CAPÍTULO XII.
La cueva de las calaveras.
Una vez que descansamos de las fatigas propias de jornadas teatrales tan largas como las anteriormente descritas, nos propusimos visitar las grutas de las calaveras de la isla de Cagraray, situada frente por frente á Legaspi.
En la madrugada del siete de Abril de 1880 nos embarcamos en una falúa, habiendo puesto previamente en el bote que nos había de acompañar, escalas, cuerdas, picos, barretas y cuantos instrumentos creímos habían de sernos necesarios para explorar las costas del célebre Canal que divide las islas de Batan y Cagraray.
Un viento fresco terral hinchó el foque de nuestro esquife, y una ligera maniobra para amurar su blanca vela latina nos puso en rumbo, teniendo á la banda de estribor, en primer término, el picacho de Capuntucan, divisándose en la misma dirección, en lejanos horizontes, las costas de Manito, cuya blanca torre se destaca sobre la colina de verdura en que se asienta. A la mura de babor se alzaba el gigantesco coloso del Estrecho de San Bernardino; á la proa teníamos la gran bocana que abre el hemiciclo que forma la rada de Legaspi, y por la que da entrada en las monzones del Noroeste á embravecidas mares que no encuentran barrera alguna desde las costas americanas, quedando tras la estela las arenas de Legaspi.
Navegando en popa llevábamos rumbo derecho en demanda de la bocana del Canal de Cagraray.
La pantalla que nos cerraba los horizontes del Poniente, en la extensa punta de Calao-Calanan, fué desapareciendo á medida que íbamos ganando en altura, dibujándose primero una ligera nube, que poco á poco fué aclarándose hasta mostrarse á nuestra vista el canastillo de flores que forma el Cabo del Diablo. En las cartas marítimas se le da el nombre de Lesno, pero los naturales lo señalan con la denominación del Diablo, efecto sin duda de lo arriesgado que es el doblarlo en la monzón del Noroeste, en la que la navegación del Estrecho de San Bernardino es sumamente peligrosa; y tanto es así, que en los meses que reina, las casas aseguradoras no aceptan riesgo alguno para el puerto de Legaspi. La precisión de los instrumentos que ayudan á la inteligencia del marino, y su constante alerta cuando tienen ancladas sus naves en aquel puerto, hacen que los siniestros marítimos no sean muy frecuentes, pues contra los vientos y las mares tiene la rada de Legaspi un consolador refugio en el abrigado y resguardado puertecito de Sula.
La marinería de nuestra embarcación era india pura, incluso su patrón, quien varias veces varió el rumbo, atribuyéndolo nosotros al principio á descuido, pero más tarde comprendimos que la caña del timón obedecía más bien al temor que le dominaba, tan luego supo que nuestro principal objeto era visitar las Cuevas de las Calaveras; afortunadamente nos acompañaba un amigo que conocía la situación de las más notables de aquellas, y repetidas veces enmendó la derrota con visible disgusto del patrón, antiguo y marrullero hombre de mar, ya entrado en años, con más cabellos blancos que negros, más supersticiones que dientes, más consejas que verdades y más escapularios que virtudes. La voz apagada y gangosa, sin duda por las húmedas brisas de Levante, modulaban una y otra vez voces de mando, que daban por resultado quedar la escota en su cabilla á la mirada de nuestro práctico.
Los contornos de la bocana de Cagraray se hacían por momentos más perceptibles. Al entrar en las aguas de Sula, principiamos á admirar las innumerables bellezas madrepóricas del fondo del mar, cuyo lecho lo teníamos bajo la quilla á tres pies. Los rayos solares, al quebrarse en la masa de agua, esparcían sobre las dentadas y caprichosas combinaciones madrepóricas luminosos destellos, merced á los cuales explorábamos aquel extenso bajo. Con la ayuda de los acerados dientes de los aparatos automáticos de Toselli, que á prevención llevábamos, arrancamos varias madréporas, cuyos brillantes colores desaparecían tan luego dejaban de ser acariciadas por las revueltas madejas de sus hermanas las marinas algas. Al doblar la pequeña punta de Sula, instintivamente todos nos fijamos en la extraña configuración de dos montecillos que se unían por medio de una roca, cuyo centro cortado á pico mostraba una raya vertical, tanto más perceptible, cuanto que se dibujaba sobre el fondo pelado de la granítica peña. Nuestro práctico puso proa á la acantilada masa.
La distancia fué estrechándose; la línea se abrió apareciendo una grieta, cuya entrada estaba resguardada por dentados y caprichosos bordes.
Media hora empleamos en llegar al pie de la roca. Media hora de brega, que fué muy penosa por tener que salvar extensas cadenas madrepóricas, cuyas pintadas crestas salían á la superficie de las aguas á mostrar su belleza al astro del día, cuyos candentes rayos vivifican los miles de mundos de lo infinitamente pequeño que se agitan en los calizos tubérculos madrepóricos.
