LIBRO SEGUNDO
GÉNESIS DEL MAR
I
Fecundidad.
La velada de San Juan (del 24 al 25 de junio), cinco minutos después de haber dado la media noche ábrese la gran pesca del arenque en los mares del Norte. Luces fosforescentes ondulan ó bailan sobre las ondas; «son los relámpagos del arenque,» la señal consagrada que parte de todas las embarcaciones. Acaba de subir un mundo de seres vivientes de las profundidades á la superficie, siguiendo el atractivo del calor, del deseo y de la luz. La que produce la luna pálida y suave, agrada á la gente tímida, siendo el fanal que al parecer les alienta para su gran festín amoroso. Y van subiendo, subiendo todos juntos, sin que uno solo se quede atrás. La sociabilidad es la ley de esa raza; siempre se presentan en masa. Reunidos viven envueltos en las tenebrosas profundidades; juntos acuden en la primavera á participar de la alegría universal, á ver la luz del día, á gozar y morir. Apretados, comprimidos, jamás se encuentran bastante cerca los unos de los otros, navegando en bancos compactos. «Es lo mismo (decían los flamencos), que si nuestras dunas comenzaran á bogar.» Entre Escocia, Holanda y Noruega parece que ha surgido una inmensa isla y que un continente esté pronto á emerger. Destácase un brazo al Este que se mete por el Sund, obstruyendo la entrada del Báltico. En ciertos pasos estrechos, el remo no puede abrirse paso; el mar constituye una masa sólida. Millones y más millones, ¿quién sería osado á contar el número de esas legiones? Dícese que en una ocasión, cerca del Havre, halló un pescador en sus redes ochocientos mil arenques, y en un puerto de Escocia se pescaron once mil barriles en una sola noche.
Surgen como un elemento ciego y fatal, sin que los desanime la destrucción. Hombres y peces son sus contrarios; nada les inquieta y bogan sin cesar. Esto no debe sorprendernos, puesto que mientras navegan se aman, y cuanto más mueren, más producen y se multiplican sin detener su marcha. Las columnas compactas, profundas, en la electricidad común, flotan entregadas únicamente á la grande obra de la procreación. El todo va impulsado por las olas y por la ola eléctrica. Escoged entre la masa al acaso y encontraréis los fecundos, otros que lo fueron, y otros deseosos de serlo. En medio de ese mundo que desconoce la unión fija, el placer es una aventura, el amor un viaje. Sobre la ruta que recorren siembran torrentes de fecundidad.
A dos ó tres brazas de profundidad desaparece el agua bajo la increíble abundancia del flujo materno do nadan las huevas del arenque. Cuando el sol empieza á extender sus dorados rayos sobre la tierra, es curioso ver, hasta donde alcanza la vista, por espacio de muchas leguas, el mar blanco del germen de los machos.
Macizas, grasientas y viscosas ondas, donde la vida fermenta en la levadura de la vida. Por centenares de leguas, en longitud y latitud, parece aquello un volcán de leche, y de leche fecunda que ha hecho erupción y ahogado al mar.
Lleno de vida á la superficie, el mar veríase obstruido si esa increíble potencia de producción no fuese violentamente combatida por la áspera liga de todas las destrucciones. Basta reflexionar que cada arenque lleva en sí cuarenta, cincuenta, hasta setenta mil huevas. Si la muerte violenta no acudía á remediarlo, multiplicándose por término medio cada arenque en cincuenta mil, y cada uno de éstos en otros tantos, en algunas generaciones lograrían llenar, solidificar el Océano, ó putrificarlo, suprimiendo todas las castas y convirtiendo en desierto al Universo. La vida reclama aquí imperiosamente la asistencia, el indispensable auxilio de su hermana la muerte. Ambas se combaten y entregan á una lucha inmensa que es armonía y la salvación del género humano.
En la gran cacería universal contra la raza maldita, los ojeadores, los encargados de impedir que la masa se disperse, los que la empujan hacia la playa, son los gigantes del mar. Las ballenas y cetáceos no desdeñan semejante presa; persíguenla, se introducen en los bancos; con sus bocazas absorben por toneladas el enjambre infinito que sin disminuir por eso huye en dirección de las costas. Allí se opera otro género de destrucción mayor todavía. Primero, los pequeños entre los pequeños, los pececillos microscópicos se tragan la freza y huevas del arenque, hartándose de germen, comiéndose el futuro; en cuanto al presenté, es decir, el arenque acabado de nacer, ha producido la Naturaleza un género glotón que, con sus ojos separados, ve y come mejor, género todo estómago, la golosa tribu de los gades (pescadilla, abadejo, etc.). La pescadilla se llena, se harta de arenques y engorda; otro tanto sucede con el abadejo. De manera que el peligro de los mares, el exceso de fecundidad vuelve á presentarse más terrible aún. ¡El abadejo! Este sí que es más fecundo que el arenque: ¡llega á tener nueve millones de huevas! Un abadejo de cincuenta libras tiene catorce de huevas, ¡la tercera parte de su peso! Añadid que á esos animalitos, de tan temible maternidad, la época del celo les dura nueve meses en el año. El bacalao llegaría á poner en peligro al Universo. ¡A ellos, pues! Lancemos buques al mar, equipemos flotas. Sólo Inglaterra envía á su exterminio veinte ó treinta mil marineros. ¿Y cuántos envía la América, y la Francia, y la Holanda, y el mundo entero? El abadejo por sí solo ha creado colonias, fundado factorías y ciudades. Su preparación es un arte, y ese arte posee una lengua, idioma técnico usitado entre los pescadores de bacalao.
Empero, ¿qué puede hacer el hombre? La Naturaleza sabe que nuestros pequeños esfuerzos, nuestras flotas y nuestras pesqueras, nada serían para su objeto, que el bacalao vencería al hombre. Así, pues, no se fía de él, sino que llama en su auxilio á fuerzas de muerte mucho más enérgicas. Desde el fondo de los ríos llega al mar uno de los más activos, de los más resueltos comedores: el esturión. Encaminándose á los ríos para procrear, sale de allí enflaquecido y áspero, y poseído de un apetito inmenso, introdúcese nuevamente en el mar para regalarse. ¡Qué dicha para aquel hambriento encontrar el gordo abadejo que se ha asimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la substancia y puede morder á su sabor. Este valiente comedor de bacalao, aunque no tan fecundo, tiene sin embargo, un millón quinientas mil huevas. Un esturión de mil cuatrocientas libras, encierra cien libras de germen, ó cuatrocientas cincuenta de huevas. El peligro no cesa. Amenazado ha el arenque con su fecundidad terrible; otro tanto sucede con el bacalao, y el esturión amenaza todavía.
Preciso es que la Naturaleza invente un supremo devorador, comedor admirable y productor pobre, de digestión inmensa y avaro de generación. Monstruo benéfico y terrible que siega esa plaga invencible de fecundidad renaciente con un gran esfuerzo de absorción, que se lo traga todo indistintamente: muertos, vivos, ¿qué digo? cuanto encuentra á su paso. El magnífico comedor de la Naturaleza, comedor privilegiado: el tiburón.
Mas, tan terribles destructores están vencidos de antemano: á pesar de su furia devoradora, producen muy poco. Hase visto que el esturión no es tan fecundo como el bacalao, y el tiburón es estéril comparado con los demás habitantes del líquido elemento. No se vierte como ellos en torrentes por los mares: vivíparo, elabora en su seno el tiburoncito, su heredero feudal, que nace terrible y armado de punta en blanco.
Puede el mar en sus fecundas tenebrosidades sonreirse de los destructores que él mismo produce, bien seguro de procrear cada vez más. Su riqueza principal desafía los furores de esos seres tragones, siendo inaccesible á su rapacidad. Me refiero al mundo inmenso de átomos vivientes, de animales microscópicos, verdadero abismo de vida que fermenta en su seno.
Hase dicho que la falta de luz solar excluía la vida, y no obstante, en lo más profundo del mar viven innumerables enjambres de estrellas marinas. Las olas están pobladas de infusorios y de gusanos microscópicos é infinidad de moluscos arrastran sobre ellas sus conchas. Cangrejos bronceados, radiantes anémonas, nevadas porcelanas, dorados ciclóstomos, onduladas volutas, todo vive y se mueve. Allí pululan los animálculos luminosos que, atraídos momentáneamente á la superficie, aparecen formando regueros, serpientes de fuego ó resplandecientes guirnaldas. En su transparente espesor debe estar alumbrado el mar acá y acullá con tales resplandores; las mismas aguas tienen cierto brillo, una semi-luz que se nota sobre los peces, así vivos como muertos. Aquello es su propia luz, su propio fanal, su cielo, su luna y sus estrellas.
A todo el mundo es dado observar en las salinas la fecundidad del mar. Las aguas concentradas constituyen depósitos violáceos que no son otra cosa que infusorios. Cuentan todos los navegantes que en tal ó cual dilatado viaje no han atravesado más que aguas vivientes. Freycinet vió sesenta millones de metros cuadrados cubiertos de un rojo escarlata que no es otra cosa que un animal-planta, tan diminuto, que en un solo metro cuadrado viven cuarenta millones de ellos. En el golfo de Bengala, en 1854, el capitán Kingman, navegó por espacio de treinta millas sobre una enorme capa blanca que daba al mar el aspecto de una llanura cubierta de nieve. No se veía una sola nube; el cielo estaba aplomado formando contraste con la brillantez del mar. Vista de cerca esa agua blanca era una gelatina, y observada al lente una masa de animálculos que al moverse producían singulares efectos luminosos.
Cuenta Perón, que durante veinte leguas navegó á través de una especie de polvo gris, lo que, visto al microscopio, resultó ser una capa de huevas de especie desconocida que, sobre un espacio inmenso, cubría y no dejaba ver el agua.
En las desamparadas costas de la Groenlandia, donde el hombre se figura que va á expirar la Naturaleza, el mar está pobladísimo. Se navega en una longitud de doscientas millas por quince de latitud, sobre aguas negruzcas, cuyo color deben á cierta medusa microscópica. En cada pie cúbico de aquellas aguas viven más de ciento diez mil de dichos animalillos. (Schleiden).
Esas aguas nutritivas están densas de todo género de átomos crasos, apropiados á la muelle naturaleza de los peces, que perezosamente abren la boca y aspiran, sustentados como un embrión en el seno de la madre común. ¿Sabe el pez lo que se traga? Apenas. El alimento microscópico es como una especie de leche que se le ofrece sin solicitarlo. La gran fatalidad del mundo, el hambre, sólo existe en la tierra; en el mar está evitada, se desconoce. Ningún esfuerzo de movimiento; nadie se cura de buscar la comida. La vida debe flotar como un sueño. ¿En qué empleará sus fuerzas el ser? En nada puede gastarlas, y las reserva para el amor.
La obra real, el trabajo del gran mundo de los mares es: amar y multiplicarse. El amor llena su noche fecunda; súmese en las profundidades, pareciendo mucho más rico todavía entre los infinitamente pequeños. Mas, ¿cuál es, en realidad, el átomo? Cuando creéis estar en posesión del más pequeño, el indivisible, observáis que también ama y divide su existencia para producir otro ser. En el grado más bajo de la vida, donde falta todo otro organismo, encontraréis completas las formas genéricas.
Tal es el mar. Al parecer es la gran hembra del globo, cuyo infatigable deseo, concepción permanente y alumbramiento son eternos.
II
El mar de leche.
El agua de mar, hasta la más pura, tomada mar adentro y lejos de toda mezcla, es ligeramente blanquizca y un poco viscosa. Si se la detiene entre los dedos, hace hebra y resbala con lentitud. Los análisis químicos no explican ese carácter: existe en ella una substancia orgánica que sólo se analiza destruyéndola, quitándole su especialidad, y haciéndola volver violentamente al número de los elementos generales.
Las plantas, los animales marinos, están revestidos de esa substancia, cuya mucosidad, consolidada á su alrededor, produce el efecto de gelatina, unas veces inmóvil y otras temblorosa. Plantas y animales aparecen á través como bajo una capa diáfana, y nada contribuye tanto á las ilusiones fantásticas que nos produce el mundo de los mares. Sus reflejos son singulares y á menudo extrañamente iríseos, por ejemplo, sobre las escamas de los peces y sobre los moluscos, que al parecer reciben por ese medio toda la ostentación de sus nacaradas conchas.
Es lo que más llama la atención del niño que por primera vez ve un pescado. A mí me sucedió esto siendo muy pequeño, aunque recuerdo como ahora la impresión que me produjo. Aquel ser brillante, resbaladizo, con sus plateadas escamas, me causó sorpresa y entusiasmo difíciles de explicar. Traté de agarrarlo, pero esto fué tan difícil para mí, como retener el agua en mis manos. Parecióme idéntico al elemento do nadaba, y me imaginé confusamente que no era otra cosa que agua, agua animal, organizada.
Más tarde, ya hombre, no fué menor mi sorpresa al ver en una playa cierto animal luminoso. A través de su cuerpo transparente, divisaba los morrillos y la arena. Incoloro como el cristal, un poco consistente, temblando al tocarlo, aparecióseme como á los antiguos y como al célebre Reaumur, que llamaba sencillamente á esos seres agua gelatinificada.
Y la impresión es más fuerte todavía cuando se encuentran en estado de formación primitiva las cintas color blanco amarillento que muellemente bosqueja el mar y constituyen las ovas, las laminarias que, trocando su color en pardusco, alcanzarán la solidez de las pieles. Mas, cuando tiernas, al estado viscoso, elásticas, tienen á manera de la consistencia de una ola solidificada, tanto más fuerte cuanto más blanda es.
Lo que se sabe actualmente de la complicada generación y organización de los seres inferiores, vegetales ó animales, nos veda la explicación dada por los antiguos y por Reaumur. Pero todo esto no nos impide repetir la pregunta que fué el primero en hacer Bory de Saint-Vincent: «¿Qué es el mucus del mar? ¿La viscosidad que presenta el agua en general? ¿No es acaso el elemento universal de la vida?»
Preocupado con tales ideas, encaminéme en busca de un químico ilustre, espíritu positivista y sólido, novador tan prudente como atrevido, y sin preámbulos establecí ex abrupto mi pregunta: «Caballero, ¿qué es, á vuestro entender, ese elemento viscoso, blanquizco, que ofrece el agua del mar?»
—La vida.
Luego volviendo á tocar el asunto para corroborar esta frase demasiado sencilla y absoluta, añadió: «Quiero decir una materia semiorganizada y ya perfectamente organizable. En ciertas aguas, no es más que una densidad de infusorios, en otras lo que va á serlo, lo que puede trocarse en ello. Por otra parte semejante estudio no se ha emprendido aún, pues á nadie ha preocupado seriamente.» (17 de mayo de 1860).
Al salir de su casa fuí á la de un gran fisiólogo cuyas opiniones en la materia no son menos valiosas á mis ojos. Le cuestionó sobre lo mismo, y su respuesta fué larga y bellísima. Hela aquí en extracto: «Tan ignorante se está de la constitución del agua como de la sangre. Lo que con más claridad se entrevé relativamente al mucus del agua del mar, es que, á la vez, es el fin y el principio. ¿Resulta de los innumerables residuos de la muerte que los cedería á la vida? Indudablemente que sí, es una ley natural; mas, de hecho, en ese mundo marítimo de rápida absorción, la mayor parte de los seres son absorbidos vivos; no se arrastran en estado cadavérico como acontece en la tierra, donde son más lentas las destrucciones. El mar es elemento purísimo; la guerra y la muerte provéenlo y nada dejan en él de repugnante.
»Empero la vida, sin llegar á su disolución suprema, muda sin cesar, trasuda de sí cuanto no la hace falta. Entre nosotros, animales terrestres, la epidermis pierde incesantemente. Esas mudas, á que es dado llamar la muerte cotidiana y parcial, llenan el mundo de los mares, de una riqueza gelatinosa de que en el acto se aprovecha la vida naciente, encontrando en suspensión la superabundancia oleosa de esa trasudación común, las partículas todavía animadas, los líquidos vivientes que no han tenido tiempo de perecer. Todo eso no vuelve á caer en estado inorgánico, sino que entra rápidamente en los nuevos organismos. De todas las hipótesis, ésta es la más verosímil; si se rechaza, nos engolfamos en dificultades inmensas.»
Las opiniones que acaban de exponerse, debidas á los hombres de ideas más avanzadas y más serios del día, no son inconciliables con las que profesaba hará cosa de treinta años, Geoffroy Saint-Hilaire, sobre el mucus general, de donde parece que la Naturaleza extrae toda su vida. «Es—dice aquel sabio,—la sustancia animalizable, el primer grado de los cuerpos orgánicos. No hay seres, animales ó vegetales, que no la absorban ó la produzcan en la primera época de la vida, por débiles que sean, aumentando su abundancia más bien en razón de su debilidad.»
Esta última frase abre un conocimiento profundo sobre la vida del mar. La mayor parte de sus hijos parecen fetos en estado gelatinoso, que absorben y producen la materia mucosa, colmando las aguas, dándolas la fecunda dulzura de una matriz infinita, donde sin cesar se presentan nuevos recién nacidos, nadando cual en un lago de leche tibia.
Asistamos á la obra divina; tomemos una gota de agua de mar. Allí veremos cómo comienza la primitiva creación. Dios no opera hoy de un modo y mañana de otro. Mi gota de agua, no cabe duda, con sus transformaciones me va á contar la historia del Universo. Esperemos, y á observar.
¿Quién es capaz de prever, de adivinar la historia de esa gota de agua? Planta-animal, animal-planta, ¿cuál debe salir primero?
Dicha gota ¿será el infusorio, la mónade primitiva que agitando y vibrando no tarda en convertirse en vibrador; el que, de escalón en escalón, pólipo, coral ó perla, llegará, tal vez, en el transcurso de diez mil años á la dignidad de insecto?
Lo que surgirá de esa gota ¿es acaso el hilo vegetal, el tenue y sedoso plumión que nadie creería un ser, y no obstante es el primer cabello de una joven diosa, cabello sensible, amoroso, llamado con tanta propiedad cabello de Venus?
Lo que os estoy contando no pertenece al dominio de la fábula, no: es historia natural lisa y pura. Ese cabello de dos clases (vegetal y animal) en el que se condensa la gota de agua, puede titularse el primogénito de la vida.
Mirad al fondo de un manantial: primero nada veis, y luego observáis algunas gotas un poco turbias. Con un buen anteojo, lo turbio se convierte en una nubécilla, ¿gelatinosa ó coposa? Vista al microscopio el copo se vuelve múltiple, como un grupo de filamentos, de caballitos. Se les considera mil veces más delgados que el más delgado cabello femenino. He aquí la primera y tímida tentativa de la vida que quisiera organizarse. Esas confervas, como se les llama, se encuentran incesantemente en el agua dulce y en la salada cuando está inmóvil, empezando por ellas la doble serie de plantas originarias del mar y de las que adquirieron carta de naturaleza en la tierra cuando ésta emergió. Fuera del agua críase la numerosísima familia de los hongos, y dentro de las confervas, algas y otras plantas análogas.
Es el elemento primitivo, indispensable, de la vida, encontrándosele donde parece imposible que pueda medrar. En las sombrías aguas marciales cargadas y sobrecargadas de hierro, en las muy cálidas aguas termales, encontraréis ese ligero mucus y esas criaturillas que se asemejan á gotas apenas desarrolladas, pero que oscilan y se mueven. No importa cómo se las clasifique, ni que Candolle las honre con el nombre de animales, y que Dujardin las relegue al último rango de los vegetales. No tienen más misión que vivir, que empezar por su modesta existencia la dilatada serie de seres que sólo ellos pueden producir. Esos pequeñuelos, vivos ó muertos, les sustentan con su propio ser, administrándoles desde abajo la gelatina de vida que sacan incesantemente del agua materna.
No hay verosimilitud en indicar como muestra de la creación primitiva fósiles ó piedras diluvianas de animales ó vegetales complicados: animales (los trilobitos) que ya poseen sentidos superiores, por ejemplo, ojos; vegetales gigantescos de poderosa organización. Es muy probable que seres mucho más sencillos precedieron y prepararon aquéllos, mas su muelle consistencia no ha dejado ningún vestigio. ¿Cómo habrían podido resistir la acción de los tiempos tan débiles seres, cuando las más duras conchas son trituradas ó disueltas? En el mar del Sur se han visto peces de acerados dientes ramoneando el coral, lo mismo que un carnero ramonea la hierba. Los blandos esbozos de la vida, las gelatinas animadas, aunque sólidas apenas, se han fundido millones de veces antes de que la Naturaleza pudiese fabricar su robusto trilobito, su indestructible helecho.
Restituyamos á esos pequeñuelos (confervas, algas microscópicas, seres flotantes entre dos reinos, átomos indecisos que se truecan por momentos de vegetal en animal y de éste en aquél), restituyámosles su derecho de primogenitura que, según parece, les corresponde.
Sobre ellos, y á su costa, comienza á elevarse la inmensa, la maravillosa flora de los mares.
Y no me es dado en este punto ocultar la tierna simpatía que por ella siento. Por tres motivos la bendigo.
Pequeñas ó grandes, esas plantas tienen tres caracteres simpáticos:
Primero su inocencia. Ni una sola produce la muerte. El mar no encierra ningún veneno vegetal. En las plantas marinas todo es salud y salubridad, bendición, de la vida.
Esas inocentes sólo quieren alimentar la animalidad. Algunas (por ejemplo las laminarias), son dulces como el azúcar; otras, tienen un amargor saludable (como el precioso ceramio purpúreo y violáceo, llamado musgo de Córcega). Todas concentran un mucílago nutritivo, especialmente varios fucos, el ceramio de las salanganas cuyos nidos se comen en la China, la capilaria, esa providencia, de los pechos cansados. En todos los casos en que hoy día se prescribe el yodo, antiguamente se daban en Inglaterra confituras de fuco.
El tercer carácter que llama la atención en aquella vegetación, es su amor inmenso. Dan ganas de creer que es el género más amoroso que existe al ver sus extrañas metamorfosis de himeneo. El amor es el esfuerzo de la vida para ser más allá de su ser y poder más que su potencia. Obsérvase esto en las luciolas y otros animalillos que se exaltan hasta producir llamas, y asimismo en las plantas tales como las conjugadas y las algas, que en el momento sagrado salen de su vida vegetal usurpando un rango superior y esforzándose por trocarse en animales.
¿Dónde empezaron tales maravillas? ¿Dónde se verificaron los primeros esbozos de la animalidad? ¿Cuál debió ser el teatro primitivo de la organización?
Antiguamente, esto dió margen á grandes controversias: empero hoy día nótase cierto acuerdo sobre dicho asunto entre el mundo de los sabios europeos.
Podría contestar valiéndome de infinidad de libros aceptados, autorizados, mas, prefiero entresacar la respuesta de una Memoria premiada recientemente por la Academia de Ciencias de París y por lo tanto apoyada en su gran autoridad.
Encuéntranse seres vivientes en las aguas á una temperatura de ochenta á noventa grados de calor: y cuando el globo enfriado bajó á esa temperatura, entonces se hizo posible la vida. El agua había absorbido en parte el elemento de muerte, el gas ácido carbónico. Se pudo respirar.
