ESCENA XVI.

DON GARCÍA y TRISTÁN, en la calle; JACINTA y LUCRECIA, a la ventana.

Lucrecia.

Tú eres dueño de la historia,

tú en mi nombre le responde.

García.

¿Es Lucrecia?

Jacinta.

¿Es don García?

García.

Es quien hoy la joya halló

más preciosa que labró

el cielo, en la Platería;

es quien en llegando a vella,

tanto estimó su valor,

que dió abrasado de amor

la vida y alma por ella.

Soy, al fin el que se precia

de ser vuestro, y soy quien hoy

comienzo a ser, porque soy

el esclavo de Lucrecia.

Jacinta.

(Aparte a Lucrecia.)

Amiga, este caballero

para todas tiene amor.

Lucrecia.

El hombre es embarrador.

Jacinta.

Él es un grande embustero.

García.

Ya espero, señora mía,

lo que me queréis mandar.

Jacinta.

Ya no puede haber lugar

lo que trataros quería...

Tristán.

(Al oido a su amo.)

¿Es ella?

García.

Sí.

Jacinta.

Que trataros

un casamiento intenté

bien importante, y ya sé

que es imposible casaros.

García.

¿Por qué?

Jacinta.

Porque sois casado.

García.

¿Que yo soy casado?

Jacinta.

Vos.

García.

Soltero soy, vive Dios.

Quien lo ha dicho os ha engañado.

Jacinta.

(Aparte a Lucrecia.)

¿Viste mayor embustero?

Lucrecia.

No sabe sino mentir.

Jacinta.

¿Tal me queréis persuadir?

García.

Vive Dios, que soy soltero.

Jacinta.

(Aparte a Lucrecia.)

Y lo jura.

Lucrecia.

Siempre ha sido

costumbre del mentiroso,

de su crédito dudoso,

jurar para ser creído.

García.

Si era vuestra blanca mano,

con la que el cielo quería

colmar la ventura mía,

no pierda el bien soberano,

pudiendo esa falsedad

probarse tan fácilmente.

Jacinta.

(Aparte.)

¡Con qué confianza miente!

¿No parece que es verdad?

García.

La mano os daré, señora,

y con eso me creeréis.

Jacinta.

Vos sois tal, que la daréis

a trescientas en un hora.

García.

Mal acreditado estoy

con vos.

Jacinta.

Es justo castigo;

porque mal puede conmigo

tener crédito quien hoy

dijo que era perulero

siendo en la corte nacido;

y siendo de ayer venido

afirmó que ha un año entero

que está en la corte; y habiendo

esta tarde confesado

que en Salamanca es casado,

se está agora desdiciendo;

y quien pasando en su cama

toda la noche, contó

que en el río la pasó

haciendo fiesta a una dama.

Tristán.

(Aparte.)

Todo se sabe.

García.

Mi gloria,

escuchadme, y os diré

verdad pura; que ya sé

en qué se yerra la historia.

Por las demás cosas paso

que son de poco momento,

por tratar del casamiento,

que es lo importante del caso.

Si vos hubiérades sido

causa de haber yo afirmado,

Lucrecia, que soy casado,

¿será culpa haber mentido?

Jacinta.

¿Yo la causa?

García.

Sí, señora.

Jacinta.

¿Cómo?

García.

Decíroslo quiero.

Jacinta.

(Aparte a Lucrecia.)

Oye; que hará el embustero

lindos enredos agora.

García.

Mi padre llegó a tratarme

de darme otra mujer hoy;

pero yo, que vuestro soy,

quise con eso excusarme;

que mientras hacer espero

con vuestra mano mis bodas,

soy casado para todas,

sólo para vos soltero.

Y como vuestro papel

llegó esforzando mi intento,

al tratarme el casamiento,

puse impedimento en él.

Éste es el caso: mirad

si esta mentira os admira,

cuando ha dicho esta mentira

de mi afición la verdad.

Lucrecia.

(Aparte.)

¿Mas si lo fuese?

Jacinta.

(Aparte.)(¡Qué buena

la trazó, y qué de repente!)

¿Pues cómo tan brevemente

os pudo dar tanta pena?

¡Casi aun no visto me habeis,

y ya os mostráis tan perdido!

¿Aun no me habeis conocido,

y por mujer me queréis?

García.

Hoy ví vuestra gran beldad

la vez primera, señora;

que el amor me obliga agora

a deciros la verdad.

Mas si la causa es divina,

milagro el efeto es,

que el dios niño, no con pies,

sino con alas, camina.

Decir que habeis menester

tiempo vos para matar,

fuera, Lucrecia, negar

vuestro divino poder.

Decís que sin conoceros

estoy perdido. ¡Pluguiera

a Dios que no os conociera,

por hacer más en quereros!

Bien os conozco: las partes

sé bien que os dió la fortuna,

que sin eclipse sois Luna,

que sois Mendoza sin martes,

que es difunta vuestra madre,

que sois sola en vuestra casa,

que de mil doblones pasa

la renta de vuestro padre.

Ved si estoy mal informado:

¡Ojalá, mi bien, que así

lo estuviérades de mí!

Lucrecia.

(Aparte.)

Casi me pone en cuidado.

Jacinta.

Pues Jacinta, ¿no es hermosa?

¿No es discreta, rica, y tal

que puede el más principal

desealla para esposa?

García.

Es discreta, rica, y bella;

mas a mí no me conviene.

Jacinta.

Pues decid, ¿qué falta tiene?

García.

La mayor, que es no querella.

Jacinta.

Pues yo con ella os quería

casar; que esa sola fué

la intención con que os llamé.

García.

Pues será vana porfía;

que por haber intentado

mi padre don Beltrán hoy

lo mismo, he dicho que estoy

en otra parte casado.

Y si vos, señora mía,

intentáis hablarme en ello,

perdonad; que por no hacello,

seré casado en Turquía.

Esto es verdad, vive Dios,

porque mi amor es de modo,

que aborrezco aquello todo

mi Lucrecia, que no es vos.

Lucrecia.

(Aparte.) ¡Ojalá!

Jacinta.

¡Que me tratéis

con falsedad tan notoria!

Decid: ¿no tenéis memoria,

o vergüenza no tenéis?

¿Cómo, si hoy dijisteis vos

a Jacinta que la amáis,

agora me lo negáis?

García.

¡Yo a Jacinta! Vive Dios,

que sólo con vos he hablado

desde que entré en el lugar.

Jacinta.

¡Hasta aquí pudo llegar

el mentir desvergonzado!

Si en lo mismo que yo ví

os atrevéis a mentirme,

¿qué verdad podréis decirme?

Idos con Dios, y de mí

podéis desde aquí pensar,

si otra vez os diere oido,

que por divertirme ha sido;

como quien para quitar

el enfadoso fastidio

de los negocios pesados,

gasta los ratos sobrados

en las fábulas de Ovidio.

(Vase.)

García.

Escuchad, Lucrecia hermosa.

Lucrecia.

(Aparte.)

Confusa quedo.

(Vase.)

García.

Estoy loco.

¡Verdades valen tan poco!

Tristán.

En la boca mentirosa.

García.

¡Que haya dado en no creer

cuanto digo!

Tristán.

¿Qué te admiras,

si en cuatro o cinco mentiras

te ha acabado de coger?

De aquí, si lo consideras,

conocerás claramente,

que quien en las burlas miente

pierde el crédito en las veras.