ESCENA PRIMERA.

Salen DON GARCÍA (en cuerpo) leyendo un papel; TRISTÁN y CAMINO.

García.

(Lee.)

«La fuerza de una ocasión me hace exceder del órden de mi estado. Sabrála vuestra merced esta noche por un balcón que le enseñará el portador, con lo demás, que no es para escrito; y guarde nuestro Señor, etc.»

¿Quién este papel me escribe?

Camino.

Doña Lucrecia de Luna.

García.

El alma sin duda alguna

que dentro en mi pecho vive.

¿No es esta una dama hermosa,

que hoy antes de mediodía

estaba en la Platería?

Camino.

Sí, señor.

García.

¡Suerte dichosa!

Informadme, por mi vida,

de las partes desta dama.

Camino.

Mucho admiro que su fama

esté de vos escondida.

Porque la habeis visto, dejo

de encarecer que es hermosa;

es discreta y virtuosa,

su padre es viudo y es viejo;

dos mil ducados de renta

los que ha de heredar serán,

bien hechos.

García.

¿Oyes, Tristán?

Tristán.

Oigo y no me descontenta.

Camino.

En cuanto a ser principal,

no hay que hablar. Luna es su padre,

y fué Mendoza su madre,

tan finos como un coral.

Doña Lucrecia, en efeto,

merece un rey por marido.

García.

¡Amor, tus alas te pido

para tan alto sujeto!

¿Dónde vive?

Camino.

A la Vitoria.

García.

Cierto es mi bien. Que seréis,

dice aquí, quien me guiéis

al cielo de tanta gloria.

Camino.

Serviros pienso a los dos.

García.

Y yo lo agradeceré.

Camino.

Esta noche volveré

en dando las diez, por vos.

García.

Eso le dad por respuesta

a Lucrecia.

Camino.

Adios quedad.

(Vase.)