ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está sentado en una silla, se levanta.)
D. Diego.—¿No han venido todavía?
Simón.—No, señor.
D. Diego.—Despacio la han tomado por cierto.
Simón.—Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron á Guadalajara...
D. Diego.—Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluído.
Simón.—Ello también ha sido extraña determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el ruido de campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y patanes, que no permiten un instante de quietud.
D. Diego.—Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos, y no he querido que nadie me vea.
Simón.—Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. ¿Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. Diego.—Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.
Simón.—Adelante.
D. Diego.—Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á Madrid.
Simón.—Sí, señor.
D. Diego.—Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo descubras.
Simón.—Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.
D. Diego.—Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la verdad, nunca había visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas de las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuántos informes pudiera desear acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he logrado verla, he procurado observarla en estos pocos días; y á decir verdad, cuántos elogios hicieron de ella me parecen escasos.
Simón.—Sí por cierto... Es muy linda y...
D. Diego.—Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento... Conque, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...
Simón.—No hay que decírmelo.
D. Diego.—¿No? ¿Por qué?
Simón.—Porque ya lo adivino. Y me parece excelente idea.
D. Diego.—¿Qué dices?
Simón.—Excelente.
D. Diego.—¿Conque al instante has conocido?...
Simón.—¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece muy buena boda; buena, buena.
D. Diego.—Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo tengo por cosa muy acertada.
Simón.—Seguro que sí.
D. Diego.—Pero quiero absolutamente que no se sepa, hasta que esté hecho.
Simón.—Y en eso hace usted bien.
D. Diego.—Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaría quien murmurase, y dijese que era una locura, y me...
Simón.—¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?
D. Diego.—Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia, recogimiento, virtud.
Simón.—Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene, ¿para quién ha de ser?
D. Diego.—Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como demonios... No, señor, vida nueva. Tendré quien me asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que hablen y murmuren y...
Simón.—Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?
D. Diego.—No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la boda es desigual, que no hay proporción en la edad, que...
Simón.—Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú ocho años, á lo más.
D. Diego.—¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses há.
Simón.—Y bien, ¿qué?
D. Diego.—Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.
Simón.—Pero si yo no hablo de eso.
D. Diego.—¿Pues de qué hablas?
Simón.—Decía que... Vamos, ó usted no acaba de explicarse, ó yo le entiendo al revés... En suma, esta doña Paquita ¿con quién se casa?
D. Diego.—¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
Simón.—¿Con usted?
D. Diego.—Conmigo.
Simón.—¡Medrados quedamos!
D. Diego.—¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?...
Simón.—¡Y pensaba yo haber adivinado!
D. Diego.—¿Pues qué creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo?
Simón.—Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento, instruído, excelente soldado, amabilísimo por todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.
D. Diego.—Pues no, señor.
Simón.—Pues bien está.
D. Diego.—¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir á casar!... No, señor, que estudie sus matemáticas.
Simón.—Ya las estudia; ó por mejor decir, ya las enseña.
D. Diego.—Que se haga hombre de valor y...
Simón.—¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor á un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted más de cuatro veces llorar de alegría, cuando el rey le premió con el grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.
D. Diego.—Sí, señor, todo es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy el que me caso.
Simón.—Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre...
D. Diego.—¿Pues no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio; esta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes prendas; mira tú si doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada que la ha servido en Madrid, y más de cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que jamás observó en esta criatura la más remota inclinación á ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oir misa, y correr por la huerta detrás de las mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, estas han sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices?
Simón.—Yo nada, señor.
D. Diego.—Y no pienses tú que, á pesar de tantas seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que aquella doña Irene siempre la interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena mujer, buena...
Simón.—En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece.
D. Diego.—Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?
Simón.—¿Pues qué ha hecho?
D. Diego.—Una de las suyas... Y hasta pocos días há no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y me costó mucho dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos días de haber salido de Madrid recibí la noticia de su llegada.
Simón.—Sí, señor.
D. Diego.—Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre con la data de Zaragoza.
Simón.—Así es la verdad.
D. Diego.—Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía las tales cartas.
Simón.—¿Qué dice usted?
D. Diego.—Sí, señor. El día 3 de julio salió de mi casa, y á fines de setiembre aún no había llegado á sus pabellones... ¿No te parece que para ir por la posta hizo muy buena diligencia?
Simón.—Tal vez se pondría malo en el camino, y por no darle á usted pesadumbre...
D. Diego.—Nada de eso. Amores del señor oficial, y devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿Quién sabe? Si encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor por el matrimonio!
Simón.—¡Oh! no hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.
D. Diego.—Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral, y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que deberemos salir mañana.
Simón.—Bien está.
D. Diego.—Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni... ¿Estamos?
Simón.—No haya miedo que á nadie lo cuente.
