El alma de Santa Teresa en su estilo y lenguaje

Inteligencia de ángeles había de tener todo aquel que osara tomar la pluma para tratar las cosas de la Madre Teresa de Jesús; labios de querubines el que se atreviera á tomar en los suyos, impuros y terrenales, el nombre de tan excelsa mujer. No sé qué tiene de níveo y delicado, y como si al llegar de las manos hubiese de empañarse, cuanto atañe á las vírgenes, y fuera de la que lo es sobre todas, Teresa de Jesús paréceme un finísimo brillante de los que tachonan el camarín de Dios, tan único y de tan deslumbradoras luces, que siempre tuve á temeridad y caso de profanación tomar sus libros para más de aprender, acatado y tembloroso, de sus celestiales doctrinas. ¿Por dónde íbame á desmandar yo á juzgar con mi mezquino entender nada de lo que á ella tocase? Sobre lo arduo de tan más que humana empresa, viene á acabar de dejarme más embarazado y perplejo el deseo manifestado por S. A. la Infanta de España, Doña Paz, de que escriba alguna cosa acerca del castellano y del lenguaje de la Santa. Yo me siento tan apesadumbrado bajo el peso de esta para mí honrosa carga, pero carga al cabo y á la postre que pesa sobre mis hombros más de lo que ellos sufren, que ruego á S. A. R. y á los demás que me leyeren no reparen en lo descosido y pobre de mis ideas y lo desmañado de mis palabras en trance en que no soy dueño de mis escasas fuerzas para discurrir y hablar con la serenidad y maestría que el asunto pidiera.

Acerca del lenguaje de Santa Teresa pudiera sacarse un juicio claro y terminante de dos premisas que pasan por averiguadas, y no dejan de encerrar, lealmente hablando, ciertos visos de verdad. Conocido es el dicho del gran Emperador Carlos V, bien enterado en los principales idiomas europeos, de que el castellano es la lengua para hablar con Dios. Por donaire pudiera haber repuesto Santa Teresa que, para hablar con Dios, la lengua mejor es la que no habla, la del silencio. Pero demos que también la lengua haya de emplearse en alabar á Dios, como David lo hacía en sus salmos, y la Santa en sus villancicos. Si con Dios se pasaba días y noches la extática Virgen de Ávila conversando con Él familiarmente y mano á mano, como pocos de los más regalados Santos, habremos de inferir que el lenguaje de la Santa, tan hecha á tratar con Dios en la lengua para ello más apropiada, es el más divino y soberano de los lenguajes. Lo cual me ataría á mí de pies y manos si, asiendo desatentadamente de este cabo del hilo, me empeñara en deshilar todo el ovillo, para tornar á enhilar un vistoso panegírico de variados encarecimientos y apasionados elogios, descaminándome así del intento que me he propuesto, de ir á buscar la verdad, fuese cual fuese, en unos escritos cuya más alta virtud y aliciente está, sin duda alguna, en reflejar, como en un limpio y transparente estanque, el alma entera de la más sincera de las santas y escritoras.

El que se pone á escribir va muy puesto en que ha de hablar con la pluma, bien de otra más levantada y elegante manera de como habla á diario con la lengua. Sabe que es un arte dificultoso y muy cuesta arriba, que es un asunto de peso y harto serio eso de dejar estampado su pensar y á la luz del día, su sentir y querer, á merced de todo el que quiera enterarse, y como en testamento imperecedero para los tiempos adelante, abierto á los ojos de las gentes. De aquí que, cuando nos avistamos por primera vez con un escritor, por cuyos libros le teníamos en singular aprecio, suele acontecer llevarnos un solemnísimo desengaño, al ver y tocar con las manos que es un hombre que habla y discurre más ó menos como el resto de los mortales. Derrúmbase de golpe el pedestal, sobre el cual le había encumbrado nuestra fantasía, y si no somos unos necios que le menospreciemos, en lugar de caer en la cuenta de nuestro poco seso, nos persuadimos una vez más de que el escribir es un arte, que dista bastante del palique en que pasamos y divertimos un rato con nuestros amigos, y que, por el mismo caso, hay siempre algo de amanerado y hechizo, que ha de despintar algún tanto el alma del artista, coloreando su natural espontáneo con matices rebuscados y más ó menos ajenos á su ordinaria manera de expresarse.

Santa Teresa es de los raros casos en que podemos quedar seguros no haber entrado á la parte en sus escritos el menor elemento estético allegadizo, convencional ó afectado. Lo que en ellos hubiere de estético, á buen seguro que es de su propio natío.

Menudéase, más de lo que la verdad pidiera, con los escritores, esta mentirosa loa de que escriben como piensan, sin rebozos de postizos afeites. Ello es más raro y dificultoso de lo que cabe pensar. De la Santa no hay duda. No quiere de suyo escribir, ni le pasó en su vida por el pensamiento que lo que á ratos perdidos deja en sus papeles por orden precisa de quien le puede mandar, ha de ir á parar á otras manos que á las de sus hijas, que nada saben de achaque de literaturas. Su escribir es llanamente su hablar.

No busquemos, pues, en sus escritos aquellos exquisitos rodeos y acabadas maneras que pudiéramos requerir y aun exigir en un artista de la palabra. Digo mal. Lo que no le demandaremos será cierto atildamiento retórico, y un no sé qué de recortado, limado y repulido, que en los escritos de algunos autores, por encubierto y bien disimulado que esté, lleva el recuerdo á los afeites que ciertas damas sobreponen á la frescura nacida del cutis. No negaré yo, que cuando en ello ha andado la mano bien amaestrada de algún perfumista consumado, digo de algún maestro del buen decir, no añada algún matiz halagüeño y agradable á los que gustan más bien de apariencias, no pagándose tanto de lo natural, si se nos ofrece menoscabado con las mellas que en hombres y animales, plantas y piedras, echamos de ver á cada paso. Gloria da ver algunas caras así repintadas, mayormente á la luz artificial de calles y salones, y no deja uno de pasmarse de la destreza y artificio del que por tan maravilloso arte manejó pastas y pinceles. Pero los colores y el frescor de rosa en las caras que los llevan cual Dios se las dió, engendran en el pecho un sentimiento algo más hondo y entrañable, que se derrama y desaparece poco á poco y deliciosamente por todo nuestro ser, y nos levanta en alas de ese pío general del alma humana en busca de aquella soberana y no creada hermosura, tan cantada por místicos y poetas, de la cual es sombra y mal rasguñado bosquejo toda otra belleza fabricada por manos de hombres mortales y menguados.

Es corto en sus entendederas el alcance de los nacidos. Las que pasaron en ciertas épocas por tachas y descuidos, que parecían afear y emborronar la hermosura y concierto del universo, son hoy día para los sabios recamos y joyeles que lo realzan. El arte ha abierto también los ojos, y ya no pretende enmendar á la naturaleza, encerrando sus obras en los cánones estrechos de la teoría. Lo natural es harto más enrevesado y tiene sus raíces más hondamente entrelazadas, embrolladas y desparramadas, de lo que aparece en la sobrehaz de las cosas. El arte, que ha de retraer y reflejar á la naturaleza, será un muy chico y aniñado arte, si con esas apariencias se contenta; ha de ahondar y cavar como ella, algo más, si quiere bien imitarla. El universo es vida, y, por lo mismo, lucha nunca acabable. Y ese luchar, que es su vivir, es su verdadera alma, la cual se manifiesta en el abigarrado enredo de los fenómenos, de los combates, digamos, á diario entre los seres todos.

El color, el semblante, las apariencias de las cosas, si arraigan en la primitiva traza que se transparenta en su estructura íntima, no menos se deben á ese su perdurable y jamás cansado luchar y contrastarse entre sí. El ejército retorna del campo de batalla, vencedor ó vencido, muy de otra suerte que salió á ella del cuartel. Si vistoso era su orden y bizarros sus arreos al marchar, más para pensar y sentir es el polvoriento y ensangrentado porte con que vuelve.

Un discurso á lo Solís en el Senado de Tlascala, ó de Cicerón en los rostros de Roma, que cierra con el enemigo, en prieta y bien concertada falange de argumentos certeros, períodos atronadores, frases relampagueantes, es un pasmo de simetría y de belleza, que pudiera parearse á la línea no rompida de batallones, que desfilan al hacer la muestra y parada antes de salir al campo. Pero dadme otro pedazo de elocuencia, roto en mil jirones, chorreando sangre verdadera y encarnada, á lo Mirabeau en la Asamblea revolucionaria de París ó á lo Demóstenes contra los filipizantes en el Pnix de Atenas. Allí admirábamos la belleza en su idealismo teórico y de alarde; aquí nos estremece la lucha de la vida real, el chispear de las espadas, el estruendo de las máquinas mortíferas; y esa lucha es más poderosa á arrebatarnos, cuanto más llegada á los hechos, y de mayor alcance filosófico para el contemplador de la naturaleza.

Pero es que de aquí también nace que la obra artística que no lleve grabada esa sangrienta huella del vivir, que es el luchar, no puede menos de estar falseada, por muy delgadamente que se haya tejido y por muy sutilmente que se hayan atado todos los cabos. El acicalado autor de la Conquista de Nueva España, nos pinta un Senado y un orador que platican, como se platicaría en las más refinadas Academias del Renacimiento, como podría platicar cualquiera de los personajes del «Cortesano». Aquéllos no son tlaxcaltecas, ni Dios que lo vió. Allí está Solís y sólo Solís, con su alechugada y bien almidonada valona de puntas, con sus sedosos y perfumados guantes. Maravíllanos el corte de sus frases, la redondez de sus períodos, lo pulimentado de sus sentencias, el orden y trabazón de sus razonamientos. Es una labor de fina taracea ó ataujía, hija de la paciencia y del ingenio; pero la pintura, por lindas y bonitas que sean las pinceladas, es falsa de todo punto. Grande ingenio, ó muy culto, más que grande: es la única filosofía, el único pensamiento que nos queda de tan cincelada obra.

Si, á ser más natural y filósofo, nos hubiera puesto delante de los ojos lo que aquel pueblo era en hecho de verdad, sus hombres robustos, altaneros, pero salvajes; sus razonamientos, de sentido común, pero briosos y á tirones, recios como las caobas de sus bosques, ardientes como las avenidas de fuego y lava de sus volcanes, los maestros de retórica no hubieran tal vez insertado la pieza en sus Colecciones de trozos escogidos, pero hubieran dado más que pensar y que sentir al filósofo y al amante del supremo y verdadero arte.

Enséñannos los botánicos que la estructura natural de cada planta, manifiesta desde la primera célula embrionaria hasta su desenvolvimiento último, lleva consigo cierta simetría en la colocación geométrica de sus partes, de las hojas en los ramones, de los ramones en las ramas, de las ramas en el tronco, lo mismo que de los estambres y pistilos en medio de los pétalos, de los pétalos y hojuelas en la corola y cáliz de la flor.

Á ser dioses ciertos escritores, nos hubieran aburrido muy presto, llenando valles y montes de árboles, arbustos y matas acabadísimos, sin la menor tacha en esta teórica simetría que les trazó el Criador. Á buena dicha, ni Solís, ni otros de su linda ralea, han tenido jamás las riendas del gobierno del universo, y los seres todos se nos ofrecen con las muestras de la lucha en que viven y se desenvuelven en medio de las contrastadas fuerzas de la naturaleza, con las cicatrices, digamos, de la pelea, que á la par de la variedad riquísima en formas dentro de la traza única de su estructura, nos descubren algo de más hondo, el vivir social de todas las cosas, que tal vez entrañe la explicación del ser y de los fenómenos todos del universo.

Hay obras de arte que por su monótona regularidad hastían el gusto del más espetado amigo de la línea recta. El estilo ornamental simétrico europeo va perdiendo tierra, mientras la va ganando el irregular, caprichoso, despareado y harto más natural cuanto más variado de los japoneses.

Nada de japonés ni de guerrero belicoso tenía el alma de la Teresa española; pero, como no escribía por hacer arte, ni estaba mostrada á tijeretear y repulir lo una vez caído de su pluma, con sólo saber muy bien sabida su habla castellana, sin más recetas modernistas ni menos palabrillas y frasecitas de cajón ó tiroir francés, nos dejó unos tratados y cartas, que es un contento el leerlos. Porque, para cifrarlo en una sola palabra, en ellos dejó retratada toda su alma. Y el alma, que bulle en la obra de arte, es la que hace que lo sea, que lleve en sí espejado su propio vivir, sentir y luchar, no en línea recta, sino serpeando y meneándose en encontrados pasos, llevada de sus afectos, á cada rato variados y de mil visos y tonalidades, aunque esa alma viva en tan serena región como la de la Madre Teresa.

Asunto de más vagar y para más delgado ingenio que el mío fuera éste de descubrir y sacar el alma de Santa Teresa en sus escritos. Para ver en ellos su alma entera no es menester, cierto, ser un águila ni perderse de vuelo; yo la veo tan claramente, como mi semblante al mirarme en el espejo. Pero no es lo mismo ver y sentir las cosas, que saber expresarlas. Eso se queda para artistas tan verdaderamente sinceros y tan ricamente dotados del don de la expresión artística, como la misma Santa.

Y torno á hacer hincapié en lo sincero, porque es cualidad de los niños ésta de la sinceridad, bien que algún tanto arrebujada á veces con cierto espiritillo de mentirijilla, que les carcome, y oscureciera su franqueza, á no ponerla más de relieve su infantil creencia de que engañan á los demás no engañándose más que á sí mismos.

Tengo para mí que los más ingeniosos escritores deben el encanto con que nos traen embelesados á esta sinceridad de niños. Hácense niños al poner los ojos en el asunto que quieren escudriñar, porque no hay nube que así nos ciegue y embote la vista como el uso, que traen consigo los años, de mirar como por rutina las cosas más maravillosas. Que las gasta y les roba toda aquella frescura y lustre, con que de niños nos embebecían y nos paraban como abobados. ¿Pues qué, si se allega la huera hinchazón del escritor, que da tontamente crédito á los elogios, los cuales le hinchen á la letra el ojo, así como suena, hasta volverle miope, y hacerle creer que puede echárselas de maestro autorizado, y así se pone á estudiar y escribir con el hipo de descubrir y decir maravillas?

Santa Teresa, fuera de su discreción más que de mujer, escribía como escribiría una niña candorosa y primeriza en esto de tomar la pluma. No se le entiende á ella de enjaretar períodos rodados y cuadrimembres, ni de casar los toques de los colores en su cuadro, de arte que resalten y rebulten las luces de entre las sombras, ni de tornear sus frases, ni de alambicar los conceptos, ni de hacerlos parir unos á otros mirándolos por sus diferentes haces ó contraponiéndolos en brillantes paradojas, ni siquiera de seguir la hebra del razonamiento hasta el cabo. Corta por donde se le antoja, digo, cuando se le atraviesa otra cosa de mayor momento, y luego ya no se le acuerda de tornarlo á enhebrar. ¿No pensamos y discurrimos así, á retazos, tomando á lo mejor un cabo suelto que andaba allá por la madeja y se nos viene de pronto á los ojos, sin cuidarnos del concierto en las sentencias? ¿Pues por qué no habré de escribirlo así?, hubiera respondido la Santa al empecatado preceptista que le hubiera salido con estos escrúpulos de retóricas manidas.

Vengamos ya, que ya es hora, á ver cómo se las entiende la Santa en esto de escribir. No habrá ido fuera de propósito cuanto hemos discurrido hasta aquí, si en su estilo y lenguaje hallamos puesto en su punto ese que yo llamaría naturismo ó realismo español, para no enmarañarnos, ni tengan que achacarme nada, usando el vocablo naturalismo, que ha tomado en Francia, y de allí se ha corrido á las demás naciones, un sentido harto distinto, bien que cimentado en la misma propensión á buscar los hechos naturales, tal como se nos ofrecen en el mundo. Ahí, repito, han venido á parar la literatura y el arte, arrastrados por las corrientes científicas que han dado este colorido y sabor á todo linaje de estudios y disciplinas, descostrándolas de las impurezas añejas, de los convencionalismos y dogmatismos de antaño. Así ha quedado sepultada la antigua retórica, en lo que encerraba de falsos puntos de mira y de procedimientos rutinarios, y sobre sus ruinas han brotado toda suerte de escuelas y teorías, encaminadas por este eterno sendero de la verdadera estética, de la naturalidad y realidad.

No habíamos menester, nosotros los españoles, ese naturalismo francés á lo Zola, que por irse tras los hechos, cierra los ojos á otros que no lo son menos, al anhelo del alma humana por un ideal elevado de vida y por la virtud, hoy tan vivo y aun más vivo y sentido que nunca, y se abate y encharca y se zambulle en las podredumbres del vicio y de la miseria.

Nuestra literatura fué siempre natural y realista. En una sociedad tan falseada como la de Versalles, buena falta hacía que tras la revolución, que desterrase la mentira política, viniese el realismo en el arte, que acabase con el embuste retórico.

Pero acá en España, aun á vueltas de las más desatadas locuras del gongorismo y conceptismo, el realismo sano, la naturalidad, arraigaba tan hondamente en nuestra raza, que seguía tan lozano como en las épocas de la Celestina, de los místicos y de la picaresca. Ese realismo español, á donde no ha llegado todavía el arte francés en sus altibajos y vaivenes, y no sé si algún día llegará, porque el carácter de la raza no lo lleva, ha tenido en España casi tantos seguidores en todos tiempos como artistas y escritores; pero, sin hacer injuria á ninguno, bien podemos asegurar que Santa Teresa les lleva á todos ventaja en esta parte. De aquí que su lenguaje sea lo menos rebuscado que pueda concebirse. El artificio, no ya la afectación, es cosa que se despegaba de un alma tan sincera como la de nuestra Santa. No hay en todos sus escritos una frase, una sola palabra, que huela al menor artificio retórico de escuela. Y cosa maravillosa, pero que nada tiene de extraña, Santa Teresa no discanta un punto de los preceptos retóricos ni gramaticales, digo, de los que se fundan en los principios eternos del arte y del organismo idiomático del castellano. He oído decir á algunos que nuestra escritora es descuidada, por lo mismo que es tan llana y poco curiosa en escribir. La queja es antigua. Ciertos teologazos y retoricuelos de su tiempo se daban á entender que «algunas veces la Madre Teresa en sus libros interrumpe el razonamiento, que llevaba, con otras pláticas, y entremete unas exclamaciones, con que se olvida de lo que iba diciendo, y unas paréntesis prolijas que hacen oscuro el sentido: al fin como quien no sabe los preceptos de la Retórica y el orden que ha de llevar el buen libro. Y demás desto dicen que usa de vocablos que no son propios ni verdaderos para declarar su conceto». Bien de otra manera lo entendía el P. Jerónimo Gracián, de cuyo libro Dilucidario del verdadero espíritu, donde «se declara la doctrina de la Madre Teresa de Jesús» (pág. 15), he tomado esta cita.

Cuenta allí mismo este verdadero discípulo de la Santa que, como la importunase, estando en Toledo, para que escribiese el libro de las Moradas, ella le respondía por estas palabras, que pondré aquí como muestra al propio tiempo de su habla y estilo: «¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados, que han estudiado; que yo soy una tonta, y no sabré lo que me digo: pondré un vocablo por otro, con que haré daño. Hartos libros hay escritos de cosas de oración. Por amor de Dios, que me dejen hilar mi rueca y seguir mi coro y oficios de Religión, como las demás hermanas, que no soy para escribir ni tengo salud y cabeza para ello».

No quiero defraudar al lector del juicio que el mismo P. Gracián formó del estilo y habla de la Santa, por ser libro raro este «Dilucidario», y encerrar en sí cuanto yo pudiera declarar con bastante peores palabras: «Y en ir en aquel estilo muestra con llaneza la verdad, sin composturas, retóricas ni artificios. Aunque (si bien se mira) el estilo es altísimo para persuadir y hacer fruto; el lenguaje, purísimo y de los más elegantes en lengua española; que quizá muchos letrados no acertaran á decir una cláusula tan rodada y bien dicha como ella la dice, aunque borren y enmienden mil veces: y ella lo escribió sin enmendar papel suyo de los que escribía, y con gran velocidad, porque su letra (aunque de mujer) era muy clara, y escrebía tan apriesa y velozmente, como suelen hacer los notarios públicos, que me admiraba las muchas cartas que cada día escrebía de su mano á todos los conventos, y respondía á cualquier monja ó seglar en los negocios de la orden ó en los puntos y dudas de oración que la preguntaban».

Y cómo olvidar á otro más famoso teólogo y maestro consumado de las letras españolas, á Fray Luis de León, el cual, en la carta que á las Madres descalzas escribió y puso al frente de las obras de Santa Teresa en su edición primera, año 1588, dice á este propósito: «En la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede á muchos ingenios: y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale. Y ansí, siempre que los leo, me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo, sino que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que la regía la pluma y la mano: que ansí lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras, y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee».

Con harto pesar habría de acabar este artículo sin dar alguna muestra de este estilo y lenguaje. Y así, remitiéndome á la curiosidad del lector que no conozca las obras de Santa Teresa, que son cosas que suceden en España, para que él por sí mismo las saboree, si quiere formar cabal juicio, sólo citaré algún párrafo suelto.

Cae, vaya por caso, plática del temor con que vivían los santos que antes fueran grandes pecadores. Vase la Santa al hilo del pesar, que se le despierta entonces más vivo por las niñerías de atrás, que á sus ojos se le aparecen ofensas gravísimas, y con una extraña humildad, dificultosa de hallar aun en los mayores santos, dice así: «Por cierto, hijas mías, que estoy con tanto temor escribiendo esto, que no sé cómo lo escribo, ni cómo vivo, cuando se me acuerda, que es muchas veces. Pedidle, hijas mías, que viva Su Majestad en mí siempre, porque si no es así, ¿qué seguridad puede tener una vida tan mal gastada como la mía?» Y no son éstas ñoñerías monjiles ni humildades de garabato: oid cuál prosigue abriéndoles todo su pecho y doliéndose con ellas de sus imaginadas maldades: «Y no os pese de entender que esto es así, como algunas veces lo he visto en vosotras cuando os lo digo, y procede de que quisiérades que hubiera sido muy santa; y tenéis razón, también lo quisiera yo. ¡Mas, qué tengo de hacer, si lo perdí por sola mi culpa! Que no me quejaré de Dios, que dejó de darme bastantes ayudas para que se cumplieran vuestros deseos». ¡Cree ingenuamente que tienen razón sus hijas al suponer que ella había sido pecadora! Tan bobillas las monjitas, y tan profundamente humilde la madre, que con todo su claro talento les cree y se lo cree. «No puedo decir esto sin lágrimas y gran confusión de ver que escriba yo cosa para las que me pueden enseñar á mí.

Recia obediencia ha sido: plega al Señor, que pues se hace por Él, sea para que os aprovechéis de algo, porque le pidáis perdone á esta miserable atrevida... no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena Madre», dice refiriéndose á la Virgen. Y sigue en lo mismo, hasta que de repente exclama: «Ya no sé lo que decía, que me he divertido mucho, y en acordándome de mí, se me quiebran las alas para decir cosa buena».

¡Por tan malas tenía todas las suyas!

Ahí está toda entera el alma de la Santa en un solo párrafo; y lo mismo la echaríamos de ver en todos los de sus obras. Es delicioso contemplar su viveza, las salidas inesperadas con que pasa de un punto á otro, y con qué gallarda desenvoltura se ahorra de estorbos y va á lo suyo con certero paso y sin embarazarse ni enredarse en menudencias y remilgos, tan propios de mujeres.

Quiere que entren en el castillo de sus almas sus hijas; pero entrar un alma en el alma misma, no deja de ser un peregrino entrar: «Pues tornando á nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate, porque si este castillo es el alma, claro está que no hay para qué entrar, pues ella es él mismo: como parecería desatino decir á uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas va mucho de estar á estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo, que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro, ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar, ni quién está dentro, ni aun qué piezas tiene. Ya habéis oído en algunos libros de oraciones aconsejar al alma que entre dentro de sí: pues esto mesmo es lo que digo».

Escribe á su hermano, y no parece escribirle: esta mujer habla con un presente: «Pensé que nos enviara V. M. el Villancico suyo: porque éstos no tienen pies ni cabeza, y todo lo cantan. Ahora se me acuerda uno, que hice una vez estando con harta oración, y parecía que descansaba más. Eran (ya no sé si eran así), y porque vea que desde acá le quiero dar recreación:

¡Oh hermosura que excedéis
Á todas las hermosuras!
Sin herir, dolor hacéis,
Y sin dolor deshacéis
El amor de las criaturas.
.............................

No se me acuerda más. ¡Qué seso de fundadora! Pues yo le digo que estaba con harto cuando dije esto. Dios se lo perdone, que me hace gastar tiempo. Y pienso le ha de enternecer esta copla y hacelle devoción. Y esto no lo diga á nadie. D.ª Guiomar y yo andábamos juntas en este tiempo. Déla mis encomiendas».

Así las gastaban nuestros místicos, á quienes achacan hoy día algunos haber ennegrecido y aovillado el carácter de los españoles de aquellos tiempos. Tan cariacontecidas, rostrituertas y cabizcaídas eran nuestras gentes, que en ninguna literatura, ni en la serena y placentera de Grecia, han jugado así con la muerte y hecho donaire de los trances más terribles y de las más hondas miserias de la vida como nuestros desgarrados, desarrapados y hambrientos profesores de la jábega y de la picaresca. Al cabo y á la postre fueron descendientes del estoico y sereno Séneca y de los defensores de Calahorra, Sagunto y Numancia.

Ese desprecio de todo lo de acá, ese volar hacia arriba y mirar las cosas todas con el desdén de un alma grande, engreída y soberbia, si se quiere, ese lanzarse á las más estupendas aventuras, rompiendo por todas las dificultades, es el alma de nuestros místicos lo mismo que de nuestros pícaros, de nuestros conquistadores de América, como de nuestros guerreros de Italia y Flandes: es el alma de la raza. Lo que es D. Quijote, el noble, el más limpio de toda tacha y libre de todo temor en la caballería, es Santa Teresa en la religión y en el claustro. Sólo que Don Quijote no graceja, ni ríe jamás, porque los locos no ríen, ni gracejan, y los santos y santas sí.

No es menester apurar mucho lo castizo de esa habla de la Madre Teresa, ni la elegancia y propiedad, ni el garbo y brío. Si alguna, esta vez encaja bien aquí lo de ello mismo se alaba, no es menester alaballo. Menguado gusto ha de tener el que no saboree tan delicada manera de hablar. Santa Teresa no hizo ningún estudio de la lengua castellana. La nación florecía, y no tenían que temer influjos extraños como hoy, y todo español hablaba de perlas.

¿Quiere decir que el que busca más y más hacienda, no llegará á las más interiores moradas? Pues véase el desenfado con que se rodea y el pintoresco diálogo que entabla: «Tiene una persona bien de comer y aun sobrado. Ofrécesele poder adquirir más hacienda. Tomarlo, si se lo dan, en hora buena, pase; mas procurarlo, y después de tenerlo, procurar más y más? Tenga cuan buena intención quisiere (que sí debe tener, porque, como he dicho, son estas personas de oración y virtuosas); que no hayan miedo que suban á las moradas más junto al Rey».

No citaré aquí aquel elegantísimo y gallardo trozo de la meditación del Crucificado, que puede ver el lector en la carta al Obispo de Osma, en el cual ha sobrepujado á lo mejor de Fray Luis de Granada.

Cuanto á lo galano de su fantasía, baste recordar aquella maravillosa concepción de las Moradas, que engasta todo el tratado como un cuadro de rica pedrería. En cuatro palabras declara toda la traza del libro: «Estando hoy suplicando á Nuestro Señor hablase por mí, porque no atinaba cosa que decir ni cómo comenzar á cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante ó muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso, adonde (dice) el Señor de él tiene sus deleites». Al más exigente le llena las medidas la sencillez y unidad de este plan que no lo buscó, sino que se lo ofreció su rica fantasía. Porque el alma, que se mete en un asunto, y al desenvolverlo queda envuelta en la expresión artística, lleva consigo esa unidad substancial que hace de la obra artística un acabado y bien trabado organismo, y la pega á cuanto toca. Sólo que para ciertas escuelas esa unidad ha de ser de esta ó de aquella clase, y para la naturaleza no es á veces ni de aquella ni de esta, sino de esotra, que está más adentro, en el corazón del intento propuesto. Así resulta á menudo manifiesta esa unidad de acción sin pretenderla, ó está encubierta á los ojos del crítico somero, aunque de hecho se halle donde hallarse debe, en lo más hondo de la idea y traza, que es como el quicio donde se mueve y gira toda la obra.

Veo me he alargado en demasía, sin haber hecho más que arañar y escarbar la haza. Querer penetrar más, fuera enredarme en asuntos prolijos, cansar al lector, malusar de la licencia que se me ha dado y quitar espacio y lugar á otras mejor cortadas plumas que la mía. Y así pondré aquí punto, y no habremos poco logrado si con este solo pensamiento de recrearnos en la inimitable naturalidad y verdad de la Madre Teresa, que, dejando caer de su pluma al desgaire y sin el menor asomo de pretensión ni pedantería las mismas sencillas palabras y candorosas frases que salían de su boca en la familiar plática de vieja castellana, nos remonta á los más encumbrados conceptos de la unión del alma con Dios, y nos desentraña las más recónditas delgadeces y sutilezas de la teología mística, nos alentamos á leer y releer sus maravillosos escritos, veneros que siempre serán de altísima doctrina y ejemplar no sobrepujado de la más cendrada y varonil elegancia en lengua castellana.