postrera,

y obligarle á tomar y abrir el relicario que encerraba el secreto del rey Don Sebastian.

Lo mejor que hizo Matilde en Traidor, inconfeso y mártir, fué el final. Al reconocer el retrato de su madre y al rechazar á su padre... estuvo sublime de dolor y de ira:

¡Tu hija!—¡Esto tan sólo me faltaba!

Tú, para que su muerte te perdone,

me llamas hija tuya... mas te engañas,

nada hay en mí que tu maldad abone,

para tí solo hay ódio en mis entrañas.

Aquí acababa el drama: el mal gusto del tiempo me arrastró á prolongar con veintiseis versos más tan repugnante escena: sólo Matilde pudo hacerla pasar.

El telon cayó en un momento de silencio, que se cambió en un espontáneo y general aplauso. El autor y los actores fuimos llamados al proscenio: Julian sonreía, Matilde no podia respirar, Barroso estaba convulso como si fuese á sufrir un ataque de nervios... de mí no sé lo que era... Pero ¿gustó el drama?

Sus siguientes representaciones dieron el mismo resultado cada noche: Romea le retiró á los pocos dias del cartel, y no se volvió á hacer más en el teatro del Príncipe.

Andando el tiempo, Catalina, separándose de Julian, formó compañía y ajustó á Matilde; y habiéndose llevado con ella la mayor parte del repertorio de Julian, Catalina hizo su presentacion con mi Traidor, inconfeso y mártir. ¡Qué éxito el del pastelero! Mi drama se hizo en todas las provincias, y en todas las Américas, y aún es hoy de repertorio en todos los teatros, ménos en los de Madrid; y he visto actores muy medianos y sin pretensiones y hasta de teatros caseros que siempre se han hecho aplaudir en el papel del rey D. Sebastian.

Yo estoy muy pagado de ser autor de esta obra mia, y Matilde la ha dado á conocer en todos los países en que se habla la lengua castellana, gracias á Catalina.

¡Bendita Matilde! Desde la noche de su estreno data el cariño fraternal y la gratitud, que la tengo y la tendré siempre.

Post scriptum.—¡Pobre Barroso! Víctima de la medicacion á grandes dósis, murió de repente una tarde en el teatro, saturado de yodo y otras drogas de este jaez. En un ensayo exhaló repentinamente un profundísimo gemido: dió luego un gran grito y dijo: «¡me muero!» y una repentina parálisis comenzó á apoderarse de su cuerpo, comenzando por los piés. No hubo tiempo más que para conducirle á la habitacion y cama del portero, donde recibió la Extrema-Uncion, y espiró contando cómo se moria: ya se me ha muerto el brazo derecho, exclamaba: ya se me muere el corazon... lo último que pareció vivo en él fueron los ojos, cuyos párpados no quisieron cerrarse. Desde la representacion del Traidor inconfeso y mártir, dejé de escribir para el teatro.