CANTO VI.

Ariodante se enlaza con su amada Ginebra, obteniendo en dote el ducado de Albania.—Rugiero, atravesando los aires en su caballo alado, llega al reino de Alcina.—Un mirlo humano le refiere las infamias de Alcina, por lo cual Rugiero se propone huir de ella, más se vé rechazado en su camino por una turba de mónstruos, y salvado de ellos por dos damas que le obligan á emprender nuevos combates.

¡Desgraciado del hombre perverso que confia en que siempre han de permanecer ocultas sus malas acciones! El aire, la tierra misma que encubra su delito lo harán patente, á falta de alguna persona que la denuncie, y Dios mismo permite muchas veces que el pecador, arrastrado por su intranquila conciencia, y aun cuando haya conseguido su perdon, se descubra á sí mismo por imprudencia ó por casualidad. El miserable Polineso creyó encubrir completamente su crímen haciendo desaparecer de la faz de la tierra á Dalinda, su única cómplice y la sola persona que podia revelarlo; y uniendo un crímen á otro crímen, precipitó el funesto desenlace que podia muy bien haber diferido y evitado quizá; pero impotente para contener su impaciencia, él mismo aceleró su muerte, perdiendo á un tiempo mismo amigos, vida, hacienda, y sobre todo el honor, principal castigo de su perfidia.

Dije antes que se habian dirigido insistentes ruegos al caballero desconocido para que revelara su nombre. Accedió al fin á descubrirse, y quitándose el yelmo, dejó ver el tan conocido rostro de Ariodante, á quien poco antes habia llorado por muerto la Escocia entera; de Ariodante, por quien aun llevaban luto Ginebra, su hermano, el Rey, la corte y el pueblo todo, y que se mostraba admirable de valor y gallardía.

Su presencia venia á desmentir la narracion del viajero: este, sin embargo, habia dicho la verdad, pues le vió en efecto precipitarse en el mar desde la roca; pero como suele suceder á más de un desesperado, que anhela y llama á la muerte cuando está léjos, y al verla llegar le causa pavor, segun lo terrible y amargo que le parece aquel trance, otro tanto le sucedió á Ariodante que, despues de sumergido en el agua se arrepintió de morir, y echando mano de toda su fuerza, destreza y singular osadía, se puso á nadar hasta que ganó la orilla: una vez en ella, abandonó como loco é insensato el deseo de arrancarse la vida que hasta entonces le habia atormentado, y empapado aun en el agua del mar, se puso á caminar hasta que encontró un asilo en el albergue de un eremita, donde se propuso permanecer hasta que tuviera noticia de si Ginebra se habia alegrado de su muerte, ó si, por el contrario, la habia entristecido y angustiado.

Llegó primeramente á sus oidos que el dolor que experimentó la princesa, estuvo á punto de hacerla bajar al sepulcro: noticia que se esparció rápidamente por toda la isla. ¡Resultado bien diferente del que esperaba despues de lo que con gran pesadumbre habia presenciado! Supo luego que Lurcanio habia denunciado á Ginebra como criminal ante su padre, y su ira contra su hermano no fué menos vehemente que el amor que volvió á sentir hácia la princesa, por parecerle aquella determinacion tan cruel como impía, por más que hubiera sido adoptada en favor suyo. Poco despues tuvo noticia de que no se presentaba caballero alguno que quisiera abrazar la defensa de la doncella; porque todos tenian reparo en ponerse frente á frente de la pujanza y valor de Lurcanio, pues el que le conocia, apreciaba en tanto su discrecion, prudencia y perspicacia, que no podia presumir que arrostrara la muerte, si fuera falso lo que sostenia; razon por la cual la mayor parte de los caballeros temian exponerse á defender una causa injusta. Ariodante, despues de mil reflexiones, se decidió á aceptar el reto de su hermano.

