I.

Muy señor mío y querido amigo: Mi propósito de examinar y criticar la Circular religiosa de usted, publicada en Santiago de Chile el día 6 de Descartes del año 98 de la Gran Crisis, quedó apenas á medio cumplir ó en suspenso, por culpa de mis grandes quehaceres y de la dificultad de la empresa, superior sin duda á mis fuerzas. Impidió también que yo terminase aquel trabajo mi falta de fe en mí mismo, ó lo desengañadísimo que estoy de mi literatura. Años ha que padezco esta enfermedad mental ó manía, casi incurable, que excita á los hombres á escribir; pero jamás he creído en la utilidad de mis escritos. Mi justificación estaba y está, pues, en procurar que sean divertidos, y en que, ya que no instruyan al prójimo, le den agradable pasatiempo.

En España toda persona que lee sabe más que yo, y toda persona que sabe menos que yo, ó no sabe leer tampoco, ó no quiere fatigarse leyendo. Carezco, pues, de público á quien enseñar; pero, ¿por qué, me digo no ha de haber personas á quienes entretengan mis escritos? Por pocas que sean estas personas, de ellas hago mi público, y á ellas me dirijo.

Por lo expuesto comprenderá usted y disculpará en mí el tono de broma con que en mis cartas anteriores he tratado de las doctrinas de usted. Aun así no han faltado graves sujetos que me han reprendido por perder mi tiempo en exponer locuras, aunque sea para refutarlas. Todavía no he hallado á nadie que no califique de locuras las doctrinas que usted sostiene. Esto acabó de retraerme de seguir exponiéndolas y refutándolas.

En tal disposición de ánimo me encontraba yo, cuando recibí desde París, donde su hermano de usted, Jorge, reside un libro de este apóstol de la humanidad, titulado Lettres sur le positivisme. El libro me venía dedicado con frases para mí tan cariñosas y lisonjeras, que hube de quedar á usted y á su hermano profundamente agradecido. Recibí después, con fecha 17 de Shakespeare del año 100 (25 de septiembre de 1888), una extensa carta (impresa en un folleto de 60 páginas), que usted me dirige sobre la Religión de la Humanidad. Y he recibido, por último, con singular dedicatoria autógrafa, otra carta de usted á la señora doña Emilia Pardo Bazán, sobre el mismo asunto, escrita el día 2 de Arquímedes del año 101 (27 de marzo de 1889 de nuestra era), también en Santiago de Chile.

Contienen estos documentos, elegantemente impresos y escritos, unos en castellano y otros en francés, tan discretas y bien concertadas razones, tanta cortesía y tanto afecto amistoso para doña Emilia y para mí, que sería yo harto descortés é ingrato si no contestase con benevolencia.

Prescindo, pues, de lo que me dicen ciertos espíritus que presumen de superiores y de invulnerables para toda idea que ellos no consideren sensata, y voy á contestar á usted, teniéndole por sensato y cuerdo, y además por excelente, bondadoso y sabio.

Si yo hubiera de tener por locos á cuantos no piensan como yo y sostienen lo contrario, enteramente lo contrario, el planeta en que vivimos me parecería un manicomio. Lo más atinado, pues, y lo más caritativo, es pensar que todos tenemos juicio; que todos estamos de acuerdo en bastantes puntos, y que, si discordamos en otros, la discordancia es un bien, ya que sin ella no habría materia para escribir y para hablar, y nos aburriríamos de quedarnos callados, y se nos embotaría el entendimiento sin nada que le estimulase, aguzase y acicalase.

Remueve, además, los escrúpulos que me arredraban, atajando el correr de mi pluma, la consideración de que son pocos los escritores que escriben para revelar inauditas verdades. Harto sé que yo no he abierto ni

«Abriré nuevos senderos
á la errante humanidad».

pero ¿por qué no he de solazarme un rato charlando con ella, ó al menos con aquella mínima parte de ella tan desocupada y benigna que tenga vagar y paciencia para leerme?

Con este presupuesto, voy á contestar á la amable carta de usted.

Augusto Comte es el glorioso fundador de la secta que usted sigue, dividida hoy en dos ó más iglesias. Suponer que hasta cierto momento de su vida Augusto Comte fué juicioso, y que fué atinado cuanto dijo, y que después, con el mucho cavilar, se le descompusieron los sesos, y no acertó á decir sino disparates, se me antoja suposición arbitraria. O la locura de Augusto Comte está en toda su vida y en todos sus escritos, ó no hay ni hubo tal locura jamás[B].

