VI.

En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas veces.

En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.

Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.

En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.

Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos infecundo, y se alzaba el bosquecillo ó matorral donde Amrafel habría creído percibir el movimiento de gente emboscada.

No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.

Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras, que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á nuestros caminantes.

Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.

El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso, que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de sarabaras.

Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo modo iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo, en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los caballos.

Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido, aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la caravana pasase.

Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.

Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio. Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre ellos.

—Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;—dijo Amrafel al rey.

En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido recatándose acababan de salir como unos cincuenta hombres, que con arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.

—¡Á ellos!—exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel, Samec y los demás le seguían.

Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los bandidos.

Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las sarabaras. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas, cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.

En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo, habíanse puesto á bastante distancia.

Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. Los romanos la llamaron sica, de donde proviene el nombre de sicario. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.

El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo, comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las piernas de los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe, empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:

—Es preferible la muerte.

Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:

—¡Todos á pié, agrupados en torno mío!

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle. Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud maravillosa. Sueltos los caballos todos, se lanzaron á galope hacia el punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro, las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos, excelentes flecheros.

Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos; pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas. Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey Tihur.

Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea, quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los costados.

De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le segó la garganta.

Lo más recio de la pelea era en el vértice del ángulo, donde estaba el Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.

El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo, destrozándole y sacándole las entrañas.

Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se acercaban.

Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin deshacerse hacia los fugitivos.

Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos.

Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon, ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas y de piedras.

Al ver los de los cuchillos ó sicas que sus compañeros, con los arcos y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron inultas.

En silencio admirable, sin una voz, sin una queja, sin una imprecación, seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y luenga cabellera rubia.

No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada, vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur creyó sentir entonces que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.

—No ha de quedar bandido vivo;—exclamó.—Es menester que todos mueran. Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos de ladrones.

Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes, alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada, exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel instante.

Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos ya con los otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó arrastrándose como serpientes.

El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron el polvo cinco vesilianos más.

Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos, cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda, más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir ó matar.

Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno, aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.

Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto. Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los vesilianos y dos de los esclavos que habían acudido á socorrerlos. Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido.

Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey; pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría.

Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento tumulto, les hacía perder el tino.

Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur, que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza, le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de que era capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora.

Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur, y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de la sangre, si Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos.

Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey para defenderle hasta morir.

Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir matando.

El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba.

Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos, sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por un capricho suyo.

Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho, este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en pleno siglo XIX, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que Tihur no lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del alcázar.

Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo:

—Defiéndete y déjame.

Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su favorito, pero quedó retraído é inerte.

Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y de pelear como los otros, ó más que los otros.

Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los espíritus de sus mayores.

De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una flecha que vino á clavarse en el pecho de uno de los bandidos y le hizo caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra inteligente, un espíritu invisible las disparaba.

Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo.

Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo; su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil; negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda.

Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba, echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal, armadas así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano que hablaba el Rey Tihur:

—El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec! ¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos!

Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle Tihur:

—¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un ized, un genio, un enviado de Ahura-Mazda.

Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas.

Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la retirada.

En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos los guerreros vesilianos, empuñaron los arcos y acosaron é hirieron con sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos, cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se pusieron á perseguir á los bandoleros.

El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse.

—No ha de quedar ninguno vivo—había dicho,—y efectivamente, parecía que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos.