II.

En estos últimos días he recibido un nuevo folleto de usted (segunda carta á D. Zorobabel Rodríguez), por el cual veo que sigue usted predicando su Religión de la Humanidad, aunque asegura que no quiere polémicas. Yo no las quiero tampoco: pero necesito exponer las razones principales que me mueven á no convertirme, como usted me aconseja en la extensa carta que me escribió; y además, esto me da ocasión para discurrir y cavilar sobre la irreligión del día, sobre eso que usted llama la mentalidad, del período positivo en que estamos, mentalidad que se opone, según usted, á que creamos en nada sobrenatural, por donde San Pablo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, y todos los mejores Santos del Calendario, y todos los más nobles y generosos héroes de la Historia, no creerían en Dios si viviesen ahora, y sólo á la Humanidad darían adoración y culto.

Es innegable que el materialismo, el ateísmo y el positivismo, que es un ateísmo disimulado y vergonzante, florecen demasiado en el día, pero los positivistas y ateos se engañan en imaginar que el mundo es ya de ellos, y que esta edad es la de la razón, y que la de la fe pasó para siempre.

Yo creo que estamos en plena edad de fe, y que, si el perderla implicase progreso, de poco progreso podríamos jactarnos.

Todavía, á mediados de este siglo, en 1847, ha aparecido en Persia una religión nueva que ha hecho correr la sangre á ríos, y ha dado al mundo millares de mártires. La moral de esta religión es purísima y dulce; sus libros sagrados, muy poéticos; su creencia y su amor en Dios y á Dios, profundos. El Conde de Gobineau y el Sr. Franck, del Instituto de Francia, han expuesto su doctrina y escrito la historia de esta religión reciente, el babismo, cuyo dogma capital es la encarnación perpetua de Dios en diez y nueve personas.

Se me dirá que esto ocurre en Persia, que es tierra de bárbaros; pero que en la culta Europa y en las otras regiones, por donde su civilización se ha difundido, no caben ya semejantes delirios.

Nada más arbitrario que tal suposición. En pocas edades han aparecido más profetas y fundadores de religiones que en el día. Básteme citar al conde de Saint-Simón, á los polacos Wronski y Towianski, á los yankees Channing, Parker y José Smith, y al francés Hipólito Rodríguez, sin duda israelita de origen, que aspira á crear la religión universal y definitiva, combinando y reconciliando las tres hijas de la Biblia, las religiones de Moisés, Cristo y Mahoma, é interpretando con piedad profunda el apólogo famoso de Natán el Sabio.

Harto sé que se me dirá que todos estos flamantes profetas estaban locos de atar; pero veamos, por otra parte, cómo sigue reinando el espíritu religioso, y habrá que decirme que está loco todo el humano linaje, ó habrá que confesar que la religión, la fe y la creencia en Dios son indestructibles.

No voy á citar á ningún Padre de la Iglesia, ni á ningún apologista católico, sino al Sr. Vacherot, el cual entiende que Dios no existe sino en nuestra mente, que es nuestra hechura, y que desaparecerá con nosotros. Dios, sin embargo, para el Sr. Vacherot, está muy lejos de desaparecer.

En su libro La religión, presume este autor que la religión pasará; que el linaje humano dará al cabo el salto progresivo del estado religioso al estado científico; pero ¿quién sabe? El día en que se dé este salto, está aún á millares de años de nosotros.

Mis libros están tan en desorden, que he andado media hora buscando uno muy divertido para citársele á usted con exactitud (á este propósito), y no he podido hallarle. Sea todo por Dios. Es este libro de un sabio francés, no recuerdo el nombre, el cual asegura que La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún. Para este señor, el Sér Supremo de Augusto Comte es un Dios nonato. La Humanidad, según sus cálculos, nacerá dentro de catorce mil años, si mal no recuerdo. Compaginando esto ahora con lo que dice Vacherot sobre el salto del estado religioso al científico, me atrevo á prever que el tal salto no se hará hasta dentro de los mencionados catorce mil años.

Por lo pronto tenemos á casi todos los hombres aferradísimos á la religión, y, por consiguiente, incapaces de elevarse á la vida colectiva.

«Si tendemos la vista, dice Vacherot, por el inmenso imperio de las religiones, en pleno siglo XIX, este espectáculo desanimará á los librepensadores, que esperan ó creen llegado el reino de la razón en nuestro planeta, y tranquilizará á los creyentes, asustados con las conquistas de la incredulidad, en los tres últimos siglos.»

En efecto: Vacherot echa sus cuentas, tomando los datos del primer libro de Geografía ó de Estadística que tiene en casa, y resulta que de mil doscientos millones de seres humanos, que pueblan el mundo, casi todos profesan alguna religión. Hay centenares de millones de cristianos, de budistas y de muslimes; y, lo que es más de lamentar para los filósofos, hasta las más antiguas supersticiones, sectas y religiones semiselváticas, persisten aún. El fetichismo y el chamanismo conservan millones de sectarios.

¿Dónde está, pues, esa mentalidad, propia de la época, y que tan resueltamente prohibe, no ya seguir una religión positiva, sino creer en Dios racionalmente?

En la carta que usted me escribe, en las que escribe á Doña Emilia y á D. Zorobabel, y en todos los otros escritos, habla usted de dicha mentalidad; pero ni me la enseña, ni yo la veo.

Lo que yo veo y lo que ve todo el mundo es que, enfrente de la inmensa turba de creyentes, apenas habrá, esparcidos por toda la faz de la tierra, unos cuantos miles de librepensadores incrédulos.

La mentalidad de que usted habla no es, pues, general. Debe quedar reducida á los sabios y filósofos, ó, mejor diremos, á los sabios sólo, ya que usted no admite tampoco, en estos tiempos, la filosofía especulativa ó metafísica. Significa, sin duda, la tal mentalidad, que la ciencia y la religión son incompatibles en el estado de progreso á que la ciencia ha llegado.

Si la ciencia se divulga, la incredulidad, sin la cual no hay ciencia, también debe divulgarse.

Supongamos ahora que los pueblos bárbaros del Oriente inmóvil, y que las turbas rudas y sin ciencia de Europa y de América, y los semisalvajes de África, todos religiosos, á su modo cada uno, no deben contar por nada, y que el porvenir y los destinos del género humano dependen de los sabios, que casi todos viven en las grandes capitales. ¿Cuándo lograrán estos sabios difundir por donde quiera su mentalidad, como usted la llama?

Lo más raro que hay en el caso es que muchos de esos sabios, aun de los más incrédulos, no desean que la incredulidad se divulgue, y hasta tienen miedo y horror á que el vulgo llegue á ser tan incrédulo como ellos. Unos miran la religión como freno para las turbas ignorantes y codiciosas; otros, como consuelo para los tristes, menesterosos y desvalidos. De aquí que muchos sabios de éstos se pongan muy sentimentales y melancólicos de matar la fe, después de soñar con que acaban de matarla. Ernesto Renan es de los melancólicos, si mira la religión como consuelo. Si la mira como freno, inventa mil diabluras, que parecen desatinos, para refrenar al vulgo de otra suerte.

En uno de sus diálogos propone que la ciencia vuelva á ser oculta, y que los sabios formen algo como colegios sacerdotales, para que cuando el pueblo se subleve y haga alguna barbaridad, los sabios, que sabrán ya más que ahora, castiguen al pueblo con una buena peste, ó con terremotos, ó con inundaciones, ó con lluvias de fuego, ó con otras plagas.

Interminable y enojosa tarea sería citar aquí textos de autores racionalistas que se lamentan y aterrorizan de que el vulgo se vaya racionalizando. Suponen que, perdida la fe, no adquirirá en cambio la ciencia, y se lanzará desbocado á satisfacer sus bestiales apetitos. El citado Vacherot manifiesta repetidas veces y muy elocuentemente estos temores. Tenemos, pues, no corta cantidad de sabios incrédulos que se inclinan á que sea la incredulidad exclusivo privilegio de los sabios. Por un lado, matan ó creen matar toda creencia religiosa en los libros que componen, y por otro lado, deploran con amargura que las creencias mueran. Se parecen á aquel Rey de un cuento oriental, que había dado su palabra real de decapitar á cuantos se pusiesen á adivinar cierto enigma y no le adivinasen. Los alrededores de la gran capital del referido Rey estaban llenos de cabezas cortadas, colocadas en sendos postes; pero, como el Rey tenía muy compasivo y buen corazón, no hacía más que llorar por aquellas muertes de que él mismo era causa, para no faltar á su palabra.

Convengamos en que son dignos de risa los incrédulos llorones. Si es ilusión, si es mentira todo lo trascendente y divino, ¿por qué llorar su pérdida? El sabio, que consagra su vida a la verdad, ¿cómo puede figurarse que la verdad sea nociva y funesta? ¿Cómo da por cimiento á la ventura de sus semejantes, á su moralidad y á su bondad, el error, el engaño ó la falsía.

