ACTO II.


ESCENA PRIMERA.

DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.

(Salen por la puerta del foro.)

D. Serapio.—El trueque de los puñales, créame usted, es de lo mejor que se ha visto.

D. Eleuterio.—¿Y el sueño del emperador?

D.ª Agustina.—¿Y la oración que hace el visir á sus ídolos?

D.ª Mariquita.—Pero á mí me parece que no es regular que el emperador se durmiera, precisamente en la ocasión más...

D. Hermógenes.—Señora, el sueño es natural en el hombre, y no hay dificultad en que un emperador se duerma, porque los vapores húmedos que suben al cerebro...

D.ª Agustina.—Pero ¿usted hace caso de ella? ¡Qué tontería! Si no sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué hora tenemos?

D. Serapio.—Serán... Deje usted. Podrán ser ahora...

D. Hermógenes.—Aquí está mi reloj (Saca su reloj) que es puntualísimo. Tres y media cabales.

D.ª Agustina.—¡Oh! pues aún tenemos tiempo. Sentémonos, una vez que no hay gente.

(Siéntanse todos menos don Eleuterio.)

D. Serapio.—¿Qué gente ha de haber? Si fuera en otro cualquier día... pero hoy todo el mundo va á la comedia.

D.ª Agustina.—Estará lleno, lleno.

D. Serapio.—Habrá hombre que dará esta tarde dos medallas por un asiento de luneta.

D. Eleuterio.—Ya se ve, comedia nueva, autor nuevo, y...

D.ª Agustina.—Y que ya la habrán leído muchísimos, y sabrán lo que es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque fuera el coliseo siete veces más grande.

D. Serapio.—Hoy los Chorizos se mueren de frío y de miedo. Ayer noche apostaba yo al marido de la graciosa seis onzas de oro á que no tienen esta tarde en su corral cien reales de entrada.

D. Eleuterio.—¿Conque la apuesta se hizo en efecto? ¿Eh?

D. Serapio.—No llegó el caso, porque yo no tenía en el bolsillo más que dos reales y unos cuartos... Pero ¡cómo los hice rabiar! y que...

D. Eleuterio.—Soy con ustedes; voy aquí á la librería, y vuelvo.

D.ª Agustina.—¿Á qué?

D. Eleuterio.—¿No te lo he dicho? Si encargué que me trajesen ahí la razón de lo que va vendido, para que...

D.ª Agustina.—Sí, es verdad. Vuelve presto.

D. Eleuterio.—Al instante. (Vase.)

D.ª Mariquita.—¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No pára este hombre.

D.ª Agustina.—Todo se necesita, hija; y si no fuera por su buena diligencia, y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado con su comedia escrita y su trabajo perdido.

D.ª Mariquita.—¿Y quién sabe lo que sucederá todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la silban, yo no sé lo que será de mí.

D.ª Agustina.—Pero, ¿por qué la han de silbar, ignorante? ¡Qué tonta eres, y qué falta de comprensión!

D.ª Mariquita.—Pues; siempre me está usted diciendo eso. (Sale Pipí por la puerta del foro con platos, botellas, etc. Lo deja todo sobre el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte.) Vaya, que algunas veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas tengo de ver estas cosas concluídas, y poderme ir á comer un pedazo de pan con quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones.

D. Hermógenes.—No el pedazo de pan, sino ese hermoso pedazo de cielo, me tiene á mí impaciente hasta que se verifique el suspirado consorcio.

D.ª Mariquita.—¡Suspirado, sí, suspirado! ¡Quién le creyera á usted!

D. Hermógenes.—Pues ¿quién ama tan de veras como yo? ¿Cuándo ni Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos egipcios, ni todos los Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor comparable al mío?

D.ª Agustina.—¡Discreta hipérbole! Viva, viva. Respóndele, bruto.

D.ª Mariquita.—¿Qué he de responder, señora, si no le he entendido una palabra?

D.ª Agustina.—¡Me desespera!

D.ª Mariquita.—Pues digo bien. ¿Qué sé yo quién son esas gentes de quien está hablando? Mire usted, para decirme: Mariquita, yo estoy deseando que nos casemos; así que su hermano de usted coja esos cuartos, verá usted cómo todo se dispone; porque la quiero á usted mucho, y es usted muy guapa muchacha, y tiene usted unos ojos muy peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas que dicen los hombres.

D.ª Agustina.—Sí, los hombres ignorantes, que no tienen crianza ni talento, ni saben latín.

D.ª Mariquita.—¡Pues, latín! Maldito sea su latín. Cuando le pregunto cualquiera friolera, casi siempre me responde en latín; y para decir que se quiere casar conmigo, me cita tantos autores... Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni qué les importará á ellos que nosotros nos casemos ó no.

D.ª Agustina.—¡Qué ignorancia! Vaya, don Hermógenes; lo que le he dicho á usted. Es menester que usted se dedique á instruirla y descortezarla; porque, la verdad, esa estupidez me avergüenza. Yo, bien sabe Dios que no he podido más: ya se ve, ocupada continuamente en ayudar á mi marido en sus obras, en corregírselas (como usted habrá visto muchas veces), en sugerirle ideas á fin de que salgan con la debida perfección, no he tenido tiempo para emprender su enseñanza. Por otra parte, es increíble lo que aquellas criaturas me molestan. El uno que llora, el otro que quiere mamar, el otro que rompió la taza, el otro que se cayó de la silla, me tienen continuamente afanada. Vaya; yo lo he dicho mil veces: para las mujeres instruídas es un tormento la fecundidad.

D.ª Mariquita.—¡Tormento! ¡Vaya, hermana, que usted es singular en todas sus cosas! Pues yo, si me caso, bien sabe Dios que...

D.ª Agustina.—Calla, majadera, que vas á decir un disparate.

D. Hermógenes.—Yo la instruiré en las ciencias abstractas; la enseñaré la prosodia; haré que copie á ratos perdidos el Arte magna de Raimundo Lulio, y que me recite de memoria todos los martes dos ó tres hojas del Diccionario de Rubiños. Después aprenderá los logaritmos y algo de la estática; después...

D.ª Mariquita.—Después me dará un tabardillo pintado, y me llevará Dios. ¡Se habrá visto tal empeño! No, señor, si soy ignorante, buen provecho me haga. Yo sé escribir y ajustar una cuenta, sé guisar, sé aplanchar, sé coser, sé zurcir, sé bordar, sé cuidar de una casa: yo cuidaré de la mía, y de mi marido, y de mis hijos, y yo me los criaré. Pues, señor, ¿no sé bastante? ¡Que por fuerza he de ser doctora y marisabidilla, y que he de aprender la gramática, y que he de hacer coplas! ¿Para qué? ¿para perder el juicio? que permita Dios si no parece casa de locos la nuestra, desde que mi hermano ha dado en esas manías. Siempre disputando marido y mujer sobre si la escena es larga ó corta, siempre contando las letras por los dedos para saber si los versos están cabales ó no, si el lance á oscuras ha de ser antes de la batalla ó después del veneno, y manoseando continuamente Gacetas y Mercurios para buscar nombres bien estravagantes, que casi todos acaban en of y en graf, para embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni se barre el cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que es peor, ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el domingo pasado, don Serapio?

D. Serapio.—¿Yo, señora? ¿Cómo quiere usted que?...

D.ª Mariquita.—Pues lléveme Dios si todo el banquete no se redujo á libra y media de pepinos, bien amarillos y bien gordos, que compré á la puerta, y un pedazo de rosca que sobró del día anterior. Y éramos seis bocas á comer, que el más desganado se hubiera engullido un cabrito y media hornada sin levantarse del asiento.

D.ª Agustina.—Esta es su canción; siempre quejándose de que no come y trabaja mucho. Menos cómo yo, y más trabajo en un rato que me ponga á corregir alguna escena, ó arreglar la ilusión de una catástrofe, que tú cosiendo y fregando, ú ocupada en otros ministerios viles y mecánicos.

D. Hermógenes.—Sí, Mariquita, sí; en eso tiene razón mi señora doña Agustina. Hay gran diferencia de un trabajo á otro, y los experimentos cotidianos nos enseñan que toda mujer que es literata y sabe hacer versos, ipso facto se halla exonerada de las obligaciones domésticas. Yo lo probé en una disertación que leí á la academia de los Cinocéfalos. Allí sostuve que los versos se confeccionan con la glándula pineal, y los calzoncillos con los tres dedos llamados pollex, index é infamis, que es decir: que para lo primero se necesita toda la argucia del ingenio, cuando para lo segundo basta sólo la costumbre de la mano. Y concluí, á satisfacción de todo mi auditorio, que es más difícil hacer un soneto que pegar un hombrillo; y que más elogio merece la mujer que sepa componer décimas y redondillas, que la que sólo es buena para hacer un pisto con tomate, un ajo de pollo ó un carnero verde.

D.ª Mariquita.—Aun por eso en mi casa no se gastan pistos, ni carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se ve, en comiendo versos no se necesita cocina.

D. Hermógenes.—Bien está, sea lo que usted quiera, ídolo mío; pero si hasta ahora se ha padecido alguna estrechez (angustam pauperiem, que dijo el profano), de hoy en adelante será otra cosa.

D.ª Mariquita.—¿Y qué dice el profano? ¿que no silbarán esta tarde la comedia?

D. Hermógenes.—No, señora, la aplaudirán.

D. Serapio.—Durará un mes, y los cómicos se cansarán de representarla.

D.ª Mariquita.—No, pues no decían eso ayer los que encontramos en la botillería. ¿Se acuerda usted, hermana? Y aquel más alto, á fe que no se mordía la lengua.

