ACTO I.


ESCENA PRIMERA.

DON ANTONIO, PIPÍ.

(Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí paseándose.)

D. Antonio.—Parece que se hunde el techo. Pipí.

Pipí.—Señor.

D. Antonio.—¿Qué gente hay arriba, que anda tal estrépito? ¿Son locos?

Pipí.—No, señor; poetas.

D. Antonio.—¿Cómo poetas?

Pipí.—Sí señor: ¡así lo fuera yo! ¡No es cosa! Y han tenido una gran comida. Burdeos, pajarete, marrasquino; ¡uh!

D. Antonio.—¿Y con qué motivo se hace esa francachela?

Pipí.—Yo no sé; pero supongo que será en celebridad de la comedia nueva que se representa esta tarde, escrita por uno de ellos.

D. Antonio.—¿Conque han hecho una comedia? ¡Haya picarillos!

Pipí.—Pues qué, ¿no lo sabía usted?

D. Antonio.—No por cierto.

Pipí.—Pues ahí está el anuncio en el Diario.

D. Antonio.—En efecto, aquí está (Leyendo en el Diario que está sobre la mesa): Comedia nueva intitulada el Gran Cerco de Viena. ¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!

Pipí.—Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de saber hacer, así, alguna cosa...

D. Antonio.—¿Cómo?

Pipí.—Así, de versos... ¡Me gustan tanto los versos!

D. Antonio.—¡Oh! los buenos versos son muy estimables; pero hoy día son tan pocos los que saben hacerlos, tan pocos, tan pocos...

Pipí.—No, pues los de arriba bien se conoce que son del arte. ¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por aquella boca! Hasta las mujeres.

D. Antonio.—¡Oiga! ¿también las señoras decían coplillas?

Pipí.—¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es mujer del autor de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía de repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más que retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al peluquín.

D. Antonio.—¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran pedantón!

Pipí.—Pues con ese se estaba jugando; y cuando la decían: «Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía la vergonzosa; y por más que la estuvieron azuzando á ver si rompía, nada. Empezó una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena...

D. Antonio.—Seguramente. ¿Y quién es ese que cantaba poco há, y daba aquellos gritos tan descompasados?

Pipí.—¡Oh! ese es don Serapio.

D. Antonio.—Pero ¿qué es? ¿qué ocupación tiene?

Pipí.—Él es... mire usted; á él le llaman don Serapio.

D. Antonio.—¡Ah! sí. Ese es aquel bulle bulle que hace gestos á las cómicas, y las tira dulces á la silla cuando pasan, y va todos los días á saber quién dió cuchillada; y desde que se levanta hasta que se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del sobresaliente, y las partes de por medio.

Pipí.—Ese mismo. ¡Oh! ese es de los apasionados finos. Aquí se viene todas las mañanas á desayunar; y arma unas disputas con los peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo se va allá abajo, al barrio de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan, ríen, fuman en los portales; don Serapio los introduce aquí y acullá hasta que da la una; se despiden, y él se va á comer con el apuntador.

D. Antonio.—¿Y ese don Serapio es amigo del autor de la comedia?

Pipí.—¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el casamiento de doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes.

D. Antonio.—¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa?

Pipí.—¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda no se ha hecho ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero le ha dicho que con el dinero que le dén por esta comedia, y lo que ganará en la impresión, les pondrá la casa y pagará las deudas de don Hermógenes, que parece son bastantes.

D. Antonio.—Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si la comedia apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué harán entonces?

Pipí.—Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! No, señor. Si dice don Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas.

D. Antonio.—¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no hay que temer. Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia es buena, y cuál deja de serlo.

Pipí.—Eso digo yo; pero á veces... Mire usted, no hay paciencia. Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres ó cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de comedias; ¡vaya! yo no me puedo acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno: ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con el arte, el arte, la moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré? Las... ¡Válgate Dios! ¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las reglas?

D. Antonio.—Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas que usan allá los extranjeros, particularmente los franceses.

Pipí.—Pues, ya decía yo; esto no es cosa de mi tierra.

D. Antonio.—Sí tal: aquí también se gastan, y algunos han escrito comedias con reglas; bien que no llegarán á media docena (por mucho que se estire la cuenta), las que se han compuesto.

Pipí.—Pues ya se ve: mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no tiene reglas la comedia de hoy?