Los positivistas ortodoxos como usted, y no pocos sabios incrédulos de otras escuelas, son en este punto más lógicos. Para unos, toda religión ha sido siempre contraria á la moral, á la dicha y al progreso; para otros, ha sido toda religión utilísima, indispensable, hasta hace muy poco, para todos esos altos fines; mas para todos ellos toda religión es perjudicial en el día, salvo la meramente alegórica que ustedes han inventado.

No negaré que ustedes se contradicen menos; pero son ustedes pocos, y no todos muy firmes en su opinión. Al fundar la moral, sin el sostén y la base de una metafísica ó de una doctrina religiosa, tocan ustedes la dificultad; y á menudo vacilan. A veces salen ustedes por el registro que menos se prevé. Pondré de ello un ejemplo curiosísimo y algo chistoso.

El Sr. Guyau ha escrito una obra titulada La Irreligión. Para él consiste el venturoso porvenir de nuestra especie en que la religión se acabe, y casi la da ya por acabada. Sin dificultad, á su ver, y del modo más llano, establece este sabio una moral excelente. Todo el orden social no sólo le explica, sino que le crea, como explicaba Laplace el orden del universo, sin la hipótesis de Dios; pero aquí vienen los apuros; donde menos se piensa salta la liebre. Los hombres ilustrados é irreligiosos querrán tener pocos hijos que mantener y educar, y las mujeres ilustradas é irreligiosas apenas querrán parir alguno que otro. Entretanto, las gentes ruines é indoctas, las razas inferiores, echarán al mundo con desmedida profusión infinidad de chiquillos. Por lo cual teme el Sr. Guyau que el linaje humano degenere; que los sabios disminuyan; que los pueblos más cultos, como Francia, se enflaquezcan y pierdan población, y que los negritos ú otros salvajes lo llenen y dominen todo. No recuerdo si el Sr. Guyau arbitra algún recurso para salvar esta dificultad; pero el caso es que la pone.

Y no es de maravillar que ponga una sola, sino que no ponga muchas. Lo que es yo, por más que medito, no veo posible la moral, sin religión ó metafísica que la sirva de base.

Prescindamos de toda revelación sobrenatural; no prestemos crédito sino á los dictados de nuestra razón; pero, aun así, si no afirmo un Dios legislador y hombres con alma responsable, con libre albedrío, capaces de vencer las naturales impurezas y de sobreponerse á los malos instintos para realizar la justicia, el bien y la caridad en el mundo, aun en contra de sus propios intereses, no veo que pueda fundarse racionalmente moral alguna.

Cierto que el gran crítico Lessing separa el dogma cristiano de la moral de Cristo, como hacen ustedes. Para Lessing, la moral es independiente del dogma: independiente de ésta ó de aquélla determinada metafísica ó teología; pero Lessing no destruye por eso toda teología y toda metafísica; antes pone como cimiento firmísimo de la moral una metafísica perenne en sus principios radicales, una teodicea natural, que afirma á Dios, omnipresente en el universo, causa del orden y del progreso, revelándose gradualmente y educando al linaje humano por medio de sucesivas revelaciones. La religión natural, la metafísica perenne, aunque progresiva, no es para este sabio obra del natural discurso sólo, sino del natural discurso con auxilio y revelación de Dios.

Ya ve usted cuánto dista Lessing de los positivistas de ahora. El género humano progresa y se educa, guiado por Dios, y, si Dios le deja de su mano, ni se educa ni progresa.

¿Dónde está esa incompatibilidad que ustedes suponen, entre la ciencia y la religión, entre Dios y la razón humana, cuyo progreso en todo, según Lessing, es un resultado de la constante operación divina y de sus revelaciones, que se suceden en oportuna sazón, cuando ya el espíritu del hombre está en aptitud de recibirlas?

Lejos de mí creer á usted malicioso. Yo creo á usted lleno de candor, y convencidísimo de sus errores; pero, al afirmar que la ciencia es incompatible con la religión, al poner entre ambas perpetuo conflicto, ¿no comprende usted que induce á mucha gente sencilla á dar en irreligiosa y en atea, por no parecer poco ilustrada?

Para tranquilidad de esta gente sencilla, bien puede asegurarse que, aun en el día, son más, muchos más, los sabios religiosos que los irreligiosos. La lista de los que creen en Dios, y hasta de los que son cristianos, vence en cantidad y en calidad á la lista de los sabios incrédulos. No hablo de filósofos, ni de doctores en ciencias morales y políticas: me limito á los que entienden y tratan las ciencias de la naturaleza. La química, la física, la geología, la astronomía, no se oponen, pues, á la fe, digan Draper y otros por el estilo lo que se les antoje. No son embusteros, ni hipócritas, Faraday, Murchison, Hugh Miller, Humphry Davy, Jorge Stephenson, el Padre Secchi, Cuvier, Flourens, Cauchy, Biot, los Ampère, Chevreul, Pasteur y otros mil, que sería prolijo ir aquí enumerando.

A los que no hemos estudiado y sabemos poquísimo de ciencias naturales, á cada paso tratan los físicos, químicos y biólogos incrédulos de taparnos la boca, echándonos en cara nuestra ignorancia. Como no hemos estudiado lo que ellos, no atinamos á explicarnos el Universo sin Dios: la contradicción entre la razón y la ciencia. El mejor y más fácil modo de contestarles es citar á esos otros sabios que son de nuestra opinión, y á quienes no pueden recusar por ignorancia.

En 1865 hubo en Inglaterra, que no es país muy atrasado, un meeting ó asamblea de naturalistas, químicos, astrónomos, etc.; y seiscientos diez y siete, nada menos, escribieron, firmaron y publicaron un manifiesto, declarando que las ciencias que profesan no van contra Dios, ni contra la religión, ni siquiera contra la Biblia. Si algo inventan ó sostienen que parezca oponerse á la palabra de Dios ó á sus Sagradas Escrituras, ya es porque la ciencia es incompletísima aún, y se debe esperar que, cuando se complete, se conciliará todo; ya es porque hemos interpretado mal el sentido de las Sagradas Escrituras, de suerte que el descubrimiento científico no se opone á la misma palabra de Dios, sino á la torcida interpretación que le hemos dado.

Ya ve usted cuán poco irreligiosa es la sana y más docta mentalidad del siglo presente.

Toda religión tiene aun muchos creyentes y defensores, y la nuestra más que ninguna, aunque no he de negar yo que bastantes pequen con frecuencia por exceso de celo.

La revelación divina no pudo hacerse toda de una vez y sobre todo. La marcha ascendente del linaje humano, la ley de la historia, el desenvolvimiento intelectual de las sociedades y de los individuos, todo esto no sería, ó las cosas serían de muy diversa manera, si Dios lo hubiera revelado todo en un solo momento: de un golpe. El hombre, además, ó natural ó sobrenaturalmente, hubiera sido hecho ó rehecho por muy diverso estilo, para que se prestase á recibir la revelación, á entenderla, y á que no fuese en balde. El maestro va por sus pasos contados enseñando á sus discípulos, y no les explica la lógica antes de la gramática, ni el cálculo integral antes de las cuatro reglas de la Aritmética.

Si los primeros Patriarcas, y Abraham, y Jacob, hubieran enseñado toda la doctrina, nada hubiera tenido que revelar Moisés; y si Moisés lo hubiera enseñado todo, hubiera sido supérflua la revelación de Cristo. Cristo mismo, en la última cena, cuando se despide de sus discípulos, declara que aún no lo ha revelado todo. «Aún tengo que deciros muchas cosas, pone el texto de San Juan: mas no las podéis llevar ahora.» Esto es: ahora no os aprovecharían; no las comprenderíais bien. Y añade luego: «Mas cuando viniere aquel espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad.» Lo cual, aunque se interprete con la más timorata interpretación, diciendo que eso que Cristo se dejó por decir se lo dijo á los Apóstoles después de resucitado y lo inspiró el Espíritu Santo cuando bajó sobre ellos, todavía es prueba evidente de que no es la revelación simultánea y completa, sino sucesiva, y adaptándose á la capacidad de los hombres á quienes se hace. En confirmación de lo cual viene bien aquello de San Pablo á los de Corinto, cuando les dice que los alimenta con leche y no con manjares sólidos que no pueden digerir todavía.

Traigo aquí todo esto muy pertinentemente, ya que de no entenderlo se han seguido graves males. Bastantes sabios piadosísimos se han empeñado en probar que en la Biblia está todo y que Moisés sabía y revelaba cuanto hay que saber y revelar de física, química, matemáticas, paleontología, cosmogonía, etc.; y en cambio otros incrédulos, en esto no menos cándidos, se obstinan y se enorgullecen disputando con Moisés y probándole que no sabía el sistema de Copérnico, ni que el agua se componía de oxígeno y de hidrógeno, ni otras muchas cosas por el estilo. Los primeros deducen de esta disputa la verdad de la religión, y los segundos su incapacidad, su oposición á la ciencia y su mentira. Yo, sin ser sabio, en nombre de mi pobre sentido común, me atrevo á sostener que no tienen razón ni unos ni otros en sus deducciones.

Entre los apologistas de la religión cristiana hay un inglés, Samuel Kinns, cuya seguridad y cuyos argumentos para probar la concordancia de la revelación y la ciencia pasman por inauditos é inesperados.

Cuenta este señor que hay unos cerrajeros, paisanos suyos, Hobbs, Hart y Compañía, los cuales han inventado y fabricado ciertas llaves y cerraduras maravillosas, de que se vale el Banco de Inglaterra para poner á buen recaudo sus tesoros. Las guardas de cualquiera de estas llaves tienen 15 dientecillos movibles, que, colocándose, ya de un modo, ya de otro, dan lugar á 1.307.674.368.000 combinaciones. Con cualquiera combinación se echa la llave y sólo se desecha ó se abre con la combinación con que se ha cerrado. Hay pues, una sola probabilidad contra un billón y miles de millones, de que alguien abra sin saber la combinación.

Sentado esto, y sentado que los días de la Creación no fueron días, sino largos períodos de millones de años, Samuel Kinns pone quince actos creadores en el orden en que los pone la ciencia, y los concierta, en el mismo orden, con quince frases ó expresiones bíblicas, que responden con exactitud á cada uno de esos actos. De esta suerte, imagina el apologista que deja demostrado que Moisés sabía, por revelación divina, todo lo que la ciencia ha descubierto, tres mil años después, acerca de la Creación del Mundo.

Al más rudo, si recapacita un poco, asaltan varias dudas y razones contra semejante discurso. 1.ª ¿Lo que la ciencia ha descubierto, lo ha descubierto bien, ó saldremos el día menos pensado con que descubre otra cosa que invalida el descubrimiento de hoy? 2.ª ¿Dado que sea ya definitiva é inalterable la cosmogonía de la ciencia, hay ó no hay algo de arbitrario y de más ingenioso que sólido en la harmonía y ajuste perfecto de lo que dice la ciencia y de lo que dice la Biblia? Y 3.ª Aceptando por verificado y evidente todo lo que la ciencia descubrió de la cosmogonía, y por no menos exacto su acuerdo perfectísimo con las palabras de Moisés, ¿qué objeto ni qué propósito tuvo Moisés, ya que sabía todo aquello, de decirlo ó ponerlo tan obscura y concisamente, que fuese logogrifo ó acertijo que nadie había de adivinar sino más de tres mil años después?

Convengamos en que hubiera sido broma pesada, al menos por su duración, la que hubiera dado Moisés á todo el linaje humano, si sabiendo bien todo lo que ocurrió en el Universo desde su origen, lo hubiera dejado en cifra que sólo al cabo de treinta siglos se hubiera podido descifrar. ¿No sería mejor y más piadoso entender que las Sagradas Escrituras están divinamente inspiradas en todo lo que se refiere á la moral y al dogma, y que, en otros puntos, cuando el redactor del libro no es testigo ocular, ó cuando trata de cosas que por inspección ocular no podían saberse, dice lo que en su tiempo se suponía ó se imaginaba?

En virtud de esta distinción, á mi ver discreta, se evitarían lo menos las nueve décimas partes de las controversias entre los creyentes y los incrédulos: casi desaparecerían los supuestos ó fantásticos conflictos entre la religión y la ciencia.

Uno de los más juiciosos apologistas que tiene hoy la religión cristiana, Mons. Van Weddingen, dice en sustancia lo mismo que estamos aquí diciendo. Cada Profeta, cada Padre de la Iglesia, según la física y la química de su tiempo, opinaba lo que mejor le parecía, y no es motivo para negarle ó concederle la cualidad de profeta ó de hombre inspirado por Dios, el que su opinión de entonces concuerde ó no con la opinión de ahora, ó, si se quiere, con la ya clara y manifiesta verdad de los físicos y de los químicos del día.

Dios, directa, materialmente, digámoslo así, y como el maestro enseña á sus discípulos, bien se puede afirmar que no enseñó matemáticas, astronomía, biología ni antropología á nadie.

Quedó, pues, cada hombre con aptitud y en libertad de inventar, de descubrir ó de forjarse los sistemas que sobre cada una de esas ciencias le parecieran más conformes á la verdad.

Así, pues, y sirvan de ejemplo (refiriéndome siempre á Mons. Van Weddingen) San Basilio y San Gregorio de Nyssa que sostienen la espontánea generación de los gérmenes en la tierra y en el agua; y San Agustín, San Isidoro de Sevilla y otros Padres, que casi son darwinistas. Dios creó al principio, según ellos, ciertos gérmenes, causas primordiales seminales, que así las llaman, las cuales fueron poco á poco desenvolviéndose. En resolución, termina el apologista citado: «El sabio jesuita Pianciani ha demostrado doctamente que sobre estos puntos delicados se concede entera libertad á la interpretación de cada individuo. La fe queda salva si se reconocen los derechos del divino Creador, y la irreductibilidad del alma de los primeros hombres á las funciones meramente orgánicas». Lo cual significa que sobre cualquiera de dichos puntos puede el sabio, ó el que se figura que lo es, descubrir las verdades más inauditas ó imaginar los más enormes disparates, sin producir conflicto con la religión, siempre que convenga en que Dios lo creó todo y en que ni hay, ni hubo nunca, ser orgánico, que pueda llamarse hombre, sin que Dios infunda en él un alma inmortal hecha á imagen y semejanza suya.

Yo me vuelvo todo ojos para hallar en los escritos de usted, y en otros escritos positivistas algo á modo de prueba de que estos dos conceptos, de Dios y del alma, son falsos. Lo que sí hallo es que, según usted, el concepto de Dios fué preparación indispensable para subir al grado de civilización á que hemos subido; pero ni usted ni nadie me dice qué día, ni qué mes, ni qué año, subimos á ese grado en que ya es menester desechar á Dios, ni por qué es menester desecharle.

Sin embargo, visto que no trato yo de convertir á usted á ninguna religión positiva, como usted ha tratado de convertirme á la religión de la humanidad, voy á prescindir aquí de multitud de dificultades y hasta á dar por verdad varios errores, ó varias afirmaciones, que me parecen errores aunque no lo sean.

Supongo, pues, que el período teológico pasó ya, ó dígase que no se debe ni se puede creer en revelación externa divina. Supongo, además, que también pasó ya para siempre el período metafísico, ó dígase que ya no se puede dar ni aceptar ciencia fundada en revelación interna divina, ó sea en lo absoluto, que se muestra en lo más íntimo y profundo de nuestro sér, y sobre lo cual estriba una ciencia fundamental á priori.

Supuesto lo antedicho, no nos quedará sino la ciencia que ustedes llaman positiva: la ciencia que se funda en el empirismo, en las observaciones que hacemos valiéndonos de los sentidos.

Quiero conceder, por último, que solo con esta ciencia, sin nada de metafísica que con ella se combine, no llegaremos jamás á una legítima demostración de la existencia de Dios: que todos los que han querido dar dicha demostración, cristianos y deístas, Fr. Luis de Granada, Newton, Voltaire, Flammarion, todos se han equivocado, según Kant lo prueba.

Nos quedamos, pues con el positivismo escueto: con las seis ciencias de la Enciclopedia de Comte y de Littré. Pero si por ellas no podemos llegar á lo sobrenatural para afirmarle, ¿por qué ni cómo hemos de llegar para negarle?

Aun tomándonos la libertad de negarle sin fundado motivo, no explicaríamos las cosas, sino que las confundiríamos y enredaríamos más. El recurso del altruismo y del egoísmo para explicar lo bueno y lo malo, en moral, no vale, sin libre albedrío. Dice Vogt: «Si no me enseñan el alma, no creo que la hay»; dice Virchow, que como no ve el alma, no la acepta; y Feuerbach y cien otros aseguran que lo que piensa es el fósforo, lamentando mucho que, con tantas patatas como ahora se comen, los cerebros humanos se pongan pesadísimos é incapaces. En cuanto al vicio y á la virtud, harto sabida es la chistosa expresión de Taine: «El vicio y la virtud son productos químicos, como el vitriolo y el azúcar».

Inventemos, pues, un sistema, saliéndonos del método experimental, y haciendo sobre esto la vista gorda. Demos de barato que no hubo al principio más que el éter, ó sea infinidad de cuerpecillos insecables, átomos dotados de fuerza eterna y de tres ó cuatro movimientos perpetuos, uno en línea recta, otro giratorio y otro de pegarse unos á otros y formar poliedros. Con tanto moverse estos átomos, vino á resultar que sus fuerzas se contrapusieron maravillosamente, y todo se paró y quedó en equilibrio; y hubo tinieblas y silencio; si no la nada, algo parecido. Pero de súbito se rompe el equilibrio (y no sabemos por qué, aunque no sabemos tampoco por qué se estableció), y el equilibrio ya roto, empezaron á formarse pelotitas luminosas, y fué la luz; y luego, según se ajustaban y combinaban los poliedros, que los hubo sin duda de varias clases además de las pelotitas, salían sólidos, y líquidos, y gases; y luego vida, y plantas, y bichos; y luego hombres, y conciencia, y pensamiento: y sociedad, é historia, y revoluciones, y guerra, y progreso, y todo cuanto hay hasta ahora, y hasta que á los átomos se les antoje volver á la inmovilidad primera ó sea al equilibrio, y nos quedemos otra vez á obscuras, ó dígase, todo silencio, tinieblas y muerte.

Consideremos exacto todo esto como si lo hubiéramos visto, tocado y verificado. Y si el sistema no gusta, le modificaremos, ó expondremos el de otro sabio por el mismo estilo. Pero, entonces, ¿qué razón hay para que merezcan alabanza y gloria Augusto Comte y Catalina de Vaux, por haber sido dos turrones de azúcar? ¿Qué responsabilidad tiene, qué castigo merece el más infame criminal por haber sido un frasco de vitriolo? Si yo soy altruista, es porque los átomos que me componen me llevan al altruismo, y si soy egoísta, es porque mis átomos confederados se hallan muy á gusto con su confederación y no quieren romperla, aunque se lleve pateta todas las otras confederaciones existentes ó posibles.

Usted y gran número de otros positivistas honrados no se conforman con ser sólo laboratorios de azúcar; y con que la virtud y la diabetes vengan á ser casi lo mismo. De aquí que hayan ustedes inventado ó aceptado esa fantasmagoría ó mojiganga del Ser-Supremo-Humanidad, que nada explica ni remedia.

Abrazada la doctrina del positivismo, negada toda religión, negada toda metafísica, desengáñese usted, no hay más recurso que caer en el agnosticismo.

Lo conocido, lo verificado por observación sensible y por experiencia, es como una isla, todo lo grande y hermosa que se quiera, pero circundada de mar tenebroso y sin límites. Esta isla, ¿quién sabe si tendrá cimientos que la mantengan firme en medio de ese mar, ó si flotará sin cimientos á merced de las olas? Lo desconocido no queda lejos, aunque en el centro de la isla nos pongamos, sino que la invade toda, y está hasta en el aire que en ella se respira. Desesperados muchos de los habitantes de la isla, todos ellos sabios, ó semisabios, han declarado lo desconocido incognoscible; pero algunos han recobrado la esperanza, y, con los medios que la isla da de sí, se han engolfado en el mar tenebroso y desconocido, á ver si le exploran. Uno de estos navegantes audaces es el Sr. Enrique Drummond, de que ya he hablado á usted, y de cuya navegación y descubrimientos tenía yo empeño en dar noticia, por ser tan curiosos: pero la empresa es atrevida y peligrosa y desisto de llevarla á cabo.

Básteme afirmar que no es aislado capricho de Enrique Drummond esto de subir por la escala de las ciencias empíricas hasta la última y suprema hipótesis que lo explique todo, construyendo ó reconstruyendo la metafísica y singularmente la teodicea. En todos los países cultos se advierten síntomas de tan ineludible propensión, y de la actividad que, movido por ella, el espíritu humano va desplegando.

En Francia acaba de aparecer un libro que llama ya la atención por el título sólo, y donde se nota el pensamiento fundamental de que aquí se trata. El libro se titula El porvenir de la metafísica fundada en la experiencia, por Alfredo Fouillée.

En nuestra misma España ha aparecido otro libro, que apenas he tenido tiempo de hojear aún, pero en el cual, por lo poco que he visto, presiento que el movimiento intelectual del mundo me depara un auxiliar poderoso. El autor de este libro (cuyo nombre, Estanislao Sánchez Calvo, confieso que al recibir el libro conocí por vez primera) quiere reconstruir también la metafísica: descubrir lo incógnito, que no es incognoscible para él, partiendo de las ciencias positivas; probar, en suma, que lo inconsciente de Hartmann, que es, en efecto, inconsciente para nosotros, es, por eso mismo, lo maravilloso, lo estupendo, lo certero, lo infalible, lo rico de providencia y de inteligencia, que mueve desde el átomo hasta el organismo más complicado: pero que este motor, de quien tal vez no tenemos conciencia los que por él somos movidos, la tiene él de sí y en sí, y lo penetra y lo llena todo, siendo al mismo tiempo todo y uno, porque si las demás cosas son algo, y si no son nada porque no son él, es por el ser que él les da. En resolución: ese prurito de producir formas, vidas y evoluciones; esa energía constante de los séres que siguen inconcientemente su camino prescrito, y van á su fin en virtud de leyes indefectibles y eternas, es la incesante operación de lo inconsciente, el milagro perpetuo de lo que, siendo inconsciente para nosotros, es supraconsciente, y es Dios.

El libro que expone y procura demostrar esta doctrina, con mucha ciencia y extraordinario ingenio, se titula Filosofía de lo maravilloso positivo. Su autor parte del positivismo; pero anhela fundar nueva metafísica y teología nueva, concurriendo, por lo menos, á probar, si no que el ateísmo es falso y que la vacía religión de la humanidad es absurda, que el ateísmo y la religión de la humanidad no contentan ni aquietan á nadie, ni valen para nada bueno.

NOVELA-PROGRAMA

A la Sra. de R. G.

Mi distinguida amiga: Hace ya meses que me envió usted un ejemplar de Looking backward, novela de Eduardo Bellamy, impresa en Boston en 1889. En seguida dí á usted las gracias por su presente; pero, como tengo tantas cosas que leer y tantos asuntos á que atender, confieso que no leí la novela, y la dejé arrinconada.

Pasó tiempo, y un día la novela cayó de nuevo por casualidad entre mis manos. Entonces reparé en una cosa en que no había reparado antes, y que no pudo menos de mover mi curiosidad hacia la novela. En letra mucho más menuda que el título y por bajo de él, decía la portada: two hundredth thousand.

Estas tres palabras me dieron dentera, ó, si se quiere, envidia. Yo también soy autor, y no estoy exento de tener envidia á otros más dichosos autores.

Las tres palabras indicaban que de la flamante novela se habían vendido ya doscientos mil ejemplares cuando se imprimió el que yo había recibido. Desde entonces hasta ahora ha pasado tiempo bastante para que se vendan otros cien mil. Bien se puede afirmar, pues, que lo menos trescientos mil ejemplares de Looking backward han sido ya vendidos.

En ese país y en Inglaterra hay mucha librería circulante, y los libros además se prestan sin dificultad. No es exageración suponer que cada ejemplar ha sido leído por diez personas. El señor Bellamy, por consiguiente, puede jactarse de que han leído ya su obra tres millones de séres humanos. Sobre esta satisfacción de amor propio debe de tener además el gusto más sólido y positivo, suponiendo que sus derechos de autor son por cada ejemplar no más que diez céntimos de dollar, de haber cobrado á estas horas por su trabajo treinta mil dollars, ó dígase bastante más de ciento cincuenta mil pesetas de nuestra moneda. Tan opimos derechos merecen, en verdad, el pomposo nombre de royalty, realeza, que tienen en inglés; mientras que los derechos de los autores españoles, salvo en rarísimos casos, debieran llamarse beggary, mendicidad ó pobretería.

Compungido yo y descorazonado por esta consideración, vengo á sospechar á veces si todo, y singularmente los escritores, estaremos en España muy por bajo del nivel intelectual de otros países. El que en España no se lea no basta á explicar que no se lean nuestros libros. Si fueran buenos, me digo, se traducirían y leerían en otros países, ó bien en otros países aprenderían el español para leernos. ¿No sucede esto por donde quiera, con los libros que se publican en Francia? En nuestra península, y en toda la extensión de la América hispano-parlante ¿para qué ocultarlo? Zola, Flaubert y Daudet son más estimados que Alarcón, que Pereda, y hasta que Pérez Galdós, y de seguro que se han leído y se han vendido más ejemplares de Nana ó de Germinal, ó de La Tierra, que de Sotileza ó de los Episodios nacionales.

Con los libros en inglés aún no sucede esto tanto en las naciones que hablan nuestra lengua; pero los libros en inglés, si llegan á hacerse populares, no han menester de nuestro tributo.

Harto se ve en Looking backward. Tal vez sea yo, hasta ahora, gracias al ejemplar que usted me envió de presente, el único español que sabe de dicho libro, y de dicho libro, con todo, se han vendido ya más ejemplares que de ninguna de las novelas de Zola: del más glorioso y á la moda entre los novelistas franceses.

A pesar de cuanto acabo de exponer, quiero desechar mi abatimiento y mi modestia; y, sin rebajar el mérito del escritor extranjero, entiendo que son parte en la fama y en el provecho, que á menudo alcanza, lo bonachón y lo candoroso que es el público de otros países, donde se rodea al escritor de gran prestigio y se le presta autoridad que nosotros le quitamos.

