ESCENA VI.

DON GARCÍA y TRISTÁN, por otra puerta, cogen de espaldas a JACINTA y LUCRECIA.

Tristán.

Bien el fin se consiguió.

García.

Tú, si ves mejor que yo,

procura, Tristán, leer.

Jacinta.

(Lee.) «Ya que mal crédito cobras

de mis palabras sentidas,

dime si serán creídas,

pues nunca mienten, las obras.

Que si consiste el creerme,

señora, en ser tu marido,

y ha de dar el ser creído

materia al favorecerme,

por este, Lucrecia mía,

que de mi mano te doy

firmado, digo que soy

ya tu esposo don García.»

García.

(Aparte a Tristán.)

¡Vive Dios, que es mi papel!

Tristán.

¡Pues qué! ¿no lo vió en su casa?

García.

Por ventura lo repasa,

regalándose con él.

Tristán.

Como quiera, te está bien.

García.

Como quiera, soy dichoso.

Jacinta.

Él es breve y compendioso.

O bien siente, o miente bien.

García.

(A Jacinta.)

Volved los ojos, señora,

cuyos rayos no resisto.

Jacinta.

(Aparte a Lucrecia.)

Cúbrete, pues no te ha visto,

y desengáñate agora.

(Tápanse Lucrecia y Jacinta.)

Lucrecia.

(Aparte a Jacinta.)

Disimula y no me nombres.

García.

Corred los delgados velos

a ese asombro de los cielos,

a ese cielo de los hombres.

¿Posible es que os llego a ver,

homicida de mi vida?

Mas como sois mi homicida,

en la iglesia hubo de ser.

Si os obliga a retraer

mi muerte, no hayais temor;

que de las leyes de amor

es tan grande el desconcierto,

que dejan preso al que es muerto,

y libre al que es matador.

Ya espero que de mi pena

estáis, mi bien, condolida,

si el estar arrepentida

os trajo a la Madalena.

Ved cómo el amor ordena

recompensa al mal que siento;

pues si yo llevé el tormento

de vuestra crueldad, señora,

la gloria me llevo agora

de vuestro arrepentimiento.

¿No me habláis, dueño querido?

¿No os obliga el mal que paso?

¿Arrepentisos acaso

de haberos arrepentido?

Que advirtáis, señora, os pido

que otra vez me mataréis:

si porque en la iglesia os veis

probáis en mí los aceros,

mirad que no ha de valeros

si en ella el delito hacéis.

Jacinta.

¿Conocéisme?

García.

¡Y bien, por Dios!

Tanto que desde aquel día

que os hablé en la Platería,

no me conozco por vos;

de suerte que de los dos

vivo más en vos que en mí;

que tanto desde que os ví,

en vos trasformado estoy,

que ni conozco el que soy,

ni me acuerdo del que fuí.

Jacinta.

Bien se echa de ver que estáis

del que fuisteis olvidado,

pues sin ver que sois casado

nuevo amor solicitáis.

García.

¡Yo casado! ¿En eso dais?

Jacinta.

¿Pues no?

García.

¡Qué vana porfía!

Fué, por Dios, invención mía,

por ser vuestro.

Jacinta.

O por no sello;

y si os vuelven a hablar dello,

seréis casado en Turquía.

García.

Y vuelvo a jurar, por Dios,

que en este amoroso estado

para todas soy casado,

y soltero para vos.

Jacinta.

(Aparte a Lucrecia.)

¿Ves tu desengaño?

Lucrecia.

(Aparte.)¡Ah cielos!

Apenas una centella

siento de amor, y ya della

nacen volcanes de celos.

García.

Aquella noche, señora,

que en el balcón os hablé,

¿todo el caso no os conté?

Jacinta.

¡A mí en balcón!

Lucrecia.

(Aparte.)¡Ah traidora!

Jacinta.

Advertid que os engañáis.

¿Vos me hablasteis?

García.

