MOJAMA AL CHANTILLY

Ante todo, se santigua uno y pone á su alcance los elementos siguientes: 50 centímetros de mojama fresca, cuatro ajos (sin puños), un pedazo de cola de carpintero, veinte gramos de cacahuet de Abisinia, medio cuartillo de vinagre de yema y otro medio de leche de burra, dos hojas de escarola, dos cascarones de huevo y una cucharada de polvos insecticidas.

Se parte la mojama en 500 pedazos iguales con un serrucho, se los macera con un paraguas, y revueltos con tomate en rama y chocolate sin canela, se les coloca sobre la hornilla dentro de una sombrerera de cartón.

Así las cosas, mezcla uno la leche de yema con el vinagre de burra, ó viceversa, y lo pone á enfriar al sol.

En un plato, aparte, se baten las hojas de escarola hasta que levanten espuma, y entonces se les echa cuatro ajos (aunque haya señoras delante) y se les hace pasar por un tamiz de pleita mal humorada.

Métese luego la cola en una cesta de mimbres seguida de los cascarones. Mézclase todo lo referido y tápase con una mitra episcopal bien untada de cerato simple. Se mete en el horno la sombrerera después de echarla dentro unos cuantos polvos, y así se tiene el tiempo necesario para que se reblandezca y suelte todo el jugo.

Transcurridas dos semanas, se saca la sombrerera del horno; se vierte el guiso en una fuente tan honda como mis pesares y se coloca sobre la mesa, porque colocarla debajo sería un desatino.

Alrededor puede ponerse una bonita colección de picatostes ó rábanos tostados, ó cisco de retama.

El que una vez prueba este plato, luego no sabe ya comer otra cosa. ¿Por lo bueno que lo encuentra? No; ¡porque fallece!

Á TODO AQUEL LECTOR
QUE HUBIERE COMIDO

Así como me tomé la libertad de ofrecerte en las primeras páginas de este trabajo y á guisa (ó más bien á guiso) de prólogo unas cuantas advertencias para antes de comer y durante la comida, aquí debería yo cerrar mis desahogos culinarios con otras tantas observaciones higiénico-sociales relativas á lo que debes hacer después de haber comido. Pero la falta de espacio por un lado y lo delicado del asunto por otro, me impiden cumplir contigo como quisiera, limitándome á darte este par de consejos de última hora:

No te dediques á trabajos intelectuales ni materiales después de haber comido. Antes, tampoco.

Si se te hace penosa la digestión de la comida, no quieras procurarte el alivio con lomo adobado, sino con magnesia efervescente, á no ser que lo que te dé guerra sea tinta de calamares, pues en este caso no hay nada como las empanadillas de papel secante.

Ignoro si existe disposición alguna eclesiástica, civil ó militar que determine con fijeza el tiempo que los residuos alimenticios han de permanecer formando parte de nuestro ser por la parte de adentro. Así, pues, haz respecto á este punto aquello que buenamente puedas, dejando llegar los acontecimientos por sus pasos contados, siempre que una demora excesiva no te obligue á hacer lo que los delegados de la autoridad en los meetings tumultuosos: desalojar el local por medios violentos, para lo cual suele hacer falta Dios y ayuda, y acaso las penas del purgatorio.

Antes de poner el punto final (porque después no sería posible) voy á decir dos palabras, sólo dos palabras, respecto al aprovechamiento de las sobras, cosa de suma importancia en las casas particulares, aunque no tanto como en los establecimientos públicos.

Casi todos los residuos de las buenas comidas son aprovechables; y hay cocineras, y aun señoras apañaditas, que hacen con ellos verdaderas diabluras en alas de la más laudable economía.

Al día siguiente de celebrado un banquete, son de rigor las tan renombradas croquetas ó las no menos aplaudidas albóndigas, que llevan al ánimo del comensal gratos recuerdos del pasado festín ó amargas remembranzas de la indigestión á que tal vez dió lugar.

La ropa vieja, la menestra complicada, la tortilla misteriosa y el arroz con incrustaciones indescifrables, son platos impuestos por el furor aprovechatorio de las señoras arregladas.

Á muchas personas les repugna comer en las fondas por temor de que en el menu figuren manjares usados. Y figuran con desconsoladora frecuencia.

En nuestros domicilios tampoco es conveniente arrojar á la basura los sobrantes de las comidas con el fútil pretexto de que ya han servido una vez, cuando puede hacerse con ellos, disfrazándolos convenientemente, variados platos de fantasía.

Pero no hay que sacar de quicio las cosas, como cierta señora que sólo con el caparazón de un pollo simpático y las raspas de una merluza distinguida quiso hacer un soberbio timbal de macarrones, y no pudiendo lograrlo, se conformó con aplicar aquellos ingredientes á la confección de unos bollos para tomar el chocolate, que, según su autora, la supieron á gloria, pero que al día siguiente se la llevaron á la tumba fría, en unión de una criada y un gato, copartícipes del famoso arreglo.

