ACTO II.


ESCENA PRIMERA.

DON MANUEL.

(Sale don Manuel por una de las calles, llega á su casa, tira de la campanilla, después de una breve pausa se abre la puerta, entra, y queda cerrada como antes.)

D. Manuel.—Abre.

ESCENA II.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (salen los dos de casa de don Gregorio).

D. Gregorio.—Bien, vete que ya sé la casa, y aun por las señas que me das también caigo en quien es el sujeto.

(Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve después.)

D.ª Rosa.—¡Oh! ¡Favorezca la suerte los ardides que me inspira un inocente amor!

D. Gregorio.—¿No dices que has oído que se llama don Enrique?

D.ª Rosa.—Sí, don Enrique.

D. Gregorio.—Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso.

(Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre tanto doña Rosa se entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don Enrique.)

D.ª Rosa.—Para una doncella demasiado atrevimiento es este... Pero ¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el injusto rigor que padezco?

D. Gregorio.—No perdamos tiempo... ¡Ah de casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no le...

ESCENA III.

COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.

D. Gregorio.—¡Qué bruto de!... (Al salir Cosme da un gran tropezón con don Gregorio.) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro!

(Mientras don Gregorio busca y limpia el sombrero que ha caído por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don Gregorio.)

D. Enrique.—Caballero, siento mucho que...

D. Gregorio.—¡Ah! precisamente es usted el que busco.

D. Enrique.—¿Á mí, señor?

D. Gregorio.—Sí por cierto... ¿No se llama usted don Enrique?

D. Enrique.—Para servir á usted.

D. Gregorio.—Para servir á Dios... Pues, señor, si usted lo permite, yo tengo que hablarle.

D. Enrique.—¿Será tanta mi felicidad, que pueda complacerle á usted en algo?

D. Gregorio.—No; al contrario, yo soy el que trato de hacerle á usted un obsequio, y por eso me he tomado la libertad de venir á buscarle.

D. Enrique.—¿Y usted venía á mi casa con ese intento?

D. Gregorio.—Sí, señor... ¿Y qué hay en eso de particular?

D. Enrique.—¿Pues no quiere usted que me admire, y que envanecido con el honor de que?...

D. Gregorio.—Dejémonos ahora de honores y de envanecimientos... Vamos al caso.

D. Enrique.—Pero tómese usted la molestia de pasar adelante.

D. Gregorio.—No hay para qué.

D. Enrique.—Sí, sí, usted me hará este favor.

D. Gregorio.—No por cierto. Aquí estoy muy bien.

D. Enrique.—¡Oh! No es cortesía permitir que usted...

D. Gregorio.—Pues yo le digo á usted que no quiero moverme.

D. Enrique.—Será lo que usted guste. Cosme, volando, baja un taburete para el vecino.

(Cosme se encamina á la puerta de su casa para buscar el taburete; después se detiene dudando lo que ha de hacer.)

D. Gregorio.—Pero si de pié le puedo decir á usted lo que...

D. Enrique.—¿De pié? ¡Oh! no se trate de eso.

D. Gregorio.—¡Vaya que el hombre me mortifica en forma!

Cosme.—¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de hacer?

D. Gregorio.—No le traiga usted.

D. Enrique.—Pero sería una desatención indisculpable...

D. Gregorio.—Hombre, más desatención es no querer oir á quien tiene que hablar con usted.

D. Enrique.—Ya oigo.

(Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero; pero al ver que don Gregorio le tiene aún en la mano, queda descubierto, le hace insinuaciones de que se le ponga primero. Don Gregorio se impacienta, y al fin se le ponen los dos.)

D. Gregorio.—Así me gusta... Por Dios, dejémonos de ceremonias, que ya me... ¿Quiere usted oirme?

D. Enrique.—Sí por cierto, con muchísimo gusto.

D. Gregorio.—Dígame usted... ¿sabe usted que yo soy tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas verdes, y se llama doña Rosita?

D. Enrique.—Sí, señor.

D. Gregorio.—Pues bien; si usted lo sabe, no hay para qué decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar destinada al honor de ser mi mujer?

D. Enrique (con sorpresa y sentimiento.)—No sabía eso.

D. Gregorio.—Pues yo se lo digo á usted. Y además le digo, que si usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.

D. Enrique.—¿Quién?... ¿Yo, señor?

D. Gregorio.—Sí, usted. No andemos ahora con disimulos.

D. Enrique.—Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo esté enamorado de esa señorita?

D. Gregorio.—Personas á quienes se puede dar entera fe y crédito.

D. Enrique.—Pero repito que...

D. Gregorio.—¡Dale!... Ella misma.

D. Enrique.—¿Ella?

(Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante.)