Para mí, tan desatinado es Augusto Comte al principio como al fin, pero yo respeto, aplaudo y admiro los desatinos cuando están hábilmente ordenados y entrelazados, é implican saber, entusiasmo é ingenio.

La grande obra del maestro de ustedes era «dar á la filosofía el método positivo de las ciencias, y á las ciencias la unidad de conjunto de la filosofía».

Cuando murió el Maestro, el 5 de diciembre de 1857, sus discípulos y apóstoles aseguraban todos que, salvo ligeras imperfecciones, dicha grande obra estaba realizada: había filosofía positiva; ciencia y filosofía se habían compenetrado y formaban completa unidad.

Convengamos en lo uno; pero ¿cómo es posible convenir en lo completo? ¿No quedaba, fuera de lo sabido por observación y por experiencia, mucho de incognoscible ó de incógnito? Mucho quedaba, y no me explico cómo no se ríe usted conmigo del donoso remedio que se ha buscado para este mal. Lo incógnito es incognoscible. La esfera del pensamiento humano se encoge y se achica para que sólo quepa en ella el conocimiento verificado. Todo otro conocimiento se llama conocimiento imaginado. Se le da el título de absoluto ó de ideal, y se le declara inaccesible.

Sea así. Vayamos más allá, si se quiere. Tratemos de suprimir lo absoluto, y no sólo de declararlo inaccesible. Repitamos con Littré: «El universo nos aparece hoy como un conjunto, cuyas causas están en él mismo, y que llamamos leyes. La inmanencia es la ciencia que explica el universo por causas que están en él. La inmanencia es directamente infinita, porque, desechando tipos y figuras, nos pone en inmediata relación con los motores eternos de un universo ilimitado, y descubre al pensamiento estupefacto y extasiado los mundos lanzados en el abismo del espacio y la vida lanzada en el abismo del tiempo.» Con más claridad y con menos pompa, esto significa que no hay Dios; que el mundo es eterno; que él mismo es causa y efecto; y que sin inteligencia crea inteligencia, sin voluntad ni saber impone leyes indefectibles, sin vida crea vidas, y sin ser persona produce personas. Fuera de lo absurdo, gratuito y pasmoso de tales afirmaciones clara se ve la contradicción en que Littré incurre. Ni una sola de esas afirmaciones es conocimiento verificado; nace de observación, de experiencia, de lo que él llama filosofía positiva ó ciencia pura. Luego es teología, aunque negativa: luego es metafísica; y al poner tales afirmaciones destruimos todo el sistema, y, en vez de sostener que pasó el período teológico y que pasó el período metafísico, y que hoy estamos ya en el período científico, en plena edad de razón, volvemos á ser teólogos ó metafísicos, aunque harto empecatados.

Yo no tengo en este punto que refutar á Littré: él mismo se refuta y se retracta, con más recto aviso, diciendo: «No conocemos ni el origen ni el fin de las cosas y no hay razón para negar ni para afirmar que haya algo más allá de ese origen y de ese fin.» La doctrina ó filosofía positiva no niega, pues, ni afirma á Dios. La Naturaleza no vale para reemplazarle. «¿Quién es esa señora?»—preguntaba el conde José de Maistre. «Si la Naturaleza significa el conjunto de las cosas que nos son conocidas, este conocimiento es relativo como ellas; es experimental, y deja fuera las regiones de lo incognoscible: y si la Naturaleza es un poder infinito, autor y ordenador del Universo, no hay saber positivo que halle al cabo de sus investigaciones ese poder, que por lo tanto debemos pasar en silencio. Experimentalmente no sabemos nada de la eternidad de la materia ni de la hipótesis de Dios.»

Ya se ve que Littré, en sus momentos más lúcidos, se declara neutral: ni afirma ni niega. Pone lo sobrenatural fuera de nuestro alcance; por cima de nuestro raciocinio. Pero, ¿no habrá otras facultades de nuestra alma, por cuya virtud se pueda llegar á él?

Yo veo que este positivismo agnóstico deja abierta la puerta á la imaginación, á la fe, á la intuición amorosa del alma afectiva, ó quién sabe á qué otras facultades y potencias, para tender el vuelo y explayarse por ese infinito inexplorado, y apartar de él la desesperada calificación de incognoscible.

De aquí que, en mi sentir, por el positivismo de Augusto Comte podamos volver de nuevo á las más fervorosas creencias, como por el sensualismo de Condillac volvió á ellas el ya citado conde José de Maistre.

¿Quién sabe si en el extremo del positivismo agnóstico, ó dígase del agnosticismo, no está ya cuajándose y brotando un misticismo flamante? En todo caso, esto sería lo que llama el vulgo salto atrás, y lo que llaman atavismo los doctos. Según usted asegura, y según aseguran otros autores, Augusto Comte se inspiró en el conde José de Maistre, éste en el teósofo Saint-Martin, y Saint-Martin en aquel español ó portugués misteriosísimo que se firmaba Martinez Pascual, que escribió la Reintegración de los seres, influyó tanto en el florecimiento de los misticismos y teosofías del fin de la pasada centuria, y desapareció luego.

Como quiera que ello sea, fuerza es convenir en que el más ilustre discípulo de Augusto Comte fué Emilio Littré, y en que Emilio Littré, á la muerte del Maestro, aceptó la herencia á beneficio de inventario, repudiando notable parte de ella. Otros la recogieron y la aceptaron toda con plena piedad, y de aquí el cisma, que aún dura.

Para no confundirnos, llamaré al positivismo de Littré no religioso, y llamaré religioso al positivismo de usted y de los que como usted piensan. Bueno es, no obstante, que se entienda desde luego que el positivismo no religioso de Littré puede concertarse un día, si ya no se concierta en algunos espíritus, con religión verdadera, y aun con teosofía y aun con misticismo exaltado, mientras que en el positivismo de ustedes, con ese vano y absurdo fantasma de religión que ponen ustedes, es imposible é incompatible toda religión que tenga algunas condiciones de tal.

Hasta 1842, en que publicó Augusto Comte el tomo VI y último de su Curso de filosofía positiva todos los hombres que le siguen y pueden contarse por positivistas, con más ó menos restricciones, correcciones ó aditamentos, como el citado Littré, Herberto Spencer, Stuart Mill, Lewes, Taine, Robinet, Huxley y otros, creen que Augusto Comte estaba sano; pero ya, en 1845, empieza el período patológico de la vida del maestro. Su locura es evidente y declarada para todos los dichos sabios, desde 1851, en que publica el Maestro su Sistema de política positiva ó tratado de Sociología, instituyendo la religión de la humanidad.

Divididos así en dos el espíritu y la vida de Comte, tenemos un Comte loco y otro cuerdo. Los que le aceptan y glorifican hasta 1845 se consideran juiciosísimos, y declaran loco al Maestro durante los últimos doce años de su vida, y á todos ustedes, que le aceptan por completo, los dan por locos de remate, hablando sin rodeos y dejando á un lado las perífrasis y los eufemismos elegantes ó científicos de que ellos se valen al formular la declaración.

Para el que, como yo, no es positivista, ni de una clase ni de otra; para el que entiende que no se acabó ya la teología, ni se acabó la metafísica á fin de que no haya más que ciencia, y para el que cree que toda ciencia es imposible sin metafísica y sin teología, tanto los positivistas no religiosos como los religiosos, se equivocan; pero, sin duda, en mi sentir, se equivocan más ustedes, los religiosos, sin que llame yo por eso á la equivocación locura, sino error ó extravío generoso nacido de un noble y puro sentimiento que en balde han querido ustedes ahogar en el alma.

Yo no niego, además, que hay un procedimiento dialéctico en el pensamiento de Comte; que no funda su religión porque sí; que su religión no fué lo que vulgarmente llamamos una salida de tono.

Lo que hay de más simpático en el positivismo es la crítica, á mi ver, imparcial, elevada, entusiasta y optimista con que juzga la historia, para marcar en ella el movimiento ascendente del humano linaje hacia la luz y hacia el bien, pasando por los estados teológico y metafísico para llegar al científico al cabo. En este progreso, los positivistas declaran, y usted confirma, que la creación más grande del hombre ha sido la Iglesia católica, institución soberana del orden social, comunidad de los pueblos en una misma fe, organismo tan alto y benéfico, que, como usted asegura jamás puede desaparecer. Y añade usted luego: «Lo que sí sucederá es que se perfeccione.» Y esta perfección fué muy extraña. Augusto Comte se convirtió en Padre Santo; apartó las personas reales de Dios y de la Virgen Madre, y puso en lugar de ellas, y usurpando sus nombres, dos figuras retóricas; y así fundó la religión de la humanidad ó el catolicismo positivo.

¿Tienen alguna fuerza las razones que usted da en favor de su religión nueva; en alabanza de ese catolicismo perfeccionado? Yo entiendo que las razones de usted le destruyen por su base. «Augusto Comte, dice usted, no podía instituir su doctrina en nombre de Dios, porque, dada la mentalidad de nuestro tiempo, no podía sentirse inspirado sobrenaturalmente. Hubiera faltado á la profunda sinceridad que le caracteriza».

«Moisés y San Pablo, añade usted, influyeron grandemente en moralizar el mundo. Estos ilustres servidores de la humanidad fueron sinceros al atribuir á revelación divina los preceptos religiosos que dictó cada uno de ellos, porque sus respectivos medios sociales eran teológicos. En el medio social positivo que alcanzamos, creerse inspirado de Dios supondría una perturbación cerebral».

A esto, y adoptando el severo criterio de usted, cualquiera podrá añadir que mayor perturbación cerebral supone aún, en el medio social positivo en que estamos viviendo, sin creerse inspirado por Dios, no sólo negando su inspiración, sino negándole á Él ó desconociéndole, ponerse á fundar religión nueva. Cualquiera otra determinación parece menos disparatada. Y, sin embargo, la determinación de ustedes tiene excusa, una vez aceptado el positivismo hasta donde Littré le acepta.

El remate de su doctrina oficial es como un punto elevado, resbaladizo, con abismos por todas partes, donde se exige al positivista que se tenga en equilibrio, y donde el equilibrio no es posible. Es necesario caer en alguno de esos abismos.

No es dado quedarse sin negar ni afirmar la materia eterna ó Dios. El positivista cae del escollo en que se ha encaramado aunque se agarre con las uñas, á fin de no caerse, á los preceptos de Littré, declarándose, con modestia, incompetente para decidir sobre tales asuntos.

Lo más común es que caiga en el materialismo y en el ateísmo. Littré cae con frecuencia, como se lo prueba Caro en el extenso libro que ha escrito sobre él, y al que me remito.

Y cae también la turbamulta de positivistas franceses, ingleses, alemanes y españoles, que con más ó menos pudor y disimulo van á seguir la bandera de Büchner, de Moleschott, de Carlos Vogt ó de Haeckel.

El señor Menéndez y Pelayo, que ha estudiado bien todo esto en sus Heterodoxos, trae larga lista de secuaces del positivismo en España, y apenas hay uno que se haya quedado en la neutralidad modesta y antimetafísica: casi todos caen en el materialismo, descollando entre ellos el catalán Pompeyo Janer. Hasta los antiguos y nebulosos krausistas, empezando por don Nicolás Salmerón, han venido á dar en el positivismo en los últimos tiempos; pero todos estos positivistas españoles pertenecen á la secta no religiosa. Menéndez y Pelayo, cuya diligencia y erudición son admirables, sólo nos cita dos positivistas españoles religiosos: D. José Segundo Flórez y el naturalista cubano don Andrés Poey, ninguno de los cuales debe haber fundado iglesia entre nosotros. Si la ha fundado, estará escondida en tenebrosas catacumbas, cuando Menéndez y Pelayo, que todo lo escudriña, no ha dado con ella. Lícito es, pues, afirmar sintéticamente que en España no hay positivistas religiosos. La Religión de la Humanidad, no hace prosélitos por aquí. Estéril y desairada misión me parece esa que usted y su hermano quieren confiarnos, á doña Emilia Pardo Bazán y á mí, de ser en España los apóstoles de la Religión de la Humanidad: el Santiago y la Santa Teresa de esta nueva creencia.

