CAPÍTULO XI.
Talía á la luz de un juepe.
Encontrándome en Legaspi supe que con motivo de aproximarse el pintacasi de dicho pueblo, bullía en las munícipes cabezas, entre otros obsequios, dar una comedia, utilizando únicamente los elementos del pueblo. Tan luego supe semejante proyecto, me propuse seguirlo paso á paso, aun cuando tuviese que detenerme en Legaspi los dos meses que faltaban para la fiesta, y al efecto alquilé una casita inmediata á la que habitaba la respetable persona del Gobernadorcillo, quien en tales casos es empresario, director de escena, y hasta algunas veces autor y actor, siendo, por lo tanto, su casa templo obligado de Talía, y su persona su primer sacerdote.
Al segundo día de ser vecino del más alto de los munícipes, adquirí amistades con la respetabilísima y nunca bastante cantada mi señora Doña Tintay, Capitana en ejercicio, moza ya entrada en años, de anchas caderas, gran verbosidad, gran fama como matrona y gran influencia como legítima esposa, de legítimo matrimonio con el Gobernadorcillo del pueblo de Legaspi, el Sr. Tenten, con quien hacía treinta años compartía en paz y en gracia de Dios la distinción de Cabeza, primero, llamándose entonces Cabezang Tintay, la dignidad de Teniente mayor después, en que pasó á ser Tenientelang Tintay, y la majestad de Capitán más tarde, en que cambió todos los anteriores calificativos por el nuevo y retumbante de Capitana Tintay, capitanía que ya jamás abandonará, pues aun cuando su consorte se despoje de la recortada y negra chaqueta y de los tiesos y blancos faldones que le dan carácter, sustituyéndolos por los remangados calzones y la abierta camisa del sementerero, Tintay seguirá siendo la Capitana Tintay.
Las cañas del batalan de la casa de Tintay y las de la mía, no digamos que se besaban, pero sí se arañaban unas á otras.
Tintay salía con frecuencia al batalan, yendo unas veces en busca de menesteres de una casa arreglada, y otras á hacer menesteres ajenos á la casa. Siempre que la Capitana se hacia visible procuraba serlo yo, y cuando esto ocurría cambiábamos recíprocos cumplimientos, que solían terminar con un chiquirritín buyito, que ella me daba, y un negro y retorcido tabaco de Arroceros, que la daba yo. Tintay mascaba tanto como Tenten, con la diferencia que este tenía siempre la boca llena de buyo, mientras que su cara mitad se las arreglaba con las hojas de Cagayan.
Una de las tardes en que Tintay asomó su arrogante figura al batalan, noté en ella ese embarazo propio de toda india que quiere pedir algo á un castila. Primero, me dijo deseaba dar un rato de conversar conmigo; después, y antes de darme nada, abrevió varias veces los nombres de la Sacra Familia, lanzando, como por vía de exordio, dos ó tres «Osus-María-seff,» hasta que por último, entró en materia, y en materia muy de mi agrado, pues se trataba nada menos que de la proyectada comedia. Tintay, fundándose en que los urofeos somos muy masiados en esto de comedias, me rogaba tuviese un poco no más de paciencia con ellos. Este poco me pareció de una magnanimidad más grande que la de Job; pero á trueque de profundizar todos los misterios de los bastidores bicoles, la prometí tener á su disposición, no un poco, sino toda la paciencia que me pidiera. Hecha mi oferta, me dijo Tintay que aquella noche me esperaba, pues se iba á conversar de la funcia.
Más exacto que un cronómetro, me presenté en la casa de Tintay, quien tanto ella como su marido me recibieron con grandes muestras de contento. Después del consabido siente V. primero, frase en que el indio condensa y sintetiza todas nuestras salutaciones, me hice cargo de cuanto me rodeaba. En la sala había una veintena de Adanes y una mitad de Evas. Ellas y ellos, según supe más tarde, componían lo más azul de la sangre del pueblo. Me río yo de toda la gravedad del Reistag alemán, de toda la seriedad de los Comunes de Inglaterra y de todo el estiramiento de la Puerta Otomana, ante la cómica gravedad que respiraban todas las candongas de las ñoras y toda la tiesura y almidonamiento de los faldones de los munícipes.
