II.
Muy estimado señor mío: Cada cual tiene su teoría para explicar la historia. Yo tengo la mía, que ni es nueva, ni inventada por mí, ni yo pretendo hacer que usted la acepte, si es que usted piensa de otro modo. Sólo voy á exponerla aquí en breves palabras para sentar la base en que se apoya lo que yo pienso sobre el soñado progreso y creciente civilización de los indios de América cuando llegaron por ahí los españoles.
Dejo á un lado las árduas y profundas cuestiones, que tanto se rozan con las doctrinas religiosas, de si hubo ó no revelación primitiva, de si el linaje humano proviene todo de una pareja ó de muchas y de si apareció á la vez en varias regiones del globo ó en una sola. Tomemos el asunto menos ab ovo, y harto podemos afirmar sin que nadie se escandalice que el hombre, ó bien por olvido de la primitiva revelación y de la cultura que de ella había nacido, ó bien sin necesidad de olvidarlas, porque no las había tenido jamás, empezó en todos los países por el estado salvaje, ó cayó ó recayó en él por motivos diversos difíciles de explicar.
Dicho estado, pues, ya inicial, ya por decadencia y corrupción, no coincide ni ha coincidido nunca en todos los países. Aun en el día, á pesar de los cómodos y rápidos medios de comunicación, hay salvajes en el centro de Africa y en algunas islas del mar del Sur y en varios lugares de América, mientras por acá gozamos de electricidad, vapor, fotografía, Submarino Peral, torre Eiffel y novelas naturalistas.
Las diversas tribus y castas de hombres que viven en el mundo han ido siempre, en su marcha ascendente hacia la cultura, adelantadas unas y atrasadas otras. Los pueblos del Mediodía de Europa llevaban la delantera desde hace veinticinco siglos. Después, según dicen, los meridionales de Europa hemos decaído y nos hemos rezagado; pero sigue en Europa, y es ya casi indudable que seguirá por largo tiempo, el estandarte ó guión de la cultura, que hoy tienen entre manos franceses, alemanes é ingleses, y que tal vez aspiran á levantar también en alto los rusos.
Como quiera que sea, y ora prevalezca una nación, ora otra, es evidente que la civilización de Europa prevalece, se difunde por el resto del mundo y le domina todo. La América de hoy, en lo humano y en lo culto, no es más que una parte de esta Europa transportada á ese nuevo y vasto continente. Hoy la civilización americana es una prolongación de la civilización europea. España, Portugal, Inglaterra y Francia han llevado ahí sus idiomas, sus ciencias, sus artes y su industria.
Posible es que con el andar de los siglos, y en virtud del medio ambiente y de la mezcla de la sangre de los europeos con la sangre de los indios y hasta de los negros importados de Africa venga á resultar ahí algo extraño, nuevo, muy distinto, tal vez superior á lo de Europa; pero si esto ocurre me parece que tardará mucho en ocurrir, y por lo pronto, esto es, durante doscientos ó trescientos años (y fijo tan corto plazo porque el mundo va deprisa), seguirán ustedes siendo europeos trasplantados, y sus repúblicas, con relación á los Estados de Europa, á modo de mugrones, lo cual no es negar que cada uno de estos mugrones llegue á ser ó ya sea vid más lozana, robusta y fructífera que la vieja cepa de que brotó.
Lo que yo sostengo es que ni el salvajismo de las tribus indígenas en general, ni la semicultura ó semibarbarie de peruanos, aztecas y chibchas, añadió nada á esa civilización que ahí llevamos y que ustedes mantienen y quizá mejoran y magnifican. Y aunque lo anterior al descubrimiento de América sea muy curioso de averiguar y muy ameno de saber, importa poco y entra por punto menos que nada en el acervo común de la riqueza científica, política, literaria y artística de ustedes, heredada de nosotros y acrecentada por el trabajo de ustedes, y no por ningún legado ó donativo de los indios.
Pero, ¿qué donativo podían los indios hacer si nosotros destruimos con mano airada cuanto podía constituir el donativo? Esta es la tremenda acusación que ustedes nos hacen ó más bien que ustedes se hacen, pues sin duda ustedes son los más directos descendientes de aquellos feroces españoles que fueron á destruir civilización tan donosa.
Un ilustre cubano, D. Rafael Merchan, que vive en Bogotá ahora, se extrema más que usted en esta acusación. Todo iba por ahí divinamente. Acaso habían sido Manco-Capac y Bochica más sabios que Sócrates y que Aristóteles. Acaso, si no llegamos ahí los españoles, los indios se perfeccionan, nos cogen la delantera, y son ellos los que vienen á Europa á civilizarnos. Si Colón, Cortés y Pizarro no van á América en los siglos XV y XVI, es probable que en el XVII los emperadores aztecas ó los incas nos hubieran enviado navegantes y conquistadores que hubieran descubierto, conquistado y civilizado la Europa allá á su modo.
Por fortuna, los españoles madrugamos, fuimos por ahí antes de que los indios despertasen y viniesen, y dimos al traste con todo. «Todo pereció—dice el Sr. Merchan—razas, monumentos, libros, ídolos, cultos, ciencias, todo quedó destruído.»