Las lisonjas, amonestaciones y consejos de usted son cantos de sirena, á los cuales doña Emilia y yo debemos tabicar con cera los oídos, imitando al prudente Ulises. Si los oyésemos, si nos dejásemos seducir, iríamos á parar al cómico martirio, no de la hoguera, no de la degollación, no de la estrangulación, sino de las silbas y de las burlas. España está muy hundida en el negativismo, como usted le llama: y no hay quien la saque de él á tres tirones. Lo que dice usted á doña Emilia es para deslumbrar á cualquiera, pero ella no es un cualquiera y no se dejará deslumbrar. Usted le dice, entre otras cosas: «Anhelo que revele usted la Religión de la Humanidad á las nobles españolas, sus compatriotas; que las haga influir en la conversión de sus padres, de sus esposos, de sus hijos descaminados en el negativismo; que convierta usted misma, exhortándolos fuertemente, á varios de los esclarecidos varones de España, para que se pongan al servicio de la grandiosa doctrina con la que tanto pueden enaltecer á su patria y al mundo entero; que su palabra circule radiante de unción, no sólo por la península ibérica, sino también por toda la América española, infundiendo convicciones tan sublimes como inquebrantables: que su santa y vigorosa elocuencia invada á París para concurrir á la regeneración definitiva de la gran ciudad por la cual se modelan todas las naciones; y que, cuando llegue la hora solemne de su transformación personal de la vida objetiva á la vida subjetiva (pasar de la vida objetiva á la vida subjetiva equivale á morirse entre los profanos), experimente usted el inefable goce de haber trabajado de todo corazón y con todas sus fuerzas por la Religión universal, y pase á incorporarse, resplandeciendo con eterna aureola, en la Humanidad, nuestro verdadero Sér Supremo, desde cuyo glorioso seno continuaría usted guiando almas con el inolvidable ejemplo de su abnegada labor, y con sus virtuosos y magistrales escritos».

En medio del entusiasmo, de la elocuencia, del profundo convencimiento de usted, doña Emilia no podrá menos de reconocer la inanidad de sus promesas y lo inconsistente de ese Sér Supremo, en cuyo seno usted la coloca, y lo falso de su eternidad, ya que el día menos pensado se seca la Tierra, como parece que se secó la luna, ó se apaga el sol, ó se cae en él la Tierra, ú ocurre á la Tierra cualquier otro percance, y el Sér Supremo, inventado por Augusto Comte, tiene lastimoso fin, con toda la ciencia, con todas las invenciones y con todos los primores, y con todas las filosofías, más ó menos positivas, que ha ido confeccionando en unos cuantos siglos.

Caro, en su libro sobre el positivismo, amenaza también á ustedes con la fin del mundo para demostrar la falsedad y la vanidad de la religión del progreso. «Entonces, el hombre y su civilización, sus esfuerzos, sus artes y sus ciencias, todo habrá sido. Todo perecerá con la vida de nuestro globo; y, si no queda en alguna parte un pensamiento que recuerde, y conciencias que recojan los resultados de tantos sacrificios, la tal religión del progreso es la burla más cruel del pobre animal humano, á quien inútilmente se ha turbado en su miserable dicha, y se ha espoleado para que corra en pos de quimeras y de perfecciones cuyo término es la nada.»

Lo cierto es que, para evitar estos tropiezos y sostener el progreso indefinido en toda su grandeza, el positivismo vale poco, y es mil veces mejor el perfeccionismo absoluto del Sr. Dosamantes. Con los cuerpos flúidos, dotados de la virtud de lanzarse á otros mundos, chico inconveniente sería que éste se hundiese ó acabase. Nos pondríamos en salvo y nos iríamos á planetas más bellos y más cómodos, diciendo: Ahí queda eso, como dicen que dijo el cura de Gabia.

No hay, con todo, medio alguno de que ustedes acepten ni cuerpos flúidos, ni nada que sea equivalente. Son ustedes tan materialistas y tan ateos como el que más. La Religión de la humanidad es sólo poesía sin substancia y delirio vano.

Como únicamente puede comprenderse la religión de ustedes es como uno de los mil arbitrios, el más ineficaz, á mi ver, á que apelan los pensadores de nuestros días, cuando, después de destruir la realidad superior é invisible dentro de lo conocido, buscan lo ideal, y hablan de él y quieren rendirle adoración y culto.

Todo otro arbitrio para poner lo ideal, es, repito, más eficaz que el de ustedes. Aun suponiendo que la razón, la mentalidad del siglo XIX como usted la llama, no logre columbrarle, ¿por qué hemos de negar que no logren columbrarle otras facultades del alma humana, y que no le vean y reconozcan, no sólo como ideal, sino como real, con limpia, clara y refulgente realidad objetiva, cuya luz acabe por penetrar en el universo concebido por la ciencia, y encerrado por ella en cárcel sombría, y al fin le ilumine y le explique?