Al principio, los mares se asemejaron á esas porciones del Océano Pacífico cuya profundidad es escasa y que están sembradas de islotes bajos; estos islotes son antiguos volcanes, cráteres extintos. Los viajeros sólo los distinguen merced á los picos que salen de las aguas y á los trabajos practicados por los pólipos. Empero el fondo entre esos volcanes debe ser también volcánico, y durante los ensayos de la creación primitiva sería un receptáculo de vida.
Por largo tiempo la tradición popular consideró á los volcanes como guardadores de los tesoros subterráneos y que de vez en cuando desparraman el oro escondido en sus entrañas. Falsa poesía con sus puntas de verdad. Las regiones volcánicas encierran en sí los tesoros del globo, y poderosas virtudes de fecundidad. Ellas fueron las que dotaron á la tierra estéril, pues debió brotar la vida del polvo de sus lavas, de sus cenizas siempre calientes.
Conocida es la riqueza de los bordes del Vesubio, de los valles del Etna en las dilatadas raíces que empuja hacia el mar; conocido es también el paraíso que forma bajo el Himalaya el precioso circo volcánico del valle de Cachemira, y otro tanto sucede á cada paso en las islas del mar del Sur.
En circunstancias las menos favorables, la vecindad de los volcanes y las cálidas corrientes que les son anejas continúan la vida animal en los sitios más desolados. Bajo la horrible devastación del polo antártico, no lejos del volcán Erebus, James Ross encontró corales vivos á mil brazas bajo el mar helado.
En la primitiva edad del mundo los numerosos volcanes de que está sembrado tenían una acción submarina mucho más poderosa que ahora. Sus fisuras, sus valles intermedios, permitieron al mucus marítimo acumularse por capas, electrizarse de las corrientes. Sin duda que allí se asió la gelatina, fijóse, se afirmó, inquietóse y fermentó con toda su vigorosa potencia.
La levadura fué el atractivo de la substancia en provecho propio. Elementos creadores nativamente disueltos en el mar, formaron combinaciones, matrimonios iba á decir, apareciendo vidas elementales para evaporarse y morir. Otras, enriquecidas con sus despojos, duraron; seres preparatorios, lentos y pacientes creadores que, desde aquel momento, comenzaron bajo el agua la obra eterna de fabricación y la prosiguen á nuestra vista.
El mar, que á todos los sustentaba, distribuía á cada cual lo que mejor le convenía. Descomponiéndolo cada uno á su manera, en provecho propio, los unos (pólipos, madréporas, conchas) absorbieron el calizo; otros (los infusorios del trípoli, las colas de caballo rugosas, etc.) concentraron el sílice. Sus despojos, sus construcciones, revistieron la sombría desnudez de las rocas vírgenes, hijas del fuego, que arrancaran del núcleo planetario lanzándolas ardientes y estériles.
Cuarzo, basaltos y pórfidos, guijarros semi-petrificados, todo recibió de esas criaturillas una corteza menos inhumana, elementos suaves y fecundos que extraían de la leche materna (llamo leche al mucus marítimo), que elaboraban y depositaban, haciendo habitable la tierra. En esos medios más favorables pudo realizarse el mejoramiento, la ascensión de las especies primitivas.
Estos trabajos debieron practicarse primitivamente en las islas volcánicas, en el fondo de sus archipiélagos, en esos meandros sinuosos, esos apacibles laberintos donde las olas sólo penetran discretamente; tibias cunas para los recién nacidos.
Mas, la flor escogida florece con plenitud en las profundas hondonadas de los golfos índicos. Aquí, el mar fué un gran artista, pues dió á la tierra las adoradas y benditas formas donde se complace en crear el amor. Por medio de sus asiduas caricias, redondeando la playa, dióle los contornos maternos, la ternura visible del seno de la mujer (iba á decir), lo que tanto place al niño, abrigo, calor y descanso.
III
El átomo.
Cierto día, un pescador me regaló el fondo de su red, es decir, tres seres casi moribundos, un esquino, una estrella de mar y otra estrella, un lindo ofiuro, que todavía se agitaba y no tardó en perder sus brazos delicados. Púselos en agua de mar, y los descuidé por espacio de dos días, ocupado en otras tareas. Cuando me acordé de ellos, sólo hallé tres cadáveres. Aquello estaba desconocido: habíase renovado la escena.
Una película espesa y gelatinosa se había formado á la superficie. Tomé un átomo de ella en la punta de una aguja, y el átomo, visto al microscopio, me ofreció lo siguiente:
Un torbellino de animales, cortos y sólidos, rechonchos, ardientes (cólpodos), que se movían de acá para allá, ebrios de vida, arrebatados de haber nacido (permítaseme la expresión), celebrando su natalicio con una extraña bacanal.
En segunda fila hormigueaban unas culebrillas muy diminutas ó anguilas microscópicas que más bien vibraban que nadaban para ir hacia adelante (se las nombra vibradores).
Fatigada de tanto movimiento, la vista, sin embargo, no tardó en notar que en aquella escena no todo se movía. Había vibradores tiesos aún que no vibraban: habíalos entrelazados, agrupados en racimos, en enjambres, que no se habían desprendido y aparentaban aguardar el momento de la libertad.
Entre aquella fermentación viva de seres inmóviles aún, se arrojaba, rabiaba, talaba, la desordenada traílla de los grandes rechonchos (los cólpodos), que parecía hacer pasto de ellos, regalarse, engordar y vivir allí á sus anchas.
Observaréis que ese espectáculo tenía por teatro la arena de un átomo recogido en la punta de una aguja. ¿Qué de escenas parecidas hubiese ofrecido el Océano gelatinoso que con tanta prontitud se formó sobre el fango! El tiempo había sido aprovechado maravillosamente. Los moribundos ó muertos, al escapárseles la vida habían creado todo un mundo. En cambio de tres animales perdidos, ahora era dueño de millones de ellos, y éstos ¡tan jóvenes y vivaces, animados de movimientos tan violentos, tan absorbentes, rabiosos por vivir!
Ese mundo infinito, de tal suerte mezclado al nuestro, que por doquiera nos rodea y está siempre con nosotros, era casi desconocido hasta hace poco. Swammerdam y otros, que anteriormente lo habían entrevisto, fueron detenidos en sus primeros pasos. Mucho más tarde, en 1830, el mágico Ehrenberg lo evocó, lo reveló y clasificó, estudiando la forma de esos invisibles, su organismo, sus costumbres, y viólos absorber, digerir, navegar, cazar, combatir. Su generación le pareció obscura. ¿Cuáles son sus amores? ¿Acaso aman? En seres tan elementales ¿hace el gasto la Naturaleza de una generación complicada? ¿O bien nacen espontáneamente como tal ó cual moho vegetal? El vulgo dice: «como los hongos.»
Cuestión árida que hace sonreir y menear la cabeza á más de un sabio. ¡Se está tan seguro de tener entre manos el misterio del mundo, de haber fijado invariablemente las leyes de la vida! A la Naturaleza toca obedecer. Cuando, hace cien años, se hizo observar á Reaumur que la hembra del gusano de seda podía producir sin auxilio del macho, lo negó, contestando: «La nada, nada produce.» El hecho, constantemente negado y probado de continuo, acaba de serlo fijamente y queda admitido, no tan sólo para el gusano de seda, sino para la abeja y para cierta mariposa, y aun para otros animales.
En todo tiempo y en cualquiera nación, lo mismo entre las personas ilustradas que entre el vulgo de las gentes, se decía: «La muerte da la vida.» Suponíase en particular que la vida de los imperceptibles surgía inmediatamente de los despojos que le lega la muerte. El mismo Harvey, que fué el primero en formular la ley de generación, no se atrevió á desmentir tan arraigada creencia. Al decir: Todo procede del huevo, añadió: ó de los disueltos elementos de la vida precedente.
Esta es precisamente la teoría que acaba de renacer con tal resplandor, merced á los experimentos de M. Pouchet, quien establece que de los despojos de infusorios y otros seres se crea la escarcha fecunda, la «membrana prolífica,» de la que nacen, no nuevos seres, sino los gérmenes, los óvulos de donde podrán nacer después.
Estamos en la época de los milagros, es preciso convenir en ello; mas, éste no tiene nada de sorprendente.
En otro tiempo habríanse reído á las barbas del que hubiera pretendido que animales indóciles á las leyes establecidas, se permitan respirar por la patita. Los bellos trabajos de Milne Edwards han derramado luz sobre este asunto. Dícese que asimismo Cuvier y Blainville habían notado que otros seres que carecen de órganos regulares de circulación, los suplían por medio de los intestinos; mas, esos grandes naturalistas encontraron tan enorme el caso, que no se atrevieron á divulgarlo. Hoy ha pasado al dominio de cosa juzgada por el mismo Milne Edwards, M. de Quatrefages, etc.
Sea cual fuere la opinión que se tenga formada de su nacimiento, lo cierto es que después de nacidos nuestros átomos ofrecen un mundo infinito y admirablemente variado. Todas las formas de vida están representadas en ellos honrosamente. Dado caso que se conozcan entre sí, opinarán que componen una armonía completa á la que muy poco hay que envidiar.
Y no son especies dispersas, creadas aparte: constituyen visiblemente un reino donde los géneros diversos han organizado una gran división del trabajo vital. Tienen seres colectivos como nuestros pólipos y nuestros corales, pegados aún, sufriendo las sujeciones de una vida común; tienen también pequeños moluscos que ya se visten con lindas conchas; tienen peces ágiles y bullidores insectos, arrogantes crustáceos, miniatura de los futuros cangrejos, como ellos armados hasta los dientes, aguerridos átomos que se dedican á la caza de los átomos inofensivos.
Todo esto en medio de una riqueza enorme y excesiva que humilla la pobreza del mundo visible. Sin hablar de los rizópodos que con sus capitas han ayudado á la constitución de los Apeninos, sobrealzado las cordilleras; sólo los foraminíferos, esa numerosa tribu de átomos conchíferos, cuenta hasta dos mil especies (Carlos d'Orbigny). Los hay contemporáneos de todas las edades de la tierra, presentándose siempre á diversas profundidades en las treinta crisis que ha experimentado el universo mundo, variando un tanto las formas, pero persistiendo como género, y quedando cual testimonios idénticos de la vida del planeta. Al presente, la fría corriente del polo austral, que la punta de América divide entre sus dos grandes playas, envía imparcialmente cuarenta especies hacia la Plata y otras cuarenta, hacia Chile. Empero, la, gran manufactura que los crea y organiza parece ser el cálido río del mar que se desprende de las Antillas. Las corrientes del Norte los matan, arrastrándolos muertos el gran torrente paterno con dirección á Terranova y á nuestro Océano, cuyo fondo constituyen.
Cuando el ilustre padre de los átomos (es decir, su padrino), Ehrenberg, los bautizó, los patrocinó, introduciéndolos en la ciencia, fué acusado de debilidad hacia ellos, y se dijo que daba demasiada importancia á esos pequeñuelos. Ehrenberg los encontraba complicados, de una organización muy elevada, llegando á tal punto su liberalidad hacia los mismos, que les concedió ciento veinte estómagos á cada uno. El mundo visible se sulfuró, y, por una reacción violenta, Dujardin los redujo á la última expresión de sencillez. Según él, esos pretendidos órganos sólo lo son en la apariencia. No pudiendo negar, sin embargo, su fuerza de absorción, les concede el don de improvisar á cada momento, estómagos al caso, y del grandor de las partículas que quieren tragarse. Esta opinión no ha logrado cautivar á M. Pouchet, quien se inclina por la de Ehrenberg.
Lo incontestable y admirable en ellos es el vigor de sus movimientos. Varios tienen todas las apariencias de una individualidad precoz, no permaneciendo mucho tiempo avasallados á la vida comunista y polípera do se arrastran sus superiores inmediatos, los verdaderos pólipos. Muchos de esos invisibles, de un salto se convierten en individuos, es decir, en seres capaces de ir y correr de acá para allá solos, á su capricho, libres ciudadanos del mundo que sólo depende de ellos en lo tocante á la dirección de sus movimientos.
Cuanto puede imaginarse de locomociones diversas, de modos de andar en el mundo superior, es igualado, sobrepujado de antemano por los infusorios. El impetuoso torbellino de un astro poderoso, de un sol que arrastra como á sus planetas cuantos seres débiles encuentra en su carrera, el curso más irregular del cometa cabelludo que atraviesa ó que dispersa mundos vagos á su paso, la graciosa ondulación de la esbelta culebra que sigue el agua ó nada en tierra, la barca oscilante que sabe virar á tiempo, decaer del rumbo para ir más lejos, en fin, el rastreo lento y circunspecto de nuestros tardígrados, que se apoyan, se agarran á cualquier cosa, todos esos diversos aires se observan entre los imperceptibles. Mas ¡con qué maravillosa sencillez de medios! Los hay que no siendo más que un hilo, para avanzar se disparan como un tirabuzón elástico; otros se valen de su ondulante cola ó de sus pequeñas cejas vibrantes á guisa de remo y gobernalle; las preciosas vorticelas, cual jarrón de flores, se agarran juntas sobre una isla (plantecica ó cangrejito), y luego se aislan descolgando su delicado pedúnculo.
Lo que aún llama más la atención que los órganos de movimiento, es lo que podríamos nombrar las expresiones, las actitudes, los signos originales del humor y del carácter. Hay seres apáticos, otros muy activos y fantásticos, otros agitados por la guerra, otros diligentes sin causa aparente y poseídos de una vana agitación. En ocasiones, á través de una masa de gentes tranquilas y pacíficas, un atolondrado, sordo y ciego, lo echa todo á rodar.
¡Prodigiosa comedia! Parece como que están ensayando entre ellos el drama que representará nuestro mundo, el noble y serio mundo de los grandes animales visibles.
A la cabeza de los infusorios coloquemos con cierto respeto los majestuosos gigantes, los dos jefes de orden, el alto tipo del movimiento y el de la fuerza (lenta, pero temible) armada.
Tomad un poco de musgo de un tejado cualquiera, dejadlo algunos días en agua, y observad después con un microscopio. Un poderoso animal, el elefante, la ballena de los infusorios, muévese con un vigor y un garbo de vida que no siempre tienen semejantes colosos. Respetémoslo. Es el rey de los átomos, el rotífero, así nombrado porque en ambos lados de la cabeza lleva dos ruedas, órganos de locomoción que lo asimilarían al barco de vapor, ó tal vez armas de caza que lo ayudan á apoderarse de los más débiles.
Todos huyen, cejan ante él, y uno solo resiste, no temiendo nada, confiado en sus armas. Es éste un monstruo, empero provisto de sentidos superiores, el cual tiene dos ojazos de púrpura. Poco movible y verdadero tardígrado, en cambio ve y está armado, pues ostenta en sus sólidas patas uñas muy pronunciadas, que le sirven para asirse en caso de necesidad y sin duda también para pelear.
¡Poderoso preludio de la Naturaleza que, en esa economía de sustancia y de materia, con nada comienza á crear tan majestuosamente! ¡Sublime abertura! Estos (¿qué importa su tamaño?) tienen una potencia colosal de absorción y de movimiento, que estarán muy lejos de poseer los enormes seres clasificados mucho más alto en la serie animal.
La ostra pegada en su roca, la limaza que se arrastra sobre su abdomen, son para el rotífero lo que yo sería al lado de los Alpes, de las cordilleras; seres tan desproporcionados que no pueden medirse con la vista, y apenas por el cálculo y la imaginación.
Sin embargo, ¿qué se han hecho entre esas montañas animales la presteza y el ardor de vida que desplegaba el rotífero? ¡Qué caída la nuestra al ascender la escala!... Mis átomos estaban llenos de vida, se movían vertiginosamente, y esas bestias gigantescas están atacadas de parálisis.
¿Qué sería si el rotífero pudiera concebir al ser colectivo donde dormita un infinito, por ejemplo, la magnífica, la colosal esponja estrellada que vemos en el Museo de París? Esta, por su magnitud, está á igual nivel del rotífero que el hombre con el globo terráqueo, de nueve mil leguas de ruedo. Y sin embargo, estoy convencidísimo que, lejos de verse humillado por la comparación, el átomo rebosaría de orgullo exclamando: «Soy grande.»
¡Ah!, ¡rotífero!, ¡rotífero! No conviene menospreciar nada.
Conozco muy bien tus ventajas y tu superioridad; mas, ¿sabemos acaso si esa vida de cautiverio que te mueve á risa no es un progreso? Tu descompasada y vertiginosa libertad, ¿es, por ventura, el término de las cosas? Para tomar su punto de partida hacia más elevados destinos, la Naturaleza prefiere experimentar un encanto inmovible, penetrando en el obscuro sepulcro de ese triste comunismo en que cada elemento desempeña un papel insignificante, y enseña á dominar la inquietud individual, á concentrar la substancia en beneficio de las vidas superiores.
Dormita allí por algún tiempo, como la Linda de la selva durmiente; empero, sueño ó cautiverio, sortilegio ó lo que fuere, semejante estado no es la muerte. La áspera materia de la esponja vive rellena de sílice: sin moverse, sin respirar, sin órganos de circulación, sin ningún aparato de los sentidos, vive. ¿Cómo se sabe eso?
La esponja pare dos veces al año; tiene sus peculiares amoríos y con más exuberancia que otros seres. En día dado unas esferillas se desprenden de la madre esponja, armadas de débiles nadaderas que las procuran algunos instantes de animación y de libertad. Una vez fijas, conviértense en esponjitas delicadas, que irán aumentando paulatinamente en tamaño.
Así, pues, en medio de la carencia aparente de sentidos y de organismo, envuelto todo en misterioso enigma, en el dintel dudoso de la vida, la generación la revela y nos descubre el preludio del mundo visible cuya escala vamos á recorrer. Sólo se divisa la nada, y en esa nada ya aparece la maternidad. Lo mismo que entre los dioses de Egipto (Isis y Osiris) que engendran antes de nacer, aquí el Amor nace antes del ser.
IV
Flor de sangre.
En el eje del globo, en medio de las cálidas aguas de la Línea y en su fondo volcánico, el mar superabunda de vida hasta el punto de no poder, á lo que parece, equilibrar sus creaciones; y sobrepujando á la vida vegetal, de buenas á primeras, sus alumbramientos producen la vida animada.
Mas, esos animales se atavían con un extraño lujo botánico, con libreas espléndidas de una flora excéntrica y lujuriosa. Divisáis hasta donde alcanza la vista flores, plantas y arbustos; á lo menos, tales os parecen por sus formas y colores. Y esas plantas se mueven, los arbustos son irritables, las flores tiemblan con naciente sensibilidad, do va á posarse la voluntad.
¡Oscilación encantadora, gracioso equívoco! Al límite de los dos reinos y bajo esas flotantes apariencias tan fantásticas, el espíritu da testimonio de sus primeros albores. Es el alba, la aurora matutina. Con sus resplandecientes colores, sus nácares y esmaltes, señala el sueño nocturno y la idea del día que aparece.
¡Idea! ¿Nos atreveremos á pronunciar esta palabra? No: es un sueño, sueño no más, pero que poco á poco se esclarece como los ensueños matutinos.
Al norte de Africa, ó más allá del Cabo, el vegetal que reinaba como soberano en la zona templada ve surgir á su lado rivales animados que también vegetan, florecen, le igualan y no tardan en sobrepujarle.
El grande encantamiento comienza, va en aumento siempre y adelantando hacia el Ecuador.
Arbustos extraños, elegantes, las gorgonas, las isis, extienden su rico abanico; el coral adquiere su color rojo bajo las olas.
Al lado de las brillantes praderas irisadas de todos colores comienzan las plantas-piedra, las madréporas, cuyas ramas (¿diremos sus manos y sus dedos?) florecen en helados copos rosados, parecidos á los de los melocotones y manzanos. Por espacio de setecientas leguas antes de llegar al Ecuador y por otras setecientas del lado de allá continúa la mágica ilusión.
Hay seres inciertos, como por ejemplo las coralinas, que los tres reinos se disputan. En sí encierran algo de animal, algo de mineral, y últimamente acaban de ser clasificadas en la nomenclatura de los vegetales. Tal vez sea el punto real en que la vida obscuramente despierte del sueño de piedra, sin desprenderse aún de su rudo punto de partida, como para advertirnos, á nosotros tan soberbios y que miramos desde tan alto, la fraternidad ternaria, el derecho que el obscuro mineral tiene á subir y animarse, y la aspiración profunda que existe en el seno de la Naturaleza.
«Nuestras praderas, nuestros bosques—dice Darwin,—parecen desiertos y vacíos si se comparan con los del mar.» Y en efecto, á cuantos han recorrido los transparentes mares de las Indias, les ha llamado la atención la fantasmagoría que ofrece su fondo, siendo sorprendente en primer término por el extraño cambio que se opera en las plantas y los animales en sus insignias naturales, en su apariencia. Las plantas blandas y gelatinosas, con órganos redondos que no parecen ni tallos ni hojas, afectando gordura, la dulzura de las curvas animales, diríase que quieren engañar al que las mira y hacerse pasar por seres del reino animal, mientras que los animales verdaderos parece como que se ingenian para ser plantas y asemejarse á los vegetales, pues imitan todos los caracteres del otro reino. Unos tienen la solidez, la casi eternidad del árbol; otros se descogen y luego se marchitan, como las flores. Así, pues, la anémona marina se abre cual pálida margarita rosada, ó como áster granate adornado con ojos de azur; mas desde el momento que se ha desprendido un hilito de su corola, ó sea una nueva anémona, veisla disolverse y desaparecer.
Mucho más variable aún el proteo de las aguas, el alción, toma todo género de formas y de colores, haciendo el papel de planta, de fruta; despliégase en forma de abanico, se convierte en seto lleno de matorrales ó en graciosa cestita. Mas, todo ésto es fugitivo, efímero, de vida tan tímida que desaparece al menor movimiento, y nada queda: en un instante ha vuelto todo al seno de la madre común. Hallaréis la sensitiva en una de esas formas ligeras; la cornularia, al tacto se repliega sobre sí misma, cierra su seno como la flor sensible al fresco nocturno.
Cuando os asomáis al borde de los arrecifes, de los bancos de corales, observáis el fondo del tapiz bajo el agua, verde de astreas y de tubíporas, fungias amoldadas en bolas de nieve, meandrinas historiadas en su laberintito y cuyos valles y colinas están indicados con los colores más vivos. Los cariófilos (ó claveles) de terciopelo verde matizado de naranjo al extremo de su ramo calizo, pescan los alimentos meneando suavemente en el agua sus preciosas estambrillas de oro.
Encima de ese mundo de abajo, como para resguardarlo del sol, ondulando cual sauces y bejucos, ó balanceándose como palmeras, las majestuosas gorgonas de varios pies de alto, constituyen un bosque con los árboles enanos del isis. De uno á otro árbol, la plumaria enreda su espiral muy parecida á las tijeretas de las viñas y los hace corresponder entre sí por medio de sus finos y ligeros ramajes, matizados de brillantes reflejos.
Este espectáculo encanta, turba la imaginación: es un vértigo y como un sueño. El hada de las aguas añade á esos colores un prisma de tintas fugitivas, una movilidad sorprendente, una inconstancia caprichosa, la vacilación, la duda.
¿He visto bien? No, no es eso... ¿era un ser ó un rellejo?... Sin embargo, seres son, pues veo un mundo real que se aloja allí y se divierte. Los moluscos viven confiados, arrastrando su nacarada concha; los cangrejos tampoco desconfían, y corren y cazan. Peces extraños, ventrudos y rechonchos, vestidos de oro y de cien colores distintos, están paseando su pereza. Anélidos color de púrpura y violáceos, serpentean y se agitan al lado de la delicada estrella (el ofiuro), que bajo el influjo de los rayos solares, alarga, encoge, arrolla y desarrolla sus elegantes brazos.
En medio de esa fantasmagoría y con más gravedad, la madrépora arborescente ostenta sus no tan subidos colores. Su belleza consiste en la forma.
Y la belleza de ese mundo está en el conjunto, en el noble aspecto de la ciudad común: el individuo es modesto, mas la república impone. Aquí tiene la fortaleza del áloe y el cactus; más allá es la cabeza del ciervo, su espléndido atalaje; á mayor distancia la extensión de las vigorosas ramas de un cedro que, después de tender horizontalmente sus brazos, se dispone á empinarse más y más.
Esas formas, despojadas ahora de millares de flores vivas que las animaban, las cubrían, tienen tal vez en su estado severo mayor atractivo para el ánimo. Por lo que á mí toca, me complazco en contemplar los árboles en invierno, cuando sus elegantes ramas desnudas del lujo abrumador de las hojas, nos dicen lo que son por sí solos, revelando delicadamente su escondida personalidad. Otro tanto sucede con las madréporas. En su desnudez presente, convertidas de pinturas en esculturas, más abstraídas, digámoslo así, parece que intentan revelarnos el secreto de esos pueblecillos cuyo ornamento constituyen. Varias de ellas, diríase que nos hablan por medio de extraños caracteres: tienen enlaces, roleos complicados que visiblemente indican algo. ¿Hay alguno que pueda interpretarlos? ¿Con qué palabras los traduciríamos á nuestro idioma?
Presiéntese perfectamente que hoy aún existe una idea allí dentro. Uno no puede desprenderse fácilmente de aquel sitio; y por más que se abandone, allí se vuelve. Deletréase, se cree comprender; luego se os escapa ese rayo de luz y os golpeáis la frente.
Los enjambres de abejas, con su fría geometría, no son, ni con mucho, tan significativos. Estas constituyen un producto de la vida; mas, aquello es la misma vida. La piedra no fué simplemente base y abrigo de dicho pueblo, sino un pueblo anterior, la generación primitiva que, suprimida paulatinamente por los jóvenes de encima ha tomado tal consistencia. Luego, todo el pasado movimiento, el tinte de la ciudad primitiva, están allí visibles y sorprendentes, con una verdad flagrante, cual vivo detalle de Herculanum ó Pompeya. Empero aquí todo se ha fabricado sin violencia ni la más pequeña catástrofe, por un progreso natural; la más serena paz reina en dicho sitio, que tiene un singular atractivo de dulzura.
El escultor admiraría las formas de un arte maravilloso que en un mismo asunto ha sabido producir infinitas variantes, las cuales bastarían para cambiar y renovar todas nuestras artes de adorno.
Pero otra cosa hay que considerar á más de la forma. Las ricas arborescencias donde se descoge la actividad de esas tribus laboriosas, los ingeniosos laberintos que parecen buscar un hilo, ese profundo juego simbólico de vida vegetal y de toda vida, es el esfuerzo de una idea, de la libertad cautiva, sus tímidos tanteos hacia la prometida luz, relámpago encantador del alma joven comprometida en la vida común; pero que, suavemente, sin violencia, con gracia, se emancipaba de ella.
Poseo dos de estos arbolillos, de especie análoga, y sin embargo distinta. No hay vegetal que pueda comparárseles. Tiene el uno inmaculada blancura, como el alabastro sin brillo, y en su amorosa riqueza cada rama ostenta capullos, botones, florecitas, y jamás dice: Basta. El otro, no tan blanco pero más tupido, en cada rama encierra un mundo. Ambos son agradabilísimos por su semejanza y desemejanza, su inocencia, su fraternidad. ¡Oh! ¡quién podrá revelarme el misterio del alma infantil y encantadora que fabricó ese juguete de hadas! Vésela circular aún esa alma libre y cautiva á la vez, mas con cautiverio amoroso, y que sueña con la libertad sin quererla por entero.
Hasta ahora las artes no han sabido apoderarse de esas maravillas que tanto las hubieran auxiliado. La magnífica estatua de la Naturaleza que se eleva á la puerta del Jardín de Plantas, de París, debiera estar rodeada de tales atributos. Aquella estatua había de figurar con el cortejo triunfal que nunca la abandona, era preciso realzar con todos sus dones el majestuoso trono do se sienta. Sus primeros seres, las madréporas, dichosos de enterrarse en el suelo hubieran suministrado los fundamentos, por medio de sus alabastrinos ramajes, sus meandros y sus estrellas. Encima sus ondulosas hermanas, con sus cuerpos y sedosos cabellos habrían constituido un blando lecho viviente para abrazar cariñosamente á la divina Madre en medio de sus ensueños de eterno alumbramiento.
La pintura no ha sido más hábil que la escultura en la utilización de este asunto, puesto que pinta las flores animadas semejantes á las flores terrestres, cuando sus colores son extraordinariamente distintos. Los grabados al plomo que poseemos dan muy pobre idea de la cosa. Por más que se diga, sus tintas chabacanas, pálidas, no retratan ni con mucho la suavidad, la dulzura, la emoción de las flores del mar. Si se emplearan los esmaltes, lo cual ensayó Palissy, el asunto saldría rudo y glacial: admirables en la reproducción de los reptiles, de las escamas de pescado, son demasiado lustrosos para imitar esas suaves y tiernas criaturas que hasta de cutis carecen. Los pulmoncitos exteriores que presentan los anélidos, los delgados filamentos nebulosos que lanzan al viento ciertos pólipos, los móviles y sencillos cabellos que ondulan sobre la medusa son objetos no sólo delicados sino conmovedores. Ofrecen todos los matices, son finos y vagos, pero cálidos: es como un hálito perceptible, y nuestros ojos atónitos ven en ellos el color del arco iris. Para aquellos seres es algo muy serio, su propia sangre, su tenue vida traducida en tintas, en reflejos, en resplandores cambiantes, que se animan ó palidecen, aspiran, espiran... Tened cuidado. No ahoguéis la almita flotante, muda, y que, á pesar de todo, os revela un mundo, demostrándoos su íntimo misterio en sus palpitantes colores.
Los colores poco sobreviven, pues la mayor parte se disuelven y desaparecen. Aun las mismas madréporas sólo dejan su base, que diríase inorgánica, siendo no obstante la vida condensada, solidificada.
Las mujeres, que tienen ese sentido mucho más delicado que nosotros, no se han engañado, presintiendo aunque confusamente que uno de dichos árboles, el coral, era una cosa viva. De ahí la predilección que demuestran por él. Y aunque la ciencia sostenga primero que sólo es una piedra, luego un arbusto, el sexo bello ve en el coral algo más.
«Señora, ¿por qué prefiere usted á todas las piedras preciosas ese árbol de un encarnado dudoso?—Caballero, dice á mi cara. El rubí hace palidecer; éste, mate y no tan vivo, hace resaltar mejor la blancura.»
Y la señora tiene razón. Los dos objetos son parientes. En el coral, lo mismo que en los labios y mejillas de la dama, el hierro da el color (Vogel); encarnado el uno y el otro rosado.
«Pero señora, esas piedras brillantes son de una finura incomparable.—Ciertamente, mas el coral es suave; tiene la suavidad del cutis á la par que su color. A los dos minutos de llevarlo, paréceme mi misma carne, mi propio ser.
»Señora, hay encarnados más bonitos.—Doctor, no me prive usted de éste, pues le quiero. ¿Por qué? Lo ignoro... ¡Oh, sí! hay un motivo para quererlo (y es éste tan bueno como otro cualquiera); dicho motivo es su nombre oriental y verdadero: llámasele «Flor de sangre.»
V
Los fabricantes de mundos.
Nuestro Museo de Historia Natural, en su harto reducido recinto, es un palacio de hadas, residiendo allí, al parecer, el genio de las metamorfosis de Lamarck y de Geoffroy. En la sombría sala del piso bajo, las silenciosas madréporas fundan el mundo, más vivo por momentos, que se eleva encima de ellas. Más arriba, habiendo el pueblo de los mares alcanzado su completa energía de organización en los animales superiores, prepara las existencias terrestres. En la cúspide están los mamíferos, sobre los cuales la tribu divina de los pájaros despliega sus alas y parece que todavía canta.
La muchedumbre no hace caso de los primeros, pasando rápidamente por delante de esos primogénitos del globo, su habitación es fría, húmeda: los curiosos dirigen sus pasos hacia la luz, hacia el punto do brillan tantos objetos. Nácar, alas de mariposa, plumas de aves, esto es lo que la encanta. Yo, que me detengo más tiempo abajo, heme hallado con frecuencia solo en la pequeña y obscura galería.
Me agrada esa cripta de la iglesia grande: allí presiento mejor el alma sagrada, el espíritu presente de nuestros maestros, su enorme, su sublime esfuerzo, á la par que la audacia inmortal de los viajeros salidos de aquel sitio. Doquiera que estén sus huesos, ellos se ostentan en el Museo reproducidos en valiosos tesoros, tesoros que pagaron con la vida.
El otro día (1.º de octubre) me detuve más de lo regular en aquel sitio, entreteniéndome á leer, no sin trabajo, los rótulos de algunas madréporas. Una de ellas, colocada junto á la puerta, llevaba el nombre de Lamarck.
Mi sangre toda afluyó al corazón, sintiendo como un impulso de religioso respeto.
¡Gran nombre y ya viejo! Es lo mismo que si en las tumbas de Saint-Denis se leyera el nombre de Clodoveo. La gloria de sus sucesores, su imperio, sus discusiones, han obscurecido, hecho retroceder á aquél que se adelantó á lo menos de un siglo á su época. Fué Lamarck, ese ciego Homero del Museo, el que por el instinto del genio creó, organizó, dió nombre á lo que todavía estaba envuelto en la obscuridad: la clase de los Invertebrados.
¿Una clase? esto es, un mundo, el abismo de la vida blanda y semiorganizada á la que aún falta la vértebra, la centralización huesosa, el sostén esencial de la personalidad. Interesan tanto más esos seres, cuanto que visiblemente por ellos empieza la vida. ¡Humildes tribus, descuidadas hasta entonces! Reaumur colocó los cocodrilos entre los insectos; el ilustre conde de Buffon no se dignó siquiera indagar los nombres de aquel populacho ínfimo, dejándolos fuera del Versalles olímpico que elevó á la Naturaleza. Y tuvieron que aguardar á Lamarck para ser clasificados esos grandes pueblos obscuros, confusos; esos desterrados de la ciencia, que, sin embargo, lo llenan todo y todo lo han preparado. Precisamente se había prohibido la entrada á los primogénitos. Era fácil tarea contar á los admitidos; y si se hubiese tenido que juzgar por el número, dijérase que lo excluido, lo olvidado, dejaba á la calle á la Naturaleza misma.
El genio de las metamorfosis, acababa de ser emancipado por la botánica y por la química. Fué un atrevimiento, pero fecundo en resultados, el desviar á Lamarck de la botánica, donde había pasado lo mejor de su vida é imponerle la obligación de ocuparse de los animales. Aquel genio ardiente y acostumbrado á obrar milagros para la transformación de las plantas, lleno de fe en la unidad de la vida, sacó á los animales y al animal grande (el globo) del estado de petrificación en que se hallaban, restableciendo, de forma en forma la circulación del espíritu. Semiciego, á tientas, tocó intrépidamente mil cosas á que los más perspicaces no osaban aún acercarse. Siquiera él obraba instigado por el ardor de la ciencia. Geoffroy, Cuvier y Blainville los encontraron calientes y con vida. «Todo está vivo—decía aquél,—ó lo estuvo. Todo es vida, presente ó pasado.» Grande esfuerzo revolucionario contra la materia inerte, que conduciría hasta suprimir lo inorgánico. Nada estaría completamente muerto. Lo que ha vivido puede dormir y conservar la vida latente, una aptitud para revivir. ¿Quién está verdaderamente muerto? Nadie.
Esta teoría ha dado un empuje extraordinario á las velas con que marcha nuestro siglo: atrevida ó no, ella nos ha llevado adonde nunca hubiéramos estado. Nos hemos puesto en demanda, preguntando á todas las cosas, ya de historia ó de historia natural: «¿Quién eres?—Soy la vida.»—La muerte ha ido de vencida bajo la mirada de las ciencias: el espíritu siempre adelanta y hácela retroceder.
Entre esos resucitados, lo primero que veo son mis madréporas. Hasta entonces, la piedra muerta y el calizo grosero tuvieron el interés de la vida. Cuando Lamarck los juntó, explicando su constitución en el Museo, acababa de sorprendérseles en el misterio de su actividad, ocupados en sus inmensas creaciones, habiéndonos enseñado cómo se fabrica un mundo. Se empezó á sospechar que, si la tierra produce el animal, éste también produce la tierra, desempeñando ambos á dos la obra de la Creación.
La animalidad existe por doquiera: todo lo llena, todo lo puebla. Sus restos ó huellas se encuentran hasta en minerales, tales como el mármol estatuario y el alabastro, que han pasado por el crisol de los fuegos más destructores. A cada paso que damos en el conocimiento de lo actual, descubrimos un pasado enorme de vida animal. El día en que fué dado á la óptica divisar el infusorio, viósele fabricar montañas y empedrar el Océano. El duro sílice del Trípoli, es una masa de animálculos, la esponja un sílice animado. Nuestros calizos son todo animales. París está edificado con infusorios; una parte de Alemania, descansa sobre un mar de coral, hoy día amortajado. Infusorios, corales, testáceos, todo es cal, creta, pues, sin cesar, la extraen del mar. Mas, los peces que devoran el coral, lo expelen en forma de creta, restituyendo ésta á las aguas de donde ha salido el mar. Así el mar de Coral, en su obra de alumbramiento, de agitaciones, de movimientos, en sus construcciones incesantemente aumentadas ó desaparecidas, fabricadas, arruinadas, es una fábrica inmensa de calizo, que va alternando entre sus dos vidas: vida diligente hoy, vida disponible que obrará mañana.
Forster ha visto, visto perfectamente (lo cual se ha negado sin razón) que esas islas circulares son cráteres de volcanes, levantados por los pólipos. En la hipótesis contraria, no es posible explicar la identidad de forma, constituyendo siempre un anillo de unos cien pasos de diámetro, asaz bajo, azotado exteriormente por las olas, si bien el interior forma una concha tranquila. Algunas plantas de tres ó cuatro géneros distintos, constituyen una corona de verdura, de trecho en trecho en la parte de adentro. El agua es de un verde magnífico; el anillo está formado de arena blanca (residuos de corales disueltos), contrastando con el azul subido del Océano. Bajo las aguas amargas, están trabajando nuestros obreros, según sus especies ó sus caracteres: los más atrevidos en las rompientes, en las apacibles costas la gente tímida.
He aquí un mundo poco variado. Esperad. Los vientos, las corrientes, trabajan para enriquecerle. Bastará una fuerte borrasca para que las islas inmediatas hagan su fortuna: ésta es una de las más espléndidas funciones de la tempestad. Cuanto más imponente, furiosa y turbulenta se presenta arrastrándolo todo, más fecunda es. Pasa una tromba sobre una isla; el torrente que produce, cargado de limo, de despojos, de plantas muertas ó vivas, á veces de bosques enteros arrancados de cuajo, plaga negra, cenagosa, traspasa el mar, y empujado luego por las olas aquí y allá, distribuye esos presentes entre las islas cercanas.
Un gran mensajero de vida y de los más transportables es la sólida nuez de coco, la cual no sólo viaja, sino que, arrojada sobre los arrecifes, basta que encuentre un poco de arena blanca para medrar en sitios donde perecería otra planta cualquiera. El agua salobre no le amedrenta, se sirve de ella como del agua dulce, y crece también. Germina, se hace grande, conviértese en árbol, en un robusto cocotero. Donde hay un árbol no tarda en haber agua dulce, y despojos, y por lo tanto tierra; esto convida á otros árboles, y al poco tiempo vese levantar su copa á algunas palmeras. De los vapores que esos árboles detienen se forma un arroyuelo que, manando del centro de la isla, mantiene en la blanca cintura un hoyo que respetan los pólipos, habitantes de las aguas amargas.
Conócese actualmente la rapidez extrema de su trabajo. En el puerto de Río Janeiro, después de cuarenta días de parada, desaparecían ya los botes bajo los tubulares que de ellos se habían apoderado; un estrecho inmediato á Australia contaba antes veintiséis islotes, y á la fecha hay ciento cincuenta bien establecidos, anunciando el Almirantazgo inglés que son en mayor número y que dentro de veinte años en toda su longitud de cuarenta leguas será impracticable.
El arrecife oriental de la Australia tiene trescientas sesenta leguas (ciento veintisiete sin interrupción), y el de la Nueva Caledonía ciento cuarenta y cinco leguas. Grupos de islas en el mar Pacífico cuentan cuatrocientas leguas de largo por ciento cincuenta de ancho. Sólo la cordillera de las Maldivas tiene cerca de quinientas millas de longitud. Añadid á todo esto los bancos de la Isla de Francia y los bajos del Mar Rojo, que se elevan continuamente.
Timor y sus cercanías ofrecen un mundo completamente animal: allí sólo se pisan cosas vivas. Las rocas ofrecen formas tan extrañas y tan ricos colores, que la vista se encanta, se deslumbra. Contempláis á aquellos seres por espacio de muchas leguas en medio del agua del mar, que no tiene profundidad (tal vez un pie), fabricando muy tranquilamente, empero sin cejar en su oficio de creadores.
El primer observador inteligente fué Forster, compañero de Cook, que los vió empeñados en su obra. Cogiólos infraganti en su gran conspiración para levantar piano piano islas á millares, cordilleras de islas, y más tarde todo un continente.
Y esto ocurría á su vista como en los primeros días de la Creación. De las profundidades submarinas, el fuego central hace brotar una cúpula, un cono, que entreabriéndose, con su lava, constituye por algún tiempo un cráter circular. Mas, la fuerza volcánica se agota. Ese cráter tibio vese coronado de hielo animado, animal y polípero que, arrojando constantemente de sí un mucus, va elevando ese círculo hasta la baja mar, no más arriba, pues más altos estarían en seco; ni tampoco más abajo, porque necesitan luz. Y si no tienen órgano especial de la visualidad, la luz les penetra. El poderoso sol de los trópicos, que atraviesa de parte á parte su pequeño ser transparente, tiene, al parecer, sobre ellos la atracción de un invencible magnetismo. Cuando baja el mar y quedan al aire libre, permanecen abiertos como estaban y beben la luz.
Dumont d'Urville, que con tanta frecuencia solía visitar sus islotes, dice: «Es un singular suplicio el ver de cerca la tranquilidad que reina en esa concha interior, y debajo el agua, poco profunda, bancos avanzados donde se pavonean los corales con toda seguridad cuando nos rodea por todas partes la tempestad.» Aquel mundo agradable es un escollo; tocadlo y os estrelláis. El transparente mar os muestra un abismo á pico de cien brazas. No confiéis en el áncora; no hay cable que con el frotamiento no se use, acabando por romperse. La ansiedad es extrema en las noches interminables en que la marejada austral os empuja hacia esas cortantes cuchillas.
Y, sin embargo, los inocentes fabricadores de escollos tienen una respuesta para las acusaciones que se les dirigen. Dicen: «Concedednos el tiempo requerido. Esos bordes, dulcificados paulatinamente, haránse hospitalarios: dejadnos obrar. Los bancos, enlazados con los inmediatos bancos, perderán sus terribles remolinos. Estamos fabricando un mundo nuevo por si llega el caso de que el vuestro fenezca. Tal vez algún día nos bendeciréis si acontece un cataclismo; si, como afirma no sabemos quién, el mar se derrama de uno al otro polo cada diez mil años. Os daréis por muy contentos de encontrar estas islas australes que os servirán de punto de refugio.
»Preciso es confesarlo—añaden;—aunque por desgracia se perdiesen en esto sitio algunas embarcaciones, nuestra obra es útil, buena y grandiosa. Nuestro improvisado mundo podría mostrarse con cierto orgullo: sin mencionar sus espléndidos colores, que dejan muy atrás cuanto existe en la tierra, sin hablar de los círculos graciosos, de las curvas de nos placemos, tantos y tantos problemas obscuros que os detienen, entre nosotros parecen haber sido resueltos. La distribución del trabajo, una encantadora variedad, en medio de una gran regularidad, un orden geométrico que, no obstante, obstenta toda la gracia de una libertad naciente, ¿encontraríase todo esto entre los hombres?
»Nuestro incesante trabajo para aligerar el agua de sus sales crea las magníficas corrientes que constituyen la vida, la salud. Nosotros somos los espíritus del mar, y le damos movimiento.
»Verdad es que no se nos muestra ingrato, pues nos sustenta con oportunidad, y con igual exactitud nos acaricia la cálida luz, nos engalana con sus ricos colores. Somos los mimados del Altísimo, sus obreros favoritos, que nos ha señalado la tarea de bosquejar sus mundos. Todos los segundones de ese globo que se presentan aquí, tienen necesidad de nosotros. Nuestro amigo el cocotero, ese gigante que inaugura la vida terrestre encima de nuestra isla, sólo prospera merced al polvo que le prestamos. En el fondo, la vida vegetal es un legado, un don, una limosna de nuestras liberalidades. Rica por nosotros, alimentará la creación superior.
»Mas, ¿para qué sirven los otros animales? Somos un mundo completo, armónico, y que es suficiente. El círculo de la Creación podría cerrarse con nosotros. Escogiónos Dios para coronar su isla; sobre su antiguo volcán de fuego ha creado un volcán de vida, mejor todavía, el descogimiento de ese paraíso viviente. Ha obtenido lo que se propuso y ahora descansa.»
Todavía no, todavía no. Una creación debe subir por encima de la vuestra, cosa que vosotros no teméis. Y ese rival no es la tempestad, pues la desafiáis; ni el agua dulce, ya que estáis fabricando junto á ella; ni tampoco es la tierra que paulatinamente ha ido invadiendo y cubriendo vuestras construcciones. Esta nueva potencia, ¿dónde está? En vosotros mismos. El pólipo no se resigna á quedarse pólipo: existe en vuestra república tal ó cual ser inquieto que afirma que la perfección de esa vida vegetativa no es vida, soñando otra mejor: irse y navegar solo, ver lo desconocido, el dilatado mundo, crearse, exponiéndose á naufragar, algo que va á despuntar en él y permanece obscuro entre vosotros:
El alma.
VI
Hija de los mares.
Los primeros meses del año 1858 deslizáronse para mí en el agradable pueblecillo de Hyères que mira de lejos al mar, á las islas y á la península que presta abrigo á su costa. A tal distancia, el mar atrae más poderosamente tal vez que si uno estuviese á bordo. Los senderos que á él conducen convidan á recorrerlos, ya se dirija uno al lado de las huertas por los setos de jazmines y mirtos, ya, subiendo un tanto, se atraviesen los olivares y un bosquecillo sembrado de laurel y de pinos. Sin embargo, los árboles no impiden que de vez en cuando se distingan algunos rayos del mar. Ha sido llamado este sitio, y no sin razón, Costa Bella. Paseábame por él en los mejores días de un invierno muy suave, soliendo encontrar al paso una enferma interesantísima, joven princesa extranjera venida de quinientas leguas de distancia, para prolongar algunos días su desfalleciente vida. Aquella corta existencia se había deslizado triste y combatida por el infortunio; y apenas vislumbraba la felicidad, se iba extinguiendo por momentos. La pobre se arrastraba apoyada tiernamente en otro ser que vivía de su vida y no contaba sobrevivirla. Si los votos y las oraciones bastasen á prolongar la vida, aquella joven no hubiese muerto; tenía en su apoyo los de cuantos la conocían, particularmente de los pobres. Empero la primavera llegó y con ella el fin de sus días. Cierta mañana de abril en que todo renacía, vimos pasear aún las dos sombras por aquel bosque pálido, como un Elíseo de Virgilio.
