CAPÍTULO IV.

El fraile en Filipinas.

Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las órdenes monásticas: van tan íntimamente unidas con la historia y vicisitudes por que ha pasado el Archipiélago, que donde quiera se relate un suceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contemple una obra, allí está la mano, la inteligencia ó la actividad del fraile.

Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todo su valor, es preciso vivir algún tiempo en el país.

El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismo se le ve con el santo lábaro predicar la fe del Gólgota, que dar al aire la enseña de Castilla y voltear el bronce llamando á los buenos en el rebato de sus torreones, siempre que algún peligro ha amenazado patria ó religión: alentados por estas dos palabras han puesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza, ó el cuello ante el cuchillo del martirio. Los campos de China durante más de dos siglos, la invasión de Manila por los piratas que hacían temblar al Celeste Imperio, y más tarde la gran bahía llena de naves inglesas, son imperecederas epopeyas en que las órdenes monásticas han vertido su sangre, su persuasión y sus caudales.

El cosmopolitismo del bien, volvemos á decir, está sintetizado en el convento.

A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con el ruido de sus armas adormecía la inteligencia; cual aquella época del arnés y de la lanza, se ocultaba en lo más recóndito de los cláustros la ciencia en el libro y el experimento en las primitivas máquinas; á imitación de entonces en que el fraile mantenía vivo el estudio y el saber, así en el día el cláustro en el Oriente cual templo de vestales, alienta la vívida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas de los Dominicos, llenas de preciosos códices; los gabinetes de física y química, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas de la inteligencia; las magníficas colecciones de la naturaleza tropical en todas sus manifestaciones; los góticos capiteles de Santo Domingo; las sólidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpear de las máquinas de vapor de los Recoletos; enseñan que la ciencia, el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de acción de las órdenes monásticas.

El convento no solamente sintetiza en Filipinas, la ciencia y el arte, sino que también el laboratorio, la enfermería y la granja-modelo.

Sabido es cuan escaso es el personal de médicos y cuántas provincias están entregadas á la virtud de sus plantas, á la tradición de sus remedios y á los ungüentos y recetas del convento. Tanto el indio como el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama al fraile á la cabecera de su lecho, ó va á buscarlo en sus hospitalarias casas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materia y consuelo para el espíritu.

La hacienda de Imus es una verdadera enfermería del castila, allí el que llega tiene cuidados, cama y mesa.

Desde el jefe superior de las islas al último desgraciado, tienen en Imus un cariñoso techo con solo llamar á aquellas puertas, abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugar de convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas se aunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baños de impresión que tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera de distribuirlas, unos de los mejores de las islas.

Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en la hacienda que nos ocupa. Espaciosos y bien preparados tambobos, magníficas plantaciones de caña dulce, buenas máquinas, extensas roturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfecto reglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta una desgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; si la desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, si el tallo de la caña se agosta ante el destructor hálito de un tifón, el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenir ante los sombríos colores de la usura. Cuando hay calamidades se perdonan las rentas, y el tambobo abre sus puertas, convirtiéndose en piadoso pósito, seguro remedio de la propiedad y del labrador.

El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El que durante todo un día ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical, el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por el cansancio: alienta, se vivifica y cobra ánimos al oir los consoladores ecos de la esquila del monasterio, del convento ó de la casa-hacienda; bajo aquel bronce sabe hay españoles, hay patria, hay hermanos. Es preciso haber pasado un día en la India y sentir las fatigas del cansancio y la sed, para comprender en todo su valor lo que significan los ecos de la campana del convento.

El fraile del Oriente difiere completamente del que vulgarmente se conoce; por esa misma razón lo juzgan algunos mal. El que crea ver en aquellos el reflejo de los antiguos y silenciosos moradores de la celda ó los revoltosos señores de abadías, se equivoca soberanamente; ni tienen la maliciosa reserva y maquiavélica intención del claustro de la Edad Media, ni la turbulencia y fueros de los guerreros-frailes de la Reconquista, feudales señores de almena y mesnada, de cuchillo y caldera.

El ser que nos ocupa es franco, decidor, leal, caballero; participa de las buenas cualidades del mundo y el recogimiento ascético de la celda. Es, y esta es su principal cualidad, español por excelencia, y todas sus tendencias, lo mismo las que desarrolla en la plática, como en el púlpito, como en el hogar, tienden á la consolidación y bienestar de la colonia. En las veces que en Filipinas se han sentido los rumores de la rebelión, el fraile siempre ha estado al lado de su raza. No hay ejemplo alguno en la historia de las islas en que haya aparecido ni remotamente complicado contra los suyos. Si Filipinas tuviera una verdadera historia, se vería hasta qué punto fueron los frailes españoles en las memorables jornadas en que el invicto Simón de Anda dejó la toga por el talabardo, oponiendo la fuerza á la fuerza, la espada á la dominación, la argucia á la mayoría y el heroismo á la desigual lucha. En aquella campaña, un puñado de frailes contuvieron la dominación inglesa, teniendo en continua alarma á las centuplicadas fuerzas de los enemigos.

La influencia que entonces y ahora tiene el fraile de Filipinas, es preciso ser loco para no apreciarla y comprenderla. Como ejemplo de su influencia y de su poder citaremos un episodio acaecido en la insurrección de Cavite.

En la fuerza de la plaza se encontraba al sonar la señal el lego español de San Juan de Dios. Dado el grito, la rebelión desarrolló en su destructor círculo cuantos horrores caben en el saqueo y la matanza. La embriaguez y la sangre habían corrido desde el rastrillo á la plataforma, cuando aquellas hordas que gritaban muerte y exterminio, que no habían perdonado sexos ni edades, se prosternaron de rodillas ante el lego pidiendo les absolviera de todas sus culpas. Si el lego hubiera sido fraile, y si su falta de conocimientos hubieran estado representados por la elocuencia, confianza y prestigio del sacerdote, es posible que las palabras no hubieran sido obras, y la acción no hubiera pasado de proyecto.

El lego fué respetado, considerado y atendido por los que pedían la cabeza de los españoles, por el solo hecho de vestir un hábito y una correa.

El ascendiente que el Padre ejerce sobre el indio está fuera de duda, es indiscutible. Esta influencia es tan positiva que no titubeamos en asegurar, es el primer elemento de colonización que tenemos en Filipinas.

Al hacer las anteriores manifestaciones cumplimos con un deber de españoles: en este libro nos hemos propuesto decir la verdad en todo y por todo, y aunque las ideas y opiniones del autor difieran de las del fraile, está en el deber de hacerles la justicia de que son acreedores. ¡Ojalá que todos los españoles que vengan á Filipinas se conduzcan cual lo hacen aquellos! Si esto sucediera ni daríamos el alerta, ni abrigaríamos temores.

El fraile en Filipinas no solamente es un bien, sino que constituye una verdadera necesidad.