ACTO III.


ESCENA PRIMERA.

DOÑA ROSA, DON GREGORIO.

(La escena es de noche. Doña Rosa sale de su casa, manifestando el estado de incertidumbre y agitación que denota el diálogo.)

D.ª Rosa.—No hay otro medio... Si me detengo un instante, vuelve, pierdo la ocasión de mi libertad, y mañana... No... primero morir. Declarándoselo todo á mi hermana y á don Manuel, pidiéndoles amparo, consejo... Es imposible que me abandonen. Desde su casa avisaré á mi amante, y él dispondrá cuanto fuere menester, sin que mi decoro padezca... (Don Gregorio sale por una calle á tiempo que doña Rosa se encamina á casa de su hermana; se detiene, y al conocerle duda lo que ha de hacer.) Vamos, pero... Gente viene... Y es él... ¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!

D. Gregorio.—¿Quién está ahí, eh? ¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué novedad es esta?

D.ª Rosa.—¿Qué le diré?

D. Gregorio.—¿Qué haces aquí, niña?

D.ª Rosa.—Usted lo extrañará.

(Indica en la expresión de sus palabras que va previniendo la ficción con que trata de disculparse.)

D. Gregorio.—¿Pues no he de extrañarlo? ¿Qué ha sucedido? Habla.

D.ª Rosa.—Estoy tan confusa y...

D. Gregorio.—Vamos, no me tengas en esta inquietud. ¿Qué ha sido?

D.ª Rosa.—¿Se enfadará usted si le digo?...

D. Gregorio.—No me enfadaré. Dilo presto. Vamos.

D.ª Rosa.—Sí, precisamente se va usted á enojar, pero... Pues tenemos una huéspeda.

D. Gregorio.—¿Quién?

D.ª Rosa.—Mi hermana.

D. Gregorio.—¿Cómo?

D.ª Rosa.—Sí, señor, en mi cuarto la dejo encerrada con llave para que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á llamar á doña Ceferina, la viuda del pintor, á fin de suplicarla que me hiciera el gusto de venirse á dormir esta noche á casa, porque al cabo, estando ella conmigo... como es una mujer de tanto juicio, y...

D. Gregorio.—Pero ¿qué enredo es este, señor, que hasta ahora, lléveme el diablo, si yo he podido entender cosa ninguna?... ¿Á qué ha venido tu hermana?

D.ª Rosa.—Ha venido... Mire usted, le voy á revelar un secreto que le va á dejar aturdido... Pero no se ha de enfadar usted, ¿no?

D. Gregorio.—¡Dale!... ¿Lo quieres decir ó tratas de que me desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?

D.ª Rosa.—Yo se lo diré á usted... Mi hermana está enamorada de don Enrique.

D. Gregorio.—¿Ahora tenemos eso?

D.ª Rosa.—Sí, señor. Hace más de un año que se quieren, y cuasi el mismo tiempo que se han dado palabra de matrimonio. Por esto fué la mudanza desde la calle de Silva á la plazuela de Afligidos, pretextando Leonor que quería vivir cerca de mi casa, no siendo otro el motivo que el de parecerla muy acomodado este barrio desierto, adonde también se mudó inmediatamente don Enrique, para tener más ocasión de verle y hablarle, aprovechándose de la libertad que siempre la ha dado el bueno de don Manuel.

D. Gregorio.—Pero este don Enrique ó don demonio, ¿á cuántas quiere? ¡Si yo estoy lelo!

D.ª Rosa.—Yo le diré á usted. Continuaron estos amores hasta que don Enrique, celoso de un don Antonio de Escobar, oficial de la secretaría de Guerra, con quien la vió una tarde en el jardín botánico, la envió un papel de despedida lleno de expresiones amargas; y desde entonces no ha querido volverla á ver. Parecióle conveniente además pagar con celos que él la diese, los que le había causado el tal don Antonio; y desde entonces dió en seguirme adonde quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar la casa, todo sin duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de envidia. Yo, que ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don Enrique; pero me propuse callar y despreciarle, hasta que informada esta tarde de todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme muy sentida, creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese trasto), resolví decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo todo lo demás, para que la estimación de mi hermana no padeciese... ¿Qué hubiera usted hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo mismo?