D. Gregorio.—Ella. ¿No le parece á usted que basta? Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna, acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además que le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted; pero que esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí me profesa.

D. Enrique.—¿Y dice usted que es ella misma la que le ha encargado?...

D. Gregorio.—Sí, señor, ella misma, la que me hace venir á darle á usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo penetrado desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra cosa que advertir á usted.

(Se aparta de ellos adelantándose hacia el proscenio.)

D. Enrique.—Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?

Cosme.—Que no le debe dar á usted pesadumbre, que alguna maraña hay oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le envía ese recado.

D. Gregorio.—Se ve que le ha hecho efecto.

D. Enrique.—¿Conque tú crees también que hay algún artificio?

Cosme.—Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos.

(Los dos se entran en la casa de don Enrique. Don Gregorio, después de haberlos observado, se pasea por el teatro.)

ESCENA IV.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA.

D. Gregorio.—Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tú semejante visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con la educación que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy ofendida.

(Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes de hablar solo, doña Rosa abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa.)

D.ª Rosa.—Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.

D. Gregorio.—Vamos á verla y á contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.

D.ª Rosa.—Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?

D. Gregorio.—Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido; pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á molestar.

D.ª Rosa.—¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.

D. Gregorio.—Pero ¿en qué fundas ese temor, hija mía?

D.ª Rosa.—Apenas había usted salido, me fuí á la pieza del jardín á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le reñí desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise meterme adentro, temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno. Pues cuando iba á cerrar la ventana, viene uno por el aire, que me pasó muy cerca de este hombro, y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle, y... ¿qué le parece á usted que era?

D. Gregorio.—¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó algún troncho, ú así...

D.ª Rosa.—No, señor. Era este envoltorio de papel.

(Saca de la faltriquera un papel envuelto, y según lo indica el diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la caja y la carta.)

D. Gregorio.—¡Calle!

D.ª Rosa.—Y dentro esta caja de oro.

D. Gregorio.—¡Oiga!

D.ª Rosa.—Y dentro esta carta dobladita como usted la ve, con su sobrescrito, y su sello de lacre verde, y...

D. Gregorio.—¡Picardía como ella!... ¿Y el muchacho?

D.ª Rosa.—El muchacho desapareció al instante... Mire usted, el corazón le tengo tan oprimido, que...

D. Gregorio.—Bien te lo creo.

D.ª Rosa.—Pero es obligación mía devolver inmediatamente la caja y la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para esto era menester que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted mismo...

D. Gregorio.—Al contrario, bobilla: de esa manera me darás una prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces. Yo, yo me encargo de muy buena gana de ser el portador.

D.ª Rosa.—Pues tome usted.

(Le da la caja, la carta y el papel en que estaba todo envuelto. Don Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á abrir la carta; doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene.)

D. Gregorio.—Á mi señora doña Rosa Jiménez.Enrique de Cárdenas. ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y...

D.ª Rosa.—¡Ay! No por cierto: no la abra usted.

D. Gregorio.—¿Y qué importa?

D.ª Rosa.—¿Quiere usted que él se persuada á que yo he tenido la ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto descubre, dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la escriban amores. No, señor, no. Yo creo que se le debe entregar la carta cerrada como está, y sin dilación ninguna, para que vea el alto desprecio que hago de él, que pierda toda esperanza, y no vuelva nunca á intentar locura semejante.

D. Gregorio.—Tiene muchísima razón. (Se aparta hacia un lado, y vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta dentro de la caja, la envuelve curiosamente y se la guarda.) Rosita, tu prudencia y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de ser mi esposa.

D.ª Rosa.—Pero si usted tiene gusto de leerla...

D. Gregorio.—No, nada de eso.

D.ª Rosa.—Léala usted si quiere, como no la oiga yo.

D. Gregorio.—No, no, señor. Si estoy muy persuadido de lo que me has dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me llegaré después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en Desiderio y Electo... ¿Eh? Adios.

D.ª Rosa.—Venga usted pronto.

(Se entra doña Rosa en su casa.)

ESCENA V.

DON GREGORIO, COSME.

D. Gregorio.—El corazón me rebosa de alegría al ver una muchacha de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano sería capaz de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se quiere que sean. (Va á casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme, desenvuelve el papel, le enseña la carta cerrada, se lo pone todo en las manos, y se va por una calle.) Deo gracias.

Cosme.—¿Quién es? ¡Oh! señor don...

D. Gregorio.—Tome usted, dígale usted á su amo que no vuelva á escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de oro, porque está muy enfadada con él... Mire usted, cerrada viene. Dígale usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo que puede esperar en adelante.

