IV
La cuestión del casticismo, que toqué tan someramente como lo pedían las circunstancias en mis últimos artículos de Los Lunes de El Imparcial, no parece ha dejado del todo convencidos á algunos de los aficionados de por acá á las genuinas letras españolas, que por desgracia son menos de lo que pudiéramos y debiéramos prometernos. Según ellos no quedó bien claro mi pensamiento; y como les picó la curiosidad por entrever algo de cierto y de no poco momento para la restauración del estudio del castellano, creo no se llevará á mal el que vuelva á lo mismo, particularizando algunos puntos, en los que no me detuve por creerlos sobradamente conocidos.
Hay quien supone que por mis aficiones al éuskera, pretendía yo no ser castizos cuantos vocablos tiene el castellano de otras lenguas, fuera de ésta, por manera que los del Quijote quedarían reducidos poco menos que á un millar y harto mermado el léxico castellano de nuestros más clásicos autores. Hase dicho que he manifestado en mis obras cierta prevención ó malquerencia á romanistas y al romanismo del castellano. Mal debí darme á entender, cuando personas de tan claro talento no me entendieron.
Dado el concepto general de lo castizo, que á mi manera declaré y creo se aceptará, pues no es más que el de tener por español aquello que se ha usado y usa por la generalidad del pueblo de España, y de la América española, añado aquí, naturalmente, cuanto más español sea un vocablo tanto será más castizo. Y no cabe duda que hay en esto sus más y sus menos. El latín, que evolucionando vulgarmente nos dió toda nuestra gramática, es la base y fundamento del estudio del castellano. El romanismo ó estudio de esa evolución en todas y cada una de las lenguas romances, es, por consiguiente, de la mayor importancia. Que yo sienta prevenciones contra ese romanismo no podrá sospecharlo quien conozca mis obras, pues sobre esos estudios, mayormente los de la Fonética, los más dificultosos é importantes, va cimentado todo mi trabajo sobre La lengua de Cervantes. Tampoco ha de achacarse á prevención contra los romanistas el que por encima de lo que ellos tratan haya yo proclamado la necesidad de estudiar el elemento euskérico en nuestro idioma. Lo cual no es más que extender el estudio del castellano, sacándolo de los estrechos linderos del romanismo, y esto con alguna razón, ya que por poco que se admita de cuanto he traído yo del éuskera, siempre quedarán sufijos, vocablos y fenómenos fónicos tan claramente euskéricos en nuestra lengua, que merezcan estudiarse y tenerse en cuenta. Romanista soy yo, como los demás: mal puedo tener semejantes prevenciones contra los romanistas.
Castizo es en castellano todo cuanto procede del éuskera, quiero decir de la lengua prerromana hablada por los españoles. Nadie me tachará de exagerado al decir que lo que era nuestro, antes de venir ningún extranjero á traernos lo suyo, es lo más nuestro que tenemos.
Llegan los romanos, añaden su civilización y cultura ó dígase la cultura helénica, y con ella la gramática y gran parte del vocabulario de la lengua de los españoles se hacen latinos.
Todo este elemento latino de nuestro idioma claro está que es castizo, aunque no lo sea tanto como la masa de la herencia que antes ya teníamos, y cuyo origen hay que ponerlo en la misma cuna de nuestra raza, que, ciertamente, no es latina. Pero hay que distinguir muy bien cuál es el elemento latino en nuestro léxico, como procedente por evolución natural del latín al pasar por labios españoles en aquella primera época del nacimiento de nuestro romance, para no confundirlo con la mitad del diccionario oficial, que es latino, pero de acarreo, traído en diversas épocas por los eruditos, no del habla viva de los romanos, sino del diccionario del latín, cuando ya este idioma había fenecido. Esa avenida de voces, que ha ido creciendo y subiendo, sobre todo del Renacimiento acá, es lo que yo no tengo por castizo ni lo tienen los demás romanistas. Algunos de estos vocablos, los más antiguos y que se refieren á instituciones populares, han entrado de lleno en la turquesa fonética del castellano por haber penetrado hasta el pueblo. Son los vocablos llamados semieruditos, que ya son castizos por lo mismo, aunque no tanto como los latinos procedentes de la primitiva evolución. Los demás, que no los usa el pueblo, ó si los toma en su boca los estropea, mejor diremos los acomoda al fonetismo castellano, mientras pugnen con este fonetismo y no se derramen á todas las clases sociales, no pueden considerarse como castizos; son la escoria del castellano.