Nosotros no tenemos mala voluntad á los hombres de letras; pero las circunstancias nos encierran en círculo vicioso de difícil salida. Aquí no pocos hombres de mucho talento y bastantes de mediano medran, se enriquecen y encumbran, politiqueando, tratando de curar enfermedades ó defendiendo pleitos. El que compone libros, si no tiene rentas, ó bien si no tiene otras ingeniaturas, permanece siempre casi pordiosero. Y de ello inferimos, ya que el que compone libros está medio loco, ya que es incapaz de ser político hábil, abogado con clientes ó médico con enfermos, por donde se da á literaturas, como quien se da á perros, desengañado y desechado de profesiones más lucrativas.

Pero salgamos de tan tristes meditaciones crematístico-literarias, y hablemos de la novela del Sr. Bellamy.

Nada más rancio, trillado y manoseado que lo fundamental de su argumento. Es un caso de sueño ó letargo prolongadísimo, del cual se despierta al cabo. Ya de Epiménides de Creta, que vivió seis siglos antes de Cristo, se cuenta que estuvo durmiendo cincuenta y siete años. Hermotimo de Clazomene, que floreció poco después, echaba también siestas muy largas; con el aditamiento de que, mientras que su cuerpo dormía, su desatado espíritu se paseaba por todo el universo con la rapidez del rayo. En las edades cristianas, abundan más aún los durmientes, empezando por los siete, que, durante la persecución de Decio, se quedaron dormidos en una caverna, y despertaron ciento cincuenta y siete años después, hallando muy cambiadas las cosas del mundo y el cristianismo triunfante.

No sé de país donde no haya cuentos, leyendas, comedias y zarzuelas que se fundan en esta base. Nosotros tenemos á nuestro D. Enrique de Villena, que desde el siglo XV estuvo hecho jigote, y apareció y surgió á nueva vida en La redoma encantada, de Hartzenbusch. Por lo común, no se requiere determinación tan heróica como la de hacerse jigote, ni siquiera se exige sueño, para dar un brinco en el tiempo, y plantarse de súbito dos, tres ó cuatro siglos más allá del punto de partida. Basta para ello un éxtasis, un arrobo ó la traslación real á medio más dichoso, donde el correr del tiempo es más raudo.

Yo he leído un cuento japonés, en que un pescadorcillo es llevado á una isla encantada. Allí se casa con cierta mágica princesa. Vuelve á su tierra, en su sentir al cabo de un año, y reconoce que han pasado doscientos ó más, que no tiene ya ni padre, ni madre, ni perrito que le ladre, y que nadie en su tierra le recuerda. Atolondrado, abre entonces una cajita, don de su princesa, cajita que le debía servir, no abriéndola, para volver á la isla encantada; y sale de la cajita un vapor, á manera de nubecilla blanca, que en lo alto del aire se disipa. Entonces siente que caen sobre él, con todo su peso, los doscientos ó trescientos años que habían pasado; y pierde la lozanía de la juventud, y se trueca en un horrendo viejezuelo, que se encoge y consume hasta que muere.

La Leyenda áurea, las vidas de los Padres del yermo, en todo país y en diversos idiomas, están llenas de casos semejantes, aunque menos lastimosos. Ya es un monje que se embelesa oyendo cantar un pajarillo, en un soto, cerca de su convento. Vuelve al convento, creyendo haber estado ausente una hora, y ha pasado un siglo. Longfellow ha puesto en verso una historia de esta clase. Ya, como en una preciosa leyenda italiana del siglo XIV, son dos monjes que se extravían en una selva; hallan una barca en la margen de apacible río; se embarcan, se dejan llevar de la corriente, y arriban al Paraíso terrenal. El querubín de la espada flamígera les da libre entrada; y Enoch y Elías los reciben y los agasajan, regalan y deleitan tan maravillosa y elegantemente, que se les hace muy cuesta arriba volver al convento, al cabo de una semana. Pero no hay más recurso que volver. Vuelven, y descubren que han pasado en el Paraíso terrenal la friolera de setecientos años.

La invención, pues, del Sr. Bellamy nada tiene de inaudita. Su héroe, Julián West, se queda dormido, en un sueño magnético, y despierta ciento trece años después. Se duerme en 1887 y despierta en el año 2000 de nuestra Era.

Se advierte en esto otro ingrediente capital, permítaseme la expresión farmacéutica, que entra en la confección de la novela del Sr. Bellamy. La novela es profética: nos pinta lo que serán el mundo y la humanidad dentro de poco más de un siglo.

Tampoco es esto nuevo. Pinturas proféticas por el estilo, acaso más divertidas y más brillantes y pasmosas, se han hecho en casi todas las literaturas. ¿Dónde está, pues, el valer de la novela? ¿Cuál ha sido la causa de su extraordinaria popularidad? A mi ver, el valer de la novela es grande y la causa de los aplausos justísima. Consisten en la buena fe y en el fervor con que el Sr. Bellamy cree y espera en lo que profetiza con alegre y profundo optimismo.

Sin duda que en Europa los descubrimientos é invenciones recientes de la ciencia experimental, la actividad fecunda de la industria, la facilidad de las comunicaciones, la creciente riqueza, las máquinas, el bienestar, el lujo y sus refinamientos, el telégrafo, el teléfono, el alumbrado eléctrico, las Exposiciones universales, los congresos de sabios y otras maravillas, han ensoberbecido y alentado por todo extremo á no pocos hombres, y les han hecho creer en un indefinido progreso humano; pero también esas mismas novedades, primores y adelantos, han influído, en sentido opuesto, en más hombres aún, volviéndolos canijos, descontentadizos, nerviosos y quejumbrosos.

El pesimismo existe desde antes de Job y de Budha; pero pocas veces ha estado más divulgado, más razonado y más boyante que en el día. Pocas veces ha sido, además, más negro y desesperado en Europa: ya porque se afirma la mayor dificultad, cuando no la imposibilidad, de ilusiones, de ideales, de creencias, ó como quieran llamarse, que sirvan de compensación ó de consuelo; ya porque se abultan los peligros en la resolución de urgentes y temerosos problemas; ya porque los impacientes y furiosos quieren resolver estos problemas con desmedida violencia y por virtud de los más truculentos cataclismos.

Inútil me parece detenerme en probar que, en Europa, y singularmente en la segunda mitad de este siglo que va llegando á su fin, hay más desesperación que esperanza, se ve obscuro y tempestuoso el porvenir, y son tétricas la filosofía y la literatura.

La risueña amenidad de algunos reformadores sociales, como Fourier por ejemplo, sólo sirve ya para burlas. Los que en el día aspiran á reformadores, se llaman nihilistas, y aturden y aterrorizan á las clases conservadoras. Los poetas siguen siendo desesperados y satánicos, ó bien dimiten, por suponer que la poesía se acaba. Sus negaciones, maldiciones y furores, en vez de salir en verso y raptos líricos, que solían tomarse menos por lo serio, se ponen hoy en prosa, con el método, el orden y las pretensiones didácticas de una ciencia. En vez de Leopardi, Byron ó Baudelaire, tenemos á Schopenhauer. Las pasiones sublimes, los caracteres nobles y desinteresados, los dulces amores, las creencias profundas, todo lo ameno y hermoso se va arrojando de la narración escrita, donde se afirma que la imaginación no debe poner nada de su cosecha. Las obras, pues, de entretenimiento, las más leídas y admiradas, son cuadros horribles de vicios, maldades y miserias, en que el hombre, bestia humana, se revuelca en cieno y en sangre. La vida, en la realidad y en la ficción, aparece como una pesadilla cruel, ó como una estúpida é indigna farsa, que no merece ser vivida. El mejor término y remate de todo es morirse para descansar. La suprema bienaventuranza del mundo, la última victoria del saber y la más alta realizada aspiración del deseo, serían el totalicidio: que la ciencia nos hiciese poderosos para ahogar el necio prurito de vivir que fermenta en las cosas y matar el universo.

Cierto es que la misma exageración de los clamores y de las blasfemias hace que á veces se tengan por fanfarronadas, y que el hombre sereno las ría y no las deplore; pero la insistencia y la generalidad de tantas quejas se sobreponen á la risa, anublan el ánimo más despejado, y angustian al fin y meten en un puño el corazón de más anchuras.

