II
La palabra evoluciona, cambia lentamente, ya en su significación, ya en su forma fónica. Despréndese de este hecho trascendental de la moderna ciencia del lenguaje, que los idiomas propiamente hablando no pueden llamarse padres ó madres é hijos, que el castellano no es, por ej., hijo del latín, sino el mismo latín plebeyo en un cierto momento de su evolución. Así como el latín vulgar de la época del Imperio, aunque distinto del de la época de la República, es el mismo en un momento dado de su evolución, así lo es el habla romana de España del s. VI y el habla del s. XII y la del s. XVI y la del s. XX. Es un solo río considerado en distintos puntos de su curso. Pero considerado ese río desde el s. III antes de J. C. al s. III después de J. C., en su curso entre la gente romana se observa que tiene ciertos caracteres bastante distintos de los que ofrece entre la gente española desde el s. IX, en que podemos descubrirlo en palabras sueltas, hasta el s. XX: al primer curso del río llamamos latín vulgar, al segundo romance castellano. Como se ve, un mismo río primitivo se dividió en dos, uno que siguió entre los romanos, otro derivado que llegó á España. Entre los mismos romanos existió otra derivación, la del latín literario, que á poco de nacer desapareció, como desaparece el Guadiana en medio de su curso. Las lenguas nacen, por consiguiente, pues el castellano nació ó derivó del latín; pero ese nacimiento no es instantáneo, sino evolutivo. Es imposible fijar el momento del nacimiento; sólo se conoce la diferencia de cauce y de aguas tomando en consideración un largo espacio de tiempo. Más que nacimiento, es ésta una evolución. Pero esa evolución puede ser más ó menos lenta ó precipitada. El castellano ha cambiado poquísimo desde el s. XIII, tal como se encuentra en las Partidas, es decir, en siete siglos, si se compara con el cambio sufrido por el francés desde el s. XV al s. XVII, es decir, en dos siglos, pasando del antiguo francés por el medio francés al francés moderno. Para un francés, no iniciado, del s. XVII era incomprensible un escrito del s. XIII ó del s. XIV, mientras que las Partidas son inteligibles para todo español medianamente instruído. Así creo yo que el latín vulgar un siglo ó tal vez medio siglo después de traído á España, sería ininteligible en labios de españoles de pura raza para los puros romanos. Y es que pasando ese latín á labios extranjeros acostumbrados á otra fonética, hubo de evolucionar rápidamente, además del gran caudal de vocablos indígenas que se latinizaron, ó mejor dicho, se romancearon, acomodándose á la turquesa latino-hispánica de la nueva lengua.
La evolución fonética es gradual, están las voces en continuo cambio; pero la diferencia no se echa de ver sino á la larga, por verificarse pasando por grados infinitesimales, insensibles dentro de una misma generación. No se pasó de un salto de laudare á loar. La articulación necesaria para pronunciar la- fué cerrándose, y abriéndose la de u, de modo que llegó un momento en que sonaba un sonido medio entre a y u, ó sea o, lo-; las explosivas suaves, como la -d-, fueron perdiendo fuerza hasta desaparecer, y resultó lodare, loare, y la e final sin acento fué perdiéndose poco á poco. Esta evolución débese, por consiguiente, á las condiciones requeridas para la articulación de voces consecutivas. La ley del menor esfuerzo, ó sea de la economía muscular, lleva á no distinguir bien las dos articulaciones a, u, articulando á medias cada una de estas vocales. Como hay que cerrar la boca para la u, no se abre tanto como se debiera para emitir clara la a, de donde resulta una a que tiende á o; y al pasar de la a á la u no se cierra lo bastante la cavidad oral, de modo que resulta una u que tiende á o: y llega un momento en que ambos sonidos a, u, se encuentran en una sola articulación intermedia o.
La evolución fonética es, por lo mismo, inconsciente, pues se opera tan lentamente que es insensible el paso, y cada individuo, no sabiendo cómo se pronunciaba antes de venir él al mundo, toma el sonido corriente y contribuye á la evolución en una parte infinitesimal, practicando inconscientemente la ley de la economía muscular.
Es además la evolución tan regular, que obedece á leyes constantes dentro de un cierto territorio en el que las comunicaciones conservan unificada el habla. Si au no acentuado se hace o en loar de laudare, también se hace o en oir de audire, en posar de pausare; la d desaparece en loar y en oir, la -e en loar, oir, posar. Si examen dió enjambre, bien puede asegurarse que lumen dará lumbre y costumen costumbre y homen hombre: un mismo fonema no puede evolucionar de dos maneras diferentes, puesto en las mismas circunstancias. Pero cambiadas éstas, la evolución cambiará, venciendo otra ley fisiológica distinta. Tal sucede en los dialectos, los cuales no se ajustan á unidades geográficas ó políticas, sino propiamente á identidad de circunstancias. Ni hay propiamente dialectos, sino caracteres que se combinan de diversas maneras; de modo que el habla de un territorio tendrá algunos caracteres comunes con el habla de sus vecinos del oriente, y otros que no los tendrá comunes más que con el habla de sus vecinos de occidente. Los límites dentro de los cuales existe tal carácter fonético no coinciden siempre con los que encierran tal otro carácter fonético ó tales otros caracteres fonéticos, ni coinciden con los límites territoriales de una provincia ó nación.
El fonema lio latino se hace llo en Galicia, Portugal y Provenza, mientras que en Castilla se hace jo; la f desaparece en Castilla y en Gascuña, conservándose en el resto de la Romanía, á pesar de estar separadas esas dos regiones; pero es que en ambas rechazaba tal articulación el fonetismo euskérico indígena pre-romano. Los límites naturales, como montañas, ríos, etc., que dificultan la comunicación entre dos regiones, son los únicos que pueden cambiar las circunstancias de manera que la evolución fonética sea distinta. Pero como se ve por el ejemplo anterior, á pesar de esa separación la evolución puede ser la misma cuando coincide un principio fisiológico que la endereza en determinada dirección.
Las excepciones no son más que aparentes, responden á otras leyes que obraban más intensamente en otras circunstancias. Es lo que sucede en los fenómenos todos de la naturaleza, que por distintos que parezcan nunca son excepcionales, sino debidos á diversas combinaciones de las mismas leyes físicas, que de suyo obran cuanto les permiten las circunstancias. Acto y hecho vienen de actum y de factum. Pero hecho es efecto de la evolución natural; acto es un préstamo directo de los eruditos más ó menos mal acomodado al castellano; nada, pues, extraño que en el uno ct se haya convertido en ch, conservándose en el otro sin modificación: en cambio actum dió auto en portugués, de donde pasó al castellano. Chamiza, chamarasca, chamusco, vienen de flamma, lo mismo que llama y flamígero; pero el último es erudito, los tres primeros responden al fonetismo del NO. De las diversas circunstancias en que evolucionaron las palabras resultan los dobletes: plegar y llegar de plicare, fingir y heñir de fingere, comparar y comprar de comparare, computar y contar de computare, reputar y retar de reputare, aduana y divan de dîûân, arsenal, dársena y atarazana de dâr aç-çanagha. Al revés, por la evolución llegan á coincidir formas, partidas de puntos muy distantes: acerico viene de faciem y de aciare. Si aquéllas pudieran llamarse formas divergentes, éstas se dirían convergentes.
Es un hecho notabilísimo en la formación de los romances la simultaneidad en algunos procedimientos. Todos han convertido en artículos, que el latín desconocía el pronombre ille y el numeral unus; del primero salió el artículo definido el, del segundo el indefinido un. Todos desecharon los casos de la declinación, supliéndolos con las preposiciones. Todos desechan el futuro latino y forman otro nuevo con el infinitivo y el presente de indicativo de haber: amar he, amar has, amar ha, ó amaré, amarás, amará. Todos desechan la pasiva sustituyéndola con las formas compuestas del verbo ser: amor = soy amado. Todos abandonan el género neutro, no conservándose más que rastros en el artículo y pronombres castellanos. Todos emplean los verbos auxiliares haber, ser, estar, y aun otros varios. Todos forman los adverbios con la palabra -mente añadida al adjetivo en femenino, dichosa-mente, buena-mente, loca-mente, folle-ment, heureuse-ment, bonne-ment. Todos conservan la acentuación latina, aunque en el francés parezca superficialmente lo contrario por efecto de las contracciones y de tender á la acentuación aguda, dejada la grave de las demás.
¿La razón de este fenómeno? El único elemento común, que es el latín popular. El latín hablado tendía al análisis, como el griego y el sanskrit, como se ve comparando los diversos momentos históricos de estas lenguas. Ahora bien, todos esos hechos simultáneamente verificados en los romances, se verificaron igualmente en los derivados del griego y del sanskrit. Y todos esos hechos comunes son manifestaciones de la tendencia á la estructura analítica. Esa tendencia responde á la orientación del pensamiento, que en toda la familia indo-europea se dirigía de la síntesis al análisis. Y no sólo en toda la familia, sino que estoy por decir que en todo el género humano existe esta tendencia. Las lenguas todas muestran este cambio en mayor ó menor grado, los dialectos arábigos respecto del árabe antiguo, las lenguas camíticas, las indo-chinas, etc.
El sintetismo fué condición del pensamiento primitivo, el análisis del pensamiento posterior de la humanidad. Cuanto más antiguas las lenguas, son más sintéticas. No fueron, pues, los bárbaros los que por ignorancia no pudieron entender ni conservar las desinencias latinas. Los bárbaros las tenían en sus lenguas lo mismo que el latín, los bárbaros llegaron cuando los romances estaban ya formados y sin esas desinencias, las desinencias se iban perdiendo y se perdieron más ó menos en las germánicas lo mismo que en las latinas, la tendencia analítica dominaba y dominó después lo mismo en todas las lenguas.
