CAPITULO XXV
Gobierno de Chile, de Venezuela y de Guayana.—Hurtado de Mendoza en Chile: organización del país.—Francisco de Villagra: guerra con Antiguenú.—Pedro de Villagra: guerra; reformas.—Quiroga: la Audiencia.—Los gobernadores Gamboa y Saravia.—El inspector Calderón.—Supresión de la Audiencia.—Quiroga (2.ª VEZ).—Gamboa (2.ª VEZ).—Sotomayor y la guerra.—García de Loyola: Hawkins.—Paillamachu.—Vizcarro y Quiñones.—García Ramón y los piratas.—Rivera y García Ramón (2.ª VEZ): Huenecura.—Merlo de la Fuente: Aillavilla.—Jaraquemada: paz.—Rivera (2.ª VEZ).—Otros gobernadores.—Fernández de Córdoba y Laso de la Vega.—La guerra.—Terremoto de 1647.—Otros gobernadores.—Expulsión de los jesuítas.—O'Higgins.—La revolución.—Gobierno de Venezuela.—Cédula de Felipe III.—Los corsarios franceses e ingleses.—Venezuela a mediados del siglo xviii.—Creación de la Audiencia de Caracas.—Consulado de Comercio.—Obispo de Coro.—Traslación de la catedral de Coro a Caracas.—Carácter del gobierno de Caracas.—Los revolucionarios.—Gobernación de Guayana.
Don García Hurtado de Mendoza se dedicó a la organización de Chile y por eso fijó su residencia en la Concepción, pues el Centro y Norte no requerían tan exquisito cuidado. Probo y generoso, gastó gran parte de su patrimonio en las reformas que llevó a feliz término. Cuando dejó el mando repartió toda su hacienda a los hospitales, iglesias y amigos, embarcándose para el Perú (febrero de 1561) con motivo del fallecimiento de su padre. Nombró para sustituirle a Rodrigo de Quiroga. Uno de sus últimos hechos fué poner la primera piedra de la catedral de Santiago, por cuya población tuvo que pasar para embarcarse[490]. Al lado de hombres feroces, lo mismo entre los indios que entre los españoles, se destaca la noble figura de D. García Hurtado de Mendoza.
Don Francisco de Villagra, sucesor de Hurtado de Mendoza, peleó con Antiguenú y demás jefes araucanos. Si en las huertas de Lumaco la fortuna se mostró esquiva con Antiguenú, en Mariguena le fué favorable, pues allí hizo gran mortandad de españoles, encontrándose entre ellos el mismo hijo de Villagra que los capitaneaba. Antiguenú se dirigió a Cañete, donde entró sin resistencia. Abatido Villagra con tantas desgracias, sucumbió de tristeza (1563).
Pedro de Villagra, hijo primogénito de Francisco, se encargó del mando y venció a los araucanos, muriendo Antiguenú en una de las batallas sobre las orillas de Biobio. En su tiempo el papa Pío IV erigió en obispados las ciudades de la Concepción e Imperial. También durante su gobierno descubrió el grupo de las islas de Juan Fernández un castellano de dicho nombre que pasaba del Perú a Valdivia. No sabemos el por qué, la Audiencia de Lima hizo arrestar al hijo de Villagra y dispuso que fuese conducido al Perú.
Bajo el gobierno de D. Rodrigo de Quiroga se estableció (13 agosto 1567) por Felipe II la Real Audiencia en Chile, cuya primera residencia fué La Concepción, y en 1574 se trasladó a Santiago. Lo primero que hizo la Real Audiencia fué revocar el nombramiento de D. Rodrigo de Quiroga y nombrar a Ruiz de Gamboa, al cual reemplazó al año siguiente con Melchor Bravo de Saravia, vencedor en varios encuentros de los araucanos, aunque no pudo destruir completamente al cacique Paillantarú. Vino por entonces (1575) de la metrópoli, con plenos poderes, un inspector llamado Calderón, que suprimió la Audiencia y restableció a D. Rodrigo de Quiroga en sus funciones de gobernador. La fortuna favoreció más a Quiroga que a Bravo de Saravia. Cinco años conservó el mando, logrando vencer al mestizo Alonso Díaz, a quien los araucanos llamaban Pañeñancu. Murió Quiroga el 1580, después de haber fundado una ciudad en las orillas del río Chillan. Ruiz de Gamboa, segunda vez gobernador, ejerció el mando desde 1580 al 1583, no cesando de pelear con los araucanos y los pehuencos, tribu la última menos civilizada y tan belicosa como la primera.
