ACTO II.


ESCENA PRIMERA.

DOÑA FRANCISCA.

(Teatro oscuro.)

D.ª Francisca.—Nadie parece aún... (Acércase á la puerta del foro, y vuelve.) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy una simple, que sólo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta.

ESCENA II.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Irene.—Sola y á oscuras me habéis dejado allí.

D.ª Francisca.—Como estaba usted acabando su carta, mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que está mucho más fresco.

D.ª Irene.—Pero aquella muchacha, ¿qué hace, que no trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio como una pólvora... (Siéntase.) Sea todo por Dios... ¿Y don Diego no ha venido?

D.ª Francisca.—Me parece que no.

D.ª Irene.—Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero está sentido, y con muchísima razón...

D.ª Francisca.—Bien; sí, señora, ya lo sé. No me riña usted más.

D.ª Irene.—No es esto reñirte, hija mía; esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que á las oraciones de tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué dices?

D.ª Francisca.—Yo, nada, mamá.

D.ª Irene.—Pues, nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto no te ocurre nada que decir.

ESCENA III.

RITA (Sale por la puerta del foro con luces y las pone encima de la mesa.), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Irene.—Vaya, mujer, yo pensé que en toda la noche no venías.

Rita.—Señora, he tardado, porque han tenido que ir á comprar las velas. ¡Como el tufo del velón la hace á usted tanto daño!...

D.ª Irene.—Seguro que me hace muchísimo mal, con esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que quitármelos; ¡si no me sirvieron de nada! Con las obleas me parece que me va mejor. Mira, deja una luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.

Rita.—Muy bien. (Toma una luz, y hace que se va.)

D.ª Francisca (aparte, á Rita).—¿No ha venido?

Rita.—Vendrá.

D.ª Irene.—Oyes, aquella carta que está sobre la mesa dásela al mozo de la posada, para que la lleve al instante al correo... (Vase Rita al cuarto de doña Irene.) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será menester recogernos presto para salir mañana de madrugada.

D.ª Francisca.—Como las monjas me hicieron merendar...

D.ª Irene.—Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el abrigo del estómago... (Sale Rita con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el diálogo.) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodía, y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luégo que estén.

Rita.—¿Y nada más?

D.ª Irene.—No, nada más... ¡Ah! y házmelas bien caldositas.

Rita.—Sí, ya lo sé.

D.ª Irene.—¡Rita!

Rita.—Otra. ¿Qué manda usted?

D.ª Irene.—Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante... Pero no, señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simón que digo yo, que me haga el gusto de echarla en el correo; ¿lo entiendes?

Rita.—Sí, señora.

D.ª Irene.—¡Ah! mira.

Rita.—Otra.

D.ª Irene.—Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luégo me saques de ahí al tordo y colgarle por aquí de modo que no se caiga y se me lastime... (Vase Rita por la puerta del foro.) ¡Qué noche tan mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios rezando el gloria patri y la oración del santo sudario!... Ello por otra parte edificaba, cierto... pero cuando se trata de dormir...

ESCENA IV.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Irene.—Pues mucho será que don Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería de cocina, y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes á lo que estoy diciendo.

D.ª Francisca.—Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería interrumpir á usted.

D.ª Irene.—Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua: pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!

D.ª Francisca.—Mamá, no se enfade usted.

D.ª Irene.—¡No es buen empeño de!... ¿Y te parece á ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios!

D.ª Francisca.—Pero... Pues ¿qué sabe usted?

D.ª Irene.—¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para que tú me engañes.

D.ª Francisca (aparte).—¡Perdida soy!

D.ª Irene.—Sin contar con su madre... como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.

D.ª Francisca.—Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla á usted.

D.ª Irene.—Sí, que no sé yo...

D.ª Francisca.—No, señora, créame usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos.

D.ª Irene.—Mira si es cierto lo que dices.

D.ª Francisca.—Sí, señora, que yo no sé mentir.

D.ª Irene.—Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como corresponde... Cuidado con ello.