Llegué al golfo embargado el ánimo con tan tristes pensamientos. Entre las ásperas rocas, las lagunas que dejaba el mar conservaban ciertos animalillos demasiado lentos para seguirle. Veíanse asimismo algunas conchas encogidas y macilentas por haber quedado en seco: en medio de ellas, sin cáscara, sin abrigo, explayada, yacía la umbrela viviente llamada con harta impropiedad medusa. ¿Por qué haber dado tan horroroso nombre á un ser tan encantador? Nunca había fijado mi atención en aquellos náufragos que con frecuencia se encuentran en la playa. La á que me refiero era pequeña, del tamaño de mi mano, pero bella en extremo y de matices suaves y ligeros; su color blanco ópalo con un tinte diáfano lila que formaba una corona. La brisa la había volteado: su coronilla de cabellos lilas flotaba por encima, y la delicada umbrela (es decir su propio cuerpo), encontrándose debajo, se rozaba con la roca. Muy magullada la pobre, herida, tenía arrancada parte de su fina cabellera, esto es, lo que constituye sus órganos de respiración, de absorción y aun de procreación. Y aquella masa informe recibía de plano los rayos del sol provenzal, áspero al despertar, y más áspero en aquellos momentos á causa de la aridez del mistral que no cesaba de soplar. Doble suplicio que desgarraba á la transparente criatura. Viviendo en una zona acariciada por el contacto del mar, la desdichada umbrela no se reviste de una epidermis resistente, como nosotros, animales terrestres; de suerte que recibe los golpes en lo vivo.
Cerca de su enjuta laguna había otras lagunas repletas y que se comunicaban con el mar: la salvación estaba á dos pasos. Mas, para ella que sólo se mueve con el auxilio de sus ondulantes cabellos, esos dos pasos eran una barrera infranqueable. Expuesta á los rayos de aquel sol abrasador, era de creer que no tardaría en quedar disuelta, absorbida, evaporada.
Nada más efímero, más fugitivo que esas hijas de los mares. Las hay más flúidas, por ejemplo, la tenue faja azur nombrada cinturón de Venus, la cual apenas salida del agua se evapora y desaparece. Un poco más consistente la medusa, es más dura en el morir.
¿Estaba la mía muerta ó moribunda? Cuéstame mucho trabajo creer en la muerte; así, pues, sostuve que estaba viva. De todos modos poco costaba sacarla de aquel suplicio y echarla á la laguna del lado. Si he de ser franco, diré que experimentaba cierta repugnancia en tocarla. La deliciosa criatura con su inocencia visible y el iris de sus suaves colores asemejábase á un copo de nieve tiritante, resbaladizo y que se escurre. Desechando, pues, toda repugnancia, deslicé la mano por debajo y levanté cuidadosamente el cuerpo inmóvil, del que cayó la cabellera, tomando la posición natural que conserva cuando nada. En esta postura la coloqué en la charca inmediata, donde se sumergió sin dar el más pequeño indicio de vida.
Hecho esto, comencé á pasear orillas del mar, mas, transcurridos diez minutos, fuí á ver mi medusa, la cual ondulaba á merced del viento, movíase y volvía á ponerse á flote. Con una gracia peculiar, sus cabellos, que la servían de nadaderas, alejábanla suavemente de la roca. Verdad es que no adelantaba mucho en su camino, pero adelantaba, y al poco rato vila bastante lejos.
Sin duda no hubiera tardado mucho en zozobrar por segunda vez, pues no es posible navegar con medios más débiles y de una manera más peligrosa que lo hacen esos seres. Mucho temen la playa, donde hay tantos objetos duros que las hieren, y en pleno mar á cada momento el viento las voltea. En este caso, como sus cabellos-nadaderas permanecen encima, flotan á la ventura, presa de los peces y con gran contento de las aves marinas que se divierten arrancándolas de su elemento.
Durante toda una estación pasada á orillas del Gironde, veíalas, empujadas fatalmente por el canalizo, ser arrojadas á la costa á centenares, y secarse allí míseramente. Estas eran grandes, blancas, muy lindas al llegar, como arañas de cristal con ricas girándulas, y en las que los rayos del sol producían tan variados matices que brillaban cual si fuesen pedrerías. ¡Ay! ¡qué diferencia al cabo de dos días! Afortunadamente que la arena se hundía y las enterraba.
Las pobres, sirven de pasto á todo el mundo, mientras que para sí propias no tienen otro alimento que la vida poco orgánica, vaga aún, los átomos flotantes del mar. Ellas los entorpecen, los eterizan, por decirlo así, y los chupan sin hacerles sufrir. Carecen de dientes: no están armadas, ni tienen ninguna defensa. Sólo algunas especies (y no todas, dice Forbes), pueden, cuando se les ataca, secretar un licor algo picante, como la ortiga. Sensación tan débil, por otro lado, que no tuvo reparo Dicquemare en recibirlo en un ojo, sin que le produjese malos resultados.
He aquí una criatura apenas garantida, que vive al acaso; y eso que es superior. Tiene sentidos, y á juzgar por sus contracciones, una susceptibilidad notable de sufrimiento. No se puede, cual acontece con el pólipo, dividirla impunemente: en este caso el pólipo se dobla, mas ella muere. Gelatinosa como aquél, parece un embrión, pero el embrión salido demasiado aprisa del seno del mar común, extraído de la base sólida, de la asociación que constituyó la seguridad del pólipo, y lanzado á la ventura.
¿Por qué ha emprendido la marcha? ¡Imprudente! ¿Cómo sin vela, remo ni timón, se aventuró á dejar el puerto? ¿Cuál es su punto de partida?
En 1750 Ellis vió surgir una medusita sobre un pólipo, y en nuestros días, varios observadores han visto y por lo tanto la cuestión está juzgada, que es una forma de pólipo, salida de la asociación. La medusa, hablando llanamente, es un pólipo emancipado.
¿A qué sorprendernos? dice perfectamente el discreto M. Forbes, que ha dedicado tantas vigilias á su estudio. Esto es sólo un indicio de que á tal grado el animal sigue aún la ley vegetal. Del árbol, ser colectivo, sale el individuo, el fruto que se desprende, cuyo fruto formará otro árbol. Un peral es como una especie de pólipo vegetal, en que la pera (individuo libre) puede darnos otro peral.
Lo mismo (prosigue Forbes) que el tallo de una planta que iba á cubrirse de hojas se detiene en su desarrollo, se contrae, conviértese en órgano amoroso, esto es, en flor, el polípero, contrayendo algunos de sus pólipos, transformando sus estómagos contraídos, hace la placenta, los huevos de donde sale su flor movible, la tierna y graciosa medusa. (Ann. of the Nat. hist., t. 14, 387)
Hubiérase podido adivinarlo al ver su gracia indecisa, esa debilidad desarmada que nada teme, que se embarca sin instrumentos náuticos, demasiado confiarla en su propia existencia: es el primero y conmovedor rayo de luz del alma nueva, salido, indefenso, de las seguridades de la vida común, probando tener vida propia, obrar y sufrir por su cuenta—blando bosquejo de la Naturaleza libre,—embrión de la libertad.
Ser uno mismo, ser por sí solo un mundito completo, ¡gran tentación para todos! ¡Seducción universal! ¡Bonita locura que constituye el esfuerzo y el progreso todo del mundo! Mas, en sus primeros ensayos ¡qué injustificada parece! Diríase que la medusa ha sido creada para zozobrar.
Cargada por encima, mal afirmada por debajo, está construida al revés de la fisalía, su parienta. Esta, sólo mantiene fuera del agua un glóbulo, una vejiga insumergible, dejando arrastrar por el fondo sus prolongados tentáculos, extremadamente largos (veinte ó más pies), que la afirman, barren el mar, entorpeciendo á los peces con sus golpes, de los que hace presa. Ágil ó indolente, hinchando su globo nacarado y matizado de azul y púrpura, arroja por medio de sus dilatados cabellos de un azur siniestro, cierto veneno sutil que abate cuanto toca.
Aunque menos temibles, tampoco perecen los velelos, los cuales tienen la forma de almadía. Su pequeño organismo es algo sólido; y saben navegar, voltear al viento su vela oblicua. Las porpitas, que parecen una flor, una margarita, tienen en su favor la ligereza, flotando aún después de muertas. Otro tanto sucede con innumerables seres fantásticos y casi aéreos, guirnaldas con campanillas de oro ó guirnaldas de botones de rosa (fisóforo, estefanomia, etc.), cinturones azurados de Venus. Todos estos seres andan y sobrenadan invenciblemente, no temiendo más que á la tierra; engólfanse bogando en el Grande Océano, y por enmarañado que esté, allí encuentran su salvación. Las porpitas y los velelos tienen tan poco temor al Océano que, pudiendo sobrenadar siempre que les plazca, hacen esfuerzos para hundirse, y cuando se desencadena la borrasca, escóndense en las profundidades del mar.
No acontece lo mismo con la pobre medusa, que ha de resguardarse de la playa al mismo tiempo que de la tempestad. Podría hacerse pesada á voluntad y bajar, mas, le está prohibido el abismo; sólo vive á la superficie, en plena luz, rodeada de peligros. Ve, oye, y tiene muy delicado el tacto, demasiado delicado por desdicha suya. No le es dado guiarse por sí misma: sus más tenues órganos la sobrecargan y con facilidad hácenla perder el equilibrio.
Así, pues, nos dan tentaciones de creer que se arrepiente de un ensayo de libertad tan peligroso y que echa de menos el estado inferior, la seguridad de la vida común. El polípero produjo la medusa, y ésta hace el polípero volviendo á la asociación. Mas esa vida vegetativa es tan engorrosa, que á la siguiente generación vuelve á emanciparse y lánzase otra vez al acaso de su inútil navegación. Extraña alternativa, en la que flota eternamente. Movible, sueña con el reposo; inerte, se desvive por moverse.
Estas metamorfosis tan originales, que subsecuentemente elevan y rebajan al ser indeciso, haciéndolo alternar entre dos vidas tan distintas, es, con toda verosimilitud, condición de las especies inferiores, de las medusas que todavía no han podido penetrar en la carrera irrevocable de la emancipación. Por lo que toca á los demás, fácil sería creer que sus deliciosas variedades marcan progresos interiores de vida, grados de desarrollo, los juegos, las gracias y las sonrisas de la nueva libertad. Esta, admirable artista, sobre el sencillo tema de disco ó umbrela que flota, cual tenue araña de cristal que relumbra á los rayos del sol, ha formado una creación infinita de lindas variantes, un diluvio de pequeñas maravillas.
Todas estas preciosidades, unas tras otras, flotando sobre el verde espejo, adornadas de colores alegres y suaves, con una coquetería infantil que sólo ellas poseen, han preocupado á los hombres científicos, que para darles un nombre tuvieron que recurrir á las reinas de la Historia y á las diosas de la Mitología. Esta es la ondulante Berenice cuya rica cabellera al arrastrarse por las ondas constituye otra onda; aquélla la pequeña Oritia, esposa de Eolo, que, al soplo de su compañero, pasea su urna blanca y pura, incierta, apenas afirmada por el delicado enredo de sus cabellos, que con frecuencia enlaza por debajo; más allá, Dionea, la llorona, parece una copa de alabastro que deja desbordar, en hilos cristalinos, espléndidas lágrimas. De esta suerte he visto en Suiza esparcirse cascadas fatigadas y perezosas, que, habiendo dado muchos rodeos, parecían rendidas de sueño, de languidez.
En el grandioso cuadro de luminarias que despliega el mar en las noches borrascosas, la medusa desempeña un papel aparte. Sumida como tantos otros seres en el fósforo eléctrico de que están penetrados todos, lo devuelve á su modo con una gracia personal.
¡Cuán sombría es la noche en el mar si no lo alumbra ese fósforo! ¡Qué vastas y temibles esas tinieblas! En tierra la sombra no es tan obscura; se reconoce uno á la variedad de los objetos que toca ó cuyas formas se presienten y que aparecen como una señal. Mas, la dilatada noche marítima, ¡una negrura infinita! ¡Nada, siempre nada!... ¡Mil peligros posibles, desconocidos!
Se presiente todo esto si se vive en la playa, junto al mar, y ocasiona no poca alegría cuando, cargado el aire de electricidad, se descubre á lo lejos una tenue cinta de fuego. ¿Qué significa aquello? Lo hemos visto en nuestra propia casa al contemplar algunos peces muertos, por ejemplo los arenques. Empero vivos en grandes masas, y en las enormes estelas viscosas que dejan tras de sí, aún es más luminoso. Ese brillo no es de ningún modo privilegio de la muerte. ¿Acaso será efecto del calor? No, existe en los dos polos, en los mares Antárticos y en los de la Siberia así como en nuestros mares y en todos.
Es la electricidad común que despiden en tiempo borracoso esas aguas semi-vivientes, inocente y pacífico rayo de que son conductores inocentes todos los seres marinos. Lo aspiran y espiran, restituyéndolo con largueza al morir. El mar lo da y vuelve á tomarlo. A lo largo de las costas y de los estrechos, los estregones y remolinos le hacen circular poderosamente. Cada ser toma una parte, más ó menos grande, según su naturaleza. Aquí, inmensas superficies de pacíficos infusorios forman una especie de mar lácteo, de suave y blanca luz, que, animándose por momentos, se vuelve de un color azufrado encendido; allá, conos de luces van haciendo piruetas sobre sí mismos ó rodando en forma de balas rojas. Prodúcese un gran disco de fuego (pirosoma), que, empezando por el color opalino, vuélvese verde un instante, luego se irrita, trocándose en rojo y naranjado para terminar en azur. Tales metamorfosis tienen cierta regularidad que indicaría una función natural, la contracción y dilatación de un ser que atiza el fuego.
Sin embargo, serpientes inflamadas agítanse en el horizonte en una grande extensión (en ocasiones veinticinco ó treinta leguas). Los bíforos y las salpas, seres transparentes que atraviesan el mar y el fósforo, dan ese espectáculo serpentiforme. Sorprendente asociación que origina tan desenfrenadas danzas, y luego se separa. Una vez separados, sus miembros libres producen otros pequeñuelos asimismo libres, que á su turno engendrarán repúblicas danzantes, las cuales renovarán en el mar aquella bacanal de fuego.
Grandes masas más pacíficas pasean sobre las ondas innumerables luces. Los velelos iluminan al llegar la noche sus barquillas; las beroes se ostentan triunfantes como llamas; empero ninguna luz tan espléndida como la de nuestras medusas. ¿Es sólo puro efecto físico, como el que hace serpentear las salpas inyectadas de fuego? ¿Es un acto de aspiración, como hacen presumir otros seres? ¿O es únicamente capricho, como entre tantas criaturillas que se divierten con las chispas de una vana ó inconstante alegría? No, las nobles y deliciosas medusas (tales como la Oceánica coronada y la encantadora Dionea), parecen expresar graves ideas. Debajo de ellas sus luminosos cabellos, semejantes á una sombría lámpara de noche, lanzan misteriosos rayos de esmeralda y otros colores que, relumbrando ó palideciendo, revelan un sentimiento y cierto misterio inexplicable. Diríase el espíritu del abismo meditando sus secretos; el alma que llega ó la que algún día debe vivir. ¿O acaso debemos ver en ello el melancólico ensueño de un destino imposible que nunca ha de alcanzar el término apetecido? ¿O el llamamiento á la dicha de amor, único consuelo que en este mundo nos queda?
Sabido es que, en la tierra, ese fuego es para nuestras luciolas la señal, la declaración de la amante que se da á conocer, indica su morada y se traiciona á sí misma. ¿Tiene igual sentido entre las medusas? Se ignora. Lo positivo es que vierten juntas su llama y su vida. La savia fecunda y virtud genésica de ellas, están contenidas en esto, y á cada destello se escapa y disminuye.
Si se desea el cruel entretenimiento de redoblar ese cuento de hadas, no hay más que exponerlas al calor. Entonces se exasperan, centellean y se vuelven tan hermosas, tan hermosas... que todo concluye. Llama, amor y vida acaban de evaporarse, todo desaparece á un tiempo.
VII
El picapedrero.
Cuando el bueno del doctor Livingstone penetró por entre las míseras tribus del Africa que, trabajosamente, se defienden de los traficantes en carne humana y de los leones, como las mujeres le viesen armado de todas las artes protectoras de la Europa, invocándole, no sin justicia, como una providencia amiga, decíanle esta conmovedora frase: «¡Procuradnos el sueño!»
Esta es la súplica que todo ser vivo, cada uno en su lengua, dirige á la madre Naturaleza. Del primero al último desean y sueñan con la seguridad; y esto no ofrece ningún género de duda al ver los ingeniosos esfuerzos que todos hacen por obtenerla. Dichos esfuerzos han creado las artes, no habiendo inventado ni una sola el hombre sin apercibirse de que los animales habíanla inventado antes que él, inspirados por el instinto, tan grande y notable, que poseen de salvación.
Sufren, están atemorizados y quieren vivir. No es dado creer que los seres poco avanzados, embrionarios, sean casi sensibles: muy al contrario. En todo embrión, lo primero bosquejado es el sistema nervioso, es decir, la capacidad de percepción y de sufrimiento. El dolor es el aguijón por medio del cual se estimula poco á poco la previsión, empujando, forzando al ser á ingeniarse. El placer también sirve para el caso, y notáislo ya en los que se supondrían más fríos. Precisamente hase observado en el caracol la sensación que experimenta, después de penosas investigaciones de amor, al encontrarse con el objeto amado. Macho y hembra, con una gracia conmovedora, ondulando sus pescuezos de cisne, se prodigan mutuas caricias. ¿Y quién afirma esto? El severo, el muy verídico Blainville. (Moll., p. 181).
Mas, ¡ay! ¡cuán ampliamente se prodiga el dolor! ¿Quién no ha visto con tristeza los lentos y penosos esfuerzos del molusco sin concha que se arrastra sobre el estómago? Chocante, pero fiel imagen del feto que una cruel casualidad hubiese arrancado del vientre de la madre y arrojado por los suelos indefenso y desnudo. La triste bestiezuela condensa su piel tanto como puede, dulcifica las asperezas y da suavidad al camino que recorre. No importa. Es preciso que experimente uno tras otro todos los obstáculos, los choques, las puntas aceradas de los guijarros; convengo en que esté endurecida, resignada, mas, con todo, á su contacto, se retuerce, se contrae, dando señales de una gran sensibilidad.
A pesar de todo, la grande Alma de armonía, que es la unidad del mundo, ama; ama, y por la alternativa de placer y dolor cultiva todos los seres y les obliga á subir.
Empero para subir, para pasar á un grado superior, preciso es que hayan apurado cuantas pruebas, más ó menos penosas, contiene el inferior, todos los estimulantes de inventiva y arte de instinto. Y aun es preciso que hayan exagerado su genio y hayan hallado el exceso que, por contraste, hace sentir la necesidad de un género opuesto. Así se constituye el progreso por una como oscilación entre las cualidades contrarias que, sucesivamente, se desprenden y se encarnan en la vida.
Traduzcamos esas cosas divinas al lenguaje humano, familiar, indigno de su grandeza, mas por el cual serán conocidas:
Habiéndose complacido la Naturaleza por mucho tiempo en hacer y deshacer la medusa, en variar hasta lo infinito ese tema gracioso de la libertad naciente, cierta mañana, golpeándose la frente, se dijo: «He hecho una cabeza. Esto es delicioso, mas olvidé asegurar la vida de la pobre criatura, y tan sólo podrá subsistir por lo infinito de su número, por el exceso de su fecundidad. Ahora me hace falta un ser más prudente y resguardado. Si es preciso, que sea tímido; empero, sobre todo (lo quiero), ¡que viva!»
Desde el momento que aparecieron esos tímidos, se echaron en brazos de la prudencia hasta un límite desconocido; huyeron de la luz del día, encerráronse. Para librarse de los contactos duros, secos, cortantes de la piedra, emplearon el sistema universal, la muda, secretando de su muda gelatinosa un envoltorio, un tubo que va dilatándose á la par que se dilata su carrera. Mísero expediente que mantiene á esos menores (los taretos) alejados de la luz y del aire libre, causándoles un dispendio enorme de sustancia. Cada paso que dan les cuesta lo que no es decible, el gasto entero de una casa. Un ser que de tal suerte se arruina para vivir, sólo puede vegetar, y es incapaz de progreso.
No es mucho mejor el recurso de amortajarse un momento, esconderse en la arena durante la baja mar, remontando cuando se presenta el flujo. Es lo que practican los solenos. Vida variable, incierta, fugitiva dos veces al día y de constante inquietud.
Entre seres mucho más inferiores había empezado á despuntar cierta cosa, obscura todavía, y que á la larga debía cambiar la faz del Universo. Las simples estrellas marinas, en sus cinco rayos tenían cierto sustentáculo, algo como una armazón de piezas articuladas, algunas espinas por afuera, chupaderas que adelantan y retroceden á voluntad. Un animal asaz modesto, aunque tímido y serio, hase aprovechado, al parecer de tan grosero bosquejo. Opino que ha hablado de esta suerte á la Naturaleza:
«Nací sin ambición: no pido, pues, los brillantes dones de los señores moluscos; no fabricaré ni nácar ni perla; no quiero colores vivos, lujo que atraería sobre mí las miradas de los demás. Menos deseo la gracia de vuestras casquivanas medusas, ni el ondulante encanto de sus cabellos inflamados que atraen, las crean enemigos y las ayudan á naufragar. ¡Oh madre! sólo deseo una cosa, ser... ser uno, y sin apéndices externos y comprometedores—ser rechoncho, fuerte en mí mismo, redondo, pues es la forma más á propósito para podernos librar de las garras de los demás,—el ser, en fin, centralizado.
»Apenas poseo el instinto de los viajes. De la plea á la baja mar, bastante hacemos con ir rodando. Pegado estrictamente en mi roca, resolveré allí el problema que vuestro futuro favorito, el hombre, debe buscar en vano, el problema de la seguridad: excluir estrictamente el enemigo, al paso que recibimos al amigo, sobre todo el agua, el aire y la luz. No ignoro que esto me costará no poco trabajo, un esfuerzo constante; cubierto de espinas movibles, me haré temer. Erizado, solo como un misántropo, llamaráseme el esquino.»
¡Cuan superior á los pólipos es ese discreto animal, los cuales pegados en su propia piedra que forman de pura secreción, sin trabajo real, carecen, no obstante, de seguridad! ¡Y cuán superior parece á sus mismos superiores, esto es, á tantos y tantos moluscos cuyos sentidos son más variados, empero carecen de la fija unidad de su bosquejo vertebral, de su perseverante trabajo, y de las ingeniosas herramientas que dicho trabajo ha inventado!