Dicen los antiguos cronistas que don Alonso de Sotomayor, marqués de Villa Hermosa, mereció ser nombrado gobernador el 1583. Venció a los rebeldes Cayancura, Nangoniel y Quintuguenu (1590), consiguiendo abatir la fiera enemiga de los araucanos, durante los nueve años de su administración, si bien en el 1592 cayó en una emboscada que le había preparado el toqui Paillaeco.
Sucedió a Sotomayor Don Martín García Onez de Loyola, pariente de S. Ignacio e introductor de la Compañía de Jesús en Chile, el 1593. Fundó Don Martín una ciudad junto al Biobio, y la dió por nombre Coya, en honor de su mujer Clara Beatriz Coya, hija del Inca Sairi-Tupac. En 1594 llegó a las costas de Chile el inglés Hawkins, mandado por la reina Isabel, el cual, a imitación de Francisco Drake, saqueó los pueblos de la costa y se apoderó de cinco navíos, dirigiéndose después a los puertos del Perú. Enfrente de Loyola se presentó Paillamachu, general de los araucanos, que, a la cabeza de los suyos cayó sobre el campamento del gobernador español, cuyos soldados estaban dormidos. Todos fueron asesinados, salvándose sólo algunas mujeres que se llevaron los indios.
El general Don Pedro de Viscarra llegó con un cuerpo de tropas y atacó a los araucanos, reemplazándole, al cabo de seis meses Don Francisco de Quiñones, a quien el virrey del Perú le encargó levantar el decaído espíritu español en Chile. En octubre de 1599 se dió sangrienta batalla en las llanuras de Imperial, atribuyéndose españoles y araucanos la victoria. Poco después, Paillamachu se apoderó de la ciudad de Valdivia (14 noviembre 1599), pasó a cuchillo sus habitantes y entregó la población a las llamas, quedando reducida a un montón de escombros.
Don García Ramón sucedió a Quiñones. Mientras que Chile era teatro de una guerra de exterminio, continuaban las hostilidades entre España por una parte, e Inglaterra y Holanda por otra. El almirante holandés, Olivier Van Noort, llegó en el año 1600 a las costas de Chile, donde apresó naves españolas cargadas con ricas mercancías. Siguieron los piratas infestando las costas del Perú y de Chile e hicieron lugar de descanso las islas de Juan Fernández, en las cuales encontraban cabras monteses, focas y manantiales de agua excelente.
En vano don Alonso de Rivera (1600 a 1604) intentó levantar el espíritu de los españoles en Chile; ellos emigraban poco a poco al Perú o a España, pues los araucanos habían quemado y saqueado varias ciudades, entre otras, Concepción, Valdivia, Osorno, Villa-Rica y la Imperial.
Por segunda vez D. García Ramón ocupó el gobierno de Chile, siendo batido y desbaratado por el toqui Huenecura, jefe a la sazón de los araucanos. Felipe III, en 1608, decretó «que el efectivo del ejército de observación en las fronteras de la Araucania se mantuviese bajo un pie de 2.000 hombres; que el virreinato del Perú contribuyera al sostenimiento de este cuerpo con una suma de 292.279 duros; y que se estableciese la Real Audiencia de Santiago, cuya ciudad, distando entonces del teatro de la guerra, había ya adquirido la importancia correspondiente a su rango de capital»[491].
Por fallecimiento de D. García Ramón (10 agosto 1610), le sucedió D. Luis Merlo de la Fuente, que peleó con Aillavilla, uno de los mejores capitanes araucanos. Reemplazóle D. Juan Jaraquemada, bajo cuya administración se hizo la paz que tanto deseaba el Rey[492], señalándose como límite entre las posesiones de los españoles y las de los araucanos el río Biobio, con otras condiciones propuestas por los rebeldes. No fué duradera la paz. Era preciso estar siempre el arma al brazo con aquellas indómitas gentes.