El Sr. Merchan dice, y dice bien, que los séres inteligentes, aunque no nos conozcamos y vivamos en regiones distintas, realizamos un pensamiento común y contribuimos á una grande obra. Pero los españoles fuimos por ahí y arrancamos medio mundo á esa elaboración universal. Y no contentos con arruinar la civilización americana quisimos borrar y borramos hasta la memoria de ella, arrasando «los monumentos más apreciables y convirtiendo ese Continente en una inmensa tumba de razas que tenían tanto que decirnos».
Todo esto es una serie de suposiciones gratuitas del Sr. Merchan. Las razas indígenas de América no han perecido. Hoy acaso existen más indios en Méjico y en el Perú que los que había cuando la conquista; y si no hay más indios en el Paraguay, es por las guerras recientes que les han hecho los brasileños y argentinos. Todo cuanto los indios tenían que decirnos nos lo han dicho. Y si hoy Liborio Zerda, Antonio Bachiller y Morales y otros americanistas lo exponen, no faltaron, desde los primeros días del establecimiento de los españoles, sabios curiosos, misioneros llenos de caridad y de indulgencia y escritores sinceros que lo expusiesen con amor, más bien ponderando las virtudes y excelencias de los indios que denigrándolos.
En suma, la historia de América, antes de Colón, es bastante oscura, mas no por culpa de los españoles, y lo que de esa historia se sabe más induce á creer lo contrario de lo que usted, el señor Merchan y el Sr. Montalvo, insinúan ó medio sostienen á veces.
En vez de ese progreso que ustedes imaginan, los indios seguían en decadencia.
Acaso si se retarda un siglo la llegada de los españoles, los imperios azteca, peruano y chibcha hubieran desaparecido, como ya habían desaparecido en América otras semi-civilizaciones, y acaso no hubieran hallado Pizarro, Cortés y Jiménez de Quesada, más que salvajes antropófagos, adoradores del diablo como los patagones y borinqueños, no sabiendo contar más que hasta diez, y tatuados ó pintados con espantosos dibujos ó untados con grasas rancias y apestosas, en vez de andar vestidos.
Indudablemente el salvajismo de los americanos de antes de la conquista europea, así como la semi-barbarie de varios pueblos del Nuevo Mundo y de Asia y de Africa, antes de ponerse en contacto con Europa, no indican que había ó hay ahí razas nuevas, que por sí solas puedan elevarse ó que están ó estuvieron en vía de elevarse á la civilización, sino más bien dan claro y triste indicio de razas antiguas, decaídas ó degradadas, que han perdido su civilización, si la tuvieron. De esas razas se puede afirmar lo que el Sr. Pí y Margall, citado por el propio señor Merchán, afirma de los guatemaltecos, al fijarse en los monumentos suntuosos y artísticos de Palenque y de Mitla: «Lejos de admitir, dice, que sean jóvenes aquellos pueblos, estoy por sospechar con Humboldt que estaban en decadencia á la llegada de los españoles y que habían perdido la memoria de lo que un tiempo fueron. Ignoraban hasta la existencia de esos grandiosos restos de una civilización pasada.» De esta civilización pasada ó remota de los pueblos de América, cuando llegaron los españoles, quedaban recuerdos ó restos, que es casi seguro que hubieran desaparecido también si no acude á tiempo aún la civilización europea á regenerar al salvaje ó al semi-salvaje americano.
El guerrero español de la conquista sería cruel, codicioso, sin entrañas, todo lo malo que se quiera, con tal de que no se suponga, sin justicia alguna, que hubieran sido ó que fueron más suaves y benignos los alemanes ó los ingleses; pero no fueron españoles los que imaginaron que eran los indios de una raza inferior. Los españoles creyeron siempre que los indios eran sus hermanos, extraviados y decaídos, á quienes convenía traer al buen camino y levantar de su abatimiento y miseria.
Los resultados dan testimonio de lo que digo. ¿Dónde están los indios civilizados por los yankees y convertidos en ciudadanos de la Gran República? Y en cambio, ¿no están Colombia, el Ecuador, Venezuela, Méjico y Guatemala, llenas de indios ó de mestizos, que son tan ciudadanos como los españoles de pura sangre? ¿No llegan esos indios ó esos mestizos á ser cuanto se puede ser en las sociedades libres? ¿Cómo comparar el espíritu democrático-católico de los españoles con la soberbia de la raza inglesa?
Francamente, el escritor hispano-americano que, como usted nos trata tan mal y nos acusa de tantas maldades, si es español de pura sangre agravia y calumnia á sus antepasados, y si es indio puro, muestra la más negra ingratitud á los que le salvaron y regeneraron, y si es mestizo, reniega de la sangre española que puede tener en las venas, y hace creer que su sangre india se caldea más con el ardor de la envidia rencorosa que con el santo fuego de la gratitud.