Capitán Tenten abrió la boca y en perfecto bicol dijo á la reunión que la derramita que había echado para obsequiar al pueblo había dado 700 pesos, los mismos que guardaba en su arca su digna esposa.
Lo del obsequio y lo de la digna esposa no lo entendí bien al principio, más luego lo fuí comprendiendo tan perfectamente que casi casi me atrevía yo á hacer todos los meses un obsequio como aquel. En cuanto á lo de digna me explicaron que en juntas solemnes como aquella, el capitán siempre que tiene que nombrar á su mujer lo hace anteponiendo un adjetivo más ó menos respetuoso.
Una vez que aquella alta Cámara aprobó, como si dijéramos, la orden del día anterior, que eran los 700 machacantes, se entró de lleno en la del día que era la Comediajan. La discusión fué larga y templada, y aunque las representantes del sexo débil abusaron de la palabra, no se oyó una más alta que otra, viniendo todas á un perfecto acuerdo tan luego como la digna Tintay lanzaba por entre olas de negra saliva su consabido osus-María-seff.
Se trataba de representar una comedia y ni había cómicos—y no cómicos así como se quiera, sino cómicos que habían de resistir ocho ó diez noches seguidas de función,—ni había teatro, ni atrezzo, ni autores, ni obra, ni apuntador, ni nada absolutamente de cuanto hace falta para el más modesto templo de Talía, pero esto para nada preocupa la imaginación del indio que formula un deseo, siendo verdaderamente asombrosa la facilidad con que crea, remedia, adiciona ó remienda cualquier proyecto. Habían dicho que habría comedia y aun cuando nada tenían, de seguro se representaría.
El primer punto que aquella noche se puso á discusión fué la designación de señoras—nombre que dan los bicoles á las actrices.—Aquí no podemos menos de hacer la salvedad—pues es de hacer,—que el capitán de un pueblo cuenta en absoluto con todas las voluntades, así que no hay temor de que al señalar á fulana ó á mengana reciba un desaire.
Una vez aprobado que la comedia precisamente había de tener una reina cristiana, una emperatriz mora y tres princesas neutras, se recorrió todo el personal de dalagas del pueblo, conviniéndose por último en que la cristiana había de ser Pupen, guapa y robusta mocetona de 17 abriles, muy á propósito para representar toda la altivez de una princesa cristiana. Para la mora hubo un poco de discusión, opinando unos que Acay era más á propósito que Beten y otros lo contrario, pero la opinión se decidió por la última, ante la justa observación del Directorcillo, quien dijo que la mora tenía que ponerse calzoncillos muy cortos y las pantorrillas de Acay eran muy delgadas.—Como se ve, aquel Directorcillo presiente el porvenir de los Bufos en el extremo Oriente.—Para las tres princesas no hubo dificultad alguna, en que lo fueran Momay, Ganday y Gisan. En la elección de las cinco señoras supe se había tenido un especial cuidado en escoger dalagas de lo más mabansay del pueblo.
La elección de reyes, príncipes y emperadores la dejaron hasta conocer toda la partida que requiriese el argumento.
En esta clase de espectáculos no visten y costean los trajes de las actrices sus familias y sí las que designa la junta, quien tiene un especial cuidado en dar de vestir á las casas más pudientes del pueblo. Se escogieron las cinco, cuyos dueños, que estaban presentes aceptaron sin objeción alguna, y acto seguido se procedió á nombrar director de escena, director de magia y director compositor. Para el primer cargo se nombró al Juez mayor de policía, cuya obligación se reducía nada más que á construir teatro, adornarlo, iluminarlo y darlo listo: la magia quedó al cuidado de la experiencia del vacunadorcillo y el proporcionar comedia fué encargo que se hizo al Directorcillo, á quien por un favor especial se le agregó el maestro, sin duda para que en sus conocimientos de letras llevase la censura y corrección de la obra. En cuanto á la alta inspección de todo, quedaba, como era consiguiente, á la experiencia de Tenten y de su digna Tintay.
