IV.

El suelto de La Epoca, acusando á usted de odiar á los españoles, ha dado ocasión á no poco de lo que he dicho en las anteriores cartas, y ha convertido casi en polémica lo que no quiero yo que lo sea. El Sr. Merchán, á quien cito en una de dichas cartas, se da por aludido y me honra dirigiéndome un escrito de 65 páginas de impresión á las que tendré que contestar. Quedo, pues, empeñado en disputas, contra toda mi intención y propósito, que no era otro que el de dar á conocer, hasta donde alcanzasen mis fuerzas, las obras literarias de los hispano-americanos, entre sus hermanos los españoles.

Y ya que voy á empeñarme en esta controversia con el Sr. Merchán, quiero dar por terminado el amago de controversia que con usted he tenido, mas no sin poner antes las siguientes explicaciones ó aclaraciones.

1.ª Que yo no creo en el odio de ustedes contra nosotros, sino en que la moda, la corriente de las ideas y sentimientos del día y nuestra propensión á dejarnos guiar por cuanto se les antoja decir, hasta contra nosotros mismos, á franceses, ingleses y alemanes, hace que ustedes vayan á veces más allá de lo justo en ponderar las crueldades y horrores de la conquista de América, sin advertir acaso que más culpados fueron los antepasados de ustedes que los nuestros, pues no es de creer que cuantos martirizaron, asesinaron y vejaron á los indios se volvieron á España, y sólo se quedaron por ahí los que los amaban y mimaban.

2.ª Que fuesen los que fuesen los crímenes y atrocidades de nuestros antepasados (de ustedes y nuestros), al apoderarse de ese vasto continente, dado el punto de civilización moral que los europeos alcanzaban entonces, no es de presumir que hubieran sido más blandos otros europeos, si les hubiera tocado en suerte hacer lo que hicimos.

3.ª Que yo lamento, como lamenta el más americano de los americanos, que los españoles, por fanatismo ó por desdén, destruyesen monumentos y perdiesen documentos de las semi-civilizaciones peruana, azteca y chibcha: pero ¿qué le hemos de hacer? Sunt lacrimæ rerum. Las conquistas, las invasiones y las revoluciones y cambios, no suelen hacerlos, ni nunca los hicieron, los hombres mansos y suaves, sino los más duros y fuertes. En estos casos, hay poco cuidado en conservar y hay no pequeño prurito de destruir: lo cual en los venideros tiempos se irá remediando; pero entonces ¿cómo se ha de extrañar que causasen graves daños los españoles? ¿Cuántos templos, cuántas estátuas magníficas, cuántos libros no destruirían los cristianos, al acabar con el gentilismo clásico? ¿Qué horrores no harían las hordas del Norte cuando pusieron término en España á la dominación romana? ¿Qué no harían los berberes contra los monumentos y documentos de la civilización romano-bizantino-visogótica que en España había, cuando destrozaron ellos el Imperio fundado por Alarico? Sería cuento de nunca acabar si siguiésemos con estas citas y comparaciones. Baste lo dicho para que recapacite todo hombre de buena fe y confiese, al menos allá en sus adentros, que valía bien poco lo que nosotros destruímos en América en cambio de lo que en América fundamos, creamos é importamos.

4.ª Que la guerra de independencia y separación de esas Repúblicas y la Metrópoli no se puede comparar con la reconquista de España y expulsión de los moros, ni con la separación de Portugal de España, ni menos aun con las guerras entre España y los Países Bajos. Ahí lo que hubo fué una guerra civil de emancipación, entre gente de la misma casta, lengua y costumbres. Todo lo que ustedes ensalcen las hazañas, las virtudes y los talentos militares de Bolivar, Sucre, San Martín y demás héroes, nos halaga, en vez de ofendernos, y nos halaga por dos razones: porque nuestra derrota queda cohonestada, y porque esos héroes, que nos vencieron, hijos de España eran, España los había criado y educado, y á España habían ellos servido hasta el día en que se levantaron en armas contra ella.