¡Bien por Dios!

Lucrecia.

(Aparte.) ¡Hablaisle de noche vos,

y a mí consejos me dais!

García.

Y el papel que recibisteis,

¿negareislo?

Jacinta.

¡Yo papel!

Lucrecia.

(Aparte.) ¡Ved qué amiga tan fiel!

García.

Y sé yo que lo leisteis.

Jacinta.

Pasar por donaire puede,

cuando no daña el mentir;

mas no se puede sufrir

cuando ese límite excede.

García.

¿No os hablé en vuestro balcón,

Lucrecia, tres noches ha?

Jacinta.

(Aparte.)

(¡Yo, Lucrecia! Bueno va.

Toro nuevo, otra invención.

A Lucrecia ha conocido;

y es muy cierto el adoralla,

pues finge, por no enojalla,

que por ella me ha tenido.)

Lucrecia.

(Aparte.)

(Todo lo entiendo. ¡Ah traidora!

Sin duda que le avisó

que la tapada fuí yo,

y quiere enmendallo agora

con fingir que fué el tenella

por mí, la causa de hablalla.)

Tristán.

(A don García.)

Negar debe de importalla

por la que está junto della,

ser Lucrecia.

García.

Así lo entiendo;

que si por mí lo negara,

encubriera ya la cara.

Pero no se conociendo,

¿se hablaran las dos?

Tristán.

Por puntos

suele en las iglesias verse

que parlan sin conocerse

los que aciertan a estar juntos.

García.

Dices bien.

Tristán.

Fingiendo agora

que se engañaron tus ojos,

lo enmendarás.

García.

Los antojos

de un ardiente amor, señora,

me tienen tan deslumbrado,

que por otra os he tenido.

Perdonad; que yerro ha sido

desa cortina causada;

que como a la fantasía

fácil engaña el deseo,

cualquiera dama que veo

se me figura la mía.

Jacinta.

(Aparte.) Entendíle la intención.

Lucrecia.

(Aparte.) Avisóle la taimada.

Jacinta.

Según eso, la adorada

es Lucrecia.

García.

El corazón,

desde el punto que la ví,

la hizo dueño de mi fe.

Jacinta.

(Aparte)

¡Bueno es esto!

Lucrecia.

(Aparte.)¡Que esta esté

haciendo burla de mí!

No me doy por entendida,

por no hacer aquí un exceso.

Jacinta.

Pues yo pienso que a estar de eso

cierta, os fuera agradecida

Lucrecia.

García.

¿Tratáis con ella?

Jacinta.

Trato, y es amiga mía,

tanto que me atrevería

a afirmar que en mí y en ella

vive un solo corazón.

García.

(Aparte. ¡Si eres tú, bien claro está.

¡Qué bien a entender me da

su recato y su intención!)

Pues ya que mi dicha ordena

tan buena ocasión, señora,

pues sois ángel, sed agora

mensajera de mi pena.

Mi firmeza le decid,

y perdonadme si os doy

este oficio.

Tristán.

(Aparte.)Oficio es hoy

de las mozas de Madrid.

García.

Persuadidla que a tan grande

amor ingrata no sea.

Jacinta.

Hacedle vos que lo crea,

que yo la haré que se ablande.

García.

¿Por qué no creerá que muero,

pues he visto su beldad?

Jacinta.

Porque, si os digo verdad,

no os tiene por verdadero.

García.

Esta es verdad, vive Dios:

hacedle vos que lo crea.

Jacinta.

¿Qué importa que verdad sea

si el que la dice sois vos?

Que la boca mentirosa

incurre en tan torpe mengua,

que solamente en su lengua

es la verdad sospechosa.

García.

Señora...

Jacinta.

Basta: mirad

que dais nota.

García.

Yo obedezco.

Jacinta.

¿Vas contenta?

Lucrecia.

Yo agradezco,

Jacinta, tu voluntad.

(Vanse las dos.)