¿Que en qué se diferencian de los anteriores? Nada más claro y averiguado para los romanistas. Los vocablos que evolucionaron naturalmente, desde un principio se atienen á ciertas leyes fonéticas, que pueden verse en La lengua de Cervantes. Los semieruditos atiénense á las mismas leyes en general, aunque en parte á otras que surgieron posteriormente. Pero los vocablos puramente eruditos que no son castellanos saltan por cima de esas leyes y se pronuncian, no ya como los pronunciaban los romanos, sino conforme á la tradición rutinaria y en parte falseada de la pronunciación del latín, porque no se tomaron del habla viva, sino de los escritos y como aparecen escritos se pronuncian. Reputare dió en puro castellano retar, en erudito reputar; pensare dió igualmente pesar y pensar; collocare dió colgar y colocar; examen dió enjambre y examen; limpidus dió limpio y límpido; computare dió contar y computar; fames dió hambre y famélico; colligere dió coger y colegir; pauper dió pobre y paupérrimo; fabulari dió hablar y confabularse; tractus dió trecho, y tratar trato; filius dió hijo y filial. Todos los terminados en ivo son eruditos y vienen de ivus, como repulsivo; vulgarmente ío, como natío, nativo, nativus. Los que llevan dis, son vulgarmente con des, disculpar, entre los clásicos del siglo XVI desculpar. Los que tienen in, vulgarmente con en, an, entender, intendere; añadir, antiguamente, eñadir, inaddere. Los que comienzan por f sonaron antiguamente con h andaluza, ó dígase con j suave; los eruditos trajeron la f, que ni sonaba así en latín, sino como bilabial. De aquí hilo, hilar, á la hila son vulgares, y eruditos filo, fila; hogar, huego, hoguera, ahogar, vulgares; fuego, desfogar, eruditos. Toda la letra F y los que comienzan por in, en el diccionario llevan el influjo erudito.
Resultado, que al fonetismo castellano hase añadido otro fonetismo anticastellano, que ni siquiera es latino. El grupo ns sonaba s en latín, como suena en castellano costar de constare; los eruditos han sacado del cementerio latino el constar, que no pronunciaron los romanos. Estúdiese la Fonética en La lengua de Cervantes; los términos que no se acomoden á ella son eruditos. El pueblo los estropea porque no son suyos. Traed una máquina nueva de Inglaterra y tendréis que traer un ingeniero inglés para montarla, y gracias que nuestros ingenieros sepan ponerle una pieza estropeada aun después de aprender su manipulación, y aun no será mucho no sepan echarle aceite. El pueblo y nuestros clásicos, más castizos y mejores latinistas que los lindos latinistas que hoy gastamos, dice y decían dotor por el feo doctor de hoy; dice y decían malino por el no menos feo maligno, y así de otras muchas palabras en que la ignorancia presuntuosa moderna ha querido corregir á nuestros grandes humanistas de antaño y al pueblo, que es el que mejor conoce su idioma.
¿Hemos, pues, de dejar todo ese caudal que, según dicen, enriquece nuestro léxico literario? Y ¿quién soy yo para imponer leyes á nadie? Yo mismo echo mano de esas palabras cuando me hacen falta, porque una vez formado con ellas el léxico técnico en asuntos no vulgares, extravagancia fuera buscar términos técnicos equivalentes, derivándolos del diccionario vulgar.
Eso se pudo hacer antes, en el siglo XVI, y en parte se hizo; pero estuvieron de moda el latín y el griego, y venció el tecnicismo greco-latino.