Si á esto se arrojase el escritor hispano-americano para sostener la verdad, yo no se lo echaría en cara. La verdad antes que todo, por amarga que sea. Pero, ¿dónde está el fundamento de verdad de las cosas que usted afirma? Basta enunciarlas, sin contradecirlas, para que ellas mismas se refuten y manifiesten lo absurdas que son. Nosotros animalizamos al indio; destruimos los monumentos levantados por su genio sencillo y espiritual; borramos sus tradiciones históricas, y pusimos un abismo de ignorancia entre el siglo de Huaina Capac y Atahualpa y los siglos de los despóticos virreyes españoles. En fin, nosotros matamos la literatura quichua, salvo las coplitas que usted nos presenta, y que por mi parte no lamentaría mucho que se hubieran también perdido; é hicimos que los sabios indios que asesinamos se llevasen á la otra vida multitud de secretos admirables, con los cuales se hubiera enriquecido y ufanado hoy la ciencia.
En fin, en su Ojeada ó historia literaria del Ecuador, usted fantasea y finge una civilización americana que nosotros destruimos. Nuestra llegada fué como la irrupción de Alarico, de los vándalos ó de Atila, en lo más culto y brillante de Italia. Los indios, que estaban tan ilustrados, fueron arrojados por nosotros al ínfimo grado de ignorancia, y ahí sobrevino la caliginosa oscuridad intelectual que hubo en Europa en los siglos medios. Todo el saber, perseguido por los españoles, se fué á refugiar en los colegios de los padres jesuítas y en otros conventos de frailes.
Aseguro á usted que yo, á no haber sido provocado por La Epoca, no entraría con usted en estas discusiones. Mi intento, al escribir estas cartas, no es suscitar polémicas con los hispano-americanos, sino reanudar, hasta donde sea posible, las amistades que deben durar entre todos los hombres de sangre y de lengua españolas. Para ello no quiero adular á ustedes, sino dar á conocer en esta Península los mejores frutos de su ingenio, juzgándolos con justicia.
La Revue Britannique me hace el honor de hablar amablemente de estas cartas mías en uno de sus últimos números, elogiándome sobre todo por cierta habilidad diplomática de que por completo carezco. Se vale de rodeos y perífrasis, pero sostiene en realidad que yo elogio á ustedes demasiado, que los adulo para que se reconozcan ustedes españoles de origen y para que, encantusados ustedes por mí, de nuevo fraternicemos.
Tiene razón la dicha Revista en que yo busco esta fraternidad, pero ni adulo á ustedes ni los encantuso para lograrlo y menos aun para sustraer á ustedes al influjo de Francia. Yo afirmo, porque lo creo, que son ustedes españoles, porque son de nuestra raza, porque hablan nuestro idioma, porque la civilización de ahí fué llevada ahí por España, sin que cuente por nada la civilización india, chibcha ó caribe; pero jamás pensé yo en robar á Francia su influjo en esas repúblicas, ni siquiera en censurar que ustedes se sometan á él en lo que tiene de bueno. Yo reconozco que España misma, por desgracia, está muy rezagada con respecto á Francia. Yo creo que Francia es una de las naciones más inteligentes del mundo, y la considero á la cabeza de los pueblos del Mediodía de Europa que hablan idiomas que provienen del latín. Soy tan dócil y transigente, que por más que me choque, soy capaz de aceptar la calificación genérica de pueblos latinos; pero no acierto á desechar, ni aquí en España, ni en las que fueron sus colonias, la especial calificación de españoles. Y deseo y espero que nuestra sangre tenga ahí y conserve la suficiente virtud y fuerza informante, digámoslo así, para preponderar en las mezclas con la sangre de los indígenas, y también con la sangre de otros pueblos de Europa, que la corriente de la emigración lleve á esas regiones.
Dice la Revista, á que me refiero, que el vice-presidente de la República Argentina, Sr. Pellegrini, ha desmentido mis asertos en un discurso que pronunció en París, y que copia. Yo veo lo contrario; que el Sr. Pellegrini está de acuerdo conmigo. Aunque lleva un apellido italiano, ya se considera de casta española por el hecho de ser argentino; así lo afirmó en otro discurso que pronunció en Madrid; y si reconoce la hegemonía intelectual de Francia, ¿hace más por dicha, lleva á mayor extremo su entusiasmo, que el señor Castelar, á quien nadie acusa de renegar de su españolismo, en un artículo elocuentísimo publicado en el Fígaro hace pocos días?
En suma, yo no he de formar contra usted, ni contra ningún escritor hispano-americano, capítulo de culpas, porque sea demasiado entusiasta de Francia, porque celebre la violenta separación de ustedes y de la metrópoli, y porque cante en todos los tonos los triunfos de los insurgentes y las derrotas de los realistas; pero francamente, no se puede tolerar en silencio que afirmen ustedes que llevó España ahí la barbarie, que destruyó el saber indígena, y que (son palabras de usted) «el célebre Colón mostró la manera de atravesar el Océano, mas no la de trasladar á esas regiones las simientes de la civilización y las producciones de las grandes inteligencias.»
Ya veremos, y con esto responderé á usted y á La Epoca, de qué suerte usted mismo, con dichosa y honrada contradicción, viene en sus libros á probar lo contrario: la acción civilizadora, la caridad ferviente, y la bondad de los elementos de cultura, importados en América por los hombres de nuestra raza.