LIBRO TERCERO


CONQUISTA DEL MAR

I

El arpón.

«Al marinero que llega á la vista de Groenlandia, ningún placer le causa aquella tierra,» dice cándidamente John Ross. No lo dudo. Figuraos una costa de hierro, de aspecto asolador, donde el negro granito escarpado no protege ni siquiera á la nieve; y después, sólo se ven hielos. La vegetación es allí desconocida. Aquella tierra ingrata, que nos oculta el polo, parece un país de muerte y de hambre.

En el muy corto intervalo de tiempo que el agua no está helada, la vida sería posible en aquellos parajes, pero el hielo dura nueve meses en el año. Y durante este tiempo, ¿qué hacer?; y los alimentos, ¿dónde hallarlos? No hay que pensar en buscar. La noche dura varios meses, y en ocasiones es tal su obscuridad, que Kane, rodeado de sus perros, sólo los divisaba merced á la humedad del aliento. En tan dilatadas, muy dilatadas tinieblas, sobre esa tierra desolada, estéril, vestida de hielos impenetrables, erran, no obstante, dos solitarios que se obstinan en vivir allí, en medio de los horrores de un mundo imposible. Es uno de ellos el oso pescador, desabrido, vagabundo bajo su valiosa piel y su gordura, que le permite ayunar á intervalos. El otro, de aspecto singular, á cierta distancia parece un pez sentado sobre su cola, pez mal conformado y desmañado, con largas nadaderas colgantes. Este semi-pez es el hombre. Ambos se ventean y se buscan: los dos están hambrientos. Con todo, el oso á veces huye, rehusa el combate, creyendo á su contrario más feroz y más hambriento que él.

El hombre con hambre es terrible. Sin otra arma que una espina de pez, persigue al enorme animal; empero hubiera perecido cien veces á no tener otro alimento que ese compañero terrible. El poder vivir le costó un crimen. No produciendo nada la tierra, buscó hacia el mar, y como éste estaba cerrado, no tuvo más remedio que sacrificar á su amiga la foca; en ella encontraba concentrada la grasa del mar, el aceite, sin el cual muriérase de frío antes que de hambre.

El groenlandés no sueña más que en ir á habitar la luna al término de su carrera, donde hallará leña á discreción, fuego, en fin, la luz del hogar. En nuestro planeta, el aceite la reemplaza, pues bebiéndolo copiosamente calienta su cuerpo.

Gran contraste entre el hombre y los anfibios soñolientos, que aun en dicho clima saben vivir sin padecer mucho. Bastante lo indican los tiernos ojos de la foca. Nodriza del mar, de continuo está en relación con él, y sabe aprovechar todas las ocasiones para aprovisionarse. Aunque generalmente se la cree muy pesada, se encarama con maña sobre un témpano de hielo y hácese conducir de un lado á otro. El agua cubierta de moluscos, de átomos animados, alimenta superabundantemente á los peces, que á su vez sirven de pasto á las focas, las cuales, bien repletas, duermen sobre su roca muy tranquilas, y con sueño tan pesado, que nada es capaz de interrumpir.

La vida del hombre es enteramente distinta. Parece colocado allí contra la voluntad de Dios, maldito, y todo conspira contra él. En las fotografías que tenemos de los esquimales, léese su destino terrible en la fijeza de la mirada, en sus ojos ceñudos y negros como la noche. Parecen como petrificados por una visión, por el habitual espectáculo de un infinito lúgubre.

Aquella naturaleza de terror eterno ha ocultado con una máscara de bronce su elevada inteligencia, rápida, no obstante, y con mil expedientes en medio de una existencia de peligros imprevistos.


¿Qué hacer? Su familia estaba hambrienta y sus hijos lloraban: su mujer embarazada tiritaba encima de la nieve. El viento del polo azotábales continuamente con un diluvio de escarcha, con ese torbellino de agudas flechas que punzan y penetran, embrutecen, haciendo perder la voz y los sentidos. Cerrado el mar, no había que pensar en la pesca; pero quedaba la foca. Y ¡cuántos peces no encierra una foca! ¡Qué riqueza de aceite acumulado! El pobre animal estaba allí, dormido, indefenso; y aun despierto, no procura huir; al contrario, consiente que se le acerquen, que le toquen. Al igual del lamantín, para que huya es preciso apalearle; y los que se pescan jóvenes, por más que los rechacéis de á bordo, siempre seguirán al buque. La misma facilidad debió turbar al hombre, hacerle titubear, combatir la tentación; pero el frío pudo más que su voluntad y cometió un asesinato. Desde aquel momento era rico y pudo vivir.

La carne de foca alimentó á aquellos hambrientos; el aceite, absorbido á raudales, calentó sus ateridos cuerpos. Los huesos empleáronse en sinnúmero de usos domésticos; con las fibras se fabricaron cuerdas y redes, y la piel sirvió para cubrir las carnes casi heladas de la mujer esquimal. Su marido usa el mismo traje, con una pequeña diferencia en el corte. Aquélla lo adorna, además, con un cintillo de cuero colocado en el borde, para agradar á su compañero y para que la quiera. Pero lo más útil de todo fué que, mañosamente, fabricaron con pieles cosidas á la ligera, á la par que resistente, máquina donde se aventura aquel hombre intrépido y á la que ha dado el nombre de barca.

Vehículo más que mezquino, largo, delgado y que tan poco pesa, está herméticamente cerrado, menos un agujero do se mete el remero, apretando el cuero á su cintura. El que lo ve, apostaría cualquier cosa que tan frágil barquilla va á zozobrar... No hay cuidado. Vuela como una flecha sobre las olas, desaparece, vuelve á aparecer entre los fuertes remolinos producidos por los hielos y en medio de aquellas flotantes montañas.

Hombre y barquilla no son más que una pieza, un pez artificial. Empero, ¡cuán inferior es á los verdaderos peces! Carece del aparejo, de la vejiga natatoria que sostiene al verdadero, haciéndole á voluntad ligero ó pesado. No tiene en su cuerpo el aceite que, más ligero que el agua, se obstina en sobrenadar y subir á la superficie. Y, sobre todo, carece de lo que da al verdadero pez vigor en sus movimientos, la viva contracción de la espina para golpear fuertemente con la cola: lo único que puede imitar el hombre, aunque muy imperfectamente, son las nadaderas. Sus remos no apretados al cuerpo, sino movidos á distancia por un prolongado brazo, son harto blandos, comparados con los del otro, y pronto se cansan. ¿Quién repara todo esto? La terrible energía del hombre, y bajo esa invariable máscara, su viva razón, que cual relámpago resuelve, inventa y halla, minuto tras minuto, un remedio á los peligros de esa flotante piel que sólo le resguarda de la muerte.

A menudo queda obstruido el paso, encontrándose el esquimal ante una barrera de hierro. Entonces, truécanse los papeles. La barca conducía al hombre, y ahora es éste el que conduce la barca; cárgala sobre sus hombros, atraviesa los crujientes hielos y pónelo á flote más lejos. En ocasiones, salen á su encuentro montañas flotantes que no ofrecen otro paso que largos corredores que se abren y cierran repentinamente; allí puede desaparecer el esquimal con su frágil esquife, quedar enterrado en vida; por momentos, dos de aquellas azuladas montañas tal vez se aproximarán aplastando á él y á su vehículo, hasta dejarlos del espesor de un cabello. Tal suerte cupo á un barco de gran porte; dividido por el medio, los dos pedazos fueron destrozados, aplanados.


Afirman los esquimales contemporáneos nuestros, que sus padres pescaron la ballena. Menos míseros en aquel tiempo, no era tan frío su país: ingeniábanse mejor, y probablemente conocían el hierro. Tal vez lo recibirían de Noruega ó de Islandia. Las ballenas abundaron siempre en los mares de la Groenlandia. Grande objeto de concupiscencia para aquellos á quienes es el aceite artículo de primera necesidad. El pez dalo gota á gota, la foca á raudales y la ballena á mares.

Un hombre mal equipado, peor armado y mugiendo el mar bajo sus pies, entre tinieblas, en medio de los hielos, fué el primero que intentó tamaña hazaña, y solo, enteramente solo, plantó cara al coloso de los mares.

El fué quien tuvo tal confianza en su fuerza y en su ánimo, en el vigor de su brazo, en la aspereza del golpe, en la pesadez del arpón: él quien creyó poder atravesar la piel y la muralla de grasa, la dura carne del animal.

El quien supuso que á su terrible despertar, y á pesar de la tempestad que promueve el herido con sus saltos y sus coletazos, no lo arrastraría consigo al fondo de los mares. ¡Audacia inaudita! Añadía un cable á su arpón para perseguir su presa, despreciaba la horrorosa sacudida, sin reflexionar que el atemorizado animal podía zambullirse bruscamente y darle un mal rato.

Otro peligro tiene esa pesca, y es que en vez de la ballena, puede encontrarse uno con su mortal enemigo, el terror de los mares, el cachalote. No es enorme éste, pues sólo mide de sesenta á ochenta pies; su cabeza tiene de veinte á veinticinco, una tercera parte de la dimensión total. En tal caso, ¡ay del pescador! El es el que á su vez se convierte en pescado, siendo presa del monstruo. El cachalote está armado de cuarenta y ocho dientes colosales y de horribles quijadas capaces de tragárselo todo, hombre y embarcación. Parece ebrio de sangre. Su ciega rabia aterroriza á todos los cetáceos que, al divisarlo, huyen mugiendo, varan en la playa á veces, se esconden entre la arena ó el fango. Lo temen muerto y todo, no osando acercarse á su cadáver. La especie más salvaje del cachalote es el orea ó fisetera de los antiguos, tan temido de los islandeses que ni aun se atrevían á pronunciar su nombre cuando navegaban, creyendo que tal vez los oyera y acudiera á su presencia; al paso que estaban persuadidos que una especie de ballena (la jubarta) los estimaba y protegía, provocando al monstruo para que pudieran ponerse en salvo.


No falta quien diga que los primeros hombres que afrontaron tamaña aventura necesitábase estuvieran muy excitados y que fuesen excéntricos y cabezas destornilladas. Preténdese, además, que los primitivos pescadores de esos monstruos no fueron los discretos hombres del Norte, sino nuestros vascos, héroes del desvarío. Andarines terribles, cazadores del Monte Perdido y desenfrenados pescadores, recorrían en barquichuelos su caprichoso mar, el golfo ó sumidero de Gascuña, dedicándose á la pesca del atún. Notaron aquellos intrépidos navegantes que las ballenas retozaban, y comenzaron á perseguirlas, lo mismo que se encarnizan detrás de la gamuza en los barrancos, los abismos y los más espantosos resbaladeros. A esa pieza de caza (la ballena) muy tentadora por su tamaño y por las vicisitudes que causa el perseguirla, hiciéronla guerra á muerte doquiera que la encontrasen; y sin notarlo, empujábanla hacia el polo.

Allí el pobre coloso creyó poder vivir tranquilo, no suponiendo que los hombres fuesen tan locos que lo persiguieran hasta en aquellas apartadas regiones. La pobre ballena dormía muy sosegada, cuando nuestros atolondrados héroes se acercaron á ella cautelosamente.

Apretando su cinturón colorado, el más fornido, el más ágil saltaba de su barquichuelo, y ya encima de aquella mole inmensa, sin preocuparse del riesgo que pudiese correr su vida, lanzando un ¡han! prolongado, hundía el arpón en las carnes del confiado monstruo.

II

Descubrimiento de los tres Océanos.

¿Quién abrió á los hombres la navegación de alto bordo? ¿Quién reveló los mares, marcó las zonas y las rutas? Finalmente, ¿quién descubrió el globo? La ballena y el ballenero.

Y todo esto mucho antes de que vinieran al mundo Colón y los buscadores de oro, para quienes fué el lauro, hallando otra vez con no poca algazara lo que descubrieran anteriormente los pescadores.

La travesía del Océano, cosa tan celebrada en el siglo xv, habíase llevado á cabo á menudo por el estrecho paso de Islandia á Groenlandia, y aun mar adentro, pues los vascos llegaban hasta Terranova. La travesía era lo de menos para gentes que iban á buscar al otro extremo del mundo ese supremo peligro: la lucha con la ballena. Dirigirse á los mares del Norte, combatir cuerpo á cuerpo con la montaña viviente, en medio de la obscuridad de la noche, y, lo que es más aún, exponiéndose á naufragar con ella; los que esto practicaban tenían el alma asaz bien templada para mirar con indiferencia los peligros anejos á una larga navegación.

Guerra noble, grande escuela de valientes. Aquella pesca no era como ahora una fácil carnicería emprendida prudentemente á lo lejos por medio de una máquina: heríase al monstruo con la mano, arriesgábase la vida á cada paso. Verdad es que era escasa la matanza de ballenas, pero el hombre ejercitábase en la marinería, en actos de paciencia, de sagacidad, de intrepidez. Los balleneros traían de sus excursiones menor cantidad de aceite y mayor dosis de gloria.

Cada nación demostraba en aquella lucha su genio peculiar. Reconocíase á los pescadores en el modo de portarse. Hay mil formas de valentía, y sus variedades graduadas eran como una escala heroica. En el Norte los escandinavos, las razas rojas (desde Noruega á Flandes), con su furor sanguíneo; en el Mediodía, la intrepidez vasca y la locura lúcida que tan bien supo guiarse alrededor del mundo; en el centro, la firmeza bretona, muda y paciente, pero de una excentricidad sublime en el momento del peligro; finalmente, la discreción normanda, armada de la asociación y de la mayor previsión, valor calculado, desafiándolo todo, se entiende cuando está segura del éxito. Tal era la belleza del hombre en esa manifestación soberana.


Mucho tenemos que agradecer á la ballena: sin ella, los pescadores no se habrían movido de las costas, pues apenas hay pez que no sea ribereño. Ella los emancipó, llevándolos á todas partes. Arrastrados, fascinados por el monstruo, se engolfaron en el Océano y, de etapa en etapa, detrás de él siempre, encontráronse haber pasado del uno al otro mundo.

Entonces, los hielos no eran tan compactos, y aseguran haber llegado al polo (esto es, distaban de él siete leguas). La Groenlandia no les sedujo: ellos no iban en busca de tierras, sino del mar y de los parajes frecuentados por la ballena. Todo el Océano la sirve de refugio, paseándose por él, especialmente en alta mar. Cada especie da la preferencia á cierta latitud, á una zona de aguas más ó menos fría. He aquí lo que trazó las grandes divisiones del Atlántico. La muchedumbre de ballenas inferiores que tienen una nadadera sobre el lomo (ballenópteros) se encuentran en los puntos más cálidos y fríos (la Línea y los mares polares).

En la gran región intermedia, el feroz cachalote se inclina al Sur, devastando las aguas tibias. La ballena franca, al contrario, las teme, mejor dicho, las temía (¡es tan rara al presente!). Sustentada ante todo de moluscos y de otras existencias elementales, búscalas en las aguas templadas, un poco al Norte. Jamás se la veía surcar las cálidas corrientes del Mediodía, lo cual dió margen á que se observara la corriente, y trajo el descubrimiento esencial de la verdadera ruta de América á Europa. De Europa á América, uno es llevado por los vientos alisios.

Si la ballena franca abomina las aguas calientes y no puede pasar el Ecuador, tampoco le será dado dar la vuelta á la América. ¿Cómo es, pues, que una ballena herida en este lado del Atlántico es vista á veces en el otro, entre la América y el Asia? Porque existe un paso al Norte. Segundo descubrimiento. Vivo resplandor esparcido tocante á la forma del globo y la geografía de los mares.

Por grados la ballena hanos conducido á todas partes. Muy rara al presente, nos obliga á revolver los dos polos, el último rincón del Pacífico en el estrecho de Behring, y el infinito de las aguas antárticas. Existe una región inmensa que ninguna embarcación, ni de guerra ni mercante, ha atravesado todavía, algunos grados más allá de las puntas de América y de Africa. Nadie la huella sino los balleneros.


A haberse querido, los grandes descubrimientos del siglo XV se verificaran mucho antes. Bastaba ponerse en contacto con los vagabundos del mar, los vascos, los islandeses ó noruegos, y nuestros normandos. Mas, por motivos distintos, se desconfiaba de ellos. Los portugueses sólo admitían en su servicio á hombres de su nación y de sus escuelas que ellos mismos formaran; temían á nuestros normandos, á quienes expulsaban y desposeían de la costa de Africa. Por otro lado, los Reyes de Castilla tuvieron siempre por gentes sospechosas á sus súbditos los vascos, quienes merced á sus privilegios constituían una especie de república, y además pasaban por hombres peligrosos, indomables. Esto fué causa de que se malograra más de una empresa de las ideadas por aquellos Príncipes. Bastará citar una sola, la de la armada Invencible. Había al servicio de Felipe II dos ancianos almirantes vascongados, pero el soberano español quiso dar el mando de la Invencible á un castellano. Sucedió lo que habían predicho los dos marinos vascos: la escuadra se fué á pique.


Una enfermedad terrible acababa de estallar en el siglo xv: el hambre, la sed del oro, la necesidad absoluta de poseer este metal. Pueblos y reyes, todos deliraban por obtenerlo. Ya no era posible equilibrar los gastos con los ingresos. Moneda falsa ó de baja ley, crueles pleitos y guerras atroces, todo se ensayaba, mas el oro no venía. Los alquimistas prometían hacerlo, pronto, muy pronto, pero era preciso esperar. El fisco, cual furioso león hambriento, devoraba judíos, devoraba moros, y de tan rico manjar no quedaban ni los huesos.

Otro tanto acontecía con el pueblo. Flaco y roído hasta los tuétanos, pedía un milagro que hiciera llover oro.

Todo el mundo ha leído la magnífica historia de Sindbad (Mil y una noches), y se recordará cómo empieza, historia eterna que todos los días se renueva. El pobre obrero Hindbad, las espaldas cargadas de leña, oye desde la calle la música y algazara que hay en el palacio del rico viajero Sindbad, y haciendo comparaciones asáltale el demonio de la envidia; pero Sindbad le cuenta cuánto ha sufrido para obtener aquel oro que tanto le deslumbra. Hindbad queda asustado de la narración. El efecto que produce el cuento es exagerar los peligros y al propio tiempo los beneficios de la gran lotería de los viajes, desanimando de paso el trabajo sedentario.

La leyenda que en el siglo XV tenía trastornadas las cabezas de grandes y pequeños, de pobres y ricos, era una reminiscencia de la fábula de las Hespérides, un Eldorado, tierra del oro, colocada en las Indias y que se sospechaba ser el paraíso terrenal, subsistente en este mundo de pesares. Sólo faltaba encontrarlo. Nadie se cuidaba de buscarlo al Norte, y he aquí por qué se hizo tan poco caso del descubrimiento de Terranova y de la Groenlandia. Al Mediodía, por el contrario, habíase encontrado (en Africa) cierta cantidad de oro en polvo. No se necesitaba más para cobrar ánimo.

Los soñadores y los eruditos de un siglo pedantesco amontonaban y comentaban los textos; y el descubrimiento, harto fácil en sí, se dificultaba á fuerza de lecturas, de reflexiones, de quiméricas utopías. ¿Era ó no era el paraíso esa tierra del oro? ¿Estaba situada en los antípodas? ¿Existían acaso dichos antípodas?... Al oir eso los doctores, los hombres de sotana, reprendían á los sabios, recordándoles que sobre el particular la doctrina de la Iglesia era formal, habiendo sido condenada expresamente la herejía de los antípodas.

¡Grave dificultad! Nadie se atrevía á pasar adelante.

¿Por qué la América, conocida ya, era tan difícil de descubrir? Porque se quería y se temía á la vez encontrarla.


El sabio librero italiano, Colón, sabía bien lo que se hacía. Había estado en Islandia recogiendo las tradiciones; y, por otra parte, los vascos le comunicaban cuanto sabían de Terranova. Un gallego había hecho aquel viaje y habitado la tierra, y Colón asocióse con pilotos establecidos en Andalucía, los Pinzones, que se cree eran de la familia de los Pinçon de Dieppe.

Este último punto no deja de ser verosímil. Nuestros normandos y los vascos, súbditos de Castilla, estaban en íntimas relaciones. Estos son los nombrados castellanos que á las órdenes del normando Bethencourt emprendieron la célebre expedición de las Canarias (Navarrete). Nuestros reyes concedieron privilegios á los castellanos establecidos en Honfleur y Dieppe, mientras que los dieppenses poseían factorías en Sevilla. No puede afirmarse que un dieppés haya descubierto la América cuatro años antes que Colón; empero poca duda cabe que los Pinzones de Andalucía eran armadores normandos.[2]

Ni vascos ni normandos habrían logrado hacerse autorizar por el reino de Castilla. Fué menester un italiano hábil y elocuente, un genovés obstinado que prosiguió la empresa quince años consecutivos, que supo aprovechar la hora propicia y descartar todos los escrúpulos. La ocasión oportuna fué cuando la guerra de conquista contra los moros costaba tan cara á Castilla, cuando de todas partes oíase el clamoreo de: ¡oro! ¡oro! Fué cuando la España victoriosa deliraba por su gran cruzada y establecía el tribunal de la Inquisición. El italiano se agarró á esta palanca, convirtiéndose en más devoto que los devotos. Obró por la Iglesia misma: representóse á Isabel como un caso de conciencia el dejar tantas naciones paganas envueltas en las sombras de la muerte; fuéla demostrado con toda claridad que descubrir el país del oro equivalía al exterminio del turco y á la reconquista de Jerusalén.

Sabido es que de las tres carabelas que formaron la expedición, dos fueron suministradas por los Pinzones que las comandaban. Ellos tomaron la delantera. Verdad que uno se engañó; mas los otros dos, Francisco Pinzón y su joven hermano Vicente, piloto del barco Niña, indicaron á Colón que debía seguirles al Suroeste (12 de octubre de 1492). El italiano, que se encaminaba en derechura al Oeste, hubiese encontrado en toda su fuerza la cálida corriente que de las Antillas se dirige á Europa, y mucho le habría costado salvar aquel líquido muro, pereciendo ó navegando con tal lentitud que su tripulación se revoltara. Los Pinzones, por el contrario, poseyendo tal vez algunas tradiciones sobre aquel viaje, navegaron como si conociesen dicha corriente, no afrontándola á su salida, sino que, declinando al Sur, pasaron sin trabajo y abordaron en el mismo punto donde los vientos alisios empujaban las aguas del Africa hacia la América, en los límites de Haití.

Esto está corroborado por el diario mismo de Colón, que confiesa con franqueza que los Pinzones le guiaban.

¿Quién fué el primero que divisó la América? Un marinero de la tripulación de los Pinzones, si hemos de dar crédito á la investigación hecha por orden del Rey en 1513.

Según esto, era de presumir que una buena parte de las ganancias y de la gloria correspondería á los Pinzones. Armóse un pleito, y el Rey se decidió en favor de Colón. ¿Por qué? Porque (con toda verosimilitud) los Pinzones eran normandos, y España prefirió reconocer el derecho de un genovés sin estabilidad y sin patria al de los franceses, de la gran nación rival, de los súbditos de Luis XII y de Francisco I, que algún día hubieran podido transferir ese derecho á sus soberanos. Uno de los Pinzones murió de pesar.

Fuera de esto, ¿quién había sabido levantar el grande obstáculo de la repugnancia religiosa, empleando toda su elocuencia, su destreza y perseverancia para decidir los ánimos en favor de la expedición? Colón y sólo Colón. El era el único creador de la empresa y fué asimismo su heroico ejecutor. Así, pues, merece la gloria que le ha dado la posteridad.


Opino, como M. Julio de Blosseville (corazón noble, buen juez de los grandes hechos), opino que lo único difícil que hubo en esos descubrimientos fué el dar la vuelta al mundo, la empresa de Magallanes y de su piloto Sebastián de Elcano.

El acto más brillante, el más fácil, había sido la travesía del Atlántico, al impulso de los vientos alisios, el encuentro de la América, descubierta de tiempo atrás al Norte.

Los portugueses llevaron á cabo una empresa menos extraordinaria que ésta, empleando un siglo en el descubrimiento de la costa occidental de Africa. Nuestros normandos, en poco tiempo habían encontrado la mitad de ella. A pesar de cuanto se ha dicho de la escuela de Lisboa y de la loable perseverancia del príncipe Enrique su fundador, el veneciano Cadamosto da testimonio en su relación de la escasa habilidad de los pilotos portugueses. Cuando tuvieron entre ellos uno verdaderamente intrépido y hombre de genio, Bartolomé Díaz, que dobló el Cabo, reemplazáronlo con Gama, gran señor de la casa real y afamado guerrero. Preocupábanse más los portugueses de las conquistas y de los tesoros que con ellas pudiesen ganar que de los descubrimientos propiamente dichos. Gama fué un modelo de valientes, empero tomó harto al pie de la letra las órdenes que llevaba de no sufrir á nadie en los mismos mares que él recorría. Habiendo pasado bárbaramente á cuchillo una nave cargada de peregrinos que venía de la Meca, levantóse un clamor general contra los de su nación y aumentó en todo el Oriente el horror que inspiraba el nombre cristiano, cerrándose con tal acto más y más las puertas del Asia.


¿Es cierto que Magallanes había visto el mar Pacífico señalado en un globo por el alemán Behaim? No, ese globo no lo conoce nadie. ¿Habría visto en casa de su amo, el Rey de Portugal, algún mapa que lo indicara? Así se ha dicho, pero nadie lo ha probado. Más probable es que los aventureros que hacía cosa de veinte años recorrían el continente americano, hubieran visto, pero visto con sus propios ojos, el mar Pacífico. Ese rumor que circulaba acordábase muy bien con la idea que daba el cálculo de tal contrapeso, necesario al hemisferio que habitamos y al equilibrio del globo.

No hay existencia más azarosa que la de Magallanes. Constitúyenla combates, viajes á lejanas tierras, huídas y litigios, naufragios, asesinato frustrado, y finalmente, pérdida de la vida en manos de los salvajes. Bátese en Africa; bátese en las Indias; se casa entre los malayos, tan bravos y feroces, y él mismo parece haber sido uno de tantos.

Durante su larga permanencia en Asia recoge todos los informes, prepara su grande expedición, su tentativa de encaminarse por la América á las islas de las especias, las Molucas. Comprándolas en la misma fuente, naturalmente que serían más baratas que sacándolas como hasta entonces del occidente de la India. De manera que en su origen la empresa fué completamente mercantil... (Véase á Navarrete, F. Denis, Charton). Una baja sobre la pimienta fué la inspiración primitiva del viaje más heroico que se ha hecho en nuestro planeta.

Por aquellos tiempos, el espíritu cortesano, la intriga, teníanlo dominado todo en Portugal. Agraviado Magallanes, pasó á España, y el magnánimo Carlos V le dió cinco naves, si bien no osó fiarse enteramente de un tránsfuga portugués, y por lo tanto impúsole un socio castellano. Magallanes partió entre dos peligros: la malevolencia castellana y la venganza de sus compatricios, que querían asesinarle. La tripulación no tardó en amotinarse, desplegando nuestro héroe con tal motivo un terrible heroísmo, indomable, bárbaro. Hizo poner grillos á su compañero, proclamándose jefe único, al paso que los recalcitrantes eran apuñaleados, degollados, desollados vivos.—Y en medio de todo eso sonó la voz de «¡naufragio!» y se perdieron algunos barcos.—Nadie quería seguirle, cuando los navegantes contemplaron atemorizados el aspecto aterrador de la punta de América, la desolada Tierra del Fuego, y el fúnebre cabo Forward. Esa comarca, arrancada del Continente por violentas convulsiones, por la furiosa ebullición de mil volcanes, aseméjase á una tormenta de granito. Hinchada, resquebrajada por un enfriamiento repentino, su aspecto es horroroso. Vense no más que agudos picos, campanarios excéntricos, espantosas y negras mamilas, dientes atroces de tres puntas, y toda esa masa de lava, de basalto, de fundiciones de fuego, está coronada de lúgubre nieve.

Las tripulaciones estaban aburridísimas, pero Magallanes dijo: ¡Adelante! y buscó, dió vueltas, desenmarañóse en medio de cien islas, penetró en un mar sin límites, aquel día pacífico, cuya denominación ha conservado.

El intrépido navegante encontró su tumba en las Filipinas. Había perdido cuatro buques, y el único que quedaba la Victoria, sólo tenía trece hombres, pero contábase entre ellos el gran piloto, el intrépido é invulnerable vasco Sebastián de Elcano, que regresó solo de su expedición (1521), habiendo sido el primer mortal que diera la vuelta al mundo.

Ninguna empresa había más grande que aquélla. Desde ese día, el globo estaba seguro de su esfericidad. La maravilla física del agua tendida uniformemente sobre una bola á la que se adhiere sin desviarse, ese milagro, acababa de ser demostrado. Por fin era conocido el mar Pacífico, el grande y misterioso laboratorio donde, lejos de nuestras miradas, la Naturaleza trabaja profundamente la vida, elaborándonos nuevos mundos, nuevos continentes.

Revelación de gran alcance, no sólo material, sino también moralmente, que centuplicaba la audacia del hombre y le lanzaba á otro viaje sobre el libre Océano de las ciencias, al esfuerzo (temerario, fecundo) de dar la vuelta á lo infinito.

III

La ley de las tempestades.

De ayer sólo data la construcción de buques á propósito para la navegación austral, siendo la oleada tan fuerte y dilatada en aquellos mares, que forma verdaderas montañas. ¿Qué pensar de esos primitivos navegantes, los Díaz y los Magallanes, que se aventuraron á surcarlos metidos en las pesadas y diminutas cáscaras de aquellos tiempos?

En particular, para los mares polares, tanto árticos como antárticos, requiérense buques exprofeso. Valor necesitaban los que, cual Cabot, Brentz y Willoughby, montados en barquichuelos informes, remontando el torrente de hielos, afrontaron el Spitzberg, abrieron la Groenlandia por su fúnebre entrada, el cabo Adiós, introduciéndose hasta aquel rincón donde aun en nuestros días han ido á estrellarse doscientos barcos balleneros.

El lado sublime en esos héroes de otros tiempos, es su misma ignorancia, su ciega intrepidez, su resolución desesperada. No conocían el mar, teniendo que desafiar espantosos fenómenos cuya causa ni siquiera sospechaban: la misma ignorancia respecto á las cosas del cielo. Su único norte era la brújula. No había que hablarles de ninguno de esos instrumentos físicos que nos guían y nos dan fórmulas las más exactas, pues iban con los ojos cerrados y envueltos entre tinieblas. Estaban como aterrorizados, confiésanlo sin rebozo, empero no había nadie capaz de desaferrarlos de sus ideas. Las borrascas marítimas, los torbellinos de la atmósfera, los trágicos diálogos de los dos Océanos, las tormentas magnéticas llamadas auroras boreales, toda esa fantasmagoría parecíales la Naturaleza furiosamente turbada é irritada, la lucha de Satanás.


Durante tres siglos, los progresos fueron lentos. Cook y Perón son un ejemplo de lo difícil, peligrosa é incierta que era la navegación aun en tiempos tan inmediatos á los nuestros.

Al valeroso Cook, hombre de imaginación muy viva, causó impresión aquel espectáculo y dice en su diario: «Es tan grande el peligro, que me atrevo á decir que nadie intentará ir más lejos que yo.»

Y sólo después que los viajes se hicieron más regulares, se traspasaron los límites marcados por él.

Un gran siglo, siglo Titán, el diecinueve, ha logrado observar fríamente esos objetos. Es el primero que osara mirar frente á frente la tempestad, anotar su furia, escribir, digámoslo así, bajo su dictado. Sus presagios, sus caracteres, sus resultados, todo hase registrado. Luego vino la explicación y vulgarización, surgiendo un sistema á que se aplicó un título atrevido y que en otro tiempo hubiérase tenido por una impiedad: La ley de las tempestades.

De suerte que lo que se creyera un capricho había de llegar á convertirse en ley. Esos hechos terribles, tomando ciertas formas regulares, perderían en gran parte su potencia de desvarío. Tranquilo y fuerte el hombre, en medio del peligro imaginaríase si acaso no pueden oponérsele medios de defensa regulares también. En una palabra, si la tempestad llegase á constituir una ciencia, ¿no podría crearse un arte de salvación? ¿Un arte para evitar los huracanes, y aun aprovecharse de ellos?


Esa ciencia no pudo iniciarse mientras se estuvo aferrado á las ideas antiguas que atribuían las borrascas «al capricho de los vientos.» Una observación atenta dejó probado que los vientos carecen de caprichos, que son el accidente, á veces el agente de la borrasca, y ésta, por lo general, un fenómeno eléctrico que á menudo se pasa de ellos.

El hermano del convencionalista Romme (principal autor del calendario) sentó las primeras bases. Habían notado los ingleses que, en las borrascas de la India navegaban largo tiempo sin adelantar un paso, encontrándose después de ellas en el mismo sitio donde les habían cogido. Romme reunió todas las observaciones, demostrando que otro tanto sucedía durante las tempestades de la China, del Africa y del mar de las Antillas, y fué el primero en notar que los ventarrones rectilíneos son más raros, que generalmente toda borrasca tiene el carácter circular, que es un torbellino.

La tempestad arremolinada de los Estados Unidos en 1815, la de 1821 (este año hubo una gran erupción del Hecla), en que los vientos soplaban de todos los puntos hacia el centro, despertaron la atención de la América y de la Europa. Brande en Alemania, al mismo tiempo que Redfield en Nueva York siguieron las huellas de Romme, estableciendo la ley siguiente: que en general era la tempestad un torbellino progresivo que avanza dando vueltas sobre sí mismo...

En 1838, el ingeniero inglés Reid, que de orden superior pasó á la Barbada después de la célebre tormenta que causó mil quinientas víctimas, determinó el doble movimiento de rotación. Empero su gran descubrimiento consiste en haber observado, formulado: Que en nuestro hemisferio boreal la tempestad va de derecha á izquierda, es decir, parte del Este, va al Norte, da la vuelta al Oeste y al Sur, para volver al Este. En el hemisferio austral la tempestad va de izquierda á derecha.

Observación de grandísima utilidad práctica que guía en adelante la maniobra.

De suerte que Reid estuvo muy exacto dando á su libro el pomposo título: De la ley de las tempestades.


Era la ley de su movimiento, no la explicación de su causa: no indicaba con esto lo que las produce y lo que son en sí.

Luego, reaparece la Francia. Peltier (Causas de las trombas, 1840) estableció por medio de innumerables hechos y con sus ingeniosos experimentos, que las trombas de tierra y de mar son fenómenos eléctricos, en que los vientos sólo desempeñan un papel secundario. Hace cien años que Beccaria había sospechado lo mismo. Empero estaba reservado á Peltier penetrar el asunto reproduciéndolo, hacer trombas en miniatura y tempestades de entretenimiento.

Las trombas eléctricas nacen desde luego cerca de los volcanes, en los respiraderos del mundo subterráneo, siendo más comunes en los mares asiáticos que en los nuestros.

El Atlántico, abierto en ambas extremidades y recorrido á lo largo por los vientos, está menos sujeto á trombas, pero en cambio se sienten en él con más frecuencia los ventarrones rectilíneos. Con todo, Piddington cita un sinnúmero de circulares habidos en ese mar.

Durante los años 1840 á 1850 hiciéronse en Calcuta y Nueva York las inmensas compilaciones de Piddington y de Maury. Este último ha adquirido un nombre muy ilustre gracias á sus mapas, sus Direcciones y su Geografía del mar, evangelio de la Marina en nuestros tiempos. Piddington, menos artista, pero tan sabio como el norteamericano, en su Guía del marino, enciclopedia de las tempestades, da los resultados de una ilimitada experiencia, los medios minuciosos de calcular la proximidad ó distancia del ciclone ó torbellino, de fijar su rapidez, de apreciar la curva que describen los vientos, la naturaleza de las distintas olas. Este sabio ha corroborado los juicios de Peltier, adoptado la causa eléctrica, y refutado las explicaciones que se buscaban en los vientos tomando el efecto por la causa.


El antiguo arte de los augurios, la ciencia de los vaticinios, que no deben despreciarse, vuelve á ponerse sobre el tapete en ese libro excelente.

La puesta del sol no debe mirarse con indiferencia: si es rojo, si las olas del mar reflejan un color de sangre, el otro Océano (la atmósfera), nos prepara una borrasca. Un anillo alrededor del astro diurno, un resplandor rojizo en medio de un círculo pálido, estrellas cambiantes y que parecen que caen, son indicios de un trabajo amenazador en la región superior.

Peor señal es cuando veis, á través de una atmósfera nada limpia, correr cual flechas, nubecillas de un color purpurino obscuro; si masas compactas empiezan á figurar extraños edificios, arco-iris destrozados, puentes ruinosos y otros mil caprichos. Entonces estad seguros de que el drama ya ha dado principio arriba. La calma es completa, mas, en el horizonte, aparecen pálidos relámpagos; á pesar del silencio que reina, óyese por momentos un ruido sordo que parece se detiene. El mar se estrella contra la playa gimiendo y suspirando, y á veces, de su fondo, se escapa un sordo rumor... Prestad atención á esto: es la llamada del mar. (Locución inglesa).

Esto basta para poner en guardia al pájaro. Si no está distante de la costa vésele (cuervo marino, goelandio ó gaviota) regresar á la tierra con la mayor rapidez posible, guareciéndose en alguna roca. En alta mar, cualquiera embarcación les sirve de isla y de punto de descanso. Dan vueltas en derredor, y á veces solicitan la hospitalidad con la mayor franqueza, posándose momentáneamente sobre los mástiles. No tardaréis en divisar el sombrío petral, ave de vuelo siniestro, el cual tan hábilmente sabe poner en peligro la embarcación, colocándose entre ésta y el huracán.

Alegraos si truena; la descarga eléctrica hácese arriba. Tanto de ganado á la tempestad. Observación remota y confirmada científicamente por Peltier y por la experiencia de Piddington y de tantos otros.

Si la electricidad acumulada arriba, baja silenciosa, si no llueve, la descarga haráse abajo, creando corrientes circulares. Por lo tanto habrá tromba y huracán.


A veces la tromba os coge en la rada. En 1698, hallándose el capitán Langford en el puerto, y bien anclado, vió llegar la tromba y al momento se hizo á la vela, poniéndose bajo el amparo del mar. Las otras naves se quedaron creyendo obrar más prudentemente y fueron destrozadas.

En Madrás y en la Barbada hácense señales para avisar á los buques fondeados. En el Canadá, el telégrafo eléctrico, mucho más rápido que la electricidad celeste, hace circular de puerto en puerto el aviso de la tempestad que se prepara á recorrerlos todos.

El gran consejero para el marino que se encuentra en alta mar, es el barómetro. Su perfecta sensibilidad revela los grados exactos del peso con que le oprime la tempestad. Mudo al principio, diríase que duerme; mas, ha recibido un tenue golpe, golpe de batuta que señala el preludio: hele aquí inquieto. Contesta, vibra, oscila; se repliega, baja. La atmósfera elástica, bajo los cargados vapores, pesa; y luego, repentinamente, rebota y sube. El barómetro tiene su borrasca peculiar. Pálidos resplandores se desprenden, en ocasiones, del mercurio, llenando el tubo (Perón hizo esta observación en la isla de Mauricio). En las ráfagas parece como que respira. «El barómetro de agua, en sus fluctuaciones (dicen Daniel y Barlow), tenía el aliento, el resoplido de un animal salvaje.»

Y el ciclone avanza, en ocasiones, desembozadamente, engalanándose en su vasta densidad con todas sus luces eléctricas. Hay momentos en que se anuncia por medio de chorros, de bolas de fuego. En el gran huracán acaecido en las Antillas en el año 1772, en que el mar subió setenta pies, en medio de la obscuridad de la noche, los cerros de la costa viéronse alumbrados por globos inflamados.

Su aproximación es más ó menos rápida. En el Océano Indico, sembrado de islas y de todo género de obstáculos, con frecuencia la tromba sólo recorre dos millas por hora, al paso que en la cálida corriente procedente de las Antillas, su velocidad es de cuarenta y tres millas. Su fuerza de traslación sería incalculable á no tener una oscilación debida á los vientos de adentro y de afuera.

Lenta ó rápida, su fuerza es siempre la misma. Bastó un instante y una sola ola, en 1789, para destrozar todas las embarcaciones abrigadas en el puerto de Coringa y lanzarlas á los llanos; la segunda ola inundó la población, y á la tercera, todos los edificios quedaron convertidos en un montón de ruinas, pereciendo veinte mil personas. En 1822, al contrario, en las bocas del Bengala, vióse á la tromba durante veinticuatro horas, aspirar el aire y subir el agua otro tanto, tragándose cincuenta mil seres humanos.

Ahora, el aspecto cambia. Nos encontramos en Africa. Allí, llámase tornado á la tempestad. Estando la atmósfera calmosa y despejada, se siente cierta opresión en el pecho. Una mancha negra aparece en el cielo, semejante al ala de un buitre: dicha ala se desparrama, se ensancha desmesuradamente: luego, desaparece todo, todo da vueltas. Es asunto de quince minutos. La tierra queda devastada, el mar trastornado; de la embarcación, ni trazas. La Naturaleza no vuelve á recordar lo que por ella ha pasado.

Hacia Sumatra y el reino de Bengala, veréis al anochecer ó á media noche (nunca por la mañana), formarse un arco en el firmamento. De repente se ensancha, y de aquella negra arcada se desprenden pálidas y tristes exhalaciones. ¡Infeliz del que tenga que sobrellevar la primera ventada que de allí parte! Tal vez perezca.

Empero la forma ordinaria que reviste la tempestad es la de un embudo. Un marino que se dejó engañar, dice: «Vime como en la sima de un enorme cráter de volcán; á nuestro alrededor nada más que tinieblas, arriba un rayo de luz.» Es lo que se llama en términos técnicos: el ojo de la tempestad.

Una vez metido en la empresa, no es posible volverse atrás; no podéis desasiros. Salvajes mugidos, aullidos plañideros, estertor y gritos de ahogado, crujidos y lamentos de la pobre nave, que vuelve á revivir como cuando estaba en su bosque y se queja antes de exhalar el último suspiro, todo ese horroroso concierto no impide oir el cordaje que se complace en imitar los agudos silbidos de las serpientes. De improviso, silencio completo... Es que pasa furiosamente la masa de la tromba, cual rayo asolador, ensordeciéndoos, privándoos casi de la vista... Y al reponeros, observáis que ha roto en mil pedazos los mástiles, sin que lo hayáis visto ni oído.

Sucede, á veces, que los tripulantes conservan una reliquia largo tiempo, pues se les debilita la vista y vuélvenseles negras las uñas (Seymour). Entonces se recuerda con horror que en el acto de pasar la tromba, á la par que chupaba el agua, chupábase la embarcación, quería bebérsela, la mantenía suspendida en el aire y fuera del agua, abandonándola luego para que se sumiera en los profundos abismos.

Al verla hartarse é hincharse de esta manera, absorbiendo olas y barcos, hanla comparado los chinos á una mujer horrorosa, la madre Tifón que, cerniéndose en el aire y eligiendo sus víctimas, concibe, se llena y queda preñada, preñada de hijos de la muerte, los torbellinos de hierro (Keu Woo).

En China hánsela levantado templos y altares, se la hacen ofrendas, y dirígensela oraciones con ánimo de humanizarla.


Sin embargo, el intrépido Piddington no la adora: muy al contrario, habla de ella sin contemplaciones, apellidándola corsario demasiado robusto, pícaro pirata que abusa de sus fuerzas y que nadie debe encapricharse en combatir, sino que ha de huirse de su presencia, sin sentirse deshonrado por esto.

Enemigo tan pérfido os tiende á veces un lazo. Valiéndose de un viento favorable, os invita á proseguir vuestra ruta, y entonces se apresura á ceñiros con sus robustos brazos. No hagáis caso de ese viento favorable y volvedle la espalda, si es posible. Navegad cuan distantes podáis de tan peligroso compañero. No boguéis en conserva, pues espiará el momento para encadenaros, comprometeros en su vertiginosa danza, engulliros.

Por mi parte, mucho me complacería en no echar en olvido los paternales consejos que da ese hombre excelente. Serían inútiles, si los adversarios, la tromba y el barco, se encontrasen encerrados en un reducido espacio sin salida; pero raras veces sucede así. Casi siempre ese remolino de aire y de agua es inmenso, abraza un círculo de diez, veinte, treinta leguas, lo cual da á la embarcación probabilidades de observar y mantenerse á una respetable distancia. Lo que importa, ante todo, es saber dónde es central la tromba, dónde está su foco de atracción, y luego, conocer su continente y el grado de rapidez con que os persigue.

Mucho ha ganado el marino con poder navegar auxiliado de esas dos antorchas. Por un lado Maury le enseña las leyes generales del aire y del mar, el arte de escoger y seguir las corrientes; dirígele por rutas calculadas, que son á modo de las calles del Océano. Por otro, Piddington, en un pequeño volumen resume y pone al alcance de su mano la experiencia de las tempestades, lo que es preciso hacer para resguardarse de ellas y en ocasiones para que le sirvan de auxiliares.

Esto explica y justifica el precioso dicho de un holandés, el capitán Jansen: «La primera impresión que causa el mar es el sentimiento del abismo, del infinito, de nuestra insignificancia. A bordo del buque más poderoso, uno no deja de reconocer ni por un momento el peligro que le rodea; mas, cuando los ojos del espíritu han sondeado el espacio y la profundidad de los mares, desaparece el peligro para el hombre. Elévase y comprende. Guiado por la astronomía, al tanto de las vías líquidas, dirigido por las cartas de navegar de Maury, traza su ruta por el mar con toda seguridad

Sencillo y sublime lenguaje. No quiere decirse con esto que se hayan acabado las tempestades; empero lo que sí ha terminado es la ignorancia, la turbación y el vértigo que producen la obscuridad del peligro, y lo peor de todo peligro, el lado fantástico.—A lo menos, si se perece sábese el por qué. Hay ahora grande, muy grande seguridad de conservar el espíritu lúcido, el alma esclarecida, resignada á los efectos que puedan sobrevenir de las grandes leyes divinas del mundo que, al precio de algunos naufragios, constituyen el equilibrio y la salvación.

IV

Los mares polares.

Lo que más tienta al hombre, es lo inútil y lo imposible. De todas las empresas marítimas, aquella en que más ha perseverado, es el descubrimiento de un paso al norte de la América para irse en derechura de Europa á Asia. Las más vulgares leyes del buen sentido hubieran debido indicar anticipadamente que á existir dicho paso, en tan fría latitud, en una zona cubierta de hielos, de nada serviría, puesto que ningún ser humano querría aventurarse en él.

Observad que aquella región no tiene el aplanamiento de las costas siberianas, que se recorren en trineo, sino que es una montaña de mil leguas de extensión horriblemente accidentada, con profundas cortaduras, mares que se deshielan momentáneamente para helarse de nuevo, corredores de hielo que mudan de postura todos los años, se abren y se cierran á nuestro paso. Dicho paso acábalo de descubrir un hombre que, habiendo ido muy adelante, no podía retroceder, y avanzando siempre lo ha franqueado (1853). De suerte que ya sabemos á qué atenernos. He ahí, pues, que han dejado de trabajar las imaginaciones acaloradas, y nadie tiene ganas de seguir sus huellas.

Al decir lo inútil, referíame al objeto propuesto, esto es, crear una ruta comercial.—Empero prosiguiendo esa idea loca se han descubierto muchas cosas bastante cuerdas, de gran utilidad para la ciencia, la geografía, la meteorología y para el estudio del magnetismo terrestre.


¿Qué se intentaba desde un principio? Abrirse un camino corto al país del oro, á las Indias orientales. Inglaterra y otros Estados, celosos de la España y de Portugal, pensaban sorprenderlos de esta manera en el mismo corazón de su lejano imperio, en el santuario de la riqueza. Habiendo en tiempo de Isabel, encontrado ó creído encontrar algunos buscadores de oro unas cuantas partículas de este metal en la Groenlandia, explotaron la antigua leyenda del Norte, el tesoro escondido bajo el polo, las grandes cantidades de oro amontonadas y guardadas por los gnomos, etc., y se exaltaron las imaginaciones. Alentada por tan lisonjera esperanza, hízose á la vela para aquellas regiones una flota de dieciséis buques de alto bordo, llevando en calidad de voluntarios á los hijos de las más nobles familias de Inglaterra. Todos se disputaban el privilegio de partir para ese Eldorado polar, y los expedicionarios sólo encontraron la muerte, el hambre, murallas de hielo.

Pero á nadie descorazonó tal desastre. Por espacio de más de tres siglos con una perseverancia que sorprende, los exploradores no cejaron. La lista de los mártires de la codicia es grande. El primero de ellos, Cabot, debió su salvación á habérsele sublevado su tripulación, impidiéndole pasar adelante; Brentz muere de frío, y Willoughby, de hambre. Cortereal pereció con todo lo que llevaba. Los compañeros de Hudson le abandonan en medio del mar en un barquichuelo sin víveres ni velamen, y no se sabe lo que fué de el. Behring, al descubrir el estrecho que separa la América del Asia, perece de cansancio, de frío, de miseria, en una isla desierta. En nuestros días el intrépido Franklin queda perdido en medio de los hielos; el encuentro de su cadáver nos ha descubierto que reducidos al último extremo, él y los suyos, tuvieron que apelar al más atroz de los recursos: ¡ á comerse los unos á los otros!


Cuanto puede desanimar á los hombres hállase acumulado desde que el navegante comienza á penetrar en las regiones del Norte. Mucho antes de ver el círculo polar, una fría niebla pesa sobre el mar, os resfría, os cubre de escarcha. Los cordajes se atiesan: inmovilízanse las velas; la cubierta pónese resbaladiza con el agua-nieve; la maniobra se hace difícil. Apenas se distinguen en tan solemne momento los temibles escollos movibles. En la punta del mástil, metido en su camaranchón cubierto de escarcha, el vigilante (verdadera estalactica viviente) señala de cuando en cuando la proximidad de un nuevo enemigo, de un blanco fantasma gigantesco, que muchas veces sobresale del agua dos ó trescientos pies.

Empero esa lúgubre procesión que indica el mundo de los hielos, ese combate para evitarlos, dan más bien ánimo para avanzar que para retroceder. Hay en lo desconocido del polo cierto atractivo de horror sublime, de sufrimiento heroico. Cuantos han estado en el Norte, aun los que no intentaron atravesar el paso, después de contemplar el Spitzberg la impresión no se les borra tan fácilmente de la memoria. Aquella masa de picos, de cordilleras, de precipicios, muro de cristal de cuatro mil quinientos pies en longitud, es como una aparición en medio del mar sombrío. Sus ventisqueros, formados de nieves mates, reflejan vivos resplandores verdes, azules, purpurinos; viéndose ceñidos de una deslumbradora diadema de chispeantes piedrecitas.

Por espacio de muchos meses la aurora boreal aparece todas las noches alumbrando aquel cuadro con los más siniestros resplandores. Vastos y horrorosos incendios que cubren todo el horizonte, erupción de rayos magníficos; Etna fantástico, que inunda de lava ilusoria la escena de invierno sin fin.

Todo es prisma en una atmósfera de partículas heladas en que el aire se ha convertido en espejos y cristalitos. De ahí sorprendentes escenas de espejismo. Varios objetos vistos á la inversa, momentáneamente aparecen cabeza abajo. Las capas de aire que producen esos efectos están en continua revolución: lo que adquiere más ligereza sube á su vez y cambia el panorama; la más pequeña variación de temperatura hace descender, subir, inclinar el espejo; la imagen confúndese con el objeto, luego se separa de él, se disipa; otra imagen formada ocupa su puesto, y aparece otra detrás pálida, debilitada, que vuelve á ser derribada.

Tal es el mundo ilusorio. Si sois aficionados á soñar, si soñando despiertos os complacéis en seguir la movible improvisación y el jugueteo de las nubes, id al Norte; allí veréis el espectáculo real y no menos fugitivo en la flota de los hielos movibles. En el camino que debe seguirse para llegar hasta ellos, presentan ese espectáculo, imitando todos los géneros de arquitectura conocidos. Estáis viendo el griego clásico: pórticos y columnatas. Luego, aparecen obeliscos egipcios, agujas que se lanzan al firmamento, sostenidas por otras agujas caídas. Más allá se distinguen montañas, Ossa sobre Pelion, la ciudad de los Gigantes que, regularizada, os ofrece murallas ciclópeas, tablas y dolmens druídicos. Debajo ábrense sombrías grutas. Mas, todo caduco; todo, al soplo del viento, ondula y se derriba. No agrada aquel espectáculo, porque nada hay firme. A cada momento, en ese mundo al revés, vese burlada la ley de la gravedad: el débil, el ligero, sostienen al fuerte; parece aquello un arte diabólico, un gigantesco juego de niños que amenaza y puede aniquilar.

Acontece á veces un incidente terrible: á través de la gran armada que, majestuosa, lentamente, baja del Norte, llega con brusquedad del Sur un gigante de base profunda, que, hundiéndose seis ó siete pies bajo el mar, vese empujado con gran furia por las corrientes submarinas. Este lo separa ó lo derriba todo; aborda, llega hasta la llanura de hielos, pero por eso no se siente embarazado. «El banco hízose pedazos en un minuto en una extensión de algunas millas. Crujió, atronó, como si hubiesen sido disparados cien cañonazos; parecía aquello un terremoto. La montaña vino á nuestro encuentro, y el mar vióse cubierto, entre ella y nosotros, de sus despojos. Ibamos á perecer, mas aquella masa desapareció arrastrada rápidamente en dirección Noroeste.» (Duncan, 1826).

En 1818, después de la guerra europea, reemprendióse esa guerra contra la Naturaleza, la investigación del gran paso, iniciándose con un grave y extraño acontecimiento. El intrépido capitán John Ross, mandado con dos buques á la bahía de Baffin, fué víctima de las fantasmagorías de ese mundo misterioso. Habiendo visto una tierra que sólo existía en su imaginación, sostuvo que no se podía pasar más adelante. A su regreso fué objeto de las mayores censuras, diciéndosele que no había osado aventurarse; y hasta se le impidió tomar el desquite y que rehabilitara su honor perdido. Un comerciante de licores de Londres propúsose adelantar al Imperio británico, y, al efecto, dió cien mil francos á Ross, con los cuales armó otra expedición y volvió al polo, resuelto á pasar ó á morir. ¡Ninguna de estas dos cosas pudo lograr! Empero se estuvo no sé cuántos inviernos, ignorado, olvidado en medio de tan terribles soledades. Algunos balleneros que encontraron aquella especie de salvaje lo trasladaron á su país, preguntándole antes si, por casualidad, había visto al difunto capitán John Ross.

Su teniente Parry, que tenía la seguridad de poder pasar, hizo al efecto cuatro esfuerzos desesperados, unas veces por la bahía de Baffin y el Oeste, y otras por el Spitzberg y el Norte. Parry llegó á descubrir algo, avanzando atrevidamente en un trineo-barca, que unas veces flotaba y otras recorría los hielos. Pero éstos invariables en su camino del Sur, le llevaban siempre hacia atrás, de suerte que tampoco logró franquear el paso.

El año 1832 un joven valeroso, de nación francés y llamado Julio de Blosseville, quiso que la gloria de ese paso perteneciera á la Francia, y, al efecto, puso á disposición de la empresa su vida y sus caudales, pereciendo en la demanda. Su primera dificultad fué obtener un buque á gusto suyo: diósele el Lilloise, que empezó á hacer agua el mismo día de su partida. (Véase el informe de su hermano). Blosseville reparó la embarcación de su propio peculio, empleando en ello ocho mil pesos, y en tan peligroso vehículo acometió la empresa de abordar la Costa de Hierro, la Groenlandia oriental. Todo indica que ni siquiera llegó á verla, pues jamás se ha tenido noticia de aquella expedición.

Las de los ingleses eran otra cosa: hacíanse los preparativos con gran prudencia, aunque el resultado fuese idéntico. En 1845 el malogrado Franklin se perdió entre los hielos. Por espacio de doce años se le buscó, demostrando en ello Inglaterra una obstinación muy honrosa. Todos ayudaron en esta empresa, que costó la vida á americanos, á franceses y á súbditos de otras naciones. Los picos, los cabos de la región desolada, al lado del nombre de Franklin ostentan el de nuestro Bellot y tantos otros que abandonaron el dulce regalo de la vida normal para salvar la de un inglés. Por su lado John Ross habíase ofrecido á dirigir á los nuestros en busca de Blosseville, organizando por sí mismo la expedición. La sombría Groenlandia se engalana con tales recuerdos, que el desierto deja de serlo cuando se leen esculpidos en él esos nombres, mudo testimonio de la fraternidad universal.

Lady Franklin ha demostrado una fe admirable. Nunca llegó á imaginarse viuda; incesantemente solicitó el equipo de nuevas expediciones. Esta señora juraba y perjuraba que su esposo no había muerto, y defendió tan bien su causa, que al cabo de siete años de haberse perdido recibía el título de contralmirante. Tenía razón lady Franklin; su marido vivía. En 1850 viéronle los esquimales (dicen ellos) en compañía de unos sesenta hombres: luego, sólo fueron treinta, privados de andar y de cazar y alimentándose con la carne de los que morían. Si se hubiese creído á lady Franklin, el gran explorador inglés no pereciera en medio de los hielos. Decía la señora (y el sentido común lo indicaba también) que debía buscársele al Sur: que un hombre, en la situación desesperada de su marido, no sería tan loco de agravarla encaminándose hacia el Norte. El Almirantazgo, al cual probablemente inquietaba menos la suerte de Franklin que el famoso paso, indicaba siempre á sus expedicionarios el camino del Norte. Desesperada la pobre señora acabó por emprender ella misma lo que se le rehusaba con tal tenacidad, y equipando con gran desembolso un buque, emprendió el camino del Sur. Mas, era tarde: lo único que se encontró del célebre Franklin, fueron sus huesos.


Mientras tanto, llevábanse á cabo algunos viajes más largos al par que más afortunados hacia el polo antártico. Aquí, nada de esa mezcla de tierra, mar, hielos y deshielos tempestuosos que constituyen la faz horrible de la Groenlandia; sino un gran mar sin límites, con oleaje fuerte y violento. Osténtase en esa región un inmenso ventisquero mucho más extenso que el nuestro, y poca tierra. La porción de ésta que se ha visto ó creído ver deja en la duda si serán playas variables, una simple faja de hielos continuos y acumulados. Todo cambia allí al compás de los inviernos. Morel en 1820, Wedell en 1824 y Ballerry quince años después, encontraron una sesgadura, penetraron en un mar libre que otros muchos no han podido hallar después.

El francés Kerguelen y el inglés James Ross lograron resultados positivos, encontrando tierras verdaderas.

El primero descubrió en 1771 la gran isla Kerguelen, llamada Desolation por los ingleses. De doscientas leguas de extensión, tiene fondeaderos excelentes, y, á pesar del clima, una vida animal bastante rica en focas y aves, con las que puede aprovisionarse cualquiera embarcación. Este descubrimiento glorioso, que Luis XVI al subir al trono recompensó con un grado, causó la pérdida de Kerguelen, á quien se atribuyeron varios crímenes; ensañándose contra él la furiosa rivalidad de los oficiales nobles, sus émulos declararon en contra suya. Desde el fondo de un calabozo de seis pies en cuadro firmó Kerguelen la narración de su descubrimiento (1782).

En 1838 Francia, Inglaterra y América hicieron tres expediciones en interés de las ciencias. El ilustre Duperrey había abierto el camino de las observaciones magnéticas, que se deseaba continuar bajo el mismo polo. Los ingleses confiaron esta misión á una expedición al mando del ya citado James Ross. Fué aquella expedición modelo, donde todo estuvo calculado, escogido, previsto. James regresó á su país sin perder un sólo hombre ni haber tenido un enfermo siquiera.

El americano Wilkes y el francés Dumont d'Urville no iban tan bien provistos, de suerte que tuvieron que soportar mil peligros y las enfermedades los diezmaron. Más afortunado James, dando la vuelta al círculo antártico, penetró en medio de los hielos y halló una tierra real. El mismo confiesa con notable modestia, que el éxito de su empresa fué debido únicamente al modo admirable con que habían sido preparados los dos barcos que llevaba, el Erebus y el Terror, con máquinas de gran potencia, sierras para cortar el hielo, proa á propósito, lintel de hierro, que les permitió navegar á través de la costa rechinante, encontrando al otro lado un mar libre, lleno de focas, aves y ballenas. Un volcán de doce mil pies de elevación, tan grande como el Etna, despedía llamas. Nada de vegetación, ningún punto de reposo: sólo se ofreció á su vista una escarpada masa de granito donde ni la nieve se sostiene. No hay duda que aquello es la tierra. El Etna del polo, al que se dió el nombre de Erebus, allí queda con su columna de fuego para dar testimonio de este aserto.

Así, pues, un número terrestre centraliza los hielos antárticos (1841).


En cuanto á nuestro polo ártico, los meses de abril y mayo de 1853 son para él una fecha notable.

En abril encontróse el paso que durante trescientos años se buscara, hecho que fué debido á un afortunado exceso de desesperación.

El capitán Maclure había penetrado por el estrecho de Behring, y encerrado en medio de los hielos, hambriento, imposibilitado de volverse atrás al cabo de dos años, aventurose á avanzar. Sólo llegó á andar cuarenta millas, mas encontró en el mar del Este algunos buques ingleses. Su atrevimiento le salvó, consumándose de esta suerte el gran descubrimiento.

Casi en el mismo momento (mayo de 1853), salía una expedición de Nueva-York para el extremo Norte. Un marino que todavía no contaba treinta años y ya había recorrido toda la tierra conocida, Elíseo Kent Kane, acababa de proclamar una idea atrevida, pero magnífica, que había exaltado vivamente la ambición americana. Así como Wilkes prometiera descubrir un mundo, Kane se comprometía á encontrar un mar, un mar libre bajo el polo. Mientras los rutinarios ingleses exploraban de Este á Oeste, Kane se proponía remontar en derechura al Norte y tomar posesión de aquella concha inexplorada. Su proyecto llamó la atención general. Un armador neoyorkino, Mr. Grinell, dió generosamente dos embarcaciones, auxiliando la empresa las sociedades científicas y el público todo. Las señoras trabajaban con sus propias manos en los preparativos, animadas de religioso celo. Elegidas las tripulaciones, que las formaron voluntarios, juraron tres cosas: obediencia ciega, abstinencia de licores y de todo lenguaje profano. El mal éxito que tuvo la primera expedición no logró desanimar á Mr. Grinell ni al público norteamericano; organizóse otra con los socorros prestados por ciertas sociedades de Londres que tenían en mira, ó la propagación bíblica, ó una postrera investigación respecto al malogrado Franklin.

Pocos viajes hay más interesantes que éste, y se explica á maravilla el ascendiente que el joven Kane había ejercido sobre todos. A cada paso estaba indicada su fuerza de voluntad, su vivacidad brillante y su maravillosa potencia de ¡avance! El lo sabe todo, está seguro de lo que emprende, es ardiente en sus cosas, pero positivo. Presiéntese que no flaqueará, ni le arredrarán los obstáculos, sino que irá lejos, tan lejos como puede irse. Es curiosa la lucha entre ese carácter y la desapiadada lentitud de la Naturaleza del Norte, murallas de obstáculos terribles. Apenas ha abandonado el puerto de partida cuando le acosan los fríos, viéndose precisado á invernar por espacio de seis meses entre hielos. Y en plena primavera marca el termómetro en aquellas latitudes ¡setenta grados bajo cero! A la aproximación del segundo invierno (día 28 de agosto), encuéntrase poco menos que abandonado, pues de diecisiete hombres no le quedan más que ocho. Empero, á medida que disminuyen sus hombres y sus recursos, más severo y duro en las fatigas se muestra, queriendo—dice,—hacerse respetar mejor. Sus buenos amigos, los esquimales, que le procuran provisiones de boca, y de los que se ve obligado á aceptar algunos objetos de poca monta (p. 440 de su narración), se han apropiado tres vasijas de cobre suyas, y Kane, en represalias, se apodera de dos de sus mujeres. Castigo excesivo, salvaje. No era prudente traerlas entre los ocho marineros que le quedan y en los cuales la disciplina comenzaba á relajarse: además, aquellas pobres criaturas eran casadas. «Sivu, mujer de Metek, y Aningna, consorte de Marsinga,» estuvieron llorando por espacio de cinco días. A Kane aparenta divertirle esto, y hace asomar la risa á nuestros labios cuando nos lo cuenta: «Lloraban—dice,—y entonaban todo género de lamentos, mas, no perdían el apetito.» Los maridos, los padres de los rehenes, devuelven los objetos sustraídos y toman la cosa buenamente, cual hombres inteligentes que no tienen para oponer á los revólvers norte-americanos otras armas que huesos de pescados. Así, pues, se pliegan á todo, prometen amistad, alianza; pero, al cabo de algunos días, huyen, desaparecen, ¿Qué sentimientos les animan respecto á los exploradores? No es difícil adivinarlo. En su camino irán diciendo á las tribus errantes cuánto hay que desconfiar del hombre blanco. De esta manera se cierran las puertas del mundo.

Lo que sigue es bien lúgubre. Las fatigas hácense tan crueles, que unos mueren, los otros quieren volverse á su país. Kane se mantiene firme; ha ofrecido un mar, y preciso es que lo encuentre. Conspiraciones, deserciones, actos de traición, vienen á hacer más horrible la existencia de aquellos desgraciados. Durante el tercer invierno, falto de víveres y de combustible, habría perecido si otros esquimales no lo alimentaran con su pesca; en cambio Kane cazaba para ellos. Mientras tanto, algunos de sus hombres enviados á explorar, tienen la buena suerte de descubrir el mar que así le preocupa. A su regreso cuenta haber visto una gran sábana de agua, libre de hielos, y alrededor aves, que al parecer hallaban abrigo en ese clima no tan rudo.

Era cuanto se necesitaba para hacer cobrar aliento al célebre navegante. Salvado Kane por los esquimales, que no habían sabido abusar de la fuerza que les daba el número, ni de la miseria extrema en que veían sumidos á los exploradores, déjales su embarcación en medio de los hielos.

Débil, extenuado, consigue por medio de un viaje, que duró ochenta y dos días, volver al Sur, empero allí encuentra la muerte. Este joven intrépido, que se acercó al polo más que ningún otro mortal, al morir ganó la corona con que adornaron su tumba las sociedades científicas de Francia: el primer premio de geografía.

En su relato, que encierra hechos tan terribles, hay uno conmovedor, el cual da la medida de los sufrimientos inauditos anejos á tal viaje: hablamos de la muerte de sus perros. Llevábalos de Terranova magníficos, y perros esquimales; á todos ellos teníalos por mejores compañeros que al hombre. En sus dilatadas estaciones, cuando las noches se prolongaban meses y meses, los canes vigilaban alrededor de la nave. Al pasearse Kane por entre horrorosas tinieblas, guiábalo el tibio aliento de aquellas fieles bestias, que calentaba sus manos. Primero, enfermaron los de Terranova, lo cual atribuía Kane á la falta de luz: si se les ponía ante los ojos una linterna encendida se aliviaban: mas, poco á poco fué consumiéndolos extraña melancolía y se volvieron locos. Los perros esquimales siguieron sus huellas, y hasta su perra Flora, «la más discreta,» la que reflexionaba mejor, comenzó á delirar como sus compañeros y sucumbió. En toda la áspera relación de sus aventuras no hay un solo pasaje, si no me engaño, exceptuando éste, en que su corazón se sienta conmovido.

V

Guerra á las razas marinas.

Recapitulando lo que antecede y la historia de todos los viajes, experiméntanse dos encontrados sentimientos:

1.º Admiración por la audacia y el ingenio con que el hombre ha hecho la conquista de los mares, subyugando su planeta.

2.º Sorpresa al ver su inhabilidad en cuanto se refiere al hombre mismo: al notar que, para la conquista de las cosas, no ha sabido emplear las personas; que por doquiera el navegante hase presentado cual enemigo, aniquilando los pueblos nuevos, los cuales bien llevados, hubieran llegado á ser, cada uno en su reducida esfera, un elemento especial para valorarla.

Ya tenemos al hombre en presencia del globo que acaba de descubrir; veisle cual músico novicio ante un órgano de grandes dimensiones, del que apenas hace brotar algunas notas. Salido de la Edad Media, reino de la teología y la filosofía, encuéntrase poco menos que salvaje; del sagrado instrumento sólo ha sabido romper las teclas.

Hase visto que los buscadores de oro comenzaron no queriendo más que oro, oro y siempre oro, y destruyendo al hombre. Colón, á pesar de ser el mejor de todos ellos, en su Diario nos indica lo que acabamos de manifestar con una candidez terrible que, anticipadamente, entristece el ánimo pensando en lo que harán sus sucesores. Desde el momento en que pone la planta en Haití: «¿Dónde está el oro? ¿Quién tiene oro?» son sus primeras palabras. Los naturales se sonreían, estaban como atontados de esa hambre de oro, y prometíanle buscarlo, deshaciéndose en el acto de sus sortijas para satisfacer cuanto antes apetito tan apremiante.

El almirante nos ha dejado un retrato conmovedor de aquella raza infortunada, de su belleza, su bondad, su ilimitada confianza. Y con todo, el genovés ha de satisfacer su avaricia, sus rudos hábitos. Las guerras turcas, los atroces galeones y sus forzados, las ventas de seres humanos, era la vida común de aquellos tiempos. El espectáculo de ese mundo tan joven é indefenso, aquellos pobres cuerpos de niños, de inocentes y lindas mujeres sin abrigo, todo esto sólo le inspira una idea mercantil, triste es decirlo, la idea de trocarlos en esclavos.

Sin embargo, no quiere Colón que sean arrebatados de sus hogares, «puesto que son propiedad del Rey y de la Reina.» Empero de sus labios se escapan estas palabras, harto significativas: «Son seres tímidos y nacidos para obedecer; harán cuantos trabajos se les manden. Bastan tres de los nuestros para poner en dispersión á mil de los suyos. Si Vuestras Altezas me ordenan traérselos ó avasallarlos aquí, nadie se opondrá: para ello son suficientes cincuenta hombres.» (14 octubre y 16 diciembre).

No tardará en llegar de Europa la sentencia general de ese pueblo. Ellos son los siervos del oro, los que tienen obligación de buscarlo, estando sometidos todos á trabajar por la fuerza. El mismo Colón nos hace saber que doce años más tarde habían desaparecido las siete octavas partes de la población, y Herrera añade, que al cabo de veinticinco años quedaba reducida de un millón á catorce mil almas.


La continuación, todo el mundo la sabe. El minero y el plantador exterminaron un mundo, repoblándolo incesantemente á costa de la sangre negra. ¿Y qué ha sucedido? Que sólo el negro vivió y vive en las tierras bajas y cálidas, fecundísimas. La América está destinada á ser su patrimonio exclusivo, ya que la Europa obró precisamente al revés de lo que pensara.

Su impotencia colonial descuella por todas partes. El aventurero francés llegaba sin familia á aquellos países, con sus vicios, confundiéndose con la masa salvaje, en vez de civilizarla; el inglés, exceptuando dos países templados adonde se dirigió en masa y con sus familias, tampoco se fija al otro lado de los mares, y dentro de un siglo la India no guardará memoria de que haya vivido en ella. El misionero protestante, el católico, ¿tuvieron alguna influencia? ¿Convirtieron un solo salvaje al cristianismo? «Ninguno,» decíame Burnouf, tan bien enterado de estos asuntos. Hay entre ellos y nosotros treinta siglos, treinta religiones. Si se quiere forzar su inteligencia, sucede la que Mr. de Humboldt observó en los pueblos americanos llamados todavía las Misiones: habiendo perdido la savia indígena sin tomar nada nuestro, el cuerpo vivo pero muerto el espíritu, estériles, inutilizados para siempre, son toda su vida niños grandes, embrutecidos, idiotas.

