ESCENA VIII.
DON JUAN y DON BELTRÁN.—Dichos.
Tristán.
Mas ¿no es este
que viene aquí?
García.
¡Cosa extraña!
Tristán.
¿También a mí me la pegas?
¡Al secretario del alma!
(Aparte. Por Dios, que se lo creí,
con conocelle las mañas.
Mas ¿a quién no engañarán
mentiras tan bien trovadas?)
García.
Sin duda que le han curado
por ensalmo.
Tristán.
Cuchillada
que rompió los mismos sesos,
¿en tan breve tiempo sana?
García.
¿Es mucho? Ensalmo sé yo
con que un hombre en Salamanca,
a quien cortaron a cercén
un brazo con media espalda,
volviéndosele a pegar,
en menos de una semana
quedó tan sano y tan bueno
como primero.
Tristán.
¡Ya escampa!
García.
Esto no me lo contaron;
yo mismo lo ví.
Tristán.
Eso basta.
García.
De la verdad, por la vida,
no quitaré una palabra.
Tristán.
(Aparte. ¡Que ninguno se conozca!)
Señor, mis servicios paga
con enseñarme ese ensalmo.
García.
Está en dicciones hebraicas,
y si no sabes la lengua
no has de saber pronunciarlas.
Tristán.
Y tú, ¿sábesla?
García.
¡Qué bueno!
Mejor que la castellana:
hablo diez lenguas.
Tristán.
(Aparte.)(Y todas
para mentir no te bastan.)
Cuerpo de verdades lleno,
con razón el tuyo llaman,
pues ninguna sale de él...
(Aparte. Ni hay mentira que no salga.)
Beltrán.
(A don Juan.)
¿Qué decís?
Juan.
Esto es verdad:
ni caballero ni dama
tiene, si mal no me acuerdo,
desos nombres Salamanca.
Beltrán.
(Ap. Sin duda que fué invención
de García, cosa es clara.
Disimular me conviene.)
Gocéis por edades largas,
con una rica encomienda,
de la cruz de Calatrava.
Juan.
Creed que siempre he de ser
más vuestro, cuanto más valga.
Y perdonadme; que ahora
por andar dando las gracias
a esos señores, no os voy
sirviendo hasta vuestra casa.
(Vase.)