ESCENA VI.

DON ENRIQUE, COSME.

D. Enrique.—¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese bárbaro?

Cosme.—Esta caja con esta carta, que dice que usted ha enviado á doña Rosita...

(Don Enrique le oye con admiración, abre la carta y la lee cuando lo indica el diálogo.)

D. Enrique.—¿Yo?

Cosme.—La cual doña Rosita se ha irritado tanto, según él asegura, de este atrevimiento, que se la vuelve á usted sin haberla querido abrir... Lea usted pronto, y veremos si mi sospecha se verifica.

D. Enrique.—«Esta carta le sorprenderá á usted sin duda. El designio de escribírsela, y el modo con que la pongo en sus manos, parecerán demasiado atrevidos; pero el estado en que me veo no me da lugar á otras atenciones. La idea de que dentro de seis días he de casarme con el hombre que más aborrezco, me determina á todo; y no queriendo abandonarme á la desesperación, elijo el partido de implorar de usted el favor que necesito para romper estas cadenas. Pero no crea que la inclinación que le manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte infeliz; nace de mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo en usted, las noticias que he procurado adquirir de su estado, de su conducta y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación... En usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues sólo espero que me indique los designios de su amor, para que yo le haga saber lo que tengo resuelto. Adios, y considere usted que el tiempo vuela, y que dos corazones enamorados con media palabra deben entenderse.»

Cosme.—¿No le parece á usted, que la astucia es de lo más sutil que puede imaginarse? ¿Sería creíble en una muchacha tan ingeniosa travesura de amor?

D. Enrique.—¡Esta mujer es adorable! Este rasgo de su talento y de su pasión acrecen la que yo la tengo; (Don Gregorio sale por una de las calles, y se detiene. Después se acerca.) y unido todo á la juventud, á las gracias y á la hermosura...

Cosme.—Que viene el tuerto. Discurra usted lo que le ha de decir.

ESCENA VII.

DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.

D. Gregorio.—Allí se están amo y criado como dos peleles... Conque dígame usted, caballerito, ¿volverá usted á enviar billetes amorosos á quien no se los quiere leer? Usted pensaba encontrar una niña alegre, amiga de cuchicheos y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya ve usted el chasco que le ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese de gastar la pólvora en salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo juicio, á usted no le puede ver ni pintado; con que lo mejor es una buena retirada, y llamar á otra puerta, que por esta no se puede entrar.

D. Enrique.—Es verdad, su mérito de usted es un obstáculo invencible. Ya echo de ver que era una locura aspirar al cariño de doña Rosita, teniéndole á usted por competidor.

D. Gregorio.—Ya se ve, que era una locura.

D. Enrique.—¡Oh! yo le aseguro á usted que si hubiese llegado á presumir que usted era ya dueño de aquel corazón, nunca hubiera tenido la temeridad de disputársele.

D. Gregorio.—Yo lo creo.

D. Enrique.—Acabó mi esperanza, y renuncio á una felicidad que, estando usted de por medio, no es para mí.

D. Gregorio.—En lo cual hace usted muy bien.

D. Enrique.—Y aun es tal mi desdicha, que no me permite ni el triste consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que le adornan á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa, que las conoce y las estima?

D. Gregorio.—Usted dice bien.

D. Enrique.—No haya más. Esta ventura no era para mí: desisto de un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un amante infeliz, (Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba bien, y acierte á repetirlas.) de cuya aflicción es usted la causa, yo le suplico solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que el amor que de tres meses á esta parte la estoy manifestando es el más puro, el más honesto, y que nunca me ha pasado por la imaginación idea ninguna de la cual su delicadeza y su pudor deban ofenderse.

D. Gregorio.—Sí, bien está: se lo diré.

D. Enrique.—Que como era tan voluntaria esta elección en mí, no tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera abandonado esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un obstáculo tan insuperable.

D. Gregorio.—Bien, se lo diré lo mismo que usted me lo dice.

D. Enrique.—Sí, pero que no piense que yo pueda olvidarme jamás de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida, y si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no habría en el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á detenerme.

D. Gregorio.—Usted habla y procede en eso como hombre de buena razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me encarga... (Hace que se va, vuelve.) Pero créame usted, don Enrique: es menester distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias: conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?... Conque... ¡Eh! Adios.

(Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don Enrique y Cosme se van, y entran en la suya.)

D. Enrique.—¡Qué necio es!

ESCENA VIII.

DON GREGORIO llama á su puerta, y sale DOÑA ROSA.