Con esto, lector querido, y con desear que no se te indigesten las presentes páginas, tan desprovistas de sal, doy fin á mi trabajo, te saludo y me retiro modestamente por el foro.

ÚLTIMA HORA
¡ME HAN MATADO!

¿No sabes lo que me ocurre,
queridísimo lector?
Pues una desgracia enorme,
una desventura atroz.
Soy desde chico un goloso
de los de marca mayor,
y sin duda por lo mucho
que mi estómago abusó,
salen ahora mis doctores
diciéndome á toda voz:
«No comas en adelante
cosas que tengan dulzor
y toma en lugar de azúcar
bicarbonato de sos[3],
y ojo al Cristo, porque es grave
tu presente situación.»
Como madre á quien separan
de los hijos que crió,
como frágil barquichuela
que se queda sin timón,
como gallo que despluman
para echarlo en el arroz,
como joven á quien sacan
quince muelas y un raigón,
ó como órgano que queda
sin fuelle, ó como reloj
que pierde la maquinaria,
¡así me he quedado yo!
¿Ya para mí qué es la vida?
Una desesperación.
¿Se me antoja un pastelillo?
Tengo que exclamar:—¡Horror!
Y en lugar de aquellas cremas
da feliz recordación,
tengo que comprar guindillas
ó mojama ó coliflor.
¿Crees que puedo llevar trajes
de lana dulce? Ya no.
Ni admito ya de mis novias
dulces miradas de amor,
ni tengo la buena pasta
que siempre me distinguió
ni me como como enantes
diez duquesas de un tirón.
Nada de hablar en finústico
ni de vestir comme il faut:
¡ser un chico almibarado
sería mi perdición!
El busto del general
Dulce, que en un velador
de mi casa está, lo tiro
mañana por el balcón.
Y voy á romper las cartas
de mi prima Leonor,
porque es monja capuchina,
y á quitarle á mi chapeau
las alas abarquilladas.
¿Yo barquillos? ¡No, por Dios!
Estos doctores ilustres,
con el deseo mejor,
me han hecho á mí la... receta
de una manera feroz!

En fin, para que conozcas
lo grande que es mi temor,
yo, que siempre le he pedido
una muerte dulce á Dios,
hoy le retiro mi ruego,
pues sé que, en mi situación,
si tengo una muerte dulce...
¡me voy á poner peor!


ÍNDICE

Páginas.
Á todo aquel lector que tenga la costumbre de comer [7]
¿Debe haber flores en la mesa? [17]
¿Cómo se debe tomar el café? [18]
Recetas de guisos (40) [19]
Poesías culinarias:
El espárrago expansivo [89]
Un almuerzo [92]
El bizcocho de las monjas [94]
Á una prima tacaña [97]
Comestibles [101]
Una paella morrocotuda [103]
¡Valiente tortilla! [106]
Mi despensa [108]
Epigramas [110]
Postres variados (ocho) [111]
Cantares de un goloso [142]
Platos especiales [145]
Á todo aquel lector que hubiere comido [154]
Última hora.—¡Me han matado! [157]


LIBROS DE JUAN PÉREZ ZÚÑIGA

Cosas, poesías y artículos.

Desafinaciones, poesías.

Gárgaras poéticas, poesías.

Guasa viva, poesías y artículos.

Pampiroladas, poesías.

Piruetas, poesías y artículos.

Zuñigadas, poesías. (No se halla á la venta.)

Cosquillas, poesías y artículos.

Cocina cómica, recetas y otras cosas.

Paella festiva, poesías.

OBRAS TEATRALES (EN UN ACTO)

La manía de papá, juguete cómico.

¡Felicidades!, juguete cómico.

El señor Castaño, zarzuela.

¡Viva la Pepa!, zarzuela.

Los tíos, zarzuela.

El quinto cielo, pasillo lírico.

Las goteras, zarzuela.

La lucha por la existencia, fantasía lírica.

El salva-vidas, juguete cómico.

La india brava, zarzuela cómica.

El mártir de las veladas, monólogo.

Las obras 5.ª, 6.ª, 7.ª y 8.ª, en colaboración con don José Díaz de Quijano.


Cocina cómica se halla de venta en las principales librerías al precio de 2 pesetas.

Los pedidos á casa del autor, calle del Fúcar, 19 y 21, ó á la Administración del Madrid Cómico.

NOTAS:

[1] Las obras más curiosas que yo conozco entre las del género, son el Manual del perfecto deshuesador de guindas, escrito por el ilustre pinche francés Mr. Marron, y un Tratado teórico-práctico de la restauración de las alcachofas usadas, debido á la infundiosa pluma de D. Primitivo Cogolludo, manchego.

[2] Debe decir "centímetros".

[3] a.