(Simón se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.)
ESCENA II.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.
D.ª Francisca.—Ya estamos acá.
D.ª Irene.—¡Ay, qué escalera!
D. Diego.—Muy bien venidas, señoras.
D.ª Irene.—¿Conque usted, á lo que parece, no ha salido?
(Se sientan doña Irene y don Diego.)
D. Diego.—No, señora. Luégo más tarde daré una vueltecilla por ahí... He leído un rato. Traté de dormir, pero en esta posada no se duerme.
D.ª Francisca.—Es verdad que no... ¡Y qué mosquitos! Mala peste en ellos. Anoche no me dejaron parar... Pero mire usted, mire usted (Desata el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica el diálogo), cuántas cosillas traigo. Rosarios de nácar, cruces de ciprés, la regla de San Benito, una pililla de cristal... mire usted qué bonita, y dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto viene aquí!... ¡Ay, y una campanilla de barro bendito para los truenos!... ¡Tantas cosas!
D.ª Irene.—Chucherías que la han dado las madres. Locas estaban con ella.
D.ª Francisca.—¡Cómo me quieren todas! ¡y mi tía, mi pobre tía lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.
D.ª Irene.—Ha sentido mucho no conocer á usted.
D.ª Francisca.—Sí, es verdad. Decía, ¿por qué no ha venido aquel señor?
D.ª Irene.—El padre capellán y el rector de los Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.
D.ª Francisca.—Toma (Vuelve á atar el pañuelo y se le da á Rita, la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de doña Irene), guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de alcorza!
Rita.—No importa; yo me la comeré.
ESCENA III.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.
D.ª Francisca.—¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí?
D.ª Irene.—Ahora, niña, que quiero descansar un rato.
D. Diego.—Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.
D.ª Irene.—¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Está hecho un cielo... (Siéntase doña Francisca junto á doña Irene). Mi hermana es la que sigue siempre bastante delicadita. Ha padecido mucho este invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse con su sobrina la buena señora. Está muy contenta de nuestra elección.
D. Diego.—Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas á quienes debe usted particulares obligaciones.
D.ª Irene.—Sí, Trinidad está muy contenta; y en cuanto á Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse de ella; pero ha conocido que siendo para su bienestar, es necesario pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo expresiva que estuvo, y...
D. Diego.—Es verdad. Sólo falta que la parte interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien.
D.ª Irene.—Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que determine su madre.
D. Diego.—Todo eso es cierto, pero...
D.ª Irene.—Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder con el honor que la corresponde.
D. Diego.—Sí, ya estoy; ¿pero no pudiera sin faltar á su honor ni á su sangre?...
D.ª Francisca.—¿Me voy, mamá? (Se levanta y vuelve á sentarse.)
D.ª Irene.—No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted la ve, de su abuela que Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En casa tengo el cuadro, que le habrá usted visto. Y le hicieron, según me contaba su merced, para enviárselo á su tío carnal el padre fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán.
D. Diego.—Ya.
D.ª Irene.—Y murió en el mar el buen religioso, que fué un quebranto para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su muerte; particularmente mi primo don Cucufate, regidor perpetuo de Zamora, no puede oir hablar de su ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.
D.ª Francisca.—Válgate Dios, qué moscas tan...
D.ª Irene.—Pues murió en olor de santidad.
D. Diego.—Eso bueno es.
D.ª Irene.—Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que por lo que puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el día de mañana no se imprima con el favor de Dios?
D. Diego.—Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
D.ª Irene.—Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano político el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano; y á la hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en folio, que comprenden los nueve años primeros de la vida del santo obispo.
D. Diego.—¿Conque para cada año un tomo?
D.ª Irene.—Sí, señor, ese plan se ha propuesto.
D. Diego.—¿Y de qué edad murió el venerable?
D.ª Irene.—De ochenta y dos años, tres meses y catorce días.
D.ª Francisca.—¿Me voy, mamá?
D.ª Irene.—Anda, vete. ¡Válgate Dios, qué prisa tienes!
D.ª Francisca.—¿Quiere usted (Se levanta, y después de hacer una graciosa cortesía á don Diego, da un beso á doña Irene, y se va al cuarto de ésta) que le haga una cortesía á la francesa, señor don Diego?
D. Diego.—Sí, hija mía. Á ver.
D.ª Francisca.—Mire usted, así.
D. Diego.—¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva.
D.ª Francisca.—Para usted una cortesía, y para mi mamá un beso.
ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª Irene.—Es muy gitana y muy mona, mucho.
D. Diego.—Tiene un donaire natural que arrebata.
D.ª Irene.—¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en favorecerla.