Y 5.ª Que yo no he sido impulsado por nadie para contradecir algo de lo que usted dice, sino que, al leerlo y al criticarlo, no podía menos de contradecirlo, sin que desee yo renovar la antigua polémica de usted con el Sr. Llorente Vázquez, ministro que fué de España en esa República: antes bien huyo de intervenir en dicha polémica. No he visto ni estátua ni pintura del Gran Mariscal de Ayacucho, que tenga á sus pies ó el león de España ó la bandera de España: pero, si algo tiene de enojoso para nosotros este modo de representar ustedes su triunfo, no pocos de los versos de usted, tan entusiastas de España y de sus antiguas glorias, nos desagravian por completo.

Estas palabras, que usted pone en boca de Bolivar, nos deben dejar satisfechos:

Ver con audaz mirada un nuevo mundo
De ignoto mar dormido en el regazo,
Y venciendo olas y enemigos vientos,
Y avasallando dudas é ignorancias,
Venir, tomarle, alzarle, y á otro mundo,
Asombrado decir: ¡He aquí tu hermano!
Y á las puntas fiar de cuatro aceros
De sojuzgar naciones la árdua empresa,
Gentes prostrando en número infinitas;
Y arrancar al error millones de almas
Y á la cruel barbarie; las sangrientas
Aras despedazar, do el pecho humano
En atroz agonía se agitaba;
Quitar al sol el usurpado culto
Y devolverle al Criador: triunfante
La cruz alzar en los dorados templos:
¡Qué hazañas! ¡qué grandeza! ¡cuánta gloria!
¿Quién á envidiarlas no se inclina?

Sobra con lo citado para probar que usted no es enemigo, ni denigrador de los españoles, sino encomiador y amigo de ellos, como español de sangre, de origen, de religión y de lengua.

Por mi parte, terminada queda la discusión con usted. Si más adelante, la siguiere yo con el Sr. Merchán, más me excitará á ello la cortesía que el prurito de refutar sus opiniones.

Ahora quiero hablar de Cumandá y de otra novelita de usted. Entre dos tías y un tío, que he leído con grande interés y contento.

Empezaré por la novelita, pues, aunque obra más reciente, es de menos importancia.

El estilo y manera que tiene usted de escribir novelas, son verdaderamente originales porque son naturales. No hay género de literatura en que sea más difícil no caer en la imitación de lo francés ó de lo inglés, á no adoptar algo de arcáico y afectado, tomando por modelo nuestras antiguas novelas de los siglos XVI y XVII. Por dicha, usted evita ambos escollos. La naturalidad espontánea y sencilla salva á usted de remedar á nadie, y sin aspirar á la originalidad, la tiene usted, sin nada de rebuscado y de raro. En las narraciones de usted no se ve el arte, aunque sin duda le hay. Se diría que usted cuenta lo que ha visto ó lo que le han contado, como Dios le da á entender, y como si jamás hubieran contado otros ó usted los hubiera leído ú oído.

Las descripciones de la gira campestre, de la quinta á orillas del río, de los amores de Juanita y Antonio, tan candorosos é inocentes, y del egoísmo de las tías, y de la casi irresponsable brutalidad del tío don Bonifacio, siempre borracho, parecen la pura realidad.

Para que no sigan los amores de Juanita, porque Antonio es pobre, y doña Tecla cobra y disfruta la pensión de orfandad de su sobrina, doña Tecla envía á la muchacha, desde Ambato, donde vive, á Quito, donde reside Marta, su hermana. Doña Marta es una beata escrupulosa y asustadiza, que atormenta y muele á la pobre Juanita, más aún que doña Tecla. Un joven militar ve á Juanita en misa, la persigue, la piropea y la pretende, delante de doña Marta, que no le infunde respeto. Doña Marta, entonces, que es egoísta en extremo, y no quiere compromisos ni desazones, escribe á su hermana para que venga el tío Bonifacio y se lleve á Juanita á Ambato otra vez.