D. Serapio.—¿Alto? uno alto, ¿eh? Ya le conozco. (Se levanta.) ¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, que tiene un chirlo en las narices. ¡Bribón! Ese es un oficial de guarnicionero, muy apasionado de la otra compañía. ¡Alborotador! que él fué el que tuvo la culpa de que silbaran la comedia de El Monstruo más espantable del ponto de Calidonia, que la hizo un sastre pariente de un vecino mío; pero yo le aseguro al...

D.ª Mariquita.—¿Qué tonterías está usted ahí diciendo? Si no es ese de quien yo hablo.

D. Serapio.—Sí, uno alto, mala traza, con una señal que le coge...

D.ª Mariquita.—Si no es ese.

D. Serapio.—¡Mayor gatallón! Y ¡qué mala vida dió á su mujer! ¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un perro.

D.ª Mariquita.—Pero si no es ese, dale. ¿Á qué viene cansarse? Este era un caballero muy decente; que no tiene ni capa ni chirlo, ni se parece en nada al que usted nos pinta.

D. Serapio.—Ya; pero voy al decir. ¡Unas ganas tengo de pillar al tal guarnicionero! No irá esta tarde al patio, que si fuera... ¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le dijimos allí en la plazuela de San Juan! Empeñado en que la otra compañía es la mejor, y que no hay quien la tosa. ¿Y saben ustedes (vuelve á sentarse) por qué es todo ello? Porque los domingos por la noche se van él y otros de su pelo á casa de la Ramírez, y allí se están retozando en el recibimiento con la criada; después les saca un poco de queso, ó unos pimientos en vinagre, ó así; y luégo se van á palmotear como desesperados á las barandillas y al degolladero. Pero no hay remedio: ya estamos prevenidos los apasionados de acá; y á la primera comedia que echen en el otro corral, zas, sin remisión, á silbidos se ha de hundir la casa. Á ver...

D.ª Mariquita.—¿Y si ellos nos ganasen por la mano, y hacen con la de hoy otro tanto?

D.ª Agustina.—Sí, te parecerá que tu hermano es lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él se ha hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha estado con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido que la primera que componga será para su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho; él va todos los días á su casa á ver si se la ofrece algo, y cualquiera cosa que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. Don Eleuterio, tráigame usted un par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste á ese canario. Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina, y vea usted si empieza á espumar aquel puchero. Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud y un agrado, que no hay más que pedir; porque en fin, el que necesita es preciso que... Y por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia para cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo... ¡Qué silbar!... No, hija, no hay que temer; á buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.

D. Hermógenes.—Y sobre todo, el sobresaliente mérito del drama bastaría á imponer taciturnidad y admiración á la turba más gárrula, más desenfrenada é insipiente.

D.ª Agustina.—Pues ya se ve. Figúrese usted una comedia heróica como esta, con más de nueve lances que tiene. Un desafío á caballo por el patio, tres batallas, dos tempestades, un entierro, una función de máscara, un incendio de ciudad, un puente roto, dos ejercicios de fuego y un ajusticiado: figúrese usted si esto ha de gustar precisamente.

D. Serapio.—¡Toma si gustará!

D. Hermógenes.—Aturdirá.

D. Serapio.—Se despoblará Madrid por ir á verla.

D.ª Mariquita.—Y á mí me parece que unas comedias así debían representarse en la plaza de los toros.

ESCENA II.

DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES.

D.ª Agustina.—Y bien, ¿qué dice el librero? ¿Se despachan muchas?

D. Eleuterio.—Hasta ahora...

D.ª Agustina.—Deja; me parece que voy á acertar: habrá vendido... ¿Cuándo se pusieron los carteles?

D. Eleuterio.—Ayer por la mañana. Tres ó cuatro hice poner en cada esquina.

D. Serapio.—¡Ah! y cuide usted (Levántase) que les pongan buen engrudo, porque si no...

D. Eleuterio.—Sí, que no estoy en todo. Como que yo mismo le hice con esa mira, y lleva una buena parte de cola.

D.ª Agustina.—El Diario y la Gaceta la han anunciado ya: ¿es verdad?

D. Hermógenes.—En términos precisos.

D.ª Agustina.—Pues irán vendidos... quinientos ejemplares.

D. Serapio.—¡Qué friolera! Y más de ochocientos también.

D.ª Agustina.—¿He acertado?

D. Serapio.—¿Es verdad que pasan de ochocientos?

D. Eleuterio.—No, señor, no es verdad. La verdad es que hasta ahora, según me acaban de decir, no se han despachado más que tres ejemplares; y esto me da malísima espina.

D. Serapio.—¿Tres no más? Harto poco es.

D.ª Agustina.—Por vida mía, que es bien poco.

