ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON MANUEL, DON GREGORIO.
D. Gregorio.—Y por último, señor don Manuel, aunque usted es en efecto mi hermano mayor, yo no pienso seguir sus correcciones de usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, y nada más; y me va muy lindamente con hacerlo así.
D. Manuel.—Ya; pero das lugar á que todos se burlen, y...
D. Gregorio.—¿Y quién se burla? Otros tan mentecatos como tú.
D. Manuel.—Mil gracias por la atención, señor don Gregorio.
D. Gregorio.—Y bien, ¿qué dicen esos graves censores? ¿Qué hallan en mí que merezca su desaprobación?
D. Manuel.—Desaprueban la rusticidad de tu carácter, esa aspereza que te aparta del trato y los placeres honestos de la sociedad, esa extravagancia que te hace tan ridículo en cuanto piensas y dices y obras, y hasta en el modo de vestir te singulariza.
D. Gregorio.—En eso tienen razón, y conozco lo mal que hago en no seguir puntualmente lo que manda la moda; en no proponerme por modelo á los mocitos evaporados, casquivanos y pisaverdes. Si así lo hiciera, estoy bien seguro de que mi hermano mayor me lo aplaudiría; porque, gracias á Dios, le veo acomodarse puntualmente á cuantas locuras adoptan los otros.
D. Manuel.—¡Es raro empeño el que has tomado de recordarme tan á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que te llevo dos años de ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú cuarenta y tres; pero aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta una razón para que me culparas el ser tratable con las gentes, el tener buen humor, el gustar de vestirme con decencia, andar limpio, y?... Pues qué, ¿la vejez nos condena por ventura á aborrecerlo todo, á no pensar en otra cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir á la deformidad que traen los años consigo un desaliño voluntario, una sordidez que repugne á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal humor y un ceño que nadie pueda sufrir? Yo te aseguro que si no mudas de sistema, la pobre Rosita será poco feliz con un marido tan impertinente como tú, y que el matrimonio que la previenes será tal vez un origen de disgustos y de recíproco aborrecimiento, que...
D. Gregorio.—La pobre Rosita vivirá más dichosa conmigo, que su hermanita la pobre Leonor, destinada á ser esposa de un caballero de tus prendas y de tu mérito. Cada uno procede y discurre como le parece, señor hermano... Las dos son huérfanas; su padre, amigo nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la educación de entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos casarnos con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en caso de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía como me ha dado la gana, ¿estamos?
D. Manuel.—Sí; pero me parece á mí...
D. Gregorio.—Lo que á mí me parece es que usted no ha sabido educar la suya; pero repito que cada cual puede hacer en esto lo que más le agrade. Tú consientes que la tuya sea despejada y libre y pizpireta; séalo en buen hora. Permites que tenga criadas, y se deje servir como una señorita: lindamente. La das ensanches para pasearse por el lugar, ir á visitas, y oir las dulzuras de tanto enamorado zascandil: muy bien hecho. Pero yo pretendo que la mía viva á mi gusto, y no al suyo; que se ponga un juboncito de estameña; que no me gaste zapaticos de color sino los días en que repican recio; que se esté quietecita en casa, como conviene á una doncella virtuosa; que acuda á todo; que barra, que limpie, y cuando haya concluído estas ocupaciones, me remiende la ropa y haga calceta. Esto es lo que quiero; y que nunca oiga las tiernas quejas de los mozalbetes antojadizos; que no hable con nadie, ni con el gato, sin tener escucha; que no salga de casa jamás sin llevar escolta... La carne es frágil, señor mío; yo veo los trabajos que pasan otros, y puesto que ha de ser mi mujer, quiero asegurarme de su conducta, y no exponerme á aumentar el número de los maridos zanguangos.
ESCENA II.
DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (Las tres salen con mantilla y basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas á la puerta.) DON GREGORIO, DON MANUEL.
D.ª Leonor.—No te dé cuidado. Si te riñe, yo me encargo de responderle.
Juliana.—¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la calle, ni poder hablar con persona humana! ¡Qué fastidio!
D.ª Leonor.—Mucha lástima tengo de ti.
D.ª Rosa.—Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me haya llevado consigo, que aún es peor.
Juliana.—Le echaría yo más alto que...
D. Gregorio.—¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas?
D.ª Leonor.—La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de acompañarnos...
D. Manuel.—Sí por cierto: vamos allá.
D.ª Leonor.—Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de doña Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta por allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y al anochecer estamos de vuelta.
D. Gregorio.—Usted (Á doña Leonor, á Juliana, á don Manuel y á doña Rosa, según lo indica el diálogo) puede irse adonde guste, usted puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo tiene á bien; y usted á casa.
D. Manuel.—Pero hermano, déjalas que se diviertan, y que...
D. Gregorio.—Á más ver.
(Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse con ella en su casa.)
D. Manuel.—La juventud necesita...
D. Gregorio.—La juventud es loca, y la vejez es loca también muchas veces.
D. Manuel.—Pero ¿hay algún inconveniente en que se vaya con su hermana?
D. Gregorio.—No, ninguno; pero conmigo está mucho mejor.
D. Manuel.—Considera que...
D. Gregorio.—Considero que debe hacer lo que yo la mande... y considero que me interesa mucho su conducta.
D. Manuel.—Pero ¿piensas tú que me será indiferente á mí la de su hermana?
Juliana (aparte).—¡Tuerto maldito!
D.ª Rosa.—No creo que tiene usted motivo ninguno para...
D. Gregorio.—Usted calle, señorita, que ya la explicaré yo á usted si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo proponga, y la lleve, y la traiga, y la cuide.
D.ª Leonor.—Pero ¿qué quiere usted decir con eso?
D. Gregorio.—Señora doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con usted.
D.ª Leonor.—Pero ¿piensa usted que mi hermana estará mal en mi compañía?
D. Gregorio.—¡Oh, qué apurar! (Suelta el brazo de doña Rosa y se acerca adonde están los demás.) No estará muy bien, no, señora; y hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.
D.ª Leonor.—Mire usted, señor don Gregorio, usando con usted de la misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará semejantes procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y esa opresión en que usted la tiene.
Juliana.—Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted; y al hombre más ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza burlarle y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á grandísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el nombre que tengo que me las había de pagar.
D. Gregorio.—Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?
D. Manuel.—En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme, sino de reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita un poco de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni á la vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos. Bien poco estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por necesidad y no por elección. En vano queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos merecer su confianza y su cariño. Yo te aseguro que, á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien sólo faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la sobraban los deseos.
D. Gregorio.—Todo eso que dices no vale nada.
(Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo apartada. Don Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á retirarse.)
D. Manuel.—Será lo que tú quieras... Pero insisto en que es menester instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender sus defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que á su nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educación de Leonor. Nunca he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca me he negado á complacer aquellas inclinaciones que son propias de la primera edad; y te aseguro que hasta ahora no me ha dado motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á concurrencias, á diversiones, que baile, que frecuente los teatros; porque en mi opinión (suponiendo siempre los buenos principios) no hay cosa que más contribuya á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad, si hemos de vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye mejor que los libros más doctos. Su padre dispuso que fuera mi mujer; pero estoy bien lejos de tiranizarla: para ninguna cosa la daré mayor libertad que para esta resolución, porque no debo olvidarme de la diferencia que hay entre sus años y los míos. Más quiero verla agena, que poseerla á costa de la menor repugnancia suya.
D. Gregorio.—¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es miel y almíbar... Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando se ha concedido en los primeros años demasiada holgura á una niña, es muy difícil ó acaso imposible el sujetarla después, y que se verá usted sumamente embrollado cuando su pupila sea ya su mujer y por consecuencia tenga que mudar de vida y costumbres.
D. Manuel.—Y ¿por qué ha de hacerse esa mudanza?
D. Gregorio.—¿Por qué?
D. Manuel.—Sí.
D. Gregorio.—No sé. Si usted no lo alcanza, yo no lo sé tampoco.
D. Manuel.—¿Pues hay algo en eso contra la estimación?
D. Gregorio.—¡Calle! ¿Conque si usted se casa con ella, la dejará vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora?
D. Manuel.—¿Y por qué no?
D. Gregorio.—¿Y consentirá que gaste blondas y cintas y flores y abaniquitos de anteojo y?...
D. Manuel.—Sin duda.
D. Gregorio.—¿Y que vaya al Prado y á la comedia con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?...
D. Manuel.—Cuando ella quiera.
D. Gregorio.—¿Y tendrá usted conversación en casa, chocolate, lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?
D. Manuel.—Preciso.
D. Gregorio.—¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galán amartelado?
D. Manuel.—Si no es sorda.
D. Gregorio.—¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo?
D. Manuel.—Pues ya se supone.
D. Gregorio.—Quítate de ahí, que eres un loco... Vaya usted adentro, niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.
(Hace entrar en su casa á doña Rosa apresuradamente, cierra la puerta, y se pasea colérico por el teatro.)
ESCENA III.
DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.
D. Manuel.—Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa vivirá conmigo en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza.
D. Gregorio.—¡Oh! qué gusto he de tener cuando la tal esposa le...
D. Manuel.—¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo.
D. Gregorio.—¡Qué gusto ha de ser para mí!
D. Manuel.—Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo que si no te sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será ciertamente por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias para que suceda.
D. Gregorio.—Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y veremos entonces cuál de los dos tiene más gana de reir.
D.ª Leonor.—Yo le aseguro del peligro con que usted le amenaza, señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de que este matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me estimo á mí propia en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido, en verdad que no me atrevería á decir otro tanto.
Juliana.—Realmente es cargo de conciencia con los que nos tratan bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como usted, pan bendito.
D. Gregorio.—Vaya enhoramala, habladora, desvergonzada, insolente.
D. Manuel.—Tú tienes la culpa de que ella hable así... Vamos, Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á despachar el correo.
D.ª Leonor.—Pero ¿no irá usted por mí?
D. Manuel.—¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer, el criado de doña Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos en que es menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es mucho desatino. Soy criado de usted.
D. Gregorio.—Yo no soy criado de usted. Vaya usted con Dios.
(Don Manuel y las dos mujeres se van por una de las calles.)
ESCENA IV.
DON GREGORIO.
D. Gregorio.—Dios los cría, y ellos se juntan... ¡Qué familia! Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin vergüenza ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los desórdenes de semejante casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá cosa buena con estos ejemplos, y tal vez pudieran malograrse las ideas de recogimiento y virtud que he sabido inspirarla... Pondremos remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero en Griñón estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus lechugas y sus gallinitas.
ESCENA V.
DON ENRIQUE, COSME (Salen los dos de la casa de don Enrique y observan á don Gregorio, que estará distante.), DON GREGORIO.
Cosme.—¿Es él?
D. Enrique.—Sí, él es; el cruel tutor de la hermosa prisionera que adoro.
D. Gregorio.—Pero ¡no es cosa de aturdirse al ver la corrupción actual de las costumbres!...
D. Enrique.—Quisiera vencer mi repugnancia, hablar con él, y ver si logro de alguna manera introducirme.
D. Gregorio.—En vez de aquella severidad que caracterizaba la honradez antigua (Se acerca un poco don Enrique por el lado derecho de don Gregorio, y le hace cortesía), no vemos en nuestra juventud sino excesos de inobediencia, libertinaje y...
D. Enrique.—Pero ¿este hombre no ve?
Cosme.—¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si este es el lado del ojo huero. Vamos por el otro.
(Hace que don Enrique pase por detrás de don Gregorio al lado opuesto.)
D. Gregorio.—No, no, no... Es preciso salir de aquí. Mi permanencia en la corte no pudiera menos de... (Estornuda y se suena.)
D. Enrique.—No hay remedio; yo quiero introducirme con él.
D. Gregorio.—¿Eh? (Se vuelve hacia el lado derecho, y no viendo á nadie, prosigue su discurso.) Pensé que hablaban... Á lo menos en un lugar, bendito Dios, no se ven estas locuras de por aquí.
Cosme.—Acérquese usted.
D. Gregorio.—¿Quién va? (Vuelve por el lado derecho; se rasca la oreja, y al concluir una vuelta entera, repara en don Enrique, que le hace cortesías con sombrero. Don Gregorio se aparta, y don Enrique se le va acercando.) Las orejas me zumban... Allí todas las diversiones de las muchachas se reducen á... ¿Es á mí?
Cosme.—Ánimo.
D. Gregorio.—Allí ninguno de estos barbilindos viene con sus... ¡Qué diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el hombre es atento!
D. Enrique.—Mucho sentiría, caballero, haberle distraído á usted de sus meditaciones.
D. Gregorio.—En efecto.
D. Enrique.—Pero la oportunidad de conocer á usted, que ahora se me presenta, es para mí una fortuna, una satisfacción tan apetecible, que no he podido resistir al deseo de saludarle...
D. Gregorio.—Bien.
D. Enrique.—Y de manifestarle á usted con la mayor sinceridad cuánto celebraría poderme ocupar en servicio suyo.
D. Gregorio.—Lo estimo.
D. Enrique.—Tengo la dicha de ser vecino de usted, en lo cual debo estar muy agradecido á mi suerte, que me proporciona...
