I

Jorge Juan, de nobiliaria ascendencia levantina, nació en Novelda, villa perteneciente entonces al reino de Valencia y hoy á la provincia de Alicante, el 5 de enero de 1713. Sus padres, D. Bernardo Juan y Canicia y D.ª Violante Santacilia Soler de Cornella residían de ordinario en Alicante; pero D.ª Violante fué a pasar la temporada de embarazo a una finca rústica en las inmediaciones de Novelda, donde dió a luz al que luego había de merecer de su siglo el dictado de Sabio Español.

Huérfano de padre a los tres años, quedó bajo la tutela de unos tíos suyos, quienes le dieron excelente educación en Zaragoza. Allí estudió la Gramática Latina.

Como era costumbre en aquella época que los vástagos de familias nobles de las naciones católicas ingresasen en alguna orden militar, Jorge Juan, a los doce años, fué llevado a Malta, en cuya ciudad recibió el hábito de dicha orden, una de las más antiguas y distinguidas. Esto le obligó a permanecer soltero durante su vida, lo cual llevaba consigo el voto que hacían los que en dicha orden ingresaban.

En Malta—según dicen los cronistas—desempeñó el cargo de paje del Gran Maestre. Apenas hubo cumplido diez y seis años, esto es, en 1729, se dirigió a España, decidido a servir en la marina real. Expidiósele la carta orden para su ingreso en la Compañía de Reales Guardias Marinas de Cádiz. Durante los seis meses en que no hubo vacante, asistió a la Academia, y allí estudió Aritmética, Geometría Elemental, Trigonometría, Esfera, Globos y Navegación. Al comenzar el 1730 logró plaza y salió a campaña contra los moros argelinos; después pasó a Nápoles en la escuadra que condujo al infante don Carlos para ocupar aquel trono, concurriendo, por último, a la expedición contra Orán.

En este lapso de tiempo, o sea, desde 1730 hasta 1734, continuó sus estudios de Matemáticas elementales y superiores, alternándolos con las campañas marítimas que sólo se verificaban durante el verano. Dióse a conocer en esos estudios como joven de clarísima inteligencia y de mucha aplicación.

Pronto se vió que estaban en lo cierto los que habían formado de Jorge Juan idea tan elevada. Deseando la Academia de Ciencias de París resolver de un modo definitivo el hasta entonces dudoso problema de la figura y dimensiones de nuestro planeta, formó con tal objeto dos comisiones de eminentes matemáticos y académicos para medir el grado de meridiano terrestre en las inmediaciones del Polo y del Ecuador, a fin de que, comparando las medidas resultantes, se dedujese la forma exacta de la Tierra. Los sitios que se eligieron para efectuar dichas operaciones fueron la Laponia del Norte y la América Ecuatorial. Suecia quiso que su famoso astrónomo Celsio acompañase a la comisión francesa encargada de operar allí, y España solicitó que los Guardias Marinas de Cádiz Jorge Juan y Antonio Ulloa fuesen también con la comisión destinada a trabajar en territorio español[884]. Contaba a la sazón Jorge Juan veintiún años y Antonio Ulloa diez y nueve. Para suplir esa falta de edad y para darles mayor representación y carácter, fué preciso conferirles el empleo de teniente de navío, saltando por encima de alférez de fragata, alférez de navío y teniente de fragata, es decir, dándoles cuatro ascensos de una vez. Resolución semejante revela bien a las claras el concepto que por su saber merecían aquellos jóvenes marinos, así como el atraso de los demás elementos de la sociedad española.

Los académicos franceses designados para hacer sus estudios en la América Ecuatorial eligieron como lugar más a propósito el territorio de Quito, que se halla bajo la línea equinoccial.