La voz del patrón de alto los remos, y la dada por el que mandaba el bote de safa escalas, indicaron la faena de atracar, difícil en extremo por lo terso de la roca, cuyo perpendicular tajo descansaba en un acantilado fondo sobre el que pesaban dos varas de agua. Estábamos bajo la peña.
A ocho metros sobre el nivel del mar se hallaba la grieta, que según nuestro práctico, daba entrada á la Cueva de las Calaveras. Imposible parece que la muerte pudiese buscar un sitio más imponente, más agreste, más inhospitalario y más misterioso que aquel calcinado monolito que se mantiene en pie por un prodigio de equilibrio, evitando su desmoronamiento innumerables baletes, cuyas retorcidas y múltiples raíces constituyen otros tantos eslabones que encadenan una por una las infinitas grietas que el tiempo y las aguas han ido corroyendo en aquel fantástico sarcófago, á cuya entrada brama de continuo la salvaje voz del gran Pacífico.
Lo agreste y bravío del panorama que teníamos á la vista nos había tenido á todos largo tiempo en suspenso, contemplando las obras de Dios, á quien con nuestro silencio elevábamos un canto de admiración, viendo en aquellos momentos en la majestad divina, no al Dios que premia y castiga, sino al Dios artista que crea y combina maravillas elaboradas en los misterios impenetrables de las absolutas y supremas bellezas.
Lo que en nosotros era admiración, en los indios era un terror visiblemente marcado en sus bronceados semblantes y en la estupefacción de sus miradas.
Las escalas se encontraban fuera del bote, pero ninguno de los indios se atrevía á fijarlas en la roca.
—Vamos, muchachos—dijimos por último,—colocar las escalas y no tengáis miedo alguno.
—Dispense, señor—contestó el patrón,—pero esta gente dice que antes de tocar la cueva necesitan hacer ofrendas al espíritu de la muerte para que les libre de todo mal.
El permiso fué otorgado; la marinería encendió teas resinosas, proveyéndose antes unos de bombones de caña y otros de chiretas de coco, colocando en aquellos y en estas aceite y morisqueta, que habían de dejar como ofrenda dentro de la cueva, habiendo hecho previamente una protesta á la luz de las teas, reducida á implorar al espíritu de la muerte y hacer constar que si ellos llegaban hasta su mansión, era contra su voluntad, obedeciendo los mandatos del Castila. Nosotros asumimos toda la responsabilidad de la protesta, dándoles aliento y explicándoles que ninguna cosa mala tratábamos de hacer; y merced á nuestras últimas exhortaciones, conseguimos que se colocaran las dos escalas, por las que trepamos con la avidez del que busca un tesoro. Tras el último peldaño se nos mostró el interior de la caverna. Las paredes, las bóvedas y el suelo constituían la realidad del más fantástico de los sueños de Las mil y una noches. La abertura de la cueva daba entrada á luz bastante para que apreciáramos todos los detalles. Por efecto de una constante elaboración de miles de años, habían formado las filtraciones en la masa calcárea extraños y monstruosos grupos silíceos, resguardados por las cortadas y dentadas puntas de las estalactitas que amenazaban nuestras cabezas, y las de las no menos irregulares estalacmitas, que unas veces alzaban sus brazos para acariciar á sus hermanas y otras atormentaban nuestros piés con sus tajadas crestas.
En todos los huecos de la peña había depositados gran número de restos humanos. ¿Quién los había colocado allí? ¿De qué raza procedían? Preguntas son estas que cada uno de nosotros formulaba en su interior, buscando una contestación en las descarnadas cuencas de los amarillos cráneos.
El silencio y la muerte nos rodeaba en aquella misteriosa Necrópolis. Nuestra misión al llegar hasta aquel lugar de eterno descanso, lo alentaba el deseo de ser útiles á la ciencia, arrancando algún secreto de informes restos de generaciones pasadas, á fin de añadir una página más á la gran obra de los estudios antropológicos; y sin embargo de tales aspiraciones, permanecimos por largo tiempo sin que se alargaran nuestras manos á coger ninguno de aquellos restos, pues al tocarlos creíamos profanar la historia de una raza entera sumida en el olvido de la eterna noche de los tiempos.
A la grandiosidad de la muerte se unía la grandiosidad del misterio. Nuestras manos al fin cogieron un cráneo. Su extraña configuración nos hizo dudar si procedería de las humanas razas; más nuestra duda fué momentánea tan luego lo examinamos. El grandísimo aplastamiento de aquellos nos corroboraron una vez más procedían de antiguas tribus malayas, en cuya raza había algunos individuos que á sus hijos recién nacidos les oprimían el cráneo con tablillas, cuya presión les daba la extraña configuración que teníamos á la vista.
Esta versión es tanto más fundada, cuanto que los únicos ejemplares de calaveras que se conocen de esta clase proceden de los sitios donde sentaron sus aduares las razas amarillas. En Filipinas, ni la tradición ni la historia da el más ligero rayo de luz que ilumine esa raza que indudablemente vivió en sus bosques, guerreó en sus praderas, y por último se extinguió en su suelo, buscando antes retiradas guaridas donde dormir el sueño eterno.