D. Antonio.—¡Oh! eso yo te lo fío: bien puedes apostar ciento contra uno á que no las tiene.

Pipí.—Y las demás que van saliendo cada día tampoco las tendrán: ¿no es verdad usted?

D. Antonio.—Tampoco. ¿Para qué? No faltaba otra cosa, sino que para hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.

Pipí.—Bien; me alegro. Dios quiera que pegue la de hoy, y luégo verá usted cuántas escribe el bueno de don Eleuterio. Porque, lo que él dice: si yo me pudiera ajustar con los cómicos á jornal, entonces... ¡ya se ve! mire usted si con un buen situado podía él...

D. Antonio.—Cierto. (Ap. ¡Qué simplicidad!)

Pipí.—Entonces escribiría. ¡Qué! todos los meses sacaría dos ó tres comedias. Como es tan hábil...

D. Antonio.—¿Conque es muy hábil, eh?

Pipí.—¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y si en él consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué diantres! Y luégo, como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire usted si ellos... ¿No es verdad?

D. Antonio.—Pues ya.

Pipí.—Pero deje usted, que aunque es la primera que le representan, me parece á mí que ha de dar golpe.

D. Antonio.—¿Conque es la primera?

Pipí.—La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me acuerdo... Habrá cuatro ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa lotería de la esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje, y el amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras dos ó tres; viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni habiente, ha cogido y se ha hecho poeta.

D. Antonio.—Y ha hecho muy bien.

Pipí.—¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla la musa, puedo ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así ir trampeando hasta que Dios quiera abrir camino.

ESCENA II.

DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Pedro.—Café.

(Don Pedro se sienta junto á una mesa distante de don Antonio: Pipí le servirá el café.)

Pipí.—Al instante.

D. Antonio.—No me ha visto.

Pipí.—¿Con leche?

D. Pedro.—No... Basta.

Pipí.—¿Quién es este?

(Al retirarse después de haber servido el café á don Pedro.)

D. Antonio.—Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan serio, y tan duro, que le hace intratable á cuántos no son sus amigos.

Pipí.—Le veo venir aquí algunas veces, pero nunca habla, siempre está de mal humor.

ESCENA III.

DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Serapio.—¡Pero, hombre, dejarnos así!

(Bajando la escalera, salen por la puerta del foro.)

D. Eleuterio.—Si se lo he dicho á usted ya. La tonadilla que han puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero concluir esta mía para que la canten mañana.

D. Serapio.—¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?

D. Eleuterio.—Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos de introducción, diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro equivoquillos, etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.

D. Serapio.—¡El diantre es usted, hombre! todo se lo halla hecho.

D. Eleuterio.—Voy, voy á ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase usted.

(Don Eleuterio se sienta junto á una mesa inmediata al foro; saca de la faltriquera papel y tintero, y escribe.)

D. Serapio.—Voy allá; pero...

D. Eleuterio.—Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo suba el mozo.

D. Serapio.—Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos más. Pipí.

Pipí.—¡Señor!

D. Serapio.—Palabra.

(Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á irse por la puerta del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, y se va por la misma parte.)

D. Antonio.—¿Cómo va, amigo don Pedro?

(Don Antonio se sienta cerca de don Pedro.)

D. Pedro.—¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va bien.

D. Antonio.—¿Usted á estas horas por aquí? Se me hace extraño.

D. Pedro.—En efecto lo es; pero he comido ahí cerca. Á fin de mesa se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben leer; dijeron mil despropósitos, me fastidié, y me vine.

D. Antonio.—Pues; con ese genio tan raro que usted tiene, se ve precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte.

D. Pedro.—No por cierto. Yo soy el primero en los espectáculos, en los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres con el estudio; tengo pocos, pero buenos amigos y á ellos debo los más felices instantes de mi vida. Si en las concurrencias particulares soy raro algunas veces, siento serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no quiero mentir, ni puedo disimular; y creo que el decir la verdad francamente es la prenda más digna de un hombre de bien.

D. Antonio.—Sí; pero cuando la verdad es dura á quien ha de oirla, ¿qué hace usted?

D. Pedro.—Callo.

D. Antonio.—¿Y si el silencio de usted le hace sospechoso?

D. Pedro.—Me voy.

D. Antonio.—No siempre puede uno dejar el puesto, y entonces...

D. Pedro.—Entonces digo la verdad.

D. Antonio.—Aquí mismo he oído hablar muchas veces de usted. Todos aprecian su talento, su instrucción y su probidad, pero no dejan de extrañar la aspereza de su carácter.

D. Pedro.—¿Y por qué? Porque no vengo á predicar al café; porque no vierto por la noche lo que leí por la mañana; porque no disputo, ni ostento erudición ridícula, como tres, ó cuatro, ó diez pedantes que vienen aquí á perder el día, y á excitar la admiración de los tontos y la risa de los hombres de juicio. ¿Por eso me llaman áspero y extravagante? Poco me importa. Yo me hallo bien con la opinión que he seguido hasta aquí, de que en un café jamás debe hablar en público el que sea prudente.

D. Antonio.—Pues ¿qué debe hacer?

D. Pedro.—Tomar café.

D. Antonio.—¡Viva! Pero hablando de otra cosa, ¿qué plan tiene usted para esta tarde?

D. Pedro.—Á la comedia.

D. Antonio.—¿Supongo que irá usted á ver la pieza nueva?

D. Pedro.—Qué ¿han mudado? Ya no voy.

D. Antonio.—Pero, ¿por qué? Vea usted sus rarezas.

(Pipí sale por la puerta del foro con salvilla, copas y frasquillos, que dejará sobre el mostrador.)

D. Pedro.—¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más que ver la lista de las comedias nuevas que se representan cada año, para inferir los motivos que tendré de no ver la de esta tarde?

D. Eleuterio.—¡Hola! Parece que hablan de mi función.

(Escuchando la conversación de don Antonio y don Pedro.)

D. Antonio.—De suerte, que ó es buena, ó es mala. Si es buena, se admira y se aplaude; si por el contrario está llena de sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...

D. Pedro.—Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita lo que á usted le divierte. (Guarda don Eleuterio papel y tintero; se levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de los dos.) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte; pero, amigo...

D. Antonio.—Sí, señor, que me divierto. Y por otra parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible persuadirles?...

D. Eleuterio.—No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir á verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.

D. Antonio.—¿Es este el autor?

(Don Antonio se levanta, y después de la pregunta que hace á Pipí, vuelve á hablar con don Eleuterio.)

Pipí.—El mismo.

D. Antonio.—¿Y de quién es? ¿Se sabe?

D. Eleuterio.—Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el pobrecillo no tiene protección.

D. Pedro.—Si es esta la primera pieza que da al teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre de talento que sobresalga en un género tan difícil.

D. Eleuterio.—Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias.

Don Antonio.—¿Quince? Pues yo creí que eran veinte y cinco.

D. Eleuterio.—No, señor; ahora en tiempo de calor no se da más. Si fuera por el invierno, entonces...

D. Antonio.—¡Calle! ¿Conque en empezando á helar valen más las comedias? Lo mismo sucede con los besugos.

(Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces le dirige la palabra y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni le mira. Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual formará juego de teatro.)

D. Eleuterio.—Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias. Unos favorecen á éste, otros á aquél, y es menester una tecla para mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya! Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura despachar su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas... Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de poder competir con un hombre que trabaja tan barato?

D. Antonio.—Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima obra á los autores de la corte.

D. Eleuterio.—Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles.

D. Antonio.—Cierto.

D. Eleuterio.—Lo que cuesta un mal vestido que uno se haga.

D. Antonio.—En efecto.

D. Eleuterio.—El cuarto.

D. Antonio.—¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son crueles.

D. Eleuterio.—Y si hay familia...

D. Antonio.—No hay duda; si hay familia es cosa terrible.

D. Eleuterio.—Vaya usted á competir con el otro tuno, que con seis cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho.

D. Antonio.—¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino arrimar el hombro al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que se presenten, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí tengo que...

D. Eleuterio.—¿La ha leído usted?

D. Antonio.—No por cierto.

D. Pedro.—¿La han impreso?

D. Eleuterio.—Sí, señor. ¿Pues no se había de imprimir?

D. Pedro.—Mal hecho. Mientras no sufra el examen del público en el teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada confianza en un autor novel.

D. Antonio.—¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que es cosa muy buena. ¿Y dónde se vende?

D. Eleuterio.—Se vende en los puestos del Diario, en la librería de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y en el puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también en la tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la calle Ancha, en la jabonería de la calle del Lobo, en la...

D. Pedro.—¿Se acabará esta tarde esa relación?

D. Eleuterio.—Como el señor preguntaba...

D. Pedro.—Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay paciencia!

D. Antonio.—Pues la he de comprar, no tiene remedio.

Pipí.—Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va!

D. Eleuterio.—Véala usted aquí.

(Saca una comedia impresa, y se la da á don Antonio.)

D. Antonio.—¡Oiga! es esta. Á ver. Y ha puesto su nombre. Bien, así me gusta; con eso la posteridad no se andará dando de calabazadas por averiguar la gracia del autor. (Lee don Antonio.) Por don Eleuterio Crispín de Andorra... «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y dice el emperador:

Ya sabéis, vasallos míos,

que habrá dos meses y medio

que el turco puso á Viena

con sus tropas el asedio,

y que para resistirle

unimos nuestros denuedos,

dando nuestros nobles bríos,

en repetidos encuentros,

las pruebas más relevantes

de nuestros invictos pechos.»

¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!

«Bien conozco que la falta

del necesario alimento

ha sido tal, que rendidos

de la hambre á los esfuerzos,

hemos comido ratones,

sapos y sucios insectos.»

D. Eleuterio.—¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien?

(Hablando á don Pedro.)

D. Pedro.—¡Eh! á mí, qué...

D. Eleuterio.—Me alegro que le guste á usted. Pero no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted... ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.

D. Antonio.—¿Muerta?

D. Eleuterio.—Sí, señor, muerta.

D. Antonio.—¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?

D. Eleuterio.—Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer, porque ella no quería ser su concubina.

D. Antonio.—¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto.

D. Eleuterio.—Sí, señor.

D. Antonio.—Hombre arrebatado, ¿eh?

D. Eleuterio.—Sí, señor.

D. Antonio.—Lascivo como un mico, feote de cara; ¿es verdad?

D. Eleuterio.—Cierto.

D. Antonio.—Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes.

D. Eleuterio.—Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo.

D. Antonio.—¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.

D. Pedro.—No, por Dios; no lo lea usted.

D. Eleuterio.—Es que es uno de los pedazos más terribles de la comedia.

D. Pedro.—Con todo eso.

D. Eleuterio.—Lleno de fuego.

D. Pedro.—Ya.

D. Eleuterio.—Buena versificación.

D. Pedro.—No importa.

D. Eleuterio.—Que alborotará en el teatro, si la dama lo esfuerza.

D. Pedro.—Hombre, si he dicho ya que...

D. Antonio.—Pero á lo menos, el final del acto segundo es menester oirle.

(Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don Eleuterio.)

Emperador.

Y en tanto que mis recelos...

Visir.

Y mientras mis esperanzas...

Senescal.

Y hasta que mis enemigos...

Emperador.

Averiguo.

Visir.

Logre.

Senescal.

Caigan.

Emperador.

Rencores, dadme favor.

Visir.

No me dejes, tolerancia.

Senescal.

Denuedo, asiste á mi brazo.

Todos.

Para que admire la patria

el más generoso ardid

y la más tremenda hazaña.

D. Pedro.—Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate.

(Se levanta impaciente, en ademán de irse.)

D. Eleuterio.—¿Disparates los llama usted?

D. Pedro.—¿Pues no?

(Don Antonio observa á don Eleuterio y á don Pedro y se ríe de entrambos.)

D. Eleuterio.—¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo aplauden á rabiar.

D. Pedro.—¿Y esto se representa en una nación culta?

D. Eleuterio.—¡Cuenta, que me ha dejado contento la expresión! ¡Disparates!

D. Pedro.—¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de nosotros?

D. Eleuterio.—¡Llamar disparates á una especie de coro entre el emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas gentes. Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...

Pipí.—No haga usted caso.

D. Eleuterio (Hablando con Pipí hasta el fin de la escena).—Yo no hago caso; pero me enfada que hablen así. Figúrate tú si la conclusión puede ser más natural, ni más ingeniosa. El emperador está lleno de miedo, por un papel que se ha encontrado en el suelo sin firma ni sobrescrito, en que se trata de matarle. El visir está rabiando por gozar de la hermosura de Margarita, hija del conde de Strambangaum, que es el traidor...

Pipí.—¡Calle! ¡Hay traidor también! ¡Cómo me gustan á mi las comedias en que hay traidor!

