ESCENA VII.

DON GARCÍA.—TRISTÁN.

García.

¿No ha estado aguda Lucrecia?

¡Con qué astucia dió a entender

que le importaba no ser

Lucrecia!

Tristán.

A fe que no es necia.

García.

Sin duda que no quería

que la conociese aquella

que estaba hablando con ella.

Tristán.

Claro está que no podía

obligalla otra ocasión

a negar cosa tan clara

porque a tí no te negara

que te habló por su balcón,

pues ella misma tocó

los puntos de que tratastes

cuando por él os hablastes.

García.

En eso bien me mostró

que de mí no se encubría.

Tristán.

Y por eso dijo aquello:

“Y si os vuelven a hablar dello,

seréis casado en Turquía.”

Y esta conjetura abona

más claramente el negar

que era Lucrecia, y tratar

luego en tercera persona

de sus propios pensamientos,

diciéndole que sabía

que Lucrecia pagaría

tus amorosos intentos,

con que tú hicieses, señor,

que los llegase a creer.

García.

¡Ay, Tristán! ¿qué puedo hacer,

para acreditar mi amor?

Tristán.

¿Tú quieres casarte?

García.

Sí.

Tristán.

Pues pídela.

García.

¿Y si resiste?

Tristán.

Parece que no la oiste

lo que dijo agora aquí:

«Hacedle vos que lo crea;

que yo la haré que se ablande.»

¿Qué indicio quieres más grande

de que ser tuya desea?

Quien tus papeles recibe,

quien te habla en sus ventanas,

muestras ha dado bien llanas

de la afición con que vive.

El pensar que eres casado

la refrena solamente,

y queda ese inconveniente

con casarte remediado;

pues es el mismo casarte,

siendo tan gran caballero,

información de soltero;

y cuando quiera obligarte

a que des información,

por el temor con que va

de tus engaños, no está

Salamanca en el Japón.

García.

Sí está para quien desea;

que son ya siglos en mí

los instantes.

Tristán.

Pues aquí,

¿no habrá quien testigo sea?

García.

Puede ser.

Tristán.

Es fácil cosa.

García.

Al punto los buscaré.

Tristán.

Uno yo te lo daré.

García.

Y ¿quién es?

Tristán.

Don Juan de Sosa.

García.

¿Quién? ¿don Juan de Sosa?

Tristán.

Sí.

García.

Bien lo sabe.

Tristán.

Desde el día

que te habló en la Platería

no le he visto, ni él a tí.

Y aunque siempre he deseado

saber qué pesar te dió

el papel que te escribió,

nunca te lo he preguntado,

viendo que entonces severo

negaste y descolorido;

mas agora que ha venido

tan apropósito, quiero

pensar, que puedo, señor,

pues secretario me has hecho

del archivo de tu pecho,

y se pasó aquel furor.

García.

Yo te lo quiero contar;

que pues sé por experiencia

tu secreto y tu prudencia,

bien te lo puedo fiar.

A las siete de la tarde

me escribió que me aguardaba

en San Blas don Juan de Sosa

para un caso de importancia.

Callé, por ser desafío;

que quiere el que no lo calla,

que le estorben o le ayuden,

cobardes acciones ambas.

Llegué al aplazado sitio

donde don Juan me aguardaba

con su espada y con sus celos,

que son armas de ventaja.

Su sentimiento propuso;

satisfice a su demanda;

y por quedar bien, al fin

desnudamos las espadas.

Elegí mi medio al punto,

y haciéndole una ganancia

por los grados del perfil,

le dí una fuerte estocada.

Sagrado fué de su vida

un Agnus Dei que llevaba;

que topando en él la punta,

hizo dos partes mi espada.

Él sacó pies del gran golpe,

pero con ardiente rabia

vino tirando una punta;

mas yo por la parte flaca

cogí su espada, formando

un atajo. Él, presto, saca

(como la respiración

tan corta línea le tapa,

por faltarle los dos tercios

a mi poco fiel espada)

la suya, corriendo filos;

y como cerca me halla

(porque yo busqué el estrecho,

por la falta de mis armas),

a la cabeza furioso

me tiró una cuchillada.

Recibíla en el principio

de su formación, y baja,

matándole el movimiento

sobre la suya mi espada,

¡Aquí fué Troya! Saqué

un revés con tal pujanza,

que la falta de mi acero

hizo allí muy poca falta;

que abriéndole en la cabeza

un palmo de cuchillada,

vino sin sentido al suelo,

y aun sospecho que sin alma.

Dejéle así, y con secreto

me vine. Esto es lo que pasa,

y de no verle estos días,

Tristán, es esta la causa.

Tristán.

¡Qué suceso tan extraño!

¿Y se murió?

García.

Cosa es clara,

porque hasta los mismos sesos

esparció por la campaña.

Tristán.

¡Pobre don Juan!...