En esta vuelta de Quito á Ambato, en este viaje, están el más vivo interés y la acción de la novela. Se nota que el autor, aunque ligero y sobrio en las descripciones, conoce á palmos el terreno: aquello no es fantástico, es real, y esta realidad hace que todo sea más interesante.

Antonio, que sabe el viaje, ha dispuesto robar, durante el viaje, á Juanita. Todo lo ha preparado para robarla y casarse en seguida con ella, y se lo ha dicho á ella por medio de una carta.

Sorprende el tío la carta, mientras Juanita duerme, en una posada en que hacen noche, y, como es un borracho crónico que presume de agudo y listo, toma con Juanita por atajos y veredas extraviadas, á fin de no tropezar con el raptor á quien debían acompañar dos amigos. La resistencia de Juanita á salirse del camino que debían seguir; la brutal violencia con que el tío pega al caballo de Juanita para que vaya por donde él quiere; y el cansancio y el terror de Juanita cuando la noche llega de nuevo y los sorprende cerca del río, que viene muy crecido, todo aumenta la ansiedad del lector y la compasión que Juanita inspira.

Ya están cerca de Ambato: pero es menester antes vadear el río. Don Bonifacio, más valeroso que de costumbre, merced á frecuentes libaciones, halla á un hombre conocido suyo que le muestra el vado. Juanita se aterra más que nunca y no quiere pasar: pero el tío castiga el caballo de Juanita que al fin se echa al agua.

Así llegan á la orilla opuesta. Don Bonifacio oye la voz de Juanita, que dice: ¡Jesús me valga! pero ve que el caballo de Juanita ha pasado y le sigue.

De repente aparecen tres hombres á caballo. Don Bonifacio cree que son Antonio y sus dos amigos y se llena de terror. Los tres de á caballo corren en otra dirección que la que lleva don Bonifacio, quien ve, sin poderlo evitar, que el caballo de Juanita va con ellos.

Desesperado llega don Bonifacio á Ambato. Cuenta el rapto á doña Tecla, cuyo furor es terrible. Se pone en movimiento la policía, y don Bonifacio con ella, y á la mañana siguiente encuentran á Antonio y á sus amigos en una quinta. Piden la entrega de la mujer robada, y niega el rapto Antonio. La buscan y no la encuentran. Por último, unos indios, en parihuelas hechas de ramaje, traen el cadáver de la infeliz Juanita, que han encontrado á la orilla del río. El caballo de Juanita, ya sin jinete, había seguido á los de los tres caminantes que ninguna relación tenían con Antonio y sus amigos.

La desesperación de Antonio y la bestial estupefacción del tío Bonifacio no tuvieron límites con este desenlace. Doña Tecla lloró la muerte de Juanita. Su dolor crecía cuando llegaban los últimos días del mes y no podía cobrar la pensión.

Contado todo esto, como yo lo cuento, no tiene gracia: pero, ¿cómo dar de otra suerte idea de una novela? Claro está que en Juanita y en Antonio, fuera del amor inocente y profundo que los anima y de la bondad de ambos, no hay muy marcada y distinta fisonomía, ni era posible dársela en tan corta novela: pero las dos tías y el tío, como caracteres cómicos, más fáciles de individualizar, están hábil y graciosamente pintados. Los usos y costumbres lo están también; y, durante la lectura, imagina uno que vive en el Ecuador, treinta ó cuarenta años hace.

Muchísimas novelas se han escrito y se siguen escribiendo en toda la América española. No pocas de ellas merecerían ser más conocidas y leídas en España y por todo el mundo. Hay novelas chilenas, argentinas, peruanas, colombianas y mejicanas. Yo he leído ya bastantes, pero declaro que ninguna me ha hecho más impresión hasta ahora, y me ha parecido más española y más americana á la vez, mejor trazada y escrita que Cumandá. Aquello es en parte real y en parte poético y peregrino.

El teatro, en que se desenvuelve la acción, es admirable y grandioso y está perfectamente descrito. El autor nos lleva á él, trepando por la cordillera de los Andes, pasando el río Chambo de rápida é impetuosa corriente, oyendo el ruido de la catarata de Agoyan, y mostrándonos, desde la cumbre del Abitahua, por una parte la ingente cordillera, coronada de hielo, y, á nuestros pies, la inmensa y verde llanura, la soledad sin límites, las selvas primitivas, frondosas y exuberantes, por donde corren, regándolas y fecundizándolas, el Napo, el Naray, el Tigre, el Morona, el Chambira, el Pastaza y otros muchos ríos caudalosos, que van á acrecentar la majestuosa grandeza del Amazonas.

El autor nos hace penetrar en aquellos misteriosos y fértiles desiertos, por donde vagan tribus de indios salvajes. Allí, si por un lado oye el hombre una voz que le dice, ¡cuán pequeño, impotente é infeliz eres!; por otro lado, oye otra voz que le dice: eres rey de la naturaleza; estos son tus dominios. Excepto Dios y tu conciencia, aquí nadie te mira ni sojuzga tus actos.

Tal es el sublime teatro de la acción de Cumandá. Las sombras de la espesa arboleda, las sendas incultas, la fragancia desconocida de las flores, el sonar de los vientos, el murmurar de las aguas, todo está descrito con verdadera magia de estilo.

Se diría que el autor templa, excita y prepara el espíritu de los lectores, para que la extraña narración no le parezca extraña, sino natural y vivida.

No me atrevo á contar la acción en resumen. No quiero destruir el efecto, que á todo el que lea la hermosa novela de usted debe causar su lectura.

Los jesuítas, á costa de inmensos sacrificios, de valor y de sufrimiento, habían cristianizado á muchos de los más indómitos y fieros salvajes de aquellas regiones; y en ellas habían fundado no pocas aldeas. La pragmática sanción de Carlos III, expulsándolos, vino á deshacer en 1767, la obra de civilización tan noble y hábilmente empezada.

El tiempo de la novela es á principios del siglo presente, en pleno salvajismo de aquellas apartadas comarcas.

Hay, no obstante, una misión ó aldea de indios cristianos. El sacerdote que la dirige, es un rico hacendado, á quien, en una sublevación, los indios habían incendiado hacienda y casa, dando muerte á su mujer y á su hija.

El hijo del misionero, que se había salvado y vivía con él en la misión, es el héroe de la novela. Sus castos amores con Cumandá, y las extraordinarias aventuras, á que dan ocasión estos amores, forman la bien urdida trama de la novela.

¿Cómo negar, no obstante, que, desde cierto punto de vista, la novela tiene un grave defecto? La heroina, Cumandá, apenas es posible, á no intervenir un milagro: y de milagros no se habla. La hermosura moral y física del ser humano es obra artificial ó sobrenatural. O nace en un estado paradisiaco y de una revelación primitiva, de que por sus pecados cayó el hombre, ó renace por virtud de revelaciones sucesivas y de progresivos esfuerzos de voluntad y de inteligencia. La hermosura moral y física de la mujer, más delicada y limpia, que la del hombre, requiere aun mayor cuidado, esmero y esfuerzo, para que nazca y se conserve. Difícil de creer es, por lo tanto, que Cumandá, viviendo entre salvajes, feroces, viciosos, groserísimos, moral y materialmente sucios, y expuestos á las inclemencias de las estaciones, conserve su pureza virginal, y sea un primor de bonita, sin tocador, sin higiene y sin artes cosméticas é indumentarias. Cloe, en las Pastorales de Longo, no vive al cabo entre gente tan brutal, y toda su hermosura resulta además estéticamente verosímil, ya que Pan y las Ninfas la protejen y cuidan de ella. Cloe es un sér milagroso, y, para los que creían en Pan y en las Ninfas, en perfecto acuerdo con la verdad. Pero como Cumandá no tiene santo, ni santa, Dios, ni Diosa, ni hada, que tan bella y pura la haga y la conserve, es menester confesar que resulta dificultoso de creer que lo sea.