—¡Infeliz de mí! se decia á sí mismo: no, no podré consentir que ella perezca por mi causa: mi muerte seria demasiado cruel y desastrosa, si la viera expirar antes que yo. Ella es aun mi esposa y la diosa que idolatro; ella es aun la luz de mis ojos. Es preciso, pues, que justa ó injustamente vuele en su auxilio, y pierda por ella la vida. Sé que defiendo el delito; enhorabuena: sé tambien que pereceré, pero esto tampoco me desconsuela; lo que sí me atormenta es que mi muerte no podrá salvar la vida de tan hermosa doncella. Solamente un consuelo encontraré al morir: el de que, si es cierto que la ama su Polineso, habrá podido ver claramente que no se ha movido para socorrerla; mientras que á mí, á quien tan cruelmente ha ofendido, me verá morir á su lado. De este modo me vengaré tambien de mi hermano, causa de tanto escándalo; porque habrá de arrepentirse dolorosamente del desenlace de este asunto, en el momento en que contemple con terror que ha dado muerte á su hermano cuando creia vengarle.

Apoyado en tales reflexiones, se procuró nuevas armas y nuevo caballo, así como una sobrevesta y un escudo negros, listados de verde y amarillo. La casualidad le proporcionó un escudero desconocido en aquel país, y de esta suerte disfrazado se presentó á combatir contra su propio hermano. He referido ya todos los incidentes de tan triste aventura, y cómo fué por fin conocido Ariodante. La alegría que sintió el Rey al verle en su presencia no fué menor que la que tuviera poco antes viendo á su hija justificada. Reflexionó entonces el monarca que nunca se podria encontrar amante más tierno y leal que aquel, cuando á pesar de tanto ultraje, no habia vacilado en defender á la princesa aun contra su mismo hermano; é impulsado por esta consideracion, por su propia inclinacion que hácia Ariodante le arrastraba, y finalmente por los ruegos de toda la corte, así como por la singular insistencia de Reinaldo, le entregó la mano de su hija y con ella el ducado de Albania, que providencial y oportunamente habia vuelto á poder del Rey por la muerte de Polineso. Reinaldo alcanzó el perdon de Dalinda, la cual, ya fuese por estar desengañada del mundo, ó por haber hecho algun voto, dirigió á Dios sus pensamientos, y ausentándose de Escocia sin demora, fué á tomar el velo en un monasterio de la Dacia[31].

Pero tiempo es ya de volver á Rugiero, á quien dejamos recorriendo los cielos montado en su rápido corcel.

Aunque el ánimo de este guerrero era entero y varonil, y el terror jamás habia hecho palidecer su rostro, no puedo asegurar que en aquellos momentos no temblara su corazon como la hoja en el árbol. Habia dejado ya muy atrás la Europa, y se encontraba á gran distancia del monumento levantado por el invencible Hércules como aviso á los navegantes[32]. El Hipogrifo, ave inmensa y sobrenatural, lo conducia con tan vertiginosa rapidez que aventajaria seguramente en celeridad al ave de Júpiter, portadora de sus fulmíneos dardos: no hiende los aires ser tan ligero que pudiera igualársele en velocidad, y aun creo que el trueno ó la saeta invertirian más tiempo que él en llegar desde el cielo á la tierra. Despues de haber recorrido un inmenso espacio, siempre en línea recta y sin moderar el vuelo, empezó el Hipogrifo á describir anchos círculos en los aires, como si ya estuviera satisfecho de atravesar sus solitarias regiones, y fué descendiendo poco á poco hácia una isla muy parecida á aquella donde pasó en vano, á través de un camino oculto por debajo del mar, la ninfa Aretusa, á fin de librarse de un amante á quien tanto despreciaba y del que tanto se habia preservado[33].

