ESCENA V.
DON BELTRÁN, TRISTÁN.
Beltrán.
(Aparte. ¡Qué tan sin gusto me tenga
lo que su ayo me dijo!)
¿Has andado con García,
Tristán?
Tristán.
Señor, todo el día.
Beltrán.
Sin mirar en que es mi hijo,
si es que el ánimo fiel,
que siempre en tu pecho he hallado
agora no te ha faltado,
me dí lo que sientes dél.
Tristán.
¿Qué puedo yo haber sentido
en un término tan breve?
Beltrán.
Tu lengua es quien no se atreve;
que el tiempo bastante ha sido,
y más a tu entendimiento.
Dímelo, por vida mía,
sin lisonja.
Tristán.
Don García,
mi señor, a lo que siento,
que he de decirte verdad,
pues que tu vida has jurado...
Beltrán.
Desa suerte has obligado
siempre a tí mi voluntad.
Tristán.
Tiene un ingenio excelente
con pensamientos sutiles;
mas caprichos juveniles
con arrogancia imprudente.
De Salamanca reboza
la leche, y tiene en los labios
los contagiosos resabios
de aquella caterva moza:
aquel hablar arrojado,
mentir sin recato y modo,
aquel jactarse de todo,
y hacerse en todo extremado.
Hoy en término de una hora
echó cinco o seis mentiras.
Beltrán.
¡Válgame Dios!
Tristán.
¿Qué te admiras?
Pues lo peor falta agora;
que son tales, que podrá
cogerle en ellas cualquiera.
Beltrán.
¡Ay Dios!
Tristán.
Yo no te dijera
lo que tal pena te da,
a no ser de tí forzado.
Beltrán.
Tu fe conozco y tu amor.
Tristán.
A tu prudencia, señor,
advertir será excusado
el riesgo que correr puedo,
si esto sabe don García,
mi señor.
Beltrán.
De mí confía:
pierde, Tristán, todo el miedo.
Manda luego aderezar
los caballos.
(Vase Tristán.)