D. Diego.—Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de nuestra proyectada unión, y...
D.ª Irene.—Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
D. Diego.—Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
D.ª Irene.—No tenga usted sobre ese particular la más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted.
D. Diego.—Bien, si fuese un hombre á quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que la doncella haría muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos modos de explicarse...
D.ª Irene.—Conmigo usa de más franqueza. Á cada instante hablamos de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le tiene... ¿Con qué juicio hablaba ayer noche después que usted se fué á recoger? No sé lo que hubiera dado por que hubiese podido oirla.
D. Diego.—¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
D.ª Irene.—Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro y de conducta...
D. Diego.—¡Calle! ¿Eso decía?
D.ª Irene.—No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el día? Casan á una muchacha de quince años con un arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño también sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?, ¿quién ha de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir á los hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
D. Diego.—Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.
D.ª Irene.—Lo que sé decirle á usted es que aún no había cumplido los diez y nueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... y al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir á usted, ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó conmigo.
D. Diego.—Buena edad... No era un niño, pero...
D.ª Irene.—Pues á eso voy... Ni á mí podía convenirme en aquel entonces un boquirubio con los cascos á la jineta... No, señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos casamos dió en darle tan á menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.
D. Diego.—¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de don Epifanio.
D.ª Irene.—Sí, señor, ¿pues por qué no?
D. Diego.—Lo digo porque luégo saltan con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fué niño, ó niña?
D.ª Irene.—Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.
D. Diego.—Cierto que es consuelo tener, así, una criatura, y...
D.ª Irene.—¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.
D. Diego.—Yo lo creo.
D.ª Irene.—Sí, señor.
D. Diego.—Ya se ve que será una delicia, y...
D.ª Irene.—¡Pues no ha de ser!
D. Diego.—Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y merecer sus fiestecillas inocentes.
D.ª Irene.—¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me ha venido á quedar; pero le aseguro á usted que...
ESCENA V.
SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
Simón (Sale por la puerta del foro).—Señor, el mayoral está esperando.
D. Diego.—Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el sombrero y el bastón, quisiera dar una vuelta por el campo. (Entra Simón al cuarto de don Diego, saca un sombrero y un bastón, se los da á su amo, y al fin de la escena se va con él por la puerta del foro.) ¿Conque, supongo que mañana tempranito saldremos?
D.ª Irene.—No hay dificultad. Á la hora que á usted le parezca.
D. Diego.—Á eso de las seis. ¿Eh?
D.ª Irene.—Muy bien.
D. Diego.—El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una media hora antes.
D.ª Irene.—Sí, que hay mil chismes que acomodar.
ESCENA VI.
DOÑA IRENE, RITA.
D.ª Irene.—¡Válgame Dios! ahora que me acuerdo... ¡Rita!... Me le habrán dejado morir. ¡Rita!
Rita.—Señora.
(Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del brazo.)
D.ª Irene.—¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?
Rita.—Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le puse en la ventana del pasillo.
D.ª Irene.—¿Hiciste las camas?
Rita.—La de usted ya está. Voy á hacer esotras antes que anochezca, porque si no, como no hay más alumbrado que el del candil y no tiene garabato, me veo perdida.
D.ª Irene.—Y aquella chica ¿qué hace?
Rita.—Está desmenuzando un bizcocho, para dar de cenar á don Periquito.
D.ª Irene.—¡Qué pereza tengo de escribir! (Se levanta y se entra en su cuarto.) Pero es preciso, que estará con mucho cuidado la pobre Circuncisión.
Rita.—¡Qué chapucerías! No há dos horas, como quien dice, que salimos de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me gustan á mí las mujeres gazmoñas y zalameras!
(Éntrase en el cuarto de doña Francisca.)
ESCENA VII.
CALAMOCHA.
(Sale por la puerta del foro con unas maletas, látigo y botas; lo deja todo sobre la mesa y se sienta.)
Calamocha.—¿Conque ha de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya, ya conozco el tal número tres. Colección de bichos más abundante, no la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me da de entrar... ¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia, pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron: no podemos más, que si no, por esta vez no veía yo el número tres, ni las plagas de Faraón que tiene dentro... En fin, como los animales amanezcan vivos, no será poco... Reventados están... (Canta Rita desde adentro, Calamocha se levanta desperezándose.) ¡Oiga!... ¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado estoy!
ESCENA VIII.
RITA, CALAMOCHA.
Rita.—Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y... (Forcejeando para echar la llave.) Pues cierto que está bien acondicionada la llave.
Calamocha.—¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
Rita.—Gracias, mi alma.
Calamocha.—¡Calle!... ¡Rita!
Rita.—¡Calamocha!
Calamocha.—¿Qué hallazgo es este?
Rita.—¿Y tu amo?
