SECTION VIII

Los diamantinos dedos de la aurora perezosamente plegaban los crespones de las sombras, en el amanecer del día en que Doña Luisa debía llegar á bordo del Neblí.

El gallardo brik denunciaba en su aparejo, en su fino y airoso casco, en su ligera arboladura, y en lo minucioso de su cordaje, la construcción americana. El Neblí besó por primera vez las saladas aguas, en las que acarician las playas de California. En uno de sus viajes dió fondo en las revueltas ondas de Bilbao, en donde fué comprado por una casa española, la cual desde aquel momento lo dedicó á la carrera de Filipinas.

Barco alguno ha rendido viajes tan rápidos como el Neblí.

Cuando sobre el espejo de los cielos tendía el Neblí sus blancas alas; cuando la embergadura de sus ligeras arrastraderas reclinaba en sus tomadores; cuando en la fresca ventolina se largaban gabias y velas altas, crugiendo cables, motones y relingas; cuando no quedaba rizo, trapo, ni estay que al viento no diera cara, entonces era de ver al Neblí besar con sus finísimos tajamares el encaje de espuma con que el creador borda el insondable manto de las ondas.

A bordo del Neblí venía como agregado, un joven que había dejado las rutinarias y graves carreras universitarias, optando por inscribirse en Cádiz en la matrícula del colegio naval.

López Ródenas se llamaba el prófugo de la Universidad de Madrid, en cuyos claustros siempre se había distinguido como calavera, decidor y camorrista.

Las horas que le dejaban libres el aula y los libros—que eran casi todas,—las pasaba entre requiebros, cañas y jolgorios. Jamás estudiante alguno ha corrido la calle de la Luna, llevando con más gracia la recortada torera; jamás pirata callejero, ha sabido mejor poner facha y dar caza á la picaresca y alegre modista; jamás ha entrado en casa de Botín joven alguno tan rumboso como Ródenas.

En la alegre zambra, el primer duro que se gastaba era el suyo, y en la contienda, el último que huía era él.

Desde los misteriosos cuartitos de la Fonda de la Castellana, nidos poéticos de las mañanas de Abril y Mayo, hasta los ahumados chamizos de Maravillas y Tribulete; desde la elegante victoria de Muñoz, hasta la histórica calesa; desde los aristocráticos bastidores del teatro de Oriente, hasta las desgarradas bambalinas de Capellanes; todo le era familiar, todo conocido. Punteaba unas malagueñas, que ni el Tío planeta; hacia llorar en el polo, como Silverio, y era capaz de dar lecciones gitanas al mismo Antón el pelao.

Ródenas era todo un buen muchacho, que se dormía con los textos de las Pandectas, que derrochaba la fortuna de sus mayores, que gustaba de las mujeres, daba jaqueca á los padres y maridos, y de cuando en cuando los disgustos iban precedidos de alguna que otra de cuello vuelto que obligaban al paciente á que Nogués le carenase una muela ó una mandíbula.

Con este género de vida, sucedió lo que debía suceder. Su tutor—pues era huérfano—le anunció un día, en son fatídico, que todo aquel caminito de rosas lo llevaban directamente y en tren expres á la portería de San Bernardino, santo respetable en el almanaque, pero que, inscrito al frente del establecimiento á que se alude, es capaz de dar un calambre á una pieza de molave.

Ródenas soñó con el beato santo, y ya que no podía echar cuentas con su tutor, las echó consigo mismo, resolviendo variar de vida, emprendiendo la carrera de la marina mercante, confiando en que un lejano pariente armador le daría con el tiempo el mando de alguno de los barcos de la casa.

Hecho el proyecto, lió los bártulos y se instaló en Cádiz, de donde salió á los tres años, montando el Neblí como agregado.