En su viaje aéreo, no habia recreado la vista de Rugiero un país tan bello ni de tan halagüeño aspecto; ni aunque recorriera el mundo entero, llegaria á encontrar otro tan pintoresco y maravilloso como aquel, donde por fin se posó el enorme pájaro con su ginete, no sin describir antes un último y prolongado círculo en el aire. Por do quiera empezó á descubrir fértiles llanuras, collados de pendiente suave, aguas cristalinas, márgenes umbrosas y frescas praderas. Numerosos y encantadores bosquecillos de agradables laureles, de palmeras, de mirtos amenísimos, de cedros y de naranjos, cargados de frutas y flores de múltiples formas, todas bellas, ofrecian con sus espesas ramas un grato refugio contra los calores del estío, mientras que el ruiseñor saltando de rama en rama con vuelo seguro, halagaba el oido con sus dulces cantos. Entre las purpúreas rosas y las blancas azucenas, á las que el céfiro con su templado aliento conservaba en toda su frescura y lozanía, se veian triscar, tranquilos y seguros, conejos, liebres y ciervos de frente elevada y orgullosa, que sin temer una traidora muerte ó el escondido lazo, pastaban ó rumiaban la yerba, mientras que los corzos, las gacelas y los vivaces cabritillos saltaban y retozaban por la campiña en crecido número.

Apenas se encontró el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto desde él no ofreciera peligro, se deslizó Rugiero precipitadamente de la silla y puso el pié sobre el esmaltado césped. No abandonó, sin embargo, las riendas, y para impedir que su corcel tornara á remontar el vuelo, lo ató al tronco de un mirto que crecía en aquella costa entre un laurel y un pino. En seguida se dirigió hácia donde brotaba un manantial de trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dejó el escudo, quitóse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora hácia la playa, ora hácia los montes, se puso á aspirar con delicia el ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refrescó luego sus ardientes labios en el agua límpida é incitante del arroyo, y metiendo despues en él las manos, la estuvo agitando durante largo rato á fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el contínuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor y abrumado de cansancio, si se atiende á que habia atravesado, siempre corriendo y completamente armado, más de tres mil millas de distancia.

De pronto el caballo, que habia dejado atado á la sombra de una espesa enramada, se encabritó procurando huir espantado de un objeto que proyectaba su sombra por el bosque, é hizo plegarse de tal modo al mirto á que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco, alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fué imposible romper sus ligaduras. Así como cuando se pone en el fuego un tronco falto de sávia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire encerrado en su interior va dilatándose por medio del calor, haciendo que el leño empiece á dar chasquidos y á resonar con estrépito, hasta que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso á murmurar, á rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por último abrió la boca, y con triste y débil voz pronunció distinta y claramente estas palabras:

—Si eres tan piadoso y cortés como lo indica tu gallarda presencia, aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan á aumentarlo.

Apenas oyó Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvió el rostro hácia el sitio de donde procedia y levantóse precipitadamente, y cuando se cercioró de que salian del árbol, quedó tan estupefacto cual nunca lo habia estado. Corrió á desatar el caballo, y cubiertas de rubor las megillas, contestó:

—Quien quiera que seas, espíritu humano ó divinidad de esta floresta, perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin embargo, de manifestarme quién eres, tú, que conservas voz y alma racional bajo un cuerpo áspero y erguido; así te preserve el cielo de las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella á quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora ó en cualquiera ocasion puedo prestarte algun servicio, lo haré sin vacilar, ya sea de palabras ó por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de mí.

Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empezó á temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrióse la corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde cuando empieza á sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos le habia preservado su natural humedad, y contestó:

—Tu cortesía me induce á revelarte á un tiempo mismo quién fuí yo, y quién me ha convertido en este mirto que ves colocado á orillas del mar. Astolfo fué mi nombre, y yo fuí un guerrero francés muy temido en la guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce límites, y esperaba suceder á mi padre Oton en el trono de Inglaterra. Fuí tan galan y enamorado, que causé la desesperacion de más de una dama; pero al fin solo yo salí perjudicado. Volvia de aquellas apartadas islas que baña en Oriente el mar Indico, donde habíamos permanecido largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvió la libertad, é íbamos siguiendo en direccion á Occidente las arenosas costas azotadas con frecuencia por el viento Norte, cuando una mañana, impulsados quizá por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, á quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compañia alguna en una roca, desde la cual hacia salir á la orilla todo cuanto pescado se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hácia la playa se dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian á ella con la boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian logrado sacudir su perezoso sueño; y los sargos, las rayas, los barbos, y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces, formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos á una de aquellas ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares, elevar su enorme espalda más de once pasos fuera de las saladas ondas. Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayéramos en un error; pues como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.

