I
Alguien me ha tenido por sobradamente purista, por enemigo de los neologismos, sean franceses, sean latino-eruditos.
Acerca de los neologismos, soy tan holgado de mangas como esos reverendos abades benedictinos que vemos en las hornacinas de nuestras catedrales, que les cuelgan hasta el suelo. No les tengo la menor inquina por ser neologismos, y por poco autorizada que sea mi opinión, no dejaré de decir que me allano á recibir con los brazos abiertos todo vocablo que nos venga de fuera, con tal que responda á un concepto ó á un artefacto nuevo sin nombre castellano. No es el idioma un vestuario de teatro, cuyas piezas inventariadas puedan servir en caso de penuria para muchos y variados personajes, ó un almacén de prendería, donde entran y salen según la temporada y la moda todo linaje de prendas ya hechas de vestir. Un idioma atesora un cierto número de radicales y de sufijos, que sin darnos cuenta hormiguean por la enredada y recóndita madeja del cerebro. Las ideas que en cada momento ocurren, salen á las tablas rebozadas de su correspondiente vestimenta, cortada y cosida de uno ú otro radical y de uno ú otro sufijo. Pero acontece que la idea viene de extranjis y lleva, como es natural, el traje del país de donde viene: es tal la trabazón y entalle de la forma fónica á su idea, que dificultosamente hallará ésta en tierra extraña sastre que le acierte en el corte y que le entalle bien la ropa. Bienvenidas seáis, pues. Pero ¡por vida mía!, así como al llegar acá habéis de españolizaros más ó menos, pues no hay idea que no coloree su matiz al mudar de temple, españolizad también vuestro traje cuanto os sea posible.
Loable es el neologismo, cuando viene como marbete (en francés etiqueta) sobre la envoltura de algún nuevo artefacto ó idea flamante. Ya que hayamos sacrificado en aras del lenguaje cosmopolita de la ciencia el derecho de sacar los términos técnicos de nuestro caudal de radicales, como podíamos haberlo hecho, pese á quien suponga que el castellano no da de sí para ello, lo menos que se puede pedir es que se manejen los radicales greco-latinos con mano adestrada y sin herir ni degollar á nuestro lastimado idioma. No es tan hacedero, como parece, esto de bautizar una criatura, y no pocas veces la erraron los inventores ó padres del nuevo parto, por falta de conocimientos lingüísticos. Ante todo es menester saber el griego y el latín, y luego, ó si se quiere antes, saber el castellano. Sabidurías son éstas que en España se les alcanzan á muy pocos. Diríanse aves de altanería, que vuelan allá remontadas por cima de las nubes, seguras de que se acabaron tiempo ha los halcones, sacres, neblíes y azores, por más que «haya por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos gerifaltes».
Aquí no se sabe griego, ni latín, ni castellano; y aunque esto suene á encarecimiento de pesada burla, y el detenerme á probarlo lleve trazas de digresión impertinente, nada hay de eso, ni de esotro, ni de lo de más allá. No me vengan á tapar la boca con estadísticas de alumnos matriculados en Institutos, Universidades y Seminarios. De los Institutos, con esos programazos kilométricos de lengua latina, en los cuales se agota toda la teoría del latín, salen los imberbes muchachos de diez y once años sin pizca de latinidad. Ábraseles el primer libro que se ofreciere escrito en latín, y por macarrónico que sea darán de bruces á la segunda palabra que pretendan traducir, si es que no dieron á la primera, ó si es que lo pretendieron; que á ser algún tanto discretos, volverán la cabeza á otra parte sin pretensiones de entender poco ni mucho. El hecho es dolorosísimo, pero tan cierto y reconocido como doloroso. Apelo á los mismos profesores y discípulos, á los padres de familia y á todos los españoles que lo tienen sabido de sobra. En las Universidades se les exige un trozo de versión, como si no se supiese que no están en disposición de hacerla. En los Seminarios todo lo más que se logra es que entiendan á medias el Breviario, y yo conozco un buen golpe de lucidos y lucios eclesiásticos que ni á medias lo entienden. ¿Quién, pues, sabrá latín en España? Sólo quedan las monjas, que lo destripan en el coro, y se dan á entender que el qui temperas rerum vices bien pudiera traducirse por quiten peras (en el huerto) raras veces.
El tiempo que en los Institutos se dedica al latín no es para hacer muchos milagros ni estupendas maravillas. Eso suelen reponer los profesores, y yo estoy con ellos. Pero todavía me atrevería á decirles, al oído, por supuesto: «Y ustedes ese corto tiempo lo acortan más con sus programas».
Un prolijo programa de teoría latina encajaría, como de molde, después que los discípulos tuviesen el suficiente conocimiento práctico para leer á libro abierto los autores corrientes: lo entenderían y aprenderían á pocas lecciones que se les dieran después en la Universidad, porque se reduciría á recordarles y encasillar en un sistema lógico lo que ellos ya se sabían prácticamente sin caer en la cuenta. Pero, para esos mezquinos y alternos cursos de latín del Instituto, los brillantes programas de que alardean algunos profesores sólo sirven, cifrando en breves palabras lo que requeriría un volumen: primero, para acortar más el poco tiempo disponible; segundo, para hacer aborrecible el estudio del latín á los tristes muchachos, que han de llevar pegadas con alfileres al examen un montón de respuestas sin atadero y de pura memoria, por no tener conocimiento práctico de la lengua; tercero, para que los anticlasicistas griten en son de triunfo que esa asignatura es inútil, pues no da resultados, y que mejor sería invertir el tiempo en aprender lenguas vivas ó en hacer gimnasia; cuarto, para lucir el profesor sus hondos conocimientos y su habilidosa destreza en saber copiar á Guardia ú otro autor, de los conocidos en España, cuyas doctrinas de segunda mano están ya podridas de puro viejas; quinto, para dar trabajo á los impresores y salida á los libros de texto por tan socorrida manera compuestos; sexto, para que los extranjeros crean que aquí se estudia el latín; séptimo, para que los españoles nos acostumbremos más y más á buscar en todo las apariencias y los juegos de efecto, y hagamos callo en la farsa nacional. Este septenario yámbico-trocaico, verdaderamente cataléctico, es el que ha matado el estudio del latín en España.
Muy duro contra los profesores está usted, me dirá alguno. Pero se engaña de medio á medio, porque yo no iba á echar la culpa á los profesores. ¿Cómo han de tenerla, si no hacen más que seguir el espíritu de la Ley, la cual les enseña este método de los programas? La Ley les ordena, cuando se presentan á oposiciones, que enjareten un programita muy cumplido y que por él expliquen una lección como si se hallaran en clase. Ese programita es la madre del cordero, y la abuela es otro no menos cumplido, y á veces extravagante programa, que la misma Ley manda endilgar á los vocales del tribunal, para que sirva de pauta en la elección de profesores. Es cosa averiguada que con semejante programa salen á flote los que tienen más poderosa memoria y más linda labia; pero no los que saben más latín. Con ese programa muy bien sabido, puede estar uno enteramente ayuno de latín, y teniendo muy bien sabido el latín, puede quedarse parado sin saber contestar á él. Y llamo saber latín á lo principal, que es entenderlo á libro abierto, y aun escribir y hablar en latín, para todo lo cual el programa teórico está demás.
No me meto en los Seminarios, porque la tela sería harto larga. Del griego nada he dicho, porque con él pasa lo mismo que con el latín, salvo que se le dedica menos tiempo y son muchos menos los que tienen que cursarlo para obtener los certificados académicos, único fin al cual están enderezados los estudios todos en esta tierra del papel timbrado.
Que no se sabe latín ni griego en España se prueba mucho mejor por los hechos. Y el hecho que voy á recordar solamente, porque todo el mundo lo sabe, es tan fehaciente y tan fresco, que no hay más que pedir. Con él estamos en el corazón de la cuestión de los neologismos y voces técnicas. Si en alguna parte ó rincón de España se puede buenamente suponer que se sabe latín y griego, es en la Academia de la lengua. No seré yo el que afirme que los señores Académicos no saben griego ni latín. ¿Quién va á suponer tal de Menéndez y Pelayo, de Saavedra, de Mir, de los señores Pidales, de Benot, etc., etc.? Digo sinceramente que esos esclarecidos varones saben griego y latín, más ó menos, y algunos de ellos me consta de que lo saben muy bien sabido. Pero ello es que en la Academia, como tal, se ha decidido como jamás hubiera decidido el último de nuestros humanistas del siglo XVI. Déjenme desahogarme: ¡oh sombras de los Sepúlvedas, Vergaras, Castros, Abriles, Monzós, Ruizes, Morcillos, Vives, Nebrijas, Victorias, Núñez, Agustines, Chacones, Sánchez, Barbosas, Correas, Palmirenos, Montanos, Zamoras, Mendozas, Lagunas, Escobares, Roas, Estazos y demás latinos y helenistas! Las manos á la cabeza se llevarían, si la alzaran y vieran y oyeran lo que jamás se vió ni oyó sino en España y en el siglo XX.
Bastaría apuntar el hecho, si en Alemania estuviéramos; pero aquí menester será poner en antecedentes greco-latinos al público, que pudiera suceder no penetrase la ignorancia que el hecho supone. En la transcripción y pronunciación de voces griegas, sabido es que en castellano se ha seguido siempre este doble principio: el uso ante todo, que con el tiempo ha ido modificando los vocablos, por adaptarlos al ingenio de nuestra lengua; y luego el modo de pronunciarse en latín, cuando se trata de voces nuevamente traídas del griego. La razón de lo segundo es porque todas las palabras que vinieron al castellano del griego nos las trajeron los latinos. Pongamos un ejemplo. Del kírkinos griego hizo el latín la expresión ad circinum, que pasó al castellano en la forma á cércen, de donde cercenar. Así nuestros clásicos pronunciaban como grave esta palabra: «Antes llevando á cércen la alta cresta» (Valbuena, Bernardo, c. 24); «Ensalmo sé yo | con que un hombre en Salamanca, | á quien cortaron á cércen | un brazo con media espalda, | volviéndosela á pegar | en menos de una semana» (Alarcón, La Verdad sospechosa). Y con todo hoy decimos á cercén, y muy bien dicho, porque natural condición del castellano es el pronunciar agudas las voces terminadas en consonante, y particularmente las terminadas en en. Las dos c en cercen suenan como en latín al venir tal vocablo al castellano, aunque antes sonaran k, lo mismo que en griego; el acento se mudó después por la analogía conforme á la acentuación castellana: son los dos principios expuestos.
Robles Dégano en su Ortología clásica ha sacado como conclusión del estudio de nuestros clásicos, que preferían deshacer los diptongos en la mayor parte de los vocablos nuevamente traídos del latín y del griego, es decir, que preferían la diéresis al diptongo; hoy en día vemos, por el contrario, que nuestros poetas prefieren el diptongo á la diéresis, y que ésta sólo por licencia poética y como excepción la admiten á veces. El Sr. Robles se amohina y enfurruña contra esta que él tiene por novedad y dice que lo hacían mucho mejor los clásicos, y que la diéresis da mayor sonoridad al lenguaje. Purismo vicioso es éste del Sr. Robles, como lo es el de aquellos que en todo y por todo alzan la bandera del casticismo mal entendido, sin dar oídos á otras razones sino á que así lo usaron los clásicos. No es ir contra lo castizo admitir en el lenguaje lo que da de sí su natural evolución; antes bien, por castizo se ha de tener lo que esa evolución natural da de sí, pues si de casta le viene al galgo el ser rabilargo, de casta le viene al lenguaje el evolucionar, el ir mudando de una manera lenta é inconsciente, lo cual, por lo mismo, es muy castizo. Sirva de ejemplo el caso mismo de que tratamos. Los clásicos tomaron esas voces como sonaban en latín, que era sin formar diptongo: hicieron muy bien. Pero propio del castellano es formar diptongo siempre que se puede: ese es su carácter, que le viene muy de casta, eso es lo castizo. Á poco tiempo de tomadas esas voces greco-latinas, los mismos clásicos les hicieron formar el diptongo poco á poco, y hoy es la regla general.
No es castiza una cosa porque la usaran los clásicos, sino que los clásicos la usaron por ser castiza. Natural era que se tomasen las voces greco-latinas tal como se hallaban, pero lo castizo fué que poco á poco fuesen entrando en la turquesa común castellana. Y á fe que la sonoridad del castellano se debe en gran parte al diptongo; tan lejos de la verdad está lo que Robles dice. Y aunque así no fuera, lo más sonoro en cada idioma es su fonetismo propio, al cual debe acomodarse cuanto venga de fuera, y de hecho se acomoda por ese proceso lento que llamamos evolución, la cual no es otra cosa que el casticismo en ejercicio continuo, el incesante acomodarse del material lingüístico fónica y semánticamente al modo de ser de la raza en cada momento de su historia. No basta, pues, conocer lo clásico, lo de los siglos XVI y XVII, para poder decidir de lo castizo de un vocablo ó construcción; menester es además conocer á fondo el modo de ser del idioma en sí, en sus tendencias seculares y de cada época; es necesario tener bien conocidos el fonetismo y la semántica del castellano, y la psicología de la raza en general y en su continuo desenvolvimiento, con los mil factores y causas que de fuera y de dentro obran en el pensamiento español y en su manifestación fónica, que llamamos idioma español ó castellano.
Tenemos pues, que, habiendo pasado por mediación del latín todas las voces que el castellano posee del griego, no hace al caso la pronunciación que en griego tuvieran, sino la que tuvieron en latín. La unidad del idioma, como en las obras artísticas y en todo lo que refleja el pensamiento, es una perfección, á la cual los idiomas se encaminan por una cierta vereda, muy trillada por las lenguas todas, la cual, en lingüística, llamamos analogía, principio unificador que da carácter propio á cada idioma, haciendo que los elementos extraños ó los desbaratados del mismo idioma vayan poco á poco encajando en el molde común, cuanto lo sufren los demás agentes que en la evolución del habla obran á la continua. De aquí el que las voces que los españoles fueron tomando después directamente del griego, para expresar nuevas ideas ó artefactos, las tomasen, no como sonaban en griego, sino como sonaron en latín ó como debieran haber sonado conforme al fonetismo conocido de esta lengua. Los griegos decían Socrátes, Demosténes; los latinos Sócrates, Demóstenes, y lo mismo década, pirámide, Carnéades, acéfalo, bucéfalo, aunque los griegos pronunciaban estas voces con k en vez de c.
También en latín sonó c como k; pero al pasar á las románicas este sonido se silbantizaba; y así, cepulla, que sonó antes kepulla, dió cebolla, y cilia dió ceja, cena dió cena. Siguiendo esta analogía, á nuestros humanistas jamás se les ocurrió decir queleridad, aunque así había sonado en latín clásico, sino celeridad, como sonó después, y conforme á la silbantización de ce, ci en castellano. Ni dijeron á kirkin, á la griega, sino á cércen, de ad circinum, porque tenían delante á sabiendas, ó no á sabiendas, la cera del latín cera, del griego keros, y todos los demás vocablos greco-latinos.
No era menester para eso ser grandes conocedores de las lenguas clásicas; bastaba dejarse ir agua abajo por la corriente de la analogía, que lleva con toda seguridad á lo más castizo, á lo propio del idioma. Del tema griego kin, movimiento, formaron los sabios el término cinemática, y de ayer son cinematógrafo y otros vocablos, en los cuales, sin grandes quebraderos de cabeza, con sólo obedecer á la analogía, se atuvieron á la índole del castellano y á la transcripción tradicional.
Y ahora viene la hazaña cometida en la Academia Española. De esa misma raíz y de la otra tele, que vale lejos, quiso formar un nombre para su nuevo invento el Sr. Torres Quevedo. No atreviéndose á hacerlo por sí y ante sí, acudió á la Academia. Hubo sus dimes y diretes, y, por consiguiente, con todo conocimiento de causa, tenga la culpa quien la tuviere, que yo no me he puesto á averiguarlo, salió del bureo, como diría Cervantes, el nuevo y flamante terminajo telekino, con k escrita y pronunciada. Tal vez telecino, como debía decirse, les olió á tocino y no quisieron pringarse las manos.
¡Oh sombras de!... los poco humanistas que acertaron, con menos bureo, á dar nombre al cinematógrafo y á la cinemática. Ya no me espanto al dar con el rótulo bideograf, estampado en una barraca de Madrid. Los barraqueros se fueron á traer de Francia su interesante rótulo, porque al menos allí todo es très intéressant; pero el telekino no sé de qué rincón del mundo planetario se haya traído, porque en ninguna parte se halla tal modo de pronunciar. Casi casi sería preferible seguir el consejo de un escritor americano, que coincide con lo que hicieron los barraqueros. Dice que no podemos prescindir del francés para todos los términos técnicos, es decir, que Francia debe ser la aduana por donde hayan de pasar los vocablos greco-latinos. Para traerlos acá habría que suplicar á los franceses, quitada la gorra, si podrá pasar tal ó cual voz con su anuencia y visto bueno; y ¡ojo!, no nos desmandemos á pasarla de contrabando, no se nos vaya á atufar y torcerse los mostachos el jayán del gendarme, que gasta malísimas pulgas. Malo, disparatado, eminentemente servil es el criterio del autor americano; pero es más sano y menos dispuesto á errar que el que echó al mundo el voquible telekino.
Creo que fué Lineo el que separando al hombre y á los monos de los demás animales, los encasilló en un nuevo orden, que llamó de los primates. El vocablo fué tan á sabor de los naturalistas, que despertó en la cabeza de un sabio americano nada menos que la teoría de la evolución de las especies, ya entrevista por Lamarck. Como cada vocablo lleva consigo una representación ó fantasma, me sucede á mí por lo menos, que cada vez que empleo ú oigo el término primates, se me van los ojos á las selvas de Borneo y cuando no te me cato sale de entre unos troncos y malezas un reverendo gorila, garrote en mano, ó un chimpancé de gruesas posaderas, ó un orangután haciendo visajes. Ahora les ha petado el terminajo á los periodistas y se lo aplican harto donosamente á los prohombres ó cabezas de la política española. Es una chistosísima obsesión despertadora de cierta desapoderada hilaridad y jolgorio, la que padezco cada y cuando que al pasar los ojos por los periódicos doy con una colección de semejantes alimañas. Gedeón les pondría cara de fulano ó de mengano. Pero que en un artículo serio nos conviertan á todos en Gedeones, por pazguatos y poco bullangueros que seamos, y nos hagan juguetear tan cruelmente con personas tal vez amigas, ó por lo menos simpáticas y respetables... Á la verdad, ese neologismo político no me parece decoroso. He ahí un campo, tiempo ha en barbecho, que podía cultivar la Academia Española. Estos son los puntos que más de cerca le tocan. Y es trabajo urgente, tan urgente, que á poco que se descuiden, esas malas hierbas se enseñorearán de la tierra y no habrá layas que las puedan desarraigar.
Baralt pasó de la raya en su rebusca de galicismos, pero convengamos en que hay enfermedades que no se curan con paños calientes. Hay infinidad de galicismos que, con no traernos nada nuevo, han matado términos que ya no podemos suplir. Prestigio era antes una especie de ilusión ó apariencia, ó algo más que ya no podemos expresar, algo que con su autoridad engañosa le dejaba á uno embaucado, una añagaza aristocrática. Hoy se lee á cada triquitraque «es un sujeto de prestigio ó que tiene prestigio», por no querer ó no saber decir que tiene crédito, buen nombre, excelente opinión ó fama». «El Gobierno goza de prestigio» vale en esta jerga «que tiene poder, poderío, influjo, influencia, crédito». Pues ¿y las orientaciones? Diríase que todos nos hemos convertido en brújulas. ¿Tienen los franceses algo que equivalga á la modorra española? ¡Si la inocente apatía se ha de convertir en verdadera modorra al pasar los Pirineos! Dejemos ese término simplón, que es harto suave para la holgazanería española.
«Me sentía turbado; una singular emoción me ganaba; era como un mareo; la tête m’en tournait, para decirlo con una fuerte y gráfica frase francesa, intraducible al español». El autor que ha escrito esta sarta de galicismos traducía á libro abierto del francés ó acababa de darse un hartazgo de lectura francesa, no puede menos. ¡Pero que en castellano falte manera de expresar lo de la tête m’en tournait! ¿No ha oído nunca decir que le dan vahídos, que se marea, que se le va la cabeza al que mira desde una torre? Pues harto más recio es eso de írsele y quedarse sin ella, que no el darle vueltas la cabeza, ó andársele la cabeza, que responden enteramente á la frase francesa. Y si no le contentan tales rodeos, escoja entre estos otros: «De haber puesto atención á las muchas cosas que habéis dicho, que me han desvanecido la cabeza» (Juan de Pineda, Agricultura Cristiana, Dial. 7, 17). «Era tanto el ruido, que se desvanecía la cabeza» (Quevedo, Zahurdas de Plutón). «La corriente del agua le desvaneció la cabeza» (Cervantes, Persiles, l. 3, c. 15). «Los muchos truenos... desvanecían la cabeza y parecíale que andaba al rededor» (Cáceres, Paráfrasis de los Salmos, s. 76). «Que ya me tiene quebrada la cabeza» (Tía fingida). «Como cuando un hombre anda mucho al rededor y da muchas vueltas, queda desatinado y le parece que todo el mundo se anda y se viene abajo» (Diego de Vega, Paraíso de los Santos, S. Miguel). «Se le desvanece la cabeza y le parece que todo el mundo se le anda» (Ídem, S. Francisco). Pero hay una palabra en castellano que precisamente nació de aquí, y es la de retortero, del dar vueltas, tortus. «Y que los había de traer al retortero á todos» (Quevedo, Cuento de cuentos). «En cerco andan los pecadores, al rededor y al retortero, cuando como beodos y sin juicio...» (Cabrera, pág. 335). «Se les anduviese la cabeza al retortero» (Antonio Álvarez, Silva espiritual, Feria 6 de la Dom. 5 de cuar., 5 c.) «Inquietaldos, turbaldos, de manera que se desvanezcan, les den vaguidos de cabeza y no sepan de sí. Anden siempre al rededor. No tengan firmeza en nada. Traedios, Señor, al retortero» (Cáceres, salmo 82). «Es un vaguido de cabeza, un andar al retortero y tener trabucado el juicio» (Diego Vega, S. Miguel). Ahí tenía el autor frases harto más gráficas que el «me sentía turbado, una singular emoción me ganaba, la tête m’en tournait» ¿Qué es eso de ganarle á uno fuera de ganarle los cuartos ó de llevarle ventaja? Y esotro de emoción será bueno en Psicología; en castellano se dice de otras mil maneras más coloristas y más poéticas. Emoción y conmoción, que después añade no es más que un meneo, y aun eso para los que saben latín; y lo de auscultor es puro latino, y aúscopa puro greco-latino rematadamente híbrido y nauseabundo, digamos asqueroso en castellano. Aquí nos pasmamos, nos admiramos, nos espantamos, nos maravillamos, nos estremecemos, y según sea la emoción usamos más concretamente otra infinidad de verbos, que los tenemos á granel y á montones, á porrillo y á puntapiés por esos suelos, y nos dejamos de secas y descoloridas gabachadas.
Porque descoloridos son todos esos vocablos que hoy privan por ser los únicos que tienen los franceses, que por la mayor parte son puramente latinos ó griegos y que por lo mismo no suenan á nada á los oídos españoles, ni pintan nada á sus ojos, ni menos les tocan al corazón por no ser sentidos, digo por no haber salido ni de la cabeza, ni de la imaginación ó magín, ni del corazón de la raza española.
No llevan el color del terruño, ni engastan el sentir de nuestra gente, ni se han calentado al sol de Castilla. Llenamos nuestra tienda de géneros extraños, embaucados como niños, por la bonitura del envase iba á decir, y sólo es porque los vemos en manos de aquellos ya de antaño reconocidos buhoneros, de los que decía Quevedo que nos venían á engatusar y sacarnos los cuartos vendiéndonos ratoneras y agujetas. No nos percatamos del trueque ni de que por ser de peor calidad se han de averiar antes, y que los libros que con ese aguado decir escribamos, quedarán muertos al mes siguiente. Pero lo peor del caso es que retiramos á la trastienda los géneros nacionales, donde quedan á trasmano arrinconados y mohosos. Hay en las más hondas capas del habla vulgar castellana muchedumbre sinnúmero de voces tan pintorescas, tan agudas y primorosas, de tan recio sentir y tan bien sonantes, que nos las envidiarían los escritores extranjeros. Son vocablos que dicen con el pensar español, que se vaciaron en la creadora fantasía española, que dieron color, brío y vida á las obras de Cervantes y Quevedo; pero que la literatura moderna deja ratonarse y apolillarse, por andarse á mendigar otros cosmopolitas, franceses, desustanciados, manoseados, de cajón, que no responden más que al menguado, poco poético y feo pensar de los bulevares modernos, ó dígase las rondas afrancesadas. El que en ellos se ha criado, ó ha deseado y soñado criarse, halla mezquino y faltoso nuestro rico caudal, y se quedará muy más convencido de ello al tropezar con tres ó cuatro palabras anglo-francesas que se le antojan exquisitas é intraducibles, porque está de todo en todo ayuno de idioma castellano.
¿Pero acaso hay palabra verdaderamente traducible entre dos lenguas? Eso fuera si dos pueblos tuvieran la misma cabeza, la misma sangre, el mismo natural, el mismo humor, la misma alma. Lo que aquí hay es que pretenden hacer literatura española pensando en francés, leyendo libros franceses, empapándose en imágenes y sentimientos que en Francia son tan delicados como sus vinos; pero que en España saben á aguachirle. La espuma del champán es harto agradable; pero como les decía un baturro á unos que estaban bebiéndolo: ¡buenas pantorrillicas echarán con eso! Dejemos cada cosa en su lugar, y si queremos escribir en castellano y hacer arte castellano, pensemos y sintamos y hablemos como se piensa, se siente y se habla en esta tierra, que no es tan desaprovechada é ingrata como creen los que no la conocen.