Durante el gobierno de Alonso de Rivera, que había sido repuesto en el poder pasados algunos años, el almirante holandés Joris Spilbergen desembarcó (1615) en las costas de Chile, llevándose ganados, trigo, cebada y otras provisiones. Rivera introdujo en Chile a los Hospitalarios de San Juan de Dios.
Por muerte de Rivera en 1617, llegó a ocupar el gobierno Hernando Talaverano, y diez meses después López de Ulloa, vencido varias veces por el indígena Lientur. Habiendo fallecido Ulloa el 20 de noviembre de 1620, le sucedieron sucesivamente D. Cristóbal de la Cerda Sotomayor, D. Pedro Sorez de Ulloa y Lerma y D. Francisco de Alava y Noruena. Ulloa y Alava, además de la guerra con los indios, tuvieron que vigilar los movimientos de escuadra holandesa, mandada por Jaime el Ermitaño, que causó grandes perjuicios al gobierno español. D. Luis Fernández de Córdoba, sobrino del virrey del Perú, conservó la autoridad hasta 1630. Fué el primero que permitió a los criollos, descendientes de españoles, ejercer cargos públicos. Con el toqui Putapichún continuó la guerra.
Don Francisco Laso de la Vega no cesó un momento de luchar con sus valerosos enemigos. Hasta el año 1640 los sucesos belicosos no ofrecen interés alguno, porque se hallan reducidos a una serie de sitios, sorpresas, emboscadas y asesinatos, en los cuales la fortuna, unas veces se ponía al lado de los españoles y otras de los araucanos.
Terrible terremoto destruyó la ciudad de Santiago (diez y media de la noche del 13 de mayo de 1647). «A muchos—escribe un testigo del suceso—cogió ya dormidos, los cuales fueron a despertar a la otra vida, y a otros, que al susto despertaron, al querer salir, les cerraba la puerta más la turbación que la llave, o por no dar con ella, quedaban sepultados de las paredes o ahogados del polvo.» Refiere luego que, por gracia de Dios, algunos conventos quedaron en pie, añadiendo: «No fué así en otras casas, que no merecieron esta singular protección que estos santos conventos, porque cayendo las paredes hacia adentro, a unos mataban y a otros quebraban las piernas y a otros los brazos, y con la obscuridad de la noche, el espanto del temblor, el asombro del repentino ruido de terribles ruinas, la ceguedad del polvo y la confusión del inopinado suceso, los unos atropellaban a los otros y perecían muchos atropellados, encontrando la muerte donde huían presurosos a buscar la vida. Era lamentable espectáculo ver tantos cuerpos muertos, tantos destrozados, tantos que debajo de las ruinas daban lamentables voces, y a los que escapaban, andar ciegamente tropezando, y con gemidos del alma, pidiendo a voces misericordia y llorando la madre al hijo, la esposa al marido y el padre a la familia.» Murieron—según cálculos aproximados—más de mil. Sucedió al terremoto fuerte lluvia y después terrible epidemia. El gobernador Mugica, que se hallaba en Concepción al tiempo de ocurrir la catástrofe, se trasladó a Santiago, solicitó recursos del virrey del Perú y logró que por el término de seis años se eximiera de impuestos a la ciudad arruinada. Digno de toda alabanza fué el obispo fray Gaspar de Villarroel, agustino, varón de singular piedad, que en aquellos días tristísimos, prestó toda clase de auxilios a los pobres. Poco tiempo después comenzó la reconstrucción de la ciudad.
Al prudente gobernador Martín de Mugica sucedió D. Francisco López de Zúñiga, marqués de Baides, que concluyó un tratado de paz con Lincopichún, en virtud del cual se señalaba el río Biobio límite divisorio entre los araucanos y los españoles, reconociendo a los primeros su independencia, y ellos, por su parte, la soberanía del rey de España, permitiendo a los misioneros el libre ejercicio de su ministerio y obligándose también a oponerse al desembarco de súbditos de aquellas naciones europeas que a la sazón estaban en guerra con España.