Las excursiones de nuestros sabios, que tanto honran á la generación presente, el contacto de la Europa civilizada que va á todas partes, ¿en qué han aprovechado á los salvajes? No sé verlo. Mientras las razas heroicas de la América del Norte perecen de hambre y de miseria, las razas perezosas y afables de la Oceanía se consumen, con gran vergüenza de nuestros navegantes que allí, al extremo del mundo, arrojan la careta de la decencia, no conteniéndose más. Población cariñosa y débil, en la que notó Bougainville el exceso del abandono, y entre la cual los mercaderes apóstoles de la Inglaterra ganan dinero pero no almas, se extingue míseramente devorada por nuestros mismos vicios y nuestras enfermedades.

La dilatada costa de la Siberia estuvo habitada en otro tiempo. Bajo aquel durísimo clima vivían tribus nómadas, cazando los animales de preciosa piel, que les procuraban sustento y abrigo. La pérfida y mañosa política obligóles á establecerse ó á convertirse en agricultores en un país donde no es posible el cultivo. Así es como la muerte se ceba en ellos, y en particular sobre los varones. Por otra parte el comercio, insaciable, imprevisor, no respetando á los animales en la época del celo, halos exterminado también. Hoy reina el silencio, el más completo silencio en una costa que se extiende por espacio de mil leguas. No importa que silbe el viento, que se hiele el mar, ni que la aurora boreal transfigure la interminable noche: al presente la Naturaleza no tiene otro testigo que ella misma en aquellas antes bulliciosas regiones.

El primer cuidado que se hubiera debido tener en los viajes árticos de la Groenlandia, era entablar relaciones amistosas con los esquimales, dulcificar su trabajosa existencia, adoptar á sus hijos educándolos si no todos, parte de ellos en Europa, formar colonias en aquellos apartados climas, escuelas de descubridores. Tanto en las obras de John Ross como en todas las que se refieren al mismo asunto vese que están los esquimales dotados de inteligencia y muy aprisa se asimilan las artes de Europa. Hubiéranse efectuado enlaces entre sus hijas y nuestros marinos, naciendo de esas uniones una población mixta dueña por derecho propio de aquel continente Norte. Este era el medio verdadero de encontrar sin dificultades, de regularizar el paso tan deseado. Bastaban para ello treinta años: hanse empleado trescientos, y al fin y al cabo nada se ha conseguido, pues atemorizando á esos pobres salvajes que van al Norte y mueren, ¡habéis excluido de allí definitivamente al hombre de la región y el genio de la comarca! ¿Qué importa haber visto ese desierto, si lo hacéis inhabitable é inabordable para siempre?


Fácil es pensar, que si el hombre ha tratado con tanta rudeza á su semejante, no habrá sido más clemente ni mejor para con los animales. Cebóse furiosamente en las especies más tímidas, convirtiéndolas en salvajes y agrestes.

Todas las relaciones antiguas están contestes en asegurar que, al vernos por primera vez, sólo demostraban confianza en nosotros y una curiosidad simpática. Los viajeros pasaban por entre las pacíficas familias de los lamantinos y de las focas, que se dejaban tocar. Los pingüinos y los mancos seguían á los navegantes, aprovechándose de sus comestibles, y, llegada la noche, guarecíanse bajo las ropas de los marineros.

Nuestros padres estaban creídos, y no sin cierto grado de verosimilitud, que los animales sienten como nosotros. Los flamencos atraían el sábalo con el ruido de las campanillas. (Valenc., 20,327). Cuando se tañía algún instrumento en las embarcaciones, presentábase en seguida la ballena (Noël, 223), siendo la jubarta[3] la que más se complacía con la sociedad del hombre, puesto que jugueteaba y brincaba alrededor del barco.


Lo mejor de los animales, y que se ha llegado á destruir casi del todo á fuerza de persecuciones, era el matrimonio. Aislados, fugitivos, ahora sus amoríos son pasajeros, viéndose compelidos á guardar un mísero celibato, de cada día más estéril.

El matrimonio, fijo, real, es la vida de la Naturaleza que se encuentra en casi todas las cosas. El matrimonio, amor único, fiel hasta la muerte, existe entre el corzo, entre la urraca, entre la paloma, entre el inseparable (especie de lindo papagayo), entre el intrépido camique, etc. Respecto á las demás aves, dura á lo menos hasta que los pequeñuelos están en estado de manejarse por sí mismos: entonces la familia vese precisada á separarse necesitando extender el radio donde se procura su sustento.

La liebre en medio de su vida agitada y el murciélago que vive envuelto en tinieblas, son tiernísimos para su familia; y hasta los crustáceos, los pulpos, se quieren y se auxilian: cuando se pesca la hembra, el macho se precipita sobre ella y déjase agarrar.

¡Y cuánto más conocidos son el amor, la familia, la unión ó matrimonio, en la verdadera acepción de estas palabras, entre los tiernos anfibios! Su paso tardo, su vida sedentaria, favorecen la unión fija. La morsa (elefante marino), ese animal enorme y de tan extraña facha, es intrépido en amor: el marido se sacrifica hasta la muerte por su mujer, y ésta por el hijo. Mas, lo que no tiene ejemplo, lo que no se ve en ninguna otra parte, ni aun entre los animales de la escala superior, es que el pequeñuelo, en salvo y escondido por la madre, al verla combatir en defensa suya, acude á defenderla á su vez, y ¡noble corazón! se ensaña contra su enemigo y muere por la que le diera el ser.

Steller vió entre una familia de otarios (anfibios también) una escena casera absolutamente humana:

Una hembra habíase dejado robar su cachorro; furioso el marido, le pegaba, y la pobre se encaramaba, besábale, lloraba á lágrima viva, al extremo de tener inundado el pecho con el llanto que vertía.

Las ballenas, que carecen de la vida fija de esos anfibios, van, sin embargo, de dos en dos en sus errantes paseos á través del Océano. Duhamel y Lacépède dicen que, en 1723, dos de estas ballenas que estaban heridas no se separaron nunca, y cuando estuvo muerta la una, la otra se abalanzó sobre su cuerpo lanzando horrorosos mugidos.

Si hay en el Universo un ser cuya sangre debiera economizarse, es la ballena franca, tesoro admirable, donde la Naturaleza ha amontonado tantas riquezas. Ser, además, inofensivo, que á nadie persigue ni vive de especies que sustentan al hombre. Exceptuando su temible cola, carece de armas defensivas. Y no obstante, ¡cuántos enemigos tiene! Todos se atreven con ella; innumerables especies se acomodan en su lomo y viven á sus expensas, llegando su descaro hasta el punto de roer su lengua. El narval, armado de traidoras defensas, las hunde en sus carnes; los delfines saltan y la muerden, y el tiburón, al vuelo, de un golpe de sierra le arranca un sangriento jirón.

Otros dos seres, ciegos y feroces, ensáñanse con el fruto de sus entrañas, haciendo una guerra cobarde á las hembras preñadas; hablamos del cachalote y del hombre. El primero, con su horrible cabeza, que constituye la tercera parte del cuerpo, todo dientes (tiene cuarenta y ocho), todo quijadas, muérdela en el vientre, devora el hijo dentro de su mismo cuerpo, y luego, sin apiadarse de sus acerbos dolores, trágase á la madre. El hombre la hace sufrir más tiempo, pues la sangra, y golpe tras golpe hiérela bárbaramente. Dura en la muerte, en su dilatada agonía la pobre tiembla, hace desesperados esfuerzos y se queja lastimeramente. Muerta y todo, su cola se mueve, no siendo prudente en aquellos momentos acercarse á ella. Los pobres brazos de la desventurada, antes calientes por el fuego del amor, vibran aún; parece que no ha dejado de existir y que está buscando á su cachorro.


No es posible figurarse lo que fué esa guerra hace cien ó doscientos años, cuando abundaban las ballenas, navegando por familias; cuando las tribus anfibias cubrían todas las costas. Llevábanse á cabo carnicerías inmensas, derramábase la sangre en abundancia, como no se había visto ni en las más grandes batallas. En un solo día llegaban á matarse ¡quince ó veinte ballenas y mil quinientos elefantes marinos! Es decir, que se mataba por el placer de matar; pues ¿de qué aprovecharían todos esos despojos de coloso, uno solo de los cuales da tanta cantidad de aceite y de sangre? ¿Qué se intentaba con diluvio tan sangriento? ¿Enrojecer la tierra? ¿Ensuciar el mar?

Queríase el pasatiempo de los tiranos, de los verdugos; herir, destrozar, gozar de su fuerza y de su furor, saborear el dolor, la muerte. Con frecuencia divertíanse en martirizar, encolerizar, hacer morir lentamente á animales demasiado tardos ó apacibles para defenderse. Perón vió un marinero que se encarnizaba en una foca hembra, la cual lloraba como una mujer, gemía: cada vez que el animal abría su ensangrentada boca, el bárbaro golpeábala con un grueso remo y le rompía los dientes.

Dice Dumont d'Urville que en las Nuevas Shetlands del Sur, los ingleses y los americanos exterminaron las focas en el transcurso de cuatro años. En su ciego furor, degollaban á los recién nacidos y mataban las hembras preñadas. A menudo, sólo las matan para utilizar la piel, desperdiciando enormes cantidades de aceite.


Tales carnicerías son una escuela detestable de ferocidad que deprava indignamente al hombre, estallando los más abominables instintos en medio de esa embriaguez de carniceros. ¡Vergüenza para la humana naturaleza! Entonces vese en todos (aun entre las personas más delicadas), vese surgir algo de inesperado, de horrible. Un pueblo apreciable, en la costa más encantadora que se conoce, practica una extraña fiesta: reúnense allí quinientos ó seiscientos atunes para quitarles la vida á todos en un mismo día. En un vasto recinto de barcas, la larga red, la almadraba dividida en varios compartimientos, levantada por cabrestantes, hácelos llegar pausadamente y meter en el cuarto de la muerte. A su alrededor hay en acecho doscientos hombres de rostro bronceado, provistos de arpones y ganchos. De veinte leguas á la redonda llega el mundo elegante, mujeres bonitas y sus adoradores, quienes se colocan á la orilla del mar y lo más cerca posible para mejor ver la matanza, formando un círculo encantador. Dada la señal, el pescador hiere. Aquellos peces, que parecen hombres, saltan, punzados, atravesados, abiertas las carnes, tiñendo el agua con su sangre por momentos. Su dolorosa agitación, el furor de que están poseídos sus verdugos, el mar que ya no es mar, sino un no sé qué espumoso que vive y humea, todo esto produce el vértigo. Los que han venido sólo por mirar obran, patalean, gritan, y encuentran que la carnicería es demasiado lenta. Finalmente, circunscriben el espacio. La hormigueante masa de heridos, muertos, moribundos, se concentra en un solo punto: saltos convulsivos, golpes furiosos: el agua chorrea, y el rocío enrojecido...

Y esta escena ha hecho subir de punto la embriaguez. Hasta la mujer delira y se olvida de su sexo, vese poseída del frenesí que asalta á los demás espectadores. Cuando todo ha terminado, la más bella mitad del género humano lanza un suspiro rendida de fatiga, mas no satisfecha, y exclama al abandonar aquel sitio: «¡Cómo!, ¿y para esto hemos venido?»

VI

El derecho del mar.

Un gran escritor popular que da á cuanto pone la mano un carácter de sencillez luminosa y sorprendente, Eugenio Noël, ha dicho: «Puede convertirse el Océano en fábrica inmensa de víveres, en laboratorio de subsistencias más productivo que la misma tierra; fertilizarlo todo, mares, ríos, riachuelos, estanques. Hasta el presente sólo se ha cultivado la tierra; y he aquí que se ofrece el arte de cultivar las aguas... ¡Oídlo bien, pueblos!» (Piscicultura).

¿Más productivo que la tierra? ¿Cómo es esto? M. Baude lo explica perfectamente en un importante trabajo sobre la pesca que ha dado á luz. Es el pez, entre todos los seres, el más susceptible de propagarse ayudado por una pequeña cantidad de alimento, bastando muy poco, casi nada para sustentarlo. Refiere Rondelet que una carpa que guardó metida por espacio de tres años dentro de una botella de agua sin darle de comer, aumentó, sin embargo, su tamaño al extremo que no hubiera podido salir de la botella. En los dos meses que el salmón estaciona en el agua dulce, se abstiene casi del todo de alimento y, sin embargo, no perece; su permanencia en las aguas salobres dale por término medio (¡acrecentamiento prodigioso!) seis libras de carne. Esto es muy distinto del lento y costoso progreso de nuestros animales terrestres. Si se amontonara lo que come para engordar un buey, ó siquiera un puerco, sorprenderíanos el ver la montaña de alimentos que necesita para conseguirlo.

De manera que el pueblo en donde la cuestión de subsistencias hase presentado más amenazadora, los chinos, tan prolífico, tan numeroso, con sus trescientos millones de habitantes, tuvo que valerse directamente de esa gran potencia de generación, la más rica manufactura de vida nutritiva. En toda la extensión de sus grandes ríos, muchedumbres prodigiosas han buscado en el agua un alimento más regular que el del cultivo de las plantas. El agricultor está de continuo con el alma en un tris: un ventarrón, una helada, el más pequeño accidente les deja sin nada y produce el hambre en su familia; mientras que, al contrario, la cosecha viviente que crece en el fondo de esos ríos sustenta invariablemente el sinnúmero de familias que los surcan con sus barcas, las cuales, seguras de obtener su provisión cotidiana de pescado, saben al mismo tiempo ser aquél un manantial inagotable.

En el río central del Imperio, hácese en el mes de mayo un comercio inmenso de freza de pescado, comprada por traficantes, quienes la revenden por todo el país á cuantos quieren depositar en sus viveros domésticos el elemento de fecundación. Así todos tienen su reserva, que sustentan sencillamente con los restos de la comida del hogar.

Los romanos obraron de la misma manera, habiendo llevado el arte de la aclimatación al extremo de hacer abrir en el agua dulce las huevas de los peces de mar.

La fecundación artificial descubierta el siglo pasado en Alemania por Jacobi, y practicada en el presente en Inglaterra con el más fructuoso resultado, fué reinventada entre nosotros hacia el año 1840 por un pescador de la Bresse, Remy, y desde entonces hase popularizado así en Francia como en toda Europa.

En manos de nuestros sabios, Coste, Pouchet, etc., esta práctica se ha convertido en ciencia, llegando á descubrirse, entre otras cosas, las relaciones regulares del mar y del agua dulce; esto es, los hábitos de algunos peces de mar que pasan á nuestros ríos en ciertas estaciones del año. La anguila, no importa cuál sea su cuna, desde el momento en que ha adquirido el grueso de un alfiler, apresúrase á remontar el Sena, en tanto número, que forma á lo largo del río una capa blanca. Tal tesoro que, bien cuidado, produciría millares de millones de peces del peso cada uno de algunas libras, vese devastado indignamente, vendiéndose á vil precio y á cubetas esos gérmenes tan preciosos. No es menos fiel el salmón, regresando invariablemente del mar al río do naciera. Aquellos que han sido marcados se presentan nuevamente sin faltar á la lista casi uno solo, siendo tan grande su amor hacia el río natal, que si ven cortado el paso por alguna barrera, aunque ésta sea una cascada, lánzanse por encima de ella haciendo esfuerzos sobrehumanos para saltarla.


El mar, que dió comienzo á la vida sobre nuestro globo, sería todavía su benéfica nodriza si el hombre supiese respetar siquiera el orden que allí reina y se abstuviese de perturbarle.

No debemos olvidar que tiene vida propia y sagrada, sus funciones enteramente independientes para la salvación del planeta: él contribuye poderosamente á crear la armonía, al mismo tiempo que asegura su conservación y la salubridad. Y todo esto efectuábase tal vez por millones de siglos, antes de que el hombre naciera. La Naturaleza pasábase á maravilla de él y de su sabiduría. Sus antepasados, hijos del mar, llenaban perfectamente entre sí la circulación de substancia, las metamorfosis, las sucesiones de vida, que son el movimiento rápido de purificación constante. ¿Qué puede el hombre con respecto á ese movimiento, continuado á tal distancia de él, en ese mundo obscuro y profundo? Poco para el bien, más para el mal. La destrucción de tal especie puede ser un sensible atentado contra el orden, la armonía de todas las cosas. Que haga una siega razonable de las que pululan superabundantemente: está muy bien que viva á expensas de los individuos; mas, que conserve las especies. En cada una de ellas debe respetar el papel que desempeñan reunidas, el de funcionarios de la Naturaleza.

Hemos atravesado ya dos edades de barbarie.

En la primera, diremos como Homero: «El mar estéril.» Es surcado únicamente para buscar al otro lado tesoros fabulosos ó grandemente exagerados.

En la segunda, notóse que la riqueza del mar consiste sobre todo en él mismo, y quisimos arrancársela, pero de una manera ciega, brutal, violenta.

Al odio á la Naturaleza que tuvo la Edad Media hase añadido la aspereza mercantil, industrial, armada de máquinas terribles, que matan desde lejos, sin peligro, á montones. A cada nuevo progreso en las artes, nuevo progreso de barbarie feroz, progreso de exterminio.

Ejemplo: el arpón lanzado por una máquina rápida cual el rayo. Nuevo ejemplo: la draga, red destructora, usada desde el año 1700, red que arrastra inmensa y pesada, y siega hasta la esperanza, habiendo barrido el fondo del Océano. Nos estaba prohibido; empero llegaba el extranjero y dragaba á nuestra vista. (Véase Tifaigne). Algunas especies huyeron de la Mancha, trasladándose al Gironde; otras dejaron de existir para siempre. Lo mismo va á suceder con un pez excelente, magnífico, el escombro, que es perseguido bárbaramente en toda estación. (Valenc., Diction. X, 352). La prodigiosa generación del abadejo no por esto lo pone á salvo de extinguirse, puesto que va en disminución aun en los mismos bancos de Terranova. Tal vez se destierra voluntariamente en medio de soledades desconocidas.


Preciso es que las grandes naciones se entiendan para substituir condición tan salvaje con otra más humanitaria y civilizada, de suerte que el hombre reflexione mejor y deje de desperdiciar sus bienes, y de perjudicarse á sí mismo. Necesítase que Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, propongan á las demás naciones y las decidan á promulgar, todas juntas, un Derecho del mar.

Los vetustos reglamentos especiales de las pescas ribereñas no son adaptables para la navegación moderna. Requiérese un código común de las naciones, aplicable á todos los mares, un código que regularice no tan sólo las relaciones del hombre con el hombre, sino las del hombre con los animales.

Lo que se debe á sí mismo y lo que debe á ellos es: no hacer por más tiempo de la pesca una caza ciega, bárbara, en la cual se mata más de lo que puede aprovecharse, inmolando sin provecho el pescador á los pequeñuelos que, dentro de un año, habríanlo alimentado espléndidamente; y ahorrando la vida á uno habríase dispensado de dar muerte á una infinidad.

Lo que el hombre se debe á sí mismo y debe á ellos, es no prodigar sin motivo la muerte y el dolor.

Los holandeses y los ingleses tienen la precaución de matar inmediatamente el arenque; los franceses, más negligentes lo tiran en el barco amontonándolo y dejando que muera asfixiado. Esta prolongada agonía lo malea, quítale gran parte de su sabor, de la dureza de su carne; vese macerado de dolor, acontécele lo que se observa entre las bestias que mueren de alguna enfermedad. En cuanto al abadejo, nuestros pescadores lo cortan en el acto de agarrarlo: el que se enreda durante la noche en las redes, cuyos esfuerzos y agonía desesperada se prolongan por varias horas, no valen nada en comparación del cortado en el acto (excelentes observaciones de M. Baude).

En tierra están reglamentadas las estaciones de caza, y lo mismo debe hacerse con la pesca, teniendo en consideración el tiempo en que cada especie se reproduce.

Debe ser economizada, como la corta de las maderas, dejando á la producción el tiempo de repararse.

Los cachorros y las hembras preñadas han de ser respetadas, sobre todo en las especies que no abundan mucho y entre los seres superiores no tan prolíficos,—cetáceos y anfibios.

Nos vemos obligados á matar: nuestros dientes, nuestro estómago, demuestran que fatalmente necesitamos inmolar. Preciso es, pues, compensar esto multiplicando la vida.

En tierra, creamos, defendemos los rebaños, hacemos multiplicar muchos seres que no nacerían, serían menos fecundos ó perecerían jóvenes, devorados por las bestias feroces. Es una especie de derecho que sobre ellos tenemos.

En el agua hay aún más vidas tiernas anuladas: defendiéndolas, propagándolas, haciéndolas muy numerosas, nos creamos un derecho de vivir sobre lo inconmensurable. La generación es susceptible de dirección como un elemento aumentado indefinidamente. El hombre, sobre todo en aquel mundo, se aparece como el gran mágico, el promotor poderoso del amor y la fecundidad. Es el adversario de la muerte, pues si bien se aprovecha de ella, la parte que se adjudica nada es en comparación de los torrentes de vida que puede crear á voluntad.

Tocante á las preciosas especies próximas á desaparecer, la ballena más que ninguna, el animal más grande, la vida más rica de toda la Creación, debe dejárselas en paz, á lo menos durante medio siglo. Así podrá reparar sus desastres. No sintiéndose perseguida, regresará á su clima natural, la zona templada, encontrando allí su inocente vida de apacentar la viviente pradera, los pequeños seres elementales. Vuelta á sus antiguos hábitos y á sus propios alimentos, reflorecerá, recobrará otra vez sus gigantescas proporciones, y volveremos á ver ballenas de dos y trescientos pies de largo. Que sus pasados lares do tenía sus amoríos sean sagrados. Esto ayudará no poco á hacerla nuevamente fecunda. En otros tiempos placíase en las bahías de California. ¿Por qué no dejarla en ellas? Así no se encaminaría en busca de los atroces hielos polares, de las míseras guaridas donde locamente se la persigue, impidiéndola juntarse y procrear.


¡Paz para la ballena franca! ¡Paz para el dugongo, la morsa, el lamantín, especies preciosas que no tardarían en desaparecer! Necesitan muchos años de paz, cual la que tan discretamente hase ordenado en Suiza para el revezo, precioso animal que había sido batido y destruido casi: creíasele perdido, mas no tardó en presentarse de nuevo.

Para todos, así anfibios como peces, requiérese una época de reposo; una Tregua de Dios.

El mejor modo de multiplicarlos es ahorrar su sangre en la época de su reproducción, en la hora que la Naturaleza desempeña en ellos su obra de maternidad.

Parece como que los pobres adivinan que son sagrados en aquellos momentos, pues pierden su timidez, muéstranse á la luz del día, acércanse á la playa: diríase que se creen con derecho á ser protegidos.

Están entonces en el apogeo de su belleza, de su fuerza. Sus brillantes libreas, su fosforescencia, indican el supremo resplandor de la vida. En todas aquellas especies cuyo exceso de fecundidad no es amenazante, deben respetarse con religiosidad esos momentos. Que mueran después, no importa. Si hay que matarlos, ¡matadlos! mas, primero, dejadles vivir.

Toda vida inocente tiene derecho á disfrutar momentánea dicha, cuando el individuo, por inferior que sea la escala en que la Naturaleza le haya colocado, rompe el estrecho límite de su Yo individual, quiere una perpetuación de sí mismo, y en medio de su obscuro deseo penetra en el infinito do debe perpetuarse.

Que el hombre coopere á su deseo; que auxilie á la Naturaleza, y recibirá las bendiciones de todos los seres, desde los que pueblan los abismos hasta los que se remontan al firmamento. Dios le mirará compasivo si se constituye con El en promotor de la vida, de la felicidad; si distribuye á todos la parte que, aun á los más pequeños, corresponde aquí abajo.