Un maray na bangui de la capitana, que es como si dijéramos, buenas noches, en tierra de Castilla, disolvió aquella pacífica reunión, en que fuí varias veces consultado, diciendo á todo amén, pues mi objeto era ver y no adicionar detalle alguno.
A los ocho días de celebrarse la anterior junta, todo el pueblo estaba en movimiento. Por mañana y tarde un redoble de tambor y un alegre paso doble convocaba á todo el que gratuitamente quería contribuir á levantar el escenario.
Como la fiesta era para el pueblo, este en masa acudía á la gran explanada, cerca de la mar y á la vista del Mayon, que se había elegido para construir el teatro. El que no llevaba una tabla, lo hacía de una docena de cañas, el que no arrastraba cuatro bongas, cargaba diez rollos de bejucos, y el que nada de esto tenía, llevaba sus manos y con ellas y su buena voluntad iba la cosa adelantando como por ensalmo. Esto en cuanto al teatro. En cuanto á la obra, el Directorcillo se había hecho con una antigua comedia de magia, que según todos los que la conocían sobrepujaba á la del célebre D. Teñoso ó á la casi inmortal de Los guantes amarillos. El Directorcillo tuvo que vencer sin embargo varios inconvenientes, pues la comedia tenía tres majestades femeninas y cinco princesas, y como solo podía disponer de dos de las primeras y tres de las segundas, de aquí que el hombre tuvo que comerse por buen componer unos cinco mil versos y sustituir no pocos nombres con otros. Descartado el personal y hecho el arreglo, le quedaba el epílogo en que es de ene que todas y todos convertidos al cristianismo se casen en paz y en gracia de Dios, con arreglo á su clase, uniéndose los reyes con reinas, y las princesas con príncipes, y una vez atados con el santo yugo se adelantan al público y ejecutan una especie de loa en obsequio al Alcalde, al Cura y al Gobernadorcillo, y como los nombres y circunstancias de los actuales señores no eran los mismos, ni las mismas que las del original, cuyos individuos hacía muchos años habían muerto, de aquí que mi pobre Directorcillo menudease las consultas con el maestro, y se rascase varias veces todo lo rascable hasta encontrar un centenar de consonantes para aliñar una veintena de quintillas, que gracias á que el Alcalde no entiende el bicol, y el Cura no asiste al espectáculo, que á no suceder lo primero ó lo segundo estarían muy seriamente amenazadas las costillas del Director coplero.
La comedia que había dado de ver conmigo mi amiga Tintay estaba dividida en diez infolios, conteniendo cada uno de ellos unos 8 á 9.000 versos, formando quintillas y redondillas en su mayoría. Cada parte correspondía á una noche, de modo que la comedia había de durar diez, á no ser que se repitiese—pues se dan casos—y entonces la obra se empalma y se estira un mes.
No quiero privar á mis lectores de la distribución y nombres de los personajes, así que copio al pie de la letra todas cuantas tiene la primera página de la famosísima comedia de magia El Príncipe Don Grimaldo en el Reino de Sansueña.
Hélos aquí:
Eurica, reina mora.
Galiana, idem cristiana.
Rogeria, Robuana, Igmidia, princesas.
Almadan, emperador.
Mahometo, rey.
Grimaldo, Bernardo Carpió, Brabonel, príncipes.
Don Aguilar, consejero.
Don Fernández, conde.
Don Rodríguez, capitán.
Dos graciosos.
Los doce pares de Francia, ejércitos moros y ejércitos cristianos.
Después de lo anterior, ni se marcaba época, ni lugar, ni distribución de escena; bien es verdad que, según iba viendo, para maldita la cosa hacían falta tan pequeñísimos detalles.
Llegó por fin la primera noche de ensayo, y aquí te quiero escopeta, con más fruición que si fuese á ocupar una barrera de sombra en día de plaza partida, me posesioné de un banco, en la mismísima del pueblo, que aunque no era de toros lo sería de la Constitución si estuviese en España.
