III.

Descartando de su Ojeada de usted toda la soñada civilización india y todo el enojo de usted contra España y tal vez sus remordimientos como de origen español por haber destruído tamaña preciosidad, vuelvo á la creencia del vulgo y me represento á los primitivos aventureros colonos llegando á un país de salvajes ó de semisalvajes luchando contra una naturaleza poderosa é inculta y tratando de fundar ahí y fundando colonias europeas.

En este supuesto, y siguiendo la Ojeada de usted, y resumiéndola mucho, hemos de confesar que no lo hicieron tan mal los aventureros españoles y que llevaron ahí los animales y las plantas útiles de Europa, y la agricultura y la industria, y la religión y la moral cristianas; que fundaron ciudades y que crearon para la civilización un Nuevo Mundo, que si llega un día á competir con el antiguo y á no ser inferior á la parte de él que colonizó la raza inglesa, nos dará satisfacción y gloria á los españoles peninsulares, los cuales por el lado filantrópico, ó dígase humanitario, hemos hecho más que los ingleses, ya que hemos civilizado á algunos indios y hemos procurado civilizarlos á todos hasta donde nosotros lo estábamos. Mas no podíamos dar, porque nemo dat quod in se non habet.

Bajo la dominación de España hubo un clero en el Ecuador, el cual (usted lo confiesa) «se dedicó al cultivo de la inteligencia, puso en acción el habla y las razones para reducir las almas á la fe, tocó los resortes de la conciencia, despertó los instintos de moralidad y acertó á consolar grandes pesares». No contentos con esto, el gobierno y el clero de España fundaron allí buenas escuelas y ricas bibliotecas, donde, según usted afirma, «había preciosísimos manuscritos en todo ramo de literatura y aun sobre ciencias», lamentando usted que, después de declararse el Ecuador independiente, todo esto se haya tirado, se haya perdido ó se haya vendido á extranjeros, en vez de haberlo cuidado y aumentado. «Rubor nos causa decirlo, añade usted, porque no quisiéramos pasar por bárbaros; pero sólo en el Ecuador se ha visto gobierno que en vez de enriquecer un establecimiento de tal naturaleza, la biblioteca pública, la haya despojado de objetos que en otras naciones se hubieran conservado con veneración».

Peor aun que con la biblioteca pública (que fué la de los padres jesuítas) se condujeron ustedes, ya independientes, con las bibliotecas de otros conventos. «Ni los gobiernos ni los prelados, dice usted, han tomado interés en que tales depósitos del saber humano se mejoren ó se conserven». Centenares de volúmenes se han vendido á real, sin duda para envolver alcarabea.

Para que vea usted cuán imparcial y desapasionado soy, yo creo que usted exagera las pérdidas y la feroz destrucción de la literatura y de la ciencia coloniales por los ya libres ecuatorianos, como exageró antes la destrucción de la ciencia y de la literatura quichuas por sus conquistadores.

La verdad debe de ser que en esa naciente colonia, tan remota, no pudo haber muy notables producciones literarias, durante el siglo XVI, cuando la colonia materialmente se establecía; ni tampoco en el siglo XVII, durante el cual la misma metrópoli estaba en decadencia y bastante inficionada por el culteranismo y por el fanatismo. Lástima es, con todo, que se hayan perdido escritos históricos, y algunos versos culteranos, como los de la poetisa quiteña doña Jerónima Velasco, á quien Lope eleva á las estrellas, en el Laurel de Apolo; la llama divina, y la coloca sobre Erina y Safo. Algo había de valer esta doña Jerónima, á pesar de la sabida prodigalidad de Lope en las alabanzas.

Por lo demás, la poesía ecuatoriana del siglo XVII era extremadamente gongorina; y los poetas, jesuítas ó discípulos de jesuítas. El Ramillete de varias flores poéticas, publicado en Madrid en 1676 por el guayaquileño Jacinto Eria, nos da muestras de todo lo dicho, bastantes para consolarnos de que otras flores del mismo suelo y condición cayesen en el río del olvido y se perdieran, arrebatadas por la corriente, sin llegar á formar ramilletes nuevos.