Lo maravilloso es que, siendo á la vez él mismo, la pobre bola rodadera que se supone una castaña espinosa, es uno y es múltiple; es fijo y es movible; constando de dos mil cuatrocientas piezas que se desmontan á voluntad.
Veamos cómo se creó.
Erase un angosto ancón del mar de Bretaña. No tenía allí un blando lecho de pólipos y de algas como los esquinos del mar de las Indias, que están dispensados de industria. Encontrábase frente á frente del peligro, de las dificultades, como el Ulises de la Odisea, el cual, arrojado, traído por el oleaje, prueba de agarrarse á las rocas con sus uñas ensangrentadas. Cada flujo y reflujo era para el pequeño Ulises sinónimo de una gran borrasca; mas, su fuerza de voluntad, su poderoso deseo le hizo besar de tal suerte la roca, que ese continuado beso creó una ventosa, la cual hizo el vacío y lo unió á la roca misma.
La cosa no paró aquí: de sus espinas que escarbaban y querían agarrarse, se subdividió una, convirtiéndose en triple pinza, verdadera áncora de salvación que secundaría á la ventosa si ésta se aplicaba mal á una superficie poco lisa.
Cuando hubo pellizcado, aspirado poderosamente su roca, sintióse afirmado, comprendiendo más y más cada vez, que era ventajosísimo para él si, de convexa que aquélla era, llegaba á trocarla en cóncava, fabricando á su medida un agujerito, haciéndose un nido, pues la juventud pasa y nos abandonan las fuerzas. ¡Qué dulzura si algún día el jubilado esquino podía desprenderse un tanto del esfuerzo de aquella áncora que prosigue día y noche!
Así pues, empezó á cavar: ésta es su existencia. Fabricado de piezas sueltas, obra por medio de cinco espinas que, empujando siempre á un tiempo, se soldaron y constituyeron un pico admirable para horadar.
Este pico, con cinco dientes del más precioso esmalte, está sostenido por una armazón delicada, aunque muy sólida, formada de cuarenta piezas, las cuales se deslizan por una especie de vaina, salen, penetran; en fin, su mecanismo es perfecto. Por medio de esa elasticidad evitan los choques violentos; más aún, repáranse si sobreviene algún accidente.
Ese héroe del trabajo, raras veces esculpe en la piedra común que desprecia, sino en la roca, en el granito; y cuanto más dura y resistente es la roca, más firme se halla. Por otra parte, ¿quién le apura? El tiempo le sobra, es dueño de los siglos. Si mañana fenece, después de usar su vida y su herramienta, otro ocupa su lugar, y prosigue la obra comenzada. Esos solitarios se comunican muy poco en vida, empero existe la fraternidad para ellos por la muerte, y el joven que sobreviene y encuentra la obra medio acabada, goza de las fatigas de su antecesor bendiciendo su memoria.
No creáis que se trate de golpear y sólo golpear. Su trabajo es un arte. Cuando ha atacado suficientemente el cimiento que une la roca y excavándola bien, muerde sus asperezas como con unas tenacillas, y desarraiga el sílex. Obra de mucha paciencia, que implica dilatadas huelgas para que el agua obre también en los sitios descarnados. Entonces, de la primera capa puede pasarse á la segunda, y por medio de procedimientos lentos y seguros, terminar la tarea.
En esa vida uniforme hay, sin embargo, las mismas crisis que en la del obrero. El mar huye de ciertas playas; en el verano, tal ó cual roca se caldea de un modo insoportable. Es preciso, pues, tener dos casas, una de estío y otra de invierno.
Grande acontecimiento semejante mudanza para ser sin pies y que ostenta púas por doquiera. M. Caillaud halo observado y admirado en tales momentos. Las débiles y movibles varillas que juegan, se adelantan y retroceden, no son insensibles, aunque garantice hasta cierto punto la secreción á su derredor de una cantidad de blanda gelatina que, sin duda, constituye un colchón. Por fin, es preciso; se lanza, se afirma sobre sus púas, como sobre otras tantas muletas, rueda su tonel de Diógenes y, como puede, llega á puerto.
Encerrado allí de nuevo y en su cáscara erizada, en el pequeño nido que casi siempre encuentra empezado, concéntrase en sí mismo, en su regocijo solitario de seguridad benéfica. Que ronden mil enemigos por afuera, que las olas truenen ó mujan, todo esto le sirve de recreo. Si tiembla la roca á los embates del mar, sabe perfectamente que nada tiene que temer, que la que causa aquel ruido es su bondadosa nodriza. Encuéntrase mecido, le vence el sueño y dícela: Buenas noches.
VIII
Conchas, nácar, perla.
El esquino ha asentado el límite del genio defensivo. Su coraza, ó si se quiere, su fortaleza de piezas movibles, retráctiles y reparables en caso de accidente, esa fortaleza, aplicada y anclada invenciblemente á la roca, y más aún á la roca socavada que forma como un muro, de suerte que el enemigo no encuentre punto vulnerable para volar la ciudadela, es un sistema completo imposible de sobrepujar. No hay concha que pueda comparársele, y mucho menos las obras de la humana industria.
Es el esquino la última palabra de los seres circulares y radiantes: él representa su triunfo, su más completo desarrollo. Pocas variantes tiene el círculo; es la forma absoluta. En el globo del esquino, tan sencillo á la par que complicado, alcanza una perfección que termina el primer mundo.
La belleza del mundo que sigue será la armonía de las formas dobles, su equilibrio, la gracia de su oscilación. De los moluscos al hombre, todo ser está formado de dos mitades asociadas. En cada animal se encuentra (mejor que la unidad) la unión.
La obra maestra del esquino fué más allá del objeto propuesto: el milagro de la defensa había hecho un prisionero; no tan sólo se encerró, sino que se amortajó, abrióse una sepultura. Su perfección de aislamiento habíalo secuestrado, pero aparte, privado de toda relación que inicia el progreso.
Para que el progreso se haga por ascenso regular, preciso es descender mucho, hasta el embrión elemental, que al principio no tendrá más movimiento que el de los elementos. El nuevo ser es el siervo del planeta, hasta el punto de que dentro de su huevo da vueltas como la tierra, describiendo su doble rueda, su rotación sobre sí mismo y su rotación general.
Y aun emancipado del huevo, creciendo, haciéndose adulto, permanecerá embrión; es su nombre, muelle ó molusco. Representará en vago bosquejo el progreso de las vidas superiores: será su feto, la larva ó ninfa, como la del insecto, en el cual, encogidos ó invisibles, se encuentran, sin embargo, los órganos del ser alado en que se ha de metamorfosear.
Estoy temblando por un ser tan débil. El pólipo, aunque tan blando como él, no obstante arriesgaba menos. Teniendo la misma vida en todas sus partes, la herida, la mutilación, no le mataban: vivía y aun parece olvidaba la porción destruida. La vulnerabilidad del molusco centralizado es otra cosa. ¡Qué puerta se abre á la muerte!
El incierto movimiento propio de la medusa y que en ocasiones casualmente podía ser su salvación, apenas lo tiene el molusco, á lo menos al principio. Lo único que se le concede es poder con su muda, con la gelatina que trasuda, constituirse dos muros que reemplazan la coraza del esquino y la roca donde se pega. El molusco tiene la ventaja de sacar de sí propio su defensa. Dos valvas forman una casa; casa ligera y frágil: los que flotan la llevan transparente. A aquéllos que quieren pegarse el mucus hilante, pegajizo, proporciona un cable de anclaje que se nombra su biso, el cual se forma, precisamente, como la seda, de un elemento gelatinoso al principio. La gigantesca tridaena (acetre de los templos) se amarra tan fuertemente por medio de ese cable, que engaña á las madréporas, quienes la toman por una isla, edifican encima, envuélvenla y acaban por asfixiarla.
Vida pasiva, vida inmóvil, no alterándola más suceso que la visita periódica del sol y de la luz, ni tiene otra acción que absorber lo que llega y secretar la gelatina que fabricó la casa y paulatinamente construirá el resto. La atracción de la luz siempre en un mismo sentido centraliza la vista: he aquí el ojo. La secreción, fija en un esfuerzo siempre uniforme, hace un apéndice, un órgano que ha poco era el cable, y más tarde conviértese en pie, masa informe, inarticulada, que puede presentarse á todos los usos. Son las nadaderas de los que flotan, el punzón de los que se esconden y quieren hundirse en la arena, por último el pie de los trepadores, un pie contráctil poco á poco, que les permite arrastrarse. Algunos, se aventurarán á blandirlo como un arco para saltar torpemente.
Pobre rebaño, muy expuesto, perseguido por todas las tribus, flagelado por las olas y molido por las rocas. Los que no consiguen fabricarse una casa buscan por frágil cabaña un lecho vivo, pidiendo abrigo á los pólipos, perdiéndose entre la blandura de los alciones flotantes. La avícula productora de la perla busca algún reposo en la copa de las esponjas; la frágil ostra pena sólo se aventura entre la hierba cenagosa; el folado anida en la piedra, vuelve á empezar las artes del esquino, mas ¡en qué grado tan inferior! En vez del admirable cincel que envidiaría el más hábil picapedrero, sólo posee una escofinita, y para abrir una morada á su frágil concha gasta esta misma concha.
Con muy raras excepciones, el molusco es el ser tímido que sabe sirve de pasto á todo el mundo. El conoce tan bien que se le acecha, que no se atreve á salir de su morada, y muere allí temeroso de la muerte: la voluta, la porcelana, arrastran lentamente sus lindas habitaciones, escondiéndolas cuanto pueden; el casco sólo posee para mover su palacio un piecico chinesco, de suerte que casi renuncia á andar.
Tal vida tal habitación. En ningún otro género encuéntrase identidad entre el habitante y su nido; mas siendo aquí extraído de su substancia, el edificio es la continuación de su manto de carne, cuyas formas y tintas adapta. Debajo del edificio, el arquitecto es por sí propio la piedra viva.
Arte asaz sencillo para los sedentarios. La ostra inerte, que el mar se cuidará de sustentar, sólo desea una buena caja para carne, que se entreabra un poco cuando el anacoreta necesita comer, la cual cierra bruscamente si teme ser á su vez pasto de algún ávido vecino.
El asunto es más complicado para el molusco viajante, que dice para sí: «Tengo un pie, un órgano para andar; por lo tanto andar debo.» Mas, no puede abandonar su preciada casita y recogerse en ella á voluntad, siéndole de absoluta necesidad cuando anda. Entonces se verá atacado. Preciso es, pues, que abrigue á lo menos la parte más delicada de su ser, el árbol por donde respira y que extrae la vida por medio de sus raicitas, sustentándolo y reparando sus fuerzas. La cabeza no tiene tanta importancia, muchos la pierden impunemente; mas, si las visceras no estuviesen protegidas de continuo por su escudo natural, si fuesen heridas, el molusco moriría.
De modo que, prudente, acorazado, trata de prolongar su existencia cuanto puede. Terminado su trabajo diurno, ¿estará seguro de noche en un sitio abierto por todos lados? ¿Los indiscretos no fijarán en él su mirada escudriñadora? ¡Quién sabe! Tal vez hinquen el diente en sus carnes... El ermitaño reflexiona y emplea toda su industria para que así no suceda; mas, sólo puede valerse de su pie, útil para todo. De ese pie, con el que intenta cerrar la entrada de su casa, se despliega á lo largo un apéndice resistente que hace las veces de puerta. Colócalo en la abertura y helo ahí encerrado dentro de su morada.
Con todo, la dificultad permanente, la contradicción que se observa en su naturaleza es, que al paso que debe quedar resguardado necesita estar en relación con el mundo exterior, pues no puede aislarse como el esquino. Sus educadores, el aire y la luz, son los únicos capaces de dar consistencia á un cuerpo tan blando, ayudarle en la formación de los órganos; empero necesita adquirir sentidos, el oído, el olor, guía para el ciego, la vista, y, sobre todo, necesita respirar.
¡Grande é imperiosísima función! Nadie se acuerda de ella cuando se practica con facilidad; mas, si se detiene un instante, ¡qué terrible desorden! Si nuestro pulmón se infarta, si la laringe se embaraza tan sólo en el transcurso de una noche, la agitación, las angustias son extremas, no pueden soportarse, soliendo acontecer que, sin cuidarnos del peligro á que nos exponemos, mandamos abrir todas las ventanas de nuestra casa. Nadie ignora que en las personas asmáticas es tan grande ese tormento, que no pudiendo valerse del órgano natural, se crean un medio suplementario de respiración.—¡Aire!, ¡aire!, ¡ó la muerte!
La Naturaleza así hostigada es terriblemente inventora; por lo tanto, no debe sorprendernos si aquellos pobres encarcelados, ahogándose bajo el techo de su casita han hallado mil aparejos, mil géneros de válvulas que les alivian un tanto. Los unos respiran por unas laminillas que corren alrededor de su pie, otros por una especie de peine: los hay que por un disco, un broquel; otros por hilitos prolongados. Algunos poseen al costado lindos penachos ó sobre el lomo un gracioso arbolillo que se mueve, adelanta, retrocede, respira.
Tan sensibles órganos y que tanto esmero ponen en no ser heridos, afectan formas encantadoras; diríase que quieren agradar, enternecer, y piden perdón. En su inocencia desempeñan todos los papeles de la Naturaleza y toman mil variadas formas y colores. Esos pequeños hijos del mar, los moluscos, festéjanlo eternamente y son su adorno merced á su gracia infantil y á su riqueza de matices. En medio de su austeridad, el terrible elemento no puede menos de sonreirse al contemplar sus gracias naturales.
Además, la vida tímida está llena de melancolía. No es dado creer que no sufra la hermosa entre las hermosas, el hada de los mares (haliótido), con su severa reclusión. Posee el pie para arrastrarse, mas, no se atreve. «¿Quién te lo impide?—Tengo miedo... el cangrejo me acecha; si me entreabro, se cuela en mi morada. Un mundo de peces voraces flota sobre mi cabeza; el hombre, mi cruel admirador, me da el castigo á que me ha hecho acreedora mi belleza. Perseguida en los mares de la India, hasta en las aguas del polo, he sentado mis reales en California, y se me exporta á toneladas.»
No atreviéndose á salir la infortunada, ha encontrado un medio sutil para que llegue hasta ella el aire y el agua. Fabrica en su casa pequeñísimas ventanas que conducen á sus pulmoncitos. No obstante, el hambre oblígala á aventurarse: al anochecer se encarama un poco por la vecindad y pasta alguna planta, su único sustento.
Observaremos como de paso que esas maravillosas conchas, no sólo el haliótodo, sino también la viuda (blanca y negra), boca de oro (nácar dorado), son pobres herbívoras muy sobrias en el comer.—Viva refutación de los que en el día creen ser la belleza hija de la muerte, de la sangre, del asesinato, de una brutal acumulación de sustancia.
Esas conchas necesitan muy poca cosa para vivir. Su principal alimento consiste en la luz que beben, que las penetra y con la que colorean é irisan el interior de su vivienda, escondiendo asimismo el amor solitario en aquella mansión. Todas son dobles: en cada una de ellas hay amada y amante. Así como los palacios orientales sólo presentan en el exterior muros descarnados, disimulando sus maravillas internas, aquí lo de afuera es rudo y el interior deslumbra. El himeneo se produce al resplandor de un pequeño mar de nácar que, multiplicando sus espejos, da á la habitación, cerrada y todo, el encanto de un crepúsculo hechicero y misterioso.
Gran consuelo es poseer, si no el sol, á lo menos una luna propia, un paraíso de suaves matices, que, cambiando siempre sin cambiar, da á esa vida inmóvil la poca variedad que necesitan todos los seres.
Los niños empleados en las minas piden á los curiosos que las visitan, no víveres ni dinero, sino «algo con que producir la luz.» Otro tanto acontece con esos niños, nuestros aliótidos. Diariamente, aunque ciegos, sienten venir la luz, ábrense con avidez, recíbenla, contémplanla con su cuerpo transparente, y cuando ha desaparecido, la conservan y la cobijan con su amoroso pensamiento. La aguardan, la acechan, constituyendo esa espera una de sus más inefables delicias. ¿Quién es capaz de dudar que á su vuelta no sientan como nosotros el arrobamiento del despertar, y con más fuerza, distraídos como estamos por la vida, tan múltiple y variada?
Para aquellos seres, la eternidad transcurre en sentir y adivinar, en soñar y echar de menos al gran amante: el Sol. Sin verlo como nosotros, no dejan de notar que ese calor, esa gloria luminosa les viene de afuera, de un gran centro poderoso y suave. Y los pobres aman ese otro Yo, ese gran Yo que les acaricia, les ilumina de gozo, inúndales de vida. No cabe duda que si pudieran se ostentarían á la luz de sus rayos. Siquiera, pegados á su mansión, como brahman meditando á la puerta de la pagoda, ofrécenle silenciosamente... ¿qué? la felicidad que da, y ese suave movimiento hacia él.—Flor primera del culto instintivo. Amar y orar es pronunciar la palabrita que un santo preferiría á cualquiera otra oración, el «¡Oh!» con que se contenta el cielo. Cuando el indio pronúnciale al despuntar la aurora, sabe que ese mundo inocente, nácar, perlas, humildes conchas, hace coro con él desde el fondo de los mares.
Comprendo perfectamente que en presencia de la perla, el alma ignorante y encantadora de la mujer, sueñe y se conmueva sin saber por qué. Dicha perla no es ni persona ni cosa: hay en ella todo un mundo de conjeturas.
¡Qué blancura tan admirable! (candor quise decir); ¿virginal? No: mucho mejor que eso. Las vírgenes y las niñas, por dulces que sean, tienen poco más ó menos lo que podemos llamar el verdor de la juventud, mientras que el candor de nuestra perla aseméjase más bien al de la inocente desposada, tan pura, aunque sumisa al amor.
No tiene la menor ambición de brillar, suavizando, y apagando casi sus matices. A primera vista no se observa más que un blanco mate, y sólo al contemplarla de nuevo se empieza á descubrir su iris misterioso, y, como se dice, su oriente.
¿Dónde vivió? Preguntádselo al profundo Océano. ¿De qué vivió? Que responda el Sol. Vivió de luz y de amor de la luz, cual si hubiese sido un espíritu puro.
¡Gran misterio! Mas, ella misma bastante lo da á comprender. Presiéntese que tan caro ser ha vivido largo tiempo inmóvil, resignado, en la quietud que hace esperar, esperando, y nada hace ni quiere sino lo que apetece el ser amado.
El hijo del mar había puesto toda su dicha en la concha, ésta en el nácar, el nácar en su perla, que no es otra cosa que el mismo nácar concentrado.
Empero esa concentración sólo se alcanza (dícese) por medio de una herida, de un sufrimiento permanente, de un dolor cuasi eterno, que atrae, absorbe todo el ser, aniquila su vida vulgar en esa poesía divina.
He oído decir que las verdaderas damas de Oriente y del Norte, mucho más delicadas que las palurdas cubiertas de riquezas, evitaban el contacto abrasador del diamante, no permitiendo que tocara su fino cutis más que la suave perla.
Realmente, el brillo del diamante perjudica al resplandor del amor. Un collar, dos brazaletes de perlas, es la armonía de una mujer,[1] el verdadero adorno femenino, que en vez de divertir, conmueve, enternece á la ternura. Ello dice: «¡Amemos! ¡Silencio!»
La perla parece enamorada de la mujer y ésta de aquélla. Las citadas damas del Norte, cuando se las han puesto una vez ya no las abandonan, llevándolas día y noche escondidas bajo sus ropas. En ocasiones solemnes, á través de las ricas pieles forradas de raso blanco, se transparenta la joya afortunada, el inseparable collar.
Es como la túnica de seda que la odalisca viste interiormente y á la que tiene tanto apego, no dejándola hasta que está usada, rota y completamente fuera de combate, sabiendo como sabe que es un talismán, el aguijón infatigable del amor.
Otro tanto acontece con la perla: como la seda, se impregna de lo más íntimo y bebe la vida. Una fuerza desconocida transmítese á ella, la virtud de la amada. Cuando ha reposado tantas noches sobre su seno, respirando su calor; cuando ha adquirido el aroma de su piel y los blondos tintes que hacen delirar el corazón, la joya ya no es joya, sino una parte integrante de la persona que no debe contemplarla con ojos indiferentes. Sólo un ser tiene derecho á conocerla y sorprender á través de aquel collar los misterios de la mujer querida.
IX
El ladrón de los mares (pulpo, etc.)
Las medusas y los moluscos han sido, por lo general, inocentes criaturas, podríamos decir muchachos, y yo he vivido con ellos en un mundo apacible. Hasta ahora hemos visto pocos carnívoros. Aun aquéllos obligados á vivir así, sólo destruían para sus imprescindibles necesidades, y la mayor parte vivían á expensas de la vida apenas comenzada, de átomos, de jalea animal, inorgánica. Por lo tanto no se conocía el dolor; no había crueldad ni cólera en ellos. Sus almitas tan suaves, no dejaban de tener un rayo, la aspiración hacia la luz, hacia la que nos llegaba del cielo y hacia la del amor, revelada en llama cambiante que de noche es el encanto de los mares.
Ahora tengo necesidad de penetrar en un mundo mucho más sombrío: la guerra, el asesinato. Debo confesar que, desde el principio, desde la aparición de la vida, apareció la muerte violenta, depuración rápida, útil purificación, pero cruel, de cuanto languidecía, se arrastraba ó hubiera languidecido, de la creación lenta y débil, cuya fecundidad habría llenado el globo.
En los terrenos más antiguos se encuentran dos animales homicidas, el Tragón y el Chupador. El primero se nos revela por medio de la huella del trilobito, especie que se ha perdido, destructor extinto de los seres extintos también. El segundo subsiste en un resto horroroso, un pico casi de dos pies de longitud que fué el del gran chupador, sepia ó pulpo (Dujardin). A juzgar por el pico, si el monstruo guardaba proporción con él, debió tener un tronco enorme, brazos-chupones espantosos, tal vez de veinte ó treinta pies de largo, como una prodigiosa araña.
¡Cosa trágica! Esos seres de la muerte son los primeros que se hallan en el centro de la tierra. ¿Indicaría esto que la muerte haya podido preceder á la vida? No, mas los animales blandos que alimentaron á aquéllos se han evaporado sin dejar traza ni huella alguna.
¿Los comedores y los comidos eran, acaso, dos naciones de origen distinto? Lo contrario es lo más probable. Del molusco, forma indecisa, materia apta aún para todo, la fuerza superabundante del joven, su rica plétora, prodigando la alimentación, debió en un principio, desprender dos formas contrarias en la apariencia, pero que llevaban un mismo fin. Hinchó, sopló desmesuradamente el molusco en un globo, en una vejiga absorbente, que, hinchado más y más y cada vez más hambriento (aunque sin dientes al principio), chupó. Por otro lado, la misma fuerza, desarrollando el molusco en miembros articulados, que cada uno de ellos fabricó su concha, endureciendo ese ser encostrado, le dió consistencia, sobre todo en las pinzas y en las mandíbulas, para morder y triturar los objetos más duros.
En este capítulo sólo hablaremos del primero.
El chupador del mundo blando, gelatinoso, lo es él mismo. Haciendo la guerra á los moluscos, mantiénese también molusco, es decir, constantemente embrionario y ofrece el extraño aspecto, ridículo y caricaturesco, sí no fuera terrible, del embrión que va á la guerra de un feto cruel, furioso, blando, transparente pero delicado y cuyo soplo es mortal. No sólo pelea por su alimento, sino porque tiene necesidad de destruir: una vez saciado, y harto hasta reventar, todavía destruye. Aunque carece de armadura defensiva, no por eso es menos inquieto bajo su resoplido amenazador; su seguridad consiste en atacar. Todo ser se convierte para él en enemigo, lanzándole al acaso sus largos brazos, mejor dicho, sus látigos armados de ventosas. Arrójale también antes de entablar la lucha, sus efluvios paralizadores, entorpecedores, un magnetismo que hace innecesario el combate.
Su fuerza es doble. Al poder mecánico de sus brazos-ventosas que enlazan, inmovilizan, añadid la fuerza mágica de ese rayo misterioso; añadid un oído muy fino y el ojo avizor. Miedo cerval se apodera de nosotros al pensar en él.
¿Qué eran esos monstruos de corteza elástica y que tanto daba de sí cuando la riqueza desbordante del mundo primitivo, donde no debían cuidarse de buscar nada, sumidos como estaban siempre en un mar vivo de alimentos, los hinchaban indefinidamente? De entonces acá han decrecido. Sin embargo, Rang atestigua haber visto uno del tamaño de un tonel, y Perón encontró otro de iguales dimensiones en el mar del Sur, que rodaba, roncaba, entre el oleaje con grande estrépito. Sus brazos, de seis ó siete pies de longitud, se desplegaban en todas direcciones, simulando una furiosa pantomima de horribles serpientes.
Ateniéndonos á esos relatos de hombres dignos de crédito, me parece que no ha debido rechazarse con irrisión el de Dionisio de Monforte, que atestigua haber visto un enorme pulpo azotar con sus látigos eléctricos, estrujar, asfixiar á un dogo á pesar de los mordíscos con que éste se defendía, de sus esfuerzos, de sus aullidos de dolor.
El pulpo, máquina terrible, puede, lo mismo que la de vapor, cargarse, sobrecargarse de fuerza, adquiriendo entonces una potencia incalculable de elasticidad, un arranque impetuoso, hasta el punto de lanzarse sobre un buque (d'Orbigny, artículo Céphal). Con esto queda explicada la maravilla que valió el dictado de embusteros á los antiguos navegantes. Según éstos, habíanse encontrado con un pulpo gigantesco que, arrojándose sobre el combés, abrazó con sus prodigiosos brazos los mástiles y el cordaje, é hiciera presa de la embarcación devorando á cuantos la tripulaban, si éstos no hubiesen cercenado aquellos miembros á hachazos. Mutilado, volvió á caer al mar.
No faltó entre ellos quien le viera brazos de sesenta pies de largo. Otros sostenían haber divisado en los mares del Norte una isla movible de media legua de ruedo, que sería un pulpo, el espantoso kraken, el monstruo de los monstruos, capaz de envolver y tragarse una ballena de cien pies de longitud.
Esos monstruos, caso que hayan existido, habrían puesto en peligro á la Naturaleza misma, chupándose el globo. Empero, por una parte, las aves gigantes (tal vez el epiornis) pudieron hacerles la guerra, y por otra la tierra, mejor regulada, debió debilitar, deshinchar la horrenda quimera reduciendo al gigante comestible, disminuyendo la alimentación.
A Dios gracias, los pulpos de nuestros días no son tan temibles. Sus elegantes especies, tales como el argonauta, gracioso nadador en su ondulada concha, el calamar, buen navegante, la linda sepia de ojos de azur, se pasean por el Océano y sólo atacan á los seres más pequeños.
En ellos se transparenta una idea, una sombra del futuro aparato vertebral (el hueso de sepia que se concede á los pájaros), resplandeciendo su piel con vistosos colores que cambian á cada momento. Pudiera llamárseles con propiedad los camaleones del mar. La sepia tiene el exquisito perfume, el ámbar gris, que sólo se encuentra en la ballena como residuo de las innumerables sepias que absorbe. Los marsuinos hacen también gran carnicería entre ellas. Las sepias son sociables y van á bandadas, y en el mes de mayo dirígense todas á la playa para depositar unos racimos que constituyen sus huevas: allí las aguardan los marsuinos, que se regalan con aquel manjar. Estos señores son tan delicados que sólo se comen la cabeza, sus ocho brazos, trozo tierno y de fácil digestión, rechazando lo más duro del animal, la parte trasera. Toda la playa (como por ejemplo en Royan) vese cubierta de esas miserables sepias así mutiladas. Los marsuinos celebran su festín dando saltos descompasados, primero para intimidarlas y luego para cazarlas: por fin, terminada la comida, entréganse á saludables ejercicios gimnásticos.
La sepia, á pesar del aire singular que le da su pico, no deja de excitar cierto interés. Todos los matices del más variado arco-iris se suceden y desaparecen sobre su transparente piel, según los juegos de la luz y el movimiento de la respiración. Moribunda, os mira todavía con su ojo azur, descubriendo las postreras emociones de la vida por medio de fugitivos resplandores que suben del fondo á la superficie, apareciendo momentáneamente para desaparecer en seguida.
La decadencia general de esta clase, que tan enorme importancia tuvo en las primitivas edades, es menos notable entre los navegantes (sepias, etc.), y más visible en el pulpo propiamente llamado, triste habitador de nuestras costas. Este no cuenta para navegar con la firmeza de la sepia, edificada sobre un hueso interno; tampoco tiene como el argonauta, un exterior resistente, una concha que preserve los órganos más vulnerables, careciendo asimismo de la especie de vela que secunda la navegación y dispensa de remar. Barbota un poco por la orilla, ó, á lo sumo, puede comparársele al barco costeño que sigue la tierra. Su inferioridad le da hábitos de pérfida astucia, de emboscada, de tímida audacia, si vale expresarse así. Hácese el disimulado, se mantiene quieto en las hendeduras de las rocas. Cuando ha pasado la presa, al instante le lanza su latigazo. Los débiles quiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádogarras. El hombre, al sentirse golpeado de esta suerte mientras nada, no puede atemorizarse de luchar con tan despreciable enemigo: á pesar de su repugnancia, preciso es que lo agarre y (cosa muy fácil) lo vuelva del revés como un guante. Entonces se rinde y perece.
Nos sentimos contrariados, irritados de haber, siquiera momentáneamente, tenido miedo ó pasmádonos ante ser tan baladí.—Hácese preciso decir á ese guerrero que llega soplando, roncando, echando pestes: «Valiente de mentirijillas, nada encierras dentro de ti: eres más bien máscara que ser: sin base, sin fijeza de la personalidad hasta el presente sólo posees el orgullo. Tú roncas, máquina de vapor, tú roncas y sólo eres una bolsa y al revés, un cuero blando y fofo, vejiga agujereada, globo desgarrado, y mañana una cosa sin nombre, un poco de agua de mar disipada.»
X
Crustáceos.—La guerra y la intriga.
Si, después de haber contemplado nuestra rica colección de armaduras de la Edad Media y aquellas pesadas moles de hierro con que se tapujaban nuestros caballeros, nos encaminamos al Museo de Historia Natural para ver las armaduras de los crustáceos, nos causa lástima el arte del hombre. Las primeras son un carnaval de disfraces ridículos, que estorbaban y mortificaban, sirviendo sólo para ahogar á los guerreros y hacerlos inofensivos; al paso que las otras, sobre todo, las armas de los terribles decápodos, son de tal suerte horrorosas que, si tuvieran la altura del hombre, nadie podría mirarlas sin desvío: los más valientes se sentirían turbados, magnetizados de terror.
Allí se ostentan en traje de batalla, bajo aquel temible arsenal ofensivo y defensivo, que llevan con tanta ligereza, sólidas pinzas, lanzas aceradas, mandíbulas capaces de partir el hierro, corazas erizadas de dardos, que basta que os abracen para causaros mil heridas. Es de agradecer á la Naturaleza que los ha creado de ese tamaño, pues á ser más grandes, ¿quién hubiera podido luchar con ellos? Ninguna arma de fuego traspasaría su cuerpo. A su presencia, huiría el elefante, el tigre se encaramaría á los árboles, y el rinoceronte, á pesar de lo consistente de su piel, no estaría en salvo.
Presiéntese que el agente interior, el motor de esta máquina, centralizado en su forma (casi siempre circular), sólo por aquello usó de enorme fuerza. La esbelta elegancia del hombre, su forma longitudinal, dividida en tres partes con cuatro grandes apéndices, divergentes, alejados del centro, lo convierten, por más que se diga, en un ser muy débil. En aquellas armaduras de caballeros los grandes brazos telegráficos, las pesadas piernas colgantes, causan la triste impresión de un ser descentralizado, impotente y vacilante, que un ligero choque bastaba á derribar. En el crustáceo, por el contrario, los apéndices están tan cercanos y unidos á la masa rechoncha, tupida, que el más pequeño golpe que asesta lleva el empuje de todo el cuerpo. Cuando el animal pincha, muerde ó destroza, hácelo con todo su ser, que aun al extremo de su arma conserva completa energía vital.
Tiene dos cerebros (la cabeza y el tronco); empero para tupirse, para obtener tan terrible centralización, el animal ha tomado su partido, esto es, pasarse de cuello metiendo su cabeza en el abdomen. Simplificación maravillosa. Esa cabeza une los ojos, los palpos, las pinzas y las mandíbulas. Desde el momento que su ojo penetrante ha divisado, los palpos palpan, las pinzas aprietan, las quijadas rompen, y en seguida, sin intermediario, el estómago, que en sí encierra una máquina para triturar, desmenuza y disuelve. En un momento todo ha concluido, la presa desaparece y es digerida.
En ser semejante todo es superior.
Ven los ojos por delante y por detrás. Convexos, externos, á facetas, son aptos para abarcar una gran parte del horizonte.
Los palpos ó antenas, órganos de ensayo, de prevención, de triple experimento, tienen el tacto en sus extremidades, y en la base el oído y el olfato. Ventaja inmensa de que estamos privados nosotros. ¿Qué sucedería si la mano humana oliera, oyese? ¡Cuan rápida y simultánea sería nuestra observación! Dispersa entre tres sentidos que trabajan separadamente, la impresión, con frecuencia, es inexacta ó se desvanece.
De los diez pies que tiene el decápodo, seis son manos, tenazas, y además, por su extremidad, órganos de respiración. El guerrero se zafa aquí por un expediente revolucionario del problema que tanto ha embarazado al pobre molusco. «Respirar á pesar de la concha.» A lo que contesta: «Respiraré por el pie, por la mano. El punto débil por do pudiera ser habido, lo coloco en el arma de guerra. ¡Que vengan, pues, á atacarme por ahí!»
El no teme otro enemigo que las borrascas y las rocas. Pocos son los que viajan en alta mar y pocos en el fondo: casi siempre se mantienen en la orilla acechando alguna presa. A menudo, mientras están aguardando que bostece la ostra para almorzársela, el mar se hincha, apodérase de ellos, se los lleva rodando. En este momento el peligro está en su armadura: sólida, sin elasticidad, recibe todos los golpes en seco, rudamente. Sus puntas aplástanse en las asperosidades de las rocas, estréllanse, se rompen, saliendo mutiladas de aquel combate. Afortunadamente, al igual del esquino pueden repararse, substituir el miembro roto con otro miembro suplementario. Y á tal punto confían en esto, que cuando se les aprisiona rómpense un miembro voluntariamente para adquirir la libertad.
Parece que la Naturaleza favorece de un modo especial á tan útiles servidores. Contra su infinito fecundo, posee en los crustáceos un infinito de absorción. Vense en todas partes, en todas las costas, tan variados como el mar. Sus buitres groenlandios, sus gaviotas, comparten con los crustáceos la función esencial de agentes de la salubridad. Si encalla un animal grande, al instante el ave por encima y el cangrejo por debajo y en el interior, trabajan para que desaparezca.
El cangrejo ínfimo y saltón que tomaríamos por un insecto (talitro) ocupa las playas arenosas, habitando debajo. Cuando un naufragio arroja cantidad de medusas ú otros cuerpos, veréis ondular la arena, moverse, cubriéndose en seguida de nubes de esos sepultureros bailadores, que hormigueando, dando brincos, limpian alegremente la playa, esforzándose para dejarlo todo barrido entre dos mareas.
Grandes, robustos, astutos hasta lo sumo, los cangrejos ó gámbaros constituyen un pueblo de combate, siendo tal su instinto guerrero, que hasta saben valerse del ruido para atemorizar á sus enemigos. En actitud amenazadora encamínanse al combate, levantadas sus tenazas y haciendo resonar sus pinzas. Y con todo, no dejan de ser circunspectos ante fuerzas superiores. Veíalos yo durante la baja mar de lo alto de una roca, y á pesar de encontrarme muy elevado, al observar que los miraba, la asamblea emprendía su retirada, corriendo de través los guerreros y metiéndose en un instante cada cual en su garita. Ellos no son ningunos Aquiles sino más bien Aníbales. Sólo atacan cuando se sienten fuertes, devorando á vivos y muertos. El hombre herido no debe fiarse de aquellos roedores. Cuéntase que en una isla desierta se comieron á varios de los marineros que llevaba Drake, los cuales se vieron asaltados, vencidos por sus bullidoras legiones.
Ningún ser viviente puede vencerlos con armas iguales. El pulpo gigantesco que ahoga al más pequeño crustáceo, peligra dejar sus tentáculos entre las garras del cangrejo, y el pez más glotón titubea antes de engullirse un ser tan espinoso.
Desde que crece el crustáceo es el tirano, la pesadilla de los dos elementos. Su inabordable armadura encuéntrase dispuesta para todo ataque. Multiplicaríanse hasta lo increíble, destruirían el equilibrio de los seres, si no fuese su propia armadura su estorbo y su peligro. Fija y dura, no prestándose á las alternativas de la vida, es para el cangrejo una cárcel.
Para abrirse al través de aquel muro el paso de la respiración, tuvo que colocar la puerta en un miembro casual que pierde con frecuencia: la pata. Y para dar lugar al crecimiento, á la extensión progresiva de sus órganos interiores, necesita (cosa peligrosísima) que la coraza, reblandecida por momentos y fofa, no sea más que piel; y sólo admite este cambio desnudándose, pelándose, rechazando una porción de la misma. Muda completa. Los ojos, las branquias, que desempeñan las funciones de los pulmones, la sufren como el resto.
Es un espectáculo bien curioso el que ofrece el cangrejo volteándose, agitándose, atormentándose para arrancarse su mismo ser: la operación es tan violenta que, á veces, se le rompen sus patas, quedando sin fuerzas, débil, muelle.
En dos ó tres días, reaparece el calizo y constituye la coraza de la piel. El cangrejo no sale librado á tan poca costa de su metamorfosis, sino que necesita mucho tiempo para recobrar su cáscara; y hasta este momento sirve para el pobre de ralea á los seres más débiles. En este punto la justicia y la igualdad muestránse inexorables. Las víctimas tienen el desquite. El fuerte sufre la ley de los débiles, cae á su nivel, como especie, en la alternativa de la muerte.
Si sólo muriésemos una vez aquí abajo, no habría tanta tristeza. Empero todo ser que vive debe morir un poco diariamente, es decir, mudar, sufrir la muertecita parcial que renueva y da vida. De ahí un estado de debilidad á la par que de melancolía que nos cuesta confesar. Mas ¿qué hacer? El pájaro que muda su pluma cada estación, está triste, y más triste aún la pobre culebra al cambiar de piel. El ser racional muda también la piel y todos sus tejidos cada mes, cada día, á cada instante, perdiendo un poco de sí mismo incesantemente, con suavidad. No está abatido, sino algo debilitado, en un momento vago y de ensueño en que palidece la llama vital para reaparecer más lúcida.
¡Cuánto más terrible es esto entre los seres do todo debe cambiar á la vez, desencuadernarse el armazón, descartarse, arrancarse la inflexible envoltura! Encuéntrase cansado, rendido, desfalleciente, ausente de sí mismo, á merced del primero que se presenta.
Hay crustáceos de agua dulce condenados á morir de esta suerte veinte veces en el transcurso de dos meses; otros (los crustáceos chupones) sucumben á tanta fatiga, no pueden rehacerse, sino que se deforman y pierden el movimiento, dando, digámoslo así, su dimisión de seres cazadores y buscando cobardemente una vida holgazana y parásita, un vergonzoso abrigo en las visceras de los grandes animales que, á su pesar, los sustentan, se extenúan en su provecho, ventean y trabajan para ellos.
El insecto, en su crisálida, parece olvidarse de sí mismo, ignorarse, permanecer extraño á los sufrimientos; diríase más bien que disfruta de esa muerte relativa, como un niño de teta en la templada cuna. Empero el crustáceo durante la muda se ve, tiene conciencia de sí: sábese precipitado repentinamente de la vida más enérgica á una deplorable impotencia. Parece atolondrado, perdido. Lo único que sabe hacer es instalarse debajo una piedra y aguardar tembloroso. No habiendo encontrado jamás enemigo serio ni obstáculo alguno, dispensado de toda industria por la superioridad de sus armas terribles, el día que éstas le faltan no le queda ningún recurso. Tal vez podría protegerle la asociación si la muda no fuese común á todos y no estuvieran sus compañeros desarmados como él, é incapaces de auxiliar á los enfermos, pues también lo están ellos. Dícese, sin embargo, que hay ciertas especies en que el macho quiere proteger á la hembra, la sigue, y si es aprisionada, no hay más remedio que aprisionar á los dos.
Esa terrible servidumbre de la muda, la áspera vigilancia del hombre (que de día en día adquiere más imperio sobre las playas), y, finalmente, la desaparición de especies antiguas que les procuraban abundante alimento, han debido producir cierta decadencia entre ellos. El pulpo, que no sirve para nada, ni se pesca ni se come, ha disminuido bastante en tamaño y en número. ¡Cuánto más, pues, el crustáceo, cuya carne es tan suculenta y que agrada á toda la Naturaleza!
Diríase que lo saben. Los más débiles entre ellos inventan, no diremos artes para resguardarse, pero sí pequeñas mañas groseras, ingeniándose é intrigando. Esta última palabra les es aplicable, pues hacen el efecto de unos intrigantes, de gentes desclasificadas que, sin oficio conocido, viven de expedientes, de recursos poco dignos. Factótums bastardos, ni carne ni pescado, acomódanse un poco de todo, de los muertos, de los moribundos, de los vivos, y en ocasiones hasta de los animales terrestres. El oxistomo fabrícase una careta, una visera y vuela entre tinieblas. El birgo, llegada la noche, abandona el mar, merodea, se encarama hasta en los cocoteros, y come frutas si no encuentra cosa mejor. Las dromias se disfrazan con el traje de un cuerpo extraño. El Bernardo-Ermitaño, que nunca ve dura su cáscara, imagina, para mejor resguardar la parte blanda, convertirse en falso molusco; al objeto apodérase de una concha que le venga bien; devora á su dueño, y se acomoda en la casa robada, arrastrándola consigo. De noche, con este disfraz, va á caza de víveres: óyesele y se reconoce al peregrino al ruido que mueve con su concha, pues sólo consigue arrastrarla cojeando y dando tropiezos.
Otros, en fin, más honrados, descorazonados del movimiento y de sus luchas con el mar, prefieren la tierra, no tan aguerrida y agitada. En invierno (y también en las otras estaciones) la habitan casi siempre y fabrican madrigueras. Tal vez cambiarían por completo y se trocarían en insectos si no les fuese tan caro el mar, como patria de sus amores. Así como una vez al año las doce tribus de Israel encaminábanse á Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos, vese en algunas playas á esos fieles hijos del mar que se dirigen en grupos de población, á rendirle sus homenajes, á confiar sus tiernos huevos á la grande y buena nodriza, encomendando sus pequeñuelos á aquélla que meció sus antepasados.
XI
Los peces.
El libre elemento, el mar, debe tarde ó temprano crearnos un ser á su semejanza, un ser eminentemente libre, escurridizo, onduloso, flúido, que se deslice á imagen de las ondas, pero en quien la movilidad maravillosa proceda de un milagro interior, todavía más grande, de una organización central, fina y sólida, muy elástica, no parecida á la de ninguno de los seres conocidos hasta el día.
El molusco que se arrastra sobre su abdomen fué el pobre siervo de la gleba. El pulpo, con todo su orgullo, su hinchazón, su ronquido, mal nadador y andarín nulo, no deja de ser por eso el siervo de la casualidad: sin su potencia de embotamiento no hubiese podido vivir. El bélico crustáceo, sucesivamente tan grande y tan pequeño, ya terror, ya irrisión de los demás, sufre las muertes alternativas en que hace el papel de esclavo, de presa y aun de juguete de los más débiles.
Enormes y terribles servidumbres. ¿Cómo librarnos de ellas?
La libertad está en la fuerza. Desde el origen, buscando la vida, aunque á tientas, á la fuerza, parecía soñar confusamente con la futura creación de un eje central que haría del ser uno, decuplicando el vigor del movimiento. Así lo presintieron los radiosos y los moluscos, y bosquejaron algunos ensayos. Empero traíalos harto distraídos el abrumador problema de la defensa exterior. La corteza, siempre la corteza: he aquí lo que preocupaba grandemente á esos pobres seres. En dicho género fabricaron obras maestras: bola espinosa del esquino, concha abierta y cerrada á la vez del haliótido, en fin, la armadura del crustáceo compuesta de piezas articuladas, perfección de la defensa, y terriblemente ofensiva. ¿Qué más se quiere? ¿Hay algo que añadir? Parece que no.
¿Que no? Mucho que sí. Necesítase un ser que todo lo fíe al movimiento, un ser audaz que desprecie á todos los mencionados como enclenques ó tardígrados, que considere la corteza como cosa subordinada y concentre la fuerza en sí.
El crustáceo rodeábase de una especie de esqueleto exterior. El pez háceselo en el centro, en su íntimo interior, sobre el eje donde los nervios, los músculos, todos los órganos, en fin, se reunirán.
Invención fantástica, al parecer, y contraria al buen sentido: colocar lo duro, lo sólido, precisamente en el sitio que tan bien resguarda la carne. El hueso, tan útil al exterior, instalado en un punto donde de poco ó nada servirá su dureza.
Reiríase el crustáceo cuando vió por primera vez un ser blando, grande, rechoncho (los peces del mar de las Indias) que, ensayándose, se deslizaba, corría, sin cáscara, armadura ni defensa; teniendo concentrada interiormente toda su fuerza, protegido tan sólo por su fluidez viscosa, por el exuberante mucus que le rodea, y poco á poco se transforma en escamas elásticas. Blanda coraza que se presta y se pliega, cediendo sin ceder del todo.
Fué una revolución análoga á la de Gustavo Adolfo cuando aligeró á sus soldados de las pesadas armaduras de hierro, cubriendo el pecho con una coraza de sólido cuero de camello, aunque poco pesado y suave.
Revolución atrevida, pero prudente. No estando nuestro pez cautivo en su armadura como el cangrejo, vese libre al mismo tiempo de la condición cruel á que estaba sujeta dicha armadura, la muda, del peligro, la debilidad, el esfuerzo, el desperdicio enorme de fuerza que hay en aquellos momentos. El pez muda poco y con lentitud, lo mismo que el hombre y los grandes animales, economizando, amontonando la vida, creándose el tesoro de un poderoso sistema nervioso dotado de innumerables alambres eléctricos que resuenan en la espina y el cerebro. Aunque carezca de hueso ó sea éste muy blando, si el pez tiene aún la apariencia embrionaria, no por eso está desposeído de su grande armonía merced á su rica madeja de hilos nerviosos.
No tiene el pez las debilidades elegantes del reptil y del insecto, tan esbeltos que puede cortárseles como un hilo por ciertas partes de su cuerpo. Está segmentado como ellos, mas esos segmentos los tiene debajo, perfectamente ocultos y resguardados, valiéndose de los mismos para contraerse, sin exponerse cual el reptil y el insecto á ser dividido fácilmente.
Lo mismo que el crustáceo, prefiere el pez la fuerza á la belleza, y para conseguirlo ha suprimido el pescuezo. Cabeza y tronco no constituyen más que una masa. Principio admirable de fuerza, que hace que para cortar el agua, elemento tan divisible, tenga que azotarla con mucha violencia, y si le place, mil veces más de lo necesario. Entonces conviértese en un dardo, una flecha, en la rapidez del rayo.
El hueso interior, que apareció único é informe en la sepia, aquí es un gran sistema uno, pero muy múltiple—uno por la fuerza de unidad,—múltiple por la elasticidad, por apropiarse á los músculos que, contraídos, dilatados sucesivamente, forman el movimiento. Maravilla, verdadera maravilla esa estructura del pez, tan compacta (vista desde afuera), y tan contráctil por dentro, esa carena de esbeltas y flexibilísimas costillas (en el arenque, en el sábalo, etc.), donde están unidos los músculos motores que empujan con choque alternativo. Así, pues, por afuera sólo expone remos auxiliares, cortas nadaderas que poco arriesgan, las cuales, consistentes, punzantes y viscosas, hieren, eluden, se escapan. ¡Cuán superior es esto al pulpo ó á la medusa, que ofrecen á todo el mundo blandos tentáculos de carne, apetitoso bocado para el hambre devoradora de los crustáceos y de los marsuinos!
En suma, ese verdadero hijo del agua, tan movible como su madre, se desliza á través por su mucus, divide con su cabeza, hiere con sus músculos (contraídos sobre sus vértebras, sobre sus esbeltas costillas ondulosas), y, finalmente, con sus sólidas nadaderas corta, rema y dirige.
Bastaría la más ínfima de esas potencias: él las reune todas, tipo absoluto del movimiento.
Hasta el pájaro es menos movible, supuesto que necesita posarse, y de noche está tranquilo. El pez nunca para: dormido y todo, flota.
Movible hasta tal punto, es al propio tiempo robusto y vivaz en el más alto grado. Por doquiera que hay agua, seguros estamos de encontrarlo: es el ser universal del globo. En los más elevados lagos de las cordilleras y de las montañas asiáticas, donde está tan rarificado el aire, donde cesa la vida de todos los seres, allí sólo el pez se obstina en vivir rodeado de soledad. En efecto, encuéntrase el gubio (pez colorado), á quien cabe la gloria de ver tendida á sus plantas toda la tierra. Del mismo modo en las grandes profundidades, bajo un peso espantoso, habitan los arenques, los abadejos. Forbes, que dividió el mar en diez capas ó pisos superpuestos, hallólas habitadas todas, y en la última, al parecer tan sombría, encontró un pez provisto de unos ojos admirables, que, por lo tanto, ve y tiene bastante luz en un sitio que nosotros nos imaginamos rodeado de tinieblas.
Vaya otra libertad de los peces. Un buen número de especies (salmones, sábalos, anguilas, esturiones, etc.), soportan lo mismo el agua dulce que la del mar, alternan, y regularmente pasan de la una á la otra. Varias familias de peces cuentan especies marinas y especies fluviales (ejemplo, las rayas, los barbos).
Con todo, tal grado de calor, tal alimento, tal hábito, parecen fijarlos, acorralarlos en tan libre elemento. Los mares cálidos son como una muralla para las especies polares, que los encuentran inabordables: al contrario, los de los mares cálidos son detenidos por las frías corrientes del Cabo de Buena Esperanza. Sólo se conocen dos ó tres especies de peces cosmopolitas, y contadísimos son los que frecuentan la alta mar. La mayor parte son litorales y no se placen más que en ciertas costas. Los peces de los Estados Unidos pertenecen á otras especies que los que habitan en Europa. Añadid ciertas especialidades de gusto que aunque no los encadenan del todo, los retienen. La raya chapucea en el fango y el lenguado en los fondos arenosos, el coto se encarama sobre los bajo-fondos, la morena se place encima de las rocas, y la pértiga sobre los arenales, la ballesta en el agua poco profunda sobre un lecho de madréporas. La escorpena unas veces nada y otras vuela; perseguida por los otros peces se lanza, sostiénese en el aire, y si le dan caza las aves, se zambulle en seguida en el mar.
El proverbio popular: «Feliz como el pez en el agua,» expresa una verdad. Durante la calma, un globo de aire más ó menos cargado y que le permite graduar su peso, le hace navegar á su sabor suspendido entre dos aguas. Se adelanta tranquilo, mecido, acariciado por la onda, y mientras camina, duerme si quiere. Hállase á la vez ceñido y aislado por la sustancia untuosa que hace su piel y sus escamas escurridizas é impermeables. Su temperatura es poco variable, casi siempre la misma, ni muy fría ni muy caliente. ¡Qué terrible diferencia entre una vida tan cómoda y la que nos es dado gozar á nosotros, habitantes de la tierra! A cada paso que damos encontramos alguna aspereza, algún obstáculo. La ruda tierra nos pone piedras al paso, nos fatiga, nos aniquila, obligándonos á subir, á bajar y á volver á subir sus cuestas. El aire cambia según las estaciones, y á veces con harta crueldad. El agua, la fría lluvia cae despiadadamente días y noches enteros, penetra nuestro cuerpo, nos constipa, en ocasiones hiela nuestros cabellos y nos asedia calenturientos con las agudas puntas de sus cristales.
La felicidad del pez, su muy afortunada plenitud de vida se expresan bajo los trópicos por el lujo de sus colores, y en el Norte se traduce por el vigor de sus movimientos. En la Oceanía y el mar de las Indias juguetean, erran y vagamundean, bajo las formas más originales y los más fantásticos atavíos; teniendo sus alegres pasatiempos entre los corales, sobre las flores vivas. Nuestros peces de los mares fríos y templados son los grandes veleros, los remeros poderosos, los verdaderos navegantes: sus formas prolongadas y esbeltas conviértenles en flechas por su rapidez, pudiendo dar lecciones al mejor constructor de buques. Los hay que tienen hasta diez nadaderas, las cuales, remos ó velas á voluntad, pueden mantenerse abiertas ó á medio plegar. La cola, notabilísimo timón, es también el remo principal. La de los mejores nadadores es ahorquillada; toda la espina termina en ella y, contrayendo sus músculos, hace avanzar al pez.
La raya tiene dos nadaderas inmensas, dos grandes alas para azotar las olas; su cola, larga, flexible y desligada, es una arma para golpear, un látigo para hender y dividir la densidad de la ola. Delgada y desviando tan poca cantidad de agua, enfilando en sentido oblicuo, vese por lo tanto fácilmente mecida y le sobra la vejiga que sostiene á los peces densos. Así que, todos poseen aparatos apropiados á su centro. El lenguado es ovalado, plano, á fin de que pueda deslizarse entre la arena; la anguila, para poder revolcarse en el cieno, toma formas serpentinas y se convierte en larga cinta; las balderayas, que suelen vivir agarradas á las rocas, tienen nadaderas-manos que las asemejan más á la rana que al pez.
La vista es el sentido del pájaro, el olfato el del pez. El halcón lanzado en el espacio lo abarca con una sola mirada y divisa la casi invisible caza; así la raya desde las profundidades del Océano, al olor de una presa tentadora sube diligente en su busca. En ese mundo semi-obscuro, mundo de luces dudosas y engañadoras, sus habitantes fíanse en el olfato y en ocasiones al tacto. Los que, como el esturión, excavan el fango, tienen un tacto exquisito. El tiburón, la raya, el abadejo (con sus ojazos separados) ven mal, mas huelen y sienten: es tan sensible el olfato en la raya que tiene un velo exprofeso para taparlo á voluntad y anular su potencia, que indudablemente la importunaría y atacaría el cerebro.
A tal potencia media de caza añadid unos dientes admirables, acerados, á veces en forma de sierra, multiplicados en algunos de ellos en varias hileras, al extremo de solar la boca, el paladar y la garganta, y hasta la lengua está armada con ellos. Esos dientes, delicados y frágiles, tienen otros detrás dispuestos á reemplazarlos si llegan á romperse.
Lo hemos dicho al comenzar este libro segundo: el mar ha tenido que producir esos seres terribles, esos destructores omnímodos, para combatir y curar por sí mismo el extraño mal que le trabaja, su exceso de fecundidad. La Muerte, cirujano caritativo, por medio de una sangría perseverante, de abundancia inmensa, le alivia de esa plétora que le hubiese aburrido. El espantoso torrente de generación que allí se produce, el diluvio del arenque, los miles y millones de huevos del abadejo, tantas y tan horrendas máquinas de multiplicación que, decuplicando, centuplicando, llenarían los océanos, ahogarían la Naturaleza, encuentran una barrera en el rápido devoramiento de la máquina de muerte, el nadador armado, el pez.
Bello espectáculo, grande, conmovedor. El combate universal de la Muerte y del Amor no parece nada sobre la tierra cuando se le parangona con el que existe en el fondo de los mares. Allí, inconcebible en su grandeza, horroriza por su furia, empero contemplándolo más despacio vésele muy armónico y de sorprendente equilibrio. Este furor es necesario. Ese cambio de la substancia, tan rápido (¡ hasta el punto de deslumbrar!), esa prodigalidad de la muerte, es la salvación.
Nada de tristeza; una alegría salvaje reina al parecer en todo aquello. De la vida del mar, áspera mezcla de las dos fuerzas que parecen destruirse entre sí, brota una salud maravillosa, una pureza incomparable, una belleza terrible y sublime á la par: ella triunfa lo mismo de vivos que de muertos. Sin gran predilección ni por los unos ni por los otros, les presta y vuelve á tomarles la electricidad, la luz, extrayendo ese fuego de chispas y ese infinito de pálidos resplandores que, hasta bajo las noches polares, constituye su magia siniestra.
La melancolía del mar, en su indolencia no tiene por tarea multiplicar la muerte, sino que, impotente, tiende á conciliar el progreso con el exceso de movimiento.
Es cien y mil veces más rico que la tierra, más rápidamente fecundo. Edifica y fabrica. La extensión que toma la tierra (hémoslo visto en los corales), débela al mar, y sólo al mar, no siendo éste otra cosa que el globo en su obra de construcción, en su más activa concepción. Su único obstáculo consiste en esa rapidez, y su inferioridad parece ser la dificultad que tiene (él tan rico en generación) para la organización del Amor.
Caúsanos tristeza al recordar que los miles de millones de seres que habitan el mar sólo poseen el amor vago, elemental, impersonal. Esos pueblos que, cada uno á su turno, suben y van en peregrinación hacia la dicha y la luz, dan á raudales lo más sustancioso de ellos mismos, su propia vida, el desconocido azar. Aman, y sin embargo nunca conocerán al ser amado do se encarnara su ensueño, su deseo. Paren sin serles dada la felicidad de renacer que se encuentra en su posteridad.
Pocos, muy pocos, de los más vivaces, de los más aguerridos, de los más crueles, procrean á semejanza nuestra. Esos monstruos tan temibles (el tiburón y su hembra), tienen necesidad de juntarse. Hales impuesto la Naturaleza el peligro de darse un abrazo; abrazo terrible y sospechoso. Acostumbrados á devorar, á engullirse á lo ciego cuanto alcanzan (animales, madera, piedras, no importa lo que sea), en aquella ocasión, ¡cosa admirable! moderan sus apetitos. Por sabrosas que puedan ser sus carnes á sus propios ojos, híncanse sus sierras y sus mortíferos colmillos. La intrépida hembra déjase agarrar, acogotar, por los terribles arpeos que el macho le lanza; y, en efecto, sale impune de la lucha. Ella es la que absorbe al compañero y lo arrastra consigo. Confundidos en una sola masa, los furiosos monstruos van dando tumbos semanas enteras, no pudiendo, á pesar del hambre que les devora, resignarse al divorcio, ni desprenderse el uno del otro, y hasta en plena borrasca, véseles invencibles, invariables en su salvaje abrazo.
Preténdese que aun separados prosiguen sus amoríos, y que el fiel tiburón, enamorado de su compañera, la sigue hasta que pare, ama á su presunto heredero, único fruto de aquel enlace, y jamás, jamás se lo come, sino que le acompaña siempre y vigila sus pasos, y, caso de peligro, este padre excelente se lo traga y le da abrigo en su anchurosa boca, pero no lo digiere.
Si la vida de los mares tiene algún ensueño, un ahinco, un deseo confuso, es el de la fijeza. El medio violento, tiránico, del tiburón, sus acerados asideros, ese arpeo sobre la hembra, la furia de su unión, dan idea de un amor de endemoniados. En efecto, ¿quién sabe si en otras especies, más tímidas y aptas para la vida de familia, quién sabe si esa impotencia de unión, esa fluctuación interminable de un viaje eterno sin objeto, no es causa de tristeza? Esos hijos de los mares enamóranse de la tierra: muchos entre ellos remontan los ríos, aceptan la insipidez del agua dulce, tan pobre y poco nutritiva, para confiarle, lejos de las tempestades, la esperanza de su posteridad. Cuando no, se acercan á las orillas del mar, buscando algún sinuoso ancón, y utilizando su industria, con un poco de arena, de limo, de hierba, tratan de fabricar pequeños nidos. Esfuerzo conmovedor. Ellos carecen de los instrumentos del insecto, maravilla de la industria animal, y están más desprovistos que el pájaro. Sólo á fuerza de perseverancia, careciendo como carecen de manos, de patas y de pico, y únicamente con su pobre cuerpo, llegan á reunir un montón de hierba, y pasando y repasando por medio, logran darle cierta cohesión (véase á Coste sobre los espinosos). Empero ¡cuántos obstáculos tienen que vencer! La hembra, ciega y glotona, turba la obra, amenaza los huevos; el macho no los deja, defiéndelos, más madre que la madre misma.
Tal instinto encuéntrase en varias especies, particularmente entre los más humildes (el gobio), pececillo ni bello ni sabroso; tan despreciado, que nadie se digna pescarlo, ó si se agarra es rechazado. Y con todo, ese ínfimo entre los ínfimos es un tierno y laborioso padre de familia: tan pequeño, tan débil, tan desheredado, es ingenioso arquitecto, el obrero del nido, y con sola su voluntad, su ternura, consigue fabricar la protectora cuna.
Lástima grande, sin embargo, que tal esfuerzo de ánimo no obtenga mejor recompensa, que aquel ser se vea detenido en ese primer fervor del arte por la fatalidad de su naturaleza. Al contemplarlo, se apodera de nosotros nuevo ensueño, presintiendo que ese mundo acuático no se basta á sí mismo.
Poderosa madre que empezaste la vida y no puedes terminarla; permite que tu hija, la Tierra, continúe la obra comenzada. Ya lo ves: en tu mismo seno y en el momento sagrado, tus hijos sueñan con la Tierra y su fijeza; abórdanla, la rinden homenaje.
A ti te toca volver á empezar la serie de los nuevos seres por un prodigio inesperado, por un bosquejo grandioso de la cálida vida amorosa, de sangre, de leche, de ternura, que tendrá su desarrollo en las razas terrestres.
XII
La ballena.
«El pescador, á quien ha sorprendido la noche en medio del mar del Norte, ve una isla, un escollo, como la espalda de una montaña, que se cierne, enorme, sobre las olas. Allí echa el ancla, y la isla comienza á andar y le arrastra. El escollo se ha convertido en Leviatán.» (Milton).
Error muy natural, que engañó al experto Dumont d'Urville. Veía de lejos una rompiente y alrededor remolinos, y mientras avanzaba, unas manchas blancas indicaban al parecer una roca. En derredor de ese banco la golondrina y el ave de las tempestades (el petral), se divertían, recreábanse y daban vueltas. La roca sobrenadaba, venerable de antigüedad, ostentando una capa gris de corónulas, de conchas y madréporas. Pero la masa se mueve. Dos enormes chorros de agua, que parten de su frente, revelan á la ballena desperezada.
El habitante de otro planeta que descendiese al nuestro en globo, y de gran altura observase la superficie del orbe, queriendo saber si está poblado, pensaría: «Los únicos seres que me es dado descubrir desde mi observatorio son de un tamaño bastante regular: ciento á doscientos pies de largo y sus brazos sólo tienen veinticuatro, pero en cambio su soberbia cola (treinta pies) se gallardea con majestad real por el mar, le azota, se señorea de él. Merced á su cola esos seres avanzan con una rapidez, una comodidad majestuosa, reconociéndose perfectamente en ellos á los soberanos del planeta.»
Y añadiría: «Lástima que la parte sólida de ese globo esté desierta, ó sólo contenga animalillos insignificantes para poder divisarse. Unicamente el mar está habitado, y por una raza buena y apacible. La familia vese muy honrada allí: la madre amamanta con ternura, y á pesar de la cortedad de sus brazos, sin embargo, durante la borrasca, logra con ellos amparar á su hijuelo.»
Las ballenas no tienen inconveniente en viajar juntas. Antes se las veía navegando dos á dos, á veces en grandes familias de diez ó doce, por los mares solitarios. Nada tan espléndido como esas grandes masas, iluminadas en ocasiones por su fosforescencia, lanzando columnas de agua de treinta á cuarenta pies, que en los mares polares despedían humo. Se acercaban pacíficas, curiosas, al buque, mirándolo como á un hermano de nueva especie: agradábalas, festejaban al recién venido. Jugueteando se erguían y volvían á caer al agua, produciendo un poco estrépito y formando una hirviente sima. Su familiaridad llegaba al punto de tocar la embarcación, las pequeñas lanchas. ¡Confianza imprudente, que tan cara les costara! En menos de un siglo la grande especie de la ballena ha desaparecido casi.
Sus hábitos, su organismo son idénticos á los de nuestros herbívoros. Como los rumiantes, poseen una sucesión de estómagos donde se elaboran los alimentos; dientes, apenas los necesitan y no tienen. Pacen fácilmente las vivas praderas del mar, quiero decir, los gigantescos fucos, suaves y gelatinosos, las capas de infusorios, los bancos de átomos imperceptibles. No hay necesidad de cazar para la adquisición de tales alimentos. No teniendo ocasión de combatir, háselas dispensado de armarse de las horrorosas quijadas y sierras, esos instrumentos de muerte y de tortura que el tiburón y tantos otros animales débiles adquirieron á fuerza de consumar asesinatos. A nadie persiguen. (Boitard). El alimento más bien acude á su alcance, traído por el oleaje. Inocentes y pacíficas, se engullen un mundo organizado apenas y que muere antes de haber vivido, pasando dormido á ese crisol de la universal mudanza.
No existe la menor relación entre esa apacible raza de mamíferos que, lo mismo que nosotros, tienen la sangre roja y leche, y los monstruos de la edad precedente, horribles abortos del primitivo fango. Mucho más modernas las ballenas, encontraron un agua purificada, el mar libre y el globo tranquilo.
Este había soñado su antiguo sueño discordante de los lagartos-peces, los dragones alados, el pavoroso reino de los reptiles: salía de la niebla siniestra para penetrar en la amable aurora de las concepciones armónicas. Nuestros carnívoros aun no habían nacido. Hubo un momento fugaz (tal vez unos cien mil años) de gran dulzura é inocencia, en que aparecieron sobre la tierra los seres excelentes (didelfos, etc.), tan encariñados con su familia, que la llevan encima y dentro de sí mismos, y, si es preciso, hácenla penetrar en su seno. En el agua aparecieron los gigantes pacíficos.
La leche del mar, su aceite, superabundaba; su cálida grasa, animalizada, fermentaba con inaudito poderío, quería vivir. Hinchóse, pues, tomó forma orgánica en esos colosos, niños mimados de la Naturaleza, dotándolos de fuerza incomparable y de lo que vale más todavía, de preciosa y ardiente sangre roja. Y la ballena fué hecha.
Esta es la verdadera flor del mundo. Toda la creación de sangre pálida, egoísta, lánguida, vegetativa relativamente, parece que no tiene alma cuando se la compara con la vida generosa que hierve en esa púrpura y enciende la cólera y el amor. La fuerza del mundo superior, su encanto, su belleza, es la sangre. Por ella empieza una juventud toda reciente en la Naturaleza, por ella una llama de deseo, el amor, y el amor de familia, de raza que, propagado por el hombre, producirá el divino remate de la vida, la Piedad.
Pero con ese don magnífico aumenta infinitamente la sensibilidad nerviosa, y uno es mucho más vulnerable, mucho más capaz de gozar y de sufrir. Como la ballena no tiene el sentido del cazador, ni el olfato, ni los órganos de la audición muy desarrollados, aprovecha el tacto para todo. La gordura, que la preserva del frío, no la libra, sin embargo, de ningún choque. Su piel, preciosamente organizada con seis tejidos distintos, tiembla y vibra al menor contacto. Las tiernas papilas que tiene son instrumentos de tacto delicado. Y todo está animado, vivificado por un rico caudal de sangre roja, que, aun teniendo en cuenta la diferencia de tamaño, sobrepuja infinitamente en abundancia á la de los mamíferos terrestres. Herida la ballena, inunda el mar con su sangre, enrojeciéndolo gran trecho. Nosotros la derramamos á gotas, mientras que ella prodígala á torrentes.
La hembra lleva en su vientre el fruto de sus amores nueve meses. Su leche agradable, un poco azucarada, tiene la tibia pastosidad de la leche de mujer. Mas, como debe cortar constantemente la ola, si tuviera las mamas colocadas sobre el pecho, expondría al pequeñuelo á chocar constantemente; por lo tanto están un poco más bajas, en sitio más apacible, en el vientre de do salió. Al chicuelo le sirven de abrigo, aprovechándose de la ola ya abierta.
La forma del vaso, inherente á su género de vida, aprieta la cintura de la madre privándola de la admirable cintura de la mujer, ese milagro adorable de una vida sentada, fija y armónica, en que todo se vuelve ternura. La ballena, ó sea la gran mujer de los mares, á pesar de su ternura vese compelida á hacer depender todos sus actos de su lucha con las olas. Por otra parte, el organismo es idéntico bajo esa extraña careta: igual forma, la misma sensibilidad. Pez encima, mujer debajo.
Es la ballena animal extremadamente tímido. Basta en ocasiones un pájaro para espantarla y hacerla zambullir con tanta precipitación, que se lastima en el fondo del mar.
Sometido el amor entre ellas á condiciones difíciles, requiere un lugar do reine profunda paz. Así como el noble elefante teme las miradas profanas, la ballena sólo se encuentra bien en los sitios solitarios. Sus reuniones son hacia los polos, en los desiertos ancones de la Groenlandia, en medio de la bruma del estrecho de Behring, é indudablemente también en el tibio mar descubierto junto al mismo polo. ¿Se volverá á encontrar ese mar? No hay otro paso para llegar á él que á través de los pavorosos desfiladeros que abre el hielo, cierra y cambia todos los inviernos, como si quisiese impedir nuevas visitas importunas. Por lo que toca á las ballenas, créese que pasan por debajo los hielos, del uno al otro mar, por la vía tenebrosa. Viaje temerario. Forzadas á respirar cada quince minutos, aunque tenga hecha provisión de aire que baste para algunos momentos más, se exponen grandemente bajo aquella enorme costra que tiene apenas algunos respiraderos. Si no los hallan á tiempo, es tan sólida y compacta dicha costra, que no hay fuerza capaz ni cabezada que pueda romperla. Allí pueden ahogarse con la misma facilidad que Leandro en el Helesponto. Pero como las ballenas no conocen la historia de ese Leandro, engólfanse atrevidamente en su empresa y pasan.
