ESCENA XI.

DON JUAN.—DON GARCÍA.

Juan.

Como quien sois lo habeis hecho,

Don García.

García.

¿Quien podía,

sabiendo la sangre mía,

pensar menos de mi pecho?

Mas vamos, don Juan, al caso

porque llamado me habeis.

Decid, ¿qué causa tenéis,

que por sabella me abraso,

de hacer este desafío?

Juan.

Esta dama a quien hicistes,

conforme vos me dijistes,

anoche fiesta en el río,

es causa de mi tormento,

y es con quien dos años ha,

que, aunque se dilata, está

tratado mi casamiento.

Vos ha un mes que estáis aquí:

y deso, como de estar

encubierto en el lugar

todo ese tiempo de mí,

colijo que habiendo sido

tan público mi cuidado,

vos no lo habeis ignorado,

y así me habeis ofendido.

Con esto que he dicho digo

cuanto tengo que decir;

y es que o no habeis de seguir

el bien que ha tanto que sigo,

o si acaso os pareciere

mi petición mal fundada,

se remita aquí a la espada,

y la sirva el que venciere.

García.

Pésame que sin estar

del caso bien informado,

os hayais determinado

a sacarme de este lugar.

La dama, don Juan de Sosa,

de mi fiesta, vive Dios,

que ni la habeis visto vos,

ni puede ser vuestra esposa;

que es casada esta mujer,

y ha tan poco que llegó

a Madrid, que sólo yo

sé que la he podido ver.

Y cuando esa hubiera sido,

de no verla más os doy

palabra como quien soy,

o quedar por fementido.

Juan.

Con eso se aseguró

la sospecha de mi pecho,

y he quedado satisfecho.

García.

Falta que lo quede yo;

que haberme desafiado

no se ha de quedar así.

Libre fué el sacarme aquí;

mas habiéndome sacado

me obligastes, y es forzoso,

puesto que tengo de hacer

como quien soy, no volver

sino muerto o vitorioso.

Juan.

Pensad, aunque mis desvelos

hayais satisfecho así,

que aun deja cólera en mí

la memoria de mis celos.

(Sacan las espadas y acuchíllanse.)