Los ensayos se hacen siempre al aire libre, no solo porque los actores necesitan gran espacio para ejercitarse en el moro-moro, si que también porque es justo que el público en general participe de todos las incidencias del espectáculo.
Una gran masa de carne humana formaba en extenso círculo, salpicado de gran profusión de juepes que daban más humo que luz: una mesa ante la cual se encontraban tres apuntadores llamados á relevarse unos á otros, cuatro bancos corridos para los comediantes, estando á la derecha ellas y á su mano contraria ellos, y las sillas presidenciales de los maridables Tintay y Tenten formaban el cuadro.
Una vez todos listos empezó el ensayo.
En las comedias bicoles no hay necesidad de lecturas, pases ni copias de papeles: el actor se coloca cerca del apuntador y repite cuanto oye sin variar de tono, parándose á cada final de verso. Con este sistema, claro está que para nada hacen falta los papeles; bien es verdad, que en esta clase de espectáculos, lo que menos significa es la parte literaria.
Siempre que tenía que presentarse en escena un personaje, lo llamaba el apuntador, á cuya llamada se ponía en pie esperando que le avisaran para entrar en su primer verso. Una de las cosas que más me llamó la atención fué que todos los actores declamaban accionando con un bastón, cuyo adminículo lo sustituían las actrices por el abanico.
En una de las escenas en que el rey Mahometo le dice á la princesa Rogeria que ya está al tanto de cuanto ocurre y que si cree que él se mama el dedo está equivocada, Rogeria que sin duda no tiene ganas de broma le contesta que eso de mamarse el dedo se lo cuente á su abuela, y para dar mayor fuerza al argumento llama á sus ejércitos y se provee de daga y espada; en esto el apuntador toca un pito, la música lo hace del Himno de Riego, entran en plaza precipitadamente ejércitos moros y cristianos, y se arma una de polvo y de latigazos que da gozo. Rogeria deja su sexo en el lugar que le corresponde, hiriendo al amigo Mahometo que no le quedan ganas de andar en tratos con princesas.
La parte que llamaríamos de exposición de la obra, lo era, en efecto, en la que se representaba, y tan lo era, que en uno de los ejércitos resultó un estacazo tan realista que tuvieron que dar dos puntos en la cabeza á un moro.
Todas las escenas que se ensayaron aquella noche constituían otros tantos caramillos para acudir á las armas, siendo ellas las más dispuestas á resolver los problemas más sencillos á estacazo limpio. A las dos de la madrugada se pronunció la última letra del primer tomo de la obra, y se anunció su continuación frente á la casa de Capitán Perto.
Pregunté el por qué no habían de seguirse los ensayos en la plaza, y me contestaron que solo se hacía allí el primero, verificándose los demás frente á la casa del que convidaba.—¡Ah, vamos! ¿con que hay convite?—Si señor, me replicaron, el que quiere comedia avisa y toda la gente representa frente á su casa en la que actores, directores, traspuntes y público de categoría cenan después del ensayo. La cosa me pareció muy bien, y como yo componía categoría participé en las noches sucesivas de las doraditas lonchas de lechón asado, víctima irreemplazable en toda reunión india.
Veinticinco de aquellos, que generalmente con perdón se nombran, habían sido inmolados, lo que quiere decir que veinticinco noches habíamos tenido ensayo, y digo habíamos, porque poco á poco me había ido identificando con toda aquella familia real, hasta el punto de creerme muchas veces ciudadano pacífico del reino de Sansueña.
Al llegar al lechón número veintiséis se anunció que el teatro estaba concluído y por lo tanto que los ensayos se harían sobre el tablado.
El teatro en efecto estaba terminado.
Veámoslo por dentro y por fuera.