Refieren los historiadores que don Antonio de Acuña y Cabrera (1650-1656) estuvo dominado por dos oficiales, cuñados suyos, de apellido Salazar. Celebró Acuña un armisticio con los indios en Boroa y mandó una expedición contra los cuncos, que fué completamente destruída (1655). El pueblo de la Concepción se sublevó a los gritos de ¡Viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno! viéndose obligado el virrey de Lima a destituir al débil gobernador.
Sucediéronse otros gobernadores; pero adquirió fama por sus desaciertos D. Francisco de Meneses (1664-1668), conocido por sus subalternos con el apodo de Barrabás. Convirtió en granjería todos los destinos civiles y militares, castigó severamente a los araucanos y cometió toda clase de tropelías. Sostuvo ruidosas polémicas con fray Diego de Humanzoro, obispo de Santiago, siendo al fin depuesto por el virrey del Perú.
Por el contrario, D. Juan Henríquez (1670-1682) vivió siempre en cordiales relaciones con el prelado y con los hijos de Loyola. Realizó algunas obras de utilidad pública. Fortificó a Valparaíso y La Concepción y formó en Santiago pequeño parque militar. Dictó algunas ordenanzas de policía y de comercio. Sus buenas obras fueron afeadas por la venalidad, norma de todas sus acciones. En sus relaciones exteriores haremos notar que en el año 1680 el pirata Bartolomé Sharp se apoderó de la ciudad de Coquimbo y la entregó al saqueo. Por su enemiga a la Real Audiencia, tribunal fiscalizador de los gobernadores, se originaron no pocos conflictos. Después de doce años de gobierno, fué relevado del mando.
Los gobernadores que inmediatamente le sucedieron, como D. Tomás Marín de Poveda, sólo pensaron en la guerra con los araucanos.
Tiempo adelante, D. Juan Andrés Ustáriz (1709-1717), según de público se dijo, hubo de comprar el gobierno de Chile por la suma de 24.000 pesos. Como era de esperar, Ustáriz no se distinguió por su probidad administrativa. Habiéndose probado la inmoralidad que reinaba en todos los ramos de la administración, fué destituído por el virrey del Perú y condenado a pagar 54.000 pesos de multa. D. Gabriel Cano de Aponte (1717-1733) hizo la paz con los naturales del país, siendo aquélla ratificada en Negrete, ciudad situada entre los ríos Duqueco y Culabi, afluentes del Biobio. Dicha paz, como otras anteriores que se llevaron a cabo, no dió resultado alguno. Sucedió a Cano D. Manuel Salamanca, sobrino del virrey del Perú; esta elección no fué confirmada por el Rey, que nombró a D. José Antonio Manso de Velasco (1737-1745). Pocos gobernadores tan buenos como Manso de Velasco ha tenido Chile. En una conferencia que tuvo con los indígenas y a la que asistieron unos 400 caciques y 6.000 ciudadanos, se adoptaron acuerdos pacíficos de mucha importancia. Receloso el virrey del carácter voluble de los indígenas y teniendo poca confianza en las promesas de paz, organizó fuerte ejército, recorrió el país, fundó varias poblaciones (San Felipe, Los Angeles, Rancagua, Melipilla, San Fernando y Copiapó y otras) y construyó el canal de Maipo. También durante su gobierno se fundó la Universidad de Santiago y la Casa de Moneda. D. Domingo Ortíz de Rozas siguió las huellas de su predecesor, fundó varias poblaciones y mandó una colonia a la isla desierta de Juan Fernández. Regresó a España el gobernador Ortíz de Rozas el año 1754. De D. Manuel Amat y Juniet (1755-1761) sólo diremos que fundó la población de Santa Bárbara cerca del nacimiento de Biobio, fomentó los trabajos de las minas y reunió, como otros varios gobernadores, una asamblea en Santiago, y como siempre, los indios prometieron vivir sumisos. Porque los presos de la cárcel de Santiago intentaron evadirse, Amat se puso al frente de la tropa que debía contenerlos, lo cual logró, haciendo castigar a once de ellos con la pena de horca. A él se debe la creación del primer Cuerpo de policía, que acuarteló detrás de su palacio y pagó con fondos del Erario real: le dió el nombre de Dragones de la Reina (1758).
