ESCENA X.
D. DIEGO, D. CARLOS.
D. Die.
Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En dónde has estado desde que no nos vemos?
D. Car.
En el meson de afuera.
D. Die.
¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh?
D. Car.
Sí, señor, entré en la ciudad y...
D. Die.
¿A qué?... Siéntese usted.
D. Car.
Tenia precision de hablar con un sugeto... (Siéntase.)
D. Die.
¡Precision!
D. Car.
Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible volverme á Zaragoza sin estar primero con él.
D. Die.
Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener... Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasion, no habia necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.
(Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Cárlos luego que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademan de irse.)
D. Car.
Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino y se evitaria una contestacion, de la cual ni usted ni yo quedaremos contentos?
D. Die.
Quiere saber su tio de usted lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.
D. Car.
¿Para qué saber mas?
D. Die.
Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!
D. Car.
Bien está.
D. Die.
Siéntate ahí... (Siéntase D. Cárlos) ¿En dónde has conocido á esa niña?... ¿Qué amor es este? ¿Qué circunstancias han ocurrido? ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?
D. Car.
Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que habia de quedarme allí todo aquel dia, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaria proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé á Doña Paquita, á quien la señora habia sacado aquel dia del convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella, de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba Don Felix de Toledo, nombre que dió Calderon á algunos amantes de sus comedias. Yo sostuve esta ficcion, porque desde luego concebí la idea de permanecer algun tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de usted... Observé que Doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome preferido á todos los concurrentes de aquel dia, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...
D. Die.
Prosigue.
D. Car.
Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda pobre, pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía: y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las mas ingeniosas para que ninguno de su familia extrañára mi detencion. Como su casa de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venia de noche... Logré que Doña Paquita leyese algunas cartas mias, y con las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasion, que mientras viva me hará infeliz.
D. Die.
Vaya... Vamos, sigue adelante.
D. Car.
Mi asistente (que como usted sabe, es hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le ocurrian, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondian con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fuí para ella D. Felix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis gefes, y hombre de honor. Nunca la dije mas, ni la hablé de mis parientes, ni de mis esperanzas, ni la dí á entender que casándose conmigo podria aspirar á mejor fortuna: porque ni me convenia nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la hallé mas fina, mas hermosa, mas digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin, era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adónde mi obligacion me llamaba... Sus cartas consolaron por algun tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí pocos dias ha, me dijo como su madre trataba de casarla, que primero perderia la vida que dar su mano á otro que á mí: me acordaba mis juramentos, me exortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí precipitado el camino, llegué á Guadalajara; no la encontré, vine aquí... Lo demas bien lo sabe usted, no hay para que decírselo.
D. Die.
¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
D. Car.
Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor: pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso no... Solo su consentimiento y su bendicion para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.
D. Die.
Pues ya ves, Cárlos, que es tiempo de pensar muy de otra manera.
D. Car.
Sí, señor.
D. Die.
Si tú la quieres, yo la quiero tambien. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren las promesas que á tí te hizo... ella misma, no ha media hora, me ha dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...
D. Car.
Pero no el corazon. (Levántase.)
D. Die.
¿Qué dices?
D. Car.
No, eso no... Seria ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste: ella se portará siempre como conviene á su honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo ausente.
D. Die.
¿Qué temeridad es esta?
(Se levanta con mucho enojo, encaminándose hácia D. Cárlos el cual se va retirando.)
D. Car.
Ya se lo dije á usted.... Era imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversacion... Viva usted feliz y no me aborrezca, que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.
D. Die.
¿Con que en efecto te vas?
D. Car.
Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.
D. Die.
¿Por qué?
D. Car.
Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar... Entonces...
D. Die.
¿Qué quieres decir?
(Asiendo de un brazo á D. Cárlos, le hace venir mas adelante.)
D. Car.
Nada... que apetezco la guerra, porque soy soldado.
D. Die.
¡Cárlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazon para decírmelo?
D. Car.
Alguien viene... (Mirando con inquietud hácia el cuarto de Doña Irene, se desprende de D. Diego, y hace ademan de irse por la puerta del foro. D. Diego va detrás de él y quiere impedírselo.) Tal vez será ella... Quede usted con Dios.
D. Die.
¿Adónde vas?... No señor, no has de irte.
D. Car.
Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.
D. Die.
Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.
D. Car.
Pero si...
D. Die.
Haz lo que te mando.
(Éntrase D. Cárlos en el cuarto de D. Diego.)