V.

Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas, donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde reposar aquella noche.

En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra historia.

Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.

Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la orilla, y esperaron el alba para pasar el río.

Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa de fieras ó de bandidos.

Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á prepararlo todo para el paso del río.

Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos, mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el rey. Amrafel y doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente, iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas, tiraban de ellas nadando.

El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se volcasen.

El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar distaba aún otra media legua del punto de desembarque.

Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:

—Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre aquellas enormes jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses, que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras embarcaciones.

No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce guerreros que en la misma balsa venían.

Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros que habían venido nadando.

El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y precioso estaba con el Rey Tihur.

Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase la sospecha.

El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.