ESCENA VII.
D. CARLOS, (Sale por la puerta del foro.) DOÑA FRANCISCA.
D. Car.
¡Paquita!... ¡Vida mia! Ya estoy aquí... ¿Cómo va, hermosa, cómo va?
D.ª Fca.
Bien venido.
D. Car.
¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada mas alegría?
D.ª Fca.
Es verdad, pero acaban de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Despues de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí está mi madre.
D. Car.
¿En dónde?
D.ª Fca.
Ahí, en ese cuarto. (Señalando al cuarto de Doña Irene.)
D. Car.
¿Sola?
D.ª Fca.
No señor.
D. Car.
Estará en compañía del prometido esposo. (Se acerca al cuarto de D.ª Irene, se detiene y vuelve.) Mejor... ¿Pero no hay nadie mas con ella?
D.ª Fca.
Nadie mas, solos están... ¿Qué piensa usted hacer?
D. Car.
Si me dejase llevar de mi pasion y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él tambien será hombre de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una muger tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted, ni... Vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la primera atencion.
D.ª Fca.
Es mucho el empeño que tiene en que me case con él.
D. Car.
No importa.
D.ª Fca.
Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á Madrid.
D. Car.
¿Cuál?... No. Eso no.
D.ª Fca.
Los dos están de acuerdo, y dicen...
D. Car.
Bien... Dirán... Pero no puede ser.
D.ª Fca.
Mi madre no me habla contínuamente de otra materia... Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...
D. Car.
¿Y usted qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?
D.ª Fca.
¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato!...
D. Car.
Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.
D.ª Fca.
Y el último.
D. Car.
Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar que tengo en ese corazon... Todo él es mio... ¿Digo bien?
(Asiéndola de las manos.)
D.ª Fca.
¿Pues de quién ha de ser?
D. Car.
¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla una obligacion mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo... Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy tambien. Su madre de usted sabrá quién soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y virtuoso, á quien mas que tio, debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo mas inmediato, ni mas querido que yo: es hombre muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted algun atractivo, esta circunstancia añadiria felicidades á nuestra union.
D.ª Fca.
¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo?
D. Car.
Ya lo sé. La ambicion no puede agitar á un alma tan inocente.
D.ª Fca.
Querer y ser querida... Ni apetezco mas, ni conozco mayor fortuna.
D. Car.
Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra afliccion presente en durables dichas.
D.ª Fca.
¿Y qué se ha de hacer para que á mi pobre madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Sí, acabo de decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás: que siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos.
D. Car.
Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?
D.ª Fca.
¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué habia yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, ni poder comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho que me quiere.
(Se enternece y llora.)
D. Car.
¡Qué llanto!... ¿Cómo me persuade?... Sí, Paquita, yo solo basto para defender á usted de cuantos quieran oprimirla. A un amante favorecido, ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.
D.ª Fca.
¿Es posible?
D. Car.
Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, y solo el brazo de la muerte bastará á dividirlas.