El gobernador y presidente D. Antonio Guill y Gonzaga (1762-1768) repobló la ciudad de Angot[493], hizo conducir a Santiago aguas potables y mandó construir mesones en los caminos de la cordillera. En los comienzos de agosto de 1767 recibió un pliego cerrado con una carta del Rey y otros papeles. Se le mandaba arrojar de Chile á los jesuítas. Aunque con profundo sentimiento—pues los hijos de Loyola eran sus amigos y consejeros—expulsó en la mañana del 26 de agosto del año citado a los jesuítas de Chile, en número de 300, figurando entre ellos el P. Manuel Lacunza, profundo teólogo, y el nunca bastante alabado P. Juan Ignacio Molina (historiador y naturalista). Los araucanos, bajo el pretexto de que Gonzaga les quería obligar a residir en poblaciones, se declararon en completa insurrección, durando la guerra diez y siete años. Murió Gonzaga en 1768, sucediéndole D. Francisco Javier de Morales ([Apéndice H]).
Por tercera vez fué nombrado gobernador por la Real Audiencia D. Mateo de Toro Zambrano, que con el carácter de interino había desempeñado dos veces el cargo, antes de la elección de Gonzaga y después de su muerte, reemplazándole casi inmediatamente D. Agustín de Jáuregui. Es de justicia consignar que Jáuregui restableció en Santiago el colegio fundado por D. Martín de Poveda para que se educasen los hijos de los caciques, hizo un censo de población y organizó las milicias. D. Ambrosio de Benavides (1780-1787) fomentó las obras públicas, trasladó á Chillan el colegio de indígenas de Santiago y celebró el parlamento de Lonquiemo, que presidió el coronel O'Higgins (1786), en el cual se hizo un concierto confirmando los anteriores, con la condición de que los fieros y tenaces araucanos nombrarían un representante que había de residir en la capital de Chile y cuya única misión sería velar por los intereses de sus conciudadanos y por el cumplimiento de los tratados. Refieren autorizados cronistas que por entonces los franceses Antonio Gramusset y A. Berney trataron de proclamar la independencia de Chile; pero descubierta la conjuración, los citados jefes fueron enviados a España. Lugar preferente entre los gobernadores y capitanes generales de Chile ocupa D. Ambrosio O'Higgins, a quien ya dimos a conocer en el capítulo anterior. Suprimió las encomiendas y el servicio personal de los indios; repobló la ciudad de Osorno y fundó las poblaciones de Combarbalá, Santa Rosa de los Andes, Illapel y Vallenar; mejoró los caminos y fomentó el cultivo del azúcar, del algodón y del tabaco; y dispuso que los cadáveres fuesen enterrados en los cementerios y no en las iglesias.
El brigadier D. Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808) celebró con los indios un parlamento en Negrete, terminó varios edificios públicos (Casa de Moneda, la Aduana y el Consulado) e hizo diferentes exploraciones por varios sitios de los Andes para hallar caminos para el Río de la Plata. Murió repentinamente (11 de febrero). En virtud de Real disposición del año 1806, el militar de mayor graduación tomaría el mando, ya por muerte o ya por ausencia del propietario. En una junta que celebraron en Concepción los jefes militares, fué proclamado capitán general D. Francisco García Carrasco, brigadier de ingenieros.