A bordo del navío Conquistador y de la fragata Incendio, salieron de Cádiz el 28 de mayo de 1735 Jorge Juan y Antonio Ulloa, y con ellos fué también el nuevo virrey del Perú, en cuyo distrito habían de verificarse los trabajos científicos. El día 9 de julio fondearon en Cartagena de Indias, donde esperaron cinco meses la llegada de la comisión francesa. Mientras tanto, se dedicaron a estudiar el país en todos sus aspectos. Para conocer el mérito de los trabajos realizados por ambos, bastará leer la siguientes obras: Disertación histórica y geographica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal, y los parajes por donde passa en la América Meridional, conforme a los tratados y derechos de cada Estado. Madrid, MDCCXLIX.—Noticias secretas de América sobre el estado naval, militar y político de los reynos del Perú y provincias de Quito, costa de Nueva Granada y Chile. Londres, 1826. Relación histórica del viaje á la América Meridional hecho de orden de S. Magestad para medir algunos grados de meridiano terrestre, y venir por ellos en conocimiento de la verdadera figura y magnitud de la tierra, con otras varias observaciones astronómicas y phisicas. Madrid, 1743. Las mencionadas obras se tradujeron a muchos idiomas extranjeros.

Habiendo terminado sus trabajos la comisión francesa el 1745, diez años después de haber salido de España nuestros jóvenes marinos, los dos marcharon por tercera vez a Lima, ya para despedirse del virrey, ya para buscar embarcación y regresar a la Península. Decidieron hacer el viaje por el Cabo de Hornos y no por la vía tan trillada del istmo de Panamá. Fueron tan cautos, que determinaron hacer el viaje en buques diferentes, pues así evitaban el riesgo de que yendo en uno mismo, si se perdiese, desaparecerían documentos de trabajos científicos tan interesantes.

Jorge Juan hizo el viaje de regreso en una fragata francesa. Lo mismo hizo Antonio Ulloa, quien fué apresado por los ingleses el 13 de agosto de 1745 a la vista de la isla de Terranova y conducido a Inglaterra. Como era de esperar, no se le trató como prisionero de guerra, antes al contrario, se le hizo cariñoso recibimiento y mereció toda clase de consideraciones en la Real Sociedad de Londres, que presidió el inmortal Newton.

Por su parte Jorge Juan llegó felizmente a Brest (31 octubre 1745) y se dirigió a París, mereciendo el alto honor de que le nombrasen Socio de la Real Academia de Ciencias. Allí supo que la expedición enviada a Laponia no había dado resultado alguno, tal vez por lo helado y rígido de aquel clima. Poco importaba este contratiempo. Comparando la medida del grado de meridiano en el Ecuador con la obtenida en la medición del meridiano de París, resultó que la Tierra era una esferoide achatada hacia los polos.

Jorge Juan llegó a Madrid a principios del año 1746, cuando todavía no se conocían bien sus trabajos. Además, después de once años de ausencia, halló cambiada completamente la corte. A Felipe V le había sucedido Fernando VI y al ministro que le diera la comisión, el marqués de la Ensenada, excelente ministro de Marina y hombre de superiores dotes; pero—sin que conozcamos los motivos—poco dispuesto a favorecer la publicación de los estudios del Sabio Español.

Tentado estuvo Jorge Juan para dejar a España y volverse al servicio de Malta. Hizo la casualidad que se enterase de ello el Teniente general D. José Pizarro, con quien trabó amistad Jorge Juan en Chile. Pizarro procuró disuadirle de resolución tan extrema y habló a Ensenada, logrando obtener los recursos suficientes para la publicación de aquellas obras, recibidas con gran aplauso en toda Europa.

La Marina de Guerra española necesitaba adelantos y mejoras que las extranjeras poseían. Con el encargo de estudiar los métodos de construcción y tomar cuanto pudiera ser de utilidad para nuestra marina, Jorge Juan, después que hubo ascendido a Capitán de Fragata, salió para Inglaterra en noviembre de 1748. Los constructores ingleses encontraron en el marino español, no aprovechado discípulo, sino excelente maestro.

A su vuelta a España fué ascendido a Capitán de Navío y nombrado Director de los Arsenales. Entonces proyectó y dirigió las obras de los del Ferrol y Cartagena, que aún hoy son admirados por su solidez y perfección, pudiendo ser considerado Jorge Juan como el fundador de aquellos establecimientos de construcción naval. En ellos emprendió las nuevas construcciones y de ellos salió aquella poderosa armada, que pocos años después había de surcar los mares en el reinado de Carlos III.

Obedeciendo órdenes del gobierno recorrió la Península de un extremo a otro, visitando todos los puertos y establecimientos marítimos, levantando planos para ejecución de obras (las que muchas, por desgracia, no se realizaron), y siendo por todos consultado acerca de obras hidráulicas, laboreo de minas y proyectos de canales y riegos.