La soledad de aquellos parajes es grande; teatro singular de muerte y de silencio para esa fiesta de ardiente vida. Un oso blanco, alguna foca, un zorro azul, testigos respetuosos, prudentes, tal vez observan á cierta distancia. Las arañas y girándulas, los espejos fantásticos, no faltan. Cristales azulados, picos, garzotas de deslumbrante hielo, nieves vírgenes, son los mudos testigos que rodean el espectáculo y le contemplan.
Lo que hace conmovedor y grave el himeneo, es que para ello se requiere la expresa voluntad, ya que la ballena carece del arma tiránica del tiburón, de los arpones que se enseñorean del más débil. Al contrario, sus resbaladizos forros las separan, aléjanlas la una de la otra. Se desvían á su pesar y despréndense por aquel obstáculo desesperante. En medio de un acorde tan grande, diríase que macho y hembra se combaten. Hay balleneros que pretenden haber disfrutado de este espectáculo único. Los dos amantes, en sus ardientes transportes, se encaraman por momentos cual las dos torres de Nuestra Señora de París, y con sus cortos brazos y en medio de suspiros tratan de abrazarse. Empero su enorme mole les priva de mantenerse así largo rato, y caen otra vez al agua con grande estrépito... El oso y el hombre huían despavoridos al oírlos suspirar.
La solución de este drama es desconocida, pues las que se le han dado parecen absurdas. En lo que no cabe duda es, que para todo (el amor, el amamantamiento y aun para su propia defensa), la infortunada ballena sufre la doble servidumbre de su peso y de la dificultad que tiene para respirar, puesto que sólo respira fuera del agua y si no sale al aire libre queda asfixiada. ¿Es, pues, un animal terrestre, pertenece acaso á la tierra? Ciertamente que no. Si, por algún accidente, se para en alguna playa, el enorme peso de sus carnes, de su grasa, la aniquila; sus órganos se rinden y queda asimismo asfixiada.
En el único elemento respirable para ella, la asfixia la mata lo mismo que en el agua no respirable do vive.
Abreviemos razones. De la creación grandiosa del mamífero gigante ha salido un ser imposible, primer retoño poético de la fuerza creadora, que al principio tuvo fija la vista en lo sublime y luego por grados pasó á lo posible, á lo duradero. El admirable animal teníalo todo: tamaño y fuerza, sangre caliente, sabrosa leche, bondad; lo único que le faltaba era la manera de vivir. Había sido formado sin tener en cuenta las proporciones generales de ese globo ni la imperiosa ley de la pesadez de los cuerpos. No le valió haberse fabricado por debajo una osamenta enorme: sus gigantescas costillas no son bastante consistentes para mantener suficientemente libre y abierto el pecho. Desde el momento que se desprende de su enemiga el agua, encuéntrase con otra enemiga, la tierra, y su pesado pulmón le aplasta.
Sus magníficos orificios auriculares, la espléndida columna de agua que lanza á treinta pies de altura, son indicios, testimonios de una organización infantil y bárbara. Arrojándola al firmamento por un tan poderoso esfuerzo, el soplador soplado (éste es el nombre verdadero del género) parece decir: «¡Oh, Naturaleza! ¿por qué me has criado siervo?»
Su vida fué un problema, y no parecía que el espléndido bosquejo (pero frustrado) pudiera durar. El tan difícil amor furtivo, el amamantamiento en medio de las borrascas, entre la asfixia y el naufragio, los dos grandes actos de la vida convertidos casi en un imposible, haciéndose por medio de un esfuerzo y por voluntad heroicos: ¡qué condiciones de existencia!
La madre no tiene nunca más que un pequeñuelo, y es mucho. Ella y él son importunados por tres cosas: el trabajo de la natación, el amamantamiento y la fatal necesidad de subir. La educación es un verdadero combate. Azotado, arrollado por el Océano, el pequeñuelo mama como al vuelo, cuando la madre puede tenderse de lado, deber que practica admirablemente, pues sabe que si aquél tuviese que hacer el más pequeño esfuerzo para amamantarse, dejaría las mamas. En ese acto en que la mujer se mantiene pasiva, dejando obrar á la criatura, la ballena, por el contrario, es activa. Aprovechando el momento, por medio de un poderoso émbolo le lanza un tonel de leche.
El macho no suele abandonarla, y grande es su embarazo cuando el pescador feroz ataca al ballenato. Se clava el arpón á éste para que sigan los grandes, y, en efecto, hacen esfuerzos increíbles para salvar á su hijo, para llevárselo, subiendo y exponiéndose á ser heridos para traerlo á la superficie y hacerle respirar. Y lo defienden muerto y todo. Pudiendo zambullirse y escapar, permanecen sobre el agua desafiando el peligro para seguir el cuerpo flotante del ballenato.
Entre las ballenas son comunes los naufragios, por dos motivos. No pueden como el pez, mantenerse durante las borrascas en las capas inferiores y tranquilas; y luego no quieren separarse, siguiendo los fuertes el destino del débil. Se ahogan, pues, en familia.
En diciembre de 1723 zozobraron ocho hembras en la desembocadura del Elba, y cerca de sus cadáveres se encontraron sus ocho machos. Otro tanto aconteció en marzo de 1784 en Audierne (Bretaña). Primero se presentaron despavoridos en la costa buen número de peces y de marsuinos; luego, oyéronse extraños, espantosos mugidos: era una crecida familia de ballenas que la tempestad empujaba, y que luchaban, gemían y se resistían á morir. También en esta ocasión los machos perecieron al lado de sus hembras. En gran número, preñadas y sin defensa contra el implacable azote, unos y otras fueron lanzados á la costa y destruidos por el porrazo.
Dos de las hembras parieron en la playa, lanzando gritos desgarradores, ni más ni menos que nuestras mujeres, y con sus lamentos parecían querer indicar que se preocupaban de la suerte que cabría á sus hijuelos.
XIII
Las sirenas.
Acabo de abordar; heme aquí en tierra. Basta ya de naufragios: yo quisiera razas durables. El cetáceo desaparecerá. Resumamos nuestras concepciones, y de esa poesía gigantesca de los recién nacidos, de las mamas, la leche y la sangre caliente, conservémoslo todo menos el gigante.
Conservemos, sobre todo, la afabilidad, el amor y la ternura de la familia. Esos dones divinos debemos guardarlos cuidadosamente en las razas más humildes, pero buenas, en que los dos elementos mancomunan su espíritu.
Ya presentimos las bendiciones de la tierra: al abandonar la vida del pez, varias cosas de absoluta imposibilidad para él fácilmente se armonizarán.
Así que, la ballena, madre cariñosa, conoció el abrazo y estrechó á su hijuelo, mas no sobre sus mamas: sus brazos estaban muy arriba, y las mamas en ese navío viviente debían estar en la parte posterior, entre los seres nuevos que nadan, pero que al mismo tiempo se encaraman á la tierra (morsa, lamantín, foca, etc.), las mamas, para que no se arrastren y topen, suben hasta el pecho. De suerte que se nos presenta como una sombra de la mujer, forma y actitud graciosa que, de lejos, ilusiona.
Vista de cerca, si exceptuamos la blancura, el encanto, es exactamente la mama femenina, ese globo que, hinchado de amor y de la dulce necesidad de amamantar, reproduce con sus movimientos todos los suspiros del corazón que late debajo, reclamando á la criatura para sostenerla, alimentarla y darla descanso. Todo esto fué negado á la madre que nada; aquel bien es para lo que se posa. La fijeza de la familia, la ternura, que de día en día va echando hondas raíces (más diremos, la Sociedad), esas grandes cosas comienzan desde que el niño duerme en el seno de la madre.
Mas, ¿cómo se obró la metamorfosis del cetáceo al anfibio? Vamos á ver si acertamos á explicarlo.
Su parentesco es evidente. No pocos anfibios arrastran todavía, por desgracia suya, la pesada cola de la ballena, y ésta (á lo menos una de sus especies) ha escondido en su cola el bosquejo y el comienzo evidente de los dos pies traseros que tendrán los anfibios de un grado superior.
En los mares sembrados de islas, cortadas por lenguas de tierra á cada paso, los cetáceos, detenidos continuamente en su carrera, tuvieron que modificar sus hábitos. Sus contracciones menos rápidas, su vida cautiva, disminuyó su grandor, reduciéndolo de la ballena al elefante. Entonces apareció el elefante de mar. Conservando el recuerdo de las preciosas defensas con que se armaron ciertos cetáceos en su grande vida marítima, nos muestra aún muy sólidos dientes delanteros, si bien poco temibles: ni los dientes de la masticación están en él bien definidos, sea como herbívoros ó como carnívoros, pues se prestan mal á cualquiera de los dos regímenes y deben operar con lentitud.
Dos cosas aligeraban á la ballena: su masa aceitosa que la hacía flotar sobre el agua y la poderosa cola cuyo choque alternativo, golpeando por ambos lados, empujábala hacia avante. Mas todo eso aniquila al anfibio que barbota en la profundidad de las aguas y se encarama por las rocas cual pesado caracol. El ágil pez, ríese de un pez que no puede cazarlo, no siéndole dado apresar más que los moluscos, tan pesados como él. Poco á poco, acostúmbrase á comer los abundantes y gelatinosos fucos, que sustentan y engordan sin dar el vigor del alimento animal.
Así, puede verse en el Mar Rojo, en el de las islas Malayas y las de Australia, arrastrarse, fijarse allí el raro coloso llamado dugongo, que domina el agua con su pecho y sus mamas. Nómbrasele á veces dugongo de los tabernáculos, inerte ídolo que impone, mas apenas sabe defenderse, y pronto desaparecerá entrando en el dominio de la fábula, en el número de esas leyendas reales de las que nos reímos atolondradamente.
¿Quién produjo ese gran cambio, quién crió ese cetáceo terrestre, el dugongo y la morsa, hermana suya? La suavidad de la tierra, en extremo pacífica antes de aparecer el hombre en ella—el atractivo de alimentos vegetales que no se escabullen como la presa marina,—sin duda que también el amor, tan difícil para la ballena y tan fácil en la sosegada vida del anfibio.
El amor deja de ser fuga y azar. Ya no es la hembra ese fiero gigante, que era preciso seguir al otro cabo del mundo: ésta se mantiene sumisa, sobre las algas ondulosas, para obedecer á su señor, convirtiendo su existencia en apacible y voluptuosa. Aquí, apenas se conoce el misterio. Los anfibios viven buenamente de panza al sol, y siendo muy numerosas las hembras, se reunen y constituyen un serrallo para sus machos. De la poesía salvaje hemos venido á parar á los hábitos vulgares, ó si se quiere, patriarcales, de los harto fáciles placeres. El gran patriarca, respetable por su enorme cabeza, sus bigotes y sus armas defensivas, reina entre Agar y Sara, Rebeca y Lía, que ama con ternura lo mismo que á sus hijuelos, los cuales constituyen un pequeño rebaño. En su vida, inmóvil, la gran fuerza de ese ser sanguíneo, empléase por completo en las ternezas familiares; abraza á los suyos con tierno amor, con orgullo, con cólera. Es valiente y está pronto á morir en su defensa. Pero ¡ay! poco le valen sus fuerzas ni su furor: su masa enorme le entrega al enemigo. Avergüénzase, se arrastra, quiere pelear y no puede, ¡aborto gigantesco, frustrado entre dos mundos, pobre Caliban desarmado!
La pesadez, fatal á la ballena, esto todavía más para los seres que nos ocupan. Reduzcamos aún el tamaño, aligeremos su gordura, ablandemos la espina, y sobre todo, suprimamos esa cola, ó más bien, dividamos la horquilla en dos apéndices carnosos que serán de mayor utilidad. El nuevo ser (foca), más ágil, buen nadador, pescador excelente, viviendo del mar, pero celebrando en tierra sus festines amorosos (la tierra es el pequeño paraíso de las focas), empleará su vida en el esfuerzo de volver á ella continuamente y llegar á la roca donde le convidan á estar su mujer y sus hijos, y donde les provee de pescado. Con la caza en el hocico, careciendo de las armas defensivas que ayudaban á trepar á la morsa, pone sus cuatro miembros arriba y abajo, agarrándose á los fucos, dilatando, dividiendo cada uno de ellos según puede, de suerte, que, ramificado á la larga, muestra cinco dedos.
Lo magnífico que tiene la foca, lo que conmueve al ver su cabeza redonda, es la capacidad del cerebro. Ningún otro ser, exceptuando el hombre, lo tiene tan desarrollado (Boitard). La impresión que uno siente es fuerte, mucho más que la que produce el mono, cuyas muecas nos son antipáticas. Nunca olvidaré las focas del Jardín Zoológico de Amsterdam, delicioso museo, tan rico y bien organizado, y uno de los sitios más encantadores que existen en el mundo. Era el día 12 de julio, y acababa de caer una lluvia huracanada: el aire era pesado; dos focas procuraban refrescarse en el fondo del agua, nadando y dando saltos. Al reposarse, fijaron en mí, inteligentes y simpáticas, sus suaves ojos aterciopelados. La mirada era un poco triste: tanto á ellas como á mí, nos faltaba el idioma intermedio para comprendernos. Cuando uno las mira, no puede despegar los ojos de ellas; siente que ha ya aquella barrera eterna entre alma y alma.
La tierra es su patria adorada ó del corazón: en ella nacen, allí tienen sus amores; heridas, á la tierra van á morir. A la tierra conducen sus hembras preñadas, las acuestan sobre las algas y las sustentan con pescado. Las focas son tímidas, excelentes vecinas y mutuamente se defienden; sólo que en la época del celo, se apodera de ellas una especie de delirio y se baten. Cada macho es dueño de tres ó cuatro compañeras, que instala en tierra sobre una roca musgosa suficientemente grande. Aquél es su dominio, no permitiendo que nadie lo usurpe y haciendo respetar su derecho de ocupación. Las hembras son más tímidas que los machos y están indefensas. Si se las daña, no saben más que llorar y agitarse dolorosamente lanzando miradas de desesperación.
Llevan nueve meses en sus entrañas el fruto de sus amores, y amamantan á su hijuelo otros cinco ó seis, enseñándole á nadar, á pescar, á elegir los alimentos más suculentos; y tendríalo más tiempo á su lado si el marido no se volviera celoso: éste le expulsa, temeroso de que la harto débil madre no le dé en él un rival.
Educación tan corta, ha limitado sin duda los progresos que hubiese podido hacer la foca. La maternidad sólo es completa entre los lamantinos, tribu excelente en que los padres no tienen ánimo para despedir al hijo. La madre lo conserva á su lado durante largo tiempo. Nuevamente preñada, y aun cuando amamanta un segundo hijo, vésela llevar consigo al primogénito, joven macho que el padre no maltrata, que también estima y deja á la madre.
Esa ternura extrema, particular á los lamantinos, hase manifestado en la organización por un progreso físico. En la foca, nadador famoso, y en el elefante marino, tan pesado, el brazo es una nadadera, estando apretado y ligado al cuerpo, y no puede desprenderse. Mas el lamantín hembra, tímida mujer anfibia, mama di l'eau, como dicen los negritos de las colonias francesas, produce el milagro: todo se desliga, por un esfuerzo constante. La Naturaleza se ingenia con la idea que la atormenta de acariciar al pequeñuelo, abrazarlo y acercárselo á los pechos. Ceden los ligamentos, se dilatan, desprendiendo el antebrazo, y de ese brazo surge un pólipo aplanado.—Esta es la mano.
De manera que el lamantín goza de tan suprema dicha: con su mano abraza al hijuelo para estrecharlo contra su pecho, y, agarrándolo, colócalo sobre su corazón.
He aquí dos grandes cosas que podían llevar muy lejos á esos anfibios:
En ellos ya existe la mano, el órgano de la industria, el instrumento esencial para el trabajo venidero. Que se ablande y auxilie á los dientes, como entre los castores, y empezará el arte; primeramente el arte de abrigar á la familia.
Por otro lado, hácese posible la educación. El hijuelo colocado sobre el corazón de la madre, empápase lentamente en su vida, permaneciendo mucho tiempo á su lado y en la edad á propósito para aprender; todo esto es debido á la bondad del padre que no rechaza al inocente rival. Y ahí está el progreso.
Si hemos de dar crédito á ciertas tradiciones, el progreso no quedó limitado á esto. Desarrollados los anfibios, asemejados á la humana forma, habríanse trocado en semihombres, en hombres de mar, tritones ó sirenas. Sólo que, al revés de las melodiosas sirenas de la fábula, éstos hubieron permanecido mudos, impotentes para constituirse un lenguaje, para entenderse con el hombre y moverle á compasión. Talas razas han desaparecido, dícese, del mismo modo que vemos desaparecer al infortunado castor que si bien no puede hablar, llora.
Hase dicho con harta ligereza que aquellas extrañas figuras no eran otra cosa que focas. Mas, ¿cabe engaño en ello? Todas las especies de focas que existen son conocidas desde mucho tiempo atrás. En el siglo VII, en vida de San Columbano, ya se pescaba y se comía su carne.
Los hombres y mujeres de mar de que se hace referencia en el siglo XVI, fueron vistos no sólo rápidamente en medio del líquido elemento, sino que se les trajo á tierra, se les paseó por ella, y vivieron en grandes centros de población tales como Amberes y Amsterdam, en los palacios de Carlos V y Felipe II, y por lo tanto estuvieron bajo las miradas de Vesale y de los primeros sabios de aquella época. Se hace mención de una mujer marina que vivió luengos años en hábito religioso en un convento donde á todos era dado verla. No hablaba, pero sí se entretenía en hilar y en otros quehaceres. Con todo, el agua la atraía y empleaba toda su inteligencia para volver á su querido elemento.
Diráse: Si realmente han existido esos seres, ¿por qué fueron tan raros? ¡Ay! La respuesta nos viene á la mano. Eran raros porque se acostumbraba á matarlos.
Teníase por pecado dejarles la vida, «pues estaban clasificados entre los monstruos». Así se expresan las antiguas narraciones.
Todo cuanto se alejaba de las formas conocidas de la animalidad, y cuanto por el contrario se aproximaba á las del hombre, era reputado monstruo y se le daba pasaporte para el otro mundo. La madre, asaz desgraciada para dar á luz un hijo disforme, no podía librarlo: ahogábasele entre los colchones de la cama, suponiéndose ser hijo del diablo, una invención de su malicia para ultrajar á la Creación y calumniar á Dios. Por otra parte, á esos sirenos, demasiado análogos con el hombre, teníaselos con más razón por una ilusión diabólica, y tal era la abominación que causaban en la Edad Media, que su aparición señalábase cual un espantoso prodigio que Dios, en su justa cólera, permite para aterrorizar al pecado. Apenas nadie se atrevía á citarlos, apresurándose á hacerlos desaparecer. El siglo XVI, más atrevido, creíalos todavía «diablos disfrazados de hombre,» indignos de ser tocados más que con el arpón. Cada día se hacían más raros, cuando á algunos descreídos pasóles por la imaginación especular con ellos conservándolos y enseñándolos.
¿Nos ha quedado siquiera algún resto, alguna osamenta de ellos? Sabrémoslo cuando los museos de Europa comiencen á exponer todos sus inmensos depósitos. Falta espacio, no lo ignoro, y nunca habrá bastante, si para ello se requieren palacios. Empero el más sencillo abrigo, un vasto cobertizo (y nada costoso), permitiría poner á la vista de todo el mundo objetos tan sólidos como los de que aquí se trata. Hasta ahora sólo nos ha sido dado contemplar algunas muestras y ciertas piezas escogidas.
Añadamos que la exposición de los anfibios henchidos de paja, para ser verdadera debe presentar esos monstruos tan idénticos al hombre, de lado y en las posturas en que la ilusión sea más completa. Concededles esa honra, que bien merecida la tienen. Que la madre Foca á la madre Lamantina se ofrezca á mi vista sobre su roca cual sirena, en el primitivo uso de la mano y de las mamas, con su pequeñuelo sobre su seno.
¿Es decir que esos seres hubieran podido ascender hasta nosotros? ¿Acaso fueron los autores los ascendientes del hombre? Así lo supuso Mallet. Por lo que á mí toca, no lo creo verosímil.
No cabe duda que en el mar tuvo principio todo lo creado, empero no es de los animales marinos superiores que salió la serie paralela en las formas terrestres cuyo remate es el hombre. Estaban ya demasiado fijados, eran harto especiales para dar el blando bosquejo de una naturaleza tan distinta; pues habían llevado muy lejos, agotado casi la fecundidad de sus géneros. En tal caso, los primogénitos perecen; y sólo muy abajo, entre los obscuros segundones de alguna clase pariente, surge la nueva serie que ascenderá más arriba. (Véanse las notas al final del tomo.)
El hombre fué, no su hijo, sino su hermano, un hermano cruelmente enemigo suyo.
Helo aquí, el fuerte entre los fuertes, el ingenioso, el activo, el cruel rey del mundo. Mi libro se ilumina; mas, en cambio, ¿qué va á enseñarnos? ¡Cuántas cosas tristes he de traer á los resplandores de esa luz!
Ese creador, ese dios tirano, ha tenido el talento de fabricar una segunda Naturaleza en la Naturaleza misma. ¿Y qué hizo de la otra, la primitiva, madre y nodriza á la vez? Con los dientes que le diera, mordió su seno.
Tantos y tantos animales que vivían tranquilamente, se humanizaban y bosquejaban las artes; hoy día azorados, embrutecidos, hanse convertido en bestias. Los monos, reyes de Ceilán, cuya discreción tanta celebridad adquiriera en la India, son ahora unos salvajes horrorosos, ni más ni menos; el brahma de la Creación, el elefante, perseguido, esclavizado, queda reducido á una bestia de carga.
Los más libres entre los seres, en otro tiempo alegría del mar, las tiernas focas y las inofensivas ballenas, pacífico orgullo del Océano, huyeron á los mares polares, al temible mundo de los hielos. Empero no todos pueden sobrellevar tan ruda existencia, y no transcurrirán muchos años sin que desaparezcan por completo.
Una raza desgraciada, la de los campesinos polacos, ha visto brotar de su corazón el sentido, la inteligencia del desterrado mudo, refugiado en los lagos de la Lituania, habiendo pasado á ser proverbial entre ellos que «la persona que hace llorar al castor nunca será afortunada.»
El artista ha quedado relegado al rango de una bestia tímida que ni sabe ni puede nada. Los que habitan todavía la América, retrocediendo y huyendo siempre, no tienen ánimo para ninguna empresa. No ha mucho que un viajero encontró uno de esos animalillos que, tierra adentro, muy adentro, hacia los altos lagos, emprendía de nuevo, si bien con timidez, su oficio, quería fabricar el hogar de la familia, cortaba madera. Al divisar al hombre dejó escapar la madera, y ni siquiera tuvo ánimo para huir: sólo supo llorar.