Un espacioso tablado cubierto de cañas y nipas y cerrado por tres lados de nipas y cañas, formaban el edificio. El tablado se hallaba dividido en dos partes, por medio de un enverjado fabricado con los susodichos materiales, y paralelo á lo que debía ser telón de boca, destinándose la parte posterior, para foyer, como diría mi amigo Luís, de público, actrices y actores. En aquel movible salón me dijeron se colocarían biombos para vestirse y desnudarse tras ellos las señoras, y como las funciones habían de ser de muchas horas, también me aseguraron se establecerían allí varias carenderías. Los tres lados de lo que constituía el palco escénico tenían un corredor, y por bajo de este y á derecha é izquierda de aquel se hallaban sus correspondientes palcos destinados á las personas de distinción que convidase el Gobernadorcillo. En cuanto al corredor se utilizaba para declamar desde él algunas escenas.
El palco escénico no tenía más entradas que dos agujeros que se habían dejado en el fondo. Estos dos agujeros eran los únicos auxiliares de la escena.
Lo anterior éralo visible, pues aun cuando el teatro de Legaspi no tenía bambalinas, ni tetares, ni bastidores, ni telones de boca, ni de no boca, ni escapes laterales, ni gazapera para el apuntador, no faltaban sus intriguillas interioras, que si bien no las tapaban los lienzos de los telones ni las sombras de las bambalinas, las ocultaban las paredes de las casas en que se vestían á las señoras. Un mercader chino, de esos que han nacido para el mostrador y que está tan incrustado á él como la sonrisa á su cara, me puso al tanto de cuanto ocurría. Por su conducto se habían hecho muchos pedidos á Manila de cintas, lazos, plumas, abalorios y lentejuelas, y hasta me dijo que uno de los vestidores había encargado medias de seda, ligas azules, y botitas imperiales de raso grana.
El orgullo y la vanidad habían sacado la cabeza en el pueblo de Legaspi, y cada cual quería que su señora sobrepujase en lujo y riqueza á las demás. Había una de noticias, chismes y enredos, que ni aun Tintay, con su consabido Osús-María-seff, podía contrarrestar. Desde que á las señoras les probaron el primer traje de raso, había entre ellas una marimorena muy cerca del repelón. Ya la cándida Pupen no era la morena dalaga de gustos sencillos, sino la orgullosa señora que presentía hasta la blancura de su cara ante la brocha del colorete. Ni Pupen se llamaba ya Pupen, ni Beten se la conocía por Beten, y sí por la reina Eurica la primera y por la reina Galiana la segunda, identificándose de tal manera en sus papeles, que tenemos la seguridad de que suponían que no otro tanto que ellas eran las reinas moras y cristianas. Este desvanecimiento tiene su lado malísimo, lado que no podemos menos de tratar muy en serio, hablando con la experiencia en la memoria. La mayor parte de las comediantas son muchachas muy jóvenes, tan bonitas como pobres. No conocen del mundo más que las 200 brazas de tierra que siembran, ó el azul del cielo bajo el cual tienden las redes ó peinan el abacá. A inteligencias tan dormidas se las despierta bruscamente, lanzándolas en un mundo completamente desconocido para ellas. Durante dos meses están siendo objeto de toda clase de atenciones, y como son bonitas, sus oídos oyen de continuo frases que, si al principio no comprenden, luego concluyen por envenenarles la existencia. Durante aquellos dos meses, no es solo el halago lo que las rodea, sino que también un lujo que no han visto ni soñado jamás. Su corto y áspero patadión se transforma en la crujiente falda de gró, sus piés los aprisionan diminutas botitas de raso, sus piernas se recubren de finas mallas, y en sus hombros, y entre las negrísimas hebras de su cabellera, descansan perlas y brillantes. El despertar de este hermoso sueño de la juventud debe ser horrible: después de haber llevado tantas galas, volver á la triste realidad de los harapos y la miseria, es de funestísimas consecuencias. Los espectáculos que describimos, en la forma con que se hacen, dan un gran contingente á la prostitución y á la cárcel. Antes de que una joven de quince años, de la clase que nos ocupa, lleve encajes y brillantes, es muy difícil la seducción: una vez que ha sido dueña de ellos, lo difícil es fácil. Conocemos una causa célebre, cuyo sangriento drama es muy de recordar tratándose de este asunto. Su extracto es muy corto: Una fría madrugada de invierno salían varios jóvenes calaveras de una casa en que imperaba la crápula y el desenfreno: al abrir la puerta, cayó al suelo un pobre barrendero que, hambriento y aterido, se había refugiado al hueco de su quicio para librarse de la nieve que caía con gran abundancia. Uno de aquellos calaveras cogió al muchacho del brazo y lo hizo subir al salón que acababan de dejar, en el que quedaban todas las últimas heces del desenfreno y la borrachera. La crápula volvió á empalmarse, haciendo participar al muchacho de todos los goces, recorriendo en dos horas cuantas páginas escribe el delirio inspirado por todas las pasiones. Cuando nada restaba por gozar, volvió el pobre barrendero á ser conducido á la calle. La nieve caía en anchos copos, y el frío era intensísimo. La escoba, que aún estaba arrimada á la puerta, la puso en las manos del muchacho el joven que lo sacó de la calle, y al entregarle la escoba, le dió dos fuertes bofetadas, volviéndole á la triste realidad de la vida, al par que le decía:—¡Imbécil, cuanto acabas de dejar solo se adquiere con dinero!—Aún no se había perdido el ruido de las carcajadas de los libertinos, cuando ya germinaba en la mente del muchacho la idea del robo.
