CAPÍTULO V.
El estrecho de San Bernardino.—Cabeza Bondog.—Ruinas.—El volcán Mayon.—¡Ancla!—San Jacinto.—Su Iglesia.—La india Ignacia.—El toque de oración.—El atung-taqui.
La navegación del estrecho de San Bernardino, constituye uno de los derroteros más bellos y variados que se conocen. Desde la bahía de Manila á las aguas del Pacífico, hay unas trescientas millas en las que se admiran toda la riqueza del suelo filipino. En el derrotero que nos ocupamos no se pierde ni un solo momento la vista de tierra, pasando tan cerca de ella en muchas ocasiones, que se hace precisa gran precaución.
No bien doblamos cabeza Bondog y ganamos las aguas que separan á la rica provincia Camarines Sur, de la isla de Burías, se principian á dibujar en los horizontes de Albay, el famoso volcán que se admira en medio de aquella provincia.
El volcán de Albay, llamado por algunos el Mayon, lo forma un cono perfectamente regular. Se encuentra en actividad y es difícil verlo despejado de nubes, las cuales lo ocultan casi constantemente, efecto de su gran altura, proximidad á los focos de grandes emanaciones y atracción que ejerce sobre los frecuentes chubascos que vierten sobre la provincia de Albay.
Las erupciones del Mayon son muy frecuentes, mas desde la acaecida á principios del siglo, de la cual se describen tales horrores, que causan verdadero espanto, son poco intensas, estando habituados los pueblos que se asientan á la falda del monte, á las convulsiones del gigante que en un solo momento podrá sepultarlos entre sus candentes materias. La ascensión al volcán es sumamente difícil y arriesgada, no teniendo noticias de que viajero alguno haya hollado con su planta el vértice del cráter.
El día que la María Rosario nos puso á la vista del Mayon, hubo algunos momentos en que por efecto del fuerte SE. pudimos admirar completamente despejado todo el espacio que cierra el magnífico cuadro que llena el volcán.
La provincia de Albay es, sin género de duda una de las más ricas del Archipiélago. El filamento llamado abacá, es una inagotable mina de los campos que comprenden aquella provincia.
Aquel producto ha llevado el bienestar y la riqueza á sus habitantes, los cuales á su vez, son la base de las cuantiosas fortunas que se han cimentado sobre el abacá: este es de tan buena calidad en los campos de Albay, que las cabullerías que con él se fabrican se confunden con las más sólidas de cáñamo, producto que en los usos de la marina se ha reducido notablemente, desde que se explota aquel filamento, el cual no solamente se consume en el Archipiélago, sino que cuidadosamente es almacenado y prensado para ser expendido en lejanos centros comerciales.
Las calmas que veníamos experimentando nos agotaron casi todo el fresco de que podíamos disponer, así que, aprovechando el seguro y resguardado puerto de San Jacinto, anclamos en él á fin de refrescar víveres.
San Jacinto es un pintoresco pueblecito situado en la isla de Ticao. Lo constituye aquel una extensa loma sobre la cual se asienta diseminado un corto caserío, en su generalidad de palma, destacándose por su construcción un antiguo baluarte, la iglesia, la escuela y la casa-tribunal. El cura que cuida de su parroquia se encontraba fuera del pueblo y nos dijeron era mestizo chino.
El baluarte de San Jacinto es sólido, de buena fábrica y perfectamente situado; se extiende por lo más alto de la loma dominando el pueblo y el puerto. En el ángulo que corresponde á su entrada y sobre una plataforma medio arruinada, se ve un cañón, que según sus dimensiones, pudimos calcular sería su calibre de 20 á 24.
La época en que se edificó el baluarte no la hemos podido precisar, revelando el estado de los muros su vejez, con la que lucha la consistencia y solidez de la construcción.
En el espacioso patio que cierra el perímetro amurallado, se encuentra la iglesia, y á medio concluir la casa parroquial; obra que según pudimos ver, pronto había de brindar toda clase de comodidades á su morador. La sólida fábrica de aquella espaciosa casa, á cuya sombra se alza la campana del templo; las aspilladas murallas que la resguardan; las plataformas y el bronce que la defienden; la estratégica situación que ocupa, y la bandera que flamea en lo alto del torreón, la asemejan más que á la casa del recogimiento y la oración, al antiguo baluarte de la Edad Media.
Aquellos muros carcomidos por el tiempo evocaron en nuestra mente todo el grandioso pasado de los caballerescos siglos feudales.
La raza que habita San Jacinto, es la india pura; hablan el visaya y sus moradores poseen todos los rasgos que caracterizan aquella. Son afables, fuertes y de facciones bastante buenas. Vimos una india llamada Ignacia, de un conjunto altamente simpático y agradable, sobresaliendo en ella un larguísimo y negro pelo, rasgo peculiar y distintivo de Filipinas, en donde los hemos visto como en parte alguna; consecuencia, sin duda, de no mortificar las raíces, pues generalmente lo llevan suelto, y sobre todo, por la fortaleza y consistencia que prestan los jugos del coco, aceite, cuyas propiedades es de todos reconocida.
A más del uso del aceite de coco, contribuye en gran manera á la conservación del pelo, el gogo, raíz parecida á la de la mora. Aquel se lava perfectamente y después se exprimen sus jugos. El jugo del gogo levanta en la batea donde se prepara, una blanca é hirviente espuma; su uso es muy frecuente y, general en Filipinas, y sin duda alguna que la frescura que presta á la cabeza y la limpieza que origina, son causa, en gran parte, de que sea sumamente raro encontrar calvos en el Archipiélago.
La población de San Jacinto la forman 1.800 almas, de las cuales tributan unas 500, calculando en 250 los niños de ambos sexos que asisten á la escuela, según nos dijo el Gobernadorcillo.
Los productos son: el abacá, el tabaco, la caña dulce, el añil y el coco; de este nos sirvieron por vía de refresco una suculenta ensalada hecha de palmito. El palmito del coco, es sin género de duda, el más sustancial y delicado de cuantos dan toda la diversidad de palmas.
Al toque de oración en Filipinas se le rinde culto.
Todo indio á la muerte del día, recoge su espíritu y pronuncia una oración mirando al Oriente.
La campana de la iglesia anunciando la oración, se mezcló con los redobles del tambor del tribunal, y los huecos y broncos sonidos del atung-taqui, que sirve para dar los alertas en las avanzadas ó bantayanes de algunos pueblos de Visayas.
El atung-taqui filipina, es el árbol hueco, descrito por los primeros exploradores de la India, y que todavía se conserva entre los moradores que habitan las orillas del Amazonas, y las dilatadas faldas del Chimborazo, según pudimos ver entre los objetos que los individuos de la expedición científica del Pacífico, exhibieron en los jardines del Botánico de Madrid. [2]
Al toque de oración de San Jacinto se cierran todas las puertas y ventanas, y se apagan las luces, entonándose por los que se encuentran dentro de las casas el Ángelus; concluído este, cada cual vuelve á su conversación, su ocupación ó su paseo.
Nosotros hicimos una frugal cena, y después de interrogar sobre la localidad al Gobernadorcillo, buscamos el reposo en las mallas de una hamaca de abacá.
Ya que estamos descansados en tierra, y ya que hemos bosquejado á la ligera á una india, veamos en las páginas que siguen, lo que es la mujer en el Oriente.