En el conjunto, bien puede asegurarse que de ese otro lado del Atlántico, no hay que lamentar como endémica esta enfermedad del desconsuelo; reina cierta gallarda confianza en los futuros destinos de la humanidad. La tierra es nueva, vasta y pingüe, y cría savia abundante en cuanto se trasplanta en ella. Si de una cepa vetusta, cubierta de filoxera y carcomida por el honguillo, tomamos un buen sarmiento, y le metemos en tierra á alguna distancia, el mugrón se transforma pronto en otra sana y fructífera cepa. Así me figuro yo que ocurre quizá al anglo-americano en relación con el europeo. La prosperidad de esa gran República se diría que promete mayor auge é inmensa ventura para en adelante. Toda dificultad, en vez de desalentar, aumenta los bríos, y hasta regocija con la esperanza de vencerla. Hay ahí cierta emulación, cierta petulancia juvenil, que son útiles, porque persuaden á muchos de que América logrará lo que Europa no ha logrado; resolverá problemas que aquí tenemos por irresolubles, y realizará ideales que nosotros, ya cansados, agotados y viejos, abandonamos por irrealizables y quiméricos. Excelsior es la hermosa y extraña divisa que llevan ustedes en la bandera. Los poetas de ahí están llenos de presentimientos dichosos, y no lloran y se quejan tan desoladamente como los nuestros. La vida para ellos no es lamentación, sino acción incesante, á fin de avanzar más cada día,

Still achieving, still pursuing,

y dejando en pos

Footprints on the sands of time,

como dice Longfellow, en su Psalmo. Todo vate quiere hoy ser ahí más profeta que en parte alguna. Su misión es profetizar y no cantar:

Life sings not now, but prophesies.

Whittier es á modo de un Ezequiel de nuestro siglo. Con justicia se le saluda como al «cantor de la religión, de la libertad y de la humanidad, cuya palabra de santo fuego despierta la conciencia de una nación culpada y derrite las cadenas de los esclavos».

La poesía lírica de ahí inculca en sus mejores obras que querer es poder. La voluntad tenaz, valerosa y desenfadada, rompe todo límite que el saber imperfecto pone á lo posible. Un buen yankee (y permítame usted que llame así á sus paisanos, por no llamarlos anglo-americanos siempre) un buen yankee, digo, alentado por su soberbia esperanza, es como el Reco de la bella leyenda de Russell Lowell; no duda de lograr su anhelo, y se considera como sobrehumanado para lograrle.

«Reco no dudó ya de su ventura.
Bajo sus pies á la ciudad volviendo,
Pensó que ufano el suelo florecía;
Que era más clara la amplitud del éter;
Que alas para cruzarle le brotaban;
Y que del sol los rayos, en sus venas
Infundidos, prestaban á la sangre
Calor salubre y levedad celeste.»

Esta fe en el porvenir, esta exultación del espíritu, que nada deja fuera de su alcance, ha sido la Musa que ha inspirado su novela al señor Bellamy.

Al espirar el siglo XX, ó dígase dentro de poco más de un siglo, la más portentosa revolución estará ya consumada; se habrá renovado la faz de la tierra; la condición humana habrá logrado mejoras extraordinarias materiales y morales, y la Jerusalén celeste, ó, si se quiere, la suspirada ciudad de Jauja, habrá bajado del cielo, y extenderá su feliz y dulcísimo imperio sobre todas las lenguas, tribus y naciones del mundo. No quiere decir esto que una Jauja conquistadora tendrá sometido el resto del mundo, sino que la Jauja ideal se realizará por donde quiera, y todo el mundo será Jauja.

Entendámonos, sin embargo. La Jauja realizada en todas partes, no será la grosera y vulgar de que habla el proverbio; la Jauja donde se come, se bebe y no se trabaja. En el nuevo orden de cosas, en la flamante ciudad, no habrá nadie que no trabaje; hombres y mujeres serán trabajadores; pero merced á la ingeniosidad y primor de la maquinaria y á la superior organización del trabajo, el trabajo, lejos de ser fatigoso, será gratísimo.

La vida estará lindamente arreglada. Hasta los veintiún años dura el período de la educación en el nuevo régimen. Las escuelas son tan buenas, que apenas hay quien salga de ellas sin ser un pozo de ciencia, diestro en todos los ejercicios corporales; así de fuerza como de agilidad y de gracia; sano, hermoso y robusto.

Como ya no sobrevienen (estamos en el año 2000) guerras ni desazones, y vivimos en una paz plusquam-octaviana, ni hay quintas, ni mucho menos servicio militar obligatorio. ¿Y para qué, si tampoco hay generales ni ejército guerreador? De lo que no se puede prescindir es de ejército industrial, y todo individuo tiene que servir en este ejército admirablemente regimentado. Pero el servicio es cómodo y ameno, como ya hemos dicho, y á la edad de cuarenta y cinco años termina. Á la edad de cuarenta y cinco años recibe cada cual su licencia absoluta ó bien se jubila. Y no porque ya se le crea inútil, sino porque ya ha cumplido con la sociedad.

Lejos de estar inútil el jubilado ó licenciado, puede asegurarse que está en lo mejor, en el cenit de su edad. La higiene pública y privada, la medicina, la cirugía y el arte culinario han progresado de tal suerte, que el término ordinario de la vida es ya de noventa años. Quedan, pues, después de la jubilación otros cuarenta y cinco años de huelga y reposo, durante los cuales todo hombre y toda mujer disfrutan de las invenciones, fiestas, riquezas, esplendores, magnificencias y deleites que el trabajo, la industria y el ingenio sociales han producido y siguen produciendo, cada día con mayor abundancia, delicadeza, chiste y tino.

Dígole á usted, sin el menor sonrojo, que se me hace la boca agua al pensar en tan jubilante jubilación, en tan honrado y decoroso sibaritismo, y en tan verdadero gaudeamus y otium cum dignitate.

Algo he extrañado, pero no para censurar, sino para aplaudir, que el Sr. Bellamy, que tantas cosas reforma ó trueca, todo lo deja como está ahora en lo tocante á las artes cosméticas é indumentarias, flirt, noviazgos y belenes. Así da nueva prueba de que en amor y en belleza no hay más que pedir. Hemos llegado á la relativa perfección que, en lo humano, cabe en lo erótico y en lo estético. Lo que podrá conseguir el nuevo organismo social es democratizar la belleza, á saber: que haya más muchachas bonitas, y que no abunden las feas. También se conseguirá, implicado en el progreso del arte macrobiótica, que la hermosura y la edad de los amores duren doble ó triple.

Me pasma que una cosa que aquí, en España, acabamos ahora de establecer como gran progreso, la deseche el Sr. Bellamy como barbaridad ó poco menos. Hablo del Jurado. Aunque en su República ó Utopía apenas ha de haber ignorantes, y en cambio ha de haber pocos pleitos que sentenciar y poquísimos delitos que castigar, todavía entiende el Sr. Bellamy que la ciencia del derecho es tan sublime y la administración de la justicia función tan egregia, que sólo á los sabios la confía, mirando como profanación sacrílega que cualquier ciudadano lego intervenga en ella.

Hay otro punto trascendental, en que (yo lo celebro) va el Sr. Bellamy contra la vulgar corriente progresista. No quiere que la mujer ejerza los mismos empleos públicos que el hombre, y sea, v. gr., alcaldesa, diputada, ministra, senadora ó académica. Todo esto le parece de una insufrible y antiestética ordinariez: lo que por acá llamamos cursi. La mujer, en su sistema, reinará en los salones; influirá en todo más que el hombre; inspirará á éste los más nobles sentimientos y altas ideas; le seguirá puliendo y gobernando y mandando, como ha sucedido siempre; y hará que él, por el afán de complacerla, enamorarla y servirla, sea ó procure ser dechado de virtudes y modelo de distinción; discreto, limpio, peripuesto y atildado.

Encanta considerar lo mucho que se disfruta con el nuevo sistema ya establecido. La lucha entre el capital y el trabajo cesa por completo; No hay competencias entre fabricantes del mismo país, ni entre industrias de diversas naciones. Y no hay, por consiguiente, ni aduanas, ni derechos protectores, ni huelgas, ni ruinas y bancarrotas por competir. No hay tampoco un solo soldado que mantener, ni un solo barco de guerra que costear, ni instrumento de destrucción que pagar caro, ni bronce que fundir sino para campanas que repiquen, ni pólvora que gastar sino en salvas.

Síguese de aquí la supresión de multitud de gastos tontísimos; del desorden y del despilfarro que la guerra industrial y la guerra de armas y aun la paz armada ocasionan, y de un enjambre de zánganos ó personas inútiles para la producción de la riqueza, ya que se emplean ó en dislocarla jugando á la Bolsa y en otras especulaciones y operaciones, ó en impedir ó aparentar que impiden que la disloquen, manteniendo lo que ahora se llama orden público, aunque, según el Sr. Bellamy, es un caos enmarañado.

Resultará de tan atinada supresión que nademos en la abundancia, sin que ahogue la plétora de productos. Con el trabajo moderadísimo, que durante veinticuatro años ha de dar cada individuo, bastará y sobrará para que vivamos todos como unos nababos ó reyes durante noventa años.

Varios descubrimientos científicos, previstos ó columbrados por el Sr. Bellamy, conspiran á este fin. El sol, la electricidad y otras energías ocultas en fluidos impalpables, ó en el éter primogenio, nos prestan calor, luz y fuerza productora y locomotora. En vez de enviar por el correo paquetes postales, van por tubería desde los almacenes, con una velocidad de todos los diablos, trajes, brinquillos, alhajas y hasta pianos de cola y coches de cuatro asientos. Tal modo de remitir, ó su artificio, se llama el teléstolo ó el telepístolo, y es complemento del telégrafo y del teléfono.