Dogma capital de los romanistas es que el latín vulgar en la época del Imperio era una lengua uniforme en toda la Romanía, y que sólo así se explica la conformidad esencial que se nota en todas las lenguas románicas. Sin duda podía llamarse único el idioma romano de toda la Romanía: la gramática, el fondo general del léxico, gran parte del fonetismo, eran comunes; y esto basta para explicar esa conformidad y parentesco de los romances. Ni hay que olvidar que perteneciendo todos estos países á una misma civilización romana, siendo el latín para todos ellos el único medio de comunicación social y científica, y añadiéndose la unidad religiosa, que de todos ellos formó la que se llamó Cristiandad, aun después de caer el Imperio, las ideas y las palabras siempre estuvieron en continuo y mutuo cambio entre todos ellos. Las lenguas románicas no pudieron ser más que dialectos de un idioma común románico.
Pero los romanistas han exagerado esa unidad, como exageraron los indianistas boppianos la unidad indo-europea. Hora es ya de que, como éstos, volvamos más bien los ojos á lo que cada romance ofrece de individual é idiomático. Sólo así podremos ahondar en la evolución particular semántica y fonética de cada uno de ellos, ver su potencia creadora y distinguir los procedimientos psíquicos de cada raza. El fonetismo del latín vulgar fué el punto de partida común á todas las lenguas románicas; pero el fonetismo indígena de cada una de las razas que comprendía la Romanía, le dió una ú otra dirección, formando los diversos dialectos latinos, ó sean las lenguas románicas.
La nueva dirección, que también merced al elemento indígena tomó el latín vulgar en España, le hizo evolucionar paulatinamente. Y aquí entra de lleno la historia, la única que nos puede explicar los diversos pasos que fué dando el fonetismo castellano: sólo ella nos puede decir cuándo y cómo el fonema lio, lia ha parado en el jo, ja actual; ge, gi, en je, ji; ke, ki, en ce, ci, etc., etc. Para reducir á breve sistema las leyes evolutivas que cambiaron el latín vulgar en romance castellano, hay que partir de muy pocos principios fisiológicos, hay que recoger brevemente los datos que la lingüística moderna ha alcanzado acerca del fonetismo del latín vulgar, y hay que firmar las leyes con la mayor parte de los radicales; es lo que he procurado hacer en la Fonética de La Lengua de Cervantes.
La ley del universo es la de la economía: nada se crea, y se desecha todo lo no necesario. Esta ley rige en la lucha del dinamismo de la materia, lo mismo que en la lucha de los organismos por la existencia. La sobrevivencia del más fuerte, la resultante de fuerzas y leyes físicas, son el resultado de esa lucha. El lenguaje es en cierto modo un ser inerte expuesto á los influjos del medio ambiente, y en cierto modo un organismo: en él la economía enciende la lucha y da por resultado la evolución fonética de las tendencias más poderosas, borrando los efectos de las vencidas y neutralizadas. La forma ó unidad lingüística es en el lenguaje el cuerpo, el acento es su alma. Forman cuerpo los sonidos reunidos en una forma, y su alma ó centro de gravedad es la sílaba acentuada. De aquí los dos factores que modifican y alteran el fonetismo: el influjo de unos sonidos en otros por formar un solo cuerpo en una forma dada, en un vocablo; y la acentuación. Ambos obran merced al silabismo, quiero decir que los sonidos de por sí casi serían inmutables, si no fuera por estar reunidos formando un cuerpo total, cuya unidad fonética está en el acento. El influjo de unos sonidos en otros, especie de atracción ó de reacción, de armonía ó desarmonía, de asimilación ó disimilación, responde fisiológicamente al principio económico del menor esfuerzo en la articulación. Pero al mismo responde el influjo del acento, pues cargando en una de las sílabas, centraliza en ella la mayor parte de la energía articulativa, haciéndola más fuerte y aun acrecentando su valor fónico, á expensas de las demás sílabas, sobre todo de las más cercanas al centro de gravedad, las cuales, desprovistas de energía, se debilitan ó desaparecen.
De estos dos factores, la acentuación es la que más ha influído en la alteración de las vocales; la vecindad de los sonidos ha influído más en la de las consonantes. Hay que tratar, pues, por separado estas dos clases de sonidos. En las vocales la acentuación ha obtenido efectos más generales; pero la vecindad de los sonidos, aunque en menor extensión, ha tenido más potencia intensiva, contrarrestando los efectos de la acentuación. De aquí que los efectos del acento puedan ponerse como efectos de leyes generales, y los de la vecindad fónica como excepciones de esas leyes, aunque de hecho sean también leyes, más potentes en intensidad, aunque sean más raros los casos en que pueden obrar.