Consideremos el gobierno de García Carrasco. Rodeóse de favoritos, los cuales hubieron de contribuir a las graves disensiones que tuvo el capitán general con la Universidad, el Cabildo eclesiástico, el ayuntamiento y el tribunal de minería. Vino a echar leña al fuego de las discordias la noticia de que España había sido invadida por los franceses y que el rey de España no era Fernando VII, sino José Bonaparte. Los hombres de ideas más avanzadas de la colonia, casi dirigidos por el cabildo de Santiago, se dispusieron a la revolución, divulgando la noticia de que España estaba sometida a un gobierno extranjero. El capitán general preparó un golpe de Estado, creyendo de este modo poner término a la agitación: en la tarde del 25 de mayo de 1810, fueron reducidos a prisión el doctor Don Bernardo Vera, el procurador de la ciudad Don Juan Antonio Ovalle y Don Antonio Rojas, siendo conducidos aquella misma noche a Valparaiso. Uno de los oidores de la Audiencia marchó a Valparaiso a instruirles proceso por el delito de conspiración. Medida tan violenta enardeció más los ánimos, llegando el citado cabildo a pedir la libertad de los presos; mas Carrasco, lejos de acceder, dispuso que los tres reos fuesen trasladados a Lima. Cuando en la mañana del 11 de julio se supo que los presos habían sido embarcados en Valparaiso para Lima, el pueblo se presentó en la plaza en actitud amenazadora, en tanto que el cabildo y la Audiencia se reunían separadamente, buscando remedio a tantos males. Creyeron encontrar el remedio aconsejando a Carrasco que los presos volviesen a Santiago, que los empleados que hubiesen tenido más participación en el golpe de Estado fuesen separados, y, por último, que no se tomara medida alguna sin oir a la autorizada opinión de Don José de Santiago Concha, oidor decano de la Audiencia. Todo esto era muy poco, porque la revolución marchaba muy a prisa, disponiendo entonces la Audiencia que Carrasco renunciase el mando. Una reunión de jefes militares y de los empleados más importantes aceptó la renuncia del capitán general, nombrando en su lugar a Don Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista (16 julio 1810).
«La dependencia en que estuvo Chile del virreinato del Perú distó mucho de ser favorable a ninguna de ambas regiones. Esa dependencia era causa de que se olvidasen los intereses locales, de que no se contase con fuerzas suficientes para la defensa de la Capitanía General y de que jamás se viese el fin de la guerra con los araucanos. Mucho después de Ercilla y de Pedro de Oña, para quien Arauco ya estaba domada, los colonos no podían gozar de paz ni seguridad con aquel enemigo interior, y en la costa asomaban los corsarios ingleses, para quienes apoderarse de los tesoros de América era siempre fácil empresa»[494].
Pasando del estudio de la historia de Chile a la de Venezuela, con verdadera satisfacción habremos de referir que Felipe III, desde Martín Muñoz (27 septiembre 1608) se dirigió al gobernador y capitán general de Venezuela, diciéndole la conducta que había de observar con los indios y censurando a los encomenderos y al obispo[495]. Por su parte, los indígenas permanecieron tranquilos gozando de larga paz; «a lo cual contribuía—como dice Baralt—el ser pobre y no excitar la codicia de los enemigos de España, cuyos ojos y manos no se movían con fuerza sino tras las ricas flotas del Perú y de México»[496].
Recordaremos que Juan de Urpín terminó la conquista de Cumaná (1634), fundando en 1637 la Nueva Barcelona.
Aunque Venezuela vivió en paz durante el siglo xvii, a veces fué atacada por los franceses. Intentaron nuestros enemigos apoderarse de Cumaná en los años 1654 y 1657, siendo rechazados; mas en 1679 saquearon la ciudad de Caracas, retirándose con un gran botín a sus bajeles. En el siglo xviii Venezuela sufrió los ataques de los ingleses, quienes intentaron un asalto a la Guaira y a Puerto Cabello por los años 1739 y 1745, siendo rechazados de ambas partes, del mismo modo que lo fueron en Angostura el año 1740.
