CANTO II.

Un ermitaño, valiéndose de fingidos mensajeros, hace que los dos rivales suspendan el combate.—Reinaldo acude donde le llama el Amor, pero el emperador Carlos le envia á Inglaterra.—Buscando la atrevida Bradamante á su amado Rugiero, encuentra en su lugar al traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.

¡Oh injustisimo amor! ¿Por qué te muestras tan avaro en hacer que simpaticen nuestros deseos? ¿Por qué te complace ¡oh pérfido! la desunion de dos corazones? ¿Por qué en vez de permitirnos ir por el vado fácil y tranquilo, nos arrastras á los abismos más profundos? ¿Por qué, en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas á amar á la que me aborrece?

Haces que Reinaldo adore la belleza de Angélica, cuando á la jóven le parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le amaba y él era agradable á sus ojos, llevó hasta el último límite su despego hácia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en vano; pues Angélica le odia de tal modo, que preferiria la muerte á su amor.

Reinaldo dirigióse al Sarraceno con gran arrogancia, diciéndole:

—Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo que es mio, ni al que á tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien intento apoderarme de esa dama, pues vergüenza seria dejarla en tu poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un ladron como tú.

—Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de ladron se te podria aplicar con más verdad que á mí, á juzgar por lo que de tí dice la fama. Pronto se verá quien de ambos es más digno de la dama y del corcel; si bien, en cuanto á ella, convengo contigo que no hay en el mundo nada que pueda comparársele.

Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia, se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su fiereza, se apeó de él con rapidez.

En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo, trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto; adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno perdido por el otro.

Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo impedido por la violencia del golpe.

Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe, palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la perseguia.

No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama, ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado, apareció poniéndose á sus órdenes.

Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en medio de ellos audazmente y les dijo:

—¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella, causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno. Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.

Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y echándose á sí mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.

No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.

Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanzó á toda brida hácia Paris, y tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le pareceria poco rápido. Prestando entera fé á las palabras del mensajero del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche á su desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al señor de Anglante; y tal era su precipitacion, que pronto divisó la ciudad donde el rey Cárlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejército. Esperando estaba el monarca que el rey de África le presentase una nueva batalla, ó pusiera cerco á la ciudad; y ante semejante alternativa procura solícito reunir bajo sus banderas lo más escogido de sus generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de víveres, que se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar la resistencia, y atiende por fin á todo cuidadosamente, sin darse punto de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar á Inglaterra un mensajero, con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo campamento, pues desea salir otra vez á campaña y volver á probar la suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige á Reinaldo para que pase inmediatamente á Bretaña, á aquella region que despues se llamó Inglaterra[2]. Este viaje desagrada al paladin, no porque sintiera odio hácia aquel país, sino porque siendo la voluntad del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de reposo: sin embargo, á pesar de que en su vida hizo cosa alguna con menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar sus pesquisas en busca de su amada, obedeció las órdenes de Cárlos, y emprendió la marcha con tal celeridad, que á las pocas horas llegó á Calais, en cuyo puerto se embarcó el mismo dia de su llegada.

Contra el parecer y la voluntad dé todos los marinos, y escuchando solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba á dar pronto la vuelta, se hizo á la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el desprecio que de él hacia el arrogante guerrero, suscitó en torno del bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montañas de espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan á virar poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el viento, como si pareciera decir: «es preciso que yo castigue la libertad que os habeis tomado,» sopla y ruge con más fuerza, amenazándoles con naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del que él les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad, ataca á la débil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa; mientras que los marineros maniobrando acá y allá van corriendo la tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir varios hilos y diferentes telas, dejo á Reinaldo y á su combatida nave, y vuelvo á ocuparme de su Bradamante.

Hablo de aquella ínclita doncella que derribó del caballo á Sacripante. Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y audacia, comparables á los de su hermano, no eran menos apreciables que los de este para Cárlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente un caballero que pasó desde el África con el ejército de Agramante, el cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jóven, cuyos sentimientos é instintos no eran los de una fiera, no se mostró con él desdeñosa; pero la caprichosa fortuna les impidió tener más de una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando á su amante, llamado tambien Rugiero como su padre, y á pesar de emprender esta excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en pos de sí una fuerte escolta.

Despues que hubo obligado al rey de Circasia á herir con su cuerpo el rostro de la antigua madre, la tierra, atravesó un bosque y un monte, hasta llegar á una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una pradera rodeada de árboles seculares que le prestaban grata sombra: el dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba á los viandantes á apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado además del calor del mediodia por una colina que se elevaba hácia la izquierda, á disfrutar algunos momentos de reposo.