D.ª Francisca (aparte).—¡Pobre de mí!

ESCENA V.

DON DIEGO (sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa sombrero y bastón), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Irene.—Pues ¿cómo tan tarde?

D. Diego.—Apenas salí tropecé con el rector de Málaga, y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me han querido soltar... (Siéntase junto á doña Irene.) Y á todo esto, ¿cómo va?

D.ª Irene.—Muy bien.

D. Diego.—¿Y doña Paquita?

D.ª Irene.—Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á su madre y obedecerla.

D. Diego.—¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de?...

D.ª Irene.—¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...

D. Diego.—No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más violentos... (Asiendo de una mano á doña Francisca, la hace sentar inmediata á él.) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?... La verdad.

D.ª Irene.—Pero si ella no...

D. Diego.—Déjela usted, señora, que ella responderá.

D.ª Francisca.—Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.

D. Diego.—Pero eso lo dice usted tan afligida y...

D.ª Irene.—Si es natural, señor. ¿No ve usted que?...

D. Diego.—Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga usted á mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté llena de miedo, y no se atreva á decir una palabra que se oponga á lo que su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.

D.ª Francisca.—No, señor, lo que dice su merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré.

D. Diego.—¡Mandar, hija mía!... En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre ó su tío se empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor, eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase á quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!... Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo cuánto yo deseaba.

D.ª Irene.—Y puede usted creer, señor don Diego, que...

D. Diego.—Voy á acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud; pero si á pesar de todo esto la imaginación acalorada, las circunstancias imprevistas la hubiesen hecho elegir sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido á usted, Paquita, sinceridad. El cariño que á usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí prendas que la inclinen, si siente algún otro cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor disimulación en esto nos daría á todos muchísimo que sentir.

D.ª Irene.—¿Puedo hablar ya, señor?

D. Diego.—Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete.

D.ª Irene.—Cuando yo se lo mande.

D. Diego.—Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.

D.ª Irene.—Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días há, cuando le dí parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y á cuántos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario.

D. Diego.—Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... Ó por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?

D.ª Irene.—Sí, señor, que tiene que ver, sí, señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.

D. Diego.—Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted la deba disgustar.

D.ª Irene.—Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... la mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...

D. Diego.—Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.

D.ª Irene.—Respóndele.

D.ª Francisca.—Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan.

D. Diego.—No, hija mía: esto es dar alguna expresión á lo que se dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la estimo.

D.ª Irene.—Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los favores que usted nos hace... Por eso mismo...

D. Diego.—No se hable de agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que doña Paquita esté contenta.

D.ª Irene.—¿Pues no ha de estarlo? Responde.

D.ª Francisca.—Sí, señor, que lo estoy.

D. Diego.—Y que la mudanza de estado que se la previene no la cueste el menor sentimiento.

D.ª Irene.—No, señor, todo al contrario... Boda más á gusto de todos no se pudiera imaginar.

D. Diego.—En esa inteligencia puedo asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida y adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su estimación y su amistad.

D.ª Francisca.—Gracias, señor don Diego... ¡Á una huérfana, pobre, desvalida como yo!...

D. Diego.—Pero de prendas tan estimables, que la hacen á usted digna todavía de mayor fortuna.

D.ª Irene.—Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.

D.ª Francisca.—¡Mamá!

(Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y se acarician mutuamente.)

D.ª Irene.—¿Ves lo que te quiero?

D.ª Francisca.—Sí, señora.

D.ª Irene.—¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo falte?

D.ª Francisca.—Bien lo conozco.

D.ª Irene.—¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?

D.ª Francisca.—Sí, señora.

D.ª Irene.—¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!

D.ª Francisca.—Pues qué, ¿no la quiero yo á usted?

D. Diego.—Vamos, vamos de aquí (Levántase don Diego, y después doña Irene). No venga alguno, y nos halle á los tres llorando como tres chiquillos.

D.ª Irene.—Sí, dice usted bien.

(Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña Francisca va detrás; y Rita, que sale por la puerta del foro, la hace detener.)