A mediados de la centuria, esto es, el 12 de febrero de 1742, se resolvió «relevar y eximir al gobierno y capitanía general de la provincia de Venezuela de toda dependencia del virreinato» del Nuevo reino de Granada. También se dispuso que los gobernadores de la provincia de Venezuela reasumiesen las facultades concedidas anteriormente, lo mismo en lo tocante a gobierno, guerra y hacienda como al ejercicio del Real Patronato, y que nombrasen los tenientes justicia-mayores de las ciudades, villas y lugares donde ellos lo tuviesen por conveniente, sin necesidad de que los nombrados necesitasen acudir para su confirmación a la Audiencia de Santo Domingo, que seguía siendo la del distrito de Venezuela, según cédulas de 7 de noviembre de 1738 y 3 de Mayo de 1741. Por último, en 8 de septiembre de 1777 acordó el Rey separar del Nuevo Reino de Granada las provincias de Cumaná, Guayana, Maracaibo é islas de Trinidad y Margarita, agregándolas «en lo gubernativo y militar a la capitanía general de Venezuela, del mismo modo que lo estaban ya, en cuanto a los asuntos de hacienda, a la nueva Intendencia erigida en Caracas»[497]. Dispuso, por lo que respecta a lo jurídico, que las citadas provincias se separasen de la Audiencia de Santa Fe y se agregasen a la primitiva de Santo Domingo. Nueve años después, esto es, el 13 de junio de 1786, se creó la Audiencia de Caracas. Resolvíanse por entonces de igual manera los asuntos mercantiles y civiles, hasta que para los primeros se estableció el Consulado de Comercio, por real cédula de 3 de junio de 1793, para «la más breve y fácil administración de justicia en los pleitos mercantiles, y la protección y fomento del comercio en todos los ramos»[498].
Conviene no olvidar que por una bula de Clemente VII se erigió el primer obispado de Venezuela en Cero (21 julio 1531), siendo nombrado obispo D. Rodrigo de las Bastidas (4 junio 1522) y la iglesia de Coro quedó erigida en Catedral (24 junio 1533). También el 1531 el mismo papa Clemente mandó erigir la iglesia de Santa Marta en Catedral, expidiendo las respectivas bulas a favor de Fray Tomás Ortiz[499]. Luego, por Real Cédula de 20 de junio de 1637 la Catedral de Coro se trasladó a Caracas[500]. Al obispado de Puerto Rico se agregaron las provincias de Margarita y Cumaná en 1588, la ciudad de Santo Thomé de Guayana en el año de 1624 y toda la provincia de Guayana en 1625. Si el obispado de Mérida se creó en 1777, y el de Guayana en 1790, cuando la Catedral de Caracas se erigió en metropolitana en 1803, aquellas iglesias fueron sufragáneas de dicho arzobispado[501].
«Venezuela—Gil Fortoul—fué más infeliz que otras colonias. Regiones de América muy ricas y pobladas, como México y el Perú, tuvieron en ocasiones mejor fortuna bajo la dirección de algunos virreyes eminentes; mas en Venezuela, pobre y casi desierta, apenas hubo gobernadores que se distinguiesen en la turba de funcionarios o indolentes o incapaces...»[502].
En los últimos años de la centuria décimo octava las ideas revolucionarias iban poco a poco penetrando en el país, no bastando el cuidado que tenían para que así no sucediese las autoridades. Aunque vigilaban mucho, no pudieron impedir la entrada de toda clase de periódicos y libros extranjeros, especialmente si trataban de asuntos filosóficos y políticos. D. Pedro Carbonell, capitán general de Venezuela, desde Caracas, con fecha de 1.º de noviembre de 1794, dirigió una circular a los prelados y gobernadores de provincia, manifestándoles que por oficio del virrey de Santa Fe del 6 de septiembre último, tenía noticia de haber aparecido en dicho Reino un papel impreso intitulado Los derechos del hombre y en el cual se hallaban doctrinas contra la Religión y la Monarquía. «Los especiales encargos de S. M. y nuestro honor y fidelidad nos obligan estrechísimamente a impedir se propaguen tan detestables máximas, y por lo mismo no me detengo en encarecer a V. S. el gran servicio que hará a Dios y al Rey poniendo todos sus desvelos en averiguar y descubrir, si por desgracia se ha introducido el tal papel u otro de su especie en el distrito de su mando, valiéndose de todos los medios que dictan la prudencia y sagacidad»[503].
Al año siguiente y con fecha 12 de junio el mismo presidente Carbonell escribió una carta a D. Eugenio Llaguno, dándole noticia de que en Coro se habían amotinado los negros esclavos y algunos libres, deseosos unos y otros de formar gobierno republicano[504]. Luego (26 agosto 1795) volvió Carbonell a escribir a Llaguno, insertando la carta que con igual fecha dirigía al ministro de la Guerra, en la cual comunicaba nuevas noticias de los sucesos de Coro, justicia que se hizo en muchos de los sublevados, captura del caudillo zambo Leonardo, y providencias tomadas por el Real Acuerdo[505].
