VII.

Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y cargas.

Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre, porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo después de herido.

Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura. Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la cual seguía al guerrero misterioso.

En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de ella podían fiarse.

Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda, prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos, pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes, mostraba los colmillos afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica.

En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la Sibila pérsica ó la Sibila eritrea.

Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que Amrafel reconoció, aceptó y aplicó.

Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor infundió en el rey un sueño grato y delicioso.

Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido, que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni la vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á caballo.

Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar del combate.

Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento para reposar aquella noche.

Una comida abundante restauró las fuerzas de todos.

Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera:

—Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan obligado.

—Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal.

—Sin duda,—añadió el Rey,—que eres de sangre de héroes; de antigua y clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de un hombre plebeyo y obscuro.

—En verdad,—replicó Tidal,—yo me inclino á creer, como tú, que la grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que los hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos, si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento, porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un humilde mercader, hijo de otro mercader humilde.

—¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo hablar mi idioma.

—Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi padre y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada.

—¿Y no te designó esa empresa?

—No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los ignorase hasta un momento dado.

—¿No marcó tu ayo ese momento?

—Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar: juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada, que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la dió con el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo.

—¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre?

—Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije, murieron siendo yo muy niño.

—Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo el título de mercader, encubría otra condición más alta.

—No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi familia nada de extraño ó misterioso.

—Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al hacerte entrega de tus bienes?

—Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme, y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y recorriese el mundo.

—¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones?

—Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más distantes, de sus artes, de sus ciencias y de sus productos; y sobre todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á los que suelen y parece que deben darse á la gente moza.

—¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo?

—En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando llegase á perderlo todo.

—Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á ser pródigo.

—Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy superior á mi edad.

—¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto?

—Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó más temprano.

—Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto, ¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna otra cosa.

Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña, que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una confianza sin límites.

—Yo jamás podré desdeñarte—replicó el Rey,—y tu amistad será el mayor bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no procedas de ligero revelándome esa alcuña.

—No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato.

—¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez?

—Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta prueba de confianza.

—¿Y cuándo te dieron el consejo?

—Hoy mismo.

—¿Quién?

—La vieja extraña que me acompañaba.

—¿La conoces tú desde hace mucho tiempo?

—Pocos días ha que la conozco, y ni siquiera sé su nombre; pero ella tal vez, por el arte mágico que posee, sabe el mío secretísimo y sabe también mi apodo. Escucha en breves razones los más recientes sucesos de mi vida. Por ellos comprenderás cómo pude venir tan en sazón á socorrerte. Mi afán de ver mundo me movió á comprar una nave de 30 remeros que cargué de preciosas mercancías, que tripulé en el país de los cadusios, y en la que me embarqué en el Araxes, con intento de salir al Mar Caspio y venir á Vesila-Tefeh, donde pensaba emplear en pieles ricas, y visitar y conocer la capital de tus dominios. Para no cansarte con extensos pormenores, te diré, en resumen, que en esta ocasión me faltó mi acostumbrada prudencia. Los marineros que venían conmigo, se habían concertado con piratas iberos y albaneses.

Me sorprendieron dormido; mataron á tres servidores que hicieron resistencia; se apoderaron de cuanto yo traía, y me ataron con cuerdas los piés y las manos. Hecha esta presa, querían volver los piratas á sus guaridas de Albania, pero se levantó una tempestad furiosa que trajo nuestras naves á la costa de tu reino. Sabía el capitán la lengua escita, y se aventuró con otros dos, que también la sabían, á saltar en tierra, disfrazado, para explorar el país, y ver dónde y cómo podría dar un buen golpe. En los campos fértiles y en las pobladas aldeas del Norte de Djan-Deria, supo que venías tú de camino para Bactra; supo el número de guerreros y las riquezas que traías, y dispuso salirte al encuentro, no con sus embarcaciones al pasar el río, porque calculó que no te aventurarías á pasarle, si las vieses, y perdería la ocasión, sino emboscándose en los matorrales de esta orilla, y cayendo sobre tí cuando tus fuerzas estuviesen divididas en una y otra márgen.

Así lo hizo, como has visto, y harto conoces el resultado.

Yo estaba vigilado con extraordinarias precauciones; atado, como te he dicho, de pies y manos. Sólo me desataban las manos para comer. Los barcos, que son ligeros, se pusieron á seco en la playa desierta del Caspio, y diez hombres sólo quedaron para su custodia. El capitán trajo aquí para la empresa la más gente que pudo.

Indudablemente, yo hubiera permanecido á bordo sin acudir en tu auxilio y sin saber siquiera lo que ocurría, pues, aunque entiendo y hablo varios idiomas, ignoro el de estos moradores del Cáucaso, á no ser por la singular y portentosa vieja que has visto. El capitán de los bandidos y los otros dos exploradores la hallaron vagando al declinar de la tarde en un bosque no lejos de la playa y tuvieron la ocurrencia de traerla cautiva.

La vieja dijo á unos la buena ventura, curó á otros varias enfermedades y se ganó la voluntad de todos. Con rara facilidad hablaba la lengua de los piratas, como habla la tuya y otras varias.

Los piratas no desconfiaron de la vieja; conversaron sin recatarse de ella y la enteraron de todos sus proyectos.

La vieja no me había dirigido nunca la palabra durante cuatro días que habíamos vivido juntos. Imagina cuál sería mi sorpresa, cuando hoy de mañana, estando yo tendido, dormitando en la popa de uno de los bajeles, puesto ya en tierra, la vieja se llegó á mi oído y pronunció, no sólo mi apodo, sino también mi nombre incomunicable.

Debo advertirte que desde el día de ayer nos habían dejado los bandidos y te estaban aguardando en la emboscada.

Al oir aquellos vocablos sacramentales y poderosos para mí, me incorporé lleno de pasmo y ví la figura de la vieja más extraña que nunca, por el fuego que lanzaba de los ojos y la profunda conmoción que extremecía su descarnado cuerpo. Se diría que un numen, un dios, un espíritu, la excitaba en lo íntimo de su ser. Me hablaba el bello idioma de la Ley pura, y sus palabras tenían el ritmo y la armonía soberana de los cantos sagrados. Una insólita majestad resplandecía en aquel ser decaído. Una expresión de ternura maternal casi hermoseaba su semblante. La vieja me abrazó y me cubrió de besos, llamándome ¡hijo!, y apenas si sus besos me causaron repugnancia. Á mi lado ví mis armas, que la vieja había traído. Allí estaban espada, puñal, aljaba, arco y flechas. La vieja, empuñando y desenvainando mi puñal, cortó con rapidez mis ligaduras.

—Eres libre,—me dijo,—toma tus armas, levántate y sígueme. Tus guardadores, unos están ausentes, otros han sido sumidos por mis artes, en un hondo letargo.

Obediente seguí á la vieja, que me trajo hasta aquí, y en el camino me informó de quién tú eras, del peligro que corrías y de la misión de libertarte, que me encomendaba. Lo demás, ya lo sabes.

Ahora, ¡oh Rey Tihur!, sólo me falta cumplir con el precepto de la vieja: darte la más segura prenda de amistad; ligarme para siempre contigo. Mi alcuña es Seher-Gav; el Toro-Vigitante.

ZARINA
(FRAGMENTO)