Se le dió la comisión de estudiar la liga y afinación de monedas y cuanto con su fabricación se relaciona. Sus trabajos fueron el fundamento de la instalación de la fábrica de la moneda de Madrid con arreglo a los últimos adelantos: Jorge Juan puede ser considerado como el fundador de la Casa de la Moneda que hoy existe en la Corte. Por esta razón, cuando se edificó el barrio de Salamanca, se dió el nombre de Jorge Juan a la calle que, partiendo del paseo de Recoletos, con ella confina la fachada del mediodía de la Casa de la Moneda.

Habiendo sido nombrado el 1751 Capitán de Guardias Marinas con residencia en Cádiz, entonces publicó el Compendio de Navegación, en cuya obra se halla todo cuanto había adelantado dicha ciencia hasta su tiempo. Aprovechó su estancia en Cádiz para establecer el Observatorio de San Fernando, único que durante mucho tiempo existió en España.

En Cádiz, y en su propia casa, dió habitación a los fundadores de una Asamblea amistosa literaria, que fué como ensayo para la Academia de Ciencias que se trataba de fundar en Madrid. Allí leyó algunas memorias, de las cuales una le sirvió de base para la gran obra que debía inmortalizar su nombre, El examen marítimo, publicada el 1771, dos años antes de su muerte. El Instituto Real de Francia hubo de decir que era el tratado más profundo y más completo que se había escrito sobre la materia.

Nuestro querido discípulo D. Tomás Abad Amorós (curso de 1913 a 1914) escribe lo que a continuación copiamos: «Esa obra nunca bastante encomiada, que constituye el honor más preciado de la cultura de nuestra patria y de nuestra Marina militar, marca el período más culminante de la labor científica de Jorge Juan, pues en ella creó una rama importantísima de la Ciencia de la mecánica. Hasta entonces la construcción de los buques y su manejo había sido un arte deducido de la práctica y perfeccionado por ella; pero nuestro sabio les dió carácter científico, estableciendo por primera vez las bases teóricas de la Arquitectura naval y de la Mecánica de los buques, con fórmulas tan exactas y precisas que son al presente el fundamento de estas nuevas ciencias y el origen del progreso que desde aquellos tiempos ha tenido la construcción de los buques. Resulta, por tanto, El examen marítimo, una producción verdaderamente genial que causó completa revolución en la ciencia naval, colocó a nuestro Jorge Juan a la altura de los hombres de ciencia más eminentes de Europa y consolidó el epíteto de Sabio Español con que venía siendo conocido.»

En 1766 ascendió a Jefe de Escuadra y se le concedió el tratamiento de Excelencia.

El Rey le nombró Embajador extraordinario en la Corte del Sultán de Marruecos, para donde salió el 15 de febrero de 1767 en compañía de Sidi-Amed-el-Gacel, que había venido a España con igual carácter por orden del soberano marroquí. Seis meses permaneció en Marruecos desempeñando con tino y prudencia su cometido.

A su vuelta, deseando Fernando VI mejorar la educación de la nobleza, le confió la dirección del Real Seminario de Nobles, de la que tomó posesión el 24 de Mayo de 1770.

Una vida de tanta actividad mental y física cayó prematuramente en postración profunda. Hacía ya algunos años que venía padeciendo de cólicos biliosos que frecuentemente interrumpían sus tareas científicas y le ponían en trance de muerte. El 23 de junio de 1773, a los 60 años de edad, como herido por un rayo, murió por una parálisis cerebral.

España entera lloró la muerte del insigne hijo de Novelda. Sus funerales en la parroquia de San Martín fueron suntuosos. Depositado su cadáver en una de las bóvedas de dicho templo, se trasladó después a la Capilla de Nuestra Señora de Valbanera, que fué destruída durante la invasión francesa de 1808. El gobierno de José Bonaparte proyectó erigir en San Isidro un panteón donde reposasen los restos de españoles ilustres. En espera de que el panteón llegara a terminarse, los de Jorge Juan se trasladaron desde su antiguo mausoleo a la Casa Municipal. Al erigirse, año 1845, en la ciudad de San Carlos, provincia de Cádiz, el panteón de Marinos ilustres, allí fueron llevados los restos del esclarecido sabio, gloria de la Armada Española y de su patria.