En muestras de imparcialidad, yo no puedo menos de poner este reparo á la novela de usted: pero, saltando por cima, haciendo la vista gorda y creyendo á Cumandá posible y hasta verosímil, la novela de usted que, con el hechizo de su estilo nos induce á creer posible á Cumandá, es preciosa, ingeniosa, sentida, y llega á conmovernos en extremo.

Fuera de Cumandá, todo parece real, sin objeción alguna. Las tribus jívaras y záparas, y las fiestas, guerras, intrigas, supersticiones y lances de dichas tribus y de los demás salvajes, están presentados tan de realce, que parece que se halla uno viviendo en aquellas incultas regiones.

El curaca Yahuarmaqui, que significa el de las manos sangrientas, es como retrato fotográfico: él y los adornos de su persona y tienda, donde lucen las cabezas de sus enemigos, muertos por su mano: cabezas reducidas, por arte ingenioso de disección, al tamaño cada una de una naranjita.

Carlos, héroe de la novela y amante de Cumandá, no tiene grande energía ni mucha ventura para libertar á su amada: pero, en fin, el pobre Carlos hace lo que puede. Cumandá, en cambio, es pasmosa por su serenidad y valentía. Cuando la casan con el curaca Yahuarmaqui, la inquietud y el temor llenan el alma de los lectores. El curaca, por dicha, tenía ya más de setenta años, y muere á tiempo: muere la noche misma en que debe poseer á Cumandá. Pero la desventurada muchacha, con la muerte de Yahuarmaqui, pasa de Herodes á Pilatos. La deben sacrificar como á la más querida de las mujeres del curaca para que le acompañe en la morada de los espíritus. La fuga nocturna de Cumandá, por las selvas, es muy interesante y conmovedora. Los lances de la novela se suceden con bien dispuesta rapidez para llegar al desenlace. Cumandá es una generosa heroina. Para salvar á Carlos, que ha caído prisionero, y para evitar á la misión una guerra con el sucesor de Yahuarmaqui y su tribu, se va Cumandá de la aldea del padre Domingo, donde había buscado refugio, y se entrega á los salvajes, que la sacrifican. Luego se descubre que Cumandá era la hija del padre Domingo, á quien éste creía muerta cuando incendiaron su hacienda, y á quien una india, movida á compasión, había salvado y criado á su manera. Todos los incidentes de la catástrofe, del reconocimiento, del dolor del padre Domingo y de Carlos, están hábilmente concertados. Aceptada la posibilidad de tan sublime, casta, pura y elegante Cumandá, haciendo entre salvajes, vida salvaje, la narración parece verosímil y con todos los caracteres de un suceso histórico.

La verdad es que, dado el género, aunque rabien los naturalistas, la novela Cumandá es mil veces más real, más imitada de la naturaleza, más producto de la observación y del conocimiento de los bosques, de los indios y de la vida primitiva, que casi todos los poemas, leyendas, cuentos y novelas, que sobre asunto semejante se han escrito.

En mi sentir, usted ha producido en Cumandá una joya literaria, que tal vez será popularísima cuando pase esta moda del naturalismo, contra la cual moda peca la heroina, aunque no pecan, sino que están muy conformes los demás personajes.

Las dos novelas, que de usted conozco, me incitan á desear leer otras que haya usted escrito, ó que escriba usted otras para que las leamos.