D. Gregorio.—Conque... Adelante.

D.ª Rosa.—Pues como yo la dijese á Leonor que inmediatamente haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto me desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no lo hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito. Pensó llevarme á casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no quiso que fuera con ella, y no parece sino que algún ángel le inspiró á usted aquella repugnancia. Lo que ha pasado esta tarde con el tal caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle que así que usted me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana, la conté cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y quedándose conmigo sola, me dijo en un tono de desesperación que me hizo temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche no iría, porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado que se quedase con ella. Y que también iba encargada de avisar á don Enrique, en nombre mío, de que á las doce en punto le esperaba yo en el balcón de mi cuarto, que da al jardín. Con este engaño se propone hablarle, y dar á sus celos cuantas satisfacciones quiera pedirla.

D. Gregorio.—¡Picarona! ¡enredadora! ¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú qué le has dicho?

D.ª Rosa.—Amenazarla de que usted y don Manuel sabrán todo lo que pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio en ello; afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa inmediatamente.

D. Gregorio.—¿Y ella?

D.ª Rosa.—Ella me respondió que si no la sacan arrastrando de los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el mundo teme.

D. Gregorio.—Mi hermano merece esto y mucho más... Pero ¿cómo he de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir adelante en su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy hombre de los que se dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo la diré lo que... Vamos.

(Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le detiene.)

D.ª Rosa.—No, señor, por Dios, no éntre usted. Al fin es mi hermana. Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al instante, ó á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel extrañe ahora su vuelta.

(Hace que se va hacia su casa, y vuelve.)

D. Gregorio.—Muy bien; aquí espero á que salga.

D.ª Rosa.—Pero no se descubra usted, no la hable, no se acerque, no la siga... Si le viese á usted, sería tanta su confusión y sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere enmendar este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se va, como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla.

D. Gregorio.—¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que merece ella toda esa caridad!

D.ª Rosa.—Es mi hermana.

D. Gregorio.—¡Y qué poco se parece á ti la dichosa hermana!... Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones.

D.ª Rosa.—Yo creo que sí.

D. Gregorio.—Mira que si se obstina en que ha de quedarse, subo allá arriba y la saco á patadas.

D.ª Rosa.—No será menester. Voy allá... (Hace que se va, y vuelve.) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue, ni...

D. Gregorio.—Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde quiera.

D.ª Rosa (se encamina hacia su casa, y vuelve.)—¡Ah! Mire usted. Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien su puerta... Yo estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar.

D. Gregorio.—Pero ¿qué sientes?

D.ª Rosa.—¿Qué sé yo? ¿Le parece á usted que estaré poco disgustada con todo lo que ha sucedido?... Nada me duele; pero deseo descansar y dormir... Conque... buenas noches.

D. Gregorio.—Adios, Rosita... Pero mira que si no sale...

D.ª Rosa.—Yo le aseguro á usted que saldrá.

(Éntrase dejando entornada la puerta. Don Gregorio se pasea por el teatro mirando con frecuencia hacia su casa, impaciente del éxito.)

D. Gregorio.—Y á todo esto, ¿en qué se ocupará ahora mi erudito hermano? Estará poniendo escolios á algún tratado de educación... ¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de resultar otra cosa de la independencia y la holgura en que siempre ha vivido?... ¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y os sujeta y os enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor... Mañana á las diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de colleras, y á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la bribona de la Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con estos embudos? No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! Parece que baja ya la niña bien criada.

(Se acerca más á un lado de la puerta de su casa, colocándose hacia el proscenio, y escucha atentamente lo que dice desde adentro doña Rosa, la cual finge que habla con su hermana.)

D.ª Rosa.—No te canses en quererme persuadir. Vete... Antes que todo es mi estimación... Vete, Leonor, ya te lo he dicho... ¿Y qué importa que me oigan? ¿Soy yo la culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de aquí.

D. Gregorio.—En efecto, la echa de casa... (Sale doña Rosa de su cuarto con basquiña y mantilla semejantes á las que sacó doña Leonor en el primer acto. Luégo que se aparta un poco, cierra don Gregorio su puerta y guarda la llave.) ¿Y adónde irá la doncellita menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero.

ESCENA II.

DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.

(Los dos primeros salen de su casa.)

D. Enrique.—¿Dijiste al ama que no me espere?

Cosme.—Sí, señor.

D. Enrique.—Pues cierra y vamos, que aunque sepa atropellar por todo, he de hablarla esta noche.

(Cierra Cosme la puerta con llave.)

Cosme.—¡Noche toledana!

