CANTO PRIMERO.
Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel caballo que se le ha escapado.—Encendido este guerrero en ira y en amor, ataca al orgulloso Ferragús.—Este pronuncia un nuevo juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse de un casco.—El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada, y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.
Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.
Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á cabo lo que prometo.
Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules, ornato y esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo, única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy todo cuanto me es posible daros.
Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos, oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar un lugar entre vuestros elevados pensamientos.
Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India, en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en España, para destruir el hermoso reino de Francia.
Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama: ¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo. El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla que se preparaba.
El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.
Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia ella se dirigia.
Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. La doncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida, temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva, en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.
Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.
La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la hermosa Angélica la que se aproximaba.
Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería, le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes, que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á todo escape por el bosque y por el campo.
Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos, para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió al sarraceno, diciéndole:
—Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado combate, solo resultará perjuicio para entrambos.
Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío. Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de Angélica.
¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino. Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de recobrarlo.
Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente. Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.
Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:
—¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo, que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues, porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino. Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.
Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos, expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte, reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que juró por la vida de Lanfusa[1] no cubrir su cabeza con más casco que con el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio, que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por todos los sitios donde suponia encontrarlo.
No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á su caballo saltar delante de él.—Detente, detente, Bayardo mio, exclama el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!—Pero el corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en pos de él.
Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras márgenes de aquellos arroyuelos.
No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se dirigió á él, y se entregó confiada á un sueño reparador; pero apenas lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo: levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura, conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.
El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol. Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos; despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas, que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia abrasado como un volcan.
—¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon, decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante de esa flor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás, mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah, prefiero morir antes que olvidarla!
Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica, cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.
En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como sucede al que desdeña á sus semejantes por no encontrar á ninguno digno de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado, concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su frialdad y dureza habituales.
Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se presentó de improviso tan bella y radiante como Diana ó Citerea pudieran presentarse al salir de una selva ó de una oscura cueva; y al mostrarse á Sacripante le dijo:
—La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de mí.
Jamás madre alguna fijó con tanto gozo al par que estupor la vista en el hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus compañeros de armas volvian sin él, como contempló el sarraceno la figura, los seductores movimientos y el angélico semblante de aquella que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y amoroso se precipitó hácia su divina señora, la cual le recibió en sus brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del guerrero renació la esperanza de volver á ver en breve su palacio, mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar paterno.
Angélica le refirió minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cómo desde el dia en que le envió á pedir auxilio en Oriente á Nabateo, rey de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la deshonra y de toda clase de peligros; añadiendo que, gracias á él, habia podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando salió del vientre materno.
Quizás era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido cualquier hombre dueño de su razon. La de Sacripante, sumida en los más graves errores, dió fácil crédito á las palabras de Angélica; pues el amor hace invisible lo que el hombre vé, al paso que le hace ver lo invisible. La narracion de Angélica fué creída; pues el que es desgraciado cree con facilidad lo que desea.
El rey de Circasia se decia en tanto á sí mismo:
—Si el caballero de Anglante dejó pasar desapercibida neciamente la ocasion oportuna, en su perjuicio redundó: en cuanto á mí, no estoy dispuesto á imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancaré inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera marchitarse. Harto sé que por más que una jóven se muestre ya desdeñosa, ya triste ó airada, le es siempre grata una violencia semejante; así es que ni su negativa ni su fingido desdén serán bastantes á impedir que yo realice mis deseos.
Dijo, y cuando se preparaba á llevar á cabo su determinacion, oyó en el bosque vecino un gran rumor que le obligó á pesar suyo á abandonar su temeraria empresa: calóse el yelmo, pues por costumbre antigua iba siempre completamente armado; corrió hácia su caballo, lo enfrenó, se colocó en la silla y empuñó la lanza.
En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido, cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros; pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda punta del acicate.
El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.
Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.
Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz y la palabra.
—Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.
En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien. Sacripante le respondió:
—Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado del caballo, espero que me digas su nombre.
El mensajero contestó:
—Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el esforzado valor de una doncella gallarda, pero
La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.
(Canto I.)
más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.
Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para ocasion y sitio más tranquilos.
Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta, apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su veloz carrera cuanto se oponia á su paso.
—Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!
Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle; pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde á la doncella, recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca, cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su aliviado caballo.
Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles. Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba: Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.
Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño, hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.
—¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado, contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?
Calló indecisa la jóven. Reinaldo en tanto íbase acercando, y prorumpió en amenazas contra el Sarraceno luego que conoció su caballo, y sobre todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia inflamado su corazon.
Lo que sucedió entre los dos soberbios rivales servirá de materia para el canto siguiente.