Yo confieso que no pocas de estas tentativas de realizar lo ideal, y de traerle al mundo de la ciencia, y de iluminar con él sus tinieblas, me son simpáticas, por disparatadas que sean. Por esto me hacen tanta gracia el perfeccionismo absoluto del señor Dosamantes, el espiritismo, el budismo esotérico y otros sistemas así.

Hay varias escuelas de ateísmo, todas, por desgracia muy florecientes ahora. Si sus principios no se hubieran infiltrado en las almas de mucha gente vulgar, que no ha estudiado nada y que filosofa sin saber que filosofa, y como por instinto, apenas tendría yo excusa para hablar de estas cosas con ligereza, y sin detenido estudio y reposo; pero yo, al discurrir sobre esto, no voy á revelar lo que se afirma en las cátedras y entre los muy doctos, sino que voy á tratar de ideas que corren y se difunden por las calles y por las plazas, que penetran en la vida social é influyen en ella.

Aunque se me tilde de impropiedad en el lenguaje porque en lo falso y en lo absurdo no quepa más ni menos, yo empiezo por creer que, siendo absurdas todas las negaciones de Dios, hay unas más absurdas, y menos absurdas otras.

Si el mundo es un valle de lágrimas sin esperanza en otra vida mejor; si todos los seres padecen; si la injusticia triunfa; si el orden físico y el orden moral no existen y si no hay más que desorden, como no hemos de suponer un poder infinito que se complazca en el dolor y en la miseria, ni tampoco hemos de fingir para soberano ordenador del mundo un sér benigno, pero sin fuerza y sin saber que basten á remediar lo malo, ó, mejor dicho, á no haberlo hecho, parece legítima consecuencia la negación de Dios. Lo falso está en las premisas, prescindiendo ahora de lo misterioso é inexplicable de que los seres obedezcan á ciertas leyes, aunque sean inicuas, sin que haya legislador que dé esas leyes; de que salga la conciencia de lo que no tiene conciencia, y de que brote un prurito certero y una voluntad eficaz de ser, sin persona donde la raíz de este prurito y de esta voluntad resida.

Con todo: yo creo que el ateísmo pesimista de Leopardi, de Schopenhauer y de Hartmann, es el menos desatinado: hay en él no poco del budismo trasplantado á Europa.

Pero cuando sostenemos que todo está divinamente concertado; que todo concurre y se encamina á la perfección de modo indefectible, se comprende mucho menos que nadie sea ateo.

Augusto Comte, á mediados de este siglo descubrió y explicó las leyes por cuya virtud el linaje humano va encaminándose á una sublime y noble bienaventuranza á través de los períodos teológico, metafísico y, por último positivo; pero estas leyes que descubrió Augusto Comte estaban ya promulgadas y eran obedecidas desde el principio ó desde la eternidad; luego hubo inteligencia que las dictó y poder que las hizo obedecer desde entonces. Tan acertadas y bienhechoras leyes no las dictó ni las impuso el Gran Fetiche, que es la tierra que habitamos, ni el Gran Medio, que es el espacio en que la tierra se mueve, ni la Virgen-Madre, que es la Humanidad, nacida en virtud de estas leyes. El Sér Supremo positivista es uno y trino: es un compuesto del Gran Medio, del Gran Fetiche y de la Virgen-Madre; pero tampoco da las leyes: se limita á obedecerlas y á irse encaminando así á la perfección.

Claro se ve que esta religión positivista es absurda para los teólogos y para los metafísicos; pero, digo la verdad, no comprendo el enojo, las burlas y las protestas contra ella de los positivistas no religiosos. Á mi ver, ustedes son tan lógicos como ellos, y además son más amenos. Con semejante fantasmagoría ó camelo de religión no se invalida ni se desnaturaliza la doctrina del Maestro. Ni ustedes vuelven á restablecer los agentes sobrenaturales del período teológico ni lo que llaman ustedes abstracciones realizadas del período metafísico, como Dios, esencia y causa: ustedes se limitan, para recreo y hechizo poético de los hombres, á personificar cosas harto reales y visibles, que no tienen nada de abstracción, á saber: el universo todo, el planeta en que habitamos y cuantos animales racionales le pueblan, considerándolos en su conjunto.