D. Gregorio.—Es increíble la turbación que ha manifestado el hombre, al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió... Asunto concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó que te ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el amor que me tienes, sería un temerario en seguir adelante... ¿Qué se yo cuánto me dijo?... Que nunca te olvidará; que su destino le obliga á morir amándote... Vamos, hipérboles de un hombre apasionado... pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos la menor molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú, ¿qué dices á esto?

D.ª Rosa.—Que no puedo sufrir que usted hable de esa manera de un hombre á quien aborrezco de todo corazón, y que si usted me quisiera tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus procederes atrevidos.

D. Gregorio.—Pero él, Rosita, no sabía que tú estuvieras tan apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su amor, no merece que se le...

D.ª Rosa.—¿Y le parece á usted honesta intención la de querer robar á las doncellas? ¿Es hombre de honor el que concibe tal proyecto, y aspira á casarse conmigo por fuerza, sacándome de su casa de usted, como si fuera posible que yo sobreviviese á un atentado semejante?

D. Gregorio.—¡Oiga! Conque...

D.ª Rosa.—Sí, señor, ese pícaro trata de obtenerme por medio de un rapto... Yo no sé quién le da noticia de los secretos de esta casa, ni quién le ha dicho que usted pensaba casarse conmigo dentro de seis ú ocho días á más tardar; lo cierto es que él quiere anticiparse, aprovechar una ocasión en que sepa que me he quedado sola, y robarme... ¡Tiemblo de horror!

D. Gregorio.—Vamos, que todo eso no es más que hablar y...

D.ª Rosa.—Sí, ¡como hay tanto que fiar de su honradez y su moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le disculpa?

D. Gregorio.—No por cierto; si él ha dicho eso, realmente procede mal, y el chasco sería muy pesado... Pero ¿quién te ha venido á contar á ti esas?...

D.ª Rosa.—Ahora mismo acabo de saberlo.

D. Gregorio.—¿Ahora?

D.ª Rosa.—Sí, señor, después que usted le volvió la carta.

D. Gregorio.—Pero, chica, si no hice más que llegarme ahí á casa de don Froilán el boticario, hablé dos palabras con el mancebo, me volví al instante, y...

D.ª Rosa.—Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que cerré me puse á dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto quién es, y por la cerradura oigo una voz desconocida que me dijo: Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto, que se quiere casar con usted en esta semana próxima. No tiene usted que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es imposible que usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva usted prevenida, que de un instante á otro cuando su tutor la deje sola, vendrá á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún accidente.

D. Gregorio.—Ese era el bribón del lacayo.

D.ª Rosa.—Á la cuenta.

D. Gregorio.—Pero se ve que ese hombre es loco.

D.ª Rosa.—No tanto como á usted le parece. Mire usted si sabe disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle con buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías... Harto desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo en conservar mi decoro y honestidad, he de verme expuesta á las tropelías de un hombre capaz de atreverse á las acciones más infames.

D. Gregorio.—Vaya, vamos, no temas nada, que...

D.ª Rosa.—No; esto pide una buena resolución. Es menester que usted le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga temblar. No hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de una persecución tan obstinada.

D. Gregorio.—Bien; pero no te desconsueles así, mujercita mía; no, que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas.

D.ª Rosa.—Dígale usted, si se empeña en negarlo, que yo he sido la que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus propósitos; que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no pierda el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted le hago saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de alguna desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa dos veces.

D. Gregorio.—¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario.

D.ª Rosa.—Pero de manera que comprenda bien que soy yo la que se lo dice.

D. Gregorio.—No, no le quedará duda; yo te lo aseguro.

D.ª Rosa.—Pues bien. Mire usted que le aguardo con impaciencia; despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por muy poco tiempo, me pongo triste.

D. Gregorio.—Sí, éntrate, que al instante vuelvo, palomita, vida mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (Doña Rosa se entra su casa y cierra.) En el mundo no hay hombre más venturoso que yo; no puede haberle... (Da una vuelta por la escena lleno de inquietud y alegría; después llama á la puerta de don Enrique.) Digo, señor, caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras?

ESCENA IX.

DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.

D. Enrique.—¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis puertas?

D. Gregorio.—Sus extravagancias de usted.

D. Enrique.—¿Cómo así?

D. Gregorio.—Bien sabe usted lo que quiero decirle; no se me haga el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya lo ha visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir uno lo que usted hace sin saltar de cólera? ¿No tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que eso es indigno.

D. Enrique.—¿Y quién le ha dado á usted noticias tan agenas de verdad, señor don Gregorio?

D. Gregorio.—Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me las ha dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan, que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su desatino, y salgamos de tanto embrollo.

(Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y al acabarse el acto queda á media luz.)

D. Enrique.—Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones, no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero...

D. Gregorio.—¿Conque usted duda que sea verdad?

D. Enrique.—¿Qué quiere usted, señor don Gregorio? Es tan duro esto de persuadirse uno á que...

D. Gregorio.—Venga usted conmigo.

(Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio, unas veces hacia su puerta, y otras á donde está don Enrique, para que le siga.)

D. Enrique.—Porque al fin, como usted tiene tanto interés en que yo me desespere y...

D. Gregorio.—Venga usted, venga usted... ¡Rosa!

D. Enrique.—No es decir esto que usted...

D. Gregorio.—Nada. No hay que disputar. Si quiero que usted se desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!

D. Enrique.—¡Pensar que una dama ha de responder con tal aspereza á quien no ha cometido otro delito que adorarla!

D. Gregorio.—Usted lo verá. Ya sale.

ESCENA X.

DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.

D.ª Rosa.—¿Qué es esto?... (Sorprendida al ver á don Enrique). ¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que sufra sus visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor?

D. Gregorio.—No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas, ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo.

D.ª Rosa.—Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?

D. Enrique.—Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie delante de mí.

D.ª Rosa.—Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los íntimos afectos de mi corazón.

D. Gregorio.—¿Lo ve usted?

D.ª Rosa.—Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas que miro presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira una repugnancia que no puedo vencer. Pero...

D. Gregorio.—¿Lo ve usted?

D.ª Rosa.—Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de un suplicio más insoportable que la misma muerte.

D. Gregorio.—¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo cuidaré de cumplir tus deseos.

D.ª Rosa.—No hay otro medio de que yo viva contenta.

(Manifiesta en la expresión de sus palabras que las dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio.)

D. Gregorio.—Dentro de muy poco lo estarás.

D.ª Rosa.—Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con tanta libertad...

D. Gregorio.—No hay mal en eso.

D.ª Rosa.—Pero en mi situación bien puede disimularse, que use de alguna franqueza con el que ya considero como esposo mío.

D. Gregorio.—Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de mi alma.

D.ª Rosa.—Y que le pida encarecidamente, si no desprecia un amor tan fino, que acelere las diligencias de unión.

D. Gregorio.—Ven aquí, perlita; (Abraza á doña Rosa; ella extiende la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don Gregorio, se la besa afectuosamente, y se retira al instante) consuelo mío, ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me angusties; calla, que... Amigo (Volviéndose muy satisfecho á hablar á don Enrique) ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?

D. Enrique.—Bien está, señora; usted se ha explicado bastante, y yo la juro por quien soy, que dentro de poco se verá libre de un hombre que no ha tenido la fortuna de agradarla.

D.ª Rosa.—No puede usted hacerme favor más grande, porque su vista es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que me causa, que...

D. Gregorio.—Vaya, vamos, que eso es demasiado.

D.ª Rosa.—¿Le ofendo á usted en decir esto?

D. Gregorio.—No por cierto... ¡Válgame Dios! No es eso, sino que también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión tan excesiva...

D.ª Rosa.—Por mucha que le manifieste, mayor se la tengo.

D. Enrique.—Usted quedará servida, señora doña Rosa. Dentro de dos ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de usted una persona que tanto la ofende.

D.ª Rosa.—Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra.

D. Gregorio.—Señor vecino, yo lo siento de veras, y no quisiera haberle dado á usted este mal rato; pero...

D. Enrique.—No, no crea usted que yo lleve el menor resentimiento; al contrario, conozco que la señorita procede con mucha prudencia, atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don Gregorio, me repito á la disposición de usted.

D. Gregorio.—Vaya usted con Dios.

D. Enrique.—Vamos pronto de aquí, Cosme, que reviento de risa.

(Retirándose hacia su casa, entran en ella los dos, y se cierra la puerta.)

ESCENA XI.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA.

D. Gregorio.—De veras te digo, que este hombre me da compasión.

D.ª Rosa.—Ande usted, que no merece tanta como usted piensa.

D. Gregorio.—Por lo demás, hija mía, es mucho lo que me lisonjea tu amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis ú ocho días son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos casados, y...

D.ª Rosa (turbada).—¿Mañana?

D. Gregorio.—Sin falta ninguna... Ya veo á lo que te obliga el pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás deseando. ¿Te parece que no lo conozco?

D.ª Rosa.—Pero...

D. Gregorio.—Sí, amiguita, mañana serás mi mujer. Ahora mismo voy antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano, para que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera.

(Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa entra en su casa y cierra.)

D.ª Rosa.—¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar este golpe?