I
Paréceme que esto de lo castizo en el habla es tan claro y tan llano, que por serlo tanto no lo han echado muchos de ver: acaece todos los días que por tender la mirada allá á lo lejos, cuando algo se busca con afán, se nos pasa por alto, teniéndolo menos de dos palmos de las narices. Los que se las echan de muy modernos, con serlo tanto como ellos cuantos hoy pisamos la faz de la tierra y haberlo sido para su hoy los que la pisaron en todo tiempo, torciendo el gesto á todo lo que huele á retórica añeja, oyen con pesadumbre hasta esta misma palabra de castizo, y estoy seguro que algún lector habrá doblado la hoja al leerla como epígrafe de estas líneas. No es, sin embargo, tan necio el león como le pintan, ni por más que á mí me vendan por lingüista y por amigo de lo castizo, estoy muy lejos en la manera de pensar de los que así se amohinan con sólo quererles hacer que miren un momento atrás. Todos nos reimos de las retoricadas de antaño; pero lo del casticismo, precisamente como yo lo entiendo, es cosa tan modernista, y si se quiere es cuestión tan étnica y social, que por eso no la alcanzaron los antiguos. Los estudios sociales y psicológicos de los pueblos han sacado al hombre de entre las instituciones rutinarias y convencionales, y lo han colocado al aire libre, en el campo, rodeado de la bullente naturaleza. Fuera dogmatismos cerrados, escuelas acartonadas, metafísicas empedernidas, fórmulas leguleyas. Y fuera trataditos de retórica, añado yo, Nebrijas y Calepinos. Hasta las ciencias más hondas del espíritu se han convertido en ciencias naturales; el soplo de la naturaleza, que es el de la verdad, ha henchido los pulmones de los sabios.
La cuestión del casticismo no es una cartapuebla sobada y mugrienta; es un capullo por abrir, tan entera está y tan fresca. Lo nacional en el traje son las prendas que visten todos los de una nación y sólo los de aquella nación, digamos, entre españoles hasta la llegada del prosaico pantalón parisién, la capa, el zorongo, la faja, el calzón corto, y, según los gabachos, la navaja en la liga. Pues lo nacional en el habla, eso es lo castizo. Cuestión por consiguiente, de etnografía. Y si el hábito no hace al monje, es porque el monje es el que hace el hábito: la vestimenta no es la psiquis de un pueblo; pero son los rasgos exteriores de su fisonomía. Tampoco el idioma es el alma del pueblo que lo habla; pero es el ropaje sonoro con que se manifiesta afuera. Idioma pobre arguye poca capacidad; mucho préstamo de términos, pobretería y servilismo; falta de color y nervio, flema y sangre de chufas. En ciertas latitudes nevadas y nubosas no se concibe un pincel tan rusiente como el del Greco, el de Velázquez, el de Goya; ni una pluma tan aguzada como la del autor de la «Celestina», del «Quijote», de la «Farsalia»; ni un despeñadero de tan honda y asentada idea ética como la de un Séneca, la de un Quevedo, de una Santa Teresa, un San Juan de la Cruz.
Á todas estas manifestaciones puntiagudas y chillonas del arte ha de responder un idioma en nuestro pueblo de tan finos aceros, de tan honda osamenta, de tan recios nervios. Los vinos de Aragón ni agua admiten, no ya el sabroso agridulce de los vinos franceses: son en demasía broncos y cerriles, la misma azúcar por lo abundante cierra el paso á la fermentación alcohólica y quedan siempre montosos. Aguapiés y agua de cerrajas son ciertos idiomas de por ahí arriba ante el pizmiento castellano. Esa sangre negruzca y ardiente, que corre por sus venas, es su característica; eso, que lo distingue de las demás lenguas, es lo que llamamos castizo. En todo género de cosas apreciamos más lo que lleva más saliente su correspondiente nota propia. La personalidad en el estilo es el estilo de la persona del escritor; los que no lo tienen nos dan una gota de licor desleída en una tinaja de agua, agua de fulano tan parecida al agua de mengano como el agua al agua. ¿Por qué merece esotro el premio? Por haber llevado la nota de sobresaliente, saliéndose de la docena. Cuanto más saliente la nota característica de un idioma es más idioma, y si ninguna trae deja de ser idioma. «Yo no me cuido de casticismo»: salida tan sandia como la del pintor que nos viniera con que él no entiende ni quiere entender de colores. Es pintor que quiere pintura, pero que lo mismo zambulle su brocha en el cieno de la calle que en su paleta: no le importa ésta un bledo. Yo no trato más que de expresar lo mejor que puedo mi pensamiento, dice un escritor enemigo de casticismos. Pues el casticismo no trata de enseñaros más que eso, los matices y combinaciones de los colores.
Enhorabuena que por instinto acertéis en cada caso con el más á propósito; pero ¿no ahorraríais tiempo, trabajo é incertidumbre estudiándolos bien de antemano, formándoos un criterio cierto de lo que es castizo y propio? Los españoles hemos siempre pecado en este punto. Esta falta de disciplina y reflexión se llama filosófica y vulgarmente «pereza».
Hoy saldrá del taller una obra maestra; mañana una mamarrachada. ¿Cómo se llaman esos artistas tan geniales como poco precavidos? Lope y Zorrilla, Goya y todo escritor de pura raza española.
Pero volvamos al propósito. Escojamos de la balumba del Diccionario los vocablos y modos de decir usados en toda España, y que sólo se usan en España: ese es el caudal castizo del castellano. Hacer esa elección no es tan hacedero. Los retóricos y gramáticos que se enojaban al notar un galicismo, jamás se pusieron á hacerla. El casticismo para muchos no es más que eso, el criterio es hoy en día el mismo que entre los antiguos gramáticos y retóricos: razón tienen los modernistas que menosprecian tales niñerías. Evitar en un escrito todos los pecadillos contenidos en los mandamientos de Baralt, es como cepillarse la ropa para quitar de encima las motitas que le han caído estando en la percha; pero la ropa puede ser de uno ú otro paño, y de hechura tan bien entallada y elegante como descuidada y de estrafalario corte. Dejáos de motas, que de lo que se os burlarán será de lo otro.
Descartados los galicismos y neologismos burdos innecesarios, aún quedan las tres cuartas partes del Diccionario, que no es más que borra y tan castizo castellano como el que habló el Preste Juan de las Indias. Esto sí que no lo alcanzaron creo que jamás los gramáticos ni los escritores españoles, por puro llano y claro, salvo escasísimas excepciones.
Castizo para muchos es sinónimo de antiguo: por manera que, conforme á esto, más castizo es Berceo que Cervantes; y, sin embargo, Berceo es de los escritores menos castizos que conozco. Escribió en un lenguaje medio castellano y medio latino, tomó la mayor parte de su caudal léxico, no de labios españoles, sino de los libros de clérigos y escribas. Blasfemia parecerá á los que no distinguen por sus cabales el elemento castellano, que sin duda era el que usaba el pueblo riojano, entre quienes escribía, del elemento artificial que las gentes de letras se habían malamente confeccionado para cuando tomaban la pluma. Y véase aquí lo que hace el criterio acerca del casticismo. Aquellos escritores medioevales tenían por cosa muy asentada que lo que hablaba el pueblo era un latín corrompido, y que, por consiguiente, no debía escribirse sino en un latín algo mejor. Lo malo es que ni sabían cuál era el buen latín, y así se habían ido fabricando uno, que no fuera tan difícil de aprender por parecerse al habla vulgar, y que, sin embargo, no fuera tan corrompido como ésta, no tan cerrado como el latín ni tan mocoso como el romance de los patanes. Á eso llamaban román paladino, que, por más que dijeran, era el que empleaba cada cual para fablar con su vecino, no había tal, ni por pienso. Abro el diccionario de Berceo á ojo: plenero, pleno, pleytesía, plogo, plorar, ploroso, pluvia, pluia. Nada de eso es castellano, y es imposible que el pueblo, cuando cada cual hablaba con su vecino, dijese pleno y lleno indistintamente, plorar y llorar, pluvia y lluvia. Lleno, llorar y lluvia es como los riojanos decían entonces, dicen ahora y habían dicho no pocos siglos antes. Esos terminajos pleno, plorar, pluvia, son del mal latín que hallaban en los escritos y que les parecían más bonitos que lleno, llorar y lluvia. Tal es el criterio medioeval acerca del casticismo. Lo ploroso es que criterio tan monacal é infantil prevaleciera en la misma época del Renacimiento y prevalezca todavía hoy entre los que no calan una cosa tan recóndita como es que lo castizo de un idioma es lo propio del idioma, y lo poco castizo es lo ajeno al idioma, aunque ese ajeno sea mal latín ó buen latín. Lo propio del rabadán es su pellica y cayado, y sería muy de ver qué tal le caía y ajustaba andando con sus cabras el uniforme de capitán general, aunque todos, incluso el mismo rabadán, sabemos que el tal uniforme es más lucido y rico que la sebosa pellica. Por supuesto, que no doy por averiguado el que la lengua latina sea lengua con entorchados y la castellana lengua velluda y cazcarrienta.
Nada de lego tenía el autor de la maravillosa Comedia de Calixto y Malibea, y por lo mismo, en la primera página comienza su erudito protagonista á emplear voces como natura, perfeta, inmérito, incomparablemente, sacrificio, complir, sanctos, etcétera, etc., que tienen tanto de castellano como yo de chino. Verdad es que ni Celestina ni Parmeno ni la demás gente non sancta que anda por allá, habla así: porque son, á pesar de todo, españoles, con cuatro dedos de enjundia de casticismo rancioso; que, á haber hablado tan á lo señor como sus amos, no lo fueran, ni la Comedia valiera lo que vale.
Si castizo no es lo opuesto á neologismos innecesarios y no es lo viejo y rancio, ¿qué podrá ser?
Pues, repito que lo propio, lo idiomático del idioma, y cuanto más exclusivo sea, será más castizo. Un verbo derivado del latín podrá hallarse en francés, en italiano y en castellano, y aun con el mismo valor. Si lo usan todos los españoles, castizo será; pero lo será más otro que, empleándolo italianos y franceses, tenga en España un matiz diferente, porque esa diferencia es el sello nacional, que lo ha diferenciado; y todavía será más castizo otro que ni con diferente ni con el mismo significado se halle en Francia ni Italia, porque en este caso todo él se fraguó en España, lleva el sello español, no ya en la superficie, en una distinción del significado, en el cuño, sino en toda su hechura y en los materiales y ley de la aleación.
De estos tres casos, en el segundo, lo castizo, ó digamos lo propio y exclusivo de España, no puede venir de muy atrás: es agua derivada de la misma fuente latina, que toma cualidades propias en cada terreno, en Francia, Italia, España. En el primero, cuando ni aun ese sabor del terruño lleva consigo, sino que en todas partes es el mismo vocablo y con idéntico sentido, bien podemos pensar que se trajo ayer mismo del latín por los eruditos. En el tercero, ramas, tronco y raíz, corteza y médula, saben á español. ¿De dónde se deriva el árbol? Para los que conocen mis teorías, nada más obvio: es vocablo ibérico, nacional de la primitiva época.
Todas estas simplezas lo son tanto, que repito que no las han visto nuestros autores. Hoy hace el gasto el verbo saciar para expresar lo que todos sabemos. En los siglos XVI y XVII estaba en muy poco aprecio, mayormente aplicado á cosas intelectuales, y es que se ha traído del diccionario latino; si fuera común en España desde los romanos, hubiera sonado sazar. Nuestros clásicos preferían hartar, ahitar, llenar, satisfacer. De éstos, satisfacer gustaba por lo nuevo á los escritores, pero no usándolo el pueblo, es claro que tampoco era muy castizo, como lo dice su misma forma, puramente latina. Llenar, ya era más español, pasó al castellano desde los primeros tiempos. Tal indica su fonetismo, pues lleno de donde salió, viene de plenum, como llorar de plorare, llano de planum, y no menos su significación concretada de la genérica que tuvo plenum, y aun tienen lleno y llenar. El gran orador y obispo aragonés de Barbastro Fr. Jerónimo Bautista Lanuza empleó más que nadie el verbo saciar en sus Homilías sobre los evangelios, 1621. Pero más castizos son sin duda hartar y ahitar. Hartar de harto, es el fartum latino, venido á España en la época romana, y así lo usaba el pueblo lo mismo que los eruditos. Si lo comparamos con ahitar, no hay quien no eche de ver que éste encierra una fuerza y un colorido que deja oscurecidos á los otros. Al oir ahitarse ó ahito se nos van los ojos á la garganta, y nos decimos éste está hasta aquí, y ese aquí es el que señala todo español con el dedo. En Correas leo: darse un papo, una hartazga; en Quevedo: estoy hasta el gollete. Ahitarse, papo y gollete son tan gráficos como el hasta aquí, y sinónimos de todo punto. Este cuadro naturalista, no menos que el otro del dicho de Correas: darse una ventrada, y el popularísimo sacar el vientre de mal año, son exclusivamente españoles. Eso es lo castizo. Ahitarse y ahito, papo y repapilarse ó empapizarse, no son de origen latino, sino ibérico. Vientre, que viene del latín, es muy español; pero nadie negará que lo son mucho más papo, panza, pancho, tripa, todos ibéricos.
Si de entre estos vocablos hubieran de escoger tres autores, pongo por caso Granada, Santa Teresa y Lope de Rueda, á buen seguro que Granada se quedaría con satisfacer y vientre; la santa, menos erudita, bien que algo mirada, daría la ventaja al hartarse y al papo, y el para mí primer cómico español Rueda diría á boca llena, sin melindres, porque sin melindres lo dice el pueblo y lo que el pueblo dice es lo más sano y natural: panza, pancho, tripa, ahitarse y hasta aquí.
Claro está que los que escriben son los eruditos, y que por tales quieren pasar; por el consiguiente, no es de maravillar que lo más castizo quede postergado, y que al regoldar ibérico de Sancho prefieran como curiosos y limpios el latino erutar de Don Quijote, ó el más latino y menos español eructar. Por supuesto, que tan limpio y curioso es lo uno como lo otro, ni los romanos dejaban de regoldar tan feamente como los españoles cuando el caso llegaba, y su vientre no era más de azucenas que la panza y las tripas de esta tierra de garbanzos; pero el hombre vive de fantasías y embelecos, y más las gentes de guantes y levita, hechas á no llamar al pan, pan, y al vino, vino, como los aldeanos que beben puro y sin mezcla el aliento de la naturaleza.
Por este camino el castellano va perdiendo su color, marchitando su fragancia, borrando su sello nacional, deshaciendo lo que tiene de castizo, de genial y propio. El idioma se convierte en lingua franca, gálico-latina, de fácil manejo para el comercio y para darse á entender con extranjeros, pero muy poco estética y menos varonil para el arte y la vida. Porque la vida no se encierra en la bolsa ó aduana, sino en la conversación ordinaria, en la cháchara familiar, en el palique de estrados, portales, rejas y plazas.
De aquí que las comadres del barrio y los tíos del soportal de la parroquia sean para mí y para todo el que entiende algo de arte ó aprecia un grano de la naturaleza más que cien arrobas de artificioso pedantismo, los que más castizamente conservan el castellano, los que mejor lo parlan y los verdaderos maestros de lingüistas, escritores y académicos.
Saber francés, latín y hotentote, cosas son harto buenas para otros menesteres, y aun para conocer á fondo el mismo castellano; pero cuando para hablar castellano castizo ó para formarse un criterio cierto del casticismo sólo sirven de embarazo, como suele suceder, de desear sería que nos olvidásemos del hotentote, del griego y del latín. Y no hay para qué aspaventar, porque no hay novio, por lo menos de los que yo conozco, que le importe un ardite la cara más ó menos apabullada de su futura suegra, con tal que sea linda la de la polla. Cuando hablo ó escribo castellano, viene á decir Valdés en no sé que folio de su Diálogo, procuro olvidarme del latín. No faltaba más, sino que un ochentón, como el castellano, más que diezdoblado, no supiera todavía andar sin andadores y sin su ama de cría al lado, repiqueteando las sonajas.
Yo no digo que prescindamos de todo punto de las millaradas de vocablos latinos que ya han tomado carta de naturaleza en la literatura y aun en el habla de las personas cultas. Lo que sí habíamos de hacer los amantes del castellano, es menudearlos lo menos posible, cerrar la puerta á otros infinitos que nos pretenden introducir los que sin saber latín se entretienen en hacernos creer que lo saben, y sobre todo apurar y acrisolar nuestro criterio acerca del casticismo, estudiando nuestro caudal léxico, para poder dar la preferencia á lo más idiomático, á lo que se amolda á nuestro fonetismo, y á los radicales exclusivos españoles, que son los más pintorescos y robustos por lo mismo que llevan la estampa de la fantasía y del corazón de nuestro pueblo. Tal es el secreto de los grandes hablistas, conocedores de su hacienda, que tienen á gala pasarse la vida desentrañando el tesoro que nos legaron nuestros padres y en él el alma entera del pueblo español, no por prurito de desempolvar vegestorios, sino de sacudir de nuestro idioma la polilla galiparlera que la ignorancia y pisaverdismo ha puesto de moda, sometiendo nuestra rica lengua, como todo lo demás, al yugo extranjero. Los pueblos y los individuos son grandes, cuando libres de ajenos arrimos rebosan de vida propia, cuando llegan á ser verdaderos caracteres, ingenios que se levantan sobre el rebaño de las medianías.