TRADICIONES PERUANAS
(Á D. RICARDO PALMA)

Muy estimado señor mío: Grandísimo gusto me ha dado el recibir y leer el libro que usted me envía, recién publicado en Lima con el título de Ropa vieja; lo que me aflige es la segunda parte del título: Última serie de tradiciones. En esas historias, que usted refiere como el vulgo y las viejas cuentan cuentos, donde hay, según usted afirma, algo de verdad y algo de mentira, yo no reconozco ni sospecho la mentira sino en las menudencias. Lo esencial y más de bulto es verdad todo, en mi sentir, salvo que usted borda la verdad, y la adorna con mil primores que la hacen divertida, bonita y alegre. Por esto me duele la frase amenazadora Última serie de tradiciones. Quisiera yo, y estoy seguro de que lo querrían muchos, que escribiese usted otros tres ó cuatro tomos más sobre los ya escritos. Yo tengo la firme persuasión de que no hay historia grave, severa y rica de documentos fehacientes, que venza á las Tradiciones de usted, en dar idea clara de lo que fué el Perú hasta hace poco y en presentar su fiel retrato.

Soy andaluz, y no lo puedo remediar ni disimular. Soy además y procuro ser optimista. Y como me parece esa gente que usted nos pinta, la flor y nata del hombre y de la mujer de Andalucía, que se han extremado y elevado á la tercera potencia al trasplantarse y al aclimatarse ahí, todo me cae en gracia y no me avengo con las declamaciones que hacen algunos críticos americanos, al elogiar la obra de usted como sin duda lo merece.

¿Para qué he de ocultárselo á usted? Aunque soy muy entusiasta de la América española ó dígase latina, ya que por no llamarla española le han puesto ustedes ese apodo, confieso que me aburre, más que me enoja, la manía de encarecer, con lamentos ó con maldiciones, todas las picardías, crueldades, estupideces y burradas, que dicen que los españoles hicimos por ahí. Se diría que los que fueron á hacerlas, las hicieron, y luego se volvieron á España, y no se quedaron en América sino los que no las hicieron. Se diría que la Inquisición, los autos de fe, las brujas y los herejes achicharrados, la enorme cantidad de monjas y de frailes, la afición á la holganza y á los amoríos, la ninguna afición á trabajar, y todos los demás vicios, horrores y defectos, los llevamos nosotros ahí, donde sólo había virtudes y perfecciones. Se diría que nada bueno llevamos nosotros á América, ni siquiera á ustedes, ya que, en este supuesto, ó no serían ustedes buenos, ó serían indios, ó nacerían ahí, no de padres y madres españoles, sino por generación espontánea. Y se diría, por último, que de todos los milagros que hicieron los santos que hubo en el Perú, tiene España la culpa, como si sólo en España y en sus colonias se hubieran hecho milagros, se hubieran quemado brujas, y hubiera sido la gente más inclinada al bureo que al estudio, al despilfarro que al ahorro, á divertirse, que á atarearse.

Si aquellos polvos traen estos lodos; si de resultas de no haber filosofado bien, de haber sido holgazanes y fanáticos, y de los otros mil pecados de que se nos acusa, somos hoy más pobres, más débiles, más desgobernados y más infelices nosotros que los franceses y que los ingleses y alemanes, y ustedes que los yankees, no está bien que toda la culpa caiga sobre nosotros, y que los discursos de esos críticos sean una paráfrasis de aquello que dijo el cazo á la sartén: «quítate que me tiznas.»

Procuremos enmendarnos aquí y ahí; arrepintámonos de nuestras culpas, y no juguemos con ellas á la pelota, arrojándonoslas unos á otros. ¿Quién sabe entonces, si es que la elevación de unas naciones sobre otras y el predominio nacen de merecimientos y no de circunstancias y de leyes históricas, que tal vez se sustraen á la voluntad humana, y que tal vez ni se prevén ni se explican por los entendimientos más agudos; quién sabe, digo, si volveremos á levantarnos de la postración y hundimiento en que nos hallamos ahora?