D. Eleuterio.—Pues, como digo, el visir está loco de amores por ella; el senescal, que es hombre de bien si los hay, no las tiene todas consigo, porque sabe que el conde anda tras de quitarle el empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural.

(Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la comedia.)

Y en tanto que mis recelos...

y mientras mis esperanzas...

y hasta que mis...

¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted!

(Sale don Hermógenes por la puerta del foro.)

ESCENA IV.

DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Hermógenes.—Buenas tardes, señores.

D. Pedro.—Á la orden de usted.

D. Antonio.—Felicísimas, amigo don Hermógenes.

D. Eleuterio.—Digo, me parece que el señor don Hermógenes será juez muy abonado (D. Pedro se acerca á la mesa en que está el Diario; lee para sí, y á veces presta atención á lo que hablan los demás) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre todo, la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas. Pues yo quiero que nos diga...

D. Hermógenes.—Usted me confunde con elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su delicado gusto en el arte rítmica, su...

D. Eleuterio.—Vaya, dejemos eso.

D. Hermógenes.—Su docilidad, su moderación...

D. Eleuterio.—Bien; pero aquí se trata solamente de saber si...

D. Hermógenes.—Estas prendas sí que merecen admiración y encomio.

D. Eleuterio.—Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y llanamente si la comedia que hoy se representa es disparatada ó no.

D. Hermógenes.—¿Disparatada? ¿Y quién ha prorumpido en un aserto tan?...

D. Eleuterio.—Eso no hace al caso. Díganos usted lo que le parece y nada más.

D. Hermógenes.—Sí diré; pero antes de todo conviene saber que el poema dramático admite dos géneros de fábula. Sunt autem fabulæ, aliæ simplices, aliæ implexæ. Es doctrina de Aristóteles. Pero lo diré en griego para mayor claridad. Eisi de ton mython oi men aploi oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis...

D. Eleuterio.—Hombre; pero si...

D. Antonio (Siéntase en una silla, haciendo esfuerzos para contener la risa).—Yo reviento.

D. Hermógenes.—Cai gar ai praxeis on mimeseis oi...

D. Eleuterio.—Pero...

D. Hermógenes.—Mythoi eisin yparchousin.

D. Eleuterio.—Pero si no es eso lo que á usted se le pregunta.

D. Hermógenes.—Ya estoy en la cuestión. Bien que, para la mejor inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden por prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición, ó anagnórisis, partes necesarias á toda buena comedia, y que según Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio...

D. Eleuterio.—Bien, todo eso es admirable; pero...

D. Pedro.—Este hombre es loco.

D. Hermógenes.—Si consideramos el origen del teatro, hallaremos que los megareos, los sículos y los atenienses...

D. Eleuterio.—Don Hermógenes, por amor de Dios, si no...

D. Hermógenes.—Véanse los dramas griegos, y hallaremos que Anaxipo, Anaxándrides, Eúpolis, Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates, Epicrates, Menecrates y Pherecrates...

D. Eleuterio.—Si le he dicho á usted que...

D. Hermógenes.—Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad pretérita, todos, todos convinieron nemine discrepante en que la prótasis debe preceder á la catástrofe necesariamente. Es así que la comedia del Cerco de Viena...

D. Pedro.—Adios, señores.

(Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se levanta y procura detenerle.)

D. Antonio.—¿Se va usted, don Pedro?

D. Pedro.—¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura para oir eso?

D. Antonio.—Pero si el amigo don Hermógenes nos va á probar con la autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino...

D. Hermógenes.—Ese es mi intento: probar que es un acéfalo incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se hubiera atrevido á propalar tal aserción.

D. Pedro.—Pues yo delante de usted la propalo, y le digo, que por lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre sin principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta, presumido y fastidioso hasta no más. Adios, señores.

(Hace que se va, y vuelve.)

D. Eleuterio.—(Señalando á don Antonio.) Pues á este caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de ella.

D. Pedro.—Á ese caballero le ha parecido muy mal; pero es hombre de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad la suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la necesidad ó la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni sé quién es; pero si ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle en caridad que se deje de escribir tales desvaríos; que aún está á tiempo, puesto que es la primera obra que publica; que no le engañe el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que siga otra carrera, en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de mamarrachos; que lo que necesita es una reforma fundamental en todas sus partes; y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios que tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren escribir.

D. Hermógenes.—Bien dice Séneca en su epístola diez y ocho, que...

D. Pedro.—Séneca dice en todas sus epístolas, que usted es un pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores.

ESCENA V.

DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ.

D. Hermógenes.—¿Yo pedantón? (Encarándose hacia la puerta por donde se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el teatro.) ¿Yo, que he compuesto siete prolusiones greco-latinas sobre los puntos más delicados del derecho?

D. Eleuterio.—¿Lo que él entenderá de comedias, cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala?

D. Hermógenes.—Él será el pedantón.

D. Eleuterio.—¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos quince días? Y si empieza á llover...

D. Hermógenes.—Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor á cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.

D. Antonio.—Nadie pone duda en el mérito de usted, señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.

D. Eleuterio.—Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese.

D. Antonio.—Sí, señor, gustará. Voy á ver si le alcanzo; y velis nolis, he de hacer que la vea para castigarle.

D. Eleuterio.—Buen pensamiento; sí, vaya usted.

D. Antonio.—En mi vida he visto locos más locos.

ESCENA VI.

DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.

D. Eleuterio.—¡Llamar detestable á la comedia! ¡Vaya, que estos hombres gastan un lenguaje que da gozo oirle!

D. Hermógenes.—Aquila non capit muscas, don Eleuterio. Quiero decir, que no haga usted caso. Á la sombra del mérito crece la envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo...

D. Eleuterio.—¡Oh!

D. Hermógenes.—Digo, me parece que (sin vanidad) pocos habrá que...

D. Eleuterio.—Ninguno. Vamos; tan completo como usted, ninguno.

D. Hermógenes.—Que reunan el ingenio á la erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á reunirlos. ¿Eh?

D. Eleuterio.—Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el sol que nos alumbra.

D. Hermógenes.—Pues bien. Á pesar de eso, hay quien me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta personas.

D. Eleuterio.—¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?

D. Hermógenes.—Lo que debe hacer un gran filósofo: callé, tomé un polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad.

D. Eleuterio.—Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?

D. Hermógenes.—Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera una onza de oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince doblones de la comedia?

D. Eleuterio.—Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no.

D. Hermógenes.—¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente en la ocasión más crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando...

D. Eleuterio.—Pues ¿qué hay de nuevo?

D. Hermógenes.—Ese bruto de mi casero... El hombre más ignorante que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde el respeto, me amenaza...

D. Eleuterio.—No hay que afligirse. Mañana ó esotro es regular que me dén el dinero: pagaremos á ese bribón; y si tiene usted algún pico en la hostería, también se...

D. Hermógenes.—Sí, aún hay un piquillo; cosa corta.

D. Eleuterio.—Pues bien: con la impresión lo menos ganaré cuatro mil reales.

D. Hermógenes.—Lo menos. Se vende toda seguramente.

(Vase Pipí por la puerta del foro.)

D. Eleuterio.—Pues con ese dinero saldremos de apuros; se adornará el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún otro chisme. Se casa usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, hacendosilla y muy mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. Yo iré dando las otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las recibirán los cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se venden; entre tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar. Vaya, no hay que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á mañana: una intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es que el ministro le estima á usted: ¿no es verdad?

D. Hermógenes.—Tres visitas le hago cada día.

D. Eleuterio.—Sí, apretarle, apretarle. Subamos arriba, que las mujeres ya estarán...

D. Hermógenes.—Diez y siete memoriales le he entregado la semana última.

D. Eleuterio.—¿Y qué dice?

D. Hermógenes.—En uno de ellos puse por lema aquel celebérrimo dicho del poeta: Pallida mors æquo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres.

D. Eleuterio.—¿Y qué dijo cuando leyó eso de las tabernas?

D. Hermógenes.—Que bien; que ya está enterado de mi solicitud.

D. Eleuterio.—¡Pues no le digo á usted! Vamos, eso está conseguido.

D. Hermógenes.—Mucho lo deseo, para que á este consorcio apetecido acompañe el episodio de tener que comer, puesto que sine Cerere et Bacho friget Venus. Y entonces, ¡oh! entonces... Con un buen empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna otra cosa me queda que apetecer sino que el cielo me conceda numerosa y masculina sucesión.

(Vanse por la puerta del foro.)