Al llegar Bradamante á aquel sitio, echó de ver que á la sombra de un bosquecillo y en la márgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del líquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y solitario. No léjos de él, pendian su escudo y su almete de una haya, á cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia melancólico y dolorido.

Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa á averiguar las vicisitudes de los demás, hizo que la doncella preguntara á aquel caballero las causas de su dolor. Conmovido él por la cortesía con que se le dirigiera semejante pregunta, bastándole una sola mirada para apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo guerrero,

Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.
(Canto II.)

le confió la historia de sus cuitas, expresándose en estos términos:

—Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conduciéndoles al campo donde Cárlos esperaba á Marsilio para disputarle el paso de las montañas, llevando además en mi compañía una hermosa jóven á quien amaba con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontré á un caballero armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si es un ser mortal ó un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi hermosa é inolvidable dama, se precipitó hácia nosotros como el halcon que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoderó de ella, cogiéndome tan desprevenido, que me apercibí de su accion cuando ya mi dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra suerte arrebata el rapaz milano al mísero polluelo del lado de su madre, que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita en vano. En cuanto á mí, me fué imposible seguir por los aires al raptor: hallábame encerrado entre montañas, al pié de una roca elevada, y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel terreno escabroso y lleno de fatigosas peñas. Habria preferido entonces que me hubieran arrancado el corazon: así es que, pensando solamente en mi desgracia, abandoné sin jefe y sin guia á mis soldados, y emprendí al través de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hácia donde me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo y mi vida.

»Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas, donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jamás se habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegué á un valle inculto y salvaje, rodeado de ásperas montañas y cavernas espantosas, y en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base á un castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba desde léjos cual fúlgida llama; sus murallas, segun pude comprender al acercarme, no estaban hechas ni de mármol ni de ladrillo; el conjunto en general me pareció admirable. Despues he sabido que los demonios, obligados por ciertos conjuros y palabras mágicas, habian amurallado aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las aguas de la laguna Estigia: así es que cada torre centellea con el brillo del acero no empañado por el moho ni por mancha alguna.

»En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el país dia y noche, apoderándose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun obstáculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en él las maldiciones ni los lamentos de sus víctimas. Allí ha ido á parar la señora de mi corazon, á quien pierdo la esperanza de recobrar. ¡Desventurado de mí! ¿Qué otra cosa puedo yo hacer más que contemplar desde léjos el peñasco donde se encierra mi bien, semejante á la raposa, que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del águila, da vueltas en torno de él, sin saber qué partido tomar? Tan elevado es aquel peñasco, tan fuerte el castillo, que únicamente las aves pueden llegar hasta él.

»Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, ví llegar dos caballeros guiados por un enano, que á mi deseo dieron esperanzas; pero bien pronto conocí que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jóven fuerte, y muy apreciado en la corte de África.

—«Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el señor de aquel castillo, que cabalgando en el cuadrúpedo alado, hace frecuentes excursiones de una manera tan extraña, inusitada y nueva.

—«¡Ah señores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero, salís vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.

»Y referíles cómo me fué arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron á bajar por la áspera roca. Yo me preparé á contemplar desde léjos la pelea, rogando á Dios que concediera la victoria á aquellos guerreros. Al pié del castillo habia una planicie reducidísima. Así que ambos llegaron al pié de la elevada roca, se pusieron á tratar de quien habia de ser el primero en combatir, pues cada uno de por sí lo deseaba. Bien fuese por suerte, ó porque á Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encargó de desafiar á su adversario, y llevando su bocina á la boca, sacó de ella sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peñasco y la fortaleza. Ábrense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empezó á elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces por el suelo y poco á poco van separándose de él, hasta que esparcidas todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el nigromante empezó á agitar las alas remontándose á una altura donde no llegan las águilas. Cuando lo tuvo á bien, revolvió su caballo que replegó las alas y se dirigió verticalmente hácia la tierra, cual suele descender el halcon amaestrado para apoderarse del ánade ó de la paloma. El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre él y le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir á su enemigo; sus golpes sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre Rugiero, que mirando atentamente á su compañero, no tuvo tiempo de defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que su caballo retroceda, y cuando quiso herir á su vez á su enemigo, ya le vió confundido en las nubes.

»El ginete del caballo alado golpea á su antojo y alternativamente á Gradaso y á Rugiero en la frente, en el pecho ó en la espalda, mientras que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos círculos en el espacio, cuando amenazaba á uno, heria al otro, llegando á turbarles la vista y ofuscarles en tales términos, que ya no podian comprender por donde les acometia.

»Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra, contra otro que desde el cielo acometia, duró hasta la hora en que tendiendo la noche su opaco velo priva de su color á los objetos. Tal como os lo refiero, así ha sucedido, sin que me haya permitido añadir ni un solo detalle: lo ví, lo presencié; y no tengo inconveniente en relatarlo á cualquiera, por más que suceso tan maravilloso parezca increible.

»El aéreo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa tela de seda. No sé cómo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo que se vió, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder del nigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo incomparables resplandores: á su vista ambos caballeros cayeron deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo, á pesar de la distancia en que me encontraba, perdí el sentido, y cuando despues de trascurrido un largo espacio pude recobrarlo, no ví ya á los guerreros ni al enano, sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas profunda oscuridad.

»Calculé, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado á un mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su escudo, les habia arrebatado á ellos la libertad y á mí la esperanza. Así es que me despedí de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay alguna comparable á la mia.»

Al concluir su narracion, volvió el caballero á abismarse en su profundo dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descortés, no solo se igualó á ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los sobrepujó á todos.

La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos que esta le excitaba, apenas oyó nombrar á Rugiero demostró la mayor alegría; mas quedó turbada en cuanto supo que su amante estaba en peligro, é hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte de su relato. Cuando ya no le quedó duda alguna, le dijo:

—Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podrá ser para tí tan grato, como venturoso este dia. Trasladémonos pronto á aquel castillo que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.

El caballero respondió:

—¿Quieres que atraviese de nuevo las montañas y te sirva de guia? A mí poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba; pero tú no vacilas en caminar por riscos y peñascos para encerrarte voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrás quejarte de mí, puesto que de antemano te advierto la suerte que te espera, á pesar de lo cual te empeñas en seguir adelante.

Así dice; y volviendo las riendas á su caballo, emprende la marcha guiando á aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone á que el Mago la aprisione ó le dé muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les alcanza el mensajero que dijo á Sacripante el nombre de la que lo habia derribado.—«¡Deteneos, deteneos!» les grita con todas sus fuerzas: y cuando á ellos se reune, participa á Bradamante que Montpellier y Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros á la que debia guardarla, está alarmada, y le envia un mensajero recomendándole mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de territorio situado entre el Ródano y el Var á la hija del duque Amon, en la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba á mirar asombrado su heróico valor cuando la veia cubierta con su arnés.

Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La jóven se quedó al pronto indecisa, dudando si debia acudir á tal llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen á retroceder; por otra, el fuego del amor la incita á seguir adelante; por último, decídese á realizar su empresa y á sacar á Rugiero del castillo encantado, dispuesta á quedar prisionera á su lado si su valor no es bastante á libertarlo. Excusóse, sin embargo, de tal modo, que el mensajero se retiró contento y satisfecho.

En seguida continuó su viaje acompañada de Pinabel, que no parecia muy tranquilo; pues al descubrir que su compañera pertenecia á aquella familia á quien pública y secretamente aborrece la suya, prevé todo género de disgustos si llega á ser reconocido. Tan preocupado estaba con su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente apartóse del camino, y se encontró en una selva oscura, en medio de la cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.

Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoña no se apartaba un momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para huir, y á este efecto le dijo:

—Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se levanta en un valle un magnífico castillo. Espérame aquí, mientras reconozco el terreno desde esa roca.

Así diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte, mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en medio de aquel peñasco encontró una caverna que tenia más de treinta brazas de profundidad. La peña estaba cortada á pico en sentido vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba á otra cueva más extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una antorcha que ardiera en la horadada montaña. Mientras el traidor la estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde léjos, presumiendo que intentaba alejarse de ella, se unió á él junto á la caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto, buscó en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de sí ó para hacerla morir. Encontrólo, é incitándola á que se aproximara á la peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba claramente lo desagradable que le era aquel encierro: añadió que, cuando se preparaba á bajar á la sima para protejer á la desconocida doncella, vió salir del interior un hombre, que la habia obligado á retirarse enfurecido.

Bradamante, incauta al par que animosa, dió crédito á las palabras de Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jóven, empezó á buscar el medio de bajar á la cueva. Volviendo á todos lados la vista, divisó en la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresuró á cortar con su espada, inclinándola despues hácia la caverna. Encargó á Pinabel que sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogiéndose despues del otro extremo quedó suspendida de él en el interior de la cueva. Sonrióse falazmente Pinabel, y le preguntó cómo pensaba saltar; en seguida abrió las manos, dejó ir la rama y exclamó:

—¡Ojalá cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla así de una vez!

Sin embargo, la suerte de la infeliz jóven no fué la que Pinabel se prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama sólida y fuerte, por más que se partió, la sostuvo tanto, que merced á ella se libró de la muerte. Bradamante quedó únicamente aturdida, como seguiré diciendo en el canto siguiente.