No acusaré yo á ustedes de inconsecuentes, como otros los acusan, calificando su religión en lo tocante al culto de los héroes, de paganismo; y en lo tocante á la devoción fervorosa á las mujeres, de plagio de la devoción á la Virgen María de los católicos. No deroga la religión de ustedes, que no es religión, la ley positivista que hace de la religión el grado ínfimo en el desarrollo intelectual de los hombres. La religión de ustedes es un objeto artístico, un primor, un adorno, de mejor ó peor gusto, pero que, en lo esencial, ni quita ni pone.

No hay que decir que yo no creo en la afirmación de Augusto Comte. Yo creo lo contrario. La religión es inmortal, es indestructible como ciencia y como sentimiento. Desde todos los puntos, desde aquellos que más distantes nos parecen, y por todos los caminos, cuando más pensamos apartarnos de la religión, de la metafísica y de la teología, volvemos á ellas, sin poder evitarlo. Si algún valor tiene la religión de ustedes, es el de la sombra, el del espectro, que distrae y fascina y tal vez impide á ustedes ó ver la verdadera religión que penetra en el positivismo, ó salir á buscarla, desde el seno de ese positivismo, siguiendo sus métodos, y apoyándose en él y tomándole como punto de partida.

En contraposición á la vana religión de ustedes, he de permitirme decirles algo, dado lo poco que sé y creo penetrar, de los esfuerzos y tentativas para recobrar la religión verdadera y para hacer de ella una ciencia positiva en el seno del positivismo, completando así la enciclopedia de Augusto Comte, y añadiendo á sus seis ciencias, que se siguen y encadenan, otra más alta que es la teología.

Bien puede asegurarse que Herberto Spencer ha mejorado y perfeccionado el positivismo, creando la filosofía de la evolución, por cuya virtud trata de explicarlo todo. Lo que se queda por explicar, ó es lo incognoscible en sí, ó la acción de lo incognoscible. Tenemos, pues, lo incognoscible fuera de la ciencia; pero algo es, ya que, al afirmar que no se deja conocer, lo afirmamos.

De esta suerte Herberto Spencer, que procede al principio como Augusto Comte, considerando la religión como superstición y puerilidad, vuelve reflexivamente á la religión después de haber recorrido toda la ciencia. Herberto Spencer funda esta segunda religión reflexiva, la religión de lo incognoscible, y aun la pone por cima de toda la ciencia: inexpugnable, invencible é indestructible.

«La omnipresencia, dice, de algo superior al entendimiento humano, es una creencia común á todas las religiones. Nada tiene que temer esta creencia de la lógica más severa. Es una verdad última de la mayor certidumbre, una verdad sobre la cual las religiones todas están de acuerdo, y está de acuerdo igualmente la ciencia. Hay un poder impenetrable, del cual es manifestación el Universo.»

Fundada así la religión agnóstica, ya, según he leído en varios libros, hay en Inglaterra positivistas que han formado Iglesia para dar culto á este incognoscible, escondido siempre y presente siempre en todo. En el fondo de todos los fenómenos físicos y morales está lo incognoscible, está lo que nosotros llamamos Dios, y esto es lo que adoran.

Para Herberto Spencer, tiempo, espacio, causa, substancia, movimiento, espíritu, son términos ininteligibles y llenos de contradicciones.

No sabemos más que enlazar algunos fenómenos según la ley de continuidad. Resulta, pues, al último extremo del empirismo baconiano y del positivismo comtiano, un profundo misterio religioso. Detrás de cada objeto, en el centro de cada cosa, en nosotros mismos, está lo incognoscible, y todo es efecto de su perpetua é incesante operación divina.

Apenas hay filósofos que no se contradigan, y Herberto Spencer no es excepción de la regla. Al lado de la modestia con que declara que casi no sabe nada, viene la inaudita y temeraria pretensión de explicarlo todo con su evolución universal. Empieza por la nebulosa primitiva, y, desde ella, con su evolución, nos va creando los astros, los fenómenos geológicos, la aparición de la vida, y luego el progreso de plantas y animales, y, por último, el desarrollo de la sensibilidad y de la inteligencia, las artes, los oficios, el saber, la formación de las sociedades, y su florecimiento y sus adelantos.