Lo único que yo pretendo es poner en claro los hechos, tal como la ciencia lingüística los conoce. La aplicación á la práctica queda á merced de la literatura. Lo que sí debieran hacer los literatos es, reconociendo estas doctrinas, no favorecer tanto los vocablos eruditos como los de buena cepa castellana, no poner de moda los unos y afear como groseros los otros, y en todo caso evitar lo más posible los eruditos, usando cuanto se pueda los vulgares.
Los vocablos eruditos nada dicen á los oídos puramente españoles; mientras que los vulgares llevan en su raíz castiza y conocida y en sus sufijos y prefijos castellanos el sello de la raza y el concepto propio que encierran: son, pues, más estéticos, más coloristas, más sentidos, más españoles.
Amputar lo entendemos los que sabemos latín, que vemos un podar todo alrededor; para los eruditos no latinistas y para el pueblo es un vocablo que nada suena á sus oídos. Sepultar, ni aun para los latinistas dice gran cosa; pero enterrar ó soterrar, bien claro indican que es poner en ó so tierra. Le introdujo la espada en el cuerpo: ¿cuánto más gráfico que ese introdujo no fuera se la envainó, se la envasó, se la ensartó? Defenderse no sabe el pueblo á qué suena; pero dígasele se escudó, se abroqueló, se reparó, se adargó, y además de la idea abstracta ven un cuadro completo, un hombre que se cubre con su escudo, broquel ó adarga, ó se para, echándose atrás. Un hombre confuso ante el rey, es un puro concepto; pero es una pintura si decimos que se corre, se pone colorado, se aturde como tordo, se acoquina como si viera el coco ó fantasma, se empacha como el empachado de indigestión, se azora como la gallina al ver el gavilán, y otra infinidad de vocablos pintorescos, que á manos llenas puede hallar el que ha estudiado el castellano castizo. Siga usted la dirección del camino. El aldeano de Castilla le dirá: Siga el anhelo del camino. Déjase ir al amor del agua, dice Cabrera, lo que el hinchado culto diría siguiendo el agua ó la corriente.
Y esta es la razón por la cual yo prefiero las Celestinas y el primitivo teatro de Juan del Encina, Lucas Fernández, Naharro, Lope de Rueda y los entremeses de Cervantes, al teatro posterior, que ganó en grandiosidad, porque así lo llevaba el adelanto, pero perdió en españolismo y en casticismo de lenguaje. El teatro primitivo pudiera haber llegado á la cumbre á donde llegó el teatro medio escolástico y medio gentílico de Lope y Calderón, si siempre hubieran escuchado con el cariño que Rueda y Cervantes el habla popular en vez de dar oídos á latiniparlantes ó medio latiniparlantes. Español tan español como Lope de Vega en sus mejores dramas, no creo hubiera perdido en apreciar el habla puramente española como apreciaba los asuntos puramente españoles. Por eso yo prefiero el Quijote al Persiles, Rinconete y Cortadillo á la Española inglesa. ¿Y quién que esté convencido de la importancia del material artístico para la ejecución de las obras de arte, y del color local y la sangre de raza que envuelve el léxico vulgar, junto á lo aguado, seco y descolorido de los términos traídos de fuera, no estará de mi parte? ¿Que el asunto también hace al caso? ¿Quién lo duda? El del Persiles y de la Española inglesa hace que Cervantes sea otro que el Cervantes de los entremeses y de Rinconete y Cortadillo. Pero es por lo mismo, porque el asunto no castizo difícilmente lleva á usar el lenguaje castizo; pero cuando el asunto es español, hablan los personajes á la española, ó pueden por lo menos hablar, como en Cervantes lo hacen, aunque no lo hagan siempre en Lope y Calderón.
Y es que esta cuestioncilla del casticismo, que parece tan baladí, tiene más miga, porque el idioma es el alma de la raza, y abogar por el casticismo del castellano es tirar bastante más allá, es anhelar por el renacimiento castizo de España en todo orden de cosas, es querer que volvamos los ojos á lo nuestro, aunque sin desechar lo bueno que de fuera pueda venirnos; porque si España no renace de sí misma, arrimada á sus tradiciones de raza, en vano serán todos los emplastos y paños calientes que se le quieran poner por defuera. Á eso voy yo por lo menos, y vamos todos los que salimos á romper lanzas en pro del casticismo. Literatura en España que no se haga con lengua castiza no será literatura española. Claro está que peor enemigo es el galicismo; pero ese es enemigo declarado, que todo el mundo reconoce. El solapado es el latino-helénico de antaño, que hoy va tomando mayores fuerzas con el tecnicismo científico, que acorrala al lenguaje todo entero y se infiltra hasta en la literatura, tendiendo á convertir su lenguaje en la aguachinada jerga de comerciantes é industriales, jerga cosmopolita y por lo mismo sin color, sin brío, sin aceros, sin alma nacional.
Navarro Ledesma
El hombre y el literato
Los pocos renglones que me es dado escribir aquí de estos dos que pudieran servir como encabezamientos para los dos capítulos de la biografía de Navarro Ledesma, habré de gastarlos en desagraviarle. Porque acaecen cosas en este cuitado mundo, que aunque parezcan mentira, no lo son. Paz á los muertos no debió decirse por aquel á quien no bastó ser terrero inmerecido en vida de mil golpes de la fortuna que sobre él llovieron, sino que aun después de muerto no habían de faltar lenguas que se ensañasen cruelmente en su memoria. Á Paco (así le llamaba todo el que tratándole un par de días tenía entendederas y corazón de carne), á Paco, digo, á aquel hombre de bien á carta cabal, á aquel amigo de quienquiera que le conocía, salvo si no era un necio ó un malvado, á Paco se le ha tenido por un adocenado escritor, borrajeador de artículos de mediana estofa, y lo que peor es, por un mal hombre.
Hay literatos á medias: en España lo son los más. Los hay que miran atrás, los hay que miran adelante, pero con terquedad y tesón muy de nuestra tierra. Llamo mirar atrás, tener los ojos y los cinco sentidos clavados en legajos de archivos. Bichos real y verdaderamente risibles, cuando no contentos con su tarea, merecedora de todo encomio, como que sin estos peones que acarrean los materiales de la cantera no subiría la fábrica, se sonríen con autorizada sorna de los maestros que, asentando los sillares, la hacen subir, de los que discurriendo, digo, sobre esos datos que ellos allegan, forjan teorías, traban los hechos, deducen leyes, alzan un cuerpo de doctrina. El mirar solamente adelante es de algunos que están muy puestos en que hasta el día que ellos abrieron los ojos, nada se hizo que valga la pena de tomarse en cuenta, esto es, que los hombres hasta ese feliz momento fueron lastimosamente unos tontos de capirote.
Paco fué literato de cuerpo entero. No era de los que llevan á mal que todavía se enseñe en España la miseria de latín y griego que hoy se enseña; sino de que se hayan dejado por puertas los estudios clásicos, que sabía él muy bien llevan á donde quiera que van la maciza y honda cultura, desde Italia y España en la Era del Renacimiento, hasta Alemania é Inglaterra en la época presente.
Cierto que su natural y exquisito gusto le arrastraban ya de suyo al puro clasicismo, hollando el clasicismo académico ó de oropel. Tengo el placer de saborearme leyendo á Cicerón en el ejemplar que él lo leía, quizá mientras algunos de sus émulos refocilaban sus luengos alcances con el folletín de algún periódico.
Pero más que clásico, fué Paco español, enamorado de las letras españolas de nuestros buenos tiempos. También han parado en mi librería algunos de sus libros castellanos, y es de ver el tino con que cuatro rasgos de lápiz apostillan los pasajes que más le entretuvieron: Es una walkyria; Como Rosalinda; Parecen estos pastores de Shakespeare; ¡Trozo bucólico admirable! Ambiente selvático misterioso, como en As you like it; Este vizcaíno, copiado de Lope de Rueda, es el primer gracioso de nuestro teatro; Muy bien imitado el romance fronterizo; Esta escena es de lo más original que se ha hecho en nuestro teatro; Es un final de acto de ópera; Escena sainetesca, que no se hubieran atrevido á introducir en una comedia Lope ni Calderón; Todos estos señores nobles no cenan; Angels and ministers of glory, etc.; Lo mismo que hablan ahora. Basten estos ejemplos que hallo en las comedias de Cervantes. He entresacado algunos que llevan el cotejo de literaturas extranjeras y modernas, en las que por demás fuera detenerse á probar que Navarro Ledesma no estaba atrasado de noticias en esta parte. Vamos, pues, á lo otro.
Y lo otro es... no sé cómo calificarlo. El desdichado, el tristemente célebre Navarro Ledesma, y otras pestíferas gorgozadas á este lindo tenor y sonsonete, se han estampado á raíz de su muerte. Y se han estampado (horresco referens) en papeles y revistas serias y graves, y bajo la firma de personas que profesan el más acendrado catolicismo. Santiago, español por predestinación, se deslenguó delante del Divino Maestro, y pidió rayos y centellas contra los que no les querían recibir. Españoles habían de ser los discípulos de Jesús que pidieran esos rayos y centellas contra uno de los hombres de corazón más de oro que he conocido, contra aquel hombre de condición mansa y apacible, por más que saltara como un león en oyendo embustes sociales, compadrazgos y caciquismos, y sobre todo farisaismos rebozados con capa de virtud. Y ¿quién es nadie para asentar su tribunal en el fuero de una conciencia, donde sólo tienen voz y voto el alma y su Criador? ¿Qué cristianismo es ese que juzga los insondables abismos de una conciencia, y promulga por sí y ante sí el fallo que sólo es conocido de Dios?
Yo tengo una manera de pensar muy original y rara, creo que opuesta á todos los que escriben y leen este periódico. Yo siento que nos hace falta la Inquisición. Ojalá venga la negra, la sangrienta Inquisición. ¿Que para qué? Para poder hablar con la libertad con que hablaban y escribían los españoles del siglo XVI de cosas que ahora no nos atrevemos á tocar siquiera los que tememos escandalizar á la gente menuda. La gente menuda escandalizable es hoy las tres cuartas partes de los españoles, casi todos los católicos. Tal nos la han criado ciertos fariseos.
Entre los ingleses no hay niños, porque desde las mantillas los crían para hombres; aquí no hay hombres, porque hasta los setenta años nos crían como á niños. Lo que el padre de familia, el pedagogo, el Estado dan á entender á los suyos que son, eso son y eso serán. Regañad á un muchacho diciéndole que es un pillo: pillo será. Dadle alientos, diciéndole que tiene nobles sentimientos, que es para grandes cosas: grandes cosas hará, tendrá sentimientos nobles, será un hombre. El farisaismo no engendrará más que almas mezquinas, raquíticas, aniñadas, avillanadas. Malo es el remedio, pero casi estoy por vocear prefiriendo aquellos tiempos inquisitoriales á éstos, donde á la sordina, á socapa, solapadamente atan de pies y manos, no los inquisidores á hombres barbados, sino cierto aire farisaico, melindroso y para poco, que no sé quién lo ha soltado, á toda la raza antes de que deje los andadores. Venga, pues, si es necesario, la Inquisición y barra, ese farisaismo, y hablaremos con la santa libertad de aquellos nuestros padres que, en no tocando al dogma, escribían cosas que hoy nos asombran y espantan y eran harto mejores católicos que nosotros.
Pero es que eran hombres, grandes en sus solturas y grandes en sus hazañas. La casta de los fariseos era rara; hoy ha cundido la podre farisaica y ha consumido, encanijado, empequeñecido el natural arrogante de esta descaecida nación.