Entretanto, lo mejor es que cesen las recriminaciones que á nada conducen; y lo peor es que cada español ó cada hispano-americano se crea ser excepcional y reniegue de su casta, en la cual se considera el único discreto, hábil, listo, laborioso, justo y benéfico.

Va todo esto contra los críticos de ahí, que, al elogiar su obra de usted, nos maltratan. Nada va contra usted, que describe la época colonial como fué, pero con amor, piedad, é indulgencia filiales.

Su obra de usted es amenísima: el asunto está despilfarrado, tan conciso es el estilo. Anécdotas, leyendas, cuentos, cuadros de costumbres, artículos críticos, todo se sucede con rapidez, prestando grata variedad á la obra, cuya unidad estriba en que todo concurre á pintar la sociedad, la vida y las costumbres peruanas, desde la llegada de Francisco Pizarro hasta casi nuestros días.

En la manera de escribir de usted hay algo parecido á la manera de mi antiguo y grande amigo Serafín Estébanez Calderón, El Solitario; portentosa riqueza de voces, frases y giros, tomados alternativamente de boca del vulgo, de la gente que bulle en mercados y tabernas, y de los libros y demás escritos antiguos de los siglos XVI y XVII, y barajado todo ello y combinado con no pequeño artificio. En El Solitario había más elegancia y atildamiento: en usted mucha más facilidad, espontaneidad y concisión.

Por lo menos, las dos terceras partes de las historias que usted refiere, me saben á poco: me pesa de que no estén contadas con dos ó tres veces más detención y desarrollo. Algunas hay en las que veo materia bastante para una extensa novela, y que, sin embargo, apenas llenan un par de páginas de su libro de usted.

Aunque es usted tan conciso, tiene usted el arte de animar las figuras, y dejarlas grabadas en la imaginación del lector. Los personajes que hace usted desfilar por delante de nosotros, vireyes, generales, jueces, frailes, beatas, mozas regocijadas, inquisidores, insurgentes y realistas nos parecen vivos y conocidos, como si en realidad los tratásemos.

De cuanto queda dicho, infiero yo, y doy por cierto, que es usted un escritor muy original y de nota, cuya popularidad por toda la América española es fundadísima, cunde y no ha de ser efímera, sino muy duradera.

Confieso que no sé á qué narración he de dar la preferencia. Apenas hay una que no me haya divertido ó interesado.

Á la Protectora y á la Libertadora, ó dígase, á las amigas favoritas de San Martín y de Bolívar cuyas vidas y lances de amor y fortuna usted refiere, no me parece sino que las estoy viendo, cuando andaban triunfantes al lado de sus respectivos héroes.

El Clarin de Canterac, que con su incesante toque á degüello se creía que iba á dar en Junin la victoria á los españoles, y que prisionero él, y ya vencidos los españoles, tuvo que meterse fraile para no ser fusilado, es historia tan singular, que apenas parece verdadera.

Aun es más singular y más característica la historia de Fr. Pedro Marieluz, acérrimo enemigo de los insurgentes, á quienes creía herejes y excomulgados vitandos. Un jefe militar realista, cuyo nombre no quiero poner aquí, porque él ha figurado después mucho en España y usted le atribuye una crueldad espantosa, descubrió cierta conjuración, y prendió á trece de los principales conjurados. Por más que hizo, no logró el general arrancarles los secretos de la conjuración. Mandó entonces fusilarlos, no sin que antes el P. Marieluz los confesara. Los confesó, y fueron fusilados.

Entonces quiso el general que el P. Marieluz le descubriese toda la trama, que sin duda en la confesión le habían dicho los trece. El fraile se negó, á pesar de halagos y amenazas.

—De rodillas, fraile,—dijo entonces el general.

El fraile se puso de rodillas.

El general exclamó luego:

—¡Preparen, apunten!