ESCENA VI.

RITA, DOÑA FRANCISCA.

Rita.—Señorita... ¡Eh! chit... señorita...

D.ª Francisca.—¿Qué quieres?

Rita.—Ya ha venido.

D.ª Francisca.—¿Cómo?

Rita.—Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.

D.ª Francisca.—¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer?

Rita.—¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... y juicio. Y mire usted que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy larga... Ahí está.

D.ª Francisca.—Sí... Él es.

Rita.—Voy á cuidar de aquella gente... Valor, señorita, y resolución. (Se va al cuarto de doña Irene.)

D.ª Francisca.—No, no, que yo también... Pero no lo merece.

ESCENA VII.

DON CARLOS (sale por la puerta del foro), DOÑA FRANCISCA.

D. Carlos.—¡Paquita!... ¡vida mía!... Ya estoy aquí. ¿Cómo va, hermosa, cómo va?

D.ª Francisca.—Bien venido.

D. Carlos.—¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más alegría?

D.ª Francisca.—Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí está mi madre.

D. Carlos.—¿En dónde?

D.ª Francisca.—Ahí, en ese cuarto. (Señalando al cuarto de doña Irene.)

D. Carlos.—¡Sola!

D.ª Francisca.—No, señor.

D. Carlos.—Estará en compañía del prometido esposo. (Se acerca al cuarto de doña Irene, se detiene y vuelve.) Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?

D.ª Francisca.—Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted hacer?

D. Carlos.—Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será hombre de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una mujer tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted ni... vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la primera atención.

D.ª Francisca.—Es mucho el empeño que tiene en que me case con él.

D. Carlos.—No importa.

D.ª Francisca.—Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á Madrid.

D. Carlos.—¿Cuál?... No. Eso no.

D.ª Francisca.—Los dos están de acuerdo, y dicen...

D. Carlos.—Bien... Dirán... Pero no puede ser.

D.ª Francisca.—Mi madre no me habla continuamente de otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...

D. Carlos.—Y usted ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?

D.ª Francisca.—¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato!

D. Carlos.—Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.

D.ª Francisca.—Y el último.

D. Carlos.—Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien? (Asiéndola de las manos.)

D.ª Francisca.—¿Pues de quién ha de ser?

D. Carlos.—¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla una obligación mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo... Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy también. Su madre de usted sabrá quien soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y virtuoso, á quien más que tío debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo más inmediato ni más querido que yo; es hombre muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted algún atractivo, esta circunstancia añadiría felicidades á nuestra unión.

D.ª Francisca.—¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo?

D. Carlos.—Ya lo sé. La ambición no puede agitar á un alma tan inocente.

D.ª Francisca.—Querer y ser querida... Ni apetezco más, ni conozco mayor fortuna.

D. Carlos.—Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción presente en durables dichas.

D.ª Francisca.—¿Y qué se ha de hacer para que á mi pobre madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos.

D. Carlos.—Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?

D.ª Francisca.—¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, ni poder comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho que me quiere. (Se enternece y llora.)

D. Carlos.—¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto para defenderla á usted de cuántos quieran oprimirla. Á un amante favorecido ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.

D.ª Francisca.—¿Es posible?

D. Carlos.—Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, y sólo la muerte bastará á dividirlas.

ESCENA VIII.

RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.

Rita.—Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy á traer la cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor galán, ya puede también disponer de su persona.

D. Carlos.—Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada tengo que añadir.

D.ª Francisca.—Ni yo.

D. Carlos.—Hasta mañana. Con la luz del día veremos á este dichoso competidor.

Rita.—Un caballero muy honrado, muy rico, muy prudente; con su chupa larga, su camisola limpia, y sus sesenta años debajo del peluquín.

(Se va por la puerta del foro.)

D.ª Francisca.—Hasta mañana.

D. Carlos.—Adios, Paquita.

D.ª Francisca.—Acuéstese usted, y descanse.

D. Carlos.—¿Descansar con celos?

D.ª Francisca.—¿De quién?

