IV.

En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura, podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar, pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras. Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya empezó á ser difícil el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser apaleado, herido ó muerto.

En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos, pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil empresa.

Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había que recelar entonces hasta llegar cincuenta parasangas ó leguas al Sur de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo. El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.

Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara, célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara, caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso, hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase, pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños preparativos.

Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla decidido el rey.

Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en balde.

Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que llamaríamos ahora Regente del Reino.

Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes de Vesila-Tefeh, entre quienes el rey era idolatrado, dieron muestras del más vivo y doloroso sentimiento.

Las esclavas del gineceo se afligieron también; pero se resignaron pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella alma que ardía en sed de lo sobrehumano.

La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su dueño, que sin duda la aguardaba.

Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un sueño, dijo maquinalmente:

—¿Quién es?—aunque bien sabía que era ella.

—Soy yo; tu sierva Peridot—respondió una voz argentina.

Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava. Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del rey.

Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los izeds, anses, amschaspands, apsaras, peris y genios, hubiera nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente. Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la luz y el fuego del cielo.

Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas, dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de brazaletes de oro. Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar, no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.

Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo, prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora; y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las apsaras.

En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal vez olvidó el Rey Tihur su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime, su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como el a b c del habla celestial.

Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:

—¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me abandonas?

—Así lo quiere mi destino,—respondió el Rey Tihur.

—¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo? ¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que inventó un traje elegantísimo, un traje guerrero y viril que le sentaba lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.

—No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender. El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto que esperarme tranquila.

—¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y los celos me abrasarán el alma?

—¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales? Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te pertenezco. Por este amor no soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener celos del objeto vago é inexplicable de este amor?

—Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma; para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre. Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás una esclava.

Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios los labios de que salían.

Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:

—La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé estimar, pero no pagar. Las puertas del gineceo están abiertas para tí. Eres libre; válete de tu libertad.

Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.

—Yo soy tu esclava—prorrumpió;—yo quiero ser y seré siempre tu esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con inmortal cariño.

Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que pendían al cuello del Rey Tihur.

—La hiedra—dijo—es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga. Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de males y que te recuerde mi afecto.

El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán; y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró no amar á otra mujer más que á ella.

En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y sobrevino el alba.

Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será decirlo ahora.

Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.

El momento de despedirse de Peridot era llegado. La despedida fué tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.

Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta por donde había entrado.

Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.