A los dos meses el barrendero estaba en presidio….
Sirva el saludable consejo que envuelve el anterior recuerdo, y volvamos á nuestro teatro de Legaspi.
Los ensayos sobre el tablado se completaron, y como todo llega en la vida, también llegó la alborada del día del pintacasi del pueblo. Nuestra misión no es describir en esta ocasión tales fiestas, de modo que solo lo haremos en cuanto se refieren á los comediantes.
A las ocho de la mañana se reunieron en casa del Gobernadorcillo, cómicas, cómicos y comparsas, vistiendo los trajes de más lujo que habían de lucir en la comedia. Tintay y Tenten con todo el acompañamiento de moras y cristianas, de reyes y emperadores, y de ejércitos fieles é infieles, asisten con todo el municipio á la función de iglesia, de aquí se dirigen al teatro y empieza la comedia. Los días siguientes continúa, pero solo por la noche. En la del día á que me refiero, y siendo las diez de ella, me constituí en uno de los palcos. Frente al teatro estaba todo el pueblo, y el que faltaba se hallaba dentro de aquel, repartido en los corredores, en los palcos y hasta en la misma escena, en la que solo quedaba el espacio suficiente para el accionado. El teatro estaba perfectamente iluminado con toda clase de aparatos. Allí había desde la elegante araña de seis bombas de tulipán, alimentada con petróleo, á la modesta lamparilla que chisporrotea en la chireta de coco.
Las reinas y princesas estaban irreprochables en cuanto á riqueza. Sobre aquellas cinco muchachas podría asegurarse estaban todas las alhajas más valiosas del pueblo, y tanto es así, que se solicitó del Alcalde un guardia civil para vigilar y custodiar á cada una de aquellas niñas; el Alcalde que es algo de broma, dijo bastaba con un fusil de chispa, y en vez de guardias, dió cuadrilleros.
Los trajes de las señoras, tanto moras como cristianas, eran de pura fantasía teniendo de cinco á siete distintos cada una de ellas. Ví una mora cubriendo su cabeza con pamela, y más de un moro que lo hacía con sombrero de copa. Con esto creo baste, pues son dos buenos botones para muestra. La única distinción que pude encontrar entre moras y cristianas, era en que las primeras vestían faldas cortas y las segundas lo hacían de cola muy larga.
En cuanto á los actores no puedo resistir la tentación de bosquejar á D. Bernardo Carpio. Este era un escribiente muy conocido en Legaspi, y su traje consistía en zapato bajo de charol, pantalón negro con ancha franja dorada, casaca azul con vueltas rojas en faldones y solapas y kepis con insignias de coronel, completando su atavío relucientes espolines, ancha espada de cazoleta, tricolor banda de seda, descomunales condecoraciones de papel dorado, amplios guantes de algodón y grueso palasán con puño de plata. Tal se presentó el bueno de Bernardo Carpio en el escenario de Legaspi.