D. Carlos.—Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita.

D.ª Francisca.—¿Dormir con amor?

D. Carlos.—Adios, vida mía.

D.ª Francisca.—Adios.

(Éntrase al cuarto de doña Irene.)

ESCENA IX.

DON CARLOS (paseándose con inquietud), CALAMOCHA, RITA.

D. Carlos.—¡Quitármela! No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.

Calamocha (saliendo por la puerta del foro).—Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado, y... á lo menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la tercia... Conque si hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno...

D. Carlos.—Vamos... ¿Y adónde ha de ser?

Calamocha.—Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.

Rita (saliendo por la puerta del foro con unos platos, taza, cucharas y servilleta).—¿Quién quiere sopas?

D. Carlos.—Buen provecho.

Calamocha.—Si hay alguna real moza que guste de cenar cabrito, levante el dedo.

Rita.—La real moza se ha comido ya media cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.

(Éntrase en el cuarto de doña Irene.)

Calamocha.—Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.

D. Carlos.—Conque, ¿vamos?

Calamocha.—¡Ay, ay, ay!... (Calamocha se encamina á la puerta del foro, y vuelve; se acerca á don Carlos, y hablan con reserva hasta el fin de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á Simón.) ¡Eh! chit, digo...

D. Carlos.—¿Qué?

Calamocha.—¿No ve usted lo que viene por allí?

D. Carlos.—¿Es Simón?

Calamocha.—El mismo... Pero ¿quién diablos le?...

D. Carlos.—¿Y qué haremos?

Calamocha.—¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted licencia para que?...

D. Carlos.—Sí, miente lo que quieras... ¿Á qué habrá venido este hombre?

ESCENA X.

SIMÓN (Sale por la puerta del foro.), CALAMOCHA, D. CARLOS.

Calamocha.—Simón, ¿tú por aquí?

Simón.—Adios, Calamocha. ¿Cómo va?

Calamocha.—Lindamente.

Simón.—¡Cuánto me alegro de!...

D. Carlos.—¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues qué novedad es esta?

Simón.—¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á sanes!

D. Carlos.—¿Y mi tío?

Simón.—Tan bueno.

Calamocha.—¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?...

Simón.—¿Quién me había de decir á mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque usted irá á ver al tío, eh?

Calamocha.—Tú habrás venido con algún encargo del amo.

Simón.—¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!

Calamocha.—¿Alguna cobranza tal vez, eh?

D. Carlos.—Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido á eso?

Simón.—¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?

D. Carlos.—Pues... Figúrate tú.

Simón.—¿Ó va usted allá?

D. Carlos.—¿Adónde?

Simón.—Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?

Calamocha.—Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?

Simón.—¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.

Calamocha (aparte separándose de Simón.)—¡Maldito seas tú, y tu camino, y la bribona que te dió papilla!

D. Carlos.—Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid ó en Alcalá, ni á qué has venido, ni...

Simón.—Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted... Conque... Pues el amo me dijo...

ESCENA XI.

DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.

D. Diego (desde adentro.)—No, no es menester: si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.

(Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo del teatro.)

D. Carlos.—¡Mi tío!

D. Diego.—¡Simón!

(Sale don Diego del cuarto de doña Irene encaminándose al suyo; repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón le alumbra, y vuelve á dejar la luz sobre la mesa.)

Simón.—Aquí estoy, señor.

D. Carlos.—¡Todo se ha perdido!

D. Diego.—Vamos... Pero... ¿quién es?

Simón.—Un amigo de usted, señor.

D. Carlos.—Yo estoy muerto.

D. Diego.—¿Cómo un amigo?... ¿Qué? Acerca esa luz.

D. Carlos.—¡Tío!

(En ademán de besarle la mano á don Diego, que le aparta de sí con enojo.)

D. Diego.—Quítate de ahí.

D. Carlos.—¡Señor!

D. Diego.—Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?

D. Carlos.—Si usted se altera y...

D. Diego.—¿Qué haces aquí?

D. Carlos.—Mi desgracia me ha traído.

D. Diego.—¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero... (Acercándose á don Carlos.) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?

Calamocha.—Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...

D. Diego.—Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida á tu pobre tío.

D. Carlos.—No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.

D. Diego.—Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.

Calamocha.—Si todo ello no es más que...

D. Diego.—Ya he dicho que calles... Ven acá. (Asiendo de una mano á don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en voz baja.) Dime qué ha sido.

D. Carlos.—Una ligereza, una falta de sumisión á usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado al verme.

D. Diego.—¿Y qué otra cosa hay?

D. Carlos.—Nada más, señor.

D. Diego.—Pues ¿qué desgracia era aquella de que me hablaste?

D. Carlos.—Ninguna. La de hallarle á usted en este paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle visto.

D. Diego.—¿No hay más?

D. Carlos.—No, señor.

D. Diego.—Míralo bien.

D. Carlos.—No, señor... Á eso venía. No hay nada más.

D. Diego.—Pero no me digas tú á mí... Si es imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adios, disciplina militar... Vamos... eso no puede ser.

D. Carlos.—Considere usted, tío, que estamos en tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras plazas, en que no se permite descanso á la guarnición... Y en fin, puede usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia de mis superiores; que yo también miro por mi estimación, y que cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.

D. Diego.—Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplo de subordinación, de valor, de virtud.

D. Carlos.—Bien está; pero ya he dicho los motivos...

D. Diego.—Todos estos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (Alza la voz, y se pasea inquieto.) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.

D. Carlos.—Señor, si...

D. Diego.—No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de dormir aquí.

Calamocha.—Es que los caballos no están ahora para correr... ni pueden moverse.

D. Diego.—Pues con ellos (Á Calamocha.) y con las maletas al mesón de afuera. Usted (Á don Carlos.) no ha de dormir aquí... Vamos (Á Calamocha.) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (Á Simón.) ¿Qué dinero tienes ahí?

Simón.—Tendré unas cuatro ó seis onzas.

(Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da á don Diego.)

D. Diego.—Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (Á Calamocha.) ¿No he dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (Á Simón.) vé con él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.

(Los dos criados entran en el cuarto de don Carlos.)

ESCENA XII.

DON DIEGO, DON CARLOS.

D. Diego.—Tome usted... (Le da el dinero.) Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.

D. Carlos.—Ya lo sé.

D. Diego.—Pues bien: ahora obedece lo que te mando.

D. Carlos.—Lo haré sin falta.

D. Diego.—Al mesón de afuera. (Á los dos criados, que salen con los trastos del cuarto de don Carlos y se van por la puerta del foro.) Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad... cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de saber á la hora que sales. ¿Lo entiendes?

D. Carlos.—Sí, señor.

D. Diego.—Mira, que lo has de hacer.

D. Carlos.—Sí, señor, haré lo que usted manda.

D. Diego.—Muy bien... Adios... Todo te lo perdono... Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á Zaragoza: no te parezca que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada.

D. Carlos.—¿Pues qué hice yo?

D. Diego.—Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.

D. Carlos.—Quede usted con Dios.

(Hace que se va, y vuelve.)

D. Diego.—¿Sin besar la mano á su tío, eh?

D. Carlos.—No me atreví.

(Besa la mano á don Diego, y se abrazan.)

D. Diego.—Y dame un abrazo, por si no nos volvemos á ver.

D. Carlos.—¿Qué dice usted? No lo permita Dios.

D. Diego.—¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?

D. Carlos.—No, señor, ahora no.

D. Diego.—Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo gastas... ¿Juegas?

D. Carlos.—No, señor, en mi vida.

D. Diego.—Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?

D. Carlos.—No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de beneficios, y yo le pago mal.

D. Diego.—No se hable ya de lo pasado... Adios...

D. Carlos.—¿Queda usted enojado conmigo?

D. Diego.—No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se acabó... No me dés que sentir. (Poniéndole ambas manos sobre los hombros.) Portarse como hombre de bien.