Por entonces Juan Bautista Picornell, Manuel Cortés Campomanes, Sebastián Andrés y José Lax—que en los comienzos de febrero de 1796 tramaron una conspiración en Madrid que se llamó de San Blas y que tenía por objeto destruir la monarquía y establecer una república a semejanza de la francesa, por lo cual fueron desterrados a América—intentaron evadirse de la cárcel de La Guaira y hacer la revolución en las colonias. También por la misma época llegó a Santa Fe el revolucionario Antonio Nariño, que, con ayuda de Pedro Fermín de Vargas, se disponían a la insurrección. Los primeros, esto es, Picornell, Lax, Andrés y Cortés lograron evadirse de la cárcel de La Guaira, según la comunicación del capitán general Carbonell de 19 de julio de 1797 al Príncipe de la Paz. A su vez, Nariño desde Santa Fe y con fecha 30 de julio del mismo año, se dirigió al virrey para que interpusiera «su mediación y piadosos oficios para mover e inclinar más la piedad del Monarca a mi favor.»
Por lo que respecta a las publicaciones revolucionarias, es de importancia referir que la Audiencia de Caracas declaró (11 diciembre 1797) que los que recibiesen tales libros o papeles «y no los entregaren inmediatamente a las justicias, los que tuviesen noticias de ellos y no lo comunicaren a las mismas justicias, los que los pasaren a otras manos, o de cualquiera forma divulgaren sus doctrinas, o no impidieren su extensión, cuanto esté de su parte», incurrirán «en las penas de azotes, presidio y en la de muerte, según las circunstancias del caso.» A pesar del sistema político español reaccionario, a pesar del aislamiento en que vivían los Estados americanos y a pesar de las tendencias contrarias al progreso, las ideas revolucionarias, primero de los Estados Unidos y después de Francia, penetraron en Venezuela y en todas las colonias, dando al traste con el dominio español algunos años después.
El descubrimiento y colonización de La Guayana, las frecuentes incursiones de los piratas y las conquistas de los holandeses, ya se dieron a conocer en el [capítulo X] de este tomo. Añadiremos ahora que el terreno, pantanoso e inculto en su mayor parte, regado por el Orinoco, Surinán y otros, tiene clima cálido y malsano. Durante los siglos xvii y xviii fueron Las Guayanas campo de lucha entre holandeses, franceses, españoles y brasileños[506]. La última nación colonizadora en La Guayana fué Inglaterra, la cual despojó a Holanda de parte de su territorio y después siguió igual conducta con Venezuela, y seguramente sus usurpaciones hubiesen sido mayores, si la República de los Estados Unidos no hubiera intervenido, para que, mediante sentencia arbitral, se decidiesen las cuestiones suscitadas entre Inglaterra y Venezuela. Con fecha 25 de mayo de 1812, D. José de Chastre, gobernador interino de La Guayana, en carta dirigida al Rey, se quejaba del gobernador de Puerto Rico que no le había socorrido, por cuya causa estuvo en peligro de caer en manos de los insurgentes. Decía también que los ingleses fomentaban bajo cuerda la insurrección; pedía la segregación de aquella provincia de las de Caracas y Santa Fe, y por último, quería que se declarasen reos de lesa nación a los jefes nacionales que no auxiliasen a los fieles españoles que luchasen por la integridad de la Monarquía española[507]. Posteriormente, Simón Bolívar comunicó (17 agosto 1817) desde Baja Guayana, que Las Guayanas habían sido tomadas por tropas republicanas[508]. Al presente las tres Guayanas, colonias europeas, son: la inglesa al O., cuya extensión es de 305.000 h. y tiene como capital a Georgetown; la holandesa en el centro, con 90.000 h. y su capital Paramaribo o Nueva Amsterdam, y la francesa al E. con 40.000 h. y su capital Cayena, lugar de relegación para los condenados a trabajos forzados. La antigua Guayana española, al O., en los confines de Venezuela y de La Guayana holandesa, es a la sazón de Venezuela, y La Guayana portuguesa, al S., en la cuenca superior de Oyapok, pertenece al Brasil.