Lo cierto es que, supuestos lo incognoscible y su perpetua operación divina, con decir será lo que Dios quisiere, estamos al cabo de toda dificultad, y no hay para qué calentarse la cabeza. Pero es lo malo que, al pretender explicarlo todo, como si hubiésemos arrebatado su secreto á lo incognoscible, incurrimos en dificultades nuevas. Aunque Dios, lo incognoscible, pudo hacer las cosas de mil modos distintos, que nosotros ni comprendemos ni imaginamos, desde el momento en que afirmamos que las hizo de un modo, tal vez incurrimos en error, y el error queda patente si se prueba que de ese modo no las hizo.

Así entiendo yo que el sistema de la evolución universal de Herberto Spencer queda refutado por un libro de un discípulo del señor Pasteur, llamado Dionisio Cochin. El libro se titula La evolución y la vida, y recomiendo á usted su lectura.

Acaso, leyéndole, venga usted á convencerse, como yo me he convencido, de que no hay una sola evolución, sino de que ha habido tres, ó dos por lo menos. Con la materia primera, y con leyes matemáticas, físicas y químicas, por mucho que se haya evolucionado, no ha podido aparecer la vida. La vida no se explica sin los gérmenes, sin otra intervención de lo incognoscible, sin algo como nueva creación, que marca nueva era y el principio de evolución más alta. Y no vale salvar la dificultad como la salva Sir Guillermo Thomson, imaginando que cayó en nuestro planeta un pedazo de astro viejo, todo cuajado de microbios. Esto sería trasladar la dificultad á ese astro viejo; endosársela, pero no resolverla.

Con la aparición de la conciencia, del entendimiento, del sér humano, ocurre lo mismo.

Entre lo que vive y lo que no vive, entre lo que piensa y lo que no piensa, no hay término medio; no hay eslabón que enlace la cadena y acredite como evidente la ley de continuidad. De la substancia viva más imperfecta á la substancia sin vida más hermosa y rica, al diamante, al cristal, al oro más puro, hay un abismo. Y desde el más grosero pensamiento al instinto más perfecto del animal, hay otro abismo también. Fuerza es, pues, admitir la solución de la continuidad de Herberto Spencer, y tres evoluciones en vez de una: la de la materia inorgánica, la de la vida y la de la conciencia.

Ignoro si un señor llamado Enrique Drummond, es inglés, ó yankee. Sólo sé que, estando yo en los Estados Unidos, apareció allí y se puso muy en moda un libro suyo, impreso en Boston, que se titula Leyes naturales en el mundo espiritual.

Aunque yo, según he confesado, sé poquísimo, y no tengo la pretensión de enseñar, y sólo escribo para divertirme y divertir, si puedo, á quien me lea, todavía, sin pasar de mero aficionado á sabio, tengo mis opiniones arraigadísimas, contra las cuales nada prevalece. Y una de estas opiniones es que el método empírico sirve para explicar los fenómenos y sus relaciones: para clasificar los seres y ponerlos como en un casillero; mas no para explicar las causas y elevarse á la metafísica, previamente desechada. Así, pues, yo considero falso el pensamiento fundamental de Enrique Drummond, y yo considero irrealizable su intento.

Sin embargo, el intento de Enrique Drummond es tan sano y tan sublimemente benévolo y el arte y el discurso con que le realiza son tan ingeniosos, que no puedo resistir á la tentación de hacer aquí un extracto de su sistema.

Así verá usted como la mentalidad, en este tercer período histórico llamado positivo, no excluye la religión ni la teología, sino que desde el seno del positivismo, y por métodos positivistas, volvemos á ellas. Y volvemos, no ya sólo á una religión metafísica, á una teología natural ó teodicea creada por el discurso, sino á la religión revelada, cristiana, positiva y católica.

Usted y su hermano, que son tan entusiastas y tan devotos de San Pablo, de Santa Teresa de Jesús y de San Ignacio de Loyola, quién sabe si cuando vean que, sin dejar los carriles del positivismo, pueden llegar con Enrique Drummond á creer en lo que creyeron dichos Santos, no acabarán por abjurar de esa Religión de la Humanidad, sin más Dios que la Humanidad misma, y por volver al Catolicismo, el cual, dado, como yo creo, que la religión no ha concluído ni concluirá nunca, es la verdadera religión de la Humanidad: la religión definitiva.

Pero tratar de esto requiere bastante extensión y capítulo aparte.