»Alcina continuaba atrayendo á los peces, valiéndose de palabras misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no sé si vió la luz al mismo tiempo, ó antes ó despues que esta. La solitaria pescadora fijó su vista en mí, y sin duda hube de agradarle, pues bien lo demostró en su semblante; formó al momento el proyecto de separarme de mis compañeros con astucia y maña, y consiguió su intento. Dirigióse hácia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:

—Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidad y mi pesca, os daré á conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y más numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena, cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aquí hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver á estas horas.

»Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho, parecia una isla. Yo, que siempre fuí voluntarioso y temerario, ¡harto me pesa! salté sobre la ballena, á pesar de que Reinaldo y Dudon me hacian señas en contrario. La hada Alcina saltó tras de mi con risueño semblante y sin cuidarse de mis dos compañeros, mientras que la ballena, desempeñando diligente su cometido, se alejó surcando velozmente las aguas. Pronto me arrepentí de mi impremeditacion; pero cuando conocí el engaño, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arrojó al mar y se esforzó en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habiéndose levantado un viento furioso que cubrió de sombras el cielo y el piélago, quedó casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteció.

»Alcina procuró solícita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche siguiente continuamos navegando sobre aquel mónstruo, hasta que llegamos á esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habérsela usurpado á una hermana suya á quien su padre dejó por heredera de todos sus dominios por ser la única legítima; pues Alcina, y Morgana son fruto de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente. Estas dos hermanas son pérfidas é inícuas, y están poseidas de los vicios más feos é infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las dos, y han armado más de un ejército para arrojarla de la isla, habiéndole arrebatado en diferentes veces más de cien castillos. Ya no le quedaria un palmo de tierra á Logistila, que así se llama la mejor de las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por un golfo y una montaña salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia están divididas por un monte y un rio; á pesar de esto, Alcina y Morgana no quedarán satisfechas hasta que hayan despojado á su hermana de lo poco que aun le queda. Los crímenes y vicios que á las dos mancillan no pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila les dirije.

»Pero volviendo á mi interrumpido discurso, para que sepas cómo fuí convertido en planta te diré que Alcina, abrasada enteramente por mi amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder á su pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que tan repartido se halla entre los mortales, tocando á unos mucho, á otros menos y á ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de Francia y de todo, dedicado exclusivamente á contemplar su rostro; todos mis pensamientos, todos mis proyectos iban á parar á ella y no pasaban más adelante. En cuanto á Alcina, su pasion era tal vez mayor que la mia: todo lo habia abandonado por consagrarse á mí, y por mí habia despreciado á los varios amantes á quienes correspondia antes de conocerme. Confidente yo de sus más íntimos pensamientos, no se apartaba de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que á todos dictaba órdenes con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo á mí daba crédito, de mí se aconsejaba, y por último con nadie hablaba más que conmigo.

»¡Ah! ¿Por qué voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio alguno para cicatrizarlas? Por qué he de evocar el recuerdo de un perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando más feliz me contemplaba y estaba más persuadido de que el amor de Alcina iria aumentando, me arrebató el corazon que me habia dado y echóse en brazos de otro amante. Tarde conocí por mi desgracia su veleidoso genial, acostumbrado á amar y á olvidar á un tiempo mismo. Apenas habian trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada me apartó desdeñosamente de su lado apenas hube perdido su gracia. Despues he sabido que del mismo modo habia tratado á otros mil amantes, y á fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su vida lasciva, puebla este fértil terreno con aquellos desgraciados, convirtiéndolos en abetos, olivos, palmas, cedros ó en el arbusto en que está encerrada mi alma: á muchos de ellos los transforma en fuentes, y en fieras á algunos, como mejor cuadra á tan caprichosa y altiva hada.