Este último, el teléfono quiero decir, se ha perfeccionado ya por tal extremo en nuestra Utopía, que cada cual le tiene en su casa, y sin salir de ella, oye, si quiere, óperas, comedias, sermones y conferencias de Ateneos y Universidades, sin perder nota, ni palabra, ni tilde.

En resolución, sería cuento de nunca acabar si quisiese yo explicar aquí, con todos sus pormenores, lo bien que estará el mundo dentro de ciento trece años.

Todo esto es maravilloso, pero lo es mil veces más lo que he sabido por cartas y periódicos de ahí, y singularmente por el número de Febrero último, que usted me ha enviado, del Atlantic Monthly, excelente Revista de literatura, ciencias y artes, que se publica en Boston.

En los Estados Unidos ha entusiasmado Looking backward, no sólo como libro de mero pasatiempo, sino como programa práctico de renovación y salvación sociales.

Más aún que en el triunfo anti-esclavista influyó la celebrada novela de la Sra. Harriet Beecher Stowe, se aspira á que influya la novela del Sr. Bellamy en otros triunfos más completos y en la realización de otras novedades mayores.

Se ha formado un partido, nationalist party, del que es Vademecum la novela Looking backward. El nuevo partido se organiza y cuenta ya con ciento ochenta clubs, esparcidos por varias poblaciones. Hasta ahora no ha acudido este partido á los comicios ó á las urnas electorales; pero acudirá pronto. Dicen que se han alistado en él más gente de refinada educación y más mujeres que obreros. Hay en él, añaden, a large amount of intellect and comparatively little muscle, como si dijésemos, pocos músculos y muchos nervios; pero, como quiera que sea, si es admirable que sobre un libro de imaginación, que sobre un ensueño poético, se funde un partido, no es menos admirable la calmosa serenidad con que se miran en los Estados Unidos estos movimientos socialistas, que por aquí asustan ó inquietan no poco á los burgueses y á los ricos.

Yo tengo muy buena opinión de los ingleses y de sus descendientes los anglo-americanos. Creo que son ustedes menos sensatos que lo que nosotros creemos y que lo que llamamos ser sensatos, esto es, que la sensibilidad y la fantasía son en ustedes poderosísimas. De aquí la facilidad con que se entusiasman por un libro ó por una teoría. Hará ocho años que Enrique George publicó una obra socialista, que se hizo tan famosa como la del Sr. Bellamy. También de ella se vendieron centenares de miles de ejemplares. Los conservadores de ahí, y no hay que negar que tienen gracia en esto, convierten en argumento contra las censuras de la actual sociedad, que se leen en tales obras, ese mismo pasmoso éxito que las obras obtienen. Bellamy y George describen al pueblo, antes de sus reformas, sumido en horrible pobreza, ignorante, rudo, por culpa de la sociedad. Por bajo de los ricos, dichosos y educados, hay, suponen, una hambrienta y ruda caterva de esclavos del trabajo. A lo cual los conservadores responden: «Si las cosas son así, ¿de dónde salen los trescientos mil sujetos con dinero de sobra para comprar los libros de ustedes, y los millones de sujetos con tiempo y humor para divertirse leyéndolos? Si estuviesen hambrientos no leerían para distraer el hambre». Pero, en mi sentir, no tienen razón en esto los conservadores. Puede haber en un país de sesenta millones de habitantes trescientos mil compradores de un libro que valga tres pesetas y mucha hambre y mucha miseria además.

El Atlantic Monthly trae un extenso artículo de un Sr. Walker, refutando las doctrinas del señor Bellamy y del partido nacionalista. Yo, en ciertos puntos, doy la razón al Sr. Walker; en otros no puedo dársela, y en bastantes puntos, lo confieso, me apesadumbra que el Sr. Walker tenga razón. Es un dolor que ideal tan agradable se desvanezca; que se reduzca á ensueño fugaz un porvenir tan magnífico y próximo.

La verdad es que, como el héroe de la novela, Julián West, se pasa durmiendo los ciento trece años durante los cuales cambia la faz del mundo, Julián West no ve cómo se verifica el cambio. Bellamy se guarda de decirlo, y su impugnador Walker no se hace cargo tampoco de esta importantísima mutación, completa ya en el segundo milenio de la Era Cristiana.

Bellamy, cuando empezó á escribir su novela, puso el cambio mucho más tarde. La reaparición de Julián West, en el mundo renovado, ocurre en el tercer milenio; en el año de 3000. Después reflexionó Bellamy que, al poner tan largo plazo, si bien hacía la mutación mucho menos inverosímil, casi quitaba toda mira práctica á su libro, pues no se forma partido militante, ni se organizan clubs, ni se escriben plataformas ó programas, por meramente posibilista que se sea, para realizar algo dentro de mil ciento trece años. Entonces rebajó mil años, y dejó sólo ciento trece.

Por lo visto era indispensable, ó por lo menos conveniente y apocalíptico, que la renovación se nos revelase en un milenio. Durante mucho tiempo, en el horror y en las tinieblas de la Edad Media, imaginaron los hombres que la fin del mundo sería el año 1000. Ahora que vivimos mejor, hemos adelantado mucho y no debemos estar desesperados, importa imaginar, para el año de 2000, una risueña y deleitosa Apocalipsis.

Al imaginarla y escribirla, nos presenta Bellamy su nueva Jauja, su nueva Jerusalén ya fundada; pero tiene la astucia de no hablar de la destrucción de la ciudad antigua sobre cuyas ruinas se levanta la nueva.

Sin duda ha omitido esto, pasándolo en silencio mientras duerme Julián West, á fin de no aterrar al público.

Supongamos perfectamente realizable el plan de Bellamy, sin que tenga cambio radical la humana naturaleza; todo por obra del mecanismo social.

Para destruir el actual mecanismo, que tantos intereses sostiene, y para destruirle pacíficamente, por evolución, como Bellamy quiere que sea, así en la novela como en el programa publicado después por su partido, me parecen pocos los mil ciento trece años. Y si la destrucción ó la mudanza ha de ser sólo en ciento trece años, entonces no será por evolución, sino en virtud de una revolución tremenda y de encarnizadas y horribles guerras sociales. No de otra suerte se concibe que los que tienen se dejen despojar de cuanto tienen para que el pueblo se incaute de ello, y, sin quedarse con nada, se lo entregue al Estado, que venga á ser, como representante y gerente de la nación, el único capitalista.

Aunque para el despojo de los propietarios se valga la nación ó el Estado, su gerente, de mil habilidades, no conseguirá que no sea despojo, ni que tranquilamente se consume. El medio más suave que se ve es dar un plazo á los tenedores de papel de la deuda; pagarles hasta entonces algo más de tanto por ciento, y anunciar que después no cobrarán nada. Esto bastará para que los fondos bajen á cero y quede la deuda destruída. A todas las grandes empresas industriales se les podrá fijar un plazo también á cuya espiración todo será del Estado, como los ferrocarriles. Y en cuanto á los pequeños industriales, labriegos, terratenientes, etc., se les podrá ir poco á poco aumentando la contribución, hasta que adviertan que es una tontería quebrarse la cabeza cuidando de los instrumentos de producción, tierra, aperos de la labranza, etc., para entregar luego al Estado casi todo lo producido. Entonces dirán al Estado, quédate con todo, ó, sin que se lo digan, el Estado se quedará con todo para cobrarse de lo que deban á la Hacienda pública.

De esta suerte, y á mi ver no sin violentísima oposición, que será menester sofocar, se logrará la primera parte del programa del Sr. Bellamy: que se convierta en hacienda pública cuanta hacienda haya.

Verificada así la incautación total, quedará por cumplir la segunda parte del programa, que me parece mucho más difícil todavía; que el Estado incautador nos alimente, nos vista, nos divierta y nos regale á todos con esplendidez y elegancia, sin que cada uno de nosotros le dé más que el trabajo que podemos dar en un poquito más de la cuarta parte de nuestra vida, ya que las otras tres cuartas partes quedan para holgarnos.

A toda persona profana se le ofrecen montes de dificultades para que se realice, sin tropiezo, plan tan exquisito. Lo primero que cree necesitar es una fe tan profunda y una confianza tan omnímoda en el Gobierno, convertido en capitalista, como la que Cristo en el Sermón de la Montaña, nos recomienda que tengamos en nuestro Padre que está en el cielo, el cual nos dará el pan de cada día y cuanto nos haga falta por añadidura, de suerte que, sin preocuparnos del día de mañana, viviremos como los pajaritos del aire, que no acopian trigo en graneros y Dios los alimenta. Lo segundo que nos asusta es la serie de borrascas parlamentarias y aun de pronunciamientos que habría (en España, pongo por caso) para quitarse el poder unos á otros, si el poder se extendiese á repartirlo todo, cuando hoy nos alborotamos tanto por repartir, quiero suponer, para que no se me tilde de exagerado, la tercera parte, á lo más. Y lo tercero que aterra es la inhabilidad vehementemente sospechada en que pudieran incurrir los encargados de dirigir todas las operaciones de la riqueza (producción, circulación y consumo), cuando hoy yerran tanto los Gobiernos, sin emplearse apenas sino en repartir y en consumir. Sabido es que lo más difícil de esta ciencia, arte y oficio de la riqueza, es el producirla. Repartirla y consumirla es mucho más llano; y hasta ahora los Gobiernos casi no se emplean sino en repartir y en consumir, á no ser que se considere producción el orden y la seguridad qué nos dan, ó que se presume que nos dan, por medio de la justicia y de la fuerza pública, para que los que producen algo lo produzcan tranquilamente y sin temor de que los depoje nadie, como no sea el Gobierno mismo.