Calamocha.—Los dos acabamos de llegar.
Rita.—¿De veras?
Calamocha.—No, que es chanza. Apenas recibió la carta de doña Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos conque los pájaros volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que cenar... Esta es la historia.
Rita.—¿Conque le tenemos aquí?
Calamocha.—Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesión de su Currita idolatrada.
Rita.—¿Qué dices?
Calamocha.—Ni más ni menos.
Rita.—¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.
Calamocha.—¿Amor?... ¡Friolera! El moro Gazul fué para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.
Rita.—¡Ay, cuando la señorita lo sepa!
Calamocha.—Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuándo llegaste? que...
Rita.—Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dió en escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado, y bien quisto; en suma, cabal y perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular, para que su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no consentiría que su pobre Paquita pasara á manos de un desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros estrellados en las tapias del corral. Apenas partió la carta á su destino, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella; recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á Alcalá. La detención ha sido para que la señorita visite á otra tía monja que tiene aquí tan arrugada y tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad nos...
Calamocha.—Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio está en la posada?
Rita.—Ese es su cuarto (Señalando el cuarto de don Diego, el de doña Irene y el de doña Francisca), este el de la madre, y aquel el nuestro.
Calamocha.—¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?
Rita.—No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo; porque ayer metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié, ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.
Calamocha.—Bien... Adios. (Recoge los trastos que puso sobre la mesa, en ademán de irse.)
Rita.—¿Y adónde?
Calamocha.—Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?
Rita.—Un criado viene con él.
Calamocha.—¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, porque está de peligro. Adios.
Rita.—¿Y volverás presto?
Calamocha.—Se supone. Estas cosas piden diligencia, y aunque apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga á cuidar de su hacienda; disponer el entierro de ese hombre, y... ¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?
Rita.—Sí. De la señorita y mío.
Calamocha.—¡Bribona!
Rita.—¡Botarate! Adios.
Calamocha.—Adios, aborrecida.
(Éntrase con los trastos al cuarto de don Carlos.)
ESCENA IX.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
Rita.—¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios, don Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se conoce... (Sale Calamocha del cuarto de don Carlos, y se va por la puerta del foro.) ¡Oh! por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que?... Ella es.
D.ª Francisca, saliendo.—¡Ay, Rita!
Rita.—¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
D.ª Francisca.—¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
Rita.—Señorita, por Dios, no se aflija usted.
D.ª Francisca.—Ya, como tú no lo has oído... Y dice que don Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.
(Se va oscureciendo lentamente el teatro.)
Rita.—Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?
D.ª Francisca.—¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á contar?
Rita.—Quiero decir, que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...
D.ª Francisca.—¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
Rita.—Que nos fué acompañando hasta la ciudad...
D.ª Francisca.—Y bien... Y luégo volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de ti.
Rita.—¿Por qué, señora?... ¿Á quién dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos leído á hurtadillas en las novelas no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían entre once y doce de la noche? ¿de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y expresión?
D.ª Francisca.—¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso con nuevos amores.
Rita.—Eso no lo puedo yo creer.
D.ª Francisca.—Es hombre al fin, y todos ellos...
Rita.—¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco en la elección, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversación á oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni atrevida.
D.ª Francisca.—Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (Señalando el pecho). ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! Es lástima... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho más... nada más.
Rita.—No, señora, no ha dicho eso.
D.ª Francisca.—¿Qué sabes tú?
Rita.—Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero... (Acercándose á la puerta del cuarto de doña Irene.)
D.ª Francisca.—¿Adónde vas?
Rita.—Quiero ver si...
D.ª Francisca.—Está escribiendo.
Rita.—Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.
D.ª Francisca.—¿Qué dices? No me engañes.
Rita.—Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.
D.ª Francisca.—¿De veras?
Rita.—Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...
D.ª Francisca.—¿Conque me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.
Rita.—Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en ella.
D.ª Francisca.—Dices bien... Pero no; él tiene resolución y talento, y sabrá determinar lo más conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.
Rita.—No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted?
D.ª Francisca.—Sí, bien.
Rita.—Pues entonces no hay más que salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí don Diego...
D.ª Francisca.—Bien, anda; y así que llegue...
Rita.—Al instante.
D.ª Francisca.—Que no se te olvide toser.
Rita.—No haya miedo.
D.ª Francisca.—¡Si vieras qué consolada estoy!
Rita.—Sin que usted lo jure, lo creo.
D.ª Francisca.—¿Te acuerdas, cuando me decía que era imposible apartarme de su memoria, que no habría peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?
Rita.—Sí, bien me acuerdo.
D.ª Francisca.—¡Ah!... Pues mira cómo me dijo la verdad.
(Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene; Rita, por la puerta del foro.)