Tres horas largas hacía que permanecíamos en la gruta sin apercibirnos del calor ni del cansancio. Cada uno de nosotros tenía un pico ó una barreta, y solo nos ocupábamos de ir amontonando los objetos que cada cual hallaba en los desmoronamientos que producía. Había, sin embargo, que descansar, pues nuestros brazos se negaban á los deseos de nuestro espíritu.
Dada la voz de descanso, registramos los hallazgos, encontrándonos con una riquísima colección para el estudio de las ciencias antropológicas [7].
Sabido es, que entre la mayor parte de los pueblos del Oriente hay la creencia de que la muerte es solo un viaje, para el que se hacen distintas provisiones; esta creencia nos hizo adquirir antiguos fragmentos de distintas ollas y platos rotos, sin duda alguna por los desprendimientos de la roca. Una aljorca ó brazalete hecho de la medula del Manatí, que componía parte de nuestro hallazgo, nos dió el último dato para robustecer la creencia de hallarnos ante restos malayos. Dicho brazalete constituía entre aquellas razas un alto signo de distinción que solo podía usar el guerrero que daba cima á una acción heróica. El aro es de una sola pieza, y el introducirlo en la muñeca constituía muchas veces una dolorosa operación. El expresado brazalete, una vez ajustado, no podía sacarse, y el que había logrado tal distinción, lo llevaba á la tumba.
La presencia de aquel signo, vino asimismo á robustecer la creencia de que el aplastamiento del cráneo se permitía solo á las familias nobles, creencia que tiene un fuerte apoyo en las deformaciones chinas, en cuyo pueblo solo es dable á la clase noble ostentar, no el pie pequeño, como vulgarmente se cree, sino la especie de muñón á que reducen el pié por medio de compresas que concluyen por quitarle en absoluto su forma á costa de grandes sufrimientos, que las aristocráticas chinas conllevan con gran resignación, á trueque de mostrar al mundo una ejecutoria de nobleza adquirida á fuerza de apretones. El origen de semejante distinción se cree fué causa la deformación natural que tuvo en los piés una antigua princesa china, quien al ver que ella con ser hija del sol cojeaba, y sus damas siendo hijas de simples mortales, no daban más que algún que otro traspié, ideó el medio de que en la celeste corte femenina, ninguna anduviese derecha, introduciendo el uso de la reducción de los piés por medios artificiales.
Quién sabe si los causales de aplastarse el cráneo tendrían semejante origen, pues aceptada la absoluta sumisión en que vivían las antiguas razas con relación á su jefe, todo es de creer. De modo que no sería extraño que alguno de aquellos antiguos caballeros, que no por ir en el traje de la inocencia dejaba de serlo, quedase chato de cráneo, merced á algún golpe de maza, y en tal estado, se levantase un día con más presión en el cráneo que de ordinario, imitando á la celeste princesa, si bien en opuestos extremos. La hija del sol diría á sus damas: «Señoritas, desde hoy ninguna me ha de andar derecha;» el fosco guerrero, por el contrario, les diría apoyándose en la clava, para dar mayor fuerza á la dolorosa innovación: «¡Guay de vosotros si la venidera luna no os encuentra dos veces chatos!» Todo esto será más ó menos exacto, pero convengamos en que pudo ser, pues no todo lo antiguo ha de tener su origen en la filosófica madurez de tal ó cual necesidad.
Yo respeto—por más que me sea doloroso—la teoría de Darwin y hasta sería capaz siguiendo su sistema, de decirle á un gorilla de América—vamos pariente pase V. y tome asiento—por lo tanto quien tales ánimos tiene, bien puede abrigar la posibilidad de lo expuesto, no cabiendo, como no cabe duda alguna de que los cráneos encontrados procedían de antiguas razas cuyas deformidades eran producto de voluntarias y artificiosas operaciones, ¿á qué móvil obedecería la voluntad en tales casos? ¿Al mandato, ó á la vanidad? ¿Sería la deformación un signo de raza ó de nobleza? Interrogaciones son estas que solo con hipótesis contestan las generaciones presentes.
Jadeantes, rotos y hambrientos dirigimos la última mirada á la bóveda del calizo sarcófago, jamás hollado hasta entonces por planta europea, comprendiendo el placer de la libertad al divisar por la abertura de la peña las azules ondas que no encuentran dique hasta besar las arenas de las americanas playas.
Dimos un adiós á aquella mansión, grabando antes en ella los nombres de los Sres. Montano y Rey cuyos nombres quedaron unidos á los nuestros en aquel inmenso sarcófago.
Al poner el pié en la escala rozó nuestra cabeza una golondrina; alzamos la vista y vimos colgaba su nido en uno de los ángulos de la piedra.
¡¡La vida junto á la muerte; el cráneo al lado del nido; la cuna adherida al ataúd: una generación que se desmorona en sus últimos restos y otra generación que se incuba entre el polvo del sudario!! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .