II

Ya yo me lo había calado, que por algo me quise curar en salud. Parece que al leer mi último artículo en La España Moderna no ha faltado quien sintiese cierto cosquilleo y una no del todo agradable comezoncilla, hasta el punto de hacerle soltar la maldita contra el arrojado é insolente español que tan malparados dejó á los americanos. Doleríame que el que así se picó fuera de los que les coge de lleno mi caritativa crítica. Que caritativa fué en el fondo, aunque confieso llanamente que en el modo anduve un si es no es de indiscreto. Tal les ha parecido también á mis amigos de por acá, y yo, reconociendo la culpa, pido de ella perdón. Lejos de mí el haber intentado envolver en la condena á todos los que por América se dan á escribir. Por ejemplo, al autor de un libro impreso el año 1904 y que hará unos meses llegó á mis manos. Su encabezamiento es precisamente este mismo de El castellano en América. No es él un fulano de por ahí; es «individuo de la Facultad de Derecho, abogado honorario del Brasil, correspondiente de la Real Academia de la Lengua, de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la Sociedad de Historia Diplomática de París», y hasta catorce líneas de títulos, según reza la portada. No nos las habemos ya aquí con cualquier mequetrefe, que se deja embair por ñoñerías insustanciales; sus años bien cumplidos lleva á cuestas á par de sus títulos y fama. Creo que para conocer la cultura americana, hará al caso ver qué piensa de estas quisquillas lingüísticas y cómo maneja la pluma escritor tan calificado.

En el primer capítulo, donde hace una sucinta reseña de la historia del castellano, deja ya entrever lo al tanto que está de las últimas conclusiones de la ciencia. Allí vemos que «los egipcios fueron dejando rastros de su cultura y lengua en el castellano». Efectivamente, los antiguos nos hablan del egipcio Osiris, que muchos piensan no distinguirse de Baco, y de sus celebérrimas excursiones y andanzas por todo el universo mundo; y aunque no conozcamos con certeza el itinerario que siguió al frente de sus huestes, ¿quién será tan osado que niegue la posibilidad de haber venido á España, donde sin duda dejaría rastros de su cultura y lengua? ¡Cuántas etimologías castellanas están por averiguar, entre las cuales una buena porción bien pudiera aclararse por el egipcio, lengua antiquísima, merecedora de esto y de mucho más!

Añade que el castellano «tuvo origen y extendióse en las montañas de Castilla la Vieja». Los mozárabes, los castellanos nuevos, los aragoneses, hablaron siempre castellano, sin haber bajado de esas montañas; pero ¿quién duda de que el castellano nació en Castilla, pues ahí está su mismo nombre que lo está diciendo?

Dice que «el germano concluyó con el latín literario». Bien es verdad que literatura latina hubo y sigue habiéndola todavía; pero realmente de entonces acá el latín que se ha escrito dista tanto del de Cicerón, que muy bien puede afirmar el autor haber desaparecido el latín literario para el tiempo de las invasiones germánicas, tanto más que el germano nunca supo escribir en buen latín; de modo que podemos decir que el germano de una ú otra época concluyó con él.

De los que han trabajado acerca de la gesta del Cid conoce el autor á Bello. Aquí vemos confirmado lo que en el artículo anterior insinué: son tantas las dificultades que se ofrecen para la comunicación con algunas Repúblicas americanas, que no sólo de Europa, pero ni aun de los Estados Unidos han podido llegar noticias de los muchos trabajos que después de Bello se han hecho sobre tan interesante poema, y eso á un autor, como el nuestro, que sigue tan de cerca la pista de los últimos descubrimientos científicos.

Yo tenía creído que por América no se estudiaban las lenguas orientales; pero me ha sacado, y con gran gusto mío, de esta ignorancia nuestro eruditísimo autor, el cual no sólo parece ser aficionado, sino que ha debido de hacer de ellas estudios muy profundos, según se ve claramente por estas palabras: «Oriental la sintaxis española durante los siglos XIII y XIV, llega después á ser clásica, con ricas galas y hermosas preseas». Algo de esto había apuntado cierto académico de la Española en su discurso de recepción; pero eso no quita el mérito al escritor americano, cuyo descubrimiento no puede negarse que es sobre todo encarecimiento importantísimo, y el día que lo exponga detenidamente en libro particular, que sí lo hará, como lo requiere el asunto, la gramática histórica del castellano se volverá de arriba abajo, y la lingüística general podrá asentar como una de las partidas más raras y asombrosas este fenómeno, desconocido hasta hoy, del paso de una sintaxis á otra muy desemejante en una misma lengua.

No menos enterado en los estudios románicos se nos presenta el autor en esta gravísima afirmación: «Los germanos, destruyendo el patriciado romano, propagaron el latín popular, el romance paladino». Es una nueva y originalísima solución del intrincado problema del latín vulgar y del nacimiento de los idiomas neolatinos, que asimismo toca á otra cuestión histórica, á la del fenecimiento del patriciado. Y era lógico y natural que, desaparecidos los patricios, sólo quedase pueblo, cuyo lenguaje bien pudieron propagar los germanos, aunque ellos mismos no lo hablasen, y ese es el «romance paladino».

Aunque en los siglos XIII y XIV la construcción sintáctica del castellano fué oriental según la teoría del autor, hasta las Partidas no fué menos extraña, pues éstas son «la obra portentosa en que el castellano se exhibe ya con propias construcciones». Tenemos, pues, una sintaxis extraña hasta las Partidas, otra propia hasta el siglo XIII, otra oriental durante los siglos XIII y XIV, finalmente, otra clásica de entonces acá. Todo ello quiso tal vez condensarlo el autor en el siguiente párrafo, cuya oscuridad se debe á la preñez de tantas y tan exquisitas ideas: bien merece que el lector lo lea y torne á leer, y lo estudie con toda calma y sosiego, para desentrañar toda la doctrina que encierra. Dice así: «El Poema del Cid colmó de orgullo á la musa castellana, que, restaurado en 1215 el puro latín de Cicerón, se entra prepotente por catedrales y monasterios, suntuosísimos alcázeres (sic) de todo saber; y allí, en las sagradas inspiraciones del monge de Berceo, nos da ya transformado en hermosa leyenda literaria y artística el román paladino, en qual suele el pueblo fablar á su vecino».

Finalmente: «Desde que los reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, proclamaron la lengua de Castilla como idioma oficial, cobró inmenso lustre y donosura»; acto que debió de ser de ruido y estruendo, aunque la incuria de los tiempos y la poca curiosidad de los historiadores lo hayan dejado (¡mal pecado!) en las tinieblas del olvido.

Con tan concisas y luminosas frases nos pone al tanto de los últimos descubrimientos acerca de la filología castellana. Los demás libros de esta clase publicados en América suelen llevar una introducción parecida; aunque hay que confesar que, por lo general, con menor brillantez y con datos menos apurados por la crítica moderna. Ponderadas después las grandes ventajas que aportó á nuestra lengua el descubrimiento del Nuevo Mundo, saca el autor las conclusiones, que, por leerse casi por las mismas palabras en los demás libros sus congéneres, pasaré por alto. ¿Á qué repetir el conocido cascabeleo de que «no deben repelerse de los diccionarios aquellos numerosos vocablos que usan millones de gentes», es á saber, los americanos, y la machaqueadora estadística de los «cincuenta millones de hombres», que por allá dicen que hablan nuestra lengua? Bien que estos desahogos, por cargantes que nos parezcan á nosotros con tanto repetirlos, no dejan de tener grave fundamento. ¿Por qué, efectivamente, no han de ser atendidos 50 millones de hombres, tanto por lo menos como los 10 millones á que se reducen los que por acá hablamos castellano, cifra sin duda exacta, pues según cómputo del autor el castellano es hablado «por sesenta millones?»

Ya que hasta aquí he alabado y puesto en su punto, como se merece, al autor, no dejaré, para que no se me tenga por demasiado parcial, de advertir algunas faltas, que se le han escapado, de menor cuantía.

Como lo de decir que «difiere el latín del español en la falta de conjugación por terminaciones diversas que tiene el primero, y de la (¿falta?) que carece nuestra lengua». «La palabra que en dilatadas regiones acostumbra la gente culta»: debió dejarse el cajista algún verbo. «Pues bien, ese poeta, que si hubiera escrito en español, supera á Bello»: hubiera superado piden los rudimentos de la sintaxis. «El árbol de ancha copa y rico follaje riega al viento su semilla para que nunca se extinga». Pero estos deslices han de atribuirse á la pujanza de aquellas tierras vírgenes, pues el lenguaje del autor, sin ser ampuloso ni retumbante, lleva ecos andinos; y, sin recargo de perfumes picantes, huele al suave aroma de las sabanas. Verdad es que hay entre esos ecos andinos algunos que hieren algo ásperamente el tímpano. Pongo por caso, cuando el pronombre viene tras el nombre suelen sufijarlo malamente los escritores americanos. «Y ya que mencionamos al insigne don Andrés Bello, es el caso de apuntar que cábele la gloria de». Semejantes pujos de cursilería fuera de tono, de la cual disculpo como es debido, al autor, van cundiendo también entre los periodistas españoles, y me sospecho que lo que les ha embotado los oídos para no percibir lo poco rítmico de tal sufijación, hasta poco ha desconocida, ha podido ser el estilo telegramático, añadiéndosele un cierto pisto de gusto estrafalario, afectado por los que andan á caza de originalidad. «El elemento popular americano debe ser materia prima en el diccionario de nuestra lengua». Por haber olvidado que hubo, allá en tiempo del rey que rabió por gachas, una cierta filosofía que llamaron escolástica, puso aquí el autor esa materia prima que ofrece alguna ambigüedad «Los hombres no se clasifican sociológicamente..., sino á mérito de la educación, de la cultura».

Á mérito de su origen americano habrá que conceder al autor el que exagere tal vez más de lo que pidiera un razonable andalucismo el valer de los que por allá escriben levantándolos por cima de los demás, como sobre una basa que sustente la memoria de tan peregrinos ingenios. «Pero quien ha manejado con más abundancia de vocablos la rica lengua de Castilla, quien más de cerca ha seguido al autor del Quijote, quien con más limpieza emplea múltiples y variados giros, quien derrocha primores y elegancias de dicción, quien arcaico, si se quiere, es el más clásico de cuantos últimamente han escrito en castellano, es el atildado estilista D. Juan Montalvo, de quien pudo decirse, en verdad, que al dejar su espíritu la tierra, recibióle en el empíreo Garcilaso y fué á confundirse con Cervantes». ¡Cáspita con el encarecimiento! ¡Confundirse con Cervantes! Contento se vería sirviendo de caudatario al americano Palma, por no citar á otros americanos y españoles. Montalvo enjaretó en su libro no pocos galicismos y extravagancias cultas y modernas, pensando buenamente que remedaba á Cervantes, y creyó darle cierta tonalidad arcaica con añadirle cuatro antiguallas que le llenaron el ojo. Recrecióseles á los lectores americanos, digo á los que estaban ayunos de clasicismo, y lo han levantado sobre los cuernos de la luna. Aquí sí que debieran leer á Valera y atender á lo que de Montalvo escribió, en vez de agarrarse á él, como á lapas, cuando abogan por la introducción de americanismos.

Ahí está publicado el Diccionario del Quijote: el que guste, puede buscar en él todo ese derroche de primores y elegancias de Montalvo. Seamos más mirados y modestos, dejando á Montalvo á la cabeza de los que en la imitación del asendereado manco gloriosamente fracasaron, y no será pequeño lustre el permitirle capitanear esas huestes.

Que «Don Antonio José de Irisarri desentrañó, en sus Cuestiones Filológicas, los organismos del castellano», sí será verdad, pero con eso y con todo lo de más allá, á pesar de nuestras ganas y de leer libros de Irisarri y de los no Irisarri, no ya las entrañas y redaños, pero ni dos dedos de la piel adentro hemos logrado, los demás y yo, calar y ver de esos organismos. Lo cual no se entienda contra el saber de Irisarri, que sabía tan bien como nosotros lo poquísimo que de tales organismos se nos alcanza á los lingüistas de estos tiempos. Otros vendrán, en los cuales se sepa más y haya más «dignos intérpretes de las galas académicas de nuestra abundosa lengua, asaz esmaltada por el ameno estilista de aquella tierra (Venezuela), el popular y talentoso Nicanor Bolet Peraza». Por vía de los talentosos, académicos y asaz esmaltados, y cuan abundantes y por los suelos andan en América, «La obra de Zorobabel Rodríguez, de la Barra y de Reyes son, si vale la frase, una autopsia de la lengua»: y ¡cómo que vale!; que con esas y esotras la van poniendo de talle, que pronto habrá menester la pobre lengua castellana que se la hagan en alguna clínica de París, á pesar de los que, como nuestro autor, se desviven por conservarla lozana y fresca.

«Eduardo de la Barra es un filólogo insigne, que escribió lo mejor que se ha publicado sobre métrica castellana». ¿No sobraría decir que escribió mucho de bueno? Por lo menos los admiradores de Benot, Sicilia y Bello se retorcerán los mostachos al estampido de tan fiero escopetazo. Bello tuvo un oído delicadísimo y apuntó observaciones métricas de gran valer y de mayor alcance de lo que se figuran los que no lo han estudiado; Benot no le va en zaga, añadiendo otras de no menor sagacidad; De la Barra ha sistematizado matemáticamente, como buen ingeniero que es, algunas leyes, que podrán ser de mayor ó menor provecho; pero la Métrica castellana continúa sin hacer, á pesar de estos autores, de Sicilia y de Robles con su Ortología clásica, estrellado pajar donde centellean algunos tenues hilos de luz.

Lo que no se debiera tolerar es que se pregonaran á bombo y platillos libros disparatados hasta dejarlo de sobra: «ha publicado el doctor D. Santiago Ignacio Barberena El curso elemental de Historia de la Lengua Española, que contiene mucho de filología de los idiomas sabios, y no poco respecto del germen, desarrollo y pubescencia del habla castellana. El lujo de doctrina y las citas oportunas avaloran esa obra interesante, en la cual se engolfa D. Santiago Ignacio, buscando el origen del lenguaje como andaba el inglés de marras en pos de la calavera de Adán, para ofrecerla al Museo Británico de Londres... Sea de todo eso lo que fuere, la obra del doctor Barberena es una prueba más de que en la América latina hay hombres de letras merecedores de sincero elogio, que honran la lengua que de sus antepasados heredaron. Los Quicheísmos de tan apreciable filólogo así como varios otros de sus libros, le han recomendado en el mundo científico, en el cual ya gozaba, en concepto de matemático, de una reputación bien adquirida». ¡Válame la burra de Balaam! y ¡qué de sinceros elogios nos vemos precisados á tragar los que escribimos! ¡Con esto, vaya usted á almibararse y ponerse bien hueco, cuando en revistas y periódicos le espeten una andanada de encomios lisonjeros y adormecedores! Es cosa de chuparse los dedos y de confitarse el alma de gusto dando de patas en ellos como mosca golosa. ¿De veras dice el autor todo eso del famosísimo y celebérrimo Barberena, tan recomendado en el mundo científico por lo entretenido y graciosísimo de sus escarceos y payasadas? Mejor le hubiera estado al bueno del Doctor haberse quedado en su retraimiento de cándida doncella, resolviendo inocentes incógnitas matemáticas, sin meterse en caballerías, ni Quicheísmos, ni Historias de lenguas. Todo lo cual, mía fe, que no son inquinas ni exageraciones de crítico malhumorado: nadie mejor que el autor lo sabe, y no había para qué venírsenos á ensalzar tan ladinamente las cosas patrias con libros de esa marca.


En el capítulo segundo, donde el autor descubre los Vicios de locución en la América latina, tenemos una bonita muestra de lo que pasaría en España, si se lograse, como muchos pretenden, desterrar de la enseñanza el estudio greco-latino, madre del cordero, que habiéndolo abandonado por aquellas tierras, no es mucho lo hallemos tan roñoso, trasijado y enclenque. Quezada, quezo, Baltazar, faces, exhuberante, silvido, explendor, expontáneo, hechar, cólega, diábetes, páis, bául, máiz, autopsía, disinteria, ópimo, etc., son lindezas que dice se dicen y escriben por aquellas bienaventuradas regiones. En cambio entre estos barbarismos pone Sardanápalo y cóndor, que él cree deben decirse Sardanapálo y condór, aunque no veo por qué, pues cuanto á cóndor, tal sonaba en la lengua quechua, de donde procede, si hemos de dar crédito á Arona, Lafone, Lenz, Mitre, Bello, y á la misma Academia, que lo aceptó en 1884, y al uso de Chile, y puede decirse que de toda la América. Que por acá digan condór no lo extraña el que sabe que las voces terminadas en consonante suelen ser agudas en castellano; pero en éstas y otras palabras americanas los americanos son los que han de dar la ley. Por las mismas tendencias idiomáticas prefiero yo Sardanápalo, pues en voz tan extraña se nos hace recio el decir cosa que suene á palo tratándose de un tan pomposo emperador. Menos razón asiste al autor cuando reprueba arcaísmos que no lo son en América. Enjaguar es más castizo que enjuagar, que es su metátesis, de ex-aquare; la color no es «remembranza de Berceo y Santillana, que usaron esa palabra como femenina, á la provenzal, que daba tal género á los acabados en or», sino de uso no interrumpido en todos los siglos, en Cervantes y demás clásicos, y hoy día en Castilla; ni es de origen provenzal. Menos se me alcanza por qué hayamos de tener por arcaísmos truje, mesmo, agora, siendo así que viven en todas las regiones de habla castellana y son más conformes á la etimología.

Lo diré francamente: las Academias y autores que no hacen caso de tales formas, prefiriendo traje, mismo, ahora, como únicas voces correctas, juzgan con arbitrariedad injustificada lo que no es suyo, pues de las voces populares, como son éstas, el pueblo es el único juez. Ni me vengan con que el juez son las personas cultas. Tales personas cultas saben más latín que el pueblo, y por eso son suyas infinitas voces traídas á manos limpias del latín, contraviniendo, por supuesto, al fonetismo castellano; pero saben menos del habla popular, que precisamente por eso acuden al latín. El pueblo dice maniego; ignorándolo los cultos, acógense al ambidextro latino, y se quedan tan campantes y satisfechos. Tal es la razón por qué el pueblo pronuncia mal esas voces latinas, diciendo ambidestro, si es que alguno lo dice. Es que no sabe el pueblo más que su lengua; pero esa la sabe á las mil maravillas. ¿Quién, si no, la sabe? Á él toca, pues, juzgar de lo suyo, y á los cultos del lenguaje culto. Así cae por tierra aquel criterio de los gramáticos, de que el juez son las personas cultas y doctas. Error es este que, por asentado que esté en la mollera de todos los gramaticastros á la antigua, la lingüística moderna combate victoriosamente. ¿Queréis verlo? Tomad un fonógrafo y recoged en él toda una conversación entre personas cultas, aunque sea de insignes literatos. Idos después á una aldea y haced otro tanto con los tíos en la taberna ó en el portal de la parroquia. Confrontad, y sacaréis en limpio varias importantísimas conclusiones.

La primera, que los cultos pronuncian muy bien las voces eruditas, y las pronuncian muy mal los tíos; porque no son castellano, sino latín á medio castellanizar. Y de aquí el común decir, de que el pueblo estropea los vocablos. ¡No ha de estropear los que os empeñáis que se los apropie siendo latinos! Precisamente con estropearlos muestran saber mejor el castellano que los doctos, pues los adaptan al fonetismo castellano. No estropearán así las voces realmente castellanas; antes los doctos son los que las echan á perder, diciendo, por ejemplo, ahora en vez de agora, ya que hac hora, conforme á la evolución natural, ha de sonar agora.

Tras esta segunda conclusión viene la tercera, y es que en la conversación de los eruditos hallaréis que más de la mitad de los vocablos son latinos de ese jaez, traídos del Diccionario latino, y pronunciándolos, no como los latinos, sino como jamás se pronunciaron, guiándose tan solamente por las letras escritas y dando á éstas sonidos en gran parte diferentes de los que entre los romanos tuvieron. En vez de castellano hablan, pues, jerigonza, mezcla de una lengua viva, de otra que murió y de otra artificial que se han forjado y que no existió nunca. En cambio, los tíos hablan castellano, y sólo se les han pegado de los eruditos algunos de esos vocablos extraños, y aun esos los adaptan mejor á la pronunciación castellana.

Cuarta consecuencia: lo dicho de los latinismos pasa con los galicismos: el pueblo, alguno que otro, va cogiéndoles á los doctos; pero en la conversación de éstos campean que es una bendición.

Total: la gente culta sabe mejor el latín y el francés que la gente indocta; pero en vez de castellano usa una jerga de castellano, mal latín y mal francés. Y luego, como parte interesada, se nos descuelgan los mismos doctísimos varones con que el pueblo habla mal, y que ellos son los jueces del lenguaje. Los lingüistas modernos juzgan de muy diversa manera. Ningún botánico que quiera enseñar á sus discípulos la taxonomía ó la naturaleza de las plantas, de la rosa y el clavel, pongo por caso, los llevará á un jardín, y mucho menos á una tienda de flores de tela ó celuloide, sino al campo. Tratándose de lenguaje, el campo son los tíos, y los doctos son fabricadores de flores de trapo.

Estoy oyendo ya decir entre dientes á más de cuatro: «Pero la rosa de cien hojas del jardín es más vistosa que la natural de cinco, que brota por los campos, y el lenguaje literario es el lenguaje vulgar perfeccionado por los buenos ingenios». Muchos distingos y salvedades había que hacer para desenmarañar esta vieja opinión. También es más hermosa la Venus de Milo que todas las mujeres del mundo; y con todo, si en el arte la rosa de cien hojas y la Venus de Milo son hermosas, en la Naturaleza lo son más la rosa de los prados y las mujeres de carne y hueso, cuanto va de lo natural á lo artificial y de lo vivo á lo pintado. Hasta hace muy poco no se ha tenido verdadera noción de lo que es el habla; creíase un artificio como el de la escritura. Un abismo los separa. El habla es tan natural y efecto de todo el genio de una raza, como lo es el gesto y el carácter de la misma raza. Un lenguaje artificial, como el que los literatos han formado tomando vocablos del Diccionario latino, cual viejas osamentas desenterradas de un cementerio, se parece al artificio con que el cómico remeda en las tablas el hablar, el gesticular, el pensar y querer, el carácter, en suma, de un personaje histórico. Cuanto difiere esa farsa que remeda á Alejandro del mismo Alejandro, tanto difiere un lenguaje artificial del lenguaje natural, producto espontáneo y secular de un pueblo, que lleva el sello de su pensar, querer y fantasear, que vive en la cabeza y en la fantasía y en el corazón de los hombres, y sale afuera formando un todo con su pensamiento y sus afectos. Todos los eruditos y gramáticos del mundo son incapaces de crear un solo vocablo metiendo en él el alma de una raza, como la lleva cada uno de los vocablos del habla natural.

Pero dejando este terreno, que no hago más que señalar desde lejos, en el mismo lenguaje literario lo sano es cuanto encierra del habla vulgar; lo que se le añada de otras lenguas sin asimilación lenta, y como apegándose superficialmente, repugna en el fonetismo y en la semántica al genio del propio idioma. El arte literario no debe amalgamar elementos léxicos ni gramaticales que sean ajenos al idioma, so pena de formar un lenguaje híbrido, y por lo mismo repugnante é infecundo. Por eso tales elementos flotan, cambian á cada época, van y vienen, y si de ellos solamente constara el lenguaje literario, éste perecería, como pereció el latín clásico, mientras el vulgar siguió viviendo. Cuanto á la estética de los vocablos, los que vienen de fuera nada dicen á los españoles, fuera del significado convencional en el que se les emplea, mientras que los castizos llevan consigo larga historia, presentan en su leyenda el color de la época en que fueron acuñados y el carácter del ingenio patrio. La estética en el lenguaje literario no está en barajar el castellano con toda suerte de extranjerismos léxicos ó sintácticos, sino en saber sacar al alma del idioma sus propios aceros.

Y dejando ya este episodio, dice el autor que no se usan del todo zahareño, añasca, azacán. No es de maravillar que un americano haga tales afirmaciones, cuando los mismos españoles ignoramos multitud de voces corrientes entre la gente vulgar. Tampoco debe admirarnos de que tenga por castizas otras que no lo son, porque otro tanto sucede á muchos de por acá, que no gustan de leer libros viejos. «Así y todo, dice, creo yo que es muy castizo ese verbo batirse». Dijera que le entraba por el ojo derecho, ó que á pesar de haber venido de Francia parece que se ha connaturalizado en España y América, y estuviera en lo cierto; pero ni castizo, ni menos muy castizo, es un verbo que ningún americano ni español empleó antes del siglo XVIII, es decir, antes de la invasión galiparlera. Combatirse de combate, es como se dijo siempre; eso de batirse se deja para los huevos en tortilla. Sólo que batir dicen los franceses, y batir hemos de decir sus acólitos; y para colmo de servilismo é ignorancia, hemos de afirmar que es castizo y muy castizo. Al revés, tacha de galicismo demasiada amistad, demasiada confianza, y aun aprovechándose de sus vastos conocimientos éticos, añade que demasiada virtud y demasiado bueno «son frases disparatadas, toda vez que en la virtud y en la bondad no cabe exceso». Si con criterio tan cerrado hubiésemos de apurar las frases castellanas, quedarían calificadas sus dos terceras partes como solemnísimos disparates. El castellano es exagerador y andaluz hasta por los pelos de la cabeza, complácese en las metáforas más estupendas, en las elipsis más descomunales. No hay frases elípticas más castizas y comunes que éstas, reprobadas por el autor: otro que tú lo habría hecho, que dice debe ser: cualquiera otro, menos tú, lo habría hecho; y si cede, no es que tema sus iras, que asegura ha de dejarse por esta otra: si cede, no es porque tema sus iras. Mucha flema ha de gastar y mucha saliva el que así quiera hablar en castellano. ¿Á qué detenernos en pelillos, como en las dos aes que se deja el autor al decir «Provoca risa el oir ciertas gentes», en vez de: Provoca á risa el oir á ciertas gentes; en la «melomanía en la dicción», por melodía ó euritmia, ó como se quiera decir, pues la manía la dejamos para indicar el prurito vicioso y de loco, la cual no tiene lugar en el buscar el melos ó sonoridad, dote muy envidiable en el escritor. Tampoco suena bien: «Con vista de todo eso, creo que en mérito de la sonoridad».

Tiene el autor por impropia la frase asestar un palo, una bofetada, una puñada, porque dice que «asestar es apuntar ó dirigir el tiro de cañón, de flecha, de pistola ó de otra arma que necesite puntería»; pero además de que el uso corriente antiguo y moderno le llevan la contra, la misma etimología de asestar dice que equivale á asentar, y sólo por metáfora se dijo por apuntar; y si no, échese á discurrir sobre la puntería que hay en el echar uno la siesta y en el sessitare ó sedere. «Atravesar un puente no es propio, dado que lo que se atraviesa es el río»: el puente es lo que propiamente atraviesa el río, y sólo atravesando ó pasando el primero atravesamos el segundo sin mojarnos. «El análisis filosófico es en castellano la análisis filosófica»; ó el análisis, con perdón, pues de entrambas maneras se dice, y más todavía como masculino.

No conviene ser tan apretados y cortos de manga en ciertas quisquillas, cuando se ensancha más de lo justo tratándose de galicismos y otras aves de mal agüero. La exquisitez, que en Valera criticó Fabié, que el mismo Valera puso entre los pecados cometidos en su larga vida, que el conde de Cheste creyó mejor arrojar al limbo, de donde había nacido, según nos dice el autor, es un vocablo muy bien formado, como los formaban á porrillo Cervantes y los demás clásicos; y si la Academia no lo aceptó, allá ella. Si ni para eso tenemos autoridad los que tenemos por hacienda nuestra nuestro idioma, quiero decir para valernos de él, con tal que no vayamos contra su manera de ser, ¿qué decir de los que le hacen hablar á la francesa? De esos vocablos de común derivación tiene derecho á inventarlos todo español, cuanto más un tan discretísimo literato como D. Juan Valera. El Diccionario de la Academia no es un código cerrado de leyes, ni los señores académicos sueñan en que lo sea, que fuera un desvariado soñar. Ninguno mejor que ellos sabe que es faltosísimo en palabras y frases, y asaz rico en gazapos, que se han trasconejado, como por fuerza ha de suceder en obra de tal índole, tan vasta y nunca acabable, en la que tantas manos han andado y personas de tan diversos criterios y pareceres. El discreto ha de saber escoger y enmendar en todas partes, sin exceptuar el Diccionario de la Academia y los escritos de los académicos, que al entrar allá no se desnudan de los galicismos y de las extravagancias que antes pudieron tener.

Hablando de la y griega nos dice el autor cosas que, á oirlas de labios de otro, las rebatiera sin más; pero que en latinista tan consumado no puedo menos de acatarlas y oirlas con pasmo y admiración: «Pero el hecho es que esa letra mal llamada y griega no es griega, sino la forma que prevaleció para representar la i doble de genitivos latinos, como ingeii, que se escribía ingeny». Confieso mi supina ignorancia: no he visto jamás tal ingeny entre los romanos, y aunque ingenij es cosa conocida, pero la y no creía que viniese de ij, sino que no eran más que dos íes, ii, y, en fin, yo suponía que los romanos habían adoptado sencillamente la y griega mayúscula, de la cual procede nuestro signo y; pero puesto que el eruditísimo autor americano así lo asevera, sus razones tendrá.

Otras muchísimas originalísimas doctrinas pudiéramos ir viendo, todas como parto de su feliz ingenio; pero sería por demás prolijo querer examinar todo el libro. Lo apuntado creo que bastará para formar idea del nivel á que se hallan los conocimientos lingüísticos por aquellas tierras.