D. Hermógenes.—Distingo. Poco, absolutamente hablando, niego; respectivamente, concedo: porque nada hay que sea poco ni mucho per se, sino respectivamente. Y así, si los tres ejemplares vendidos constituyen una cantidad tercia con relación á nueve, y bajo este respecto los dichos tres ejemplares se llaman poco, también estos mismos tres ejemplares relativamente á uno componen una triplicada cantidad, á la cual podemos llamar mucho por la diferencia que va de uno á tres. De donde concluyo, que no es poco lo que se ha vendido, y que es falta de ilustración sostener lo contrario.

D.ª Agustina.—Dice bien, muy bien.

D. Serapio.—¡Qué! ¡Si en poniéndose á hablar este hombre!...

D.ª Mariquita.—Pues, en poniéndose á hablar probará que lo blanco es verde, y que dos y dos son veinticinco. Yo no entiendo tal modo de sacar cuentas... Pero al cabo y al fin, las tres comedias que se han vendido hasta ahora, ¿serán más que tres?

D. Eleuterio.—Es verdad; y en suma, todo el importe no pasará de seis reales.

D.ª Mariquita.—Pues, seis reales: cuando esperábamos montes de oro con la tal impresión. Ya voy yo viendo que si mi boda no se ha de hacer hasta que todos esos papelotes se despachen, me llevarán con palma á la sepultura. (Llorando.) ¡Pobrecita de mí!

D. Hermógenes.—No así, hermosa Mariquita, desperdicie usted el tesoro de perlas que una y otra luz derrama.

D.ª Mariquita.—¿Perlas? Si yo supiera llorar perlas, no tendría mi hermano necesidad de escribir disparates.

ESCENA III.

DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA.

D. Antonio.—Á la orden de ustedes, señores.

D. Eleuterio.—Pues ¿cómo tan presto? ¿No dijo usted que iría á ver la comedia?

D. Antonio.—En efecto, he ido. Allí queda don Pedro.

D. Eleuterio.—¿Aquel caballero de tan mal humor?

D. Antonio.—El mismo. Que quieras que no, le he acomodado (Sale Pipí por la puerta del foro con un canastillo de manteles, cubiertos, etc., y le pone sobre el mostrador.) en el palco de unos amigos. Yo creí tener luneta segura; ¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni tertulias, ni cubillos; no hay asiento en ninguna parte.

D.ª Agustina.—Si lo dije.

D. Antonio.—Es mucha la gente que hay.

D. Eleuterio.—Pues no, no es cosa de que usted se quede sin verla. Yo tengo palco. Véngase usted con nosotros, y todos nos acomodaremos.

D.ª Agustina.—Sí, puede usted venir con toda satisfacción, caballero.

D. Antonio.—Señora, doy á usted mil gracias por su atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba la primer tonadilla; conque...

D. Serapio.—¿La tonadilla?

(Se levantan todos.)

D.ª Mariquita.—¿Qué dice usted?

D. Eleuterio.—¡La tonadilla!

D.ª Agustina.—¿Pues cómo han empezado tan presto?

D. Antonio.—No, señora; han empezado á la hora regular.

D.ª Agustina.—No puede ser; si ahora serán...

D. Hermógenes.—Yo lo diré (Saca el reloj.): las tres y media en punto.

D.ª Mariquita.—¡Hombre! ¡qué tres y media! Su reloj de usted está siempre en las tres y media.

D.ª Agustina.—Á ver... (Toma el reloj de don Hermógenes, le aplica al oído, y se le vuelve.) Si está parado.

D. Hermógenes.—Es verdad. Esto consiste en que la elasticidad del muelle espiral...

D.ª Mariquita.—Consiste en que está parado, y nos ha hecho usted perder la mitad de la comedia. Vamos, hermana.

D.ª Agustina.—Vamos.

D. Eleuterio.—¡Cuidado, que es cosa particular! ¡Voto va sanes! La casualidad de...

D.ª Mariquita.—Vamos pronto... ¿Y mi abanico?

D. Serapio.—Aquí está.

D. Antonio.—Llegarán ustedes al segundo acto.

D.ª Mariquita.—Vaya, que este don Hermógenes...

D.ª Agustina.—Quede usted con Dios, caballero.

D.ª Mariquita.—Vamos aprisa.

D. Antonio.—Vayan ustedes con Dios.

D. Serapio.—Á bien que cerca estamos.

D. Eleuterio.—Cierto que ha sido chasco estarnos así, fiados en...

D.ª Mariquita.—Fiados en el maldito reloj de don Hermógenes.

ESCENA IV.

DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Antonio.—¿Conque estas dos son la hermana y la mujer del autor de la comedia?

Pipí.—Sí, señor.

D. Antonio.—¡Qué paso llevan! Ya se ve, se fiaron del reloj de don Hermógenes.

Pipí.—Pues yo no sé qué será; pero desde la ventana de arriba se ve salir mucha gente del coliseo.

D. Antonio.—Serán los del patio, que estarán sofocados. Cuando yo me vine quedaban dando voces para que les abriesen las puertas. El calor es muy grande; y por otra parte, meter cuatro donde no caben más que dos es un despropósito; pero lo que importa es cobrar á la puerta, y más que revienten dentro.

ESCENA V.

DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Antonio.—¡Calle! ¿Ya está usted por acá? Pues, y la comedia ¿en qué estado queda?

D. Pedro.—Hombre, no me hable usted de comedia (Se sienta), que no he tenido rato peor muchos meses há.

D. Antonio.—Pues ¿qué ha sido ello? (Sentándose junto á don Pedro.)

D. Pedro.—¡Qué ha de ser! que he tenido que sufrir (gracias á la recomendación de usted) casi todo el primer acto, y por añadidura una tonadilla insípida y desvergonzada, como es costumbre. Hallé la ocasión de escapar, y la aproveché.

D. Antonio.—¿Y qué tenemos en cuanto al mérito de la pieza?

D. Pedro.—Que cosa peor no se ha visto en el teatro desde que las musas de guardilla le abastecen... Si tengo hecho propósito firme de no ir jamás á ver esas tonterías. Á mí no me divierten; al contrario, me llenan de, de... No, señor, menos me enfada cualquiera de nuestras comedias antiguas, por malas que sean. Están desarregladas, tienen disparates; pero aquellos disparates y aquel desarreglo son hijos del ingenio y no de la estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; pero entre estos defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez suspenden y conmueven al espectador en términos de hacerle olvidar ó disculpar cuántos desaciertos han precedido. Ahora compare usted nuestros autores adocenados del día con los antiguos, y dígame si no valen más Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que estotros cuando quieren hablar en razón.

D. Antonio.—La cosa es tan clara, señor don Pedro, que no hay nada que oponer á ella; pero, dígame usted, el pueblo, el pobre pueblo ¿sufre con paciencia ese espantable comedión?

D. Pedro.—No tanto como el autor quisiera, porque algunas veces se ha levantado en el patio una mareta sorda que traía visos de tempestad. En fin, se acabó el acto muy oportunamente; pero no me atreveré á pronosticar el éxito de la tal pieza, porque aunque el público está ya muy acostumbrado á oir desatinos, tan garrafales como los de hoy jamás se oyeron.

D. Antonio.—¿Qué dice usted?

D. Pedro.—Es increíble. Ahí no hay más que un hacinamiento confuso de especies, una acción informe, lances inverosímiles, episodios inconexos, caracteres mal expresados ó mal escogidos; en vez de artificio, embrollo; en vez de situaciones cómicas, mamarrachadas de linterna mágica. No hay conocimiento de historia ni de costumbres, no hay objeto moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni versificación, ni gusto, ni sentido común. En suma, es tan mala y peor que las otras con que nos regalan todos los días.

D. Antonio.—Y no hay que esperar nada mejor. Mientras el teatro siga en el abandono en que hoy está, en vez de ser el espejo de la virtud y el templo del buen gusto, será la escuela del error y el almacén de las extravagancias.

D. Pedro.—Pero ¡no es fatalidad que después de tanto como se ha escrito por los hombres más doctos de la nación sobre la necesidad de su reforma, se han de ver todavía en nuestra escena espectáculos tan infelices! ¿Qué pensarán de nuestra cultura los extranjeros que vean la comedia de esta tarde? ¿Qué dirán cuando lean las que se imprimen continuamente?

D. Antonio.—Digan lo que quieran, amigo don Pedro, ni usted ni yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir ó rabiar: no hay otra alternativa... Pues yo más quiero reir que impacientarme.

D. Pedro.—Yo no, porque no tengo serenidad para eso. Los progresos de la literatura, señor don Antonio, interesan mucho al poder, á la gloria y á la conservación de los imperios; el teatro influye inmediatamente en la cultura nacional; el nuestro está perdido, y yo soy muy español.

D. Antonio.—Con todo, cuando se ve que... Pero ¿qué novedad es esta?

ESCENA VI.

DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Serapio.—Pipí, muchacho; corriendo, por Dios, un poco de agua.

D. Antonio.—¿Qué ha sucedido?

(Se levantan don Antonio y don Pedro.)

D. Serapio.—No te pares en enjuagatorios. Aprisa.

Pipí.—Voy, voy allá.

D. Serapio.—Despáchate.

Pipí.—¡Por vida del hombre! (Pipí va detrás de don Serapio con un vaso de agua. Don Hermógenes, que sale apresurado, tropieza con él y deja caer el vaso y el plato.) ¿Por qué no mira usted?

D. Hermógenes.—¿No hay alguno de ustedes que tenga por ahí un poco de agua de melisa, elixir, extracto, aroma, álcali volátil, éter vitriólico, ó cualquiera quinta esencia antiespasmódica, para entonar el sistema nervioso de una dama exánime?

D. Antonio.—Yo no, no traigo.

D. Pedro.—Pero ¿qué ha sido? ¿Es accidente?

ESCENA VII.

DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. Eleuterio.—Sí; es mucho mejor hacer lo que dice don Serapio.

(Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por don Eleuterio y don Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro vaso de agua, y ella bebe un poco.)

D. Serapio.—Pues ya se ve. Anda, Pipí; en tu cama podrá descansar esta señora...

Pipí.—¡Qué! si está en un camaranchón, que...

D. Eleuterio.—No importa.

Pipí.—¡La cama! La cama es un jergón de arpillera y...

D. Serapio.—¿Qué quiere decir eso?

D. Eleuterio.—No importa nada. Allí estará un rato, y veremos si es cosa de llamar á un sangrador.

Pipí.—Yo bien, si ustedes...

D.ª Agustina.—No, no es menester.

D.ª Mariquita.—¿Se siente usted mejor, hermana?

D. Eleuterio.—¿Te vas aliviando?

D.ª Agustina.—Alguna cosa.

D. Serapio.—¡Ya se ve! El lance no era para menos.

D. Antonio.—Pero ¿se podrá saber qué especie de insulto ha sido éste?

D. Eleuterio.—¡Qué ha de ser, señor, qué ha de ser! Que hay gente envidiosa y mal intencionada, que... ¡Vaya! No me hable usted de eso; porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han visto ellos comedia mejor?

D. Pedro.—No acabo de comprender.

D.ª Mariquita.—Señor, la cosa es bien sencilla. El señor es hermano mío, marido de esta señora, y autor de esa maldita comedia que han echado hoy. Hemos ido á verla; cuando llegamos estaban ya en el segundo acto. Allí había una tempestad, y luégo un consejo de guerra, y luégo un baile, y después un entierro... En fin, ello es que al cabo de esta tremolina salía la dama con un chiquillo de la mano, y ella y el chico rabiaban de hambre; el muchacho decía: Madre, déme usted pan; y la madre invocaba á Demogorgón y al Cancerbero. Al llegar nosotros se empezaba este lance de madre é hijo... El patio estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué toser! ¡qué estornudos! ¡qué bostezar! ¡qué ruido confuso por todas partes!... Pues señor, como digo, salió la dama, y apenas hubo dicho que no había comido en seis días, y apenas el chico empezó á pedirla pan, y ella á decirle que no le tenía, cuando para servir á ustedes, la gente (que á la cuenta estaba ya hostigada de la tempestad, del consejo de guerra, del baile y del entierro) comenzó de nuevo á alborotarse. El ruido se aumenta; suenan bramidos por un lado y otro, y empieza tal descarga de palmadas huecas, y tal golpeo en los bancos y barandillas, que no parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron el telón; abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi hermana se la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está mejor, que es lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en un instante, entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar, todo ha sido á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á parar tantos proyectos! Bien decía yo que era imposible que... (Siéntase junto á doña Agustina.)

D. Eleuterio.—¡Y que no ha de haber justicia para esto! Don Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien sabe lo que es la pieza; informe usted á estos señores... Tome usted. (Saca la comedia, y se la da á don Hermógenes.) Léales usted todo el segundo acto, y que me digan si una mujer que no ha comido en seis días tiene razón de morirse, y si es mal parecido que un chico de cuatro años pida pan á su madre. Lea usted, lea usted, y que me digan si hay conciencia ni ley de Dios para haberme asesinado de esta manera.

D. Hermógenes.—Yo, por ahora, amigo don Eleuterio, no puedo encargarme de la lectura del drama. (Deja la comedia sobre una mesa. Pipí la toma, se sienta en un silla distante, y lee con particular atención y complacencia.) Estoy de priesa. Nos veremos otro día, y...

D. Eleuterio.—¿Se va usted?

D.ª Mariquita.—¿Nos deja usted así?

D. Hermógenes.—Si en algo pudiera contribuir con mi presencia al alivio de ustedes, no me movería de aquí; pero...

D.ª Mariquita.—No se vaya usted.

D. Hermógenes.—Me es muy doloroso asistir á tan acerbo espectáculo. Tengo que hacer. En cuánto á la comedia, nada hay que decir: murió, y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras peores; diré que si no guarda reglas ni conexión, consiste en que el autor era un grande hombre; callaré sus defectos...

D. Eleuterio.—¿Qué defectos?

D. Hermógenes.—Algunos que tiene.

D. Pedro.—Pues no decía usted eso poco tiempo há.

D. Hermógenes.—Fué para animarle.

D. Pedro.—Y para engañarle y perderle. Si usted conocía que era mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle que desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del autor, y le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y despreciable?

D. Hermógenes.—Porque el señor carece de criterio y sindéresis para comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos intentara persuadirle que la comedia es mala.

D.ª Agustina.—¿Conque es mala?

D. Hermógenes.—Malísima.

D. Eleuterio.—¿Qué dice usted?

D.ª Agustina.—Usted se chancea, don Hermógenes; no puede ser otra cosa.