Restaurado después el buen gusto, ya á mediados del siglo XVIII, empieza verdaderamente á florecer la literatura en el Ecuador. Sus más hábiles y dichosos cultivadores fueron aun los padres jesuítas, cuya tiránica expulsión de todos los dominios de España fué un mal grande para el Ecuador. Sacó de ahí el más fructífero centro de cultura y perjudicó mucho á las florecientes misiones en que los padres atraían á los indios á la vida pacífica y cristiana, á la agricultura y á la civilización. Aquellos jesuítas ecuatorianos fueron, como los españoles de la Península, á refugiarse en Italia, y en Italia dieron también claro testimonio de su saber y su ingenio.

Sería adulación suponer que descolló entre estos jesuítas ecuatorianos ninguno de aquellos varones portentosos que se llaman genios; pero, ¿cómo negar que hubo hombres de talento no común, no indignos compañeros de nuestros Islas, Hervás, Andrés y Lampillas, y que en Italia mostraron la ilustración que tuvo y difundió la Compañía, así en la Península como en sus más distantes colonias? El país en que se habían formado hombres como los padres Velasco, Aguirre, Rebolledo, Garrido, Andrade, Crespo, Arteta, Larrea, Viescas y Ullauri, era sin duda un país donde las letras se cultivaban con éxito y con esmero. Las poesías en castellano, en italiano y en latín, de estos expatriados jesuítas, son muy estimables. En mi sentir, usted se muestra con ellas más severo que indulgente. Entre los expulsados jesuítas ecuatorianos hubo también naturalistas, eruditos é historiadores. El padre Juan de Velasco, por ejemplo, nos ha dejado una interesante Historia del Reino de Quito.

A pesar de la expulsión de los jesuítas, no se amortiguó ahí la antorcha del saber. Bien merece llamarse ilustrado en las colonias el gobierno de Carlos III y de sus sucesores hasta el momento en que se proclamó la independencia. La más brillante demostración de tal verdad la dieron los mismos eminentes americanos que tanto honraron á su patria en las Cortes de Cádiz, que pelearon por la independencia y que la cantaron en hermosos é inmortales versos. Sucre, Bolivar, Olmedo, Bello y muchos otros, bajo el régimen colonial habían sido educados.

Olmedo es el más notable de los poetas hispano-americanos lírico-heroicos. Merecidos son los elogios que usted le tributa. Nada puedo añadir ni nada quiero rebajar tampoco. Mi querido amigo D. Manuel Cañete ha escrito un hermoso estudio sobre Olmedo, y usted reconoce que no le escatima los aplausos y que le perdona la dureza con que á veces nos trata, por la hermosura de la dicción y por la sublimidad poética y por la pasión de patriotismo exclusivo que al vate inspiraba entonces.

Si yo procediese con enojo, y no con afecto, diría ahora: ¿Cómo fué que desde que ustedes sacudieron el pesado yugo de España (no hablamos aquí de ciencias, pues me limito á hablar de la poesía de que habla la Ojeada) apenas han tenido ustedes un buen poeta? La Ojeada llega, creo, hasta 1868, y hasta entonces no cita usted autor de versos que se eleve sobre el nivel de la medianía.

Casi todos los poetas son doctores: el doctor Riofrío, el doctor Carvajal, el doctor Corral, el doctor Cordero, el doctor Castro, el doctor Avilez, el doctor Córdoba. A todos estos doctores, y á otros que no lo son, los iguala usted en el tocar ó pulsar la lira. A todos, al ponerlos usted en su Ojeada, los pone en berlina, con delectación morosa, examinando sus composiciones y dejándolas harto mal paradas.

Me admiro de la crueldad de usted, tal vez indispensable. En pradera regada por una mala pero fecundante fuente Hipocrene, donde crecen con viciosa lozanía tantas yerbas inútiles ó nocivas, que tal vez ahogan el trigo y las bellas flores que pudieran granar, ó abrirse y ofrecer alimento ó aroma, me le figuro á usted armado de terrible almocafre, escardando cuanto hay que escardar sin reparo y sin lástima.

¿Qué estragos no hace su almocafre de usted en esa Lira ecuatoriana, jardín de selectas plantas reunidas por otro doctor, el doctor Molestina? El verdadero molesto ha sido usted, y no él. Usted declara que el desventurado doctor Molestina no anduvo feliz en la elección de las piezas: maldice la abundancia; asegura que se contentaría con diez composiciones dictadas por las musas, y exclama, por último, «cargue el demonio con todo lo demás, que acaso es obra suya.»