Milita en pro de la vehemente sospecha de incapacidad de todo Gobierno para producir la riqueza, esto es, para ser fabricante, agricultor ó comerciante, la consideración de que el Gobierno vende ó arrienda y no administra lo que posee. En España apenas ejerce ya por sí otra industria que la del banquero en el juego de la lotería, pues vende las tierras que eran del Estado, y arrienda sus minas, y arrienda, por último, el monopolio del tabaco, con lo cual el público fuma mejor y más barato.

Todo esto lo dirán los no iniciados en las doctrinas y en el plan que expone en su novela Bellamy; pero los iniciados responderán que el nuevo artificio administrativo es tan prodigioso, que por su virtud, y no por la ciencia y buena maña de los administradores, ha de salir todo bien. Así, valiéndonos de un símil, cualquiera hallará absurdo el suponer que alguien, si ignora la música y no tiene ejercitadas y diestras las manos, toque en el piano, v. gr., la marcha del Tannhauser de Wagner; pero merced á cierta maquinaria y á ciertos cartoncitos que se han inventado, todo hombre, y hasta un niño si no es manco, toca al piano lo que quiere dándole á un manubrio.

Hay, pues, una nueva ciencia de la Administración, para cuyo estudio no es menester leerse el fárrago enorme, aunque digesto, recopilado por los Freixas y Clarianas, y Alcubillas. Basta con estudiar y empaparse bien en algunas páginas de Looking backward. Entonces, conocidos ó atisbados los recursos de que la nueva ciencia dispone, se cobra confianza, y se ve que hasta el más porro puede dar vuelta al manubrio administrativo.

Algo del portento de su mecanismo se presiente al observar los buenos efectos que hasta el mecanismo administrativo de hoy, con ser tan complicado, produce en ocasiones.

Cierto amigo mío (confieso que en extremo maldiciente) suponía sin motivo que un director general de Correos, que hubo muchos años ha, distaba bastante de ser un águila; y, sin embargo, añadía: ¿Quieren ustedes creer que recibo de diario todas las cartas que me escriben, sin que se extravíe una sola? De aquí infería él que la Administración era perfectísima, y que por sí sola hacía infaliblemente los servicios.

Aplicada á los demás ramos esta perfección del de correos, queda resuelto el problema y triunfante el plan de Bellamy, salvo que en otros ramos se requiere mayor seguridad para no andar siempre con el alma en un hilo; porque, si ponemos á un lado un corto número de nobilísimas almas, el vulgo de ellas se preocupa, más que de recibir tiernas epístolas, de recibir el corporal alimento, y prefiere el cuervo de Elías á todas las palomas mensajeras, aunque sean las del propio carro de Venus.

Pero, en fin, Bellamy afirma que por su sistema lo recibiremos todo con seguridad y regularidad indefectibles. El sistema de Bellamy merece, pues, ser examinado.

Para mí no valen algunos prejuicios con que los descontentadizos ó incrédulos, desde luego y sin examen, le desechan.

Imposible parece, dicen, que, siendo tan fácil la reforma, por cuya virtud habrá felicidad, paz y holganza universales, no se haya antes ocurrido á nadie la reforma. Pero esto tiene muy obvia contestación. De no pocas de las más benéficas invenciones de estos últimos tiempos se puede decir lo mismo. Desde antes que apareciese el linaje humano hay hulla ú hornaguera en nuestra mansión terrestre, y á nadie, hasta hace poco, se le antojó emplearla para combustible. Desde que hay ollas y se guisa, brinca la tapadera cuando hierve el caldo, y, si no sale el vapor, se quiebra la olla; pero nadie, hasta nuestros días, pensó en aplicar esta fuerza á la industria. Nadie ha ignorado jamás que el humo ó todo fluído más leve que aire, ó el aire mismo rarificado por el calor, sube y se sobrepone al aire más denso; pero, hasta fines del siglo pasado, nadie renovó con éxito, y por medios naturales, algo del arte de Dédalo, de Abaris y de Simón el Mago.

¿No puede haber acontecido lo propio con el invento del Sr. Bellamy, y que de puro sencillo nadie diese con él hasta ahora?

A esto se objeta que, siendo mil veces más importante por sus efectos la invención del señor Bellamy, parece antiprovidencial y harto caprichoso, ó sea contrario á las sabias leyes que deben presidir á la historia, que un sistema del que depende la redención de la humanidad haya tardado tanto en formularse. Pero este argumento tiene visos de ser de mala fe, aunque no lo sea. Nada nos da motivo para afirmar que el señor Bellamy presenta su plan como independiente del progreso realizado hasta hoy. La trabajosa y larga marcha de la humanidad no pudo ahorrarse con su plan. Bellamy, si hubiera nacido en tiempo de los Faraones, no hubiera podido inventarle ni divulgarle entonces. Bellamy, si es lícito aplicar á lo mundanal lo trascendente, y expresar lo profano con frases que remedan frases divinas, puede decir que no ha venido á derogar la ley de la historia, sino á que acabe de cumplirse, ó mejor dicho, á que siga cumpliéndose, ya que no se infiere tampoco de la lectura de Looking backward que en el año de 2000 habrán llegado los hombres al término de su carrera, sino que habrán dado un gigantesco paso más, un salto estupendo, y á mi ver peligroso, en ese camino, cuya meta final él ni pone ni descubre.

His ego nec metas rerum nec tempora pono.

Y aquí, aunque parezca inoportuna digresión, se me antoja comparar la cándida espontaneidad americana con el arte reflexivo de los franceses. Zola ha escrito ya quince ó veinte novelas, y siempre promete revelarnos en la última el enigma, darnos el resultado de todos sus estudios en la novela experimental, y exponernos su sistema. Bellamy, por el contrario, dice cataplún, y lanza su sistema de repente.

Yo no atino á prever desde aquí si el partido nacionalista, que de él ha nacido, vendrá á importar tanto ó más que el libro de Enrique George y que la ingente asociación ú orden de los caballeros del trabajo, Knights of labor, en el movimiento de socialismo que se advierte por todas partes, y que ahí tiene cierto carácter optimista que me hace gracia: pero, á pesar de mis cortísimos conocimientos económicos, como yo tuviese humor y vagar para ello, aún había de escribir á usted largo, diciéndole mil cosas que me sugiere Looking backward y lo escrito en contra por Walker.

Entretanto, me complazco en repetir que me admira la serenidad y que simpatizo con la confianza regocijada que se nota en toda manifestación de ese pueblo joven.

El plan de Bellamy no se limita á dar por resuelto el más difícil y temeroso de los problemas económicos, sino que resuelve ó da por resuelto también el magno problema de la paz y del desarme universales; sin decirnos cómo puede ser esto, cuando las naciones se arman más cada día, y cuando desde 1850 ha habido en el antiguo y en el Nuevo Mundo guerras tan sangrientas y costosas. Es de desear que el Sr. Bellamy escriba otra novela, ó la continuación de la misma, en que nos explique cómo además de haberse logrado el bienestar económico de cada nación, se habrá logrado también, en el año 2000, que las naciones no se combatan ni se amenacen como en el día.

Dispénseme usted que me haya extendido tanto en darle mi opinión, aunque tan incompleta, sobre la novela que me ha remitido.

FIN


ÍNDICE

Páginas.
[Al Excmo. Sr. D. Antonio Flores, presidente de la república del Ecuador][v]
[Nueva religión] [1]
[España desde Chile][47]
[Vocabulario Rioplatense razonado][59]
[Novela parisiense mejicana][81]
[Tabaré][91]
[La poesía y la novela en el Ecuador][127]
[Tradiciones peruanas][179]
[Un polígrafo argentino][189]
[La religión de la humanidad][219]
[Novela-programa][267]

NOTAS:

[A] Trabajos parecidos al del Sr. Granada se han hecho en casi todas y para casi todas las regiones de América donde se habla español: por ejemplo, Pichardo para Cuba, Cuervo para Colombia, Arona para el Perú, y don Zorobabel Rodríguez para Chile.

[B] Ya se entiende que no hay para qué tomar aquí en cuenta la locura declarada, que, durante algunos años, y sobre todo de 1826 á 1828, padeció Augusto Comte.