»Ahora bien ¡oh tú! que á través de caminos inusitados has puesto el pié en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido en piedra, en agua ó cosa parecida: reinarás seguramente en el corazon de Alcina, y serás el más feliz de todos los mortales; pero desde ahora te advierto, que no tardarás en llegar al amargo trance de quedar transformado en fiera, en fuente, en árbol ó en peñasco. Voluntariamente te aviso el peligro que corres, aunque no creo que esté en el deber de prestarte auxilio alguno; sin embargo, será muy conveniente que no te precipites, y que conozcas á fondo las costumbres de la hada; pues así como no hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la astucia, y quizás consigas tú reparar el daño que otros mil y mil no han sabido apartar de sus cabezas.»

Rugiero habia oido decir más de una vez que Astolfo era primo de su amada, por cuya razon dolióse doblemente de verle trasformado en una planta infecunda: por amor hácia la hermosa guerrera (y así hubiese deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en aquella ocasion no podia ofrecerle más que estériles consuelos, que le prodigó del mejor modo que supo, preguntándole despues si existia algun camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras ó por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los dominios de Alcina. El árbol le contestó que en efecto existia uno, pero erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia dirigirse un poco á la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de aquella montaña agreste; pero le advirtió que no debia prometerse seguir muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con una multitud de mónstruos, que le cerrarian el paso á todo trance, y que á guisa de muralla estaban colocados allí por Alcina á fin de impedir que alguien traspusiera la montaña.

Rugiero dió las gracias á aquel mirto, y separándose de él, perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigió á donde estaba el hipogrifo, le desató, cogióle de las riendas é hizo que le siguiera á pié; pues no se atrevió á montar en él como antes, por temor de que le llevara por donde no fuera de su agrado. Mientras caminaba iba pensando en los medios de que se valdria para llegar al país de Logistila, dispuesto como estaba á intentarlo todo antes que dejarse dominar por los encantos de Alcina. Una vez se decidió casi á cabalgar en el hipogrifo y hacer su viaje por los aires; pero desistió de su intento á fin de no incurrir en una nueva imprudencia, en vista de lo rebelde que aquel corcel era al bocado y al freno.—«Yo me abriré camino á todo trance, dijo, si no me engañan mis fuerzas.»—Mas apenas habia andado dos millas, costeando la orilla del mar, cuando descubrió la hermosa ciudad de Alcina.

Veíase á lo léjos una espaciosa muralla que, formando un vasto círculo, encerraba una inmensa extension de territorio, y cuya altura casi llegaba al cielo. Toda ella parecia construida de oro, aunque no falta quien diga que era de alquimia: no sé si esta opinion será más acertada que la mia; pero su resplandor era tal, que yo sostendria siempre que era de oro. Cuando Rugiero llegó cerca de aquellos muros tan soberbios, que no tienen igual en el mundo, dejó el camino ancho, que á través de la llanura, se dirigia en línea recta hácia las puertas de la ciudad, y siguió el sendero de la derecha, que con más seguridad conducia al monte; pero no tardó en tropezar con la horrible avanzada de que ya tenia noticia, y que le interceptó furiosamente el paso.