Pero hablando con mayor seriedad, usted no es molesto sino al doctor Molestina y á los poetas que usted severamente censura. Su Ojeada de usted está llena de excelentes consejos, de gracia, de discreción y de muy sana crítica. La pintura que hace usted de los vicios de la poesía en el Ecuador y en toda la América meridional es tan atinada y viva que no parece sino que puede aplicarse á los malos poetas que también abundan por aquí. La diferencia está en que aquí, salvo cuando la apasionada enemistad mueve la pluma, nadie critica á mi ver con la crudeza que usted critica. Tal vez suponemos que lo malo morirá de muerte natural, sin que el crítico lo mate. Tal vez templa aquí el rigor crítico la consideración que tan chistosamente aduce usted de que el poeta dice sus inmortales y maravillosos versos, inspirado por el Dios, de suerte, que cuando el Dios no le inspira, suele decir vulgaridades ó desatinos, y así, es menester sufrir éstos para que salgan aquéllos á relucir, pues el poeta mismo ignora cuándo le inspira el Dios, cuando no le inspira nadie, ó cuando le inspira y le empecata el diablo. En apoyo de esto cita usted, con oportunidad ingeniosa, ciertas elocuentes razones de Platón, y el ejemplo que Platón ofrece de un detestable poeta, llamado Tinico de Calcis, el cual acertó á hacer una magnífica oda. Lo singular es que usted después de traer tales argumentos en favor de la indulgencia, maldito el caso que de ellos hace, y sin considerar que los Tinicos de por ahí acaso escriban alguna otra oda tan magnífica ó más que la del de Calcis, me los pone de vuelta y media por las malas odas que ya han escrito.

Apenas hay género de poesía lírica cuyos defectos no marque usted con juicio. Las políticas son artículos de fondo rimados, en lenguaje gacetero: «son arengas demagógicas, valentonadas quijotescas, exabruptos delirantes, disertaciones flemáticas ó exposiciones de proyectos maravillosos para el futuro engrandecimiento del pueblo.» Para aparentar que hay en ello poesía afirma usted que los autores ponen en sus coplas muchas interrogaciones é interjecciones, puntos suspensivos, ridículas hipérboles é insultos desaforados.

En la poesía amatoria aún halla usted más feos lunares. Por lo común, el poeta que ya ha obtenido favores de una dama, ó por celoso ó por hastiado, la harta de desvergüenzas ó expresa con abominable encarecimiento

El bien pasado y la ilusión perdida.

Es graciosa esta cita de usted: es de un autor que ha dado á luz un tomo titulado Tristezas del alma, y habla del último beso dado á su querida:

Beso postrero... sudario
de la ilusión del primero,
Vago, triste, lastimero
Como el ay de la orfandad:
Última flor arrancada
Al árbol de los amores,
Horrorosa campanada
Que suena en la eternidad.

Y usted añade con razón: «En materia de besos, bastantes disparates han dicho otros poetas; pero no hemos visto ni tenemos noticia de que ninguno haya llegado al extremo del autor de estos versos.»

Mucha culpa de semejante disparatar la tiene, según usted, «el prurito de mostrarse descontento de la propia suerte, de lamentarse de males que no se sabe dónde están, de pintar una tristeza que está bien lejos del corazón, de fingir pasiones imposibles y deseos fuera de toda ley racional, y de llamar á la muerte cuando acaso menos se la desea».

«Muchos amantes, dice usted en otro lugar, reconvienen á sus Nices, Lais ó Maritornes, dirigiéndoles billetes de eterna despedida, donde campean junto á un piropo desabrido una amarga burla, al lado de un mentiroso recuerdo una picante ironía, é ingerta en una tonta promesa una amenaza aún más tonta. Espronceda, con su canción delirante ó crapulosa, si así puede decirse, dirigida á Jarifa, es el maestro de nuestros poetas eróticos; pero los discípulos han sobrepujado tanto al vate español, que, si viviera, se avergonzaría de la frialdad de sus versos.»

Justo y saludable es el enojo con que truena usted contra el afán de imitar al ya citado Espronceda, á Byron, á Lamartine y á Víctor Hugo, exagerando sus faltas y no acertando á reproducir sus bellezas. Los ejemplos que pone usted son curiosos. Hay un poeta que, para combinar bien lo fúnebre con lo orgiástico, nos describe un banquete celebrado por él en el cementerio, donde turba el augusto silencio de las tumbas con música irónica y carcajadas infernales. Hay otro que, en el día del juicio final, se presenta delante de Dios con su querida de la mano, le dice que aquélla es su señora, que es muy guapa, que su amor es su virtud, que no quiere más cielo que ella, y amenaza al que se atreva á disputársela. Y hay otro, por último, que escribe una leyenda, ó fragmento de una leyenda imitando El Estudiante de Salamanca, y dando á luz á un D. Félix Joaquín Zavala, que pretende echar la zancadilla á D. Félix de Montemar, nuestro compatriota.

En suma, salvo algunas atenuaciones, salvo varias dedaditas de miel que suministra usted de vez en cuando, poco tienen que agradecer á usted los poetas de su tierra.—«Todo es pura palabrería, ruido insustancial, brillo falso.»—«La lengua está impíamente maltratada.»—«Ninguno reflexiona que cuando no hay verdad en los afectos, cuando las expresiones nacen de la cabeza y no del corazón, cuando se desecha lo natural por arrimarse sólo á los caprichos de la imaginación, propia ó extraña, no hay poesía, sino vano ruido de palabras; que no causa ninguna impresión agradable, sino mucho desabrimiento.»—Tales lindezas dice usted de su Parnaso.

Movido usted quizás por el patriotismo, echa la culpa de tamaños males al materialismo, á la impiedad, á la carencia de ideales, al pesimismo, y á otros errores, con que contaminan á los poetas ecuatorianos los poetas europeos, que se les presentan como dechados y objetos da admiración. Pero acaso ¿son satánicos, impíos y desesperados todos los poetas que en Europa están de moda? No: las causas deben de ser otras, y no esas. Y por otra parte, aun siendo impíos, y satánicos y tétricos, lo cual es de lamentar, no se sigue que sean malos todos los poetas europeos. Buenos, egregios, eminentes pueden ser, á pesar de su satanismo y de su misantropía.

Las causas verdaderas de los malos versos usted mismo las expone, rasgando sin compasión el vendaje y levantando los apósitos para catar las llagas.

El capítulo XVIII de la Ojeada es sangriento. Suelta usted la pluma y se arma del látigo para azotar á cuantos tienen los defectos, ó son causa ó resultado, ó ambas cosas, del mal estado de los estudios en esa república.

Ahí viene usted á declarar que no se estudia nada bien, ni nada útil, que «no hay más que tres malos caminos y un despeñadero: la jurisprudencia desacreditada, el sacerdocio profanado, la medicina mal entendida y peor aplicada, y la vagancia.» Los más, prosigue usted, van al despeñadero, «por los malos hábitos adquiridos con los peores estudios.» Los que se dedican á la teología, á la abogacía ó á la medicina «carecen, en su mayor parte, de las aptitudes para tales ciencias.»

Deplora usted luego que nadie se dedique á seguir otras carreras. Pero, ¿cómo han de seguirlas, si en los colegios y Universidades sólo se enseña eso y mal? «Las ciencias exactas y naturales, la industria, las artes, los oficios tan necesarios al pueblo, no han merecido la atención de nuestros legisladores ó han sido mirados con frío desdén.»

Eso mismo que se enseña puede inferirse de las palabras de usted que no se enseña bien ó que no se aprende. «¿Qué importa, exclama usted, con acerba ironía, que después de conquistados los grados y adquirido el pomposo título de doctor, subsista la ignorancia grande, redonda y cerrada? Este título da derechos que pueden convertirse en oro, aunque sea á despecho de toda razón y justicia.»

Del capítulo que voy analizando, si le diésemos crédito y no viésemos acritud y exageración, deduciríamos que ahí bulle un enjambre de doctores sin doctrina, que no leen sino malas novelas, coplas inmorales, y cuanto de peor y de más desatinado, moral, social y racionalmente, se imprime en Europa, y sobre todo en Francia.

Y aquí debo advertir que usted, si bien es anti-español á veces, por sobrado americanismo, es siempre ultraconservador, ferviente católico, y en política lo que hemos llamado por aquí clerical ó neocatólico. Tal calidad debe tenerse en cuenta á fin de mitigar las diatribas de usted contra sus propios contemporáneos y paisanos.

Termino esta carta aquí no sin asegurar á usted que, si bien me parece usted hombre apasionado, también me parece instruído, inteligente y dotado de muy briosa elocuencia, la cual resplandece en no pocas páginas de la Ojeada, y les presta animación y brillantez nada vulgares.