Hasta las dos de la madrugada no terminó la primera parte.
En las noches sucesivas continuó el desempeño de la obra, cuyo argumento me conformaría con que tuviera cuerpo siquiera fuese jorobado, ya que era imposible encontrarle piés, cabeza ni manos. Las escenas amorosas terminaban por lo regular con tan imprevistos incidentes, como imprevistas eran las resoluciones de los consejos y el éxito de las miles de empresas. Excuso decir que en los combates los descalabrados eran siempre los moros, por más razón que tuviesen, no amparándoles ni aun la poderosísima de ser á veces más los malos que los buenos.
El autor de la obra no se había andado con tafetanes, apelando muy á menudo á recursos heróicos. Tan luego como un diálogo se hacía difícil, un monólogo se agotaba, ó una escena no tenía fácil salida, el autor la encontraba bien sencilla en el momento, y al efecto se dió un caso en que la reina mora no sabiendo qué decir, roba en pleno consejo ante el mismísimo rey cristiano una princesa. Excuso decir á ustedes que este robo levantó más polvo que el célebre de las sabinas.
Las representaciones se hacían muy largas, porque cada escena principia y acaba por un paseo triunfal, y suele mediar con el indispensable combate con espada y daga llamado el moro-moro, baile que en honor á la verdad llama la atención la agilidad con que algunos y algunas manejan la esgrima.
En una de las noches de representación se hallaba á mi lado una elegante y airosa mestiza, la misma que había costeado los trajes de la reina mora. Esta se encontraba en escena luciendo un primoroso manto bordado de oro, y á su vista no pude menos de felicitar á la dueña por su exquisito gusto.—Yo lo creo, me contestó, como que es el manto de la Magdalena.—¡¡Pero, señora, le dije con cierta gravedad, el manto de la Magdalena sobre los hombros de una mora!!—Ca, no señor, si mañana han de bautizarla.—La contestación me pareció tan razonable, y sobre todo fué dicha con tal naturalidad, que comprendí sería perder el tiempo añadir una palabra más en el asunto.
A la noche siguiente, que era la última, asistí al espectáculo, como lo había hecho las nueve anteriores, y cansado y jadeante ante tanto paso doble, tantos himnos guerreros, tanto moro-moro y tanta monotonía en el declamando nasal, que por nada varía, oí la loa final. Si llego á denunciar al Alcalde que en una de las quintillas lo habían comparado con el apóstol Santiago, y si hubiese llegado á oídos del cura, que en otros cinco que se titulaban versos, lo llamaban hermosísimo pastor, de seguro va á la cárcel el Directorcillo.
¿Y la magia? ¿Y la derramita? dirán mis lectores.
La magia estaba reducida á un feroz león, formado de cañas y revestido de abacá y á una descomunal serpiente de bejucos y papel. Estos monstruos eran movidos por chicuelos que sudarían tinta dentro de las abrigadas entrañas de aquellos animalejos, que oportunamente se presentaban en escena para salvar ó defender á las princesas cristianas.
En cuanto á los 700 pesos de la derramita, me dijo la digna Tintay que los había empleado Tenten en gastos … reservados.
Este capítulo tiene epílogo.
Desde que puse el último punto suspensivo á la fecha en que añado estas letras, han pasado dos años. De paso he estado en el pueblo de Legaspi. Ví á mis amigos Tintay y Tenten, y en el tiempo que mi cochero enganchaba me hicieron tomar chocolate.
—Y ¿qué tal, cómo vamos?—dije á Tintay.
—Mal señor: la bandala muy poco vale; este año no parejo al de mi marido; siguro no tiene comedia.
Al recordarme la comedia, pregunté á Tenten:
—Y qué cosa, Capitán;—¿se casaron Pupen y Beten?
—Ca, no señor; Pupen está en la cárcel y Beten … lo que es en cuanto á Beten, malo señor; y al decir malo hizo una pausa dejándome adivinar lo demás.
Nuestros temores eran por desgracia bien fundados. Pupen robó, y Beten, no teniendo qué vender, vendió su cuerpo.