Jamás se han visto formas más extrañas, ni rostros tan hediondos y asquerosos como los de aquel tropel de mónstruos. Unos tenian forma humana desde el cuello hasta los piés, pero su cabeza era de mono ó de gato: otros mostraban sus piés de cabra; otros eran centauros ágiles y fuertes: la fisonomia de los jóvenes era sobrado impúdica; la de los viejos estúpida y embrutecida: muchos de ellos iban completamente desnudos, y algunos cubiertos de pieles raras: estos galopaban en caballos sin freno ni silla; aquellos caminaban lentamente sobre un asno ó un buey; muchos cabalgaban á la grupa de un centauro, y no faltaba quien iba caballero en un avestruz, un águila ó una grulla. Veíanse por fin allí en confuso tropel los unos resonando sus bocinas; los otros, vaciando copas en frecuentes libaciones: las hembras estaban mezcladas con los machos, así como con los que de ambos sexos participaban: quién llevaba un garfio y una escala de cuerda, quién una barra de hierro, y quién, por último, estaba provisto de una lima sorda.

El jefe de aquella turba, de voluminoso vientre y abultado rostro, iba sentado en una tortuga que caminaba con lentitud suma. A un lado y á otro iban algunos de sus extraños guerreros, dirigiendo la marcha del animal; porque el estado de embriaguez en que se encontraba el Jefe no le permitia hacerlo por sí mismo, al paso que otros cuidaban de enjugarle la frente y la barba, y de agitar lienzos para hacerle aire.

Uno de aquellos mónstruos, que tenia cuerpo humano y cuello, orejas y cabeza de perro, empezó á ladrar á Rugiero, á fin de que retrocediera á la ciudad en que no habia querido entrar.—«No haré tal cosa, gritó el paladin, mientras mi brazo tenga fuerza para manejar este acero;»—y mostróle la espada que habia desenvainado, dirigiendo la punta contra el pecho del mónstruo. Este quiso entonces traspasarle con su lanza; pero Rugiero se precipitó rápidamente sobre él, y le atravesó el vientre de tal estocada, que el acero salió más de un palmo por la espalda. Embrazó en seguida el escudo, y á pesar de ser considerable el número de sus enemigos, empezó á repartir tajos y mandobles á diestro y siniestro, atravesando á unos, derribando á otros, y acometiendo á todos, volviéndose y revolviéndose incesantemente. Contra sus cuchilladas era ineficaz la resistencia de los almetes, escudos ó corazas, pues de cada una de ellas hendia á un enemigo hasta el cuello ó hasta la cintura; pero vióse por fin tan estrechado por todas partes, que le serian necesarios más brazos y manos que los que tuvo Briareo[34] para mantener á raya á aquel inícuo tropel de séres monstruosos, y abrirse paso á través de ellos. Si hubiese tenido la ocurrencia de descubrir el escudo del nigromante, aquel escudo que quitaba la vista, y que Atlante habia dejado pendiente del arzon de su caballo, hubiera vencido sin duda á todos sus horrendos adversarios, derribándolos á sus piés sin resistencia; pero quizá tuvo á menos echar mano de tan innoble artificio por esperarlo todo de su valor.

Sea lo que quiera, lo cierto es que se proponia morir antes que entregarse á gente tan vil; pero de pronto se vieron salir de las puertas de aquel muro, que supongo era de oro, dos hermosas jóvenes, en cuyo ademan y aspecto se conocia que no habian nacido en humilde cuna ni se habian criado bajo rústicos techos, sino entre las delicias de los palacios. Una y otra iban montadas en unicornios más blancos que el armiño; una y otra eran bellas, y sus trages tan vistosos, y de tan peregrina elegancia, que el hombre que las contemplara necesitaria tener los ojos de un dios para emitir su juicio sobre ellas: eran, en fin, la gracia y la belleza personificadas.

Dirigiéronse ambas hácia el sitio en que Rugiero se encontraba á punto de sucumbir al gran número de sus enemigos, y al verlas, toda la turba se retiró sumisa; ellas pusieron su mano sobre el caballero, que encendido de rubor les dió las gracias por tan humanitario acto, dándose por muy satisfecho, accediendo á sus deseos, de emprender el regreso hácia la ciudad de las doradas puertas.