D. Gregorio.—Muy bien.
D. Enrique.—¿Y sabe usted las noticias que hoy tenemos? En la corte aseguran como cosa muy positiva...
D. Gregorio.—¿Qué me importa?
D. Enrique.—Ya; pero á veces tiene uno curiosidad de saber novedades, y...
D. Gregorio.—¡Eh!
D. Enrique.—Realmente. (Después de una larga pausa prosigue don Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio le conteste; y viendo que no lo hace, sigue hablando.) Madrid es un pueblo en que se disfrutan más comodidades y diversiones que en otra parte... Las provincias en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella soledad, aquella monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo?
D. Gregorio.—En mis negocios.
D. Enrique.—Sí; pero el ánimo necesita descanso, y á las veces se rinde por la demasiada aplicación á los asuntos graves... Y de noche, antes de recogerse, ¿qué hace usted?
D. Gregorio.—Lo que me da la gana.
D. Enrique.—Muy bien dicho. La respuesta es exactísima, y desde luégo se echa de ver su prudencia de usted en no querer hacer cosa que no sea muy de su agrado. Cierto que... Yo, si usted no estuviese muy ocupado, pasaría, así, algunas noches á su casa de usted, y...
D. Gregorio.—Agur.
(Atraviesa por entre los dos, se entra en su casa, y cierra.)
ESCENA VI.
DON ENRIQUE, COSME.
D. Enrique.—¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves qué hombre este?
Cosme.—Asperillo es de condición, y amargo de respuestas.
D. Enrique.—¡Ah! ¡Yo me desespero!
Cosme.—¿Y por qué?
D. Enrique.—¿Eso me preguntas? Porque veo sin libertad á la prenda que más estimo, en poder de ese bárbaro, de ese dragón vigilante, que la guarda y la oprime.
Cosme.—Auto en favor. Eso que á usted le apesadumbra debiera hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, señor don Enrique, para que se tranquilice y se consuele, que una mujer, á quien celan y guardan mucho, está ya medio conquistada; y que el mal humor de los maridos y de los padres no hace otra cosa que adelantar las pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni entiendo de esos filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis amos anteriores (corsarios de profesión), que no había para ellos mayor gusto que el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos, groseros, regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, coléricos, que armados con la autoridad de maridos, á vista de los amantes de su mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? Lo que es natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose al ver el justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha padecido, se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la arrulla; y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se adelanta camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le facilitará á usted los medios de enamorar á la pupila.
D. Enrique.—¿Qué facilidades me propones, cuando sabes que hace ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito, por el cual emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con dilaciones á mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de mis amigos, de las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo á vivir á este barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y tener ocasiones de hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan grande, que no lo he podido conseguir.
Cosme.—Dicen que amor es invencionero y astuto; pero no me parece á mí que usted pone toda la diligencia que pide el caso, ni que discurre arbitrios para...
D. Enrique.—¿Y qué he de hacer yo, si la casa está cerrada siempre como un castillo; si no hay dentro de ella criado ni criada alguna de quien poder valerme; si nunca sale por esa puerta sin ir acompañada de su feroz alcaide?
Cosme.—¿De suerte, que ella todavía no sabe que usted la quiere?
D. Enrique.—No sé qué decirte. Bien me ha visto que la sigo á todas partes, y que me recato de que su tutor repare en mí. Cuando la lleva á misa á San Marcos, allí estoy yo; si alguna vez se va á pasear con ella hacia la Florida, al cementerio ó al camino de Maudes, siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he podido acercarme, bien he procurado que lea en mis ojos lo que padece mi corazón; pero ¿quién sabe si ella ha comprendido este idioma, y si agradece mi amor, ó le desestima?
Cosme.—Á la fe que el tal lenguaje es un poco oscuro, si no le acompañan las palabras ó las letras.
D. Enrique.—No sé qué hacer para salir de esta inquietud, y averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre tú algún arbitrio...
Cosme.—Sí, discurramos.
D. Enrique.—Á ver si se puede...
Cosme.—Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á casa.
D. Enrique.—Pues ¿qué importa que?...
Cosme.—No ve usted que si el amigo estuviese ahí detrás de las persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á casa... Y despacito, como que...
D. Enrique.—Sí, dices bien.
(Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa de don Enrique.)