ESCENA XI.

D. DIEGO, D. CARLOS, SIMON, CALAMOCHA.

D. Die.

(Desde adentro.) No, no es menester: si hay luz aquí. Buenas noches, Rita. (D. Cárlos se turba y se aparta á un extremo del teatro.)

D. Car.

¡Mi tio!... (Sale D. Diego del cuarto de Doña Irene encaminándose al suyo: repara en D. Cárlos y se acerca á él. Simon le alumbra y vuelve á dejar la luz sobre la mesa.)

D. Die.

Simon.

Simon.

Aquí estoy, señor.

D. Car.

¡Todo se ha perdido!

D. Die.

Vamos... Pero... ¿Quién es?

Simon.

Un amigo de usted, señor.

D. Car.

Yo estoy muerto.

D. Die.

¿Cómo un amigo?... ¡Qué!... Acerca esa luz.

D. Car.

Tio. (En ademan de besarle la mano á D. Diego, que le aparta de sí con enojo.)

D. Die.

Quítate de ahí.

D. Car.

Señor.

D. Die.

Quítate... No sé como no le... ¿Qué haces aquí?

D. Car.

Si usted se altera y...

D. Die.

¿Qué haces aquí?

D. Car.

Mi desgracia me ha traido.

D. Die.

¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero... (Acercándose á D. Cárlos.) ¿Qué dices? De veras, ¿ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?

Calam.

Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...

D. Die.

A tí no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida á tu pobre tio.

D. Car.

No señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.

D. Die.

¿Pues á qué veniste?... ¿Es desafio? ¿Son deudas? ¿Es algun disgusto con tus gefes?... Sácame de esta inquietud, Cárlos... Hijo mio, sácame de este afan.

Calam.

Si todo ello no es mas que...

D. Die.

Ya he dicho que calles... Ven acá. (Asiendo una mano á D. Cárlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en voz baja.) Dime qué ha sido.

D. Car.

Una ligereza, una falta de sumision á usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le ha dado al verme.

D. Die.

¿Y qué otra cosa hay?

D. Car.

Nada mas, señor.

D. Die.

¿Pues qué desgracia era aquella de que me hablaste?

D. Car.

Ninguna. La de hallarle á usted en este parage... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle visto.

D. Die.

¿No hay mas?

D. Car.

No señor.

D. Die.

Míralo bien.

D. Car.

No señor... A eso venia. No hay nada mas.

D. Die.

Pero no me digas tú á mí... Sí, es imposible que estas escapadas se... No señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, á Dios disciplina militar... Vamos... Eso no puede ser.

D. Car.

Considere usted, tio, que estamos en tiempo de paz: que en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras plazas, en que no se permite descanso á la guarnicion..... Y en fin, puede usted creer que este viaje supone la aprobacion y licencia de mis superiores, que yo tambien miro por mi estimacion, y que cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.

D. Die.

Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplos de subordinacion, de valor, de virtud...

D. Car.

Bien está, pero ya he dicho los motivos...

D. Die.

Todos esos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la gana de ver al tio!... Lo que quiere su tio de usted no es verle cada ocho dias, sino saber que es hombre de juicio y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (Alza la voz y se pasea inquieto.) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.

D. Car.

Señor, si...

D. Die.

No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de dormir aquí.

Calam.

Es que los caballos no están ahora para correr... Ni pueden moverse.

D. Die.

Pues con ellos (A Calamocha) y con las maletas al meson de afuera... Usted (A D. Cárlos.) no ha de dormir aquí... Vamos (A Calamocha) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (A Simon.) ¿Qué dinero tienes ahí?...

Simon.

Tendré unas cuatro ó seis onzas (Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las dá á D. Diego.)

D. Die.

Dámelas acá... Vamos, ¿qué haces?... (A Calamocha) ¿No he dicho que ha ser al instante?... Volando. Y tú (A Simon.) ve con él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.

(Los dos criados entran en el cuarto de D. Cárlos.)