I
Llegaron los gusanos
á devorar su corazón de cieno;
en su sangre cebáronse inhumanos,
y los mató el veneno.
—¿Qué tal?
—Que les está bien empleado. ¿Quién les manda ser inhumanos á esos gusanillos?
—Esto de llamar inhumanos á los seres irracionales, no es cosa mía; lo he visto en un poeta que lee en el Ateneo.
—No; si yo no me quejo. Ya ve usted: á mí, ¿qué me importa? Yo no soy gusano.
—Continuemos.