Delante de cada una de estas puertas, habia un pórtico algun tanto saliente, y tan enriquecido de las piedras más preciosas de Levante, que apenas se divisaba sitio alguno que no las contuviera. Este pórtico estaba sostenido por cuatro gruesas columnas de diamante puro, y ya fueran falsos ó verdaderos estos diamantes, el caso era que su brillo y hermosura recreaba la vista. Por debajo del pórtico y en derredor de las columnas corrian jugueteando lascivas doncellas, cuya belleza seria quizá mayor, si guardaran más los respetos que la mujer se debe á sí misma. Todas ellas estaban vestidas de verdes faldas y coronadas de frescas hojas. Adelantáronse á recibir á Rugiero, y con obsequiosos ofrecimientos y agradable semblante, le hicieron entrar en aquel paraiso, al que creo poder dar este nombre por figurárseme que allí debió nacer el amor.

Allí las danzas alternan con los juegos; las horas transcurren veloces en contínua fiesta sin que logre abrirse paso en la imaginacion ningun pensamiento sombrío, ni penetren jamás el hastío ni la indigencia; pues la abundancia derrama allí sus más predilectos tesoros. Allí, donde parece que sonrie siempre el placentero Abril con frente alegre y serena, viven multitud de jóvenes bulliciosas: unas cantan junto á las fuentes con dulce y melodioso acento; otras á la sombra de un árbol ó de una loma, juegan, danzan ó se entregan á entretenimientos no menos inocentes, mientras que otras, separadas de sus compañeras, revelan á un amante sus amorosas quejas. Por las copas de los pinos, de los laureles, de las elevadas hayas y de los abetos empinados revolotean pequeños amorcillos, unos cantando alegres sus triunfos, otros dirigiendo la puntería para flechar los corazones, ó tendiendo las redes, y algunos templando sus dardos en la corriente de un arroyo, ó bien aguzándolos en piedras movedizas.

Allí presentaron á Rugiero un magnífico caballo alazan, fuerte y arrogante, cuyos ricos arneses estaban recamados de piedras preciosas y franjas de oro, confiando el alígero corcel, que antes obedecia únicamente al viejo nigromante, al cuidado de un jóven que seguia los pasos del paladin.

Las dos solícitas jóvenes que habian sacado á Rugiero de entre las manos de la monstruosa turba, le dijeron estas palabras:

—Señor: la fama de vuestras hazañas, que ha llegado hasta nosotros, nos presta la suficiente audacia para que impetremos vuestro auxilio en nuestro obsequio. En nuestro camino encontraremos pronto un rio que divide en dos partes esta llanura. Una mujer cruel, llamada Erifila, defiende el puente que las une entre sí, y acomete, burla y repele á todo el que pretende pasar á la otra orilla. Su estatura es gigantesca; largos son sus dientes y venenosa su mordedura; tiene afiladas las uñas, y araña y desgarra como un oso. Además de interceptarnos el camino, que á no ser por ella estaria libre, hace frecuentes excursiones por este jardin, difundiendo entre todos el espanto. Es preciso tambien que sepais que muchos de los asesinos que os acometieron durante vuestro viaje son hijos suyos, y los demás están á sus órdenes, teniendo la misma inhumanidad, alevosía y rapacidad que ella.

Rugiero respondió:

—No una, sino cien veces estoy dispuesto á combatir en vuestro servicio. Disponed de mi persona á vuestro arbitrio en todo aquello que creais puede seros útil; porque si visto acero y malla no es para conquistar tierras ni tesoros, sino para hacer cuantos beneficios pueda, sobre todo tratándose de damas tan bellas cual lo sois vosotras.

Las damas le agradecieron sus corteses ofrecimientos en términos dignos de tan galante caballero, y entre parecidas pláticas llegaron al sitio donde se descubria el rio y el puente. En él vieron á la temible mujer que lo guardaba, cubierta con una armadura de oro, sembrada de esmeraldas y zafiros. Pero en el canto siguiente referiré el peligro que corrió Rugiero al combatir con ella.