I.

Muy señor mío y distinguido amigo: Harto difícil es para mí el honroso encargo, que usted me da y que tanto me lisonjea, de poner algo como Prólogo en el tomo de sus obras que lleva por título Miscelánea. No extrañe usted, pues, y perdone mi tardanza en cumplir dicho encargo, aunque le acepté complacidísimo.

Sé que usted hace imprimir y va á publicar á la vez en Barcelona otras varias obras suyas. El conjunto de ellas formará seis tomos, de los cuales sólo he leído aquel en que mi crítica debe emplearse.

A usted mismo más le conozco de fama que de trato. Si no recuerdo mal, una vez sola tuve el gusto de estar conversando con usted por espacio de poco más de media hora. Esto y el decir de las gentes bastan á demostrarme la bondad de usted, su discreción y su ilustrado juicio: pero, como yo sigo mal la historia contemporánea de todos los países, ignoro qué partido es el de usted en la República de que es ciudadano, qué papel ha desempeñado en su política, y cuáles son sus aspiraciones é ideas.

El tomo Miscelánea, que usted me envía, parece, por consiguiente, como reunión de datos para resolver un problema y para despejar una incógnita, ya que incógnita era para mí, antes de recibir dicho tomo, la importancia literaria de usted en su tierra.

Para persona de mayor agudeza y de más honda penetración que las que yo poseo, esta ignorancia previa traería ventajas y contribuiría á dar superior lucimiento al desempeño de su tarea. Por el hilo, como se dice vulgarmente, sacaría el ovillo: y, sólo en vista de la Miscelánea formaría exacto y cabal concepto de la personalidad de usted y la expondría al público con firmeza. Lo que es yo, ó tengo que limitarme á hablar aisladamente del tomo Miscelánea ó me expongo á extraviarme al pretender adivinar.

De sobra se me alcanza el propósito de usted al pedirme el Prólogo. Ha llegado á mi noticia que usted ha pedido también Prólogos para otros de sus libros á otros escritores españoles. Y en esto, así como en la circunstancia de imprimir usted todas sus obras en Barcelona, se ve patente el intento de que la edición que usted hace sea como muestra ó símbolo de la fraternidad de hispano-americanos y de españoles peninsulares y de la unidad indestructible de la civilización ibérica, cuyo lazo no rompen ni todas las ondas del Atlántico que entre nosotros se agitan, ni los recuerdos de una guerra, inevitable aunque fratricida, pero cuya sangre y cuyas lágrimas se orearon ya, dejando limpio y no marchito el lauro.

Para usted, que es tan creyente y fervoroso católico, ha de ser de indiscutible verdad el criterio que me guía al considerar los acontecimientos humanos, porque sin suprimir en cada individuo la responsabilidad de las acciones, ya nobles y generosas, ya egoístas y perversas, y nacidas siempre de libre albedrío, veo en el conjunto algo de divina é indefectiblemente ordenado con soberana presciencia, por donde todo cuanto ocurre es lo mejor que puede ocurrir y todo cuanto se realiza y consuma es para bien, aunque parezca mal por lo pronto; de suerte que el refrán más verídico y piadoso es el que dice: «no hay mal que por bien no venga.» Aplicado esto á los casos particulares me compone una filosofía de la historia, en germen sin duda, poco sutil, nada profunda é ingeniosa, pero muy optimista y rica de esperanzas y de consuelos.

La emancipación de las colonias españolas en el continente americano fué, pues, cuando debió ser, y no pudo ser ni después ni antes. España carecía de fuerza para mantener tanto imperio y era menester que se desbaratara. No hay que discutir si cada uno de los desmembrados fragmentos hubiera alcanzado más tarde mayor eficacia, á fin de constituir, sin largas convulsiones, dictaduras, tiranías y guerras civiles, un Estado libre, próspero y fuerte. Sin discutirlo yo, por fe en la invicta civilización europea, y en que la raza á que pertenezco fué y seguirá siendo una de las más hábiles y activas para crearla, conservarla y difundirla, jamás desconfié de nuestro destino; y, en los instantes más tristes y ominosos, cuando, al ver, en las nuevas Repúblicas, discordias, desquiciamiento y feroces tiranos, se pronosticaban ruinas, sobre las cuales otra raza de más valer vendría á entronizarse, jamás desesperé, no ya de la salud de la patria, sino de algo más amplio y sublime: de la salud de mi gente.

Por lo expuesto comprenderá usted y ponderará mi alegría, al notar la naciente grandeza, la prosperidad, el brío y el orden, que se van mostrando en algunas de las Repúblicas que fueron colonias de España. Hay en ello, para todo español, no una satisfacción, sino un enjambre de satisfacciones de amor propio: la del padre que conoce en el hijo la nobleza de su sangre, anhelando que valga más que él y le supere: la del maestro ó tutor, que, cuando el discípulo ó pupilo se luce, se engríe imaginando que es parte en el triunfo la educación que le ha dado: y para mí, además, la del vidente que se deleita jactándose de que no salieron falsos sus vaticinios.

En la situación actual de las Repúblicas hispano-americanas, y singularmente de la Argentina, concretándonos á aquella que cuenta á usted entre sus ilustres patricios, hay no poco de pueblo naciente y no poco también de prolongación de otro pueblo, que tuvo ya extensa vida y representó lucido papel en el teatro del mundo. Idioma, religión, leyes, costumbres, ciencias, letras y artes, todo lo han recibido ustedes de España. Este tesoro, que no debe desdeñarse para crear otro nuevo, sino aprovecharse para que crezca y se centuplique, consta de dos clases de riqueza; una exclusiva y peculiar de nuestra raza: otra común á toda la civilización europea. Conato de lo imposible sería prescindir de esto ó trastrocarlo adrede para hallar la originalidad y la novedad sin precedentes. Todo esto es harto sólido para que sirva de base sobre la cual pueda erigirse soberbio y nuevo edificio. Nada de esto debe desecharse para levantar desde los cimientos edificio nuevo.

Por lo dicho, lo primero que elogio y lo primero que me es simpático en los escritos de usted es el espíritu conservador y castizo de que están impregnados. Ni tal espíritu perjudica á la originalidad individual del escritor. Para ser original no es necesario desfigurarse, ni disfrazarse, ni descastarse, ni dejar uno de ser quien es y ser otro. Y en cuanto á la originalidad colectiva, en cuanto al sello nacional y distinto, es seguro que ha de ponerse sobre la propia y común sustancia española y no sobre otro elemento de importación ó sobre materia extraña y prestada.

La Miscelánea de usted es una colección de artículos de varios géneros, pero en todos prevalece lo moral y religioso.

Más bien que de crítico-literarios pueden calificarse de filosóficos y doctrinales. En esto se asemejan, aunque van por opuesto camino, á los del ecuatoriano Juan Montalvo: á su Espectador y á sus Siete Tratados. Montalvo y usted han escrito ensayos, como los que Montaigne llamó ensayos, y no como los ingleses, que suelen ser extractos y críticas de libros. Ustedes, con más libertad y sin tomar siempre ocasión de libro alguno, discurren sobre puntos diversos y componen sobre cada punto un tratadito ó disertación breve.

En las tendencias, Montalvo y usted son muy distintos y en el estilo más aún. Montalvo es artificioso y afectadísimo: usted, espontáneo y natural. Montalvo aspira en demasía á decir cosas nuevas y á decirlas como nadie las ha dicho: quiere ser un primor, un dechado de forma. Usted aspira sólo á decir lo que siente y piensa, aunque sea lo que sienten y piensan los demás hombres; y á decirlo con orden y claridad, sin rebuscamiento ni rarezas.

No hay que decir que yo prefiero lo último.

Si usted tratase de ciencias exactas ó de observación, el crítico debería empezar por saber dichas ciencias, y luego decidir si era la verdad lo que usted decía. Pero las materias sobre las que usted diserta, salvo ciertos principios inconcusos, quædam perennis philosophia, en que debemos todos convenir y en que por dicha usted y yo convenimos, tienen tanto de opinables y de controvertibles, que sería en mí exceso de petulancia, ya el declarar á usted depositario y divulgador de la verdad, ya el impugnarle, haciendo patentes sus errores. Necesitaría yo además para esto, no componer un escrito corto, sino un libro tan voluminoso como el de usted.

Si lo que usted sostiene es la recta doctrina, ya convencerán de ello las palabras de usted á quien las leyere, sin necesidad de que vengan las mías en su apoyo. Y si hubiere error en poco ó en mucho, ni yo me hallo con autoridad ni con capacidad para manifestarle, ni la misión de un prologista es entrar en polémica con su prologizado.

Lo que sí me incumbe decir, y lo que puedo decir por fortuna, y ésta, á mi ver, es grande alabanza, es que usted escribe corde bono et fide non ficta, con la sinceridad, con la convicción candorosa, que atrae la atención de los lectores, que les gana la voluntad, que los convence á veces, y que, cuando no los convence, los interesa y conmueve, convirtiéndolos, si no en correligionarios del dogma que se predica, en amigos y parciales entusiastas del predicador.

Entienda usted bien que no quiero expresar con esto más de lo que expreso, ni mostrar mi escepticismo con reticencias. Lo único que yo quiero expresar y que expreso ahora es que, un libro que trata rápida y sumariamente sobre tantos y tan trascendentales asuntos sería ligereza y osadía, ora que yo en todo le declarase conforme á la verdad, ora que en poco ó en mucho le calificase de erróneo.

Lo que sí puedo hacer y hago con sumo contento, sin salir de las dudas escépticas en que la modestia me ha encerrado, es calificar el libro de usted de libro sano, fruto de un entendimiento y de una voluntad sanos también ambos.

Esta sanidad es, en mi sentir, el fundamento de toda buena obra de literatura; es la razón que ha de tener el crítico meramente literario, y no científico ni filosófico, para declarar buena la obra. Consiste dicha sanidad en no dejarse arrastrar de afectos torcidos, aunque sean sinceros; en poner por base el sentido común y no desecharle nunca, aunque sirva de trampolín para brincar por cima de él más allá de las estrellas; en no seguir una dialéctica viciosa por el empeño presuntuoso de parecer más sutil ó más profundo que el resto de los mortales; y en no incurrir en extravagancias para pasar por genios.

La insania de que hablo no impide que el escritor sea tenido por grande; pero yo no gusto de él. Tal vez lo que dice está más conforme con lo que á mí me parece la verdad que lo que dice el escritor sano: pero el error de éste es más simpático y causa menos daño que la verdad en la boca ó en la pluma del otro. Prefiero á Voltaire renegando de todo dogma cristiano á Rousseau ensalzando los Evangelios; y menos mal me parece Carducci componiendo una oda á Satanás, donde su sola afectación es llamar Satanás á la personificación del ingenio humano, que Chateaubriand levantando El genio del Cristianismo sobre un cúmulo de afectaciones.

Declarado ya aquí como sentencia que es usted un escritor sincero, entusiasta sin extravío y sin empeñarse en ser entusiasta, y sano además, añadiré, como parecer individual mío, que me agrada en extremo su modo de pensar de usted, y que en lo más esencial siempre le apruebo y le aplaudo.

Desde luego coincidimos en nuestra estética, fundamento de nuestra crítica. Cuanto dice usted en defensa del poeta colombiano Jorge Isaacs, en el artículo titulado El ideal del poeta, es, bien dicho, lo mismo que yo pienso y siento. Usted niega, como yo, que la poesía sea don funesto, cultivo del dolor; y entiende que no es deformidad ó enfermedad el genio, sino salud más completa, fecunda y dichosa, que la salud de que goza el vulgo.

En el juicio que forma usted de Olegario Andrade estamos de acuerdo, si bien usted se muestra y puede mostrarse más severo que yo porque Andrade es su paisano.

En todos los artículos de usted de asunto religioso son de admirar la ardiente devoción, la fe profunda y la espontánea elocuencia. Y á mí me encanta asimismo que la religiosidad de usted, lejos de estar reñida con el espíritu del siglo, con la creencia en el progreso y con el amor á la libertad, se combina con estas ideas y con estos sentimientos, purificándolos y santificándolos. No se funda la fe católica de usted en escepticismo y pesimismo, como la de Pascal, Bonald, De Maistre y Donoso, sino en optimismo y en confianza mesurada y justa en la razón humana. No es menester para amar á Dios odiar y despreciar al prójimo, antes por amor de Dios más se le ama y más se le respeta. Ni es menester para aceptar una revelación exterior, que viene á nosotros con la palabra, materialmente, ya por los oídos, ya por los ojos, sostener que la luz íntima que Dios nos ha dado, sólo sirve para descubrir é iluminar disparates.

El libro de usted es muy ameno y tan variado que no acertaré á dar idea de todo él sin pecar de prolijo. Contiene cuadros de costumbres, como Liberato; crítica de bellas artes, como El dolor concentrado y Una estatua de Alonso Cano; y encomios de personas ilustres, como los del padre Jordán y de Juana Manuela Gorriti, á la cual, lo confieso con vergüenza para prueba de la incomunicación intelectual en que hemos estado, no había yo oído mentar nunca, aunque usted afirma que comparte con la Avellaneda el imperio literario de la mujer americana en la América española. Y son tales las elocuentes alabanzas que da usted á la Gorriti, que, á ser justas también, y no exageradas por generosa benevolencia, á pesar de mi admiración por la Avellaneda, tengo que conceder á la Gorriti la primacía.

En los artículos en que combate usted vicios sociales ó manías de moda, como la cremación y el suicidio, son de celebrar el saber que usted patentiza, la sencillez y el orden del estilo y el calor con que defiende sus opiniones.

A mi ver, el más bello, sabio y erudito de estos artículos filosóficos, es aquel en que critica usted la obra de José María Ramos Mejía, titulada: Las neurosis de los hombres célebres en la República Argentina. Da motivos esta obra para que usted niegue las neurosis invencibles que destruyen la responsabilidad, para que haga una brillante defensa del libre albedrío y para que impugne el materialismo y no acepte el divorcio entre la razón y la fe, la religión y la ciencia.

Su libro de usted, como todo libro bien escrito y lleno de saber y de talento, no sólo contiene muchas ideas, sino que las despierta en el ánimo de quien lee, ya por ampliación y deducción, ya por contradicción también; pero dejo de poner aquí las mías, para que no me acuse usted de pesadez, se arrepienta de haberme confiado el Prólogo, y perjudique éste el libro en vez de favorecerle.

Baste que yo reconozca, para terminar, que el libro, por fortuna y mérito de usted, y para honra de las letras españolas, en toda su amplitud españolas, no necesita de recomendación ni de apoyo.

Y si por el tomo conocido he de calcular el mérito de los cinco que no conozco aún, me atrevo á afirmar que el día de la aparición de los seis tomos será día fausto en los anales de nuestra total literatura.