Y, volviéndose á la víctima, dijo con voz imponente:

—Por última vez, en nombre del Rey, le intimo que declare.

—En nombre de Dios, me niego á declarar,—contestó el Fraile con acento débil, pero reposado.

—¡Fuego!...

Y Fr. Pedro Marieluz, noble mártir de la Religión y del deber, cayó destrozado el pecho por las balas.

Las historias cómicas y alegres abundan más, por dicha, que las trágicas, descollando por lo gráfico de las costumbres de por ahí, en otros días, El motín de limeñas, La victoria de las camaroneras y La querella de los barberos.

La historia de El Capitán Zapata, que no ocupa dos páginas enteras del libro de usted, se presta y aun convida á escribir una novela de aventuras extraordinarias, de dos ó tres volúmenes. ¿Vivió ese Capitán Zapata, ó le ha inventado usted? ¿Fué de cierto al Perú y se hizo rico con una mina del Potosí que descubrió y á la que dió su nombre? ¿Volvió rico á Cádiz y desapareció luego? El desenlace, real ó imaginado, no se sospecha. Peláez, el amigo y protegido de Zapata, vuelve á España también, y busca en balde á su protector y antiguo amigo. Cae, por último, Peláez en poder de corsarios, que le llevan á Argel, ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con que el Gran Visir era Zapata, morisco y musulmán disimulado antes, que, huyendo de la Inquisición, se había pasado á tierra de moros, con todo lo que en el Perú había ganado!

Casi estoy por decidirme y declarar á usted que de cuantas tradiciones contiene esta última serie, ninguna me agrada tanto como El alacrán de Fray Gómez.

Figura de verdad, en el siglo XVI, es el honrado castellano viejo, buhonero arruinado, que no tiene con que sustentar á su mujer é hijos, que no halla quien le preste quinientos duros, con los cuales entiende que lograría rehacerse, y que no se desespera, sino que, lleno de fe, y de confianza en Dios, acude á su siervo Fr. Gómez, que estaba en olor de santidad, y que es pobre, pero que sabe y suele hacer milagros.

Fr. Gómez se compadece del buhonero; pero en su pobre celda no hay dinero ni alhajas, ni trasto que valga dos reales.

De pronto ve Fr. Gómez cerca de la ventana, sobre la pared encalada, un alacrán que va corriendo. Arranca Fr. Gómez una hoja del libro devoto que leía, coge bonitamente el alacrán, y le envuelve en aquel papel.

—Tome, hermano, esta prenda, y acuda á un joyero que le prestará sobre ella el dinero que necesita.

El buhonero llevó la prenda al joyero, que al verla se quedó pasmado. Era un alfiler ó prendedor magnífico, de oro con esmalte, el cuerpo una esmeralda, un enorme diamante la cabeza y dos rubíes los ojos.

El joyero hubiera dado miles de duros sobre tan rica prenda: pero el castellano viejo no quiso tomar ni tomó sino quinientos, y por seis meses.

Con aquel corto capital, en verdad bendito, prosperó y se enriqueció pronto el buhonero; desempeñó la joya y la devolvió á Fr. Gómez.

Éste la sacó del papel, la puso en el sitio en que la había hallado, y dijo:

—¡Animalito de Dios, sigue tu camino!

El alacrán echó á correr, y se largó á sus asuntos como si tal cosa.

Para mi modo de sentir, este cuento es precioso, simbólico, instintivamente filosófico, de la más sana y alegre filosofía.

Los juicios literarios, el discurso académico, todo lo demás, en suma, que el libro contiene, me parece muy bien asimismo. Sólo me pesa de su aborrecimiento de usted á los Jesuítas y de lo mal que los quiere y los trata. Pero, en fin, no hemos de estar de acuerdo en todo.

Mil gracias por el envío de su divertidísimo libro.

UN POLÍGRAFO ARGENTINO
(AL SEÑOR DON SANTIAGO ESTRADA)