D. Pedro.—No, señora, no se chancea: en eso dice la verdad. La comedia es detestable.

D.ª Agustina.—Poco á poco con eso, caballero; que una cosa es que el señor lo diga por gana de fiesta, y otra que usted nos lo venga á repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo blasfeman, y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero...

D. Pedro.—Si usted es marido de esa (Á don Eleuterio) señora, hágala usted callar; porque aunque no pueda ofenderme cuánto diga, es cosa ridícula que se meta á hablar de lo que no entiende.

D.ª Agustina.—¡No entiendo! ¿Quién le ha dicho á usted que?...

D. Eleuterio.—Por Dios, Agustina, no te desazones. Ya ves (Se levanta colérica, y don Eleuterio la hace sentar) cómo estás... ¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (Á don Hermógenes), no sé qué pensar de usted.

D. Hermógenes.—Pienso usted lo que quiera. Yo pienso de su obra lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y aunque vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas...

D. Eleuterio.—Digan lo que quieran. Lo que yo digo es que usted me ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si usted ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha llenado de elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo era un grande hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido usted corazón para exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba de esta tarde?

D. Hermógenes.—Usted es pacato y pusilánime en demasía... ¿Por qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores que componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los vaivenes de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir; vuelven á silbarlos, y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para quienes los chillidos son arrullos y las maldiciones alabanzas!

D.ª Mariquita.—¿Y qué quiere usted (Levántase) decir con eso? Ya no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi pobre hermano vuelva otra vez?...

D. Hermógenes.—Lo que quiero decir es que estoy de prisa y me voy.

D.ª Agustina.—Vaya usted con Dios, y haga usted cuenta que no nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (Se levanta muy enojada encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella) no me tiro á él... Váyase usted.

D. Hermógenes.—¡Gente ignorante!

D.ª Agustina.—Váyase usted.

D. Eleuterio.—¡Picarón!

D. Hermógenes.—¡Canalla infeliz!

ESCENA VIII.

DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON PEDRO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.

D. Eleuterio.—¡Ingrato, embustero! Después (Se sienta con señales de abatimiento) de lo que hemos hecho por él.

D.ª Mariquita.—Ya ve usted, hermana, lo que ha venido á resultar. Si lo dije, si me lo daba el corazón... Mire usted qué hombre; después de haberme traído en palabras tanto tiempo, y lo que es peor, haber perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que á lo menos es hombre de bien, y no sabe latín ni se mete en citar autores, como ese bribón... ¡Pobre de mí! Con diez y seis años que tengo, y todavía estoy sin colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me había de casar con un erudito que supiera mucho... Mire usted lo que sabe el renegado (Dios me perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi hermano, perderle, y hartarnos de pesadumbres.

D. Antonio.—No se desconsuele usted, señorita, que todo se compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán proporciones mucho mejores que la que ha perdido.

D.ª Agustina.—Es menester que tengas un poco de paciencia, Mariquita.

D. Eleuterio.—La paciencia (Se levanta con viveza) la necesito yo, que estoy desesperado de ver lo que me sucede.

D.ª Agustina.—Pero hombre, ¿que no has de reflexionar?...

D. Eleuterio.—Calla, mujer; calla, por Dios, que tú también...

D. Serapio.—No, señor; el mal ha estado en que nosotros no lo advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro al guarnicionero y á sus camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones como el que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame usted á mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de allá se han unido, y...

D. Eleuterio.—Yo ya estoy en que la comedia no es tan mala, y que hay muchos partidos; pero lo que á mí me...

Don Pedro.—¿Todavía está usted en esa equivocación?

D. Antonio.—Déjele usted. (Ap. á don Pedro.)

D. Pedro.—No quiero dejarle; me da compasión... Y sobre todo, es demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía esté creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué motivos tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la imitación? ¿No ve usted que en todas las facultades hay un método de enseñanza, y unas reglas que seguir y observar; que á ellas debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y que sin estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted, que carece de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, á salga lo que salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en malos versos, darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que escribir comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás que se la parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios; pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable, observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no hay seguridad de llegar á la perfección.

D. Eleuterio.—Bien está, señor; será todo lo que usted dice; pero ahora no se trata de eso. Si me desespero y me confundo, es por ver que todo se me descompone, que he perdido mi tiempo, que la comedia no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que no tenía...

D. Antonio.—No, la impresión con el tiempo se venderá.

D. Pedro.—No se venderá, no, señor. El público no compra en la librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá.

D. Eleuterio.—Pues, vea usted: no se venderá; y pierdo ese dinero; y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que ustedes quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien. Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar sus trampas y sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja imposibilitado de cumplir como es regular con los muchos acreedores que tengo.

D. Pedro.—Pero ahí no hay más que hacerles una obligación de irlos pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted tenga, y arreglándose á una buena economía.

D.ª Agustina.—¡Qué empleo ni qué facultad, señor! si el pobrecito no tiene ninguna.

D. Pedro.—¿Ninguna?

D. Eleuterio.—No, señor. Yo estuve en esa lotería de ahí arriba; después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió; lo dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes me engatusó y...

D.ª Mariquita.—¡Maldito sea él!

D. Eleuterio.—Y si fuera decir estoy solo, anda con Dios; pero casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas...

D. Antonio.—¿Cuántas tiene usted?

D. Eleuterio.—Cuatro, señor; que el mayorcito no pasa de cinco años.

D. Pedro.—¿Hijos tiene? (Ap. con ternura ¡Qué lástima!)

D. Eleuterio.—Pues si no fuera por eso...

D. Pedro.—(Ap. ¡Infeliz!) Yo, amigo, ignoraba que del éxito de la obra de usted pendiera la suerte de esa pobre familia. Yo también he tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el corazón de un padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien?

D. Eleuterio.—Sí, señor, lo que es así cosa de cuentas, me parece que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he sido paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el que gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de eso. Y siempre me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido que...

D. Pedro.—Lo creo muy bien.

D. Eleuterio.—En cuanto á escribir, yo aprendí en los Escolapios, y luégo me he soltado bastante, y sé alguna cosa de ortografía... Aquí tengo... Vea usted... (Saca papel y se le da á don Pedro.) Ello está escrito algo de prisa, porque esta es una tonadilla que se había de cantar mañana... ¡Ay Dios mío!

D. Pedro.—Me gusta la letra, me gusta.

D. Eleuterio.—Sí, señor, tiene su introduccioncita, luégo entran las coplillas satíricas con su estribillo, y concluye con las...

D. Pedro.—No hablo de eso, hombre, no hablo de eso. Quiero decir que la forma de la letra es muy buena. La tonadilla ya se conoce que es prima hermana de la comedia.

D. Eleuterio.—Ya.

D. Pedro.—Es menester que se deje usted de esas tonterías.

(Volviéndole el papel.)

D. Eleuterio.—Ya lo veo, señor; pero si me parece que el enemigo...

D. Pedro.—Es menester olvidar absolutamente esos devaneos; esta es una condición precisa que exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no acompaño con lágrimas estériles las desgracias de mis semejantes. La mala fortuna á que le han reducido á usted sus desvaríos necesita, más que consuelos y reflexiones, socorros efectivos y prontos. Mañana quedarán pagadas por mí todas las deudas que usted tenga.

D. Eleuterio.—Señor, ¿qué dice usted?

D.ª Agustina.—¿De veras, señor? ¡Válgame Dios!

D.ª Mariquita.—¿De veras?

D. Pedro.—Quiero hacer más. Yo tengo bastantes haciendas cerca de Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía en el gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted contar con una fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora deberá contribuir por su parte á hacer feliz el nuevo destino que á usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien á sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de su estado y sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un malvado que la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las ganas que tiene de casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre de bien que la quiera. En una palabra, yo haré en favor de ustedes todo el bien que pueda; no hay que dudarlo. Además, yo tengo muy buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes, soy algo áspero en mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo.

D.ª Mariquita.—¡Qué bondad!

(Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren arrodillarse á los piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente.)

D. Eleuterio.—¡Qué generoso!

D. Pedro.—Esto es ser justo. El que socorre la pobreza, evitando á un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su obligación; no hace más.

D. Eleuterio.—Yo no sé cómo he de pagar á usted tantos beneficios.

D. Pedro.—Si usted me los agradece, ya me los paga.

D. Eleuterio.—Perdone usted, señor, las locuras que he dicho y el mal modo...

D.ª Agustina.—Hemos sido muy imprudentes.

D. Pedro.—No hablemos de eso.

D. Antonio.—¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado usted esta tarde!

D. Pedro.—Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en iguales circunstancias.

D. Antonio.—Su carácter de usted me confunde.

D. Pedro.—¿Eh? los genios serán diferentes; pero somos muy amigos. ¿No es verdad?

D. Antonio.—¿Quién no querrá ser amigo de usted?

D. Serapio.—Vaya, vaya; yo estoy loco de contento.

D. Pedro.—Más lo estoy yo; porque no hay placer comparable al que resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (Al ver la comedia que está leyendo Pipí); no se quede por ahí perdida, y sirva de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla.

D. Eleuterio.—¡Mal haya la comedia (Arrebata la comedia de manos de Pipí, y la hace pedazos), amén, y mi docilidad y mi tontería! Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso.

D.ª Mariquita.—Yo encenderé la pajuela.

D.ª Agustina.—Y yo aventaré las cenizas.

D. Pedro.—Así debe ser. Usted, amigo, ha vivido engañado; su amor propio, la necesidad, el ejemplo y la falta de instrucción le han hecho escribir disparates. El público le ha dado á usted una lección muy dura, pero muy útil, puesto que por ella se reconoce y se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan y corrompen el teatro por el maldito furor de ser autores, ya que desatinan como usted, le imitaran en desengañarse!