D. Enrique.—Y á pesar de quien procura estorbarlo, ella y yo seremos felices.

(Doña Rosa, después de haberse alejado un poco hacia el fondo del teatro, vuelve encaminándose á casa de don Manuel; don Gregorio se adelanta igualmente y la observa. Ella se detiene.)

D.ª Rosa.—Él se acerca á la puerta de don Manuel. ¿Qué haré?... Ya no es posible... (Se retira llena de confusión hacia el fondo del teatro. Don Enrique se adelanta, la reconoce y la detiene.) ¡Infeliz de mí!

D. Enrique.—¿Quién es?

D.ª Rosa.—Yo.

D. Enrique.—¿Doña Rosita?

D.ª Rosa.—Yo soy.

D. Enrique.—Á mi casa.

D.ª Rosa.—Pero ¿qué seguridad tendré en ella?

D. Enrique.—La que debe usted esperar de un hombre de honor.

D.ª Rosa.—Yo iba á la de mi hermana; pero él me observa, no puedo llegar sin que me reconozca, y...

D. Enrique.—Está usted conmigo... Pasará usted la noche en compañía de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré que es usted mi esposa, y que estoy pronto si es necesario á exponer la vida para defenderla... Abre, Cosme. Venga usted.

(Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique.)

D.ª Rosa.—Allí está.

D. Enrique.—Bien, que esté donde quiera. Poco importa.

D.ª Rosa.—Allí, allí.

D. Enrique.—Sí, ya le distingo... No hay que temer, quieto se está... ¡Y qué bien hace en estarse quieto!... Adentro.

(Asiéndole de la mano se entra con ella en su casa, y Cosme detrás.)

D. Gregorio.—Pues, señor, se marchó á casa del galán. No puede llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo siento al ver tan solemnemente burlado á este hermano que Dios me dió, necio por naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo sabe!... Vamos á darle la infausta noticia... (Se encamina á casa de don Manuel; después se detiene.) No, el asunto es serio, y si el tiempo se pierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un trabajo... Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor es... Allí pienso que ha de vivir el comisario...

(Va á casa del comisario, y llama.)

ESCENA III.

UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON GREGORIO.

(Salen los tres primeros por una de las calles. El criado con linterna. La escena se ilumina un poco.)

Comisario.—¿Quién anda ahí?

D. Gregorio.—¡Ah! ¿No es usted el señor comisario del cuartel?

Comisario.—Servidor de usted.

D. Gregorio.—Pues, señor... Oiga usted aparte... (Se aparta con el comisario á poca distancia de los demás.) Su presencia de usted es absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder... ¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en aquella casa de enfrente?

Comisario.—Sí, de vista la conozco, y al caballero que la tiene consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco.

D. Gregorio.—Hermano mío.

Comisario.—¡Oiga! ¿Es usted su hermano?

D. Gregorio.—Para servir á usted.

Comisario.—Para hacerme favor.

D. Gregorio.—Pues el caso es que esta niña, hija de padres muy honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito andaluz que vive aquí en este cuarto principal...

Comisario.—¡Calle! Don Enrique de Cárdenas; le conozco mucho.

D. Gregorio.—Pues bien. Ha cometido el desacierto de abandonar su casa, venirse á la de su amante... Vamos, ya usted conoce lo que puede resultar de aquí.

Comisario.—Sí... En efecto.

D. Gregorio.—Ello hay de por medio no sé qué papel de matrimonio; pero no ignora usted de lo que sirven esos papeles cuando cesa el motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me explico?

Comisario.—Perfectamente... ¿Y ella está adentro?

D. Gregorio.—Ahora mismo acaba de entrar... Conque, señor comisario, se trata de salvar el decoro de una doncella, de impedir que el tal caballero... Ya ve usted.

Comisario.—Sí, sí, es cosa urgente. Vamos... Por fortuna tenemos aquí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (Alza un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el cual se acerca á ellos muy oficioso.) Es escribano...

Escribano.—Escribano real.

D. Gregorio.—Ya.

Escribano.—Y antiguo.

D. Gregorio.—Mejor.

Escribano.—Mucha práctica de tribunales.

D. Gregorio.—Bueno.

Escribano.—Conocido en testamentarías, subastas, inventarios, despojos, secuestros y...

D. Gregorio.—No, ahí no hallará usted cosa en que poder...

Escribano.—Y muy hombre de bien.