D. Carlos.—No lo dude usted.

D. Diego.—Como oficial de honor.

D. Carlos.—Así lo prometo.

D. Diego.—Adios, Carlos. (Abrazándose.)

D. Carlos (aparte, al irse por la puerta del foro).—¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!

ESCENA XIII.

DON DIEGO.

D. Diego.—Demasiado bien se ha compuesto... Luégo lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Después de hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como una malva es.

(Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á su cuarto. El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio.)

ESCENA XIV.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

(Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una luz, y la pone encima de la mesa.)

Rita.—Mucho silencio hay por aquí.

D.ª Francisca.—Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.

Rita.—Precisamente.

D.ª Francisca.—¡Un camino tan largo!

Rita.—¡Á lo que obliga el amor, señorita!

D.ª Francisca.—Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo ¿qué no hiciera por él?

Rita.—Y deje usted, que no ha de ser este el último milagro. Cuando lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don Diego ¡qué chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan bueno, que cierto da lástima...

D.ª Francisca.—Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. Don Félix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la más dichosa de las mujeres.

Rita.—¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy por él. (Encaminándose al cuarto de doña Irene.)

D.ª Francisca.—¿Á qué vas?

Rita.—El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.

D.ª Francisca.—Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí quedó junto á la ventana... Y vé con cuidado, no despierte mamá.

Rita.—Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número 7, cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón, que rechina que...

D.ª Francisca.—Te puedes llevar la luz.

Rita.—No es menester, que ya sé dónde está.

(Vase al cuarto de doña Irene.)

ESCENA XV.

SIMÓN (sale por la puerta del foro), DOÑA FRANCISCA.

D.ª Francisca.—Yo pensé que estaban ustedes acostados.

Simón.—El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero yo todavía no sé en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que tengo.

D.ª Francisca.—¿Qué gente nueva ha llegado ahora?

Simón.—Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.

D.ª Francisca.—¿Los arrieros?

Simón.—No, señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se van á Zaragoza.

D.ª Francisca.—¿Quiénes dice usted que son?

Simón.—Un teniente coronel y su asistente.

D.ª Francisca.—¿Y estaban aquí?

Simón.—Sí, señora, ahí en ese cuarto.

D.ª Francisca.—No los he visto.

Simón.—Parece que llegaron esta tarde y... Á la cuenta habrán despachado ya la comisión que traían... Conque se han ido... Buenas noches, señorita.

(Vase al cuarto de don Diego.)

ESCENA XVI.

RITA, DOÑA FRANCISCA.

D.ª Francisca.—¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo sostenerme... ¡Desdichada! (Siéntase en una silla inmediata á la mesa.)

Rita.—Señorita, yo vengo muerta.

(Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta del cuarto de don Carlos, y vuelve.)

D.ª Francisca.—¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?

Rita.—Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los he visto salir.

D.ª Francisca.—¿Y eran ellos?

Rita.—Sí, señora. Los dos.

D.ª Francisca.—Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?

Rita.—Si no los he perdido de vista hasta que salieron por puerta de Mártires... Como está un paso de aquí.

D.ª Francisca.—¿Y es ese el camino de Aragón?

Rita.—Ese es.

D.ª Francisca.—¡Indigno!... ¡Hombre indigno!

Rita.—¡Señorita!

D.ª Francisca.—¿En qué te ha ofendido esta infeliz?

Rita.—Yo estoy temblando toda... Pero... Si es incomprensible... Si no alcanzo á descubrir qué motivos ha podido haber para esta novedad.

D.ª Francisca.—¿Pues no le quise más que á mi vida?... ¿No me ha visto loca de amor?

Rita.—No sé qué decir al considerar una acción tan infame.

D.ª Francisca.—¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así!

(Levántase, y Rita la sostiene.)

Rita.—Pensar que su venida fué con otro designio no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que habrá tenido miedo de su competidor.

D.ª Francisca.—Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.

Rita.—Vamos de aquí, que puede venir alguien, y...

D.ª Francisca.—Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?

Rita.—Sí, señora, ya lo conozco.

D.ª Francisca.—¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?

(Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de doña Francisca.)