D. Gregorio.—Por supuesto.

Escribano.—Es que...

Comisario.—Vamos, don Lázaro, que esto pide mucha diligencia.

D. Gregorio.—Yo aquí espero.

Comisario.—Muy bien.

(Llama el criado á la puerta de don Enrique, se abre, y entran los tres. La escena vuelve á quedar oscura.)

ESCENA IV.

DON GREGORIO, DON MANUEL.

D. Gregorio.—Veamos si está en casa este inalterable filósofo, y le contaremos la amarga historia... (Llama en casa de don Manuel, abren la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la puerta entornada, y don Gregorio se pasea esperando á su hermano.) ¿Está? Que baje inmediatamente, que le espero aquí para un asunto de mucha importancia... ¡Bendito Dios! ¡En lo que han parado tantas máximas sublimes, tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya si... majadero más completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor hermano!

(Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se detiene inmediato á ella.)

D. Manuel.—Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por qué no subes?

D. Gregorio.—Porque tengo que hablarte, y no me puedo separar de aquí.

D. Manuel (adelantándose hacia donde está don Gregorio.)—Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?

D. Gregorio.—Vengo á darte muy buenas noticias.

D. Manuel.—¿De qué?

D. Gregorio.—Sí, te vas á regocijar mucho con ellas... Dime: mi señora doña Leonor ¿en dónde está?

D. Manuel.—¿Pues no lo sabes? En casa de su amiga doña Beatriz. Allí quedó esta tarde, yo me vine porque tenía una porción de cartas que escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un instante á otro... Pero ¿á qué viene esa pregunta?

D. Gregorio.—¡Eh! Así, por hablar algo...

D. Manuel.—Pero ¿qué quieres decirme?

D. Gregorio.—Nada... Que tú la has educado filosóficamente, persuadido (y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un poco de libertad, que no es conveniente reprenderlas ni oprimirlas, que no son los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la indulgencia, la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que ellas quieren... ¡Ya se ve! Leonor, enseñada por esta cartilla, ha sabido corresponder como era de esperar á las lecciones de su maestro.

D. Manuel.—Te aseguro que no comprendo á qué propósito puede venir nada de cuanto dices.

D. Gregorio.—Anda, necio, que bien merecido está lo que te sucede, y es muy justo que recibas el premio de tu ridícula presunción... Llegó el caso de que se vea prácticamente lo que ha producido en las dos hermanas la educación que las hemos dado. La una huye de los amantes; y la otra, como una mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los persigue.

D. Manuel.—Si no me declaras el misterio, dígote que...

D. Gregorio.—El misterio es que tu pupila no está donde piensas, sino en casa de un caballerito, del cual se ha enamorado rematadamente; y sola y de noche, y burlándose de ti, ha ido á buscar mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora?

D. Manuel.—¿Dices que Leonor?...

D. Gregorio.—Sí, señor, la misma...

D. Manuel.—Vaya, déjate de chanzas, y no me...

D. Gregorio.—¡Sí, que el niño es chancero!... ¡Se dará tal estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y vuelvo á repetírselo, que la Leonorcita se ha ido esta noche á casa de su galán, y está con él, y lo he visto yo, y se quieren mucho, y hace más de un año que se tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus filosofías. ¿Lo entiendes?

D. Manuel.—Pero es una cosa tan agena de verisimilitud...

D. Gregorio.—¡Dale!... Vamos, aunque lo vea por sus ojos no se lo harán creer... ¡Cómo me repudre la sangre!... Amigo, dígote que los años sirven de muy poco cuando no hay esto, esto. (Señalándose con el dedo en la frente.)

D. Manuel.—Ello es que tú te persuades á que...

D. Gregorio.—Figúrate si me habré persuadido... Pero mira, no gastemos prosa... ven y lo verás, y en viéndolo, espero y confío que te persuadirás también. Vamos.

(Se encamina á casa de don Enrique, y después vuelve.)

D. Manuel.—¡Haber cometido tal exceso, cuando siempre la he tratado con la mayor benignidad, cuando la he prometido mil veces no violentar, no contradecir sus inclinaciones!

D. Gregorio.—Ya temía yo que no había de ser creído, y que perderíamos el tiempo en altercaciones inútiles. Por eso, y porque me pareció conveniente restaurar el honor de esa mujer, siquiera por lo que me interesa su pobrecita hermana, he dispuesto que el comisario del cuartel vaya allá, y vea de arreglarlo, de manera que evitando escándalos, se concluya, si se puede, con un matrimonio.

D. Manuel.—¿Eso hay?

D. Gregorio.—¡Toma! Ya están allá el comisario y un escribano que venía con él... Digo, á no ser que usted halle en sus libros algún texto oportuno para volver á recibir en su casa á la inocente criatura, disimularla este pequeño desliz, y casarse con ella... ¿Eh?

D. Manuel.—¿Yo? No lo creas. No cabe en mí tanta debilidad, ni soy capaz de aspirar á poseer un corazón que ya tiene otro dueño. Pero á pesar de cuanto dices, todavía no me puedo reducir á...

D. Gregorio.—¡Qué terco es!... Ven conmigo, y acabemos esta disputa impertinente.

(Se encamina con su hermano hacia casa de don Enrique, y al llegar cerca salen de ella el comisario y el criado. El teatro se ilumina como en la escena tercera.)

ESCENA V.

EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO, DON MANUEL.

Comisario.—Aquí, señores, no hay necesidad de ninguna violencia. Los dos se quieren, son libres, de igual calidad... No hay otra cosa que hacer sino depositar inmediatamente á la señorita en una casa honesta, y desposarlos mañana... Las leyes protegen este matrimonio y le autorizan.

D. Gregorio.—¿Qué te parece?

D. Manuel (reprimiéndose).—¿Qué me ha de parecer?... Que se casen.

D. Gregorio.—Pues, señor, que se casen.

Comisario.—Diré á usted, señor don Manuel. Yo he propuesto á la novia que tuviese á bien de honrar mi casa, en donde asistida de mi mujer y de mis hijas, estaría, si no con las comodidades que merece, á lo menos con la que pueden proporcionarla mis cortas facultades; pero no ha querido admitir este obsequio, y dice que si usted permite que vaya á la suya, la prefiere á otra cualquiera. Es cierto que esta elección es la mejor; pero he querido avisarle á usted para saber si gusta de ello, ó tiene alguna dificultad.

D. Manuel.—Ninguna... Que venga. Yo me encargo del depósito.

Comisario.—Volveré con ella muy pronto.

(Se entra con el criado en casa de don Enrique. El teatro queda oscuro otra vez.)

D. Gregorio.—No me queda otra cosa que ver... Pero ¿cuál es más admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura de este insensato que se presta á tenerla en su casa después de lo que ha hecho, que la toma en depósito de manos de su amante para entregársela después tal y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar cabeza más destornillada que la suya... No puede ser.

D. Manuel.—No lo entiendes, Gregorio... Mira, tú has hecho intervenir en esto á un comisario para evitar los daños que pudieran sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo por la misma razón; para que su crédito no padezca; para que no se trasluzca lo que ha sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y lo murmura; para que mañana se casen, como si fuera yo mismo el que lo hubiese dispuesto; para manifestar á Leonor que nunca he querido hacerme un tirano de su libertad ni de sus afectos; para confundirla con mi modo de proceder comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es posible que haya sido capaz de tal ingratitud?

D. Gregorio.—Calla, que... (Salen por una calle doña Leonor, Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo pasado ya por delante de la puerta de don Enrique, al volverse don Gregorio las ve. Doña Leonor al ver gente se detiene un poco. Se ilumina el teatro.) Sí... Ahí la tienes. Pídela perdón.

D. Manuel.—¡Yo! ¡Qué mal me conoces!

ESCENA VI.

DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.

D. Manuel.—Leonor, no temas ningún exceso de cólera en mí, bien sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy grande el sentimiento que me ha causado ver que te hayas atrevido á una acción tan poco decorosa, sabiendo tú que nunca he pensado sujetar tu albedrío, que no tienes amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba recibir de ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo sabré tolerar en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento sólo á que tu estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo, te daré en mi casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo el esposo que has querido elegir.

D.ª Leonor.—Yo no entiendo, señor don Manuel, á qué se dirige ese discurso... ¿Qué acción indecorosa? ¿qué agravio? ¿qué esposo es ese de quien usted me habla?... Yo soy la misma que siempre he sido. Mi respeto á su persona de usted, mi agradecimiento, y para decirlo de una vez, mi amor, son inalterables... Mucho me ofende el que presuma que he podido yo hacer ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer honesta, que estima en más que la vida su honor y su opinión.

D. Manuel (volviéndose á don Gregorio).—¿Oyes lo que dice?

D. Gregorio (acercándose á doña Leonor).—Ya se ve que lo oigo... Conque Leonorcita... Ahorremos palabras... ¿De dónde vienes, hija?

D.ª Leonor.—De casa de doña Beatriz.

D. Gregorio.—¿Ahora vienes de allí, cordera?

D.ª Leonor.—Ahora mismo... ¿No ve usted á Pepe, que nos ha venido á acompañar?

D. Gregorio.—¿Y no sales de casa de don Enrique?

D.ª Leonor.—¿De quién? ¿De ese que vive aquí en?... ¡Eh! no por cierto.

D. Gregorio.—¿Y no habéis concertado vuestro casamiento á presencia del comisario?

D.ª Leonor.—Me hace reir... ¿Ves qué desatino, Juliana?

D. Gregorio.—¿Y no estáis enamorados mucho tiempo há?

D.ª Leonor.—Muchísimo tiempo... ¿Y qué más?

D. Gregorio.—¿Y no estuviste en mi casa esta noche? ¿y no te hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á la de tu galán? ¿y no te ví yo?

D.ª Leonor.—Esto pasa de chanza. Usted no sabe lo que se dice... (Asiendo del brazo á don Manuel se dirige hacia su casa.) Vamos á casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido el poco entendimiento que tenía; vamos.

ESCENA VII.

DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL ESCRIBANO, COSME, UN CRIADO, DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.

(El criado saldrá con la linterna. La luz del teatro se duplica.)

D.ª Rosa.—¡Leonor!... ¡Hermana!...

(Corriendo hacia doña Leonor la coge de las manos, y se las besa.)

D. Gregorio.—¡Huf!...

(Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de confusión.)

D.ª Rosa.—Yo espero de tu buen corazón que has de perdonarme el atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin de mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme; pero, hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las dos.

D.ª Leonor.—Todo lo conozco, Rosita... La elección que has hecho no me parece desacertada; repruebo solamente los medios de que te has valido... Mucha disculpa tienes, pero toda la necesitas.

D.ª Rosa.—Cuanto digas es cierto, pero... (Volviéndose á don Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento.) usted ha sido la causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á sus ojos, si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de hacer, aunque le disguste, le sirvo... La aversión que usted logró inspirarme distaba mucho de aquella suave amistad que une las almas para hacerlas felices... Tal vez usted me acusará de liviandad; pero puede ser que mañana hubiera usted sido verdaderamente infeliz, si yo fuese menos honesta.

D. Enrique.—Dice bien, y usted debe agradecerla el honor que conserva y la tranquilidad de que puede gozar en adelante.

D. Manuel (acercándose á don Gregorio).—Esto pide resignación, hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te conformes.

D.ª Leonor.—Y hará muy mal en no conformarse; porque ni hay otro remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga lástima.

Juliana.—Y conocerá que á las mujeres no se las encadena, ni se las enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal. ¡Hombre más tonto!

Cosme (hablando con Juliana).—Y en verdad que se ha escapado como en una tabla. Bien puede estar contento.

D. Gregorio (No dirige á nadie sus palabras, habla como si estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la energía de su expresión).—No, yo no acabo de salir de la admiración en que estoy... Una astucia tan infernal confunde mi entendimiento; ni es posible que Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia que la de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por ella las manos en el fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de lo que á mí me sucede se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de malicias y picardías. Sexo engañador, destinado á ser el tormento y la desesperación de los hombres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy al demonio, si quiere llevársele.

(Sacando la llave de su puerta, se encamina furioso hacia ella. Don Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra en su casa, y cierra por dentro.)

D. Manuel.—No dice bien... Las mujeres, dirigidas por otros principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y mañana sin falta se celebrará la boda.

D.ª Rosa.—¿La mía no más?

D. Manuel.—Si tu hermana me perdona una breve sospecha, con tanta dificultad creída, no sería don Enrique el solo dichoso; yo también pudiera serlo.

D.ª Leonor.—Hoy es día de perdonar.

D.ª Rosa.—Sí, bien merece tu perdón y tu mano el que supo darte una educación tan contraria á la que yo recibí.

D.ª Leonor.—Con su prudencia y su bondad se hizo dueño de mi corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya.

D. Manuel.—¡Querida Leonor!

(Se abrazan don Manuel y doña Leonor